El más lógico y consecuente de los ateos, quiero decir de los que

niegan la persistencia en tiempo futuro indefinido de la conciencia

individual, y el más piadoso a la vez de ellos, Spinoza, dedicó la

quinta y última parte de su _Ética_ a dilucidar la vía que conduce

a la libertad y a fijar el concepto de la felicidad. ¡El concepto!

¡El concepto y no el sentimiento! Para Spinoza, que era un terrible

intelectualista, la felicidad, la _beatitudo_, es un concepto, y

el amor a Dios un amor intelectual. Después de establecer en la

proposición 21 de esta parte quinta que «la mente no puede imaginarse

nada ni acordarse de las cosas pasadas sino mientras dura el cuerpo»,

lo que equivale a negar la inmortalidad del alma, pues un alma que

separada del cuerpo en que vivió no se acuerda ya de su pasado, ni es

inmortal ni es alma, procede a decirnos en la proposición 23 que «la

mente humana no puede destruirse en absoluto con el cuerpo, sino que

queda algo de ella, que es _eterno_», y esta eternidad de la mente es

cierto modo de pensar. Mas no os dejéis engañar; no hay tal eternidad

de la mente individual. Todo es _sub aeternitatis specie_, es decir, un

puro engaño. Nada más triste, nada más desolador, nada más antivital

que esa felicidad, esa _beatitudo_ spinoziana, que consiste en el

amor intelectual a Dios, el cual no es sino el amor mismo de Dios, el

amor con que Dios se ama a sí mismo (prop. 36). Nuestra felicidad,

es decir, nuestra libertad, consiste en el constante y eterno amor

de Dios a los hombres. Así dice el escolio a esta proposición 36. Y

todo para concluir en la proposición final de toda la _Ética_, en su

coronamiento, con aquello de que la felicidad no es el premio de la

virtud, sino la virtud misma. ¡Lo de todos! O dicho en plata: que de

Dios salimos y a Dios volvemos; lo que, traducido a lenguaje vital,

sentimental, concreto, quiere decir que mi conciencia personal brotó de

la nada, de mi inconsciencia, y a la nada volverá.

Y esa voz tristísima y desoladora de Spinoza es la voz misma de la

razón. Y la libertad de que nos habla es una libertad terrible. Y

contra Spinoza y su doctrina de la felicidad no cabe sino un argumento

incontrastable: el argumento _ad hominem_ ¿Fué feliz él, Baruc Spinoza,

mientras para acallar su íntima infelicidad disertaba sobre la

felicidad misma? ¿Fué él libre?

En el escolio a la proposición 41 de esta misma última y más trágica

parte de esa formidable tragedia de su _Ética_, nos habla el pobre

judío desesperado de Ámsterdam, de la persuasión común del vulgo

sobre la vida eterna. Oigámosle: «Parece que creen que la piedad y la

religión y todo lo que se refiere a la fortaleza de ánimo, son cargas

que hay que deponer después de la muerte, y esperan recibir el precio

de la servidumbre, no de la piedad y la religión. Y no sólo por esta

esperanza, sino también, y más principalmente, por el miedo de ser

castigados con terribles suplicios después de la muerte, se mueven a

vivir conforme a la prescripción de la ley divina en cuanto les lleva

su debilidad y su ánimo impotente; y si no fuese por esta esperanza

y este miedo, y creyeran, por el contrario, que las almas mueren con

los cuerpos, ni les quedara el vivir más tiempo sino miserables bajo

el peso _de la piedad_, volverían a su índole, prefiriendo acomodarlo

todo a su gusto y entregarse a la fortuna más que a sí mismos. Lo cual

no parece menos absurdo que si uno, por no creer poder alimentar a

su cuerpo con buenos alimentos para siempre, prefiriese saturarse de

venenos mortíferos, o porque ve que el alma no es eterna o inmortal,

prefiera ser sin alma (_amens_) y vivir sin razón; todo lo cual es tan

absurdo que apenas merece ser refutado (_quae adeo absurda sunt, ut vix

recenseri mereantur_)».

Cuando se dice de algo que no merece siquiera refutación, tenedlo

por seguro, o es una insigne necedad, y en este caso ni eso hay que

decir de ella, o es algo formidable, es la clave misma del problema.

Y así es en este caso. Porque sí, pobre judío portugués desterrado en

Holanda, sí, que quien se convenza, sin rastro de duda, sin el más leve

resquicio de incertidumbre salvadora, de que su alma no es inmortal,

prefiera ser sin alma, _amens_, o irracional, o idiota, prefiera no

haber nacido, no tiene nada, absolutamente nada de absurdo. Él, el

pobre judío intelectualista definidor del amor intelectual y de la

felicidad, ¿fué feliz? Porque este y no otro es el problema. «¿De

qué te sirve saber definir la compunción, si no la sientes?» dice el

Kempis. Y, ¿de que te sirve meterte a definir la felicidad si no logra

uno con ello ser feliz? Aquí encaja aquel terrible cuento de Diderot

sobre el eunuco que, para mejor poder escoger esclavas con destino al

harem del soldán, su dueño, quiso recibir lecciones de estética de un

marsellés. A la primera lección, fisiológica, brutal y carnalmente

fisiológica, exclamó el eunuco compungido: «¡Está visto que yo nunca

sabré estética!» Y así es; ni los eunucos sabrán nunca estética

aplicada a la selección de mujeres hermosas, ni los puros racionalistas

sabrán ética nunca, ni llegarán a definir la felicidad, que es una cosa

que se vive y se siente, y no una cosa que se razona y se define.

Y ahí tenemos otro racionalista, éste no ya resignado y triste, como

Spinoza, sino rebelde, y fingiéndose hipócritamente alegre cuando era

no menos desesperado que el otro; ahí tenéis a Nietzsche, que inventó

_matemáticamente_(!!!) aquel remedo de la inmortalidad del alma que

se llama la vuelta eterna, y que es la más formidable tragi-comedia

o comi-tragedia. Siendo el número de átomos o primeros elementos

irreductibles finito, en el universo eterno tiene que volver alguna

vez a darse una combinación como la actual y, por lo tanto, tiene que

repetirse un número eterno de veces lo que ahora pasa. Claro está, y

así como volveré a vivir la vida que estoy viviendo, la he vivido ya

infinitas veces, porque hay una eternidad hacia el pasado, _a parte

ante_, como la habrá en el porvenir, _a parte post_. Pero se da el

triste caso de que yo no me acuerdo de ninguna de mis existencias

anteriores, ni es posible que me acuerde de ellas, pues dos cosas

absoluta y totalmente idénticas no son sino una sola. En vez de

suponer que vivimos en un universo finito, de un número finito de

primeros elementos componentes irreductibles, suponed que vivamos en

un universo infinito, sin límite en el espacio --la cual infinitud

concreta no es menos inconcebible que la eternidad concreta, en el

tiempo--, y entonces resultará que este nuestro sistema, el de la vía

láctea, se repite infinitas veces en el infinito del espacio, y que

estoy yo viviendo infinitas vidas, todas exactamente idénticas. Una

broma, como veis, pero no menos cómica, es decir, no menos trágica que

la de Nietzsche, la del león que se ríe. ¿Y de qué se ríe el león? Yo

creo que de rabia, porque no acaba de consolarle eso de que ha sido ya

el mismo león antes y que volverá a serlo.

Pero es que tanto Spinoza como Nietzsche eran, sí, racionalistas,

cada uno de ellos a su modo; pero no eran eunucos espirituales;

tenían corazón, sentimiento y, sobre todo, hambre, un hambre loca de

eternidad, de inmortalidad. El eunuco corporal no siente la necesidad

de reproducirse carnalmente, en cuerpo, y el eunuco espiritual tampoco

siente el hambre de perpetuarse.

Cierto es que hay quienes aseguran que con la razón les basta, y nos

aconsejan desistamos de querer penetrar en lo impenetrable. Mas de

éstos que dicen no necesitar de fe alguna en vida personal eterna para

encontrar alicientes de vida y móviles de acción, no sé qué pensar.

También un ciego de nacimiento puede asegurarnos que no siente gran

deseo de gozar del mundo de la visión, ni mucha angustia por no haberlo

gozado, y hay que creerle, pues de lo totalmente desconocido no cabe

anhelo por aquello de _nihil volitum quin praecognitum_; no cabe querer

sino lo de antes conocido; pero el que alguna vez en su vida o en sus

mocedades o temporalmente ha llegado a abrigar la fe en la inmortalidad

del alma, no puedo persuadirme a creer que se aquiete sin ella. Y en

este respecto apenas cabe entre nosotros la ceguera de nacimiento,

como no sea por una extraña aberración. Que aberración y no otra cosa

es el hombre mera y exclusivamente racional.

Más sinceros, mucho más sinceros son los que dicen: «De eso no se debe

hablar, que es perder el tiempo y enervar la voluntad; cumplamos aquí

con nuestro deber, y sea luego lo que fuere»; pero esta sinceridad

oculta una más profunda insinceridad. ¿Es que acaso con decir: «De

eso no se debe hablar», se consigue que uno no piense en ello? ¿Que

se enerva la voluntad?... ¿Y qué? ¿Que nos incapacita para una acción

humana? ¿Y qué? Es muy cómodo decirle al que tiene una enfermedad

mortal, que le condena a corta vida y lo sabe, que no piense en ello.

_Meglio oprando obliar, senza indagarlo,_

_Questo enorme mister de l’universo!_

«¡Mejor obrando olvidar, sin indagarlo, este enorme misterio del

universo!» escribió Carducci en su _Idilio maremmano_, el mismo

Carducci que al final de su oda _Sobre el monte Mario_ nos habló de que

la tierra, madre del alma fugitiva, ha de llevar en torno al sol gloria

y dolor

hasta que bajo el Ecuador rendida,

a las llamadas del calor que huye,

la ajada prole una mujer tan sólo

tenga y un hombre,

que erguidos entre trozos de montañas,

en muertos bosques, lívidos, con ojos

vítreos te vean sobre inmenso hielo,

¡oh sol, ponerte![14]

¿Pero es posible trabajar en algo serio y duradero, olvidando el enorme

misterio del universo y sin inquirirlo? ¿Es posible contemplarlo todo

con alma serena, según la piedad lucreciana, pensando que un día no se

ha de reflejar eso todo en conciencia humana alguna?

«¿Sois felices?» pregunta Caín en el poema byroniano a Lucifer,

príncipe de los intelectuales, y éste le responde: «Somos poderosos»;

y Caín replica: «¿Sois felices?», y entonces el gran Intelectual le

dice: «No; ¿lo eres tú?» Y más adelante este mismo Luzbel dice a Adah,

hermana y mujer de Caín: «Escoge entre el Amor y la Ciencia, pues no

hay otra elección.» Y en este mismo estupendo poema, al decir Caín

que el árbol de la ciencia del bien y del mal era un árbol mentiroso,

porque «no sabemos nada, y su prometida ciencia fué al precio de la

muerte», Luzbel le replica: «Puede ser que la muerte conduzca al más

alto conocimiento». Es decir, a la nada.

En todos estos pasajes donde he traducido ciencia, dice lord

Byron _Knowledge_, conocimiento; el francés _science_ y el alemán

_Wissenschaft_, al que muchos enfrentan la _wisdom_ --_sagesse_

francesa y _Weisheit_ alemana-- la sabiduría. «La ciencia llega, pero

la sabiduría se retarda, y trae un pecho cargado, lleno de triste

experiencia, avanzando hacia la quietud de su descanso.»

_Knowledge comes, but wisdom lingers, and he bears a laden breast,_

_Full of sad experience, moving toward the stillness of his rest,_

dice otro lord, Tennyson, en su _Locksley Hall_. ¿Y qué es esta

sabiduría, que hay que ir a buscarla principalmente en los poetas,

dejando la ciencia? Está bien que se diga, con Matthew Arnold --en su

prólogo a los poemas de Wordsworth--, que la poesía es la realidad, y

la filosofía la ilusión; la razón es siempre la razón, y la realidad

la realidad, lo que se puede probar que existe fuera de nosotros,

consuélenos o desespérenos.

No sé por qué tanta gente se escandalizó o hizo que se escandalizaba

cuando Brunetière volvió a proclamar la bancarrota de la ciencia.

Porque la ciencia, en cuanto sustitutiva de la religión, y la razón en

cuanto sustitutiva de la fe, han fracasado siempre. La ciencia podrá

satisfacer, y de hecho satisface en una medida creciente, nuestras

crecientes necesidades lógicas o mentales, nuestro anhelo de saber y

conocer la verdad; pero la ciencia no satisface nuestras necesidades

afectivas y volitivas, nuestra hambre de inmortalidad, y lejos de

satisfacerla, contradícela. La verdad racional y la vida están en

contraposición. ¿Y hay acaso otra verdad que la verdad racional?

Debe quedar, pues, sentado, que la razón, la razón humana, dentro de

sus límites, no sólo no prueba racionalmente que el alma sea inmortal

y que la conciencia humana haya de ser en la serie de los tiempos

venideros indestructible, sino que prueba más bien, dentro de sus

límites, repito, que la conciencia individual no puede persistir

después de la muerte del organismo corporal de que depende. Y esos

límites, dentro de los cuales digo que la razón humana prueba esto, son

los límites de la racionalidad, de lo que conocemos comprobadamente.

Fuera de ellos está lo irracional, que es lo mismo que se la llame

sobre-racional que infra-racional o contra-racional; fuera de ellos

está el absurdo de Tertuliano, el imposible del _certum est, quia

impossibile est_. Y ese absurdo no puede apoyarse sino en la más

absoluta incertidumbre.

La disolución racional termina en disolver la razón misma, en el

más absoluto escepticismo, en el fenomenalismo de Hume o en el

contingencialismo absoluto de Stuart Mill, éste el más consecuente

y lógico de los positivistas. El triunfo supremo de la razón,

facultad analítica, esto es, destructiva y disolvente, es poner en

duda su propia validez. Cuando hay una úlcera en el estómago, acaba

éste por digerirse a sí mismo. Y la razón acaba por destruir la

validez inmediata y absoluta del concepto de verdad y del concepto

de necesidad. Ambos conceptos son relativos; ni hay verdad ni hay

necesidad absolutas. Llamamos verdadero a un concepto que concuerda

con el sistema general de nuestros conceptos todos, verdadera a una

percepción que no contradice al sistema de nuestras percepciones;

verdad es coherencia. Y en cuanto al sistema todo, al conjunto, como no

hay fuera de él nada para nosotros conocido, no cabe decir que sea o no

verdadero. El universo es imaginable que sea en sí, fuera de nosotros,

muy de otro modo que como a nosotros se nos aparece, aunque ésta sea

una suposición que carezca de todo sentido racional. Y en cuanto a la

necesidad, ¿la hay absoluta? Necesario no es sino lo que es y en cuanto

es, pues en otro sentido más trascendente, ¿qué necesidad absoluta,

lógica, independiente del hecho de que el universo existe, hay de que

haya universo ni cosa alguna?

El absoluto relativismo, que no es ni más ni menos que el escepticismo,

en el sentido más moderno de esta denominación, es el triunfo supremo

de la razón raciocinante.

Ni el sentimiento logra hacer del consuelo verdad, ni la razón logra

hacer de la verdad consuelo; pero esta segunda, la razón, procediendo

sobre la verdad misma, sobre el concepto mismo de realidad, logra

hundirse en un profundo escepticismo. Y en este abismo encuéntrase

el escepticismo racional con la desesperación sentimental, y de este

encuentro es de donde sale una base --¡terrible base!-- de consuelo.

Vamos a verlo.

VI

EN EL FONDO DEL ABISMO

_Parce unicae spes totius orbis._

TERTULLIANUS, _Adversus Mercionem_, 5.

Ni, pues, el anhelo vital de inmortalidad humana halla confirmación

racional, ni tampoco la razón nos da aliciente y consuelo de vida y

verdadera finalidad a ésta. Mas he aquí que en el fondo del abismo se

encuentran la desesperación sentimental y volitiva y el escepticismo

racional frente a frente, y se abrazan como hermanos. Y va a ser de

este abrazo, un abrazo trágico, es decir, entrañadamente amoroso, de

donde va a brotar manantial de vida, de una vida seria y terrible. El

escepticismo, la incertidumbre, última posición a que llega la razón

ejerciendo su análisis sobre sí misma, sobre su propia validez, es

el fundamento sobre que la desesperación del sentimiento vital ha de

fundar su esperanza.

Tuvimos que abandonar, desengañados, la posición de los que quieren

hacer verdad racional y lógica del consuelo, pretendiendo probar su

racionalidad, o por lo menos su no irracionalidad, y tuvimos también

que abandonar la posición de los que querían hacer de la verdad

racional consuelo y motivo de vida. Ni una ni otra de ambas posiciones

nos satisfacía. La una riñe con nuestra razón, la otra con nuestro

sentimiento. La paz entre estas dos potencias se hace imposible, y hay

que vivir de su guerra. Y hacer de ésta, de la guerra misma, condición

de nuestra vida espiritual.

Ni cabe aquí tampoco ese expediente repugnante y grosero que han

inventado los políticos, más o menos parlamentarios, y a que llaman una

fórmula de concordia, de que no resulten ni vencedores ni vencidos. No

hay aquí lugar para el pasteleo. Tal vez una razón degenerada y cobarde

llegase a proponer tal fórmula de arreglo, porque en rigor la razón

vive de fórmulas; pero la vida, que es informulable; la vida, que vive

y quiere vivir siempre, no acepta fórmulas. Su única fórmula es: o todo

o nada. El sentimiento no transige con términos medios.

_Initium sapientiae timor Domini_, se dijo, queriendo acaso decir

_timor mortis_, o tal vez _timor vitae_, que es lo mismo. Siempre

resulta que el principio de la sabiduría es un temor.

Y este escepticismo salvador de que ahora voy a hablaros, ¿puede

decirse que sea la duda? Es la duda, sí, pero es mucho más que la duda.

La duda es con frecuencia una cosa muy fría, muy poco vitalizadora,

y, sobre todo, una cosa algo artificiosa, especialmente desde que

Descartes la rebajó al papel de método. El conflicto entre la razón

y la vida es algo más que una duda. Porque la duda con facilidad se

reduce a ser un elemento cómico.

La duda metódica de Descartes es una duda cómica, una duda puramente

teórica, provisoria, es decir, la duda de uno que hace como que duda

sin dudar. Y porque era una duda de estufa, el hombre que concluyó

que existía de que pensaba, no aprobaba «esos humores turbulentos

(_brouillones_) e inquietos que, no siendo llamados ni por su

nacimiento ni por su fortuna al manejo de los negocios públicos, no

dejan de hacer siempre en idea alguna nueva reforma», y se dolía de

que pudiera haber algo de esto en su escrito. No; él, Descartes, no se

propuso sino «reformar sus propios pensamientos y edificar sobre un

cimiento suyo propio». Y se propuso no recibir por verdadero nada que

no conociese evidentemente ser tal, y destruir todos los prejuicios e

ideas recibidas para construirse de nuevo su morada intelectual. Pero

«como no basta, antes de comenzar a reconstruir la casa en que se mora,

abatirla y hacer provisión de materiales y arquitectos, o ejercitarse

uno mismo en la arquitectura..., sino que es menester haberse provisto

de otra en que pueda uno alojarse cómodamente mientras trabaja», se

formó una moral provisional --_une morale de provision_--, cuya primera

ley era obedecer a las costumbres de su país y retener constantemente

la religión en que Dios le hizo la gracia de que se hubiese instruído

desde su infancia, gobernándose en todo según las opiniones más

moderadas. Vamos, sí, una religión provisional, y hasta un Dios

provisional. Y escogía las opiniones más moderadas, por ser «las más

cómodas para la práctica». Pero más vale no seguir.

Esta duda cartesiana, metódica o teórica, esta duda filosófica de

estufa, no es la duda, no es el escepticismo, no es la incertidumbre

de que aquí os hablo, ¡no! Esta otra duda es una duda de pasión, es

el eterno conflicto entre la razón y el sentimiento, la ciencia y la

vida, la lógica y la biótica. Porque la ciencia destruye el concepto de

personalidad, reduciéndolo a un complejo en continuo flujo de momento,

es decir, destruye la base misma sentimental de la vida del espíritu,

que, sin rendirse se revuelve contra la razón.

Y esta duda no puede valerse de moral alguna de provisión, sino que

tiene que fundar su moral, como veremos, sobre el conflicto mismo,

una moral de batalla, y tiene que fundar sobre sí misma la religión.

Y habita una casa que se está derruyendo de continuo y a la que de

continuo hay que restablecer. De continuo la voluntad, quiero decir,

la voluntad de no morirse nunca, la irresignación a la muerte, fragua

la morada de la vida, y de continuo la razón la está abatiendo con

vendavales y chaparrones.

Aún hay más, y es que en el problema concreto vital que nos interesa,

la razón no toma posición alguna. En rigor, hace algo peor aún que

negar la inmortalidad del alma, lo cual sería una solución, y es que

desconoce el problema como el deseo vital nos lo presenta. En el

sentido racional y lógico del término problema no hay tal problema.

Esto de la inmortalidad del alma, de la persistencia de la conciencia

individual, no es racional, cae fuera de la razón. Es como problema, y

aparte de la solución que se le dé, irracional. Racionalmente carece de

sentido hasta el plantearlo. Tan inconcebible es la inmortalidad del

alma, como es, en rigor, su mortalidad absoluta. Para explicarnos el

mundo y la existencia --y tal es la obra de la razón--, no es menester

supongamos ni que es mortal ni inmortal nuestra alma. Es, pues, una

irracionalidad el solo planteamiento del supuesto problema.

Oigamos al hermano Kierkegaard, que nos dice: «Donde precisamente

se muestra el riesgo de la abstracción, es respecto al problema de

la existencia cuya dificultad resuelve soslayándola, jactándose

luego de haberlo explicado todo. Explica la inmortalidad en general,

y lo hace egregiamente, identificándola con la eternidad; con la

eternidad, que es esencialmente el medio del pensamiento. Pero que

cada hombre singularmente existente sea inmortal, que es precisamente

la dificultad, de esto no se preocupa la abstracción, no le interesa;

pero la dificultad de la existencia es el interés del existente; al que

existe le interesa infinitamente existir. El pensamiento abstracto

no le sirve a mi inmortalidad sino para matarme en cuanto individuo

singularmente existente, y así hacerme inmortal, poco más o menos a

la manera de aquel Doctor de Holberg, que con su medicina quitaba

la vida al paciente, pero le quitaba también la fiebre. Cuando se

considera un pensador abstracto que no quiere poner en claro y confesar

la relación que hay entre su pensamiento abstracto y el hecho de que

él sea existente, nos produce, por excelente y distinguido que sea,

una impresión cómica, porque corre el riesgo de dejar de ser hombre.

Mientras un hombre efectivo, compuesto de infinitud y de finitud, tiene

su efectividad precisamente en mantener juntas esas dos y se interesa

infinitamente en existir, un semejante pensador abstracto es un ser

doble, un ser fantástico que vive en el puro ser de la abstracción, y

a las veces la triste figura de un profesor que deja a un lado aquella

esencia abstracta como deja el bastón. Cuando se lee la vida de un

pensador así --cuyos escritos pueden ser excelentes--, tiembla uno ante

la idea de lo que es ser hombre. Y cuando se lee en sus escritos que

el pensar y el ser son una misma cosa, se piensa, pensando en su vida,

que ese ser que es idéntico al pensar, no es precisamente ser hombre.»

(_Afsluttende uvidenskabelig Efterskrift_, cap. 3.)

¡Qué intensa pasión, es decir, qué verdad encierra esta amarga

invectiva contra Hegel, prototipo del racionalista, que nos quita la

fiebre quitándonos la vida, y nos promete, en vez de una inmortalidad

concreta, una inmortalidad abstracta, como si fuese abstracta, y no

concreta, el hambre de ella, que nos consume!

Podrá decirse, sí, que muerto el perro se acabó la rabia, y que después

que me muera no me atormentará ya esta hambre de no morir, y que el

miedo a la muerte, o mejor dicho, a la nada, es un miedo irracional,

pero... Sí, pero... _Eppur si muove!_ Y seguirá moviéndose. ¡Como que

es la fuente de todo movimiento!

Mas no creo esté del todo en lo cierto el hermano Kierkegaard, porque

el mismo pensador abstracto, o pensador de abstracciones, piensa _para_

existir, para no dejar de existir, o tal vez piensa para olvidar

que tendrá que dejar de existir. Tal es el fondo de la pasión del

pensamiento abstracto. Y acaso Hegel se interesaba tan infinitamente

como Kierkegaard en su propia, concreta y singular existencia, aunque

para mantener el decoro profesional de filósofo del Estado lo ocultase.

Exigencias del cargo.

La fe en la inmortalidad es irracional. Y, sin embargo, fe, vida y

razón se necesitan mutuamente. Ese anhelo vital no es propiamente

problema, no puede tomar estado lógico, no puede formularse en

proposiciones racionalmente discutibles, pero se nos plantea, como

se nos plantea el hambre. Tampoco un lobo que se echa sobre su presa

para devorarla, o sobre la loba para fecundarla, puede plantearse

racionalmente y como problema lógico su empuje. Razón y fe son dos

enemigos que no pueden sostenerse el uno sin el otro. Lo irracional

pide ser racionalizado, y la razón sólo puede operar sobre lo

irracional. Tienen que apoyarse uno en otro y asociarse. Pero asociarse

en lucha, ya que la lucha es un modo de asociación.

En el mundo de los vivientes, la lucha por la vida, _the struggle

for life_, establece una asociación, y estrechísima, no ya entre los

que se unen para combatir a otro, sino entre los que se combaten

mutuamente. ¿Y hay, acaso, asociación más íntima que la que se traba

entre el animal que se come a otro y éste que es por él comido, entre

el devorador y el devorado? Y si esto se ve claro en la lucha de los

individuos entre sí, más claro aun se ve en la de los pueblos. La

guerra ha sido siempre el más completo factor de progreso, más aún

que el comercio. Por la guerra es como aprenden a conocerse y, como

consecuencia de ello, a quererse vencedores y vencidos.

Del sentimiento trágico de la vida · 第 7 / 23 段