No se me oculta tampoco que podrá decírseme que todo esto de que el

hombre crea el mundo sensible, y el amor el ideal, todo lo de las

células ciegas del oído y las sordas de la vista, lo de los parásitos

espirituales, etc., son metáforas. Así es, y no pretendo otra cosa sino

discurrir por metáforas. Y es que ese sentido social, hijo del amor,

padre del lenguaje y de la razón y del mundo ideal que de él surge, no

es en el fondo otra cosa que lo que llamamos fantasía o imaginación.

De la fantasía brota la razón. Y si se toma a aquélla como una facultad

que fragua caprichosamente imágenes, preguntaré qué es el capricho, y

en todo caso también los sentidos y la razón yerran.

Y hemos de ver que es esa facultad íntima social, la imaginación

que lo personaliza todo, la que, puesta al servicio del instinto de

perpetuación, nos revela la inmortalidad del alma y a Dios, siendo así

Dios un producto social.

Pero esto para más adelante.

Y ahora bien; ¿para qué se filosofa?, es decir, ¿para qué se investiga

los primeros principios y los fines últimos de las cosas? ¿Para qué se

busca la verdad desinteresada? Porque aquello de que todos los hombres

tienden por naturaleza a conocer, está bien; pero, ¿para qué?

Buscan los filósofos un punto de partida teórico o ideal a su trabajo

humano, el de filosofar; pero suelen descuidar buscarle el punto de

partida práctico y real, el propósito. ¿Cuál es el propósito al hacer

filosofía, al pensarla y exponerla luego a los semejantes? ¿Qué busca

en ello y con ello el filósofo? ¿La verdad por la verdad misma? ¿La

verdad para sujetar a ella nuestra conducta y determinar conforme a

ella nuestra actitud espiritual para con la vida y el universo?

La filosofía es un producto humano de cada filósofo, y cada filósofo

es un hombre de carne y hueso que se dirige a otros hombres de carne y

hueso como él. Y haga lo que quiera, filosofa, no con la razón sólo,

sino con la voluntad, con el sentimiento, con la carne y con los

huesos, con el alma toda y con todo el cuerpo. Filosofa el hombre.

Y no quiero emplear aquí el yo, diciendo que al filosofar filosofo yo y

no el hombre, para que no se confunda este yo concreto, circunscrito,

de carne y hueso, que sufre de mal de muelas y no encuentra soportable

la vida si la muerte es la aniquilación de la conciencia personal,

para que no se le confunda con ese otro yo de matute, el Yo con letra

mayúscula, el Yo teórico que introdujo en la filosofía Fichte, ni aun

con el Único, también teórico, de Max Stirner. Es mejor decir nosotros.

Pero nosotros los circunscritos en espacios.

¡Saber por saber! ¡La verdad por la verdad! Eso es inhumano. Y si

decimos que la filosofía teórica se endereza a la práctica, la verdad

al bien, la ciencia a la moral, diré: y el bien ¿para qué? ¿Es acaso

un fin en sí? Bueno no es sino lo que contribuye a la conservación,

perpetuación y enriquecimiento de la conciencia. El bien se endereza

al hombre, al mantenimiento y perfección de la sociedad humana, que

se compone de hombres. Y esto, ¿para qué? «Obra de modo que tu acción

pueda servir de norma a todos los hombres», nos dice Kant. Bien, ¿y

para qué? Hay que buscar un para qué.

En el punto de partida, en el verdadero punto de partida, el práctico,

no el teórico, de toda filosofía, hay un para qué. El filósofo filosofa

para algo más que para filosofar. _Primum vivere, deinde philosophari_,

dice el antiguo adagio latino, y como el filósofo, antes que filósofo

es hombre, necesita vivir para poder filosofar, y de hecho filosofa

para vivir. Y suele filosofar, o para resignarse a la vida, o para

buscarle alguna finalidad, o para divertirse y olvidar penas, o por

deporte y juego. Buen ejemplo de esto último, aquel terrible ironista

ateniense que fué Sócrates, y de quien nos cuenta Jenofonte, en sus

_Memorias_, que de tal modo le expuso a Teodota la cortesana las artes

de que debía valerse para atraer a su casa amantes, que le pidió ella

al filósofo que fuese su compañero de caza, συνθηρατής, su alcahuete,

en una palabra. Y es que, de hecho, en arte de alcahuetería, aunque sea

espiritual, suele no pocas veces convertirse la filosofía. Y otras en

opio para adormecer pesares.

Tomo al azar un libro de metafísica, el que encuentro más a mano,

_Time and Space. A metaphysical essay_, de Shadworth H. Hodgson; lo

abro, y en el párrafo quinto del primer capítulo de su parte primera,

leo: «La metafísica no es, propiamente hablando, una ciencia, sino

una filosofía; esto es, una ciencia cuyo fin está en sí misma, en la

gratificación y educación de los espíritus que la cultivan, no en

propósito alguno externo, tal como el de fundar un arte conducente

al bienestar de la vida». Examinemos esto. Y veremos primero que la

metafísica no es, hablando con propiedad --_properly speaking_--, una

ciencia, «esto es», _that is_, que es una ciencia cuyo fin, etcétera. Y

esta ciencia, que no es propiamente una ciencia, tiene su fin en sí, en

la gratificación y educación de los espíritus que la cultivan. ¿En qué,

pues, quedamos? ¿Tiene su fin en sí, o es su fin gratificar y educar a

los espíritus que la cultivan? ¡O lo uno o lo otro! Luego añade Hodgson

que el fin de la metafísica no es propósito alguno externo, como el

de fundar un arte conducente al bienestar de la vida. Pero es que la

gratificación del espíritu de aquel que cultiva la filosofía, ¿no es

parte del bienestar de su vida? Fíjese el lector en ese pasaje del

metafísico inglés, y dígame si no es un tejido de contradicciones.

Lo cual es inevitable, cuando se trate de fijar _humanamente_ eso

de una ciencia, de un conocer, cuyo fin esté en sí mismo, eso de un

conocer por el conocer mismo, de un alcanzar la verdad por la misma

verdad. La ciencia no existe sino en la conciencia personal, y gracias

a ella; la astronomía, las matemáticas, no tienen otra realidad que

la que como conocimiento tienen en las mentes de los que las aprenden

y cultivan. Y si un día ha de acabarse toda conciencia personal sobre

la tierra; si un día ha de volver a la nada, es decir, a la absoluta

inconsciencia de que brotara el espíritu humano, y no ha de haber

espíritu que se aproveche de toda nuestra ciencia acumulada, ¿para

qué ésta? Porque no se debe perder de vista que el problema de la

inmortalidad personal del alma implica el porvenir de la especie humana

toda.

Esa serie de contradicciones en que el inglés cae, al querer

explicarnos lo de una ciencia cuyo fin está en sí misma, es fácilmente

comprensible tratándose de un inglés que ante todo es hombre. Tal vez

un especialista alemán, un filósofo que haya hecho de la filosofía su

especialidad, y en ésta haya enterrado, matándola antes, su humanidad,

explicara mejor eso de la ciencia, cuyo fin está en sí mismo, y lo del

conocer por conocer.

Tomad al hombre Spinoza, a aquel judío portugués desterrado en Holanda;

leed su _Ética_, como lo que es, como un desesperado poema elegíaco,

y decidme si no se oye allí, por debajo de las escuetas, y al parecer

serenas proposiciones expuestas _more geometrico_, el eco lúgubre de

los salmos proféticos. Aquella no es la filosofía de la resignación,

sino la de la desesperación. Y cuando escribía lo de que el hombre

libre en todo piensa menos en la muerte, y es su sabiduría meditación

no de la muerte, sino de la vida misma --_homo liber de nulla re

minus quam de morte cogitat et eius sapientiam non mortis, sed vitae

meditatio est_. (_Ethice_, pars IV, prop. LXVII)--, cuando escribía,

sentíase, como nos sentimos todos, esclavos, y pensaba en la muerte, y

para libertarse, aunque en vano, de este pensamiento lo escribía. Ni al

escribir la proposición XLII de la parte V de que «la felicidad no es

premio de la virtud, sino la virtud misma», sentía, de seguro, lo que

escribía. Pues para eso suelen filosofar los hombres, para convencerse

a sí mismos, sin lograrlo. Y este querer convencerse, es decir, este

querer violentar la propia Naturaleza humana, suele ser el verdadero

punto de partida íntimo de no pocas filosofías.

¿De dónde vengo yo y de dónde viene el mundo en que vivo y del

cual vivo? ¿Adónde voy y adónde va cuanto me rodea? ¿Qué significa

esto? Tales son las preguntas del hombre, así que se liberta de la

embrutecedora necesidad de tener que sustentarse materialmente. Y

si miramos bien, veremos que debajo de esas preguntas no hay tanto

el deseo de conocer un por qué como el de conocer el para qué; no

de la causa, sino de la finalidad. Conocida es la definición que de

la filosofía daba Cicerón llamándola «ciencia de lo divino y de lo

humano, y de las causas en que ellos se contienen», _rerum divinarum et

humanarum, causarumque quibus hae res continentur_; pero en realidad,

esas causas son, para nosotros, fines. Y la Causa Suprema, Dios, ¿qué

es sino el Supremo Fin? Sólo nos interesa el por qué en vista del para

qué; sólo queremos saber de dónde venimos, para mejor poder averiguar

adónde vamos.

Esa definición ciceroniana, que es la estoica, se halla también en

aquel formidable intelectualista que fué Clemente de Alejandría, por la

Iglesia Católica canonizado, el cual la expone en el cap. V del primero

de sus _Stromata_. Pero este mismo filósofo cristiano --¿cristiano?--

en el cap. XXII de su cuarto _stroma_, nos dice que debe bastarle al

gnóstico, es decir, al intelectual, el conocimiento, la gnosis, y

añade: «y me atrevería a decir que no por querer salvarse escogerá el

conocimiento el que lo siga por la divina ciencia misma; el conocer

tiende, mediante el ejercicio, al siempre conocer; pero el conocer

siempre, hecho esencia del conociente por continua mezcla y hecho

contemplación eterna queda sustancia viva; y si alguien por su posición

propusiese al intelectual qué prefería, o el conocimiento de Dios o la

salvación eterna, y se pudieran dar estas cosas separadas, siendo, como

son, más bien una sola, sin vacilar escogería el conocimiento de Dios.»

¡Que Él, que Dios mismo, a quien anhelamos gozar y poseer eternamente,

nos libre de este gnosticismo o intelectualismo clementino!

¿Por qué quiero saber de dónde vengo y adónde voy, de dónde viene y

adónde va lo que me rodea, y qué significa todo esto? Porque no quiero

morirme del todo, y quiero saber si he de morirme o no definitivamente.

Y si no muero, ¿qué será de mí?; y si muero, ya nada tiene sentido. Y

hay tres soluciones: _a_) o sé que me muero del todo, y entonces la

desesperación irremediable, o _b_) sé que no muero del todo, y entonces

la resignación, o _c_) no puedo saber ni una ni otra cosa, y entonces

la resignación en la desesperación o ésta en aquélla, una resignación

desesperada, o una desesperación resignada, y la lucha.

«Lo mejor es --dirá algún lector-- dejarse de lo que no se puede

conocer.» ¿Es ello posible? En su hermosísimo poema «El sabio antiguo»

(_The ancient sage_) decía Tennyson: «No puedes probar lo inefable

(_The Nameless_), ¡oh hijo mío, ni puedes probar el mundo en que te

mueves; no puedes probar que eres cuerpo sólo, ni puedes probar que

eres sólo espíritu, ni que eres ambos en uno; no puedes probar que eres

inmortal, ni tampoco que eres mortal; sí, hijo mío, no puedes probar

que yo, que contigo hablo, no eres tú que hablas contigo mismo, porque

nada digno de probarse puede ser probado ni des-probado, por lo cual sé

prudente, agárrate siempre a la parte más soleada de la duda y trepa a

la Fe allende las formas de la Fe!» Sí, acaso, como dice el sabio, nada

digno de probarse puede ser probado ni des-probado,

_for nothing worthy proving can be proven,_

_nor yet disproven;_

pero ¿podemos contener a ese instinto que lleva al hombre a querer

conocer y sobre todo a querer conocer aquello que a vivir, y a vivir

siempre, conduzca? A vivir siempre, no a conocer siempre como el

gnóstico alejandrino. Porque vivir es una cosa y conocer otra, y como

veremos, acaso hay entre ellas una tal oposición que podamos decir

que todo lo vital es antirracional, no ya sólo irracional, y todo lo

racional, antivital. Y esta es la base del sentimiento trágico de la

vida.

Lo malo del discurso del método de Descartes no es la duda previa

metódica; no es que empezara queriendo dudar de todo, lo cual no es más

que un mero artificio; es que quiso empezar prescindiendo de sí mismo,

de Descartes, del hombre real, de carne y hueso, del que no quiere

morirse, para ser un mero pensador, esto es, una abstracción. Pero el

hombre real volvió y se le metió en la filosofía.

«_Le bon sens est la chose du monde la mieux partagée._» Así comienza

el _Discurso del Método_, y ese buen sentido le salvó. Y sigue

hablando de sí mismo, del hombre Descartes, diciéndonos, entre otras

cosas, que estimaba mucho la elocuencia y estaba enamorado de la

poesía; que se complacía sobre todo en las matemáticas, a causa de la

certeza y evidencia de sus razones, y que veneraba nuestra teología, y

pretendía, tanto como cualquier otro, ganar el cielo, _et prétendais

autant qu’aucun autre à gagner le ciel_. Y esta pretensión, por lo

demás creo que muy laudable, y sobre todo muy natural, fué la que le

impidió sacar todas las consecuencias de la duda metódica. El hombre

Descartes pretendía, tanto como otro cualquiera, ganar el cielo; «pero

habiendo sabido, como cosa muy segura, que no está su camino menos

abierto a los más ignorantes que a los más doctos, y que las verdades

reveladas que a él llevan están por encima de nuestra inteligencia, no

me hubiera atrevido a someterlas a la flaqueza de mis razonamientos,

y pensé que para emprender el examinarlos y lograrlo era menester

tener alguna extraordinaria asistencia del cielo y ser más que hombre».

Y aquí está el hombre. Aquí está el hombre que no se sentía, a Dios

gracias, en condición que le obligase a hacer de la ciencia un oficio

--_métier_-- para alivio de su fortuna, y que no se hacía una profesión

de despreciar, en cínico, la gloria. Y luego nos cuenta cómo tuvo que

detenerse en Alemania, y encerrado en una estufa, _poêle_, empezó a

filosofar su método. En Alemania, ¡pero encerrado en una estufa! Y así

es, un discurso de estufa, y de estufa alemana, aunque el filósofo en

ella encerrado haya sido un francés que se proponía ganar el cielo.

Y llega al _cogito ergo sum_, que ya San Agustín preludiara; pero el

ego implícito en este entimema, _ego cogito, ergo ego sum_, es un

_ego_, un yo irreal o sea ideal, y su _sum_, su existencia, algo irreal

también. «Pienso, luego soy», no puede querer decir sino «pienso, luego

soy pensante»; ese ser del soy, que se deriva de pienso no es más que

un conocer; ese ser es conocimiento, mas no vida. Y lo primitivo no es

que pienso, sino que vivo, porque también viven los que no piensan.

Aunque ese vivir no sea un vivir verdadero. ¡Qué de contradicciones,

Dios mío, cuando queremos casar la vida y la razón!

La verdad es _sum, ergo cogito_, soy, luego pienso, aunque no todo lo

que es, piense. La conciencia de pensar, ¿no será ante todo conciencia

de ser? ¿Será posible acaso un pensamiento puro, sin conciencia de

sí, sin personalidad? ¿Cabe acaso conocimiento puro, sin sentimiento,

sin esta especie de materialidad que el sentimiento le presta? ¿No

se siente acaso el pensamiento, y se siente uno a sí mismo a la vez

que se conoce y se quiere? ¿No pudo decir el hombre de la estufa:

«siento, luego soy»; o «quiero, luego soy»? Y sentirse, ¿no es acaso

sentirse imperecedero? Quererse, ¿no es quererse eterno, es decir,

no querer morirse? Lo que el triste judío de Ámsterdam llamaba la

esencia de la cosa, el conato que pone en perseverar indefinidamente

en su ser, el amor propio, el ansia de inmortalidad, ¿no será acaso

la condición primera y fundamental de todo conocimiento reflexivo o

humano? ¿Y no será, por lo tanto, la verdadera base, el verdadero punto

de partida de toda filosofía, aunque los filósofos, pervertidos por el

intelectualismo, no lo reconozcan?

Y fué además el _cogito_ el que introdujo una distinción que,

aunque fecunda en verdades, lo ha sido también en confusiones, y es

la distinción entre objeto, _cogito_, y sujeto, _sum_. Apenas hay

distinción que no sirva también para confundir. Pero a esto volveremos.

Quedémonos ahora en esta vehemente sospecha de que el ansia de no

morir, el hambre de inmortalidad personal, el conato con que tendemos

a persistir indefinidamente en nuestro ser propio y que es, según

el trágico judío, nuestra misma esencia, eso es la base afectiva de

todo conocer y el íntimo punto de partida personal de toda filosofía

humana, fraguada por un hombre y para hombres. Y veremos cómo la

solución a ese íntimo problema afectivo, solución que puede ser la

renuncia desesperada de solucionarlo, es la que tiñe todo el resto de

la filosofía. Hasta debajo del llamado problema del conocimiento no hay

sino el afecto ese humano, como debajo de la inquisición del por qué de

la causa no hay sino la rebusca del para qué, de la finalidad. Todo lo

demás es o engañarse o querer engañar a los demás. Y querer engañar a

los demás para engañarse a sí mismo.

Y ese punto de partida personal y afectivo de toda filosofía y de toda

religión es el sentimiento trágico de la vida. Vamos a verlo.

III

EL HAMBRE DE INMORTALIDAD

Parémonos en esto del inmortal anhelo de inmortalidad, aunque los

gnósticos o intelectuales puedan decir que es retórica lo que sigue y

no filosofía. También el divino Platón, al disertar en su _Fedón_ sobre

la inmortalidad del alma, dijo que conviene hacer sobre ella leyendas,

μυθολογεῖν.

Recordemos ante todo una vez más, y no será la última, aquello de

Spinoza de que cada ser se esfuerza por perseverar en él, y que este

esfuerzo es su esencia misma actual, e implica tiempo indefinido, y

que el ánimo, en fin, ya en sus ideas distintas y claras, ya en las

confusas, tiende a perseverar en su ser con duración indefinida y es

sabedor de este su empeño. (_Ethice_, part. III, propositiones VI-IX.)

Imposible nos es, en efecto, concebirnos como no existentes, sin que

haya esfuerzo alguno que baste a que la conciencia se dé cuenta de la

absoluta inconsciencia, de su propio anonadamiento. Intenta, lector,

imaginarte en plena vela cuál sea el estado de tu alma en el profundo

sueño; trata de llenar tu conciencia con la representación de la no

conciencia, y lo verás. Causa congojosísimo vértigo el empeñarse en

comprenderlo. No podemos concebirnos como no existiendo.

El universo visible, el que es hijo del instinto de conservación, me

viene estrecho, esme como una jaula que me resulta chica, y contra

cuyos barrotes da en sus revuelos mi alma; fáltame en él aire que

respirar. Más, más y cada vez más; quiero ser yo, y sin dejar de serlo,

ser además los otros, adentrarme a la totalidad de las cosas visibles

e invisibles, extenderme a lo ilimitado del espacio y prolongarme a lo

inacabable del tiempo. De no serlo todo y por siempre, es como si no

fuera, y por lo menos ser todo yo, y serlo para siempre jamás. Y ser

todo yo, es ser todos los demás. ¡O todo o nada!

¡O todo o nada! ¡Y qué otro sentido puede tener el «ser o no ser»! _To

be or no to be_ shakesperiano, el de aquel mismo poeta que hizo decir

de Marcio en su _Coroliano_ (V, 4) que sólo necesitaba la eternidad

para ser dios: _he wants nothing of a god but eternity_? ¡Eternidad,

eternidad! Este es el anhelo; la sed de eternidad es lo que se llama

amor entre los hombres, y quien a otro ama es que quiere eternizarse en

él. Lo que no es eterno tampoco es real.

Gritos de las entrañas del alma ha arrancado a los poetas de los

tiempos todos esta tremenda visión del fluir de las olas de la vida,

desde el «sueño de una sombra», σκιᾶς ὄναρ, de Píndaro, hasta el «la

vida es sueño», de Calderón y el «estamos hechos de la madera de los

sueños», de Shakespeare, sentencia esta última aún más trágica que

la del castellano, pues mientras en aquella sólo se declara sueño a

nuestra vida, mas no a nosotros los soñadores de ella, el inglés nos

hace también a nosotros sueño, sueño que sueña.

La vanidad del mundo y el cómo pasa, y el amor son las dos notas

radicales y entrañadas de la verdadera poesía. Y son dos notas que no

puede sonar la una sin que la otra a la vez resuene. El sentimiento de

la vanidad del mundo pasajero nos mete el amor, único en que se vence

lo vano y transitorio, único que rellena y eterniza la vida. Al parecer

al menos, que en realidad..... Y el amor, sobre todo cuando lucha

contra el destino, súmenos en el sentimiento de la vanidad de este

mundo de apariencias, y nos abre el vislumbre de otro en que, vencido

el destino, sea ley la libertad.

¡Todo pasa! Tal es el estribillo de los que han bebido de la fuente de

la vida, boca al chorro, de los que han gustado del fruto del árbol de

la ciencia del bien y del mal.

¡Ser, ser siempre, ser sin término!, ¡sed de ser, sed de ser más!,

¡hambre de Dios!, ¡sed de amor eternizante y eterno!, ¡ser siempre!,

¡ser Dios!

«¡Seréis como dioses!» cuenta el Génesis (III, 5) que dijo la serpiente

a la primera pareja de enamorados. «Si en esta vida tan sólo hemos de

esperar en Cristo, somos los más lastimosos de los hombres», escribía

el Apóstol (I Cor., XV, 19), y toda religión arranca históricamente del

culto a los muertos, es decir, a la inmortalidad.

Escribía el trágico judío portugués de Ámsterdam que el hombre libre en

nada piensa menos que en la muerte; pero ese hombre libre es un hombre

muerto, libre del resorte de la vida, falto de amor, esclavo de su

libertad. Ese pensamiento de que me tengo que morir y el enigma de lo

que habrá después, es el latir mismo de mi conciencia. Contemplando el

sereno campo verde o contemplando unos ojos claros, a que se asome un

alma hermana de la mía, se me hinche la conciencia, siento la diástole

del alma y me empapo en vida ambiente, y creo en mi porvenir; pero al

punto la voz del misterio me susurra ¡dejarás de ser!, me roza con el

ala el Ángel de la muerte, y la sístole del alma me inunda las entrañas

espirituales en sangre de divinidad.

Como Pascal, no comprendo al que asegura no dársele un ardite de este

asunto, y ese abandono en cosa «en que se trata de ellos mismos, de su

eternidad, de su todo, me irrita más que me enternece, me asombra y me

espanta», y el que así siente «es para mí», como para Pascal, cuyas son

las palabras señaladas, «un monstruo».

Mil veces y en mil tonos se ha dicho cómo es el culto a los muertos

antepasados lo que enceta, por lo común, las religiones primitivas,

y cabe en rigor decir que lo que más al hombre destaca de los demás

animales es lo de que guarde, de una manera o de otra, sus muertos

sin entregarlos al descuido de su madre la tierra todoparidora; es un

animal guarda-muertos. ¿Y de qué los guarda así? ¿De qué los ampara el

pobre? La pobre conciencia huye de su propia aniquilación, y así que un

espíritu animal desplacentándose del mundo, se ve frente a éste, y como

distinto de él se conoce, ha de querer tener otra vida que no la del

mundo mismo. Y así la tierra correría riesgo de convertirse en un vasto

cementerio, antes de que los muertos mismos se remueran.

Cuando no se hacía para los vivos más que chozas de tierra o cabañas

de paja que la intemperie ha destruído, elevábase túmulos para los

muertos, y antes se empleó la piedra para las sepulturas que no para

las habitaciones. Han vencido a los siglos por su fortaleza las casas

de los muertos, no las de los vivos; no las moradas de paso, sino las

de queda.

Este culto, no a la muerte, sino a la inmortalidad, inicia y conserva

las religiones. En el delirio de la destrucción, Robespierre hace

declarar a la Convención la existencia del Ser Supremo y «el principio

consolador de la inmortalidad del alma», y es que el Incorruptible se

aterraba ante la idea de tener que corromperse un día.

¿Enfermedad? Tal vez, pero quien no se cuida de la enfermedad,

descuida la salud, y el hombre es un animal esencial y sustancialmente

enfermo. ¿Enfermedad? Tal vez lo sea como la vida misma a que va presa,

y la única salud posible la muerte; pero esa enfermedad es el manantial

de toda salud poderosa. De lo hondo de esa congoja, del abismo del

sentimiento de nuestra mortalidad, se sale a la luz de otro cielo como

de lo hondo del infierno salió el Dante a volver a ver las estrellas,

_e quindi uscimmo a riveder le stelle_.

Aunque al pronto nos sea congojosa esta meditación de nuestra

mortalidad, nos es al cabo corroboradora. Recógete, lector, en ti

mismo, y figúrate un lento deshacerte de ti mismo, en que la luz se te

apague, se te enmudezcan las cosas y no te den sonido, envolviéndote en

silencio, se te derritan de entre las manos los objetos asideros, se

te escurra de bajo los pies el piso, se te desvanezcan como en desmayo

los recuerdos, se te vaya disipando todo en nada, y disipándote también

tú, y ni aun la conciencia de la nada te quede siquiera como fantástico

agarradero de una sombra.

He oído contar de un pobre segador muerto en cama de hospital, que al

ir el cura a ungirle en extremaunción las manos se resistía a abrir

la diestra con que apuñaba unas sucias monedas, sin percatarse de que

muy pronto no sería ya suya su mano ni él de sí mismo. Y así cerramos

y apuñamos, no ya la mano, sino el corazón, queriendo apuñar en él al

mundo.

Del sentimiento trágico de la vida · 第 2 / 23 段