Y pasan luego a querer fijar la sustancialidad del alma, hipostasiando

los estados de conciencia, y empiezan porque esa sustancia tiene que

ser simple, es decir, por oponer, al modo del dualismo cartesiano, el

pensamiento a la extensión. Y como ha sido nuestro Balmes uno de los

espiritualistas que han dado forma más concisa y clara al argumento

de la simplicidad del alma, voy a tomarlo de él tal y como lo expone

en el cap. II de la Psicología de su _Curso de Filosofía Elemental_.

«El alma humana es simple» dice y añade: «Es simple lo que carece de

partes, y el alma no las tiene. Supóngase que hay en ella las partes A,

B, C; pregunto: ¿Dónde reside el pensamiento? Si sólo en A, están de

más B y C; y, por consiguiente, el sujeto simple A será el alma. Si

el pensamiento reside en A, B y C, resalta el pensamiento dividido en

partes, lo que es absurdo. ¿Qué serán una percepción, una comparación,

un juicio, un raciocinio, distribuídos en tres sujetos?» Más evidente

petición de principio no cabe. Empieza por darse como evidente que

el todo, como todo, no puede juzgar. Prosigue Balmes: «La unidad de

conciencia se opone a la división del alma: cuando pensamos, hay un

sujeto que sabe todo lo que piensa, y esto es imposible atribuyéndole

partes. Del pensamiento que está en la A, nada sabrán B ni C, y

recíprocamente; luego no habrá _una_ conciencia de todo el pensamiento;

cada parte tendrá su conciencia especial, y dentro de nosotros habrá

tantos seres pensantes cuantas sean las partes». Sigue la petición de

principio; supónese, porque sí, sin prueba alguna, que un todo como

todo no puede percibir unitariamente. Y luego Balmes pasa a preguntar

si esas partes A, B, C son simples o compuestas, y repite al argumento

hasta venir a parar a que el sujeto pensante tiene que ser una parte

que no sea todo, esto es, simple. El argumento se basa, como se ve,

en la unidad de apercepción y de juicio. Y luego trata de refutar el

supuesto de apelar a una comunicación de las partes entre sí.

Balmes, y con él los espiritualistas _a priori_ que tratan de

racionalizar la fe en la inmortalidad del alma, dejan de lado la

única explicación racional: la de que la apercepción y el juicio son

una resultante, la de que son las percepciones o las ideas mismas

componentes las que se concuerdan. Empiezan por suponer algo fuera y

distinto de los estados de conciencia que no es el cuerpo vivo que los

soporta, algo que no soy yo, sino que está en mí.

El alma es simple, dicen otros, porque se vuelve sobre sí toda entera.

No, el estado de conciencia A, en que pienso en mi anterior estado de

conciencia B, no es este mismo. O si pienso en mi alma, pienso en una

idea distinta del acto en que pienso en ella. Pensar que se piensa, y

nada más, no es pensar.

El alma es el principio de la vida, dicen. Sí; también se ha ideado la

categoría de fuerza o de energía como principio del movimiento. Pero

eso son conceptos, no fenómenos, no realidades externas. El principio

del movimiento, ¿se mueve? Y sólo tiene realidad externa lo que se

mueve. ¿El principio de la vida vive? Con razón escribía Hume: «Jamás

me encuentro con esta idea de mí mismo; sólo me observo deseando u

obrando o sintiendo algo». La idea de algo individual, de este tintero

que tengo delante, de ese caballo que está a la puerta de casa, de

ellos dos y no de otros cualesquiera individuos de su clase, es el

hecho, el fenómeno mismo. La idea de mí mismo soy yo.

Todos los esfuerzos para sustantivar la conciencia, haciéndola

independiente de la extensión --recuérdese que Descartes oponía el

pensamiento a la extensión--, no son sino sofísticas argucias para

asentar la racionalidad de la fe en que el alma es inmortal. Se

quiere dar valor de realidad objetiva a lo que no la tiene; a aquello

cuya realidad no está sino en el pensamiento. Y la inmortalidad que

apetecemos es una inmortalidad fenoménica, es una continuación de esta

vida.

La unidad de la conciencia no es para la psicología científica --la

única racional-- sino una unidad fenoménica. Nadie puede decir que

sea una unidad sustancial. Es más aún, nadie puede decir que sea

una sustancia. Porque la noción de sustancia es una categoría no

fenoménica. Es el númeno y entra, en rigor, en lo inconocible. Es

decir, según se le aplique. Pero en su aplicación trascendente es algo

en realidad inconocible y en rigor irracional. Es el concepto mismo de

sustancia lo que una razón desprevenida reduce a un uso que está muy

lejos de aquella su aplicación pragmática a que James se refería.

Y no salva esta aplicación el tomarla idealísticamente, según el

principio berkeleyano de que ser es ser percibido, _esse est percipi_.

Decir que todo es idea o decir que todo es espíritu, es lo mismo que

decir que todo es materia o que todo es fuerza, pues si siendo todo

idea o todo espíritu este diamante es idea o espíritu, lo mismo que mi

conciencia, no se ve porque no ha de persistir eternamente el diamante,

si mi conciencia, por ser idea o espíritu, persiste siempre.

Jorge Berkeley, obispo anglicano de Cloyne y hermano en espíritu del

también obispo anglicano José Butler, quería salvar como éste la fe

en la inmortalidad del alma. Desde las primeras palabras del Prefacio

de su _Tratado referente a los principios del conocimiento humano_

(_A treatise concerning the Principles of human Knowledge_), nos dice

que este su tratado le parece útil, especialmente para los tocados

de escepticismo o que necesitan una demostración de la existencia e

inmaterialidad de Dios y de la inmortalidad natural del alma. En el

capítulo CXL establece que tenemos una idea o más bien noción del

espíritu, conociendo otros espíritus por medio de los nuestros, de lo

cual afirma redondamente, en el párrafo siguiente, que se sigue la

natural inmortalidad del alma. Y aquí entra en una serie de confusiones

basadas en la ambigüedad que al término noción da. Y es después de

haber establecido casi como _per saltum_ la inmortalidad del alma,

porque ésta no es pasiva, como los cuerpos, cuando pasa en el capítulo

CXLVII a decirnos que la existencia de Dios es más evidente que la del

hombre. ¡Y decir que hay quien, a pesar de esto, duda de ella!

Complicábase la cuestión porque se hacía de la conciencia una propiedad

del alma, que era algo más que ella, es decir, una forma sustancial del

cuerpo, originadora de las funciones orgánicas todas de éste. El alma

no sólo piensa, siente y quiere, sino mueve al cuerpo y origina sus

funciones vitales; en el alma humana se unen las funciones vegetativa,

animal y racional. Tal es la doctrina. Pero el alma separada del cuerpo

no puede tener ya funciones vegetativas y animales.

Para la razón, en fin, un conjunto de verdaderas confusiones.

A partir del Renacimiento y la restitución del pensamiento puramente

racional y emancipado de toda teología, la doctrina de la mortalidad

del alma se restableció con Alejandro Afrodisiense, Pedro Pomponazzi y

otros. Y en rigor, poco o nada puede agregarse a cuanto Pomponazzi dejó

escrito en su _Tractatus de inmortalitate animae_. Esa es la razón, y

es inútil darle vueltas.

No ha faltado, sin embargo, quienes hayan tratado de apoyar

empíricamente la fe en la inmortalidad del alma, y ahí está la obra de

Frederic W. H. Myers sobre la personalidad humana y su sobrevivencia

a la muerte corporal: _Human personality and its survival of bodily

death_. Nadie se ha acercado con más ansia que yo a los dos gruesos

volúmenes de esta obra, en que el que fué alma de la Sociedad de

Investigaciones psíquicas --_Society for Psychical Research_-- ha

resumido el formidable material de datos, sobre todo género de

corazonadas, apariciones de muertos, fenómenos de sueño, telepatía,

hipnotismo, automatismo sensorial, éxtasis y todo lo que constituye el

arsenal espiritista. Entré en su lectura, no sólo sin la prevención

de antemano que a tales investigaciones guardan los hombres de

ciencia, sino hasta prevenido favorablemente, como quien va a buscar

confirmación a sus más íntimos anhelos; pero por esto la decepción fué

mayor. A pesar del aparato de crítica, todo eso en nada se diferencia

de las milagrerías medievales. Hay en el fondo un error de método, de

lógica.

Y si la creencia en la inmortalidad del alma no ha podido hallar

comprobación empírica racional, tampoco le satisface el panteísmo.

Decir que todo es Dios, y que al morir volvemos a Dios, mejor dicho,

seguimos en Él, nada vale a nuestro anhelo; pues si es así, antes de

nacer, en Dios estábamos, y si volvemos al morir adonde antes de nacer

estábamos, el alma humana, la conciencia individual, es perecedera.

Y como sabemos muy bien que Dios, el Dios personal y consciente del

monoteísmo cristiano, no es sino el productor, y sobre todo, el

garantizador de nuestra inmortalidad, de aquí que se dice, y se dice

muy bien, que el panteísmo no es sino un ateísmo disfrazado. Y yo creo

que sin disfrazar. Y tenían razón los que llamaron ateo a Spinoza, cuyo

panteísmo es el más lógico, el más racional. Ni salva al anhelo de

inmortalidad, sino que lo disuelve y hunde, el agnosticismo o doctrina

de lo inconocible, que cuando ha querido dejar a salvo los sentimientos

religiosos ha procedido siempre con la más refinada hipocresía.

Toda la Primera Parte, y sobre todo, su capítulo V, el titulado

«Reconciliación» --entre la razón y la fe, o la religión y la ciencia

se entiende-- de los _Primeros Principios_ de Spencer es un modelo, a

la vez que de superficialidad filosófica y de insinceridad religiosa,

del más refinado _cant_ británico. Lo inconocible, si es algo más que

lo meramente desconocido hasta hoy, no es sino un concepto puramente

negativo, un concepto de límite. Y sobre eso no se edifica sentimiento

ninguno.

La ciencia de la religión, por otra parte, de la religión como fenómeno

psíquico individual y social sin entrar en la validez objetiva

trascendente de las afirmaciones religiosas, es una ciencia que, al

explicar el origen de la fe en que el alma es algo que puede vivir

separado del cuerpo, ha destruído la racionalidad de esta creencia.

Por más que el hombre religioso repita con Schleiermacher: «la ciencia

no puede enseñarte nada, aprenda ella de ti», por dentro le queda otra.

Por cualquier lado que la cosa se mire, siempre resulta que la razón se

pone enfrente de ese nuestro anhelo de inmortalidad personal, y nos le

contradice. Y es que en rigor la razón es enemiga de la vida.

Es una cosa terrible la inteligencia. Tiende a la muerte como a la

estabilidad la memoria. Lo vivo, lo que es absolutamente inestable,

lo absolutamente individual, es, en rigor, ininteligible. La lógica

tira a reducirlo todo a identidades y a géneros, a que no tenga cada

representación más que un sólo y mismo contenido en cualquier lugar,

tiempo o relación en que se nos ocurra. Y no hay nada que sea lo mismo

en dos momentos sucesivos de su ser. Mi idea de Dios es distinta cada

vez que la concibo. La identidad, que es la muerte, es la aspiración

del intelecto. La mente busca lo muerto, pues lo vivo se le escapa;

quiere cuajar en témpanos la corriente fugitiva, quiere fijarla. Para

analizar un cuerpo, hay que menguarlo o destruirlo. Para comprender

algo, hay que matarlo, enrigidecerlo en la mente. La ciencia es un

cementerio de ideas muertas, aunque de ellas salga vida. También

los gusanos se alimentan de cadáveres. Mis propios pensamientos,

tumultuosos y agitados en los senos de mi mente, desgajados de su raíz

cordial, vertidos a este papel y fijados en él en formas inalterables,

son ya cadáveres de pensamientos. ¿Cómo, pues, va a abrirse la razón

a la revelación de la vida? Es un trágico combate, es el fondo de la

tragedia, el combate de la vida con la razón. ¿Y la verdad? ¿Se vive o

se comprende?

No hay sino leer el terrible _Parménides_ de Platón, y llegar a su

conclusión trágica de que «el uno existe y no existe, y él y todo

lo otro existen y no existen, aparecen y no aparecen en relación a

sí mismos, y unos a otros». Todo lo vital es irracional, y todo lo

racional es anti-vital, porque la razón es esencialmente escéptica.

Lo racional, en efecto, no es sino lo relacional; la razón se limita a

relacionar elementos irracionales. Las matemáticas son la única ciencia

perfecta en cuanto suman, restan, multiplican y dividen números, pero

no cosas reales y de bulto; en cuanto es la más formal de las ciencias.

¿Quién es capaz de extraer la raíz cúbica de este fresno?

Y, sin embargo, necesitamos de la lógica, de este poder terrible, para

trasmitir pensamientos y percepciones y hasta para pensar y percibir,

porque pensamos con palabras, percibimos con formas. Pensar es hablar

uno consigo mismo, y el habla es social, y sociales son el pensamiento

y la lógica. Pero ¿no tienen acaso un contenido, una materia

individual, intrasmisible e intraducible? ¿Y no está aquí su fuerza?

Lo que hay es que el hombre, prisionero de la lógica, sin la cual no

piensa, ha querido siempre ponerla al servicio de sus anhelos, y sobre

todo del fundamental anhelo. Se quiso tener siempre a la lógica, y

más en la Edad Media, al servicio de la teología y la jurisprudencia,

que partían ambas de lo establecido por la autoridad. La lógica no se

propuso hasta muy tarde el problema del conocimiento, el de la validez

de ella misma, el examen de los fundamentos metalógicos.

«La teología occidental --escribe Stanley-- es esencialmente lógica en

su forma y se basa en la ley; la oriental es retórica en la forma y se

basa en la filosofía. El teólogo latino sucedió al abogado romano; el

teólogo oriental al sofista griego».[11]

Y todas las elucubraciones pretendidas racionales o lógicas en apoyo de

nuestra hambre de inmortalidad, no son sino abogacía y sofistería.

Lo propio y característico de la abogacía, en efecto, es poner la

lógica al servicio de una tesis que hay que defender, mientras el

método, rigurosamente científico, parte de los hechos, de los datos

que la realidad nos ofrece para llegar o no llegar a conclusión. Lo

importante es plantear bien el problema, y de aquí que el progreso

consiste, no pocas veces, en deshacer lo hecho. La abogacía supone

siempre una petición de principio, y sus argumentos todos son _ad

probandum_. Y la teología supuesta racional no es sino abogacía.

La teología parte del dogma, y dogma, δόγμα, en su sentido primitivo

y más directo, significa decreto, algo como el latín _placitum_, lo

que ha parecido que debe ser ley a la autoridad legislativa. De este

concepto jurídico parte la teología. Para el teólogo, como para el

abogado, el dogma, la ley, es algo dado, un punto de partida que no

se discute sino en cuanto a su aplicación y a su más recto sentido. Y

de aquí, que el espíritu teológico o abogadesco sea en su principio

dogmático, mientras el espíritu estrictamente científico, puramente

racional, es escéptico, σκεπτικός, esto es, investigativo. Y añado en

su principio, porque el otro sentido del término escepticismo, el que

tiene hoy más corrientemente, el de un sistema de duda, de recelo y

de incertidumbre, ha nacido del empleo teológico o abogadesco de la

razón, del abuso del dogmatismo. El querer aplicar la ley de autoridad,

el _placitum_, el dogma, a distintas y a las veces contrapuestas

necesidades prácticas, es lo que ha engendrado el escepticismo de

duda. Es la abogacía, o lo que es igual, la teología, la que enseña

a desconfiar de la razón, y no la verdadera ciencia, la ciencia

investigativa, escéptica en el sentido primitivo y directo de este

término, que no camina a una solución ya prevista ni procede sino a

ensayar una hipótesis.

Tomad la _Summa Theologica_ de Santo Tomás, el clásico monumento

de la teología --esto es, de la abogacía-- católica, y abridla por

dondequiera. Lo primero la tesis: _utrum_... si tal cosa es así o de

otro modo; en seguida las objeciones: _ad primum sic proceditur_; luego

las respuestas a las objeciones: _sed contra est_... o _respondeo

dicendum_... Pura abogacía. Y en el fondo de una gran parte, acaso de

la mayoría, de sus argumentos hallaréis una falacia lógica que puede

expresarse _more scholastico_ con este silogismo: Yo no comprendo este

hecho sino dándole esta explicación; es así que tengo que comprenderlo,

luego ésta tiene que ser su explicación. O me quedo sin comprenderlo.

La verdadera ciencia enseña, ante todo, a dudar y a ignorar; la

abogacía ni duda ni cree que ignora. Necesita de una solución.

A este estado de ánimo en que se supone, más o menos a conciencia, que

tenemos que conocer una solución, acompaña aquello de las funestas

consecuencias. Coged cualquier libro apologético, es decir, de teología

abogadesca, y veréis con qué frecuencia os encontráis con epígrafes que

dicen: «Funestas consecuencias de esta doctrina». Y las consecuencias

funestas de una doctrina probarán, a lo sumo, que esta doctrina es

funesta, pero no que es falsa, porque falta probar que lo verdadero sea

lo que más nos conviene. La identificación de la verdad y el bien no es

más que un piadoso deseo. A. Vinet, en sus _Études sur Blaise Pascal_,

dice: «De las dos necesidades que trabajan sin cesar a la naturaleza

humana, la de la felicidad no es sólo la más universalmente sentida y

más constantemente experimentada, sino que es también la más imperiosa.

Y esta necesidad no es sólo sensitiva; es intelectual. No sólo para

el _alma_, sino también para el _espíritu_,[12] es una necesidad la

dicha. La dicha forma parte de la verdad». Esta proposición última: _le

bonheur fait partie de la vérité_, es una proposición profundamente

abogadesca, pero no científica ni de razón pura. Mejor sería decir

que la verdad forma parte de la dicha en un sentido tertulianesco,

de _credo quia absurdum_, que en rigor quiere decir: _credo quia

consolans_, creo porque es cosa que me consuela.

No, para la razón, la verdad es lo que se puede demostrar que es, que

existe, consuélenos o no. Y la razón no es ciertamente una facultad

consoladora. Aquel terrible poeta latino Lucrecio, bajo cuya aparente

serenidad y ataraxia epicúrea tanta desesperación se cela, decía que

la piedad consiste en poder contemplarlo todo con alma serena, _pacata

posse mente omnia tueri_. Y fué este Lucrecio el mismo que escribió que

la religión puede inducirnos a tantos males: _tantum religio potuit

suadere malorum_. Y es que la religión, y sobre todo la cristiana más

tarde, fué, como dice el Apóstol, un escándalo para los judíos y una

locura para los intelectuales. Tácito llamó a la religión cristiana,

a la de la inmortalidad del alma, perniciosa superstición, _exitialis

superstitio_, afirmando que envolvía un odio al género humano, _odium

generis humani_.

Hablando de la época de estos hombres, de la época más genuinamente

racionalista, escribía Flaubert a madame Roger des Genettes estas

preñadas palabras: «Tiene usted razón; hay que hablar con respeto de

Lucrecio; no le veo comparable sino a Byron, y Byron no tiene ni su

gravedad ni la sinceridad de su tristeza. La melancolía antigua me

parece más profunda que la de los modernos, que sobrentienden todos

más o menos la inmortalidad de más allá del _agujero negro_. Pero para

los antiguos este agujero negro era el infinito mismo; sus ensueños se

dibujan y pasan sobre un fondo de ébano inmutable. No existiendo ya los

dioses, y no existiendo todavía Cristo, hubo, desde Cicerón a Marco

Aurelio, un momento único en que el hombre estuvo solo. En ninguna

parte encuentro esta grandeza; pero lo que hace a Lucrecio intolerable

es su física, que da como positiva. Si es débil, es por no haber dudado

bastante, ha querido explicar, ¡concluir!».[13]

Sí, Lucrecio quiso concluir, solucionar y, lo que es peor, quiso hallar

en la razón consuelo. Porque hay también una abogacía anti-teológica y

un _odium anti-theologicum_.

Muchos, muchísimos hombres de ciencia, la mayoría de los que se llaman

a sí mismos racionalistas, lo padecen.

El racionalista se conduce racionalmente, esto es, está en su papel

mientras se limita a negar que la razón satisfaga a nuestra hambre

vital de inmortalidad; pero pronto, poseído de la rabia de no poder

creer, cae en la irritación del _odium anti-theologicum_, y dice con

los fariseos: «Estos vulgares que no saben la ley, son malditos».

Hay mucho de verdad en aquellas palabras de Soloviev: «Presiento la

proximidad de tiempos en que los cristianos se reunan de nuevo en las

catacumbas porque se persiga la fe, acaso de una manera menos brutal

que en la época de Nerón, pero con un rigor no menos refinado, por la

mentira, la burla y todas las hipocresías».

El odio anti-teológico, la rabia cientificista --no digo científica--

contra la fe en otra vida, es evidente. Tomad no a los más serenos

investigadores científicos, los que saben dudar, sino a los fanáticos

del racionalismo, y ved con qué grosera brutalidad hablan de la fe. A

Vogt le parecía probable que los apóstoles ofreciesen en la estructura

del cráneo marcados caracteres simianos; de las groserías de Haeckel,

este supremo incomprensivo, no hay que hablar; tampoco de las de

Büchner; Virchow mismo no se ve libre de ellas. Y otros lo hacen más

sutilmente. Hay gentes que parece como si no se limitasen a no creer

que haya otra vida, o mejor dicho, a creer que no la hay, sino que

les molesta y duele que otros crean en ella, o hasta que quieran que

la haya. Y esta posición es despreciable así como es digna de respeto

la de aquel que, empeñándose en creer que la hay, porque la necesita,

no logra creerlo. Pero de este nobilísimo, y el más profundo, y el

más humano, y el más fecundo estado de ánimo, el de la desesperación,

hablaremos más adelante.

Y los racionalistas que no caen en la rabia antiteológica se empeñan

en convencer al hombre que hay motivos para vivir y hay consuelo de

haber nacido, aunque haya de llegar un tiempo, al cabo de más o menos

decenas, centenas o millones de siglos, en que toda conciencia humana

haya desaparecido. Y estos motivos de vivir y obrar, esto que algunos

llaman humanismo, son la maravilla de la oquedad afectiva y emocional

del racionalismo y de su estupenda hipocresía, empeñada en sacrificar

la sinceridad a la veracidad, y en no confesar que la razón es una

potencia desconsoladora y disolvente.

¿He de volver a repetir lo que ya he dicho sobre todo eso de fraguar

cultura, de progresar, de realizar el bien, la verdad y la belleza,

de traer la justicia a la tierra, de hacer mejor la vida para los

que nos sucedan, de servir a no sé qué destino, sin preocuparnos del

fin último de cada uno de nosotros? ¿He de volver a hablaros de la

suprema vaciedad de la cultura, de la ciencia, del arte, del bien, de

la verdad, de la belleza, de la justicia... de todas estas hermosas

concepciones, si al fin y al cabo, dentro de cuatro días o dentro de

cuatro millones de siglos --que para el caso es igual--, no ha de

existir conciencia humana que reciba la cultura, la ciencia, el arte,

el bien, la verdad, la belleza, la justicia y todo lo demás así?

Muchas y muy variadas son las invenciones racionalistas --más o menos

racionales-- con que desde los tiempos de epicúreos y estoicos se ha

tratado de buscar en la verdad racional consuelo y de convencer a los

hombres, aunque los que de ello trataran no estuviesen en sí mismos

convencidos, de que hay motivos de obrar y alicientes de vivir, aun

estando la conciencia humana destinada a desaparecer un día.

La posición epicúrea, cuya forma extrema y más grosera es la de

«comamos y bebamos, que mañana moriremos», o el _carpe diem_ horaciano,

que podría traducirse por «vive al día», no es, en el fondo, distinta

de la posición estoica con su «cumple con lo que la conciencia moral

te dicte, y que sea después lo que fuere». Ambas posiciones tienen una

base común, y lo mismo es el placer por el placer mismo que el deber

por el mismo deber.

Del sentimiento trágico de la vida · 第 6 / 23 段