Ridículos, los escritos de de la Espada, buenos para un diario de
provincia, pero trasnochados en Buenos Aires. Le indiqué otros asuntos
para que me buscara datos y me extractara libros, y se desempeñó con
un celo tal, que poco á poco fué convirtiéndose en mi secretario. Un
secretario modelo, ya sin ambición, pronto á ejecutar cuanto yo le
mandaba sin hacer objeciones ni permitirse el atrevimiento de pensar.
--He aquí un hombre--me dije más de una vez--que obedece como yo á las
circunstancias. ¿Por qué á mí me va tan bien y á él tan mal?
Y concluí que ocupábamos nuestras posiciones respectivas, bien
equilibradas en la relatividad de las cosas.
Me sirvió mucho, poniendo sobre todo en orden mi correspondencia
harto descuidada, y dándome algunos de esos consejos que uno no
adopta, pero que siempre sirven de punto de referencia para saber
cómo piensan los demás. Es una calumnia la afirmación de que él
ha hecho casi la totalidad de mis trabajos de diez años á esta
parte; pero, en cambio, es verdad que me ayudó mucho siempre, y que
entre los pocos escritos míos en que no tomó participación figuran
precisamente éstas á modo de Memorias caprichosas. En cuanto á sus
consejos, dos tengo que agradecerle infinito, porque--aunque no los
siguiera exactamente--contribuyeron á resolver dos graves situaciones
de mi vida, los dos últimos episodios que por ahora he de contar, y
rápidamente, porque ya la pluma se me cae de las manos.
Vázquez y yo deseábamos la misma cosa desde hacía mucho, pero uno
y otro tropezábamos con la misma dificultad: la mala voluntad del
Gobierno, disfrazada bajo una enorme cantidad de pretextos plausibles,
como, por ejemplo, la de que no éramos diplomáticos de carrera, y no
cabía en lo posible postergar á los viejos ministros para darnos un
puesto superior (á él ó á mí), como si esto no se hubiera hecho toda la
vida y no fuera á seguir haciéndose por los siglos de los siglos.
Pedro tenía dos elementos en su favor y en su contra al propio tiempo:
era empeñoso y necesitaba de ese puesto para salvarse de la miseria. Yo
soy tenaz, también, aunque tengo, ahora, en la madurez, la virtud de no
demostrarlo, pero, en cambio, no necesito realmente de nada. Cualquier
cosa que ambicione para mi brillo personal, puedo pedirla «para servir
al país», y aceptarla luego en condiciones inaceptables para los
demás, con la simple diferencia de que luego le he de sacar ventajas
inesperadas, como tantos que reciben «gratificaciones» por trabajos
completamente desinteresados, al parecer, en un principio...
Pero esta vez mis cálculos salieron errados ó poco menos. Las
probabilidades de Vázquez subieron un día á términos tales que su
nombramiento era inminente.
Por indiscreción, lamenté esto delante de de la Espada, que, mirándome
de hito en hito, murmuró:
--Yo lo mataría con cuchillo de palo.
--¿Dónde está ese cuchillo?
--¡En lo que debe!
--¡Bah!
--¡Un momento, un momento!--replicó.--¿Cuánto daría usted por anularlo?
--¡Diez, veínte, cincuenta mil pesos!--exclamé.--¡Es un punto de
partida tan hermoso!...
--No se necesita tanto.
--¿Cómo así?
--Radnitz tiene, desde hace mucho, letras protestadas de Vázquez, por
un valor de veinte ó veinticinco mil pesos, que no ejecuta, confiando
en su porvenir inmediato. En cuanto vea un negocio lo hace saltar.
--¿Qué hombre es ese Radnitz?
--Tiene un banquito y hace comercio de obras de arte. En el banquito
presta liberalmente al uno por ciento mensual, que resulta el cinco ó
el diez, porque hay que comprar acciones...
--Estás muy enterado.
--Te diré. Cuando vine á Buenos Aires todavía tenía relaciones y cierto
aspecto. Necesitando dinero, me presentaron á Radnitz que me prestó
quinientos pesos, obligándome á tomar dos acciones de cien pesos de su
banco, y á firmar una letra de setecientos.
--¿Sin garantía?
--¡¡Casi!! Al mismo tiempo, como fianza, me constituí depositario de
mis propios muebles, valuados en setecientos pesos.
--¿Los tenías?
--No. Era para renovar la cárcel por deudas. Si no pagaba los
setecientos pesos, yo resultaría «depositario infiel» é iría á la
cárcel por abuso de confianza...
--¿De modo que se puede contar con él?
--En absoluto. Dame cinco mil pesos y arreglo el negocio.
--No. ¡Eso me parece bajo!--exclamé.
Pero aquella misma tarde encontré á Radnitz en una de sus exposiciones
de pinturas y le dije que «había Bancos, etc.», que bastaría una
denuncia para que este sistema usurario se viniera abajo. Luego hablé
de los cuadros, que él exponía, después de haberlos comprado en Europa
con ayuda de su mujer, diciendo que el Gobierno debería comprar dos
ó tres. Y al despedirnos lamenté que Vázquez no fuera á ser nombrado
ministro, «porque hay alguien en el Gobierno que se opone con todas sus
fuerzas, y que aprovechará--con mucha razón,--cualquier pretexto para
desmonetizarlo.»
Radnitz no dijo palabra, pero me estrechó la mano significativamente.
Al otro día le vi en los pasillos de la Cámara, muy correcto, muy
elegante. Después de algunas maniobras, se me acercó.
--He venido á ver á... Es muy amigo del ministro de Instrucción y
deseaba saber si comprarán dos cuadros de la Exposición de la calle de
Florida para el Gobierno. Me han dicho que se interesaba mucho, y como
yo también los deseo, no quiero ponerme en pugna con tal competidor
como el Gobierno...
--Y no lo haga, Radnitz, porque estoy convencido de que los comprarán.
Me lo han dicho hace un momento. Lo único que usted conseguiría es
hacer que los cuadros suban demasiado, si se venden en remate. En fin,
allá usted...
Hizo como que se iba, y agregó, en tono confidencial:
--He estado en la Bolsa. Lo del banquero y las garantías me parece
una exageración. Ó será uno de esos pequeños prestamistas de tres al
cuarto...
--¡Sin duda!...
--¡Á propósito! ¿Sabe el escándalo? Á Pedro Vázquez acaban de
demandarle ante el juez del crimen por depositario infiel y abuso de
confianza. Parece que, en circunstancias difíciles, ha hecho cosas
que... que no estaban bien...
No hice que le compraran los cuadros y de ello me felicito, porque es
un hombre infecto. Creo, también, que el cuento del Banco bastaba y
sobraba. Además, se le pagarían sus créditos.
Llegué tarde á casa á la hora de comer. Cuando tomaba el café, con
Eulalia, en el hall, antes de irme al Club, me anunciaron á Vázquez.
--Vienes á tiempo de tomar una taza de café, pero tengo que salir en
seguida--le dije rehuyendo toda explicación delante de mi mujer.
Pero Pedro estaba demasiado agitado para callarse.
--¿Tienes dinero disponible?--me dijo, tomando el café á grandes
sorbos.--Me encuentro en una circunstancia embarazosa.
--Algún dinero tengo. ¿Cuánto necesitas?
--Veinte mil pesos.
Di un salto en la silla. Después me tranquilicé.
--Tanto no--dije.--Apenas ochocientos ó mil. Pero, dentro de ocho días
ó quince...
--Ahora mismo.
--Es una fatalidad.
--Recuerda que yo no te hice objeciones, y que tú me prometiste, cuando
te presté igual suma...
--Que todavía no te he pagado. ¿Me lo echas en cara? ¡No! siempre están
á tu disposición. Sólo que en este momento...
Eulalia se levantó y nos dejó solos.
--¿De veras? ¿No podrías conseguir?... Se trata de un asunto de honor
más grave que el tuyo, una deuda descuidada, que unos viles usureros
hacen revivir ahora. Lo peor es que lo han llevado á los Tribunales,
para echarme la cuerda al cuello, y que si la cosa trasciende no me
nombrarán ministro en Europa... ¡Si hubieran tardado quince días! ¡Es
una maldición!
--Veré á mis amigos en el Club.
--¡Sí, Mauricio! es tremendo lo que me pasa. Alguien ha ido á tratar de
impedir que salga la noticia en los diarios, pero si esta situación se
prolonga, estoy reventado para toda la siega...
Salimos juntos.
--Es fácil. Voy á buscar el dinero.
--¿Te veré esta noche? ¿Dónde?
--Á las dos, en el Círculo. Ó, mejor, mañana, temprano, en casa...
Veinte mil... No te aflijas... No es una montaña.
Se fué consolado y no me acordé de él hasta la hora de levantarme, á la
una del día siguiente. Eulalia me aguardaba en el comedor.
--Vázquez ha venido ya tres veces--me dijo.
--Como si no hubiera venido.
--¿Por qué?
--Porque no he podido conseguirle el dinero.
--Pero yo sí.
--¿Cómo? ¿Los veinte mil?
--Aquí están. Papá me los ha prestado.
--Es decir que has ido...
--¡Te veía tan perplejo!...
--¡Oh, admirable inocencia! Le di un beso en la frente, guardé los
veinte billetes de mil, y ordené que hicieran pasar á Vázquez á mi
despacho, en cuanto volviera á presentarse.
Entró.
--¿Has conseguido?
--Sí, y no.
--¿Cómo?
--Dentro de dos días los tendrás. Imposible andar más ligero ni aun
tratándose de Bancos. Ven á verme el jueves; no; el miércoles por la
tarde: haré que las cosas anden lo más rápidamente posible.
--Si no los tengo hoy, pueden perderme... Es un asunto de honor. Si
llego á los tribunales ó á la prensa, aunque mi nombre quede á salvo,
mi porvenir se va al demonio...
--Tranquilízate. En nuestra tierra no se hila tan delgado. Muchos han
salido triunfantes de situaciones más difíciles y escabrosas.
--¡Ah, Mauricio! ¡Quiera Dios! ¡En fin! de todos mis amigos y de todos
los que me deben servicios, tú eres el único á quien no he acudido en
vano...
Ya en el hall, y cuando comenzaba á bajar la escalera, le dije:
--Pues, para abreviar tu espectativa, yo mismo iré á buscarte el
miércoles, llevándote eso...
--¿Seguro?
--¡Y tan seguro!
De la Espada se puso al corriente de todo esto. Creo que corrió á los
diarios que malquerían á Vázquez. El hecho es que, veladamente, algunos
dieron aquella misma tarde la noticia de un grave escándalo en que
estaba implicado un candidato á ministro plenipotenciario, añadiendo
datos inequívocos de que se trataba de Vázquez. Sentí un movimiento
de temor, de repugnancia ó de arrepentimiento, recordando uno ó dos
dramas á que asistiera en mi vida y que provocaron el suicidio de
algunos ilusos, pero me tranquilicé inmediatamente, porque no había
hecho más que favorecer la lógica de los hechos, separando de ellos la
parte romántica y, por lo tanto, enfermiza. ¿Quién llamaba á Eulalia?
Yo no tenía el dinero... ¿Por qué imponerme que cambiara el rumbo de
las circunstancias? Y además, yo estaba resuelto á pagar, y el honor
de Vázquez siempre quedaba á salvo. El honor sí; pero, ¿y el puesto?
¡Vamos! ¡como si el puesto no me correspondiera!
El Presidente era meticuloso y bastó aquel boceto de escándalo para que
hiciera encarpetar la credencial de Vázquez, mezclado á un mal asunto
de crédito de la época todavía execrada y no bastante maldecida.
El miércoles me presenté en casa de Vázquez y le di los veinte mil
pesos.
--¡Aun con esto estoy arruinado!--sollozó.
--No creas. Ve á ver á mi suegro. Yo he hablado con él. Rozsahegy está
seguro de recoger esas malhadadas letras con cinco ó diez mil pesos
cuando más. Es un «chantage». No tengas escrúpulos.
--No lo haré. Me importa poco. Me voy al campo á trabajar. Es lo que me
aconseja María.
¡María! Sentí de pronto el áspero deseo de verla, de hablar con ella, y
prolongué la conversación con la esperanza de conseguirlo.
--Irse al campo es inútil sin capital, sin una estancia. ¿Qué harás?
--Poco me importa.
--Un hombre de tu mérito...
--Mi mérito es nulo.
--¿Por qué?
--Porque no puedo amoldarme á las circunstancias, ni servir á nadie,
ni ser mi propio instrumento. Me sueño pintor, escultor, herrero,
ebanista, y, en último caso, labrador ó pastor. ¡Ah, Mauricio, si todo
el mundo fuera como tú!...
¿Es amargo esto? No. La vida es la amarga. Uno tiene que ir abriéndose
camino á costa de los otros por la fuerza, por la astucia ó por ambas
cosas á la vez.
Pero María me preocupaba tanto en aquel momento, que acabé por
preguntar:
--¿Y tu señora?
--Está indispuesta. Desde que se inició este drama en que tú vienes
á ser mi salvador, duda de todo el mundo, y ¡lo que son las mujeres!
ésta, tan inteligente, tan aguda, tan fina, no quiere rendirse á la
evidencia, y hasta sospecha de...
Se detuvo, como no queriendo decir la enormidad que adiviné, y que
descubrí preguntando afirmativamente:
--¿De mí, eh?
Y sin esperar la respuesta, le tendí la mano, efusivo y conmovido,
murmurando:
--¡Qué le haremos! ¡No hay dicha ni desgracia completas en este mundo!