Y vuelven a molernos los oídos con el estribillo aquel de ¡orgullo!

¡hediondo orgullo! ¿Orgullo querer dejar nombre imborrable? ¿Orgullo?

Es como cuando se habla de sed de placeres, interpretando así la sed

de riquezas. No, no es tanto ansia de procurarse placeres cuanto el

terror a la pobreza lo que nos arrastra a los pobres hombres a buscar

el dinero como no era el deseo de gloria, sino el terror al infierno

lo que arrastraba a los hombres en la Edad Media al claustro con su

acedía. Ni eso es orgullo, sino terror a la nada. Tendemos a serlo

todo, por ver en ello el único remedio para no reducirnos a nada.

Queremos salvar nuestra memoria, siquiera nuestra memoria. ¿Cuánto

durará? A lo sumo lo que durare el linaje humano. ¿Y si salváramos

nuestra memoria en Dios?

Todo esto que confieso son, bien lo sé, miserias; pero del fondo de

estas miserias surge vida nueva, y sólo apurando las heces del dolor

espiritual puede llegarse a gustar la miel del poso de la copa de la

vida. La congoja nos lleva al consuelo.

Esa sed de vida eterna apáganla muchos, los sencillos sobre todo, en la

fuente de la fe religiosa; pero no a todos es dado beber de ella. La

institución cuyo fin primordial es proteger esa fe en la inmortalidad

personal del alma es el catolicismo; pero el catolicismo ha querido

racionalizar esa fe haciendo de la religión teología, queriendo dar por

base a la creencia vital una filosofía y una filosofía de siglo XIII.

Vamos a verlo y ver sus consecuencias.

IV

LA ESENCIA DEL CATOLICISMO

Vengamos ahora a la solución cristiana católica, pauliniana o

atanasiana, de nuestro íntimo problema vital, el hambre de inmortalidad.

Brotó el cristianismo de la confluencia de dos grandes corrientes

espirituales, la una judaica y la otra helénica, ya de antes influídas

mutuamente, y Roma acabó de darle sello práctico y permanencia social.

Hase afirmado del cristianismo primitivo, acaso con precipitación,

que fué anescatológico, que en él no aparece claramente la fe en

otra vida después de la muerte, sino en un próximo fin del mundo y

establecimiento del reino de Dios, en el llamado _quiliasmo_. ¿Y es

que no eran en el fondo una misma cosa? La fe en la inmortalidad del

alma, cuya condición tal vez no se precisaba mucho, cabe decir que es

una especie de _subentendido_, de supuesto tácito, en el Evangelio

todo, y es la situación del espíritu de muchos de los que hoy le leen,

situación opuesta a la de los cristianos de entre quienes brotó el

Evangelio, lo que les impide verlo. Sin duda, que todo aquello de

la segunda venida del Cristo, con gran poder, rodeado de majestad

y entre nubes, para juzgar a muertos y a vivos, abrir a los unos el

reino de los cielos y echar a los otros a la gehena, donde será el lloro

y el crujir de dientes, cabe entenderlo quiliásticamente, y aun se

hace decir al Cristo en el Evangelio (Marcos IX, 1), que había con él

algunos que no gustarían de la muerte sin haber visto el reino de Dios;

esto es, que vendría durante su generación; y en el mismo capítulo,

versículo 10, se hace decir a Jacobo, a Pedro y a Juan, que con Jesús

subieron al monte de la Transfiguración y le oyeron hablar de que

resucitaría de entre los muertos aquello de: «y guardaron el dicho

consigo, razonando unos con otros sobre qué sería eso de resucitar de

entre los muertos». Y en todo caso, el Evangelio se compuso cuando esa

creencia, base y razón de ser del cristianismo, se estaba formando.

Véase en Mateo XXII, 29-32; en Marcos XII, 24-27; en Lucas XVI, 22-31;

XX, 34-37; en Juan V, 24-29; VI, 40, 54, 58; VIII, 51; XI, 25, 56; XIV,

2, 19. Y sobre todo, aquello de Mateo XXVII, 52, de que al resucitar el

Cristo «muchos cuerpos santos que dormían resucitaron».

Y no era esta una resurrección natural, no. La fe cristiana nació

de la fe de que Jesús no permaneció muerto, sino que Dios le

resucitó y que esta resurrección era un hecho; pero eso no suponía

una mera inmortalidad del alma, al modo filosófico (Véase Harnack,

_Dogmengeschichte_. Prolegomena, 5, 4). Para los primeros Padres de la

Iglesia mismos, la inmortalidad del alma no era algo natural; bastaba

para su demostración, como dice Nemesio, la enseñanza de las Divinas

Escrituras, y era, según Lactancio, un don --y como tal, gratuito-- de

Dios. Pero sobre esto más adelante.

Brotó, decíamos, el cristianismo de una confluencia de los dos grandes

procesos espirituales, judaico y helénico, cada uno de los cuales había

llegado por su parte, si no a la definición precisa, al preciso anhelo

de otra vida. No fué entre los judíos ni general ni clara la fe en otra

vida; pero a ella les llevó la fe en un Dios personal y vivo, cuya

formación es toda su historia espiritual.

Jahvé, el Dios judaico, empezó siendo un dios entre otros muchos, el

dios del pueblo de Israel, revelado entre el fragor de la tormenta en

el monte Sinaí. Pero era tan celoso, que exigía se le rindiese culto

a él sólo, y fué por el monocultismo como los judíos llegaron al

monoteísmo. Era adorado como fuerza viva, no como entidad metafísica,

y era el dios de las batallas. Pero este Dios, de origen social y

guerrero, sobre cuya génesis hemos de volver, se hizo más íntimo y

personal en los profetas, y al hacerse más íntimo y personal, más

individual y más universal, por lo tanto. Es Jahvé, que no ama a Israel

por ser hijo suyo, sino que le toma por hijo, porque le ama (Oseas XI,

1). Y la fe en el Dios personal, en el Padre de los hombres, lleva

consigo la fe en la eternización del hombre individual, que ya en el

fariseísmo alborea, aun antes de Cristo.

La cultura helénica, por su parte, acabó descubriendo la muerte, y

descubrir la muerte es descubrir el hambre de inmortalidad. No aparece

este anhelo en los poemas homéricos que no son algo inicial, sino

final; no el arranque, sino el término de una civilización. Ellos

marcan el paso de la vieja religión de la Naturaleza, la de Zeus, a

la religión más espiritual de Apolo, la de la redención. Mas en el

fondo persistía siempre la religión popular e íntima de los misterios

eleusinos, el culto de las almas y de los antepasados. «En cuanto cabe

hablar de una teología délfica, hay que tomar en cuenta, entre los más

importantes elementos de ella, la fe en la continuación de la vida de

las almas después de la muerte en sus formas populares y en el culto

a las almas de los difuntos», escribe Rohde.[2] Había lo titánico y

lo dionisíaco, y el hombre debía, según la doctrina órfica, libertarse

de los lazos del cuerpo en que estaba el alma como prisionera en

una cárcel. (Véase Rohde, _Psyche_, Die Orphiker, 4.) La noción

nietzscheniana de la vuelta eterna es una idea órfica. Pero la idea de

la inmortalidad del alma no fué un principio filosófico. El intento de

Empédocles de hermanar un sistema hilozoístico con el espiritualismo,

probó que una ciencia natural filosófica no puede llevar por sí a

corroborar el axioma de la perpetuidad del alma individual; sólo podía

servir de apoyo una especulación teológica. Los primeros filósofos

griegos afirmaron la inmortalidad por contradicción, saliéndose de

la filosofía natural y entrando en la teología, asentando un dogma

dionisíaco y órfico, no apolíneo. Pero «una inmortalidad del alma

humana como tal, en virtud de su propia naturaleza y condición como

imperecedera fuerza divina en el cuerpo mortal, no ha sido jamás objeto

de la fe popular helénica». (Rohde, obra citada.)

Recordad el _Fedón_ platónico y las elucubraciones neoplatónicas. Allí

se ve ya el ansia de inmortalidad personal, ansia que, no satisfecha

del todo por la razón, produjo el pesimismo helénico. Porque, como hace

muy bien notar Pfleiderer (_Religionsphilosophie auf geschichtlicher

Grundlage_, 3, Berlín 1896), «ningún pueblo vino a la tierra tan

sereno y soleado como el griego en los días juveniles de su existencia

histórica..., pero ningún pueblo cambió tan por completo su noción

del valor de la vida. La grecidad que acaba en las especulaciones

religiosas del neo-pitagorismo y el neo-platonismo, consideraba a

este mundo, que tan alegre y luminoso se le apareció en un tiempo,

cual morada de tinieblas y de errores, y la existencia terrena como un

período de prueba que nunca se pasaba demasiado de prisa». El nirvana

es una noción helénica.

Así, cada uno por su lado, judíos y griegos, llegaron al verdadero

descubrimiento de la muerte, que es el que hace entrar a los pueblos,

como a los hombres, en la pubertad espiritual, la del sentimiento

trágico de la vida, que es cuando engendra la humanidad al Dios vivo.

El descubrimiento de la muerte es el que nos revela a Dios, y la muerte

del hombre perfecto, del Cristo, fué la suprema revelación de la

muerte, la del hombre que no debía morir y murió.

Tal descubrimiento, el de la inmortalidad, preparado por los procesos

religiosos judaico y helénico, fué lo específicamente cristiano. Y lo

llevó a cabo sobre todo Pablo de Tarso, aquel judío fariseo helenizado.

Pablo no había conocido personalmente a Jesús, y por eso le descubrió

como Cristo. «Se puede decir que es, en general, la teología del

Apóstol la primera teología cristiana. Era para él una necesidad;

sustituíale, en cierto modo, la falta de conocimiento personal de

Jesús», dice Weizsäcker (_Das apostolische Zeitalter der christlichen

Kirche_, Freiburg i. B. 1892). No conoció a Jesús, pero le sintió

renacer en sí, y pudo decir aquello de «no vivo en mí, sino en Cristo».

Y predicó la cruz, que era escándalo para los judíos y necedad para los

griegos (I Cor., I, 23), y el dogma central para el Apóstol convertido,

fué el de la resurrección del Cristo; lo importante para él era que el

Cristo se hubiese hecho hombre y hubiese muerto y resucitado, y no lo

que hizo en vida; no su obra moral y pedagógica, sino su obra religiosa

y eternizadora. Y fué quien escribió aquellas inmortales palabras: «Si

se predica que Cristo resucitó de los muertos, ¿cómo dicen algunos

entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Porque si no hay

resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó, y si Cristo no

resucitó, vana es nuestra predicación y vuestra fe es vana... Entonces

los que durmieron en Cristo se pierden. Si en esta vida sólo esperamos

en Cristo, somos los más miserables de los hombres» (I Cor., XV, 12-19).

Y puede, a partir de esto, afirmarse que quien no crea en esa

resurrección carnal de Cristo, podrá ser filocristo, pero no

específicamente cristiano. Cierto que un Justino mártir pudo decir que

«son cristianos cuantos viven conforme a la razón, aunque sean tenidos

por ateos, como entre los griegos Sócrates y Heráclito y otros tales»;

pero este mártir, ¿es mártir, es decir, testigo de cristianismo? No.

Y en torno al dogma, de experiencia íntima pauliniana, de la

resurreción e inmortalidad del Cristo, garantía de la resurrección e

inmortalidad de cada creyente, se formó la cristología toda. El Dios

hombre, el Verbo encarnado, fué para que el hombre, a su modo, se

hiciese Dios, esto es, inmortal. Y el Dios cristiano, el Padre del

Cristo, un Dios necesariamente antropomórfico, es el que, como dice

el Catecismo de la doctrina cristiana que en la escuela nos hicieron

aprender de memoria, ha creado el mundo para el hombre, para cada

hombre. Y el fin de la redención fué, a pesar de las apariencias por

desviación ética del dogma propiamente religioso, salvarnos de la

muerte más bien que del pecado, o de éste en cuanto implica muerte. Y

Cristo murió, o más bien resucitó, por _mí_, por cada uno de nosotros.

Y establecióse una cierta solidaridad entre Dios y su criatura. Decía

Mallebranche que el primer hombre cayó _para_ que Cristo nos redimiera,

más bien que nos redimió _porque_ aquél había caído.

Después de Pablo rodaron los años y las generaciones cristianas,

trabajando en torno de aquel dogma central y sus consecuencias

para asegurar la fe en la inmortalidad del alma individual, y vino

el Niceno, y en él aquel formidable Atanasio, cuyo nombre es ya un

emblema, encarnación de la fe popular. Era Atanasio un hombre de pocas

letras, pero de mucha fe, y sobre todo, de la fe popular, henchido

de hambre de inmortalidad. Y opúsose al arrianismo, que, como el

protestantismo unitariano y sociniano amenazaba, aun sin saberlo ni

quererlo, la base de esa fe. Para los arrianos, Cristo era ante todo un

maestro, un maestro de moral, el hombre perfectísimo, y garantía por

lo tanto de que podemos los demás llegar a la suma perfección; pero

Atanasio sentía que no puede el Cristo hacernos dioses si él antes no

se ha hecho Dios; si su divinidad hubiera sido por participación, no

podría habérnosla participado. «No, pues --decía--, siendo hombre se

hizo después Dios, sino que siendo Dios se hizo después hombre para que

mejor nos deificara (θεοποιήσῃ)» (Orat. I, 30). No era el Logos de los

filósofos, el Logos cosmológico el que Atanasio conocía y adoraba.[3]

Y así hizo se separasen naturaleza y revelación. El Cristo atanasiano

o niceno, que es el Cristo católico, no es el cosmológico ni siquiera

en rigor el ético, es el eternizador, el deificador, el religioso. Dice

Harnack de este Cristo, del Cristo de la cristología nicena o católica,

que es en el fondo docético, esto es, aparencial, porque el proceso de

la divinización del hombre en Cristo se hizo en interés escatológico;

pero ¿cuál es el Cristo real? ¿acaso ese llamado Cristo histórico de

la exégesis racionalista que se nos diluye o en un mito o en un átomo

social?

Este mismo Harnack, un racionalista protestante, nos dice que el

arrianismo o unitarismo habría sido la muerte del cristianismo,

reduciéndolo a cosmología y a moral, y que sólo sirvió de puente para

llevar a los doctos al catolicismo, es decir, de la razón a la fe.

Parécele a este mismo docto historiador de los dogmas, indicación

de perverso estado de cosas, el que el hombre Atanasio, que salvó

al cristianismo como religión de la comunión viva con Dios, hubiese

borrado al Jesús de Nazaret, al histórico, al que no conocieron

personalmente ni Pablo ni Atanasio, ni ha conocido Harnack mismo. Entre

los protestantes, este Jesús histórico sufre bajo el escalpelo de la

crítica mientras vive el Cristo católico, el verdaderamente histórico,

el que vive en los siglos garantizando la fe en la inmortalidad y la

salvación personales.

Y Atanasio tuvo el valor supremo de la fe, el de afirmar cosas

contradictorias entre sí; «la perfecta contradicción que hay en el

ὁμοούσιος trajo tras de sí todo un ejército de contradicciones, y

más cuanto más avanzó el pensamiento», dice Harnack. Sí, así fué;

y así tuvo que ser. «La dogmática se despidió para siempre del

pensamiento claro y de los conceptos sostenibles, y se acostumbró

a lo contrarracional», añade. Es que se acostó a la vida, que es

contrarracional y opuesta al pensamiento claro. Las determinaciones de

valor, no sólo no son nunca racionalizables, son antirracionales.

En Nicea vencieron, pues, como más adelante en el Vaticano, los idiotas

--tomada esta palabra en su recto sentido primitivo y etimológico--,

los ingenuos, los obispos cerriles y voluntariosos, representantes del

genuino espíritu humano, del popular, del que no quiere morirse, diga

lo que quiera la razón; y busca garantía, lo más material posible, a su

deseo.

_Quid ad aeternitatem?_ He aquí la pregunta capital. Y acaba el Credo

con aquello de _resurrectionem mortuorum et vitam venturi saeculi_, la

resurrección de los muertos y la vida venidera. En el cementerio, hoy

amortizado, de Mallona, en mi pueblo natal, Bilbao, hay grabada una

cuarteta que dice:

Aunque estamos en polvo convertidos,

en ti, Señor, nuestra esperanza fía,

que tornaremos a vivir vestidos

con la carne y la piel que nos cubría;

o como el Catecismo dice: con los mismos cuerpos y almas que tuvieron.

A punto tal, que es doctrina católica ortodoxa la de que la dicha de

los bienaventurados no es del todo perfecta hasta que recobran sus

cuerpos. Quéjanse en el cielo, y «aquel quejido les nace --dice nuestro

Fray Pedro Malón de Chaide, de la Orden de San Agustín, español y

vasco[4]-- de que no están enteros en el cielo, pues sólo está allá

el alma, y aunque no pueden tener pena porque ven a Dios, en quien

inefablemente se gozan, con todo eso parece que no están del todo

contentos. Estarlo han cuando se vistieren de sus propios cuerpos».

Y a este dogma central de la resurrección en Cristo y por Cristo

corresponde un sacramento central también, el eje de la piedad popular

católica, y es el sacramento de la Eucaristía. En él se administra el

cuerpo de Cristo, que es pan de inmortalidad.

Es el sacramento genuinamente realista, _dinglich_, que se diría en

alemán, y que no es gran violencia traducir material, el sacramento

más genuinamente _ex opere operato_, sustituído entre los protestantes

con el sacramento idealista de la palabra. Trátase, en el fondo, y

lo digo con todo el posible respeto, pero sin querer sacrificar la

expresividad de la frase, de comerse y beberse a Dios, al Eternizador,

de alimentarse de Él. ¿Qué mucho, pues, que nos diga Santa Teresa que

cuando estando en la Encarnación el segundo año que tenía el priorato,

octava de San Martín, comulgando, partió la Forma el padre fray Juan de

la Cruz para otra hermana, pensó que no era falta de forma, sino que le

quería mortificar «porque yo le había dicho que gustaba mucho cuando

eran grandes las formas, no porque no entendía no importaba para dejar

de estar entero el Señor, aunque fuese muy pequeño el pedacito?» Aquí

la razón va por un lado, el sentimiento por otro. ¿Y qué importan para

este sentimiento las mil y una dificultades que surgen de reflexionar

racionalmente en el misterio de ese sacramento? ¿Qué es un cuerpo

divino? El cuerpo, en cuanto cuerpo de Cristo, ¿era divino? ¿Qué es un

cuerpo inmortal e inmortalizador? ¿Qué es una sustancia separada de los

accidentes? ¿Qué es la sustancia del cuerpo? Hoy hemos afinado mucho

en esto de la materialidad y la sustancialidad; pero hasta Padres de

la Iglesia hay para los cuales la inmaterialidad de Dios mismo no era

una cosa tan definida y clara como para nosotros. Y este sacramento

de la Eucaristía es el inmortalizador por excelencia y el eje, por

lo tanto, de la piedad popular católica. Y si cabe decirlo, el más

específicamente religioso.

Porque lo específico religioso católico es la inmortalización y no la

justificación al modo protestante. Esto es más bien ético. Y es en

Kant, en quien el protestantismo, mal que pese a los ortodoxos de él,

sacó sus penúltimas consecuencias: la religión depende de la moral, y

no ésta de aquélla, como en el catolicismo.

No ha sido la preocupación del pecado nunca tan angustiosa entre los

católicos, o por lo menos, con tanta aparencialidad de angustia. El

sacramento de la confesión ayuda a ello. Y tal vez es que persiste

aquí más que entre ellos el fondo de la concepción primitiva judaica

y pagana del pecado como de algo material e infeccioso y hereditario,

que se cura con el bautismo y la absolución. En Adán pecó toda su

descendencia, casi materialmente, y se trasmitió su pecado como

una enfermedad material se trasmite. Tenía, pues, razón Renán,

cuya educación era católica, al revolverse contra el protestante

Amiel, que le acusó de no dar la debida importancia al pecado. Y,

en cambio, el protestantismo, absorto en eso de la justificación,

tomada en un sentido más ético que otra cosa, aunque con apariencias

religiosas, acaba por neutralizar y casi borrar lo escatológico,

abandona la simbólica nicena, cae en la anarquía confesional, en

puro individualismo religioso y en vaga religiosidad estética, ética

o cultural. La que podríamos llamar «allendidad», _Jenseitigkeit_,

se borra poco a poco detrás de la «aquendidad», _Diesseitigkeit_. Y

esto, a pesar del mismo Kant, que quiso salvarla, pero arruinándola.

La vocación terrenal y la confianza pasiva en Dios dan su ramplonería

religiosa al luteranismo, que estuvo a punto de naufragar en la edad

de la ilustración, de la _Aufklärung_, y que apenas si el pietismo,

imbuyéndole alguna savia religiosa católica, logró galvanizar un

poco. Y así resulta muy exacto lo que Oliveira Martins decía en su

espléndida _Historia da civilasação iberica_, lib. 4.º, cap. III; y es

que «el catolicismo dió héroes y el protestantismo sociedades sensatas,

felices, ricas, libres, en lo que respecta a las instituciones y a la

economía externa, pero incapaces de ninguna acción grandiosa, porque la

religión comenzaba por despedazar en el corazón del hombre aquello que

le hace susceptible de las audacias y de los nobles sacrificios». Coged

una Dogmática cualquiera de las producidas por la última disolución

protestante, la del ritschleniano Kaftan, por ejemplo, y ved a lo

que allí queda reducida la escatología. Y su maestro mismo, Albrecht

Ritschl, nos dice: «El problema de la necesidad de la justificación

o remisión de los pecados sólo puede derivarse del concepto de la

vida eterna como directa relación de fin de aquella acción divina.

Pero si se ha de aplicar ese concepto no más que al estado de la

vida de ultratumba, queda su contenido fuera de toda experiencia, y

no puede fundar conocimiento alguno que tenga carácter científico.

No son, por lo tanto, más claras las esperanzas y los anhelos de la

más fuerte certeza subjetiva, y no contienen en sí garantía alguna

de la integridad de lo que se espera y anhela. Claridad e integridad

de la representación ideal son, sin embargo, las condiciones para la

comprensión, esto es, para el conocimiento de la conexión necesaria de

la cosa en sí y con sus dados presupuestos. Así es que la confesión

evangélica de que la justificación por la fe fundamental lleva consigo

la certeza de la vida eterna, es inaplicable teológicamente, mientras

no se muestre en la experiencia presente posible esa relación de fin»

(_Rechtfertigung und Versöhnung_, III, cap. VII, 52). Todo esto es muy

racional, pero...

En la primera edición de los _Loci communes_, de Melanchton, la

de 1521, la primera obra teológica luterana, omite su autor las

especulaciones trinitaria y cristológica, la base dogmática de la

escatología. Y el Dr. Hermann, profesor en Marburgo, el autor del

libro sobre el comercio del cristiano con Dios (_Der Verkehr des

Christen mit Gott_), libro cuyo primer capítulo trata de la oposición

entre la mística y la religión cristiana, y que es, en sentir de

Harnack, el más perfecto manual luterano, nos dice en otra parte,[5]

refiriéndose a esa especulación cristológica --o atanasiana--, que «el

conocimiento efectivo de Dios y de Cristo en que vive la fe es algo

enteramente distinto. No debe hallar lugar en la doctrina cristiana

nada que no pueda ayudar al hombre a reconocer sus pecados, lograr la

gracia de Dios y servirle en verdad. Hasta entonces (es decir, hasta

Lutero) había pasado en la Iglesia como _doctrina sacra_ mucho que

no puede en absoluto contribuir a dar a un hombre un corazón libre y

una conciencia tranquila.» Por mi parte, no concibo la libertad de un

corazón ni la tranquilidad de una conciencia que no estén seguras de su

perdurabilidad después de la muerte. «El deseo de la salvación del alma

--prosigue Hermann-- debía llevar finalmente a los hombres a conocer

y comprender la efectiva doctrina de la salvación.» Y a este eminente

doctor en luteranismo, en su libro sobre el comercio del cristiano con

Dios, todo se le vuelve hablarnos de confianza en Dios, de paz en la

conciencia y de una seguridad en la salvación, que no es precisamente y

en rigor la certeza de la vida perdurable, sino más bien de la remisión

de los pecados.

Y en un teólogo protestante, en Ernesto Troeltsch, he leído que lo más

alto que el protestantismo ha producido en el orden conceptual es en

el arte de la música, donde le ha dado Bach su más poderosa expresión

artística. ¡En eso se disuelve el protestantismo, en música celestial!

Y podemos decir, en cambio, que la más alta expresión artística

católica, por lo menos española, es en el arte más material, tangible y

permanente --pues a los sonidos se los lleva el aire-- de la escultura

y la pintura, en el Cristo de Velázquez, ¡en ese Cristo que está

siempre muriéndose, sin acabar nunca de morirse, para darnos vida!

Del sentimiento trágico de la vida · 第 4 / 23 段