Al cristianismo, a la locura de la cruz, a la fe irracional en que el

Cristo había resucitado para resucitarnos, le salvó la cultura helénica

racionalista, y a ésta el cristianismo. Sin éste, sin el cristianismo,

habría sido imposible el Renacimiento; sin el Evangelio, sin San Pablo,

los pueblos que habían atravesado la Edad Media no habrían comprendido

ni a Platón ni a Aristóteles. Una tradición puramente racionalista es

tan imposible como una tradición puramente religiosa. Suele discutirse

si la Reforma nació como hija del Renacimiento o en protesta a

éste, y cabe decir que las dos cosas, porque el hijo nace siempre

en protesta contra el padre. Dícese también que fueron los clásicos

griegos redivivos los que volvieron a hombres como Erasmo a San Pablo

y al cristianismo primitivo, el más irracional; pero cabe retrucar

diciendo que fué San Pablo, que fué la irracionalidad cristiana que

sustentaba su teología católica, lo que les volvió a los clásicos.

«El cristianismo es lo que ha llegado a ser --se dice-- sólo por su

alianza con la antigüedad, mientras entre los coptos y etíopes no es

sino una bufonada. El Islam se desenvolvió bajo el influjo de cultura

persa y griega, y bajo el de los turcos se ha convertido en destructora

incultura.»[15]

Salimos de la Edad Media y de su fe tan ardiente como en el fondo

desesperada, y no sin íntimas y hondas incertidumbres, y entramos en la

edad del racionalismo, no tampoco sin sus incertidumbres. La fe en la

razón está expuesta a la misma insostenibilidad racional que toda otra

fe. Y cabe decir con Roberto Browning, que «todo lo que hemos ganado

con nuestra incredulidad es una vida de duda diversificada por la fe,

en vez de una de fe diversificada por la duda».

_All we have gained then by our unbelief_

_Is a life of doubt diversified by faith,_

_For one of faith diversified by doubt._

(BISHOP BLOUGRAM’S APOLOGY.)

Y es que, como digo, si la fe, la vida, no se puede sostener sino sobre

razón que la haga trasmisible --y ante todo trasmisible de mí a mí

mismo, es decir, refleja y consciente--, la razón a su vez no puede

sostenerse sino sobre fe, sobre vida, siquiera fe en la razón, fe en

que ésta sirve para algo más que para conocer, sirve para vivir. Y, sin

embargo, ni la fe es trasmisible o racional, ni la razón es vital.

La voluntad y la inteligencia se necesitan y a aquel viejo aforismo

de _nihil volitum quin praecognitum_, no se quiere nada que no se

haya conocido antes, no es tan paradójico como a primera vista parece

retrucarlo diciendo _nihil cognitum quin praevolitum_, no se conoce

nada que no se haya antes querido. «El conocimiento mismo del espíritu

como tal --escribe Vinet en su estudio sobre el libro de Cousin

acerca de los _Pensamientos_ de Pascal--, necesita del corazón. Sin

el deseo de ver, no se ve; en una gran materialización de la vida y

del pensamiento, no se cree en las cosas del espíritu.» Ya veremos que

creer es en primera instancia querer creer.

La voluntad y la inteligencia buscan cosas opuestas: aquélla absorber

al mundo en nosotros, apropiárnoslo; y ésta, que seamos absorbidos en

el mundo. ¿Opuestas? ¿No son más bien una misma cosa? No, no lo son,

aunque lo parezca. La inteligencia es monista o panteísta, la voluntad

es monoteísta o egotista. La inteligencia no necesita algo fuera de

ella en que ejercerse; se funde con las ideas mismas, mientras que

la voluntad necesita materia. Conocer algo, es hacerme aquello que

conozco; pero para servirme de ello, para dominarlo, ha de permanecer

distinto de mí.

Filosofía y religión son enemigas entre sí, y por ser enemigas se

necesitan una a otra. Ni hay religión sin alguna base filosófica, ni

filosofía sin raíces religiosas; cada una vive de su contraria. La

historia de la filosofía es, en rigor, una historia de la religión.

Y los ataques que a la religión se dirigen desde un punto de vista

presunto científico o filosófico, no son sino ataques desde otro

adverso punto de vista religioso. «La colisión que ocurre entre la

ciencia natural y la religión cristiana no lo es, en realidad, sino

entre el instinto de la religión natural, fundido en la observación

natural científica, y el valor de la concepción cristiana del universo,

que asegura al espíritu su preeminencia en el mundo natural todo», dice

Ritschl (_Rechtfertigung und Versöhnung_, III, cap. 4.º, § 28). Ahora,

que ese instinto es el instinto mismo de racionalidad. Y el idealismo

crítico de Kant es de origen religioso, y para salvar a la religión es

para lo que franqueó Kant los límites de la razón después de haberla

en cierto modo disuelto en escepticismo. El sistema de antítesis,

contradicciones y antinomias sobre que construyó Hegel su idealismo

absoluto, tiene su raíz y germen en Kant mismo, y esa raíz es una raíz

irracional.

Ya veremos más adelante, al tratar de la fe, cómo ésta no es en su

esencia sino cosa de voluntad, no de razón, como creer es querer creer,

y creer en Dios ante todo y sobre todo es querer que le haya. Y así,

creer en la inmortalidad del alma es querer que el alma sea inmortal,

pero quererlo con tanta fuerza que esta querencia, atropellando a la

razón, pasa sobre ella. Mas no sin represalia.

El instinto de conocer y el de vivir, o más bien de sobrevivir,

entran en lucha. El Dr. E. Mach, en su obra sobre _El análisis de las

sensaciones y la relación de lo físico a lo psíquico_ (_Die Analyse der

Empfindungen und das Verhältniss des Physischen zum Psychischen_), nos

dice en una nota (I, § 12), que también el investigador, el sabio,

_der Forscher_, lucha en la batalla por la existencia, que también

los caminos de la ciencia llevan a la boca, y que no es todavía sino

un ideal en nuestras actuales condiciones sociales el puro instinto

de conocer, _der reine Erkenntnisstrieb_. Y así será siempre. _Primum

vivere, deinde philosophari_, o mejor acaso _primum supervivere_ o

_superesse_.

Toda posición de acuerdo y armonía persistentes entre la razón y la

vida, entre la filosofía y la religión, se hace imposible. Y la trágica

historia del pensamiento humano no es sino la de una lucha entre la

razón y la vida, aquélla empeñada en racionalizar a ésta haciéndola que

se resigne a lo inevitable, a la mortalidad; y ésta, la vida, empeñada

en vitalizar a la razón obligándola a que sirva de apoyo a sus anhelos

vitales. Y esta es la historia de la filosofía, inseparable de la

historia de la religión.

El sentimiento del mundo, de la realidad objetiva, es necesariamente

subjetivo, humano, antropomórfico. Y siempre se levantará frente al

racionalismo el vitalismo, siempre la voluntad se erguirá frente

a la razón. De donde el ritmo de la historia de la filosofía y la

sucesión de períodos en que se impone la vida produciendo formas

espiritualistas, y otros en que la razón se impone produciendo formas

materialistas, aunque a una y otra clase de formas de creer se las

disfrace con otros nombres. Ni la razón ni la vida se dan por vencidas

nunca. Mas sobre esto volveremos en el próximo capítulo.

La consecuencia vital del racionalismo sería el suicidio. Lo dice muy

bien Kierkegaard: «El suicidio es la consecuencia de existencia[16]

del pensamiento puro... No elogiamos el suicidio, pero sí la pasión.

El pensador, por el contrario, es un curioso animal, que es muy

inteligente a ciertos ratos del día, pero que, por lo demás, nada tiene

de común con el hombre». (_Afsluttende uvidenskabelig Efterskrift_,

cap. 3, § 1).

Como el pensador no deja, a pesar de todo, de ser hombre, pone la razón

al servicio de la vida, sépalo o no. La vida engaña a la razón; y ésta

a aquélla. La filosofía escolástico-aristotélica, al servicio de la

vida, fraguó un sistema teleológico-evolucionista de metafísica, al

parecer racional, que sirviese de apoyo a nuestro anhelo vital. Esa

filosofía, base del sobrenaturalismo ortodoxo cristiano, sea católico o

sea protestante, no era, en el fondo, sino una astucia de la vida para

obligar a la razón a que la apoyase. Pero tanto la apoyó ésta que acabó

por pulverizarla.

He leído que el ex carmelita Jacinto Loyson decía poder presentarse a

Dios tranquilo, pues estaba en paz con su conciencia y con su razón.

¿Con qué conciencia? ¿Con la religiosa? Entonces no lo comprendo. Y es

que no cabe servir a dos señores, y menos cuando estos dos señores,

aunque firmen treguas y armisticios y componendas, son enemigos por ser

opuestos sus intereses.

No faltará a todo esto quien diga que la vida debe someterse a la

razón, a lo que contestaremos que nadie debe lo que no puede, y la vida

no puede someterse a la razón. «Debe, luego puede», replicará algún

kantiano. Y le contrarreplicaremos: «no puede, luego no debe.» Y no lo

puede porque el fin de la vida es vivir y no lo es comprender.

Ni ha faltado quien haya hablado del deber religioso de resignarse a

la mortalidad. Es ya el colmo de la aberración y de la insinceridad. Y

a esto de la sinceridad vendrá alguien oponiéndonos la veracidad. Sea,

mas ambas cosas pueden muy bien conciliarse. La veracidad, el respeto

a lo que creo ser lo racional, lo que lógicamente llamamos verdad, me

mueve a afirmar una cosa en este caso: que la inmortalidad del alma

individual es un contrasentido lógico, es algo, no sólo irracional,

sino contrarracional; pero la sinceridad me lleva a afirmar también que

no me resigno a esa otra afirmación y que protesto contra su validez.

Lo que siento es una verdad, tan verdad por lo menos como lo que veo,

toco, oigo y se me demuestra --yo creo que más verdad aún--, y la

sinceridad me obliga a no ocultar mis sentimientos.

Y la vida, que se defiende, busca el flaco de la razón y lo encuentra

en el escepticismo, y se agarra de él y trata de salvarse asida a tal

agarradero. Necesita de la debilidad de su adversaria.

Nada es seguro; todo está al aire. Y exclama, henchido de pasión,

Lamennais (_Essai sur l’indifférence en matière de religion_, IIIe

partie, chap. 67): «¡Y qué! ¿Iremos a hundirnos, perdida toda

esperanza y a ojos ciegas en las mudas honduras de un escepticismo

universal? ¿Dudaremos si pensamos, si sentimos, si somos? No nos lo

deja la naturaleza; oblíganos a creer hasta cuando nuestra razón no

está convencida. La certeza absoluta y la duda absoluta nos están

igualmente vedadas. Flotamos en un medio vago entre estos dos extremos,

como entre el ser y la nada, porque el escepticismo completo sería la

extinción de la inteligencia y la muerte total del hombre. Pero no le

es dado anonadarse; hay en él algo que resiste invenciblemente a la

destrucción, yo no sé qué fe vital, indomable hasta para su voluntad

misma. Quiéralo o no, es menester que crea, porque tiene que obrar,

porque tiene que conservarse. Su razón, si no escuchase más que a ella,

enseñándole a dudar de todo y de sí misma, le reduciría a un estado de

inacción absoluta; perecería aun antes de haberse podido probar a sí

mismo que existe.»

No es, en rigor, que la razón nos lleve al escepticismo absoluto, ¡no!

La razón no me lleva ni puede llevarme a dudar de que exista; adonde

la razón me lleva es al escepticismo vital; mejor aún, a la negación

vital; no ya a dudar, sino a negar que mi conciencia sobreviva a mi

muerte. El escepticismo vital viene del choque entre la razón y el

deseo. Y de este choque, de este abrazo entre la desesperación y el

escepticismo, nace la santa, la dulce, la salvadora incertidumbre,

nuestro supremo consuelo.

La certeza absoluta, completa, de que la muerte es un completo y

definitivo e irrevocable anonadamiento de la conciencia personal,

una certeza de ello como estamos ciertos de que los tres ángulos de

un triángulo valen dos rectos, o la certeza absoluta, completa, de

que nuestra conciencia personal se prolonga más allá de la muerte en

estas o las otras condiciones, haciendo sobre todo entrar en ello la

extraña y adventicia añadidura del premio o del castigo eternos, ambas

certezas nos harían igualmente imposible la vida. En un escondrijo,

el más recóndito del espíritu, sin saberlo acaso el mismo que cree

estar convencido de que con la muerte acaba para siempre su conciencia

personal, su memoria, en aquel escondrijo le queda una sombra, una vaga

sombra, una sombra de sombra de incertidumbre, y mientras él se dice:

«ea, ¡a vivir esta vida pasajera, que no hay otra!», el silencio de

aquel escondrijo le dice: «¡quién sabe!...» Cree acaso no oirlo, pero

lo oye. Y en un repliegue también del alma del creyente que guarde más

fe en la vida futura hay una voz tapada, voz de incertidumbre, que

le cuchichea al oído, espiritual: «¡quién sabe!...» Son estas voces

acaso como el zumbar de un mosquito cuando el vendaval brama entre los

árboles del bosque; no nos damos cuenta de ese zumbido y, sin embargo,

junto con el fragor de la tormenta, nos llega al oído. ¿Cómo podríamos

vivir, si no, sin esa incertidumbre?

El «¿y si hay?» y el «¿y si no hay?» son las bases de nuestra

vida íntima. Acaso haya racionalista que nunca haya vacilado en

su convicción de la mortalidad del alma, y vitalista que no haya

vacilado en su fe en la inmortalidad; pero eso sólo querrá decir a

lo sumo que así como hay monstruos, hay también estúpidos afectivos

o de sentimiento, por mucha inteligencia que tengan, y estúpidos

intelectuales, por mucha que su virtud sea. Mas en lo normal no puedo

creer a los que me aseguren que nunca, ni en un parpadeo el más fugaz,

ni en las horas de mayor soledad y tribulación, se les ha aflorado a la

conciencia ese rumor de la incertidumbre. No comprendo a los hombres

que me dicen que nunca les atormentó la perspectiva del allende la

muerte, ni el anonadamiento propio les inquieta; y por mi parte no

quiero poner paz entre mi corazón y mi cabeza, entre mi fe y mi razón;

quiero más bien que se peleen entre sí.

En el cap. IX del Evangelio según Marcos, se nos cuenta cómo llevó uno

a Jesús a ver a su hijo preso de un espíritu mudo, que dondequiera le

cogiese le despedazaba, haciéndole echar espumarajos, crujir de dientes

e irse secando, por lo cual quería presentárselo para que le curara. Y

el Maestro, impaciente de aquellos hombres que no querían sino milagros

y señales, exclamó: «¡Oh generación infiel! ¿hasta cuándo estaré con

vosotros? ¿hasta cuándo os tengo de sufrir? ¡Traédmele!» (v. 19), y se

lo trajeron; le vió el Maestro revolcándose por tierra, preguntó a su

padre cuánto tiempo hacía de aquéllo, contestóle éste que desde que

era su hijo niño, y Jesús le dijo: «Si puedes creer, al que cree todo

es posible» (v. 23). Y entonces el padre del epiléptico o endemoniado

contestó con estas preñadas y eternas palabras: «¡Creo, Señor; ayuda mi

incredulidad!» Πιστεύω, κύριε, βοήθει τῇ ἀπιστίᾳ μου (v. 23).

¡Creo, Señor; socorre a mi incredulidad! Esto podrá parecer una

contradicción, pues si cree, si confía, ¿cómo es que pide al Señor

que venga en socorro de su falta de confianza? Y, sin embargo, esa

contradicción es lo que da todo su más hondo valor humano a ese grito

de las entrañas del padre del endemoniado. Su fe es una fe a base de

incertidumbre. Porque cree, es decir, porque quiere creer, porque

necesita que su hijo se cure, pide al Señor que venga en ayuda de su

incredulidad, de su duda de que tal curación pueda hacerse. Tal es la

fe humana; tal fué la heroica fe que Sancho Panza tuvo en su amo el

Caballero Don Quijote de la Mancha, según creo haberlo mostrado en mi

_Vida de Don Quijote y Sancho_; una fe a base de incertidumbre, de

duda. Y es que Sancho Panza era hombre, hombre entero y verdadero, y no

era estúpido, pues sólo siéndolo hubiese creído, sin sombra de duda,

en las locuras de su amo. Que a su vez tampoco creía en ellas de ese

modo, pues tampoco, aunque loco, era estúpido. Era, en el fondo, un

desesperado, como en esa mi susomentada obra creo haber mostrado. Y

por ser un heroico desesperado, el héroe de la desesperación íntima y

resignada, por eso es el eterno dechado de todo hombre cuya alma es un

campo de batalla entre la razón y el deseo inmortal, Nuestro Señor Don

Quijote es el ejemplar del vitalista cuya fe se basa en incertidumbre,

y Sancho lo es del racionalista que duda de su razón.

Atormentado Augusto Hermann Francke por torturadoras dudas, decidió

invocar a Dios, a un Dios en que no creía ya, o en quien más bien creía

no creer, para que tuviese piedad de él, del pobre pietista Francke,

si es que existía.[17] Y un estado análogo de ánimo es el que me

inspiró aquel soneto titulado «La oración del ateo», que en mi _Rosario

de sonetos líricos_ figura y termina así:

Sufro yo a tu costa,

Dios no existente, pues si tú existieras

existiría yo también de veras.

Sí, si existiera el Dios garantizador de nuestra inmortalidad personal,

entonces existiríamos nosotros de veras. ¡Y si no, no!

Aquel terrible secreto, aquella voluntad oculta de Dios que se traduce

en la predestinación, aquella idea que dictó a Lutero su _servum

arbitrium_ y da su trágico sentido al calvinismo, aquella duda en la

propia salvación, no es en el fondo, sino la incertidumbre, que aliada

a la desesperación forma la base de la fe. La fe --dicen algunos-- es

no pensar en ello; entregarse confiadamente a los brazos de Dios, los

secretos de cuya providencia son inescudriñables. Sí, pero también

la infidelidad es no pensar en ello. Esa fe absurda, esa fe sin

sombra de incertidumbre, esa fe de estúpidos carboneros, se une a la

incredulidad absurda, a la incredulidad sin sombra de incertidumbre, a

la incredulidad de los intelectuales atacados de estupidez afectiva,

para no pensar en ello.

¿Y qué sino la incertidumbre, la duda, la voz de la razón era el

abismo, el _gouffre_ terrible ante el que temblaba Pascal? Y ello fué

lo que le llevó a formular su terrible sentencia: _il faut s’abêtir_,

¡hay que entontecerse!

Todo el jansenismo, adaptación católica del calvinismo, lleva este

mismo sello. Aquel Port Royal que se debía a un vasco, el abate de

Saint-Cyran, vasco como Íñigo de Loyola, y como el que estas líneas

traza, lleva siempre en su fondo un sedimento de desesperación

religiosa, de suicidio de la razón. También Íñigo la mató en la

obediencia.

Por desesperación se afirma, por desesperación se niega, y por ella

se abstiene uno de afirmar y de negar. Observad a los más de nuestros

ateos, y veréis que lo son por rabia, por rabia de no poder creer

que haya Dios. Son enemigos personales de Dios. Han sustantivado y

personalizado la Nada, y su no Dios es un Anti-Dios.

Y nada hemos de decir de aquella frase abyecta e innoble de «si no

hubiera Dios habría que inventarlo». Esta es la expresión del inmundo

escepticismo de los conservadores, de los que estiman que la religión

es un resorte de gobierno, y cuyo interés es que haya en la otra

vida infierno para los que aquí se oponen a sus intereses mundanos.

Esa repugnante frase de saduceo es digna del incrédulo adulador de

poderosos a quien se atribuye.

No, no es ese el hondo sentido vital. No se trata de una policía

trascendente, no de asegurar el orden --¡vaya un orden!-- en la tierra

con amenazas de castigos y halagos de premios eternos después de la

muerte. Todo esto es muy bajo, es decir, no más que política, o si se

quiere ética. Se trata de vivir.

Y la más fuerte base de la incertidumbre, lo que más hace vacilar

nuestro deseo vital, lo que más eficacia da a la obra disolvente de

la razón, es el ponernos a considerar lo que podría ser una vida del

alma después de la muerte. Porque, aun venciendo, por un poderoso

esfuerzo de fe, a la razón que nos dice y enseña que el alma no es

sino una función del cuerpo organizado, queda luego el imaginarnos que

pueda ser una vida inmortal y eterna del alma. En esta imaginación las

contradicciones y los absurdos se multiplican y se llega, acaso, a la

conclusión de Kierkegaard, y es que si es terrible la mortalidad del

alma, no menos terrible es su inmortalidad.

Pero vencida la primera dificultad, la única verdadera, vencido el

obstáculo de la razón, ganada la fe, por dolorosa y envuelta en

incertidumbre que ésta sea, de que ha de persistir nuestra conciencia

personal después de la muerte, ¿qué dificultad, qué obstáculo hay en

que nos imaginemos esa persistencia a medida de nuestro deseo? Sí,

podemos imaginárnosla como un eterno rejuvenecimiento, como un eterno

acrecentarnos, e ir hacia Dios, hacia la Conciencia Universal, sin

alcanzarle nunca, podemos imaginárnosla... ¿Quién pone trabas a la

imaginación, una vez que ha roto la cadena de lo racional?

Ya sé que me pongo pesado, molesto, tal vez tedioso, pero todo es

menester. Y he de repetir una vez más que no se trata ni de policía

trascendente, ni de hacer de Dios un gran Juez o Guardia civil; es

decir, no se trata de cielo y de infierno para apuntalar nuestra pobre

moral mundana, ni se trata de nada egoísta y personal. No soy yo, es

el linaje humano todo el que entra en juego; es la finalidad última de

nuestra cultura toda. Yo soy uno; pero todos son yos.

¿Recordáis el fin de aquel _Cántico del gallo salvaje_, que en prosa

escribiera el desesperado Leopardi, el víctima de la razón, que no

logró llegar a creer? «Tiempo llegará --dice-- en que este Universo y

la Naturaleza misma se habrán extinguido. Y al modo que de grandísimos

reinos e imperios humanos y sus maravillosas acciones que fueron

en otra edad famosísimas, no queda hoy ni señal ni fama alguna,

así igualmente del mundo entero y de las infinitas vicisitudes y

calamidades de las cosas creadas no quedará ni un solo vestigio, sino

un silencio desnudo y una quietud profundísima llenarán el espacio

inmenso. Así este arcano admirable y espantoso de la existencia

universal, antes de haberse declarado o dado a entender, se extinguirá

y perderáse.» A lo cual llaman ahora, con un término científico y

muy racionalista, la _entropía_. Muy bonito, ¿no? Spencer inventó

aquello del homogéneo primitivo, del cual no se sabe cómo pudo brotar

heterogeneidad alguna. Pues bien; esto de la entropía es una especie

de homogéneo último, de estado de perfecto equilibrio. Para un alma

ansiosa de vida, lo más parecido a la nada que puede darse.

* * * * *

He traído hasta aquí al lector que ha tenido la paciencia de leerme

al través de una serie de dolorosas reflexiones, y procurando siempre

dar a la razón su parte y dar también su parte al sentimiento. No

he querido callar lo que callan otros; he querido poner al desnudo,

no ya mi alma, sino el alma humana; sea ella lo que fuere y esté o

no destinada a desaparecer. Y hemos llegado al fondo del abismo, al

irreconciliable conflicto entre la razón y el sentimiento vital. Y

llegado aquí, os he dicho que hay que aceptar el conflicto como tal y

vivir de él. Ahora me queda el exponeros cómo, a mi sentir y hasta a mi

pensar, esa desesperación puede ser base de una vida vigorosa, de una

acción eficaz, de una ética, de una estética, de una religión y hasta

de una lógica. Pero en lo que va a seguir habrá tanto de fantasía como

de raciocinio; es decir, mucho más.

No quiero engañar a nadie ni dar por filosofía lo que acaso no sea

sino poesía o fantasmagoría, mitología en todo caso. El divino Platón,

después que en su diálogo _Fedón_ discutió la inmortalidad del alma

--una inmortalidad ideal, es decir, mentirosa--, lanzóse a exponer los

mitos sobre la otra vida, diciendo que se debe también mitologizar.

Vamos, pues, a mitologizar.

El que busque razones, lo que estrictamente llamamos tales, argumentos

científicos, consideraciones técnicamente lógicas, puede renunciar a

seguirme. En lo que de estas reflexiones sobre el sentimiento trágico

resta, voy a pescar la atención del lector a anzuelo desnudo, sin cebo;

el que quiera picar que pique, mas yo a nadie engaño. Sólo al final

pienso recogerlo todo y sostener que esta desesperación religiosa que

os decía, y que no es sino el sentimiento mismo trágico de la vida, es,

más o menos velada, el fondo mismo de la conciencia de los individuos y

de los pueblos cultos de hoy en día, es decir, de aquellos individuos

y de aquellos pueblos que no padecen ni de estupidez intelectual ni de

estupidez sentimental.

Y es ese sentimiento la fuente de las hazañas heroicas.

Si en lo que va a seguir os encontráis con apotegmas arbitrarios, con

transiciones bruscas, con soluciones de continuidad, con verdaderos

saltos mortales del pensamiento, no os llaméis a engaño. Vamos a

entrar, si es que queréis acompañarme, en un campo de contradicciones

entre el sentimiento y el raciocinio, y teniendo que servirnos del uno

y del otro.

Lo que va a seguir no me ha salido de la razón, sino de la vida, aunque

para trasmitíroslo tengo en cierto modo que racionalizarlo. Lo más

de ello no puede reducirse a teoría o sistema lógico; pero como Walt

Whitman, el enorme poeta yanqui, os encargo que no se funde escuela o

teoría sobre mí.

_I charge that there be no theory or school founded out of me._

(MYSELF AND MINE.)

Del sentimiento trágico de la vida · 第 8 / 23 段