XI

El juego, las mujeres, los paseos y la controversia chismográfica--he

aquí cómo distribuyo mi vida, desde que he dejado la política en

segundo término, previendo lo que va á suceder.--Ni á tiros me hacen

hablar ni escribir... Mi suegro me ha contado la historia de las

anteriores crisis, sobre todo la que trajo la conversión al peso moneda

corriente y el derrumbamiento del Banco Nacional.

--Haga una cosa. Si debe algo al Banco Nacional, trasládelo pronto al

Banco garantido de su provincia; yo sé lo que le digo... Allí será más

fácil arreglar...

Sin saber á qué podía corresponder aquel consejo, me apresuré á

seguirlo, y al hacer esta permuta, que mi posición política me

facilitó, supe que, con mi nombre ó el de otros, debía nada menos

que cerca de un millón de pesos nacionales. Aunque mis propiedades

de Los Sunchos y las de la capital de la provincia y campos vecinos,

representaran entonces algo más de esa suma, me asusté, y fuí á

consultar á Rozsahegy, seguro de que se había equivocado y me había

hecho cometer un desatino.

--Creo--le dije,--que siendo yo rico, y Eulalia también, Eulalia

debe ayudarme á consolidar mi fortuna, tanto más cuanto que ella no

pierde un centavo. En su nombre, pues, vengo á pedirle que sanee mis

propiedades, pagando mi deuda al Banco de la provincia.

--Usted es muy muchacho--me replicó.--Yo no pago deudas de nadie que

puede pagarlas. Á Eulalia no le faltará nada, ni hoy ni nunca, y, por

lo tanto, á usted, sobre todo si no sigue haciendo sonseras y jugando

hasta la camisa. Y deje estar, ya le he dicho: nadie se ha de llevar

sus tierras, mientras que viva Rozsahegy.

--Debo cerca de un millón.

--Eso es una porquería. No hay un allegado al Presidente ni siquiera á

un Gobernador de provincia que no deba otro tanto. ¿Y vos creés que los

van á matar? ¡Se acabaría el país!... ¡Eh, nadie se muere de deudas!...

Y, paternal, agregó:

--Eulalia tendrá cuanto necesite. Vos podés seguir haciendo negocios

para tus «farras». Yo no me meto en eso. Pero, en el momento oportuno,

ya sabré cómo ayudarte. ¡Eso sí! no venda sus tierras, porque entonces

ya no hay defensa.

--El «gringo» sabe lo que se pesca--pensé,--y lo mejor es hacer

negocitos.

Era todavía, en sus últimos boqueos, el tiempo llamado de las «coimas».

Ganar algún dinero no me costaba más trabajo que el de leer un

memorándum presentado por algún postulante de concesión, y repetirlo en

otra forma en el recinto de la Cámara. Estos memorandums solían estar

tan bien hechos, que afirmaban mi reputación de orador enciclopedista,

sin comprometerme como político. Podía hacérseme, por el mismo

procedimiento, una competencia mortal, pero, pese á mi modestia, diré

que yo presentaba aquello con elocuencia y con éxito, sobre todo porque

entre los colegas habíamos establecido un convenio tácito, y nos

dábamos mutua y alternativamente el voto.

Mis «bohemios» oficialistas y opositores no veían más que fuego,

como dicen los franceses, y los primeros, obedeciendo á mi consigna,

no me ponían nunca muy de relieve, mientras que lo segundos,

conquistados, cargaban la romana sobre otros, nunca sobre mí, y estaban

(unos y otros) tanto más conformes conmigo cuanto que no me daban

notoriedad. Los correligionarios hablaban de Mauricio con mesura y

respeto; los opositores, dada mi insignificancia, cuando me nombraban

solían--rara vez, pero solían--deslizar una palabra amable junto á

mi nombre. También es cierto que nunca me opuse á un sablazo, ni

negué una recomendación, ni dejé de aparentar que buscaba un puesto,

ni hablé mal sino de los caídos, ni hablé bien sino de los notorios

y momentáneamente «indiscutibles». Y los cuentos y comentarios me

llegaban.

--Yo no tenía talento, pero era, en cambio, bondadoso; no tenía

ilustración, pero era inteligente y receptivo; no tenía moralidad, pero

era muy tolerante para los defectos ajenos; no tenía carácter, pero era

incapaz de hacer daño á una mosca; no era altruista, pero no dejaría á

nadie sin comer por hartarme yo.

Virtudes negativas, pero, al fin, virtudes.

Pero, pasemos. Tal era mi acción, la única que me interesaba para

mantenerme en la posición debida: frecuentando la sociedad, por lo

que podía darme, gracias sobre todo á las mujeres, haciendo pequeños

«negocios» para poder vivir sin comprometer mi fortuna y con ella mi

libertad de acción; entregándome á veces al placer, en forma que la

plebe dogmática encuentra excesiva; presentándome como un elegante

y un gran señor, sin exageración,--para no morirme de hastío en los

momentos obligados de inercia, aparecía yo como un protector nato de

las letras y las artes, que no me importan un pito, era el ídolo en

los salones, el pico de oro en la Cámara, el instrumento admirable y

admirado del Gobierno--á quien no servía,--y el hombre, en suma, capaz

de ponerse, si quisiera, frente á frente de otro cualquiera, del más

alto, del más popular, del más poderoso. Quédame esta fama, todavía; y

si me queda es, precisamente, porque hasta ahora he rehuído el combate.

_Seré_ capaz de una acción decisiva, pero cuando la sienta de antemano

decisiva, y todas las altiveces de la raza, todas las protestas de

mis antepasados emancipadores, se reducen á la conquista del éxito. Á

los abuelos les obligaron á ser yunque, y yo quiero y siempre quise

ser martillo, aprovechando para ello nuestras mismas cualidades,

diversamente encaminadas.

Eulalia se había resignado al papel de amiga. Á pesar de su familia,

era, para mí, como una decoración, gracias á su admirable don de

gentes. La llevaba al teatro, á alguno de esos «salones» curiosos que

perduraban en Buenos Aires como confuso rasgo de unión entre la antigua

sociedad y la que iba á nacer más tarde, muy libres, muy rastacueros,

pero, en fin, lo único que entonces había. Era muy solicitada y muy

cortejada. Á veces me pareció que las galanterías de algunos iban

demasiado lejos, y que ella, sin embargo, las tomaba como moneda

corriente. Pero no cuadra á Mauricio Gómez Herrera preocuparse de

estos detalles, cuando cien cosas de mayor cuantía para sí y los suyos

solicitan en todo instante su atención. Por otra parte, Eulalia era,

ha sido y es fundamentalmente honesta--ó así me ha parecido, ¡y eso

basta!...

¡Y cuando, en aquel entonces, planteaba en parte estos problemas

psicológicos, siempre se me evocaba la imagen de María Blanco, y

siempre refería las acciones de Eulalia á las que ella hubiera

realizado! Y aunque Eulalia actuase como María hubiera podido actuar,

siempre encontraba una superioridad en María, quién sabe por qué

atávica preocupación, olvidando que mi mujer era toda una señora.

Rozsahegy, Blanco: todo estribaba aquí: cuestión de pronunciación.

María, entretanto, estaba en Buenos Aires, y no se ocupaba para nada de

mí. Llevaba, seguramente, una vida análoga á la de Teresa, y dedicaba

á Vázquez ó á su deber, todo su tiempo y todo su pensamiento. No se la

veía jamás en parte alguna. Vázquez deseaba hacer un viaje á Europa.

Quería completar su educación y ver de cerca, en la realidad, lo que le

habían mostrado los libros, sintiéndose capaz de ser útil á su tierra,

no porque fuera á aprender más en el extranjero, sino por la mayor

autoridad que una permanencia en el viejo mundo le daría. Imitando

burlescamente aquello de Calderón de que «porque no sepas que sé que

sabes flaquezas mías», observaba que, para ser eficaz, es preciso que

los demás «sepan que uno sabe», ó lo supongan, que es lo mismo.

Una tarde, comentando la crónica del Congreso de los diarios de

oposición, en la que se me trataba muy bien, llegué á decirle que

despreciaba resueltamente á todos esos escritorzuelos, y que, cuando

mucho, los toleraba. El romántico de Vázquez me contestó, animadamente:

--¿Los toleras? ¡Pero, tonto! ¿No ves que ellos son los únicos que

hacen algo y que tienen el derecho de «tolerar»? ¡El más insignificante

tiene mayores probabilidades que tú y que yo, de ser admirado y

venerado por los que vienen!... Pobre consuelo, dirás. Pero es que

ellos cobran su paga mental por adelantado, y no la descuentan para

poder enorgullecerse aún más de sí mismos... Están bien convencidos de

ser lo que son, mientras que nosotros no sabemos lo que somos.

--¿Qué significa?

--Ellos pueden oponerse á las circunstancias; nosotros las estudiamos

para seguirlas.

--Haces juegos de palabras, y nada más.

--Me alegro de que lo tomes así.

Yo creía y creo todavía en la existencia de lo que se llama «hombres

superiores», y en que son los que señalan rumbos á las sociedades y

los pueblos. Y, mientras escribo estas líneas, leo un discurso de

Roosevelt, pronunciado en Bruselas, panegirizando la medianía. Es una

adulación electoral, como las de nuestros discursos de provincia, en

que alabamos á los labradores y los ganaderos, como á las más altas y

fuertes columnas de la sociedad y de la inteligencia...

Otras cosas me distrajeron. El Gobierno estaba cada vez más preocupado

con la situación, especialmente en su parte económica. Una especie

de bancarrota amenazaba al país, y los Ministros de Hacienda se

sucedían haciendo desatinos cada vez mayores. Para detener el alza

del oro, el Gobierno vendió todo lo que tenía, que fué inmediatamente

absorbido por los banqueros, y emigró. Sin haber detenido la subida,

lejos de eso, tuvo necesidad de metálico en crecida cantidad para

amortizar empréstitos y pagar intereses, y debió comprarlo á precios

inverosímiles. Corrió la voz de graves irregularidades en los bancos,

y en la capital se respiraba un ambiente de desconcierto que olía á

revolución. Lo que supo Rozsahegy meses antes lo sabía todo el mundo

ya. Mi suegro me llamó entonces, con urgencia.

--¿Has hecho lo que dije?

--No sé á qué se refiere.

--Hacer trasladar toda tu deuda al Banco garantido de tu provincia.

--Sí.

--¿Á cuánto asciende?

--Con algunos intereses acumulados, ya le dije, á cerca de un millón de

pesos.

--¿Con tu sola firma?

--La mayor parte. Hay unos doscientos cincuenta mil pesos, cuyas letras

no he firmado yo. Pero se sabe...

--Eso no importa. Déjese estar. No se apure. No haga caso de nada.

Sobre todo, no venda... Ahora viene el temporal y hay que tener mucha

sangre fría, mucha...

--¿Usted también cree en la revolución?--dije, irónico.

Me miró con aire socarrón, sonriéndole los ojillos de cerdo.

--Yo más que nadie--contestó.--Esto no puede seguir así.

Comprendí que sabía más de lo que quería decir, y traté de sondarlo.

--Estoy seguro de que hasta ha dado dinero...

--¡Ésas son cuentas mías!--exclamó riendo más que antes.--La verdad es

que cualquier cosa, ¿entiende? cualquier cosa es mejor que prolongar

esta situación. Hay que liquidar. Esto es un loquero sin nombre; ya no

hay desatino que no se haga, y se ha tocado demasiado á lo hondo el

bolsillo de la gente.

--La revolución no triunfará. No hará más que consolidar el Gobierno.

--Puede que no triunfe. Hasta es casi seguro, porque la harán gentes

muy distintas. Pero el Gobierno no podrá consolidarse, sino en calidad

de Gobierno; es decir, quedando como es, pero variando de hombres y de

procederes.

--¡Qué curioso!

--Será lo que te parezca. Pero, ¿quieres un consejo, Mauricio, para

completar los otros, que son salvadores?

--Venga el consejo.

--«Andate» de Buenos Aires. Eulalia está delicada, el invierno amenaza

ser crudo. Llévatela á un rincón del Norte, ó á Río de Janeiro, si

prefieres la ciudad al campo, y espera los sucesos.

--No puedo. Tengo compromisos. Por mucho que justificara mi ausencia,

sería una deserción. Me quedaré aquí, á pie firme.

--¡Compromete su porvenir!

--No crea viejito. Tengo uñas para salir del paso. Ya verá. ¡Y nadie

podrá decir nunca que Mauricio Gómez Herrera es un traidor ni un

cobarde!

Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira · 第 47 / 53 题