XIII

Vázquez, como muchos otros, quedó completamente arruinado, y ahora me

consta que no pudo pagar á todos sus acreedores, sino algún tiempo más

tarde, y eso, gracias á mí, después de haber sufrido las consecuencias

de su imprevisión ó de no tener un suegro como el mío, sino, apenas,

como el ingenuo don Evaristo Blanco, hidalgo provincial, incapaz de

negocios.

Fué á verme, y recordándome el viejo préstamo, me preguntó cómo andaba

de dinero.

--Mal--le dije.--Con estas cosas, los pesos andan á caballo. Tenemos

apenas lo estrictamente necesario. Hay que capear el temporal.

--Naturalmente--replicó, pensativo.--Por disminuir una desgracia no hay

que hacer mayores dos desgracias. Á mí eso no me empeora...

Y se fué.

En aquel momento, yo no tenía veinte mil pesos disponibles, sino

pidiéndoselos á Rozsahegy; y no era cosa de abusar de mi suegro, que se

había portado tan admirablemente conmigo, sobre todo cuando sólo á él

podía acudir para mis pequeñas necesidades de juego y otras análogas.

No era Vázquez una querida por quien pudiera yo hacer un disparate, ni

Vázquez tenía, tampoco, exigencias que me pusieran fuera de mí. Por el

contrario, habló tranquilamente y se fué, y aquí no ha pasado nada.

Entretanto, la situación política era la misma, ó mejor para mí. Todo

el mundo se había reconciliado, y los mismos hombres gobernábamos, con

sordina, pero gobernábamos. Mi actitud antes, durante y después de la

revolución se consideraba, no un milagro de equilibrio, como lo era

realmente, sino una prueba irrefutable de mis altas dotes de estadista.

En antesalas de la Cámara, en la Casa Rosada, en las redacciones de

los diarios, comenzó á hablarse en broma de mis probabilidades de ser

ministro á la primera vacante. Tomélo á broma, me hice tan modesto,

tan pequeño, que las burlas fueron poco á poco perdiendo de acritud y

displicencia y llegaron á hacer ver como posible una cosa á la que,

desde luego, estaba acostumbrado ya el oído de la mayoría.

Mi carrera empezaba, ó mejor dicho, estaba terminada.

Se habló una vez, en serio, de «ministrarme», y hubo quien fuera á

proponérmelo. Era años más tarde de los sucesos que acabo de narrar,

seguía yo, por fuerza de inercia, siendo diputado de mi provincia, pero

la situación me pareció harto ambigua, con un Presidente honestísimo,

pero inseguro y burgués, y no me resolví á apuntalarlo, y á hacer

un pasaje de ave migradora por el Ministerio. Resentidos aún por

la crisis financiera, los negocios no habían tomado empuje, y yo,

muy rico, no era rico todavía, aunque viviera como tal, y no me era

permitido meterme en las honduras de ministro sin repetición, es decir,

de ministro de dos meses, muerto para siempre como futuro ministro.

Rechacé la oferta, diciendo que mejor servía al Gobierno desde abajo

que desde arriba.

Lo que me sonreía era una legación, y volví á este viejo sueño,

diciéndome: «en Europa, no en América, como antes». Pero el competidor

nato salió otra vez á mi encuentro. Vázquez pretendía, precisamente, la

única legación de alguna importancia á que entonces se podía aspirar.

Vázquez ha sido siempre mi bestia negra, pero no le envidio ninguno

de sus triunfos, aunque me alegre de alguna de sus derrotas... sin

quererlo mal, por eso.

--Un ministerio nacional... Pues una legación es todavía más fácil

de conseguir. Todo es cosa de saber aprovechar la circunstancia para

pedirla. ¡Y la aprovecharé, como hay Dios!

Acababa de pensar esto, cuando me anunciaron una visita, pasándome un

pedazo de cartón, ajado y sucio:

MIGUEL DE LA ESPADA

PERIODISTA

Lo hice entrar, y desde la puerta me dijo:

--No viene á verte de la Espada, sino del Sable. Hace dos meses que

estoy muriéndome de hambre en la capital, y he venido á verte cincuenta

veces, por lo menos. ¡Así está mi última tarjeta, Mauricio!

Y viendo que su entrada en materia no me hacía maldita la gracia,

cambió inmediatamente de tono, y añadió:

--Los años pasan trayendo para unos felicidades, para otros desdichas.

Yo no he sabido conducirme, y ahora, que envejezco, me encuentro más

abajo que el betún, precisamente, por falta de conducta. No acuso

á nadie de ingratitud, sino á mí mismo de insensatez. He servido á

muchos, pero por la dádiva, como las mujerzuelas que no recuerdan

después á quiénes quisieron... Hoy me hallo en la derrota, porque, como

dijo tan amargamente mi paisano Calderón en circunstancias no menos

trágicas «el traidor no es menester, siendo la traición pasada».

Su cara me decía su historia de decepciones, pobre vocero de todas las

pasiones y todos los caprichos, juguete de los hombres, más que de

las circunstancias, y sus ojos, de mirada amistosa y humilde de perro

pícaro, me recordaban la historia de Los Sunchos y de la capital de

provincia. Mi situación me obligaba á tratarlo de alto abajo; un resto

de juventud me hizo acercarme á él, golpearle el hombro y preguntarle:

--¡Vamos! ¿qué quieres?

--¡Comer!--gritó con desesperación bufonesca.--¡Comer todos los días ó

por lo menos tres veces por semana!

--Aquí come todo el mundo.

Con el índice sobre la nariz, dijo, sentenciosamente:

--¡Eso dicen todos los que comen!

--¿Qué haces?

--Desde hace dos meses soy secretario de una sociedad de socorros

mutuos, fundada por un pillastre que se socorre á sí mismo. No veo un

cuarto. Con mi mujer y mis hijos vivimos en un departamento de la calle

Corrientes, que es una cueva de anguilas, no ya de ratas. ¡Haz algo por

mí!

--Todo lo posible. Aquí tienes cincuenta pesos.

--No era eso. En fin. Después vendrá lo otro.

No paré mientes en lo que me decía, preocupado por una asociación de

ideas:

--¿Vive don Claudio Zapata?--le pregunté.

--Y doña Gertrudis, naturalmente. Es curioso: son los dos patriarcas

de la ciudad, y á nadie se respeta tanto. Hablan, los pobres viejos,

maravillas de ti, pero terminan siempre diciendo: «¡Dios lo traerá al

buen camino!», lo que significa que todavía no has llegado á su grado

de perfección.

--¡Ah, canalla!

--¡Gracias, en nombre de don Claudio!

Se sentó. Calló un instante, mientras yo lo miraba sonriendo. Después,

reanudó la charla:

--Soy un fracasado, Mauricio, y me atengo á todas las consecuencias

de esto. No tenía dedos para organista, por ser gallego, ¡bueno,

está bien! Pero no soy tonto, y tengo algún talento, sin muchas

pretensiones, tú ya lo sabes. Cincuenta pesos son cincuenta pesos...

suma respetable, sobre todo para mí, que hace cinco minutos no tenía un

centavo ni de dónde descolgarlo... Pero dentro de diez días ó de dos

horas, me volveré á encontrar en la misma situación... Para salvarme,

no hay más que esto: tómame á tu servicio; yo seré tu secretario, tu

comisionista, tu amanuense, tu perro... En tu situación, necesitas

quien te ayude en lo fundamental, porque tienes todo tu tiempo ocupado

en lo superfluo. Yo te buscaré los datos que necesites, redactaré tus

informes, escribiré tus cartas, compondré tus discursos, y...

Se interrumpió al ver mi mal gesto, y cambiando otra vez de tono, dijo,

como un Marcos de Obregón:

--No hay hombre sin hombre, don Mauricio Gómez Herrera. Yo no reclamo,

yo no pido nada. Yo suplico tan sólo mi derecho á vivir, aunque cigarra

sin arte. Empiezo á ser viejo, y un gran señor como don Mauricio debe

comprender que estas palabras son decisivas, aunque vengan de un pobre

hombre como yo. Es triste que...

--Ven á verme mañana--contesté, divertido.--Hablaremos mañana.

Fué hasta la puerta, volvió, y, modestamente, dijo:

--Suprimiré toda familiaridad. «Yo también sé» cuánto molesta la

familiaridad intempestiva...

Y haciendo un grande y picaresco saludo, ya en la puerta, murmuró:

--Puesto que se me permite... hasta mañana.

Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira · 第 49 / 53 题