Ni son las fantasías que han de seguir mías, ¡no! Son también de otros

hombres, no precisamente de otros pensadores, que me han precedido en

este valle de lágrimas y han sacado fuera su vida y la han expresado.

Su vida, digo, y no su pensamiento sino en cuanto era pensamiento de

vida; pensamiento a base irracional.

¿Quiere esto decir que cuanto vamos a ver, los esfuerzos de lo

irracional por expresarse, carece de toda racionalidad, de todo

valor objetivo? No; lo absoluta, lo irrevocablemente irracional es

inexpresable, es intrasmisible. Pero lo contrarracional no. Acaso no

haya modo de racionalizar lo irracional; pero lo hay de racionalizar lo

contrarracional y es tratando de exponerlo. Como sólo es inteligible,

de veras inteligible, lo racional, como lo absurdo está condenado,

careciendo como carece de sentido, a ser intrasmisible, veréis que

cuando algo que parece irracional o absurdo logra uno expresarlo y que

se lo entiendan, se resuelve en algo racional siempre, aunque sea en la

negación de lo que se afirma.

Los más locos ensueños de la fantasía tienen algún fondo de razón, y

quién sabe si todo cuanto puede imaginar un hombre no ha sucedido,

sucede o sucederá alguna vez en uno o en otro mundo. Las combinaciones

posibles son acaso infinitas. Sólo falta saber si todo lo imaginable es

posible.

Se podrá también decir, y con justicia, que mucho de lo que voy a

exponer es repetición de ideas, cien veces expuestas antes y otras cien

refutadas; pero cuando una idea vuelve a repetirse, es que, en rigor,

no fué de veras refutada. No pretendo la novedad de las más de estas

fantasías, como no pretendo tampoco, ¡claro está!, el que no hayan

resonado antes que la mía voces dando al viento las mismas quejas. Pero

el que pueda volver la misma eterna queja, saliendo de otra boca, sólo

quiere decir que el dolor persiste.

Y conviene repetir una vez más las mismas eternas lamentaciones, las

que eran ya viejas en tiempo de Job y del Eclesiastés, y aunque sea

repetirlas con las mismas palabras, para que vean los progresistas que

eso es algo que nunca muere. El que, haciéndose propio el vanidad de

vanidades del Eclesiastés, o las quejas de Job, las repite, aun al pie

de la letra, cumple una obra de advertencia. Hay que estar repitiendo

de continuo el _memento mori_.

¿Para qué? --diréis--. Aunque sólo sea para que se irriten algunos y

vean que eso no ha muerto, que eso, mientras haya hombres, no puede

morir; para que se convenzan de que subsisten hoy, en el siglo XX,

todos los siglos pasados y todos ellos vivos. Cuando hasta un supuesto

error vuelve, es, creédmelo, que no ha dejado de ser verdad en parte,

como cuando uno reaparece, es que no murió del todo.

Sí, ya sé que otros han sentido antes que yo lo que yo siento y

expreso; que otros muchos lo sienten hoy, aunque se lo callan. ¿Por

qué no lo callo también? Pues porque lo callan los más de los que lo

sienten; pero, aun callándolo, obedecen en silencio a esa voz de las

entrañas. Y no lo callo, porque es para muchos lo que no debe decirse,

lo infando --_infandum_--, y creo que es menester decir una y otra vez

lo que no debe decirse. ¿Que a nada conduce? Aunque sólo condujese a

irritar a los progresistas, a los que creen que la verdad es consuelo,

conduciría a no poco. A irritarles y a que digan: ¡lástima de hombre!;

¡si emplease mejor su inteligencia!... A lo que alguien acaso añada que

no sé lo que me digo, y yo le responderé que acaso tenga razón --¡y

tener razón es tan poco!--, pero que siento lo que digo y sé lo que

siento, y me basta. Y que es mejor que le falte a uno razón que no el

que le sobre.

Y el que me siga leyendo verá también cómo de este abismo de

desesperación puede surgir esperanza, y cómo puede ser fuente de acción

y de labor humana, hondamente humana, y de solidaridad y hasta de

progreso, esta posición crítica. El lector que siga leyéndome verá

su justificación pragmática. Y verá cómo para obrar, y obrar eficaz

y moralmente, no hace falta ninguna de las dos opuestas certezas,

ni la de la fe ni la de la razón, ni menos aún --esto en ningún

caso-- esquivar el problema de la inmortalidad del alma o deformarlo

idealísticamente, es decir, hipócritamente. El lector verá cómo esa

incertidumbre, y el dolor de ella y la lucha infructuosa por salir de

la misma, puede ser y es base de acción y cimiento de moral.

Y con esto de ser base de acción y cimiento de moral el sentimiento

de la incertidumbre y la lucha íntima entre la razón y la fe y el

apasionado anhelo de vida eterna, quedaría, según un pragmatista,

justificado tal sentimiento. Mas debe constar que no le busco esta

consecuencia práctica para justificarlo, sino porque la encuentro por

experiencia íntima. Ni quiero ni debo buscar justificación alguna a ese

estado de lucha interior y de incertidumbre y de anhelo; es un hecho,

y basta. Y si alguien encontrándose en él, en el fondo del abismo,

no encuentra allí mismo móviles e incentivos de acción y de vida,

y por ende se suicida corporal o espiritualmente, o bien matándose

o bien renunciando a toda labor de solidaridad humana, no seré yo

quien se lo censure. Y aparte de que las malas consecuencias de una

doctrina, es decir, lo que llamamos malas, sólo prueban, repito, que

la doctrina es para nuestros deseos mala, pero no que sea falsa, las

consecuencias dependen, más aún que de la doctrina, de quien las saca.

Un mismo principio sirve a uno para obrar y a otro para abstenerse

de obrar; a éste para obrar en tal sentido, y a aquél para obrar en

sentido contrario. Y es que nuestras doctrinas no suelen ser sino

la justificación _a posteriori_ de nuestra conducta, o el modo como

tratamos de explicárnosla para nosotros mismos.

El hombre, en efecto, no se aviene a ignorar los móviles de su conducta

propia, y así como uno a quien habiéndosele hipnotizado y sugerido tal

o cual acto, inventa luego razones que lo justifiquen y hagan lógico

a sus propios ojos y a los de los demás, ignorando, en realidad, la

verdadera causa de su acto, así todo otro hombre, que es un hipnotizado

también, pues que la vida es sueño, busca razones de su conducta. Y si

las piezas del ajedrez tuviesen conciencia, es fácil que se atribuyeran

albedrío en sus movimientos, es decir, la racionalidad finalista de

ellos. Y así resulta, que toda teoría filosófica sirve para explicar y

justificar una ética, una doctrina de conducta, que surge en realidad

del íntimo sentimiento moral del autor de ella. Pero de la verdadera

razón o causa de este sentimiento, acaso no tiene clara conciencia el

mismo que lo abriga.

Consiguientemente a esto creo poder suponer que si mi razón, que es en

cierto modo parte de la razón de mis hermanos en humanidad, en tiempo

y en espacio, me enseña ese absoluto escepticismo por lo que al anhelo

de vida inacabable se refiere, mi sentimiento de la vida, que es la

esencia de la vida misma, mi vitalidad, mi apetito desenfrenado de

vivir y mi repugnancia a morirme, esta mi irresignación a la muerte, es

lo que me sugiere las doctrinas con que trato de contrarrestar la obra

de la razón. ¿Estas doctrinas tienen un valor objetivo? --me preguntará

alguien--, y yo responderé que no entiendo qué es eso del valor

objetivo de una doctrina. Yo no diré que sean las doctrinas más o menos

poéticas o infilosóficas que voy a exponer, las que me hacen vivir;

pero me atrevo a decir que es mi anhelo de vivir y de vivir por siempre

el que me inspira esas doctrinas. Y si con ellas logro corroborar y

sostener en otro ese mismo anhelo, acaso desfalleciente, habré hecho

obra humana, y sobre todo, habré vivido. En una palabra, que con razón,

sin razón o contra ella, no me da la gana de morirme. Y cuando al fin

me muera, si es del todo, no me habré muerto yo, esto es, no me habré

dejado morir, sino que me habrá matado el destino humano. Como no

llegue a perder la cabeza, o mejor aún que la cabeza, el corazón, yo no

dimito de la vida; se me destituirá de ella.

Y nada tampoco se adelanta con sacar a relucir las ambiguas palabras

de pesimismo y optimismo, que con frecuencia nos dicen lo contrario

que quien las emplea quiso decirnos. Poner a una doctrina el mote de

pesimista, no es condenar su validez ni los llamados optimistas son

más eficaces en la acción. Creo, por el contrario, que muchos de los

más grandes héroes, acaso los mayores, han sido desesperados, y que

por desesperación acabaron sus hazañas. Y que aparte esto y aceptando,

ambiguas y todo como son, esas denominaciones de optimismo y pesimismo,

cabe un cierto pesimismo trascendente engendrador de un optimismo

temporal y terrenal, es cosa que me propongo desarrollar en lo sucesivo

de este tratado.

Muy otra es, bien sé, la posición de nuestros progresistas, los de la

_corriente central del pensamiento europeo contemporáneo_; pero no

puedo hacerme a la idea de que estos sujetos no cierran voluntariamente

los ojos al gran problema y viven, en el fondo de una mentira, tratando

de ahogar el sentimiento trágico de la vida.

Y hechas estas consideraciones, que son a modo de resumen práctico de

la crítica desarrollada en los seis primeros capítulos de este tratado,

una manera de dejar asentada la posición práctica a que la tal crítica

puede llevar al que no quiere renunciar a la vida y no quiere tampoco

renunciar a la razón, y tiene que vivir y obrar entre esas dos muelas

contrarias que nos trituran el alma, ya sabe el lector que en adelante

me siga, que voy a llevarle a un campo de fantasías no desprovistas de

razón, pues sin ella nada subsiste, pero fundadas en sentimiento. Y en

cuanto a su verdad, la verdad verdadera, lo que es independientemente

de nosotros, fuera de nuestra lógica y nuestra cardíaca, de eso, ¿quién

sabe?

VII

AMOR, DOLOR, COMPASIÓN Y PERSONALIDAD

_Cain._

Let me, or happy or unhappy, learn

To anticipate my inmortality.

_Lucifer._

Thou didst before I came upon thee.

_Cain._

How?

_Lucifer._

By suffering.

(LORD BYRON: _Cain_, act. II, scene 1.)

Es el amor, lectores y hermanos míos, lo más trágico que en el mundo y

en la vida hay; es el amor hijo del engaño y padre del desengaño; es

el amor el consuelo en el desconsuelo, es la única medicina contra la

muerte, siendo como es de ella hermana.

Fratelli, a un tempo stesso, Amore e Morte

Ingenerò la sorte,

como cantó Leopardi.

El amor busca con furia a través del amado, algo que está allende éste,

y como no lo halla, se desespera.

Siempre que hablamos de amor tenemos presente a la memoria el amor

sexual, el amor entre hombre y mujer para perpetuar el linaje humano

sobre la tierra. Y esto es lo que hace que no se consiga reducir el

amor, ni a lo puramente intelectivo, ni a lo puramente volitivo,

dejando lo sentimental o, si se quiere, sensitivo de él. Porque

el amor no es en el fondo ni idea ni volición; es más bien deseo,

sentimiento; es algo carnal hasta en el espíritu. Gracias al amor

sentimos todo lo que de carne tiene el espíritu.

El amor sexual es el tipo generador de todo otro amor. En el amor y

por él buscamos perpetuarnos y sólo nos perpetuamos sobre la tierra a

condición de morir, de entregar a otros nuestra vida. Los más humildes

animalitos, los vivientes ínfimos, se multiplican dividiéndose,

partiéndose, dejando de ser el uno que antes eran.

Pero agotada al fin la vitalidad del ser que así se multiplica

dividiéndose de la especie, tiene de vez en cuando que renovar el

manantial de la vida mediante uniones de dos individuos decadentes,

mediante lo que se llama conjugación en los protozoarios. Únense para

volver con más brío a dividirse. Y todo acto de engendramiento es un

dejar de ser, total o parcialmente, lo que se era, un partirse, una

muerte parcial. Vivir es darse, perpetuarse, y perpetuarse y darse es

morir. Acaso el supremo deleite del engendrar no es sino un anticipado

gustar la muerte, el desgarramiento de la propia esencia vital. Nos

unimos a otro, pero es para partirnos; ese más íntimo abrazo no es sino

un más íntimo desgarramiento. En su fondo el deleite amoroso sexual,

el espasmo genésico, es una sensación de resurrección, de resucitar en

otro, porque sólo en otros podemos resucitar para perpetuarnos.

Hay, sin duda, algo de trágicamente destructivo en el fondo del

amor, tal como en su forma primitiva animal se nos presenta, en el

invencible instinto que empuja a un macho y una hembra a confundir sus

entrañas en un apretón de furia. Lo mismo que les confunde los cuerpos,

les separa, en cierto respecto, las almas; al abrazarse se odian tanto

como se aman, y sobre todo luchan, luchan por un tercero, aun sin

vida. El amor es una lucha, y especies animales hay en que al unirse el

macho a la hembra la maltrata, y otras en que la hembra devora al macho

luego que éste la hubo fecundado.

Hase dicho del amor que es un egoísmo mutuo. Y de hecho cada uno

de los amantes busca poseer al otro, y buscando mediante él, sin

entonces pensarlo ni proponérselo, su propia perpetuación, busca

consiguientemente su goce. Cada uno de los amantes es un instrumento de

goce inmediatamente y de perpetuación mediatamente para el otro. Y así

son tiranos y esclavos; cada uno de ellos tirano y esclavo a la vez del

otro.

¿Tiene algo de extraño acaso que el más hondo sentido religioso haya

condenado el amor carnal, exaltando la virginidad? La avaricia es la

fuente de los pecados todos, decía el Apóstol, y es porque la avaricia

toma la riqueza que no es sino un medio como fin, y la entraña del

pecado es esa, tomar los medios como fines, desconocer o despreciar

el fin. Y el amor carnal que toma por fin el goce, que no es sino un

medio, y no la perpetuación, que es el fin, ¿qué es sino avaricia? Y es

posible que haya quien para mejor perpetuarse guarde su virginidad. Y

para perpetuar algo más humano que la carne.

Porque lo que perpetúan los amantes sobre la tierra es la carne de

dolor, es el dolor, es la muerte. El amor es hermano, hijo y a la vez

padre de la muerte, que es su hermana, su madre y su hija. Y así es

que hay en la hondura del amor una hondura de eterno desesperarse, de

la cual brotan la esperanza y el consuelo. Porque de este amor carnal

y primitivo de que vengo hablando, de este amor de todo el cuerpo con

sus sentidos, que es el origen animal de la sociedad humana, de este

enamoramiento surge el amor espiritual y doloroso.

Esta otra forma del amor, este amor espiritual, nace del dolor, nace

de la muerte del amor carnal; nace también del compasivo sentimiento

de protección que los padres experimentan ante los hijos desvalidos.

Los amantes no llegan a amarse con dejación de sí mismos, con verdadera

fusión de sus almas, y no ya de sus cuerpos, sino luego que el mazo

poderoso del dolor ha triturado sus corazones remejiéndolos en un mismo

almirez de pena. El amor sensual confundía sus cuerpos, pero separaba

sus almas; manteníalas extraña una a otra; mas de ese amor tuvieron

un fruto de carne, un hijo. Y este hijo engendrado en muerte, enfermó

acaso y se murió. Y sucedió que sobre el fruto de su fusión carnal

y separación o mutuo extrañamiento espiritual, separados y fríos de

dolor sus cuerpos, pero confundidas en dolor sus almas, se dieron los

amantes, los padres, un abrazo de desesperación, y nació entonces,

de la muerte del hijo de la carne, el verdadero amor espiritual. O

bien, roto el lazo de carne que les unía, respiraron con suspiro de

liberación. Porque los hombres sólo se aman con amor espiritual cuando

han sufrido juntos un mismo dolor, cuando araron durante algún tiempo

la tierra pedregosa uncidos al mismo yugo de un dolor común. Entonces

se conocieron y se sintieron, y se con-sintieron en su común miseria,

se compadecieron y se amaron. Porque amar es compadecer, y si a los

cuerpos les une el goce, úneles a las almas la pena.

Todo lo cual se siente más clara y más fuertemente aun cuando brota,

arraiga y crece uno de esos amores trágicos que tienen que luchar

contra las diamantinas leyes del Destino, uno de esos amores que nacen

a destiempo o desazón, antes o después del momento o fuera de la norma

en que el mundo, que es costumbre, los hubiera recibido. Cuantas más

murallas pongan el Destino y el mundo y su ley entre los amantes,

con tanta más fuerza se sienten empujados el uno al otro, y la dicha

de quererse se les amarga y se les acrecienta el dolor de no poder

quererse a las claras y libremente, y se compadecen desde las raíces

del corazón el uno del otro, y esta común compasión, que es su común

miseria y su felicidad común, da fuego y pábulo a la vez a su amor. Y

sufren su gozo gozando su sufrimiento. Y ponen su amor fuera del mundo,

y la fuerza de ese pobre amor sufriente bajo el yugo del Destino les

hace intuir otro mundo en que no hay más ley que la libertad del amor,

otro mundo en que no hay barreras porque no hay carne. Porque nada nos

penetra más de la esperanza y la fe en otro mundo que la imposibilidad

de que un amor nuestro fructifique de veras en este mundo de carne y de

apariencias.

Y el amor maternal, ¿qué es, sino compasión al débil, al desvalido, al

pobre niño inerme que necesita de la leche y del regazo de la madre? Y

en la mujer todo amor es maternal.

Amar en espíritu es compadecer, y quien más compadece más ama. Los

hombres encendidos en ardiente caridad hacia sus prójimos, es porque

llegaron al fondo de su propia miseria, de su propia aparencialidad,

de su nadería, y volviendo luego sus ojos, así abiertos, hacia sus

semejantes, los vieron también miserables, aparenciales, anonadables, y

los compadecieron y los amaron.

El hombre ansía ser amado, o, lo que es igual, ansía ser compadecido.

El hombre quiere que se sientan y se compartan sus penas y sus dolores.

Hay algo más que una artimaña para obtener limosna en eso de los

mendigos que a la vera del camino muestran al viandante su llaga o su

gangrenoso muñón. La limosna, más bien que socorro para sobrellevar

los trabajos de la vida, es compasión. No agradece el pordiosero la

limosna al que se la da volviéndole la cara por no verle y para

quitárselo de al lado, sino que agradece mejor el que se le compadezca

no socorriéndole a no que socorriéndole no se le compadezca, aunque por

otra parte prefiera esto. Ved, si no, con qué complacencia cuenta sus

cuitas al que se conmueve oyéndoselas. Quiere ser compadecido, amado.

El amor de la mujer, sobre todo, decía que es siempre en su fondo

compasivo, es maternal. La mujer se rinde al amante porque le siente

sufrir con el deseo. Isabel compadeció a Lorenzo, Julieta a Romeo,

Francisca a Pablo. La mujer parece decir: «¡ven, pobrecito, y no sufras

tanto por mi causa!» Y por eso es su amor más amoroso y más puro que el

del hombre, y más valiente y más largo.

La compasión, es, pues, la esencia del amor espiritual humano, del amor

que tiene conciencia de serlo, del amor que no es puramente animal, del

amor, en fin, de una persona racional. El amor compadece, y compadece

más cuanto más ama.

Invirtiendo el _nihil volitum quin praecognitum_, os dije que _nihil

cognitum quin praevolitum_, que no se conoce nada que de un modo o de

otro no se haya antes querido, y hasta cabe añadir que no se puede

conocer bien nada que no se ame, que no se compadezca.

Creciendo el amor, esta ansia ardorosa de más allá y más adentro,

va extendiéndose a todo cuanto ve, lo va compadeciendo todo. Según

te adentras en ti mismo y en ti mismo ahondas, vas descubriendo tu

propia inanidad, que no eres todo lo que no eres, que no eres lo que

quisieras ser, que no eres, en fin, más que nonada. Y al tocar tu

propia nadería, al no sentir tu fondo permanente, al no llegar ni a

tu propia infinitud, ni menos a tu propia eternidad, te compadeces

de todo corazón de ti propio, y te enciendes en doloroso amor a ti

mismo, matando lo que se llama amor propio, y no es sino una especie de

delectación sensual de ti mismo, algo como un gozarse a sí misma la

carne de tu alma.

El amor espiritual a sí mismo, la compasión que uno cobra para consigo,

podrá acaso llamarse egotismo; pero es lo más opuesto que hay al

egoísmo vulgar. Porque de este amor o compasión a ti mismo, de esta

intensa desesperación, porque así como antes de nacer no fuiste, así

tampoco después de morir serás, pasas a compadecer, esto es, a amar a

todos tus semejantes y hermanos en aparencialidad, miserables sombras

que desfilan de su nada a su nada, chispas de conciencia que brillan un

momento en las infinitas y eternas tinieblas. Y de los demás hombres,

tus semejantes, pasando por los que más semejantes te son, por tus

convivientes, vas a compadecer a todos los que viven, y hasta a lo que

acaso no vive, pero existe. Aquella lejana estrella que brilla allí

arriba durante la noche, se apagará algún día y se hará polvo, y dejará

de brillar y de existir. Y como ella, el cielo todo estrellado. ¡Pobre

cielo!

Y si doloroso es tener que dejar de ser un día, más doloroso sería

acaso seguir siendo siempre uno mismo, y no más que uno mismo, sin

poder ser a la vez otro, sin poder ser a la vez todo lo demás, sin

poder serlo todo.

Si miras al universo lo más cerca y lo más dentro que puedes mirarlo,

que es en ti mismo; si sientes y no ya sólo contemplas las cosas todas

en tu conciencia, donde todas ellas han dejado su dolorosa huella,

llegarás al hondón del tedio, no ya de la vida, sino de algo más: al

tedio de la existencia, al pozo del vanidad de vanidades. Y así es como

llegarás a compadecerlo todo, al amor universal.

Para amarlo todo, para compadecerlo todo, humano y extrahumano,

viviente y no viviente, es menester que lo sientas todo dentro de ti

mismo, que lo personalices todo. Porque el amor personaliza todo

cuanto ama, todo cuanto compadece. Sólo compadecemos, es decir, amamos,

lo que nos es semejante y en cuanto nos lo es, y tanto más cuanto más

se nos asemeja, y así crece nuestra compasión, y con ella nuestro amor

a las cosas a medida que descubrimos las semejanzas que con nosotros

tienen. O más bien es el amor mismo, que de suyo tiende a crecer, el

que nos revela las semejanzas esas. Si llego a compadecer y amar a la

pobre estrella que desaparecerá del cielo un día, es porque el amor, la

compasión, me hace sentir en ella una conciencia, más o menos oscura,

que la hace sufrir por no ser más que estrella, y por tener que dejarlo

de ser un día. Pues toda conciencia lo es de muerte y de dolor.

Conciencia, _conscientia_, es conocimiento participado, es

con-sentimiento, y con-sentir es com-padecer.

El amor personaliza cuanto ama. Sólo cabe enamorarse de una idea

personalizándola. Y cuando el amor es tan grande y tan vivo, y tan

fuerte y desbordante que lo ama todo, entonces lo personaliza todo y

descubre que el total Todo, que el Universo es Persona también, que

tiene una Conciencia, Conciencia que a su vez sufre, compadece y ama,

es decir, es conciencia. Y a esta Conciencia del Universo, que el amor

descubre personalizando cuanto ama, es a lo que llamamos Dios. Y así

el alma compadece a Dios y se siente por Él compadecida, le ama y se

siente por Él amada, abrigando su miseria en el seno de la miseria

eterna e infinita, que es al eternizarse e infinitarse la felicidad

suprema misma.

Dios es, pues, la personalización del Todo, es la Conciencia eterna e

infinita del Universo, Conciencia presa de la materia, y luchando por

libertarse de ella. Personalizamos al Todo para salvarnos de la nada, y

el único misterio verdaderamente misterioso es el misterio del dolor.

El dolor es el camino de la conciencia y es por él como los seres

vivos llegan a tener conciencia de sí. Porque tener conciencia de

sí mismo, tener personalidad, es saberse y sentirse distinto de los

demás seres, y a sentir esta distinción sólo se llega por el choque,

por el dolor más o menos grande, por la sensación del propio límite.

La conciencia de sí mismo no es sino la conciencia de la propia

limitación. Me siento yo mismo al sentirme que no soy los demás; saber

y sentir hasta donde soy, es saber donde acabo de ser, desde donde no

soy.

¿Y cómo saber que se existe no sufriendo poco o mucho? ¿Cómo volver

sobre sí, lograr conciencia refleja, no siendo por el dolor? Cuando se

goza olvídase uno de sí mismo, de que existe, pasa a otro, a lo ajeno,

se en-ajena. Y sólo se ensimisma, se vuelve a sí mismo, a ser él en el

dolor.

_Nessun maggior dolore_

_che ricordarsi del tempo felice_

_nella miseria_

hace decir el Dante a Francesca de Rimini (Inferno V, 121-123); pero

si no hay dolor más grande que el de acordarse del tiempo feliz en la

desgracia, no hay placer, en cambio, en acordarse de la desgracia en el

tiempo de la prosperidad.

Del sentimiento trágico de la vida · 第 9 / 23 段