¡Y no es que el catolicismo abandone lo ético, no! No hay religión

moderna que pueda soslayarlo. Pero esta nuestra es en su fondo y en

gran parte, aunque sus doctores protesten contra esto, un compromiso

entre la escatología y la moral, aquélla puesta al servicio de ésta.

¿Qué otra cosa es si no ese horror de las penas eternas del infierno

que tan mal se compadece con la apocatástasis pauliniana? Atengámonos a

aquello que la _Theologia deutsch_, el manual místico que Lutero leía,

hace decir a Dios y es: «Si he de recompensar tu maldad, tengo que

hacerlo con bien, pues ni soy ni tengo otra cosa». Y el Cristo dijo:

«Padre, perdónalos, pues no saben lo que se hacen», y no hay hombre que

sepa lo que se hace. Pero ha sido menester convertir a la religión,

a beneficio del orden social, en policía, y de ahí el infierno. El

cristianismo oriental o griego es predominantemente escatológico,

predominantemente ético el protestantismo y el catolicismo un

compromiso entre ambas cosas, aunque con predominancia de lo primero.

La más genuina moral católica, la ascética monástica, es moral de

escatología enderezada a la salvación del alma individual más que al

mantenimiento de la sociedad. Y en el culto a la virginidad ¿no habrá

acaso una cierta oscura idea de que el perpetuarse en otros estorba la

propia perpetuación? La moral ascética es una moral negativa. Y, en

rigor, lo importante es no morirse, péquese o no. Ni hay que tomar muy

a la letra, sino como una efusión lírica y más bien retórica, aquello

de nuestro célebre soneto

No me mueve, mi Dios, para quererte

el cielo que me tienes prometido,

y lo que sigue.

El verdadero pecado, acaso el pecado contra el Espíritu Santo que

no tiene remisión, es el pecado de herejía, el de pensar por cuenta

propia. Ya se ha oído aquí, en nuestra España, que ser liberal, esto

es, hereje, es peor que ser asesino, ladrón o adúltero. El pecado más

grave es no obedecer a la Iglesia, cuya infalibilidad nos defiende de

la razón.

¿Y por qué ha de escandalizar la infalibilidad de un hombre, del Papa?

¿Qué más da que sea infalible un libro: la Biblia, una sociedad de

hombres: la Iglesia, o un hombre solo? ¿Cambia por eso la dificultad

racional de esencia? Y pues no siendo más racional la infalibilidad

de un libro o la de una sociedad que la de un hombre solo, había que

asentar este supremo escándalo para el racionalismo.

Es lo vital que se afirma, y para afirmarse crea, sirviéndose de lo

racional, su enemigo, toda una construcción dogmática, y la Iglesia

la defiende contra racionalismo, contra protestantismo y contra

modernismo. Defiende la vida. Salió al paso a Galileo, e hizo bien,

porque su descubrimiento en un principio, y hasta acomodarlo a la

economía de los conocimientos humanos, tendía a quebrantar la creencia

antropocéntrica de que el universo ha sido creado para el hombre; se

opuso a Darwin, e hizo bien, porque el darwinismo tiende a quebrantar

nuestra creencia de que es el hombre un animal de excepción, creado

expreso para ser eternizado. Y por último, Pío IX, el primer pontífice

declarado infalible, declaróse irreconciliable con la llamada

civilización moderna. E hizo bien.

Loisy, el ex abate católico, dijo: «Digo sencillamente que la Iglesia

y la teología no han favorecido el movimiento científico, sino que

lo han estorbado más bien en cuanto de ellas dependía, en ciertas

ocasiones decisivas; digo, sobre todo, que la enseñanza católica no se

ha asociado ni acomodado a ese movimiento. La teología se ha comportado

y se comporta todavía, como si poseyese en sí misma una ciencia de la

naturaleza y una ciencia de la Historia con la filosofía general de

estas cosas que resultan de su conocimiento científico. Diríase que el

dominio de la teología y el de la ciencia, distintos en principio y

hasta por definición del concilio del Vaticano, no deben serlo en la

práctica. Todo pasa poco más o menos como si la teología no tuviese

nada que aprender de la ciencia moderna, natural o histórica, y que

estuviese en disposición y en derecho de ejercer por sí misma una

inspección directa y absoluta sobre todo el trabajo del espíritu

humano». (_Autour d’un petit livre_, páginas 211-212.)

Y así tiene que ser y así es en su lucha con el modernismo de que fué

Loisy doctor y caudillo.

La lucha reciente contra el modernismo kantiano y fideísta es una

lucha por la vida. ¿Puede acaso la vida, la vida que busca seguridad

de la supervivencia, tolerar que un Loisy, sacerdote católico, afirme

que la resurrección del Salvador no es un hecho de orden histórico,

demostrable y demostrado por el solo testimonio de la Historia? Leed,

por otra parte, en la excelente obra de E. Le Roy, _Dogme et Critique_,

su exposición del dogma central, el de la resurrección de Jesús, y

decidme si queda algo sólido en que apoyar nuestra esperanza. ¿No ven

que más que de la vida inmortal del Cristo, reducida acaso a una vida

en la conciencia colectiva cristiana, se trata de una garantía de

nuestra propia resurrección personal, en alma y también en cuerpo? Esa

nueva apologética psicológica apela al milagro moral, y nosotros, como

los judíos, queremos señales, algo que se pueda agarrar con todas las

potencias del alma y con todos los sentidos del cuerpo. Y con las manos

y los pies y la boca, si es posible.

Pero ¡ay! que no lo conseguimos; la razón ataca, y la fe, que no se

siente sin ella segura, tiene que pactar con ella. Y de aquí vienen las

trágicas contradicciones y las desgarraduras de conciencia. Necesitamos

seguridad, certeza, señales, y se va a los _motiva credibilitatis_,

a los motivos de credibilidad, para fundar el _rationale obsequium_,

y aunque la fe precede a la razón, _fides praecedit rationem_, según

San Agustín, este mismo doctor y obispo quería ir por la fe a la

inteligencia, _per fidem ad intellectum_, y creer para entender _credo

ut intelligam_. Cuán lejos de aquella soberbia expresión de Tertuliano:

_et sepultus resurrexit, certum est quia impossibile est!_ «y sepultado

resucitó; es cierto porque es imposible», y su excelso: _credo quia

absurdum!_ escándalo de racionalistas. ¡Cuán lejos del _il faut

s’abêtir_, de Pascal, y de aquel «la razón humana ama el absurdo», de

nuestro Donoso Cortés, que debió de aprenderlo del gran José de Maistre!

Y buscóse como primera piedra de cimiento la autoridad de la tradición

y la revelación de la palabra de Dios, y se llegó hasta aquello del

consentimiento unánime. _Quod apud multos unum invenitur non est

erratum, sed traditum_, dijo Tertuliano, y Lamennais añadió, siglos más

tarde, que «la certeza, principio de la vida y de inteligencia... es,

si se me permite la expresión, un producto social».[6] Pero aquí, como

en tantas otras cosas, dió la fórmula suprema aquel gran católico del

catolicismo popular y vital, el conde José de Maistre, cuando escribió:

«no creo que sea posible mostrar una sola opinión universalmente útil

que no sea verdadera».[7] Esta es la fija católica: deducir la verdad

de un principio de su bondad o utilidad suprema. ¿Y qué más útil,

más soberanamente útil, que no morírsenos nunca el alma? «Como todo

sea incierto, o hay que creer a todos o a ninguno», decía Lactancio;

pero aquel formidable místico y asceta que fué el Beato Enrique Suso,

el dominicano, pidióle a la eterna Sabiduría una sola palabra de qué

era el amor; y al contestarle: «Todas las criaturas invocan que lo

soy», replicó Suso, el servidor: «Ay, Señor, eso no basta para un alma

anhelante». La fe no se siente segura ni con el consentimiento de los

demás, ni con la tradición, ni bajo la autoridad. Busca el apoyo de su

enemiga la razón.

Y así se fraguó la teología escolástica, y saliendo de ella su

criada, la _ancilla theologiae_, la filosofía escolástica también,

y esta criada salió respondona. La escolástica, magnífica catedral

con todos los problemas de mecánica arquitectónica resueltos por

los siglos, pero catedral de adobes, llevó poco a poco a eso que

llaman teología natural, y no es sino cristianismo despotencializado.

Buscóse apoyar hasta donde fuese posible racionalmente los dogmas;

mostrar por lo menos que si bien sobre-racionales, no eran

contra-racionales, y se les ha puesto un basamento filosófico de

filosofía aristotélico-neoplatónica-estoica del siglo XIII; que tal

es el tomismo, recomendado por León XIII. Y ya no se trata de hacer

aceptar el dogma, sino su interpretación filosófica medieval y tomista.

No basta creer que al tomar la hostia consagrada se toma el cuerpo y

sangre de Nuestro Señor Jesucristo; hay que pasar por todo eso de la

transustanciación, y la sustancia separada de los accidentes, rompiendo

con toda la concepción racional moderna de la sustancialidad.

Pero para eso está la fe implícita, la fe del carbonero, la de los que,

como Santa Teresa (_Vida_, capítulo XXV, 2), no quieren aprovecharse

de teología. «Eso no me lo preguntéis a mí que soy ignorante; doctores

tiene la Santa Madre Iglesia que os sabrán responder», como se nos

hizo aprender en el catecismo. Que para eso, entre otras cosas,

se instituyó el sacerdocio, para que la Iglesia docente fuese la

depositaria, depósito más que río, _reservoir instead of river_, como

dijo Brooks, de los secretos teológicos. «La labor del Niceno --dice

Harnack (_Dogmengeschichte_, II, 1, cap. VII, 3)-- fué un triunfo del

sacerdocio sobre la fe del pueblo cristiano. Ya la doctrina del Logos

se había hecho ininteligible para los no teólogos. Con la erección de

la fórmula nicenocapadocia como confesión fundamental de la Iglesia,

se hizo completamente imposible a los legos católicos el adquirir un

conocimiento íntimo de la fe cristiana según la norma de la doctrina

eclesiástica. Y arraigóse cada vez más la idea de que el cristianismo

era la revelación de lo ininteligible». Y así es en verdad.

Y ¿por qué fué esto? Porque la fe, esto es: la vida, no se sentía

ya segura de sí misma. No le bastaba ni el tradicionalismo ni el

positivismo teológico de Duns Escoto; quería racionalizarse. Y buscó

a poner su fundamento, no ya contra la razón, que es donde está, sino

sobre la razón, es decir, en la razón misma. La posición nominalista

o positivista o voluntarista de Escoto, la de que la ley y la verdad

dependen, más bien que de la esencia, de la libre e inescudriñable

voluntad de Dios, acentuando la irracionalidad suprema de la religión,

ponía a ésta en peligro entre los más de los creyentes dotados de

razón adulta y no carboneros. De aquí el triunfo del racionalismo

teológico tomista. Y ya no basta creer en la existencia de Dios, sino

que cae anatema sobre quien, aun creyendo en ella, no cree que esa su

existencia sea por razones demostrable o que hasta hoy nadie con ellas

la ha demostrado irrefutablemente. Aunque aquí acaso quepa decir lo de

Pohle: «Si la salvación eterna dependiera de los axiomas matemáticos,

habría que contar con que la más odiosa sofistería humana habríase

vuelto ya contra su validez universal con la misma fuerza con que ahora

contra Dios, el alma y Cristo».[8]

Y es que el catolicismo oscila entre la mística, que es experiencia

íntima del Dios vivo en Cristo, experiencia intrasmisible, y cuyo

peligro es, por otra parte, absorber en Dios la propia personalidad,

lo cual no salva nuestro anhelo vital, y entre el racionalismo a

que combate (Véase Weizsäcker, obra citada); oscila entre ciencia

religionizada y religión cientificada. El entusiasmo apocalíptico fué

cambiando poco a poco en misticismo neoplatónico, a que la teología

hizo arredrar. Temíase los excesos de la fantasía, que suplantaba a la

fe creando extravagancias gnósticas. Pero hubo que firmar un cierto

pacto con el gnosticismo y con el racionalismo otro; ni la fantasía

ni la razón se dejaban vencer del todo. Y así se hizo la dogmática

católica un sistema de contradicciones, mejor o peor concordadas. La

Trinidad fué un cierto pacto entre el monoteísmo y el politeísmo, y

pactaron la humanidad y la divinidad en Cristo, la naturaleza y la

gracia, ésta y el libre albedrío, éste con la presciencia divina,

etc. Y es que acaso, como dice Hermann (_loco citato_), «en cuanto

se desarrolla un pensamiento religioso en sus consecuencias lógicas,

entra en conflicto con otros que pertenecen igualmente a la vida de la

religión». Que es lo que le da al catolicismo su profunda dialéctica

vital. Pero ¿a qué costa?

A costa, preciso es decirlo, de oprimir las necesidades mentales de

los creyentes en uso de razón adulta. Exígeseles que crean o todo o

nada, que acepten la entera totalidad de la dogmática, o que se pierda

todo mérito si se rechaza la mínima parte de ella. Y así resulta lo

que el gran predicador unitariano Channing decía,[9] y es que tenemos

en Francia y España multitudes que han pasado de rechazar el papismo

al absoluto ateísmo, porque «el hecho es que las doctrinas falsas y

absurdas, cuando son expuestas, tienen natural tendencia a engendrar

escepticismo en los que sin reflexión las reciben, y no hay quienes

estén más prontos a creer demasiado poco que aquellos que empezaron

por creer demasiado (_believing too much_)». Aquí está, en efecto, el

terrible peligro, en creer demasiado. ¡Aunque no!, el terrible peligro

está en otra parte, y es en querer creer con la razón y no con la vida.

La solución católica de nuestro problema, de nuestro único problema

vital, del problema de la inmortalidad y salvación eterna del alma

individual, satisface a la voluntad, y, por lo tanto, a la vida; pero

al querer racionalizarla con la teología dogmática, no satisface a la

razón. Y esta tiene sus exigencias, tan imperiosas como las de la vida.

No sirve querer forzarse a reconocer sobre-racional lo que claramente

se nos aparece contra-racional, ni sirve querer hacerse carbonero el

que no lo es. La infalibilidad, noción de origen helénico, es en el

fondo una categoría racionalista.

Veamos ahora, pues, la solución o, mejor, disolución racionalista o

científica de nuestro problema.

V

LA DISOLUCIÓN RACIONAL

El gran maestro del fenomenalismo racionalista, David Hume, empieza

su ensayo _Sobre la inmortalidad del alma_, con estas definitivas

palabras: «Parece difícil probar con la mera luz de la razón la

inmortalidad del alma. Los argumentos en favor de ella se derivan

comúnmente de tópicos metafísicos, morales o físicos. Pero es en

realidad el Evangelio, y sólo el Evangelio el que ha traído a luz la

vida y la inmortalidad». Lo que equivale a negar la racionalidad de la

creencia de que sea inmortal el alma de cada uno de nosotros.

Kant, que partió de Hume para su crítica, trató de establecer la

racionalidad de ese anhelo y de la creencia que éste importa, y tal

es el verdadero origen, el origen íntimo, de su crítica de la razón

práctica y de su imperativo categórico y de su Dios. Mas a pesar de

todo ello, queda en pie la afirmación escéptica de Hume, y no hay

manera alguna de probar racionalmente la inmortalidad del alma. Hay en

cambio, modos de probar racionalmente su mortalidad.

Sería, no ya excusado, sino hasta ridículo, el que nos extendiésemos

aquí en exponer hasta qué punto la conciencia individual humana

depende de la organización del cuerpo, cómo va naciendo, poco a poco,

según el cerebro recibe las impresiones de fuera, cómo se interrumpe

temporalmente, durante el sueño, los desmayos y otros accidentes, y

cómo todo nos lleva a conjeturar racionalmente que la muerte trae

consigo la pérdida de la conciencia. Y así como antes de nacer no

fuimos ni tenemos recuerdo alguno personal de entonces, así después de

morir no seremos. Esto es lo racional.

Lo que llamamos alma no es nada más que un término para designar

la conciencia individual en su integridad y su persistencia; y que

ella cambia, y que lo mismo que se integra se desintegra, es cosa

evidente. Para Aristóteles era la forma sustancial del cuerpo, la

entelequia, pero no una sustancia. Y más de un moderno la ha llamado un

epifenómeno, término absurdo. Basta llamarla fenómeno.

El racionalismo, y por éste entiendo la doctrina que no se atiene sino

a la razón, a la verdad objetiva, es forzosamente materialista. Y no se

me escandalicen los idealistas.

Es menester ponerlo todo en claro, y la verdad es que eso que llamamos

materialismo no quiere decir para nosotros otra cosa que la doctrina

que niega la inmortalidad del alma individual, la persistencia de la

conciencia personal después de la muerte.

En otro sentido cabe decir que como no sabemos más lo que sea la

materia que el espíritu, y como eso de la materia no es para nosotros

más que una idea, el materialismo es idealismo. De hecho y para nuestro

problema --el más vital, el único de veras vital--, lo mismo da decir

que todo es materia, como que es todo idea, o todo fuerza, o lo que se

quiera. Todo sistema monístico se nos aparecerá siempre materialista.

Sólo salvan la inmortalidad del alma los sistemas dualistas, los que

enseñan que la conciencia humana es algo sustancialmente distinto y

diferente de las demás manifestaciones fenoménicas. Y la razón es

naturalmente monista. Porque es obra de la razón comprender y explicar

el universo, y para comprenderlo y explicarlo, para nada hace falta

el alma como sustancia imperecedera. Para explicarnos y comprender la

vida anímica, para la psicología, no es menester la hipótesis del alma.

La que en un tiempo llamaban psicología racional, por oposición a la

llamada empírica, ni es psicología, sino metafísica, y muy turbia, y no

es racional, sino profundamente irracional, o más bien contrarracional.

La doctrina pretendida racional de la sustancialidad del alma y de

su espiritualidad, con todo el aparato que la acompaña, no nació

sino de que los hombres sentían la necesidad de apoyar en razón

su incontrastable anhelo de inmortalidad y la creencia a éste

subsiguiente. Todas las sofisterías que tienden a probar que el alma es

sustancia simple e incorruptible, proceden de ese origen. Es más aún,

el concepto mismo de sustancia, tal como lo dejó asentado y definido

la escolástica, ese concepto que no resiste la crítica, es un concepto

teológico enderezado a apoyar la fe en la inmortalidad del alma.

W. James, en la tercera de las conferencias que dedicó al pragmatismo

en el Lowell Institute de Boston, en Diciembre de 1906 y Enero

de 1907,[10] y que es lo más débil de toda la obra del insigne

pensador norteamericano --algo excesivamente débil--, dice así: «El

escolasticismo ha tomado la noción de sustancia del sentido común,

haciéndola técnica y articulada. Pocas cosas parecerían tener menos

consecuencias pragmáticas para nosotros que las sustancias, privados

como estamos de todo contacto con ellas. Pero hay un caso en que

el escolasticismo ha probado la importancia de la sustancia-idea

tratándola pragmáticamente. Me refiero a ciertas disputas concernientes

al misterio de la Eucaristía. La sustancia aparecería aquí con un

gran valor pragmático. Desde que los accidentes de la hostia no

cambian en la consagración y se ha convertido ella, sin embargo, en

el cuerpo de Cristo, el cambio no puede ser más que de la sustancia.

La sustancia del pan tiene que haberse retirado, sustituyéndola

milagrosamente la divina sustancia sin alterarse las propiedades

sensibles inmediatas. Pero aun cuando éstas no se alteran, ha tenido

lugar una tremenda diferencia; no menos sino el que nosotros, los que

recibimos el sacramento, nos alimentamos ahora de la sustancia misma

de la divinidad. La noción de sustancia irrumpe, pues, en la vida con

terrible efecto si admitís que las sustancias pueden separarse de sus

accidentes y cambiar estos últimos. Y es esta la única aplicación

pragmática de la idea de sustancia de que tenga yo conocimiento, y

es obvio que sólo puede ser tratada en serio por los que creen en la

_presencia real_ por fundamentos independientes.»

Ahora bien; dejando de lado la cuestión de si en buena teología, y

no digo en buena razón, porque todo esto cae fuera de ella, se puede

confundir la sustancia del cuerpo --del cuerpo, no del alma-- de Cristo

con la sustancia misma de la divinidad, es decir, con Dios mismo,

parece imposible que un tan ardiente anhelador de la inmortalidad del

alma, un hombre como W. James, cuya filosofía toda no tiende sino a

establecer racionalmente esa creencia, no hubiera echado de ver que

la aplicación pragmática del concepto de sustancia a la doctrina de

la transustanciación eucarística no es sino una consecuencia de su

aplicación anterior a la doctrina de la inmortalidad del alma. Como en

el anterior capítulo expuse, el sacramento de la eucaristía no es sino

el reflejo de la creencia en la inmortalidad; es, para el creyente,

la prueba experimental mística de que es inmortal el alma y gozará

eternamente de Dios. Y el concepto de sustancia nació, ante todo y

sobre todo, del concepto de la sustancialidad del alma, y se afirmó

éste para apoyar la fe en su persistencia después de separada del

cuerpo. Tal es su primera aplicación pragmática y con ella su origen. Y

luego hemos trasladado ese concepto a las cosas de fuera. Por sentirme

sustancia, es decir, permanente en medio de mis cambios, es por lo

que atribuyo sustancialidad a los agentes que fuera de mí, en medio

de sus cambios, permanecen. Del mismo modo que el concepto de fuerza,

en cuanto distinto del movimiento, nace de mi sensación de esfuerzo

personal al poner en movimiento algo.

Léase con cuidado, en la primera parte de la _Summa theologica_ de

Santo Tomás de Aquino, los seis artículos primeros de la cuestión LXXV,

en que trata de si el alma humana es cuerpo, de si es algo subsistente,

de si lo es también el alma de los brutos, de si el hombre es alma,

de si ésta se compone de materia y forma, y de si es incorruptible, y

dígase luego si todo aquello no está sutilmente enderezado a soportar

la creencia de que esa sustancialidad incorruptible le permite recibir

de Dios la inmortalidad, pues claro es que como la creó al infundirla

en el cuerpo, según Santo Tomás, podía al separarlo de él aniquilarla.

Y como se ha hecho cien veces la crítica de esas pruebas, no es cosa de

repetirla aquí.

¿Qué razón desprevenida puede concluir el que nuestra alma sea una

sustancia del hecho de que la conciencia de nuestra identidad --y esto

dentro de muy estrechos y variables límites-- persista a través de los

cambios de nuestro cuerpo? Tanto valdría hablar del alma sustancial de

un barco que sale de un puerto, pierde hoy una tabla que es sustituída

por otra de igual forma y tamaño, luego pierde otra pieza y así

una a una todas, y vuelve el mismo barco, con igual forma, iguales

condiciones marineras, y todos lo reconocen por el mismo. ¿Qué razón

desprevenida puede concluir la simplicidad del alma del hecho de que

tengamos que juzgar y unificar pensamientos? Ni el pensamiento es uno,

sino vario, ni el alma es para la razón nada más que la sucesión de

estados de conciencia coordinados entre sí.

Es lo corriente que en los libros de psicología espiritualista, al

tratarse de la existencia del alma como sustancia simple y separable

del cuerpo, se empiece con una fórmula por este estilo: Hay en mí un

principio que piensa, quiere y siente... Lo cual implica una petición

de principio. Porque no es una verdad inmediata, ni mucho menos, el que

haya en mí tal principio; la verdad inmediata es que pienso, quiero y

siento yo. Y yo, el yo que piensa, quiere y siente, es inmediatamente

mi cuerpo vivo con los estados de conciencia que soporta. Es mi cuerpo

vivo el que piensa, quiere y siente. ¿Cómo? Como sea.

Del sentimiento trágico de la vida · 第 5 / 23 段