La revolución estalló, porque al pueblo no le quedaba un centavo ni
crédito con qué substituirlo. Yo era ya, oportunamente, en aquel
momento, una «persona formal» porque había logrado que nadie se ocupara
de mí. Y en la difícil emergencia, me dije:
--Hay que prepararse á echar piel nueva. Callemos como muertos y veamos
venir. Yo no hago nada malo. La política es una serie de accidentes en
los que uno debe «poder ser útil ó utilizable», y demostrarlo, aunque
sea de un modo pasivo. La sociedad dice: Sé rico, ten influencia,
y triunfarás. La religión actual dice lo mismo, exigiendo, como la
sociedad, que se le guarden las formas. Yo soy rico, ó mejor dicho,
tengo todas las probabilidades y todas las apariencias de tal. Soy rico
por mi mujer, y rico por mí mismo, si es cierto lo que dice Rozsahegy.
Tengo talento ó, lo que quizá sea preferible, el don de saber vivir. La
cuestión es no destruirse á los treinta y cinco años. Este período ha
sido un gran gastador de jóvenes. Todavía puedo ser un hombre nuevo,
y muchos de nuestros próceres no habían despuntado aún á los cuarenta
años. ¿Quién me dice?...
Pero quise cerrar con broche de oro este largo capítulo de mi
vida, mostrándome fiel, si no á mis principios, á mis amistades y
vinculaciones, y en cuanto estalló la revolución fuí de los primeros en
rodear al Presidente, mientras que los sublevados, contemporizadores,
se encerraban en la plaza del Parque y formaban cantones en los
alrededores, dedicándose á matar vigilantes para satisfacer una
necesidad de venganza contra la autoridad ó sus símbolos.
--Es un motín militar--me dijo el Presidente, dándome un instante
de atención, en medio de la turba azorada de palaciegos que le
rodeaba.--Pero el ejército fiel no tardará en reducir á los revoltosos.
--Es mi convicción--dije.--Y si puedo ser útil en algo... Ya sabe usted
que se debe contar conmigo.
--¡Gracias! ¡Ya sé, ya sé!...
Otros lo rodeaban, acaparando su atención, y mareándolo por completo.
Él veía la montaña que se le venía encima, pero demostraba entereza y
confianza. No era el pusilánime que sus enemigos han querido presentar:
iluso, sí, como lo probaron más tarde las circunstancias, dando razón
á mi suegro; pero quizá no hubiera sido tan iluso, si aquéllos que
lo rodeaban hubiesen tenido un poco más de sentido común y un poco
menos de adulonería. En suma, los dados estaban tirados, y era preciso
mostrarse buen jugador, sin cobardías ni desplantes. Es lo que hizo,
pues no habló de ir á ponerse personalmente al frente de sus tropas,
ni tampoco de huir como una rata de una casa incendiada. Pensé que se
amoldaba, como yo, á las circunstancias que lo habían llevado tan alto,
y que sabría esperar otras, en caso de derrota.
No era esta tranquilidad patrimonio de todos. Pepe Serna, por ejemplo,
gritaba jurando que había que poner á raya á los revoltosos y darles
en seguida una fiera lección, sin suponer por un momento, en su
inconsciencia, que aquello se caía á pedazos. Otros, al contrario, se
agarraban la cabeza, como si el cataclismo que presenciaban fuera el
anuncio del juicio final. Recuerdo un juez que, tragando saliva para
parecer completamente tranquilo, preguntaba de grupo en grupo, después
de una torpe entrada en materia, un «á propósito» tirado por los
cabellos:
--¿Cree usted que si la revolución triunfa habrá juicios políticos?
Nuestra historia revolucionaria los repugna, y generalmente, la más
amplia amnistía...
No le hacían caso, como diciéndole «ve á hacerte ahorcar en otra
parte», y, en efecto, sólo años más tarde cayó como un vulgar
pillastre, en un asunto de aprovechamiento de ajenas falsificaciones...
El hombre que más me interesaba era el presunto candidato á Presidente
de la República. Pasó varias veces frente á mí, dueño de sí mismo,
habiendo medido ya todas las posibilidades que se le presentaban,
porque tenía talento. Era el que jugaba más fuerte en la partida, y
hubiera pagado por saber el desarrollo de sus pensamientos íntimos,
pero aunque reinara entre nosotros cierta antigua y aparente
intimidad, no era aquél el momento de pedirle una confesión sincera.
--¿Qué me dice de todo esto, doctor?--le pregunté, sin embargo,
estrechándole la mano.
--Que la revolución está vencida, nada más. Es una revolución inerte...
Pero sus ojos negros se perdían, mirando en lo futuro quién sabe qué
ostracismos, y en su cara pálida, de un tono amarillento, encuadrada
por la barba castaño obscuro y el abundante cabello lacio de músico,
había una expresión ascética de angustia aceptada. ¿Veíase ya, en lo
porvenir, chivo emisario de todos los pecados de aquel fugaz momento
histórico? Después de mí, aquél era el personaje que más simpatía me
inspiraba; pero dominé mi sentimentalismo, y dejé en mi interior toda
manifestación comprometedora, pensando: Si tú también ves las cosas
tan mal paradas, hijito, ¿qué quieres que le haga yo? No puedo ser más
papista que el Papa...
Mi estudiada mesura en aquellas circunstancias me condujo adonde debía
conducirme. El Presidente estaba demasiado obcecado para ocuparse de
mí sino como yo quería: hasta saber que yo no lo había abandonado,
nada más. Los seguros de triunfar me encontraban demasiado tibio para
enredarme en sus ensueños... Los temerosos de la derrota me veían
demasiado partidario de la situación para invitarme á buscar otra
cosa... Los sensatos pensaban, probablemente, como yo... De modo que
fuí una entidad al propio tiempo apreciable y desdeñable para todos:
que era lo que se quería demostrar.
Volví todos los días á presentarme al Presidente, hasta que la
revolución, viéndose vencida, capituló. Entonces, me retiré á mi casa.
Sólo había sufrido una que otra pulla, sobre mi inactividad.
--Aquí no estamos en mi provincia--repliqué,--y esto es una cuestión
militar. No quiero hacer de mosca de la fábula, y complicar la cosa so
pretexto de simplificarla. Que el que manda me mande, y yo obedeceré.
La revolución cayó y con ella, de rechazo, cuatro días después, el
Presidente de la República, contra quien se ensañaron el populacho,
la juventud inconsciente y algunos de los que le habían arrastrado á
los peores extremos, para demostrar que no tenían participación en la
culpa. Y así se fué, entre el vocerío, un jefe que quizá no tuvo más
culpa que confiar demasiado en las fuerzas del país y en la lealtad de
sus amigos--esto fuera de los otros defectos que pudiera tener y de los
otros errores que hubiera cometido.--Á mí no me toca acusarlo, y debo
decir que no cargué la romana sobre él cuando lo vi caído, porque...
porque no me pareció un ademán elegante.
Eulalia, que no había encontrado mal mi aparente fidelidad, me dijo al
fin:
--Creo que han hecho bien en derrocarlo.
--Me parece lo mismo.
--Pero lo ayudabas...
--Era mi deber.
--Me gusta eso que dices--y su mirada me perdonó muchas cosas.
Yo pensé en María, y reproduje el diálogo que podríamos haber mantenido
los dos en las mismas circunstancias:
--¿Obedecías á tu deber ó á tu interés?
Protesta violenta de mi parte.
--En fin, tú debías comprender que el Gobierno no marchaba, como se ha
dicho en el mismo Congreso, hechura del Presidente, en ese Congreso que
tendría que cambiarse antes de aplaudir el «nuevo orden de cosas», que
no existe. Ayudarlo era ayudar tu interés no tus principios.
--¿Principios? ¡Tú lo has dicho! En estos pueblos adolescentes hay que
mantener á todo trance... «el principio de autoridad».
Y la discusión no hubiera podido terminar nunca, mientras que con
Eulalia tuvo el más grato de los desenlaces: sentirse amado y admirado
por una mujer nada vulgar, es siempre el mejor de los desenlaces,
cuando éste se desarrolla en una casa con todo el confort moderno, y
donde no falta ni lo superfluo siquiera.
Y en la nuestra no faltaba. Rozsahegy daba á Eulalia cuanto podía
necesitar. Yo tenía mi dieta, y como al despilfarro de los años
anteriores había sucedido una modestia franciscana, porque muchos
lo habían perdido todo y otros trataban de ocultarlo todo, aquello
y la poca renta que me llegaba de Los Sunchos y de la provincia (el
sueldecito de marras), me bastaban y aun sobraban para vivir bien,
frecuentar el Club, jugar mi amena partida de póker, y hacer nuevas
deudas, no muy graves, dada la modestia de los tiempos. Lo único que
solía molestarme (¡oh, en idea solamente!), era mi compromiso con los
Bancos, ó, más bien dicho, con el Banco Provincial.
Llegó la hora en que las autoridades se ocuparían de liquidar y de
imponer la liquidación.
Esta vez, mi suegro no me llamó, sino que fué á verme.
--Has de darme un poder general para administrar tus bienes...
--¡Oh, don Estanislao! Bien puedo hacerlo yo, como hasta aquí.
--No, no es lo mismo. Usted es muy sonso. Y además se necesita dinero
contante.
Le di el poder. Hizo maravillas. Descartó cuantas letras estaban
firmadas por testaferros, disminuyendo así notablemente mi deuda. Cedió
á los Bancos, en pago, las tierras y propiedades de dudoso porvenir,
y adelantándome, en suma, unos ciento cincuenta mil pesos, me hizo
propietario de un millón por la parte baja.
--Estos ciento cincuenta mil pesos, que me han servido para pagar
certificados de depósito (la plata de los unos para los otros, ¡siempre
así! pero plata anónima), los va á recuperar duplicando como ganancia
lo que importaba la deuda. Dentro de pocos años usted tendrá dos ó tres
millones.
El pobre Vázquez vendía, entretanto, todos sus bienes para pagar á sus
acreedores, porque no tenía un liquidador como Rozsahegy. La baja de
los precios era tal, que, valiendo una fortuna, mi suegro los adquirió
por sesenta mil pesos, prometiéndome cederlos á Eulalia por el mismo
precio en cuanto yo quisiera, por medio de una escritura privada. Y me
dijo:
--Te «quecabas» que yo no daba dote á Eulalia. Aquí «tenés» tres
millones, por lo menos... Y no hay que apurarse. Si no «hacés» locuras,
lo que «ganás» y lo que le doy á tu mujer, bastará suficiente...
Ahora... cuando yo me «muero», es otra cosa.
Pero ni siquiera deseo que se muera mi suegro, pese á la herencia
incalculable. La fortuna de don Estanislao ha sido más fortuna para mí,
precisamente porque nunca la he tenido al alcance de mi mano, cuando
todo el mundo la cree «mía». El crédito es inagotable...