hombres, no precisamente de otros pensadores, que me han precedido en
este valle de lágrimas y han sacado fuera su vida y la han expresado.
Su vida, digo, y no su pensamiento sino en cuanto era pensamiento de
vida; pensamiento a base irracional.
¿Quiere esto decir que cuanto vamos a ver, los esfuerzos de lo
irracional por expresarse, carece de toda racionalidad, de todo
valor objetivo? No; lo absoluta, lo irrevocablemente irracional es
inexpresable, es intrasmisible. Pero lo contrarracional no. Acaso no
haya modo de racionalizar lo irracional; pero lo hay de racionalizar lo
contrarracional y es tratando de exponerlo. Como sólo es inteligible,
de veras inteligible, lo racional, como lo absurdo está condenado,
careciendo como carece de sentido, a ser intrasmisible, veréis que
cuando algo que parece irracional o absurdo logra uno expresarlo y que
se lo entiendan, se resuelve en algo racional siempre, aunque sea en la
negación de lo que se afirma.
Los más locos ensueños de la fantasía tienen algún fondo de razón, y
quién sabe si todo cuanto puede imaginar un hombre no ha sucedido,
sucede o sucederá alguna vez en uno o en otro mundo. Las combinaciones
posibles son acaso infinitas. Sólo falta saber si todo lo imaginable es
posible.
Se podrá también decir, y con justicia, que mucho de lo que voy a
exponer es repetición de ideas, cien veces expuestas antes y otras cien
refutadas; pero cuando una idea vuelve a repetirse, es que, en rigor,
no fué de veras refutada. No pretendo la novedad de las más de estas
fantasías, como no pretendo tampoco, ¡claro está!, el que no hayan
resonado antes que la mía voces dando al viento las mismas quejas. Pero
el que pueda volver la misma eterna queja, saliendo de otra boca, sólo
quiere decir que el dolor persiste.
Y conviene repetir una vez más las mismas eternas lamentaciones, las
que eran ya viejas en tiempo de Job y del Eclesiastés, y aunque sea
repetirlas con las mismas palabras, para que vean los progresistas que
eso es algo que nunca muere. El que, haciéndose propio el vanidad de
vanidades del Eclesiastés, o las quejas de Job, las repite, aun al pie
de la letra, cumple una obra de advertencia. Hay que estar repitiendo
de continuo el _memento mori_.
¿Para qué? --diréis--. Aunque sólo sea para que se irriten algunos y
vean que eso no ha muerto, que eso, mientras haya hombres, no puede
morir; para que se convenzan de que subsisten hoy, en el siglo XX,
todos los siglos pasados y todos ellos vivos. Cuando hasta un supuesto
error vuelve, es, creédmelo, que no ha dejado de ser verdad en parte,
como cuando uno reaparece, es que no murió del todo.
Sí, ya sé que otros han sentido antes que yo lo que yo siento y
expreso; que otros muchos lo sienten hoy, aunque se lo callan. ¿Por
qué no lo callo también? Pues porque lo callan los más de los que lo
sienten; pero, aun callándolo, obedecen en silencio a esa voz de las
entrañas. Y no lo callo, porque es para muchos lo que no debe decirse,
lo infando --_infandum_--, y creo que es menester decir una y otra vez
lo que no debe decirse. ¿Que a nada conduce? Aunque sólo condujese a
irritar a los progresistas, a los que creen que la verdad es consuelo,
conduciría a no poco. A irritarles y a que digan: ¡lástima de hombre!;
¡si emplease mejor su inteligencia!... A lo que alguien acaso añada que
no sé lo que me digo, y yo le responderé que acaso tenga razón --¡y
tener razón es tan poco!--, pero que siento lo que digo y sé lo que
siento, y me basta. Y que es mejor que le falte a uno razón que no el
que le sobre.
Y el que me siga leyendo verá también cómo de este abismo de
desesperación puede surgir esperanza, y cómo puede ser fuente de acción
y de labor humana, hondamente humana, y de solidaridad y hasta de
progreso, esta posición crítica. El lector que siga leyéndome verá
su justificación pragmática. Y verá cómo para obrar, y obrar eficaz
y moralmente, no hace falta ninguna de las dos opuestas certezas,
ni la de la fe ni la de la razón, ni menos aún --esto en ningún
caso-- esquivar el problema de la inmortalidad del alma o deformarlo
idealísticamente, es decir, hipócritamente. El lector verá cómo esa
incertidumbre, y el dolor de ella y la lucha infructuosa por salir de
la misma, puede ser y es base de acción y cimiento de moral.
Y con esto de ser base de acción y cimiento de moral el sentimiento
de la incertidumbre y la lucha íntima entre la razón y la fe y el
apasionado anhelo de vida eterna, quedaría, según un pragmatista,
justificado tal sentimiento. Mas debe constar que no le busco esta
consecuencia práctica para justificarlo, sino porque la encuentro por
experiencia íntima. Ni quiero ni debo buscar justificación alguna a ese
estado de lucha interior y de incertidumbre y de anhelo; es un hecho,
y basta. Y si alguien encontrándose en él, en el fondo del abismo,
no encuentra allí mismo móviles e incentivos de acción y de vida,
y por ende se suicida corporal o espiritualmente, o bien matándose
o bien renunciando a toda labor de solidaridad humana, no seré yo
quien se lo censure. Y aparte de que las malas consecuencias de una
doctrina, es decir, lo que llamamos malas, sólo prueban, repito, que
la doctrina es para nuestros deseos mala, pero no que sea falsa, las
consecuencias dependen, más aún que de la doctrina, de quien las saca.
Un mismo principio sirve a uno para obrar y a otro para abstenerse
de obrar; a éste para obrar en tal sentido, y a aquél para obrar en
sentido contrario. Y es que nuestras doctrinas no suelen ser sino
la justificación _a posteriori_ de nuestra conducta, o el modo como
tratamos de explicárnosla para nosotros mismos.
El hombre, en efecto, no se aviene a ignorar los móviles de su conducta
propia, y así como uno a quien habiéndosele hipnotizado y sugerido tal
o cual acto, inventa luego razones que lo justifiquen y hagan lógico
a sus propios ojos y a los de los demás, ignorando, en realidad, la
verdadera causa de su acto, así todo otro hombre, que es un hipnotizado
también, pues que la vida es sueño, busca razones de su conducta. Y si
las piezas del ajedrez tuviesen conciencia, es fácil que se atribuyeran
albedrío en sus movimientos, es decir, la racionalidad finalista de
ellos. Y así resulta, que toda teoría filosófica sirve para explicar y
justificar una ética, una doctrina de conducta, que surge en realidad
del íntimo sentimiento moral del autor de ella. Pero de la verdadera
razón o causa de este sentimiento, acaso no tiene clara conciencia el
mismo que lo abriga.
Consiguientemente a esto creo poder suponer que si mi razón, que es en
cierto modo parte de la razón de mis hermanos en humanidad, en tiempo
y en espacio, me enseña ese absoluto escepticismo por lo que al anhelo
de vida inacabable se refiere, mi sentimiento de la vida, que es la
esencia de la vida misma, mi vitalidad, mi apetito desenfrenado de
vivir y mi repugnancia a morirme, esta mi irresignación a la muerte, es
lo que me sugiere las doctrinas con que trato de contrarrestar la obra
de la razón. ¿Estas doctrinas tienen un valor objetivo? --me preguntará
alguien--, y yo responderé que no entiendo qué es eso del valor
objetivo de una doctrina. Yo no diré que sean las doctrinas más o menos
poéticas o infilosóficas que voy a exponer, las que me hacen vivir;
pero me atrevo a decir que es mi anhelo de vivir y de vivir por siempre
el que me inspira esas doctrinas. Y si con ellas logro corroborar y
sostener en otro ese mismo anhelo, acaso desfalleciente, habré hecho
obra humana, y sobre todo, habré vivido. En una palabra, que con razón,
sin razón o contra ella, no me da la gana de morirme. Y cuando al fin
me muera, si es del todo, no me habré muerto yo, esto es, no me habré
dejado morir, sino que me habrá matado el destino humano. Como no
llegue a perder la cabeza, o mejor aún que la cabeza, el corazón, yo no
dimito de la vida; se me destituirá de ella.
Y nada tampoco se adelanta con sacar a relucir las ambiguas palabras
de pesimismo y optimismo, que con frecuencia nos dicen lo contrario
que quien las emplea quiso decirnos. Poner a una doctrina el mote de
pesimista, no es condenar su validez ni los llamados optimistas son
más eficaces en la acción. Creo, por el contrario, que muchos de los
más grandes héroes, acaso los mayores, han sido desesperados, y que
por desesperación acabaron sus hazañas. Y que aparte esto y aceptando,
ambiguas y todo como son, esas denominaciones de optimismo y pesimismo,
cabe un cierto pesimismo trascendente engendrador de un optimismo
temporal y terrenal, es cosa que me propongo desarrollar en lo sucesivo
de este tratado.
Muy otra es, bien sé, la posición de nuestros progresistas, los de la
_corriente central del pensamiento europeo contemporáneo_; pero no
puedo hacerme a la idea de que estos sujetos no cierran voluntariamente
los ojos al gran problema y viven, en el fondo de una mentira, tratando
de ahogar el sentimiento trágico de la vida.
Y hechas estas consideraciones, que son a modo de resumen práctico de
la crítica desarrollada en los seis primeros capítulos de este tratado,
una manera de dejar asentada la posición práctica a que la tal crítica
puede llevar al que no quiere renunciar a la vida y no quiere tampoco
renunciar a la razón, y tiene que vivir y obrar entre esas dos muelas
contrarias que nos trituran el alma, ya sabe el lector que en adelante
me siga, que voy a llevarle a un campo de fantasías no desprovistas de
razón, pues sin ella nada subsiste, pero fundadas en sentimiento. Y en
cuanto a su verdad, la verdad verdadera, lo que es independientemente
de nosotros, fuera de nuestra lógica y nuestra cardíaca, de eso, ¿quién
sabe?
VII
AMOR, DOLOR, COMPASIÓN Y PERSONALIDAD
_Cain._
Let me, or happy or unhappy, learn
To anticipate my inmortality.
_Lucifer._
Thou didst before I came upon thee.
_Cain._
How?
_Lucifer._
By suffering.
(LORD BYRON: _Cain_, act. II, scene 1.)
Es el amor, lectores y hermanos míos, lo más trágico que en el mundo y
en la vida hay; es el amor hijo del engaño y padre del desengaño; es
el amor el consuelo en el desconsuelo, es la única medicina contra la
muerte, siendo como es de ella hermana.
Fratelli, a un tempo stesso, Amore e Morte
Ingenerò la sorte,
como cantó Leopardi.
El amor busca con furia a través del amado, algo que está allende éste,
y como no lo halla, se desespera.
Siempre que hablamos de amor tenemos presente a la memoria el amor
sexual, el amor entre hombre y mujer para perpetuar el linaje humano
sobre la tierra. Y esto es lo que hace que no se consiga reducir el
amor, ni a lo puramente intelectivo, ni a lo puramente volitivo,
dejando lo sentimental o, si se quiere, sensitivo de él. Porque
el amor no es en el fondo ni idea ni volición; es más bien deseo,
sentimiento; es algo carnal hasta en el espíritu. Gracias al amor
sentimos todo lo que de carne tiene el espíritu.
El amor sexual es el tipo generador de todo otro amor. En el amor y
por él buscamos perpetuarnos y sólo nos perpetuamos sobre la tierra a
condición de morir, de entregar a otros nuestra vida. Los más humildes
animalitos, los vivientes ínfimos, se multiplican dividiéndose,
partiéndose, dejando de ser el uno que antes eran.
Pero agotada al fin la vitalidad del ser que así se multiplica
dividiéndose de la especie, tiene de vez en cuando que renovar el
manantial de la vida mediante uniones de dos individuos decadentes,
mediante lo que se llama conjugación en los protozoarios. Únense para
volver con más brío a dividirse. Y todo acto de engendramiento es un
dejar de ser, total o parcialmente, lo que se era, un partirse, una
muerte parcial. Vivir es darse, perpetuarse, y perpetuarse y darse es
morir. Acaso el supremo deleite del engendrar no es sino un anticipado
gustar la muerte, el desgarramiento de la propia esencia vital. Nos
unimos a otro, pero es para partirnos; ese más íntimo abrazo no es sino
un más íntimo desgarramiento. En su fondo el deleite amoroso sexual,
el espasmo genésico, es una sensación de resurrección, de resucitar en
otro, porque sólo en otros podemos resucitar para perpetuarnos.
Hay, sin duda, algo de trágicamente destructivo en el fondo del
amor, tal como en su forma primitiva animal se nos presenta, en el
invencible instinto que empuja a un macho y una hembra a confundir sus
entrañas en un apretón de furia. Lo mismo que les confunde los cuerpos,
les separa, en cierto respecto, las almas; al abrazarse se odian tanto
como se aman, y sobre todo luchan, luchan por un tercero, aun sin
vida. El amor es una lucha, y especies animales hay en que al unirse el
macho a la hembra la maltrata, y otras en que la hembra devora al macho
luego que éste la hubo fecundado.
Hase dicho del amor que es un egoísmo mutuo. Y de hecho cada uno
de los amantes busca poseer al otro, y buscando mediante él, sin
entonces pensarlo ni proponérselo, su propia perpetuación, busca
consiguientemente su goce. Cada uno de los amantes es un instrumento de
goce inmediatamente y de perpetuación mediatamente para el otro. Y así
son tiranos y esclavos; cada uno de ellos tirano y esclavo a la vez del
otro.
¿Tiene algo de extraño acaso que el más hondo sentido religioso haya
condenado el amor carnal, exaltando la virginidad? La avaricia es la
fuente de los pecados todos, decía el Apóstol, y es porque la avaricia
toma la riqueza que no es sino un medio como fin, y la entraña del
pecado es esa, tomar los medios como fines, desconocer o despreciar
el fin. Y el amor carnal que toma por fin el goce, que no es sino un
medio, y no la perpetuación, que es el fin, ¿qué es sino avaricia? Y es
posible que haya quien para mejor perpetuarse guarde su virginidad. Y
para perpetuar algo más humano que la carne.
Porque lo que perpetúan los amantes sobre la tierra es la carne de
dolor, es el dolor, es la muerte. El amor es hermano, hijo y a la vez
padre de la muerte, que es su hermana, su madre y su hija. Y así es
que hay en la hondura del amor una hondura de eterno desesperarse, de
la cual brotan la esperanza y el consuelo. Porque de este amor carnal
y primitivo de que vengo hablando, de este amor de todo el cuerpo con
sus sentidos, que es el origen animal de la sociedad humana, de este
enamoramiento surge el amor espiritual y doloroso.
Esta otra forma del amor, este amor espiritual, nace del dolor, nace
de la muerte del amor carnal; nace también del compasivo sentimiento
de protección que los padres experimentan ante los hijos desvalidos.
Los amantes no llegan a amarse con dejación de sí mismos, con verdadera
fusión de sus almas, y no ya de sus cuerpos, sino luego que el mazo
poderoso del dolor ha triturado sus corazones remejiéndolos en un mismo
almirez de pena. El amor sensual confundía sus cuerpos, pero separaba
sus almas; manteníalas extraña una a otra; mas de ese amor tuvieron
un fruto de carne, un hijo. Y este hijo engendrado en muerte, enfermó
acaso y se murió. Y sucedió que sobre el fruto de su fusión carnal
y separación o mutuo extrañamiento espiritual, separados y fríos de
dolor sus cuerpos, pero confundidas en dolor sus almas, se dieron los
amantes, los padres, un abrazo de desesperación, y nació entonces,
de la muerte del hijo de la carne, el verdadero amor espiritual. O
bien, roto el lazo de carne que les unía, respiraron con suspiro de
liberación. Porque los hombres sólo se aman con amor espiritual cuando
han sufrido juntos un mismo dolor, cuando araron durante algún tiempo
la tierra pedregosa uncidos al mismo yugo de un dolor común. Entonces
se conocieron y se sintieron, y se con-sintieron en su común miseria,
se compadecieron y se amaron. Porque amar es compadecer, y si a los
cuerpos les une el goce, úneles a las almas la pena.
Todo lo cual se siente más clara y más fuertemente aun cuando brota,
arraiga y crece uno de esos amores trágicos que tienen que luchar
contra las diamantinas leyes del Destino, uno de esos amores que nacen
a destiempo o desazón, antes o después del momento o fuera de la norma
en que el mundo, que es costumbre, los hubiera recibido. Cuantas más
murallas pongan el Destino y el mundo y su ley entre los amantes,
con tanta más fuerza se sienten empujados el uno al otro, y la dicha
de quererse se les amarga y se les acrecienta el dolor de no poder
quererse a las claras y libremente, y se compadecen desde las raíces
del corazón el uno del otro, y esta común compasión, que es su común
miseria y su felicidad común, da fuego y pábulo a la vez a su amor. Y
sufren su gozo gozando su sufrimiento. Y ponen su amor fuera del mundo,
y la fuerza de ese pobre amor sufriente bajo el yugo del Destino les
hace intuir otro mundo en que no hay más ley que la libertad del amor,
otro mundo en que no hay barreras porque no hay carne. Porque nada nos
penetra más de la esperanza y la fe en otro mundo que la imposibilidad
de que un amor nuestro fructifique de veras en este mundo de carne y de
apariencias.
Y el amor maternal, ¿qué es, sino compasión al débil, al desvalido, al
pobre niño inerme que necesita de la leche y del regazo de la madre? Y
en la mujer todo amor es maternal.
Amar en espíritu es compadecer, y quien más compadece más ama. Los
hombres encendidos en ardiente caridad hacia sus prójimos, es porque
llegaron al fondo de su propia miseria, de su propia aparencialidad,
de su nadería, y volviendo luego sus ojos, así abiertos, hacia sus
semejantes, los vieron también miserables, aparenciales, anonadables, y
los compadecieron y los amaron.
El hombre ansía ser amado, o, lo que es igual, ansía ser compadecido.
El hombre quiere que se sientan y se compartan sus penas y sus dolores.
Hay algo más que una artimaña para obtener limosna en eso de los
mendigos que a la vera del camino muestran al viandante su llaga o su
gangrenoso muñón. La limosna, más bien que socorro para sobrellevar
los trabajos de la vida, es compasión. No agradece el pordiosero la
limosna al que se la da volviéndole la cara por no verle y para
quitárselo de al lado, sino que agradece mejor el que se le compadezca
no socorriéndole a no que socorriéndole no se le compadezca, aunque por
otra parte prefiera esto. Ved, si no, con qué complacencia cuenta sus
cuitas al que se conmueve oyéndoselas. Quiere ser compadecido, amado.
El amor de la mujer, sobre todo, decía que es siempre en su fondo
compasivo, es maternal. La mujer se rinde al amante porque le siente
sufrir con el deseo. Isabel compadeció a Lorenzo, Julieta a Romeo,
Francisca a Pablo. La mujer parece decir: «¡ven, pobrecito, y no sufras
tanto por mi causa!» Y por eso es su amor más amoroso y más puro que el
del hombre, y más valiente y más largo.
La compasión, es, pues, la esencia del amor espiritual humano, del amor
que tiene conciencia de serlo, del amor que no es puramente animal, del
amor, en fin, de una persona racional. El amor compadece, y compadece
más cuanto más ama.
Invirtiendo el _nihil volitum quin praecognitum_, os dije que _nihil
cognitum quin praevolitum_, que no se conoce nada que de un modo o de
otro no se haya antes querido, y hasta cabe añadir que no se puede
conocer bien nada que no se ame, que no se compadezca.
Creciendo el amor, esta ansia ardorosa de más allá y más adentro,
va extendiéndose a todo cuanto ve, lo va compadeciendo todo. Según
te adentras en ti mismo y en ti mismo ahondas, vas descubriendo tu
propia inanidad, que no eres todo lo que no eres, que no eres lo que
quisieras ser, que no eres, en fin, más que nonada. Y al tocar tu
propia nadería, al no sentir tu fondo permanente, al no llegar ni a
tu propia infinitud, ni menos a tu propia eternidad, te compadeces
de todo corazón de ti propio, y te enciendes en doloroso amor a ti
mismo, matando lo que se llama amor propio, y no es sino una especie de
delectación sensual de ti mismo, algo como un gozarse a sí misma la
carne de tu alma.
El amor espiritual a sí mismo, la compasión que uno cobra para consigo,
podrá acaso llamarse egotismo; pero es lo más opuesto que hay al
egoísmo vulgar. Porque de este amor o compasión a ti mismo, de esta
intensa desesperación, porque así como antes de nacer no fuiste, así
tampoco después de morir serás, pasas a compadecer, esto es, a amar a
todos tus semejantes y hermanos en aparencialidad, miserables sombras
que desfilan de su nada a su nada, chispas de conciencia que brillan un
momento en las infinitas y eternas tinieblas. Y de los demás hombres,
tus semejantes, pasando por los que más semejantes te son, por tus
convivientes, vas a compadecer a todos los que viven, y hasta a lo que
acaso no vive, pero existe. Aquella lejana estrella que brilla allí
arriba durante la noche, se apagará algún día y se hará polvo, y dejará
de brillar y de existir. Y como ella, el cielo todo estrellado. ¡Pobre
cielo!
Y si doloroso es tener que dejar de ser un día, más doloroso sería
acaso seguir siendo siempre uno mismo, y no más que uno mismo, sin
poder ser a la vez otro, sin poder ser a la vez todo lo demás, sin
poder serlo todo.
Si miras al universo lo más cerca y lo más dentro que puedes mirarlo,
que es en ti mismo; si sientes y no ya sólo contemplas las cosas todas
en tu conciencia, donde todas ellas han dejado su dolorosa huella,
llegarás al hondón del tedio, no ya de la vida, sino de algo más: al
tedio de la existencia, al pozo del vanidad de vanidades. Y así es como
llegarás a compadecerlo todo, al amor universal.
Para amarlo todo, para compadecerlo todo, humano y extrahumano,
viviente y no viviente, es menester que lo sientas todo dentro de ti
mismo, que lo personalices todo. Porque el amor personaliza todo
cuanto ama, todo cuanto compadece. Sólo compadecemos, es decir, amamos,
lo que nos es semejante y en cuanto nos lo es, y tanto más cuanto más
se nos asemeja, y así crece nuestra compasión, y con ella nuestro amor
a las cosas a medida que descubrimos las semejanzas que con nosotros
tienen. O más bien es el amor mismo, que de suyo tiende a crecer, el
que nos revela las semejanzas esas. Si llego a compadecer y amar a la
pobre estrella que desaparecerá del cielo un día, es porque el amor, la
compasión, me hace sentir en ella una conciencia, más o menos oscura,
que la hace sufrir por no ser más que estrella, y por tener que dejarlo
de ser un día. Pues toda conciencia lo es de muerte y de dolor.
Conciencia, _conscientia_, es conocimiento participado, es
con-sentimiento, y con-sentir es com-padecer.
El amor personaliza cuanto ama. Sólo cabe enamorarse de una idea
personalizándola. Y cuando el amor es tan grande y tan vivo, y tan
fuerte y desbordante que lo ama todo, entonces lo personaliza todo y
descubre que el total Todo, que el Universo es Persona también, que
tiene una Conciencia, Conciencia que a su vez sufre, compadece y ama,
es decir, es conciencia. Y a esta Conciencia del Universo, que el amor
descubre personalizando cuanto ama, es a lo que llamamos Dios. Y así
el alma compadece a Dios y se siente por Él compadecida, le ama y se
siente por Él amada, abrigando su miseria en el seno de la miseria
eterna e infinita, que es al eternizarse e infinitarse la felicidad
suprema misma.
Dios es, pues, la personalización del Todo, es la Conciencia eterna e
infinita del Universo, Conciencia presa de la materia, y luchando por
libertarse de ella. Personalizamos al Todo para salvarnos de la nada, y
el único misterio verdaderamente misterioso es el misterio del dolor.
El dolor es el camino de la conciencia y es por él como los seres
vivos llegan a tener conciencia de sí. Porque tener conciencia de
sí mismo, tener personalidad, es saberse y sentirse distinto de los
demás seres, y a sentir esta distinción sólo se llega por el choque,
por el dolor más o menos grande, por la sensación del propio límite.
La conciencia de sí mismo no es sino la conciencia de la propia
limitación. Me siento yo mismo al sentirme que no soy los demás; saber
y sentir hasta donde soy, es saber donde acabo de ser, desde donde no
soy.
¿Y cómo saber que se existe no sufriendo poco o mucho? ¿Cómo volver
sobre sí, lograr conciencia refleja, no siendo por el dolor? Cuando se
goza olvídase uno de sí mismo, de que existe, pasa a otro, a lo ajeno,
se en-ajena. Y sólo se ensimisma, se vuelve a sí mismo, a ser él en el
dolor.
_Nessun maggior dolore_
_che ricordarsi del tempo felice_
_nella miseria_
hace decir el Dante a Francesca de Rimini (Inferno V, 121-123); pero
si no hay dolor más grande que el de acordarse del tiempo feliz en la
desgracia, no hay placer, en cambio, en acordarse de la desgracia en el
tiempo de la prosperidad.