la cercanía de una muerte violenta, pensaba en concentrar la vida,
viviéndola en los pocos días que de ella calculaba le quedarían para
escribir un libro. ¡Vanidad de vanidades!
Si al morírseme el cuerpo que me sustenta, y al que llamo mío para
distinguirle de mí mismo, que soy yo, vuelve mi conciencia a la
absoluta inconsciencia de que brotara, y como a la mía les acaece a las
de mis hermanos todos en humanidad, entonces no es nuestro trabajado
linaje humano más que una fatídica procesión de fantasmas, que van de
la nada a la nada, y el humanitarismo lo más inhumano que se conoce.
Y el remedio no es el de la copla que dice:
Cada vez que considero
que me tengo de morir,
tiendo la capa en el suelo
y no me harto de dormir.
¡No! El remedio es considerarlo cara a cara, fija la mirada en la
mirada de la Esfinge, que es así como se deshace el maleficio de su
aojamiento.
Si del todo morimos todos, ¿para qué todo? ¿Para qué? Es el ¿para qué?
de la Esfinge, es el ¿para qué? que nos corroe el meollo del alma, es
el padre de la congoja la que nos da el amor de esperanza.
Hay, entre los poéticos quejidos del pobre Cowper, unas líneas escritas
bajo el peso del delirio, y en las cuales, creyéndose blanco de la
divina venganza, exclama que el infierno podrá procurar un abrigo a sus
miserias.
_Hell might afford my miseries a shelter._
Este es el sentimiento puritano, la preocupación del pecado y de la
predestinación; pero, leed estas otras mucho más terribles palabras
de Sénancour, expresivas de la desesperación católica, no ya de la
protestante, cuando hace decir a su _Obermann_ (carta XC): «L’homme
est périssable. Il se peut; mais périssons en résistant, et, si le
néant nous est réservé, ne faisons pas que ce soit une justice». Y
he de confesar, en efecto, por dolorosa que la confesión sea, que
nunca, en los días de la fe ingenua de mi mocedad, me hicieron temblar
las descripciones, por truculentas que fuesen, de las torturas del
infierno, y sentí siempre ser la nada mucho más aterradora que él.
El que sufre vive, y el que vive sufriendo ama y espera, aunque a
la puerta de su mansión le pongan el «¡Dejad toda esperanza!», y es
mejor vivir en dolor que no dejar de ser en paz. En el fondo era que
no podía creer en esa atrocidad de un infierno, de una eternidad de
pena, ni veía más verdadero infierno que la nada y su perspectiva. Y
sigo creyendo que si creyésemos todos en nuestra salvación de la nada
seríamos todos mejores.
¿Qué es el arregosto de vivir, _la joie de vivre_, de que ahora nos
hablan? El hambre de Dios, la sed de eternidad, de sobrevivir, nos
ahogará siempre ese pobre goce de la vida que pasa y no queda. Es el
desenfrenado amor a la vida, el amor que la quiere inacabable, lo que
más suele empujar al ansia de la muerte. «Anonadado yo, si es que
del todo me muero --nos decimos--, se me acabó el mundo, acabóse;
¿y por qué no ha de acabarse cuanto antes para que no vengan nuevas
conciencias a padecer el pesadumbroso engaño de una existencia pasajera
y aparencial? Si deshecha la ilusión del vivir, el vivir por el vivir
mismo o para otros que han de morirse también no nos llena el alma,
¿para qué vivir? La muerte es nuestro remedio.» Y así es como se
endecha al reposo inacabable por miedo a él, y se le llama liberadora a
la muerte.
Ya el poeta del dolor, del aniquilamiento, aquel Leopardi que, perdido
el último engaño, el de creerse eterno,
_Perì l’inganno estremo_
_ch’eterno io mi credei_,
le hablaba a su corazón de _l’infinita vanitá del tutto_, vió la
estrecha hermandad que hay entre el amor y la muerte y cómo cuando
«nace en el corazón profundo un amoroso afecto, lánguido y cansado
juntamente con él en el pecho, un deseo de morir se siente». A la mayor
parte de los que se dan a sí mismos la muerte, es el amor el que les
mueve el brazo, es el ansia suprema de vida, de más vida, de prolongar
y perpetuar la vida lo que a la muerte les lleva, una vez persuadidos
de la vanidad de su ansia.
Trágico es el problema y de siempre, y cuanto más queramos de él huir,
más vamos a dar en él. Fué el sereno --¿sereno?-- Platón, hace ya
veinticuatro siglos, el que en su diálogo sobre la inmortalidad del
alma dejó escapar de la suya, hablando de lo dudoso de nuestro ensueño
de ser inmortales, y del _riesgo_ de que no sea vano aquel profundo
dicho: ¡hermoso es el riesgo!, καλός γὰρ ὁ κίνδυνος, hermosa es la
suerte que podemos correr de que no se nos muera el alma nunca, germen
esta sentencia del argumento famoso de la apuesta de Pascal.
Frente a este riesgo, y para suprimirlo, me dan raciocinios en prueba
de lo absurda que es la creencia en la inmortalidad del alma; pero esos
raciocinios no me hacen mella, pues son razones y nada más que razones,
y no es de ellas de lo que se apacienta el corazón. No quiero morirme,
no, no quiero ni quiero quererlo; quiero vivir siempre, siempre,
siempre, y vivir yo, este pobre yo que me soy y me siento ser ahora y
aquí, y por esto me tortura el problema de la duración de mi alma, de
la mía propia.
Yo soy el centro de mi universo, el centro del universo, y en mis
angustias supremas grito con Michelet: «¡Mi yo, que me arrebatan mi
yo!» ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo todo si pierde su
alma? (Mat. XVI, 26.) ¿Egoísmo decís? Nada hay más universal que
lo individual, pues lo que es de cada uno lo es de todos. Cada
hombre vale más que la humanidad entera, ni sirve sacrificar cada
uno a todos, sino en cuanto todos se sacrifiquen a cada uno. Eso
que llamáis egoísmo, es el principio de la gravedad psíquica, el
postulado necesario. «¡Ama a tu prójimo como a ti mismo!», se nos
dijo presuponiendo que cada cual se ame a sí mismo; y no se nos dijo:
¡ámate! Y, sin embargo, no sabemos amarnos.
Quitad la propia persistencia, y meditad lo que os dicen. ¡Sacrifícate
por tus hijos! Y te sacrificas por ellos, porque son tuyos, parte y
prolongación de ti, y ellos a su vez se sacrificarán por los suyos, y
éstos por los de ellos, y así irá, sin término, un sacrificio estéril
del que nadie se aprovecha. Vine al mundo a hacer mi yo, y ¿qué será
de nuestros yos todos? ¡Vive para la Verdad, el Bien, la Belleza! Ya
veremos la suprema vanidad y la suprema insinceridad de esta posición
hipócrita.
«¡Eso eres tú!» --me dicen con los Upanischadas--. Y yo les digo: sí,
yo soy eso, cuando eso es yo y todo es mío y mía la totalidad de las
cosas. Y como mía la quiero y amo al prójimo porque vive en mí y como
parte de mi conciencia, porque es como yo, es mío.
¡Oh, quién pudiera prolongar este dulce momento y dormirse en él y en
él eternizarse! ¡Ahora y aquí, a esta luz discreta y difusa, en este
remanso de quietud, cuando está aplacada la tormenta del corazón y no
me llegan los ecos del mundo! ¡Duerme el deseo insaciable y ni aun
sueña; el hábito, el santo hábito reina en mi eternidad; han muerto con
los recuerdos los desengaños, y con las esperanzas, los temores!
Y vienen queriendo engañarnos con un engaño de engaños, y nos hablan
de que nada se pierde, de que todo se trasforma, muda y cambia, que ni
se aniquila el menor cachito de materia, ni se desvanece del todo el
menor golpecito de fuerza, ¡y hay quien pretende darnos consuelo con
esto! ¡Pobre consuelo! Ni de mi materia ni de mi fuerza me inquieto,
pues no son mías mientras no sea yo mismo mío, esto es, eterno. No, no
es anegarme en el gran Todo, en la Materia o en la Fuerza infinitas
y eternas o en Dios lo que anhelo; no es ser poseído por Dios, sino
poseerle, hacerme yo Dios sin dejar de ser el yo que ahora os digo
esto. No nos sirven engañifas de monismo; ¡queremos bulto y no sombra
de inmortalidad!
¿Materialismo? ¿Materialismo decís? Sin duda; pero es que nuestro
espíritu es también alguna especie de materia o no es nada. Tiemblo
ante la idea de tener que desgarrarme de mi carne; tiemblo más aún ante
la idea de tener que desgarrarme de todo lo sensible y material, de
toda sustancia. Sí, acaso esto merece el nombre de materialismo y si a
Dios me agarro con mis potencias y mis sentidos todos, es para que Él
me lleve en sus brazos allende la muerte, mirándome con su cielo a los
ojos cuando se me vayan éstos a apagar para siempre. ¿Que me engaño?
¡No me habléis de engaño y dejadme vivir!
Llaman también a esto orgullo; «hediondo orgullo» le llamó Leopardi,
y nos preguntan que quiénes somos, viles gusanos de la tierra, para
pretender inmortalidad; ¿en gracia a qué? ¿Para qué? ¿Con qué derecho?
¿En gracia a qué? --preguntáis--, ¿y en gracia a qué vivimos? ¿Para
qué?, ¿y para qué somos? ¿Con qué derecho?, ¿y con qué derecho somos?
Tan gratuito es existir, como seguir existiendo siempre. No hablemos
de gracia, ni de derecho, ni de para qué de nuestro anhelo que es un
fin en sí, porque perderemos la razón en un remolino de absurdos. No
reclamo derecho ni merecimiento alguno; es sólo una necesidad, lo
necesito para vivir.
Y ¿quién eres tú?, me preguntas, y con Obermann te contesto: ¡para el
universo nada, para mí todo! ¿Orgullo? ¿Orgullo querer ser inmortal?
¡Pobres hombres! Trágico hado, sin duda, el de tener que cimentar en
la movediza y deleznable piedra del deseo de inmortalidad la afirmación
de ésta; pero torpeza grande condenar el anhelo por creer probado, sin
probarlo, que no sea conseguidero. ¿Que sueño...? Dejadme soñar, si ese
sueño es mi vida, no me despertéis de él. Creo en el inmortal origen
de este anhelo de inmortalidad, que es la sustancia misma de mi alma.
¿Pero de veras creo en ello...? ¿Y para qué quieres ser inmortal?,
me preguntas, ¿para qué? No entiendo la pregunta francamente, porque
es preguntar la razón de la razón, el fin del fin, el principio del
principio.
Pero de estas cosas no se puede hablar.
Cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles que adonde quiera
que fuese Pablo se concitaban contra él los celosos judíos para
perseguirle. Apedreáronle en Iconio y en Listra, ciudades de Licaonia,
a pesar de las maravillas que en la última obró; le azotaron en Filipos
de Macedonia y le persiguieron sus hermanos de raza en Tesalónica y en
Berea. Pero llegó a Atenas, a la noble ciudad de los intelectuales,
sobre la que velaba el alma excelsa de Platón, el de la hermosura
del riesgo de ser inmortal, y allí disputó Pablo con epicúreos y
estoicos, que decían de él, o bien: ¿qué quiere decir este charlatán
(σπερμολόγος)? o bien: ¡parece que es predicador de nuevos dioses!
(Hechos, XVII, 18), y «tomándole le llevaron al Areópago, diciendo:
¿podremos saber qué sea esta nueva doctrina que dices?, porque traes a
nuestros oídos cosas peregrinas, y queremos saber qué quiere ser eso»
(versículos 19-20), añadiendo el libro esta maravillosa caracterización
de aquellos atenienses de la decadencia, de aquellos lamineros y
golosos de curiosidades, pues «entonces los atenienses todos y sus
huéspedes extranjeros no se ocupaban en otra cosa sino en decir o en
oir algo de más nuevo» (v. 21). ¡Rasgo maravilloso, que nos pinta a qué
habían venido a parar los que aprendieron en la Odisea que los dioses
traman y cumplen la destrucción de los mortales para que los venideros
tengan algo que contar!
Ya está, pues, Pablo ante los refinados atenienses, ante los
_graeculos_, los hombres cultos y tolerantes que admiten toda doctrina,
toda la estudian y a nadie apedrean ni azotan ni encarcelan por
profesar estas o las otras, ya está donde se respeta la libertad de
conciencia y se oye y se escucha todo parecer. Y alza la voz allí, en
medio del Areópago, y les habla como cumplía a los cultos ciudadanos
de Atenas, y todos, ansiosos de la última novedad, le oyen; mas
cuando llega a hablarles de la resurrección de los muertos, se les
acaba la paciencia y la tolerancia, y unos se burlan de él y otros le
dicen: «¡ya oiremos otra vez de esto!», con propósito de no oirle. Y
una cosa parecida le ocurrió en Cesarea con el pretor romano Félix,
hombre también tolerante y culto, que le alivió de la pesadumbre de
su prisión, y quiso oirle y le oyó disertar de la justicia y de la
continencia; mas al llegar al juicio venidero, le dijo espantado
(ἔμφοβος γενομένος): ¡Ahora vete, que te volveré a llamar cuando
cuadre! (Hechos, XXIV, 22-25.) Y cuando hablaba ante el rey Agripa, al
oirle Festo, el gobernador, decir de resurrección de muertos exclamó:
«Estás loco, Pablo; las muchas letras te han vuelto loco». (Hechos
XXVI, 24.)
Sea lo que fuere de la verdad del discurso de Pablo en el Areópago,
y aun cuando no lo hubiere habido, es lo cierto que en ese relato
admirable se ve hasta dónde llega la tolerancia ática y dónde acaba la
paciencia de los intelectuales. Os oyen todos en calma, y sonrientes, y
a las veces os animan diciéndoos: ¡es curioso! o bien: ¡tiene ingenio!
o ¡es sugestivo! o ¡qué hermosura! o ¡lástima que no sea verdad tanta
belleza! o ¡eso hace pensar!; pero así que les habláis de resurrección
y de vida allende la muerte, se les acaba la paciencia y os atajan la
palabra diciéndoos: ¡déjalo! ¡otro día hablarás de esto!; y es de esto,
mis pobres atenienses, mis intolerantes intelectuales, es de esto de lo
que voy a hablaros aquí.
Y aun si esa creencia fuese absurda, ¿por qué se tolera menos el que se
les exponga que otras muchas más absurdas aún? ¿Por qué esa evidente
hostilidad a tal creencia? ¿Es miedo? ¿Es acaso pesar de no poder
compartirla?
Y vuelven los sensatos, los que no están a dejarse engañar, y nos
machacan los oídos con el sonsonete de que no sirve entregarse a la
locura y dar coces contra el aguijón, pues lo que no puede ser es
imposible. Lo viril --dicen-- es resignarse a la suerte, y pues no
somos inmortales, no queramos serlo; sojuzguémonos a la razón sin
acongojarnos por lo irremediable, entenebreciendo y entristeciendo la
vida. Esa obsesión --añaden-- es una enfermedad. Enfermedad, locura,
razón... ¡el estribillo de siempre! Pues bien, ¡no! No me someto a la
razón y me rebelo contra ella, y tiro a crear en fuerza de fe a mi
Dios inmortalizador y a torcer con mi voluntad el curso de los astros,
porque si tuviéremos fe como un grano de mostaza, diríamos a ese monte:
pásate de ahí, y se pasaría, y nada nos sería imposible (Mat. XVII,
20.)
Ahí tenéis a ese ladrón de energías, como él llamaba torpemente al
Cristo, que quiso casar el nihilismo con la lucha por la existencia,
y os habla de valor. Su corazón le pedía el todo eterno, mientras su
cabeza le enseñaba la nada, y desesperado y loco para defenderse de sí
mismo, maldijo de lo que más amaba. Al no poder ser Cristo, blasfemó
del Cristo. Henchido de sí mismo, se quiso inacabable y soñó la vuelta
eterna, mezquino remedo de inmortalidad, y lleno de lástima hacia sí,
abominó de toda lástima. ¡Y hay quien dice que es la suya filosofía de
hombres fuertes! No; no lo es. Mi salud y mi fortaleza me empujan a
perpetuarme. ¡Esa es doctrina de endebles que aspiran a ser fuertes,
pero no de fuertes que lo son! Sólo los débiles se resignan a la muerte
final, y sustituyen con otro el anhelo de inmortalidad personal. En los
fuertes, el ansia de perpetuidad sobrepuja a la duda de lograrla, y su
rebose de vida se vierte al más allá de la muerte.
Ante este terrible misterio de la mortalidad, cara a cara de la
esfinge, el hombre adopta distintas actitudes y busca por varios
modos consolarse de haber nacido. Y ya se le ocurre tomarlo a juego,
y se dice con Renán, que este universo es un espectáculo que Dios se
da a sí mismo, y que debemos servir las intenciones del gran Corega,
contribuyendo a hacer el espectáculo lo más brillante y lo más variado
posible. Y han hecho del arte una religión y un remedio para el mal
metafísico, y han inventado la monserga del arte por el arte.
Y no les basta. El que os diga que escribe, pinta, esculpe o canta
para propio recreo, si da al público lo que hace, miente; miente si
firma su escrito, pintura, estatua o canto. Quiere, cuando menos, dejar
una sombra de su espíritu, algo que le sobreviva. Si la _Imitación de
Cristo_ es anónima, es porque su autor, buscando la eternidad del alma,
no se inquietaba de la del nombre. Literato que os diga que desprecia
la gloria, miente como un bellaco. De Dante, el que escribió aquellos
treinta y tres vigorosísimos versos (Purg. XI. 85-117), sobre la
vanidad de la gloria mundana, dice Boccacio que gustó de los honores
y las pompas más acaso de lo que correspondía a su ínclita virtud.
El deseo más ardiente de sus condenados es el de que se les recuerde
aquí, en la tierra, y se hable de ellos, y es esto lo que más ilumina
las tinieblas de su infierno. Y él mismo expuso el concepto de la
Monarquía, no sólo para utilidad de los demás, sino para lograr palma
de gloria (lib. I, cap. I). ¿Qué más? Hasta de aquel santo varón,
el más desprendido, al parecer, de vanidad terrena, del Pobrecito
de Asís cuentan los Tres Socios que dijo: _adhuc adorabor per totum
mundum_! ¡Veréis como soy aún adorado por todo el mundo! (II Celano,
1, 1). Y hasta de Dios mismo dicen los teólogos que creó el mundo para
manifestación de su gloria.
Cuando las dudas nos invaden y nublan la fe en la inmortalidad del
alma, cobra brío y doloroso empuje el ansia de perpetuar el nombre y
la fama, de alcanzar una sombra de inmortalidad siquiera. Y de aquí
esa tremenda lucha por singularizarse, por sobrevivir de algún modo
en la memoria de los otros y los venideros, esa lucha mil veces más
terrible que la lucha por la vida, y que da tono, color y carácter a
esta nuestra sociedad, en que la fe medieval en el alma inmortal se
desvanece. Cada cual quiere afirmarse, siquiera en apariencia.
Una vez satisfecha el hambre, y ésta se satisface pronto, surge la
vanidad, la necesidad --que lo es-- de imponerse y sobrevivir en otros.
El hombre suele entregar la vida por la bolsa, pero entrega la bolsa
por la vanidad. Engríese, a falta de algo mejor, hasta de sus flaquezas
y miserias, y es como el niño, que con tal de hacerse notar se pavonea
con el dedo vendado. ¿Y la vanidad qué es sino ansia de sobrevivirse?
Acontécele al vanidoso lo que al avaro, que toma los medios por los
fines, y olvidadizo de éstos, se apega a aquellos en los que se queda.
El parecer algo, conducente a serlo, acaba por formar nuestro objetivo.
Necesitamos que los demás nos crean superiores a ellos para creernos
nosotros tales, y basar en ello nuestra fe en la propia persistencia,
por lo menos en la de la fama. Agradecemos más el que se nos encomie
el talento con que defendemos una causa, que no el que se reconozca
la verdad o bondad de ella. Una furiosa manía de originalidad sopla
por el mundo moderno de los espíritus, y cada cual la pone en una
cosa. Preferimos desbarrar con ingenio a acertar con ramplonería.
Ya dijo Rousseau en su _Emilio_: «Aunque estuvieran los filósofos
en disposición de descubrir la verdad, ¿quién de entre ellos se
interesaría en ella? Sabe cada uno que su sistema no está mejor fundado
que los otros, pero lo sostiene porque es suyo. No hay uno solo que en
llegando a conocer lo verdadero y lo falso, no prefiera la mentira que
ha hallado a la verdad descubierta por otro. ¿Dónde está el filósofo
que no engañase de buen grado, por su gloria, al género humano?
¿Dónde el que en el secreto de su corazón se proponga otro objeto que
distinguirse? Con tal de elevarse por encima del vulgo, con tal de
borrar el brillo de sus concurrentes, ¿que más pide? Lo esencial es
pensar de otro modo que los demás. Entre los creyentes es ateo; entre
los ateos sería creyente.» ¡Cuánta verdad hay en el fondo de estas
tristes confesiones de aquel hombre de sinceridad dolorosa!
Nuestra lucha a brazo partido por la sobrevivencia del nombre se retrae
al pasado, así como aspira a conquistar el porvenir; peleamos con los
muertos, que son los que nos hacen sombra a los vivos. Sentimos celos
de los genios que fueron, y cuyos nombres, como hitos de la historia,
salvan las edades. El cielo de la fama no es muy grande, y cuantos
más en él entren, a menos toca cada uno de ellos. Los grandes nombres
del pasado nos roban lugar en él; lo que ellos ocupan en la memoria
de las gentes nos lo quitarán a los que aspiramos a ocuparla. Y así
nos revolvemos contra ellos, y de aquí la agrura con que cuantos
buscan en las letras nombradía juzgan a los que ya la alcanzaron y de
ella gozan. Si la literatura se enriquece mucho, llegará el día del
cernimiento y cada cual teme quedarse entre las mallas del cedazo.
El joven irreverente para con los maestros, al atacarlos, es que se
defiende; el iconoclasta o rompeimágenes es un estilita que se erige a
sí mismo en imagen, en _icono_. «Toda comparación es odiosa», dice un
dicho decidero, y es que, en efecto, queremos ser únicos. No le digáis
a Fernández que es uno de los jóvenes españoles de más talento, pues
mientras finge agradecéroslo, moléstale el elogio; si le decís que es
el español de más talento... ¡vaya!... pero aún no le basta; una de las
eminencias mundiales es ya más de agradecer, pero sólo le satisface que
le crean el primero de todas partes y de los siglos todos. Cuanto más
solo, más cerca de la inmortalidad aparencial, la del nombre, pues los
nombres se menguan los unos a los otros.
¿Qué significa esa irritación cuando creemos que nos roban una frase, o
un pensamiento, o una imagen que creíamos nuestra; cuando nos plagian?
¿Robar? ¿Es que es acaso nuestra, una vez que al público se la dimos?
Sólo por nuestra la queremos y más encariñados vivimos de la moneda
falsa que conserva nuestro cuño, que no de la pieza de oro puro de
donde se ha borrado nuestra efigie y nuestra leyenda. Sucede muy
comúnmente que cuando no se pronuncia ya el nombre de un escritor es
cuando más influye en su pueblo desparramado y enfusado su espíritu en
los espíritus de los que le leyeron, mientras que se le citaba cuando
sus dichos y pensamientos, por chocar con los corrientes, necesitaban
garantía de nombre. Lo suyo es ya de todos y él en todos vive. Pero
en sí mismo vive triste y lacio y se cree en derrota. No oye ya los
aplausos ni tampoco el latir silencioso de los corazones de los que le
siguen leyendo. Preguntad a cualquier artista sincero qué prefiere, que
se hunda su obra y sobreviva su memoria, o que hundida ésta persista
aquélla, y veréis, si es de veras sincero, lo que os dice. Cuando el
hombre no trabaja para vivir, e irlo pasando, trabaja para sobrevivir.
Obrar por la obra misma, es juego y no trabajo. ¿Y el juego? Ya
hablaremos de él.
Tremenda pasión esa de que nuestra memoria sobreviva por encima del
olvido de los demás si es posible. De ella arranca la envidia a la
que se debe, según el relato bíblico, el crimen que abrió la historia
humana: el asesinato de Abel por su hermano Caín. No fué lucha por pan,
fué lucha por sobrevivir en Dios, en la memoria divina. La envidia es
mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre espiritual.
Resuelto el que llamamos problema de la vida, el del pan, convertiríase
la Tierra en un infierno, por surgir con más fuerza la lucha por la
sobrevivencia.
Al nombre se sacrifica no ya la vida, la dicha. La vida desde luego.
«¡Muera yo; viva mi fama!», exclama en _Las mocedades del Cid_ Rodrigo
Arias, al caer herido de muerte por D. Diego Ordóñez de Lara. Débese
uno a su nombre. «¡Ánimo, Jerónimo, que se te recordará largo tiempo;
la muerte es amarga, pero la fama eterna!», exclamó Jerónimo Olgiati,
discípulo de Cola Montano y matador, conchabado con Lampugnani y
Visconti, de Galeazzo Sforza, tirano de Milán. Hay quien anhela hasta
el patíbulo para cobrar fama, aunque sea infame; _avidus malae famae_,
que dijo Tácito.
Y este erostratismo, ¿qué es en el fondo, sino ansia de inmortalidad,
ya que no de sustancia y bulto, al menos de nombre y sombra?
Y hay en ello sus grados. El que desprecia el aplauso de la muchedumbre
de hoy, es que busca sobrevivir en renovadas minorías durante
generaciones. «La posteridad es una superposición de minorías», decía
Gounod. Quiere prolongarse en tiempo más que en espacio. Los ídolos de
las muchedumbres son pronto derribados por ellas mismas, y su estatua
se deshace al pie del pedestal sin que la mire nadie, mientras que
quienes ganan el corazón de los escogidos, recibirán más largo tiempo
fervoroso culto en una capilla siquiera, recogida y pequeña, pero que
salvará las avenidas del olvido. Sacrifica el artista la extensión de
su fama a su duración; ansía más durar por siempre en un rinconcito, a
no brillar un segundo en el universo todo; quiere más ser átomo eterno
y consciente de sí mismo, que momentánea conciencia del universo todo;
sacrifica la infinitud a la eternidad.