IX

Fuí á visitar al Presidente, como lo hacía todas las semanas, y

le hablé incidentalmente de mis deseos, para tantear el terreno

y guardándome la retirada. Me dijo que estaba loco, que no podía

habérseme ocurrido tontería mayor. En aquellos momentos, necesitaba

de sus verdaderos amigos; yo podía serle utilísimo presentando con

elocuencia sus ideas en el Congreso, y no era cosa de nombrarme, ni aun

de permitir que me expatriara.

--Preferiría hacerte ministro aquí--exclamó tuteándome como lo hacía en

los grandes momentos de expansión.--Y si la situación lo permitiera, lo

haría sin vacilar, como lo haré en cuanto se calmen los ánimos. No te

apures: ¡tu porvenir está asegurado! Antes de dos años serás ministro

ú otra cosa semejante, y con eso se consolidará definitivamente tu

situación.

Me marché perplejo, mientras una luz iba haciéndose cada vez más clara

en mi cerebro. Pensaba que había poco que esperar de aquel hombre que

se empeñaba en una política por lo menos enojosa para todos, y que sus

promesas eran demasiado brillantes, demasiado extemporáneas.

--Éste es--me decía--como el doctor Sangredo que, viendo al enfermo

desfallecer á fuerza de sangrías y agua caliente, le recetaba más

sangrías y más agua caliente, y cuando moría, declaraba que era porque

no se le había sangrado lo bastante ni dado toda el agua caliente

necesaria.

En fin, lo mejor era vivir de la política haciéndola lo menos posible,

permanecer mudo como un sábalo, y divertirse en otras cosas.

Llegué á saber entonces, por intermedio de relaciones comunes, la

vida de Teresa, desde que saliera de Los Sunchos. Habíase dedicado

completamente á su hijo y á estudiar, con la buena fortuna de encontrar

una institutriz alemana, mujer de alguna edad, que había pasado largos

años en París. Esta buena señora que llegó en poco tiempo al rango

de amiga, si no de madre, limitóse á enseñarla idiomas y música, y

á aconsejarle lecturas, dejándole el espíritu libre. La disciplina

germánica estaba atemperada en ella por su segunda educación latina,

y como la discípula era ya una mujer hecha y derecha, no trató de

torcer--por enderezar,--su carácter, sino de dar el mayor relieve

posible á sus buenas cualidades. En música, le enseñó á leerla y

entenderla, sin esforzarse por darle la brillante ejecución que

ella tenía, y la felicitaba cuando Teresa interpretaba un trozo de

Beethoven ó Bach, de una manera distinta á ella, porque «esto afirma

su personalidad», le decía. Con insensible gradación, logró que

Teresa pasara de las lecturas objetivas, las narraciones de acción,

que estaban entonces de acuerdo con su temperamento, á las lecturas

algo más subjetivas de las novelas psicológicas, de éstas, luego,

á los libros de simple generalización, y, por fin, á los puramente

especulativos. Para esta última etapa se valió de la discusión,

interesando á la joven en asuntos filosóficos, y dándole, después,

elementos para formar juicio. Y en medio de estas tareas metafísicas,

con su espíritu práctico de alemana--Fräulein Hildegard la enseñaba

las tareas domésticas, el bordado, la costura, la cocina, el arte de

hacer conservas y de adornar la casa. De tal modo, que Teresa no tenía

un minuto desocupado y no sentía la necesidad de ser feliz, tanto más

cuanto que Mauricio le absorbía todos los pocos restos de su tiempo.

Cuando supe esto, que llegó hasta mí muy fragmentariamente, sentí una

gran curiosidad de verlo de cerca, y busqué toda clase de pretextos

viables para acercarme á Teresa. Pero nuestra última entrevista

había sido tan ridícula para mí, ella permanecía tan encerrada, y mi

casamiento era un obstáculo tan grande, que tuve que renunciar á mis

antojadizos propósitos. Sin embargo, no fué sin un ensayo: la encontré

un día en la calle, la hice un saludo hasta el suelo, y me aproximé

tendiendo la mano. Hizo como que no veía el gesto, y usando la frase

trivial de práctica, dijo «Servir á usted» y pasó de largo, sin

exagerada modestia ni excesiva altivez, dejándome plantado en medio de

la acera.

Yo, por las tardes, iba á la redacción del diario oficioso, verdadero

fox-terrier lanzado á las pantorrillas de la oposición. Pero no

escribía. Escribir es oficio de dupa. Profesionalmente, no da de comer

á su amo, como decía Sancho Panza, y en mi caso, dada la vidriosísima

situación, no hubiera hecho otra cosa que comprometerme, lo mismo que

hablar en público. Sin embargo, á veces pensaba que me gustaría tener

tiempo y ganas de escribir una novela: un simple antojo irrealizable

de aficionado. Á encontrarme con la constancia necesaria para acometer

el proyecto, lo iniciara como la novela del progreso de la República

Argentina, tomando por personaje principal una figura simbólica que

no fuese sino un vago mosaico cambiante, más espléndido y luminoso

cada vez. Esa figura no sería nadie y sería todo el mundo, y un «todo

el mundo» de una fuerza genial. Obsérvese: todos trabajan, todos han

trabajado, el magnífico producto está á la vista, pero nadie puede

discernir lo que ha hecho cada cual, ni lo que ha ejecutado un grupo,

ni un partido, ni una raza, como en esos guisados de la gran cocina,

en que se mezclan y confunden mil ingredientes para producir una cosa

única. En mi novela, el guisado sería el protagonista y los condimentos

el resto de los actores...

Pero bien pronto, renunciaba á estas tontas divagaciones peligrosas, y

cuando mucho escribía un sueltecito de crónica social, adulando á mi

más reciente conquista. No tengo carácter para víctima, ni me gusta

el papel de «genio incomprendido». Allí, en la imprenta, estreché

relación con algunos escritores y pichones de escritor, que á estas

horas han muerto de miseria ó han cambiado de rumbo, dejando de

escribir otra cosa que cuentas y facturas. Pero, entonces, me hacían

morir de risa con su petulancia. Se reunían entre ellos para quemarse

mutuamente incienso, miraban á los demás por encima del hombro, como

si perteneciesen á una raza subalterna, y luego se entredevoraban,

despreciando á los ausentes. ¡Pobres tontos! No veían ni han visto

nunca que sólo ellos se hacen caso, y su ceguera llega á tal punto

que se esfuerzan por destruirse unos á otros, sin ver que todos están

destruídos por definición en un país como el nuestro, donde apenas si

pueden hacer el papel de víctimas cómicas. Y lo más curioso es que esos

pobres parias, tomaban ó fingían tomar bajo su protección, á pintores,

escultores, músicos, actores y hasta sabios á la violeta, que--á su

vez--les formaban círculo, creando en la vida porteña algo así como uno

de esos islotes del Paraná que nadie utiliza, porque se inundan, están

llenos de sabandija y no tienen comunicación con la vida comercial.

Mi espíritu curioso me hacía no espantarlos ni alejarlos; para eso los

trataba en serio, fingía interesarme en lo que hacían, y hasta cuidé

de aprender el título de alguna de sus publicaciones. En cuanto citaba

éste, el rostro de mi escritor se iluminaba, y ya no tenía más que

dejarlo hablar, porque me repetía lo que había dicho, pidiéndome mi

parecer, cosa fácil de exponerle con un ¡ah! ó un ¡oh! admirativo, ó

con una sonrisa entendida y un movimiento de cabeza.

Como los diarios tienen que llenarse con algo, y ya en aquella época

disminuían las transcripciones y traducciones de los periódicos

europeos, estos desgraciados plumíferos alcanzaban de vez en cuando un

sueldecito, y vivían muriendo, á la espera de un puesto oficial ó en la

espectativa de un cambio de situación... No saben cuánto me he reído

de ellos, como no saben cuánto se han reído de ellos los directores

y administradores de los diarios que redactaban, gente cuyo único

propósito era sacar las castañas del fuego con la mano del gato...

Lo digo, para que aprendan los ingenuos que quizá pretendan recoger

ahora la herencia de esas pobres criaturas ridículas y pretensiosas,

verdaderos parásitos de la sociedad, soñadores inútiles que llegan á

creerse llenos de influencia y de poder. Idiotizados, viven mirándose

los unos á los otros, y como ellos son los que escriben en los diarios

y á veces en los libros, llegan á creer que todo el mundo está

pendiente de ellos, cuando á nadie importan un ardite. Chicos y grandes

les han manifestado siempre su inane insuficiencia, pero ellos--tieso

que tieso,--lejos de convencerse, protestan contra una ignorancia y una

envidia que sólo existe en su cerebro. Y como, á fuerza de escribir

cuartillas, al fin llega á salirles algo bonito, puede que, cuando

alguno de ellos muera, le pongan una chapa de bronce en el sepulcro,

ó le hagan un bustito, ó se cite su nombre en las antologías de

escritores regionales.

Ya se verá, después, con qué rima éste mi justo enojo contra los

escritorzuelos periodísticos de aquella época... y de otras, anteriores

y posteriores.

Por el momento, en mis charlas con los redactores del órgano oficioso

de la tarde y el oficial de la mañana, traslucí una cosa que acabó de

darme mala espina: Los diarios de oposición se enriquecían, mientras

que los nuestros vivían apenas de las subscripciones gubernativas,

y para circular un poco tenían que enviarse casi gratuitamente á

correligionarios y empleados públicos; esto tenía dos explicaciones: ó

estaban administrados y dirigidos por gente demasiado ávida de dinero,

á la que nada bastaba, ó el soberano público se mostraba para con ellos

de un desdén desesperante. En la disyuntiva, tomé sabiamente el término

medio y me dije:

--El público los abandona un poco, y los empresarios aprovechan un

mucho de la situación. En suma, se hacen pagar dos veces... ó una vez

y media.

Esto, con los demás antecedentes, me hizo abrir del todo los ojos y

preparar lo que podría llamarse «mi coartada».

Aquellos pobres «escribidores» que á veces no tenían siquiera ropa

que mudarse, eran al fin y al cabo una fuerza, y más del lado de la

oposición que de la del Poder, porque cuando escribían no eran «ellos»,

sino la entidad que estaba detrás. De esto no se han dado cuenta nunca,

y aún reclaman una individualidad refleja que jamás tuvieron realmente.

Yo no lo dije, entonces, y si lo digo ahora, es porque ya no puede

perjudicarme mi franqueza. Resolví, pues, servirme de aquella arma.

En el Congreso, en los teatros, en algún Club, me encontraba con

repórteres y redactores de la oposición. Les hablé de lo que escribían,

cuidando de objetarlo, sin lastimarlos, y facilitándoles la réplica

victoriosa. No me fué difícil conquistar su buena voluntad, porque,

aparte de adularlos, solía insinuarles alguna idea y darles algunos

informes. Uno ó dos llegaron hasta aceptar mi invitación á comer, y

convinieron conmigo en que, si el _Gobierno_ les nombraba alguna cosa,

no haría más que rendirles justicia. Otros se acercaron luego á casa,

atraídos por mí y por sus colegas, y lo pasaron tanto mejor cuanto

que Eulalia tenía el don de gentes, é, ignorando mis propósitos y mi

política, los creía hombres de gran valer, literatos eximios, y los

trataba con respetuosa deferencia.

He aquí por qué los diarios de la época no tienen una palabra contra

mí--salvo una dolorosa excepción, algo más tarde,--aunque en aquel

entonces no quedara títere con cabeza.

Éstos y otros me pedían mil cosas. Nunca dije no. Puse aparentemente

mi influencia al servicio de todos, sin ocuparme de nadie, y cuando

alguno de mis «protegidos» obtenía por otro conducto lo que deseaba,

nunca dejé de encontrar quien le dijera que lo había alcanzado gracias

á mí.

Entretanto, la situación se metía en agua. Una noche que me hallaba en

la tertulia del Presidente, alguien le habló aparte con decisión. Ambos

gesticulaban, acalorados. Se separaron con visible enojo. Yo estaba

cerca del Presidente que, irritado todavía, me golpeó el hombro, y me

dijo, reconcentrando su rabia:

--El que venga después, hará lo mismo que yo, ó el país volverá á la

anarquía. La oposición es heterogénea, y de ella no puede salir un

partido de Gobierno. ¿No te parece?

--¡Sí, Excelencia!--dije, y pensé:--Ó este hombre ve mucho ó no ve

absolutamente nada y se va á estrellar...

X

Pocos días después marchóse á Europa uno de los hombres más importantes

del país, el último vástago de nuestra raza heroica, como hubiera

podido decir yo mismo en un discurso. Era un militar, un sociólogo,

un literato, un sabio, que había optado por ser un patriarca. El

pueblo bonaerense lo adoraba, el de las provincias lo respetaba,

considerándolo, sin embargo, enemigo, por fuerza de inercia, por

espíritu tradicional. Á mi juicio, era una especie de Cincinato,

ilustrado y romántico, un hombre que había tomado en serio los

idealismos de 1830. Conservo viviente la impresión de nuestro único

coloquio, en una visita de consulta que le hice. El grande hombre me

escuchaba impasible, dejando escapar, de vez en cuando, una ligera

exclamación afirmativa, dubitativa ó negativa, mientras que la mirada

de sus ojos muy claros, como desteñidos, no me revelaba nada de su

interior y me parecía el cristal de unos gemelos asestados á mi

alma. Con el gesto de su mano larga y descarnada, detenía de pronto

la palabra en mi labio, dominando inquebrantablemente mi petulancia

juvenil, y narraba ó explicaba entonces, con acento al par sentencioso

y blando, como un abuelo que hablara á sus nietos y les dijera la

indiscutible verdad bebida en la experiencia...

--Pero...

--Es como yo le digo--insistía tranquilo y perentorio, y su memoria

sorprendente y su juicio extraordinario evocaban cuadros admirables de

pasado y de futuro. Era un prócer y un poeta.

Se marchó á Europa en medio de una formidable manifestación de

despedida, que fué como un motín pacífico.

--¡Se da por vencido!--dijeron los que le veían como un espantapájaros,

como una tácita condenación de lo que estábamos haciendo.--Á enemigo

que huye, puente de plata...

--No comulga con la oposición--declararon los que husmeaban en el aire

efluvios revolucionarios.

Difícil me resulta la actitud del Presidente. ¿Quiso disimular ante el

pueblo? ¿Quiso comprometer al patricio, conquistándoselo con oropeles?

¿Realizó un acto de nobleza, sin segunda intención, como justiciero,

ateniéndose á lo que viniera después? Cualquiera de estos motivos

es loable, por una razón ó por otra, y en su actitud no careció de

belleza al devolver al gran ciudadano todos los honores que le habían

«suspendido», porque hasta entonces manifestara su «voluntad» de una

manera demasiado imperativa á veces.

Pero, admirando el tipo, aunque no fuera de mi credo ni de mis

conveniencias, no estaba dispuesto á dejarme engañar por su viaje y por

su mansedumbre.

--¡Sí!--me dije.--Revolucionario recalcitrante se ha domesticado hoy,

y no quiere sancionar una cosa que, sin embargo, le parece inevitable.

Desearía ser el gran pacificador, después de tantas revueltas. ¡Está

bien! ¡Está bien! pero se va para permitir que la revolución estalle...

¡Es evidente! Y, como es evidente, hay que andarse con cuidado... con

más cuidado que nunca.

Y mientras los otros comentaban estos acontecimientos con un

sentimentalismo trasnochado, utilitario ó lírico, yo juzgué conveniente

saber lo que al respecto pensaba mi suegro Rozsahegy, el más grande

de los hombres de la época, porque era el más práctico. Nunca, entre

nosotros se ha consultado bastante al extranjero, que será el más

egoísta, pero que es también el más capaz de imparcialidad. Como no

se ha consultado al criollo que se queda afuera de los negocios y la

política, sin tener en cuenta el famoso dicho de los jugadores de

carambola: «Mirón y errarla»...

Con la más absoluta de las aprobaciones por mi parte, Rozsahegy no dotó

á Eulalia, aunque se comprometía á pasarle una mensualidad crecida

«para alfileres», y aun cuando tomó á su cargo todos los gastos de

instalación en nuestra casa, cercana á la suya, que yo organicé y

Eulalia perfeccionó en los detalles, con su buen gusto innato. Yo no

tenía, pues, reparo en hablarle de asuntos de interés, «cuestiones

financieras», porque estábamos, respectivamente, en la independencia

total.

--¿Qué piensa de la situación política... de la situación económica,

don Estanislao?

--¡Eh! Pienso... Pienso que ya he tomado todas las precauciones

necesarias, de acuerdo con lo que opina don Ernesto...

Y después de este nombre, sagrado en las finanzas, hizo una pausa

solemne. Luego, descendiendo de la altura, se refirió á mis pequeños

intereses:

--Usted no tiene que preocuparse por ahora... ¡Eh!... Pero no podrá ser

rico por usted mismo hasta que pase «esto» momento... La «question»

está en soltar toda la menos plata que se puede... Y usted, Mauricio,

«cuega», usted «cuega demasiao» en el Club y en el Círculo y en el

Jocquey, y en las «careras»... «Déquese de historias, hombre... Guarde

la platita y verá después»...

--¡Pero papá!--exclamé con mimo burlón.--¿No ve que yo tengo que vivir

como quien soy, he sido y seré?...

--¡Está claro! Yo no digo nada... Pero el más «quien soy» tiene que

pensar en lo que puede suceder mañana... «Vos, Cómez, tenés» una cabeza

de chorlito.

¿Cabeza de chorlito yo, Rozsahegy? ¡Qué error! Comparando tu espíritu

práctico y el mío, no sé cuál resultaría más completo. Sólo que hay

formas, hay formas, hay formas... El centavo tiene que venirme; yo

nunca correré tras él, como has podido hacerlo tú...

Pero lo admiré, cuando me hizo el cuadro acabado de la situación.

--Con vos puedo hablar claro... sos «me hico»... «¡Comprá oro!»... Es

una cosa segura y te dará el cuatrociento por ciento, si «sos» capaz de

guardarlo...

Se interrumpió, objetándose á sí mismo:

--Pero ¿dónde está el efectivo? ¡Ésa es la «quistión»!... No

importa... Hay otras maneras, aunque no se compre oro... Hay el

equivalente... el equivalente... y eso lo «tenés»...

--Mi querido suegro, usted se anda por las ramas... Lo que yo le he

preguntado es lo que piensa de la situación...

--Es una locura, un despilfarro, una borrachera...

Y me explicó: Todo el mundo había perdido el juicio. Fuera de los

centenares de millones que bailaban en plaza, acababan de abrirse

una docena de bancos con un capital de cincuenta y tantos millones,

sin base sólida alguna, millones soñados, escritos en el agua; se

imprimía papel moneda como se imprime una novela popular, en rotativa;

se descontaba con el desprendimiento del calavera ebrio, que siembra

su peculio en medio de la calle; en la Bolsa se jugaba como en una

timba, con el «bluf» y todo, sobre palabra, casi exclusivamente para

cobrar y pagar diferencias; á la propiedad raíz se había dado un valor

ficticio, pues nunca produciría la renta que el capital representaba;

el comercio nacional quedaba deudor en un tercio por lo menos del

comercio extranjero, porque nuestra producción no estaba á la altura

de nuestras ilusiones; todo el mundo robaba ó estafaba al país, con

cuentas corrientes ilimitadas, préstamos hipotecarios hechos sobre

propiedades que no existían, descuentos concedidos á testaferros sin

responsabilidad...

--Es como si en tu casa, incomodado ya por los acreedores, siguieras

tomando «fiado» donde te dejaran... ¡Vas á ver lo que pasa después!

--¿Usted cree, entonces, que esto no tiene remedio?

--Sí, tiene... Por lo menos para nosotros... Don Ernesto me ha dicho...

Pero hay que tener paciencia... Hay que estarse muy quietito... Ya

diré... Usted no tiene ningún apuro, ninguna necesidad... ¡Bueno!...

Hay que esperar... Éste es un país de esperar sin asustarse.

--Pero, quizá si yo pudiera liquidar en condiciones pasables...

--«Deque» estar... «Pueda ser» que parezca menos rico, pero será

relativamente tan rico y más... Cuando el nivel baja, baja para todos;

y si no baja demasiado, el que está más arriba queda más arriba... y

viene á ser lo mismo.

--¡Don Estanislao! ¡no se equivoque! El ministro de Hacienda va á

sofocar la plaza con una avalancha de oro, con cien millones que el

Gobierno tiene en caja...

--Y la Bolsa hará como el papel secante... ¿Qué es un peso, cuando se

deben cinco?

--Se hace esperar.

--¡Eh! Sí. Cuando uno se queda con cincuenta centavos para comer...

Pero aquí no nos quedamos con nada...

--Usted cree entonces que la revolución...

--¡Pshit!

Irma se precipitaba, más que acercaba, hacia mí, para increparme:

--La muchacha está triste, ¿qué tiene?

--Yo no sé, señora...

--¡Debe saber! parece enferma, afligida...

--¿Eulalia?... ¡Bah! Monadas de muchacha mimosa.

--No. Está pálida y ojerosa, está intranquila...

--¿Le ha dicho algo?

--No.

--¿Y entonces?

Me levanté, tomé el sombrero, y encarándome con don Estanislao.

--Hablaremos otra vez--dije.--Hay mucho paño que cortar.

--Sí, «hiquito» sí. Yo no puedo hablar, pero... no hagas nada sin

consultarme antes. Sobre todo, no «vendás».

Y en voz más baja:

--Ni «pagués»... hay tiempo.

El ataque de Irma se explicaba en cierto modo, porque, desde que

volvimos á Buenos Aires, arrebatándome el torbellino de la vida, no fuí

ni podía ser para Eulalia el compañero amable, despreocupado y cariñoso

de todas las horas. Un desencanto, también, la afligía y marchitaba:

yo no era siempre, en la intimidad, el orador elocuente y triunfal,

ni el ameno y espiritual convidado de las reuniones sociales, sino

un ser común, como un actor que no sólo ha abandonado la escena sino

también los bastidores. En cambio, á mí, hecho á todas las libertades

del sensualismo, en los acercamientos venales ó caprichosos, la

austera unión que ella consideraba única posible, me parecía insulsa y

timorata. Sin tenernos en menos, íbamos alejándonos poco á poco, pues;

ella, sufría, yo... filosofaba.

Quizás ahondé esta separación, cuando, al recibir días después la

noticia de la muerte de mamita, y olvidando nuestras conversaciones

de Montevideo, me opuse á que Eulalia fuese conmigo, pretextando las

molestias y fatigas del viaje hasta Los Sunchos, donde las autoridades,

con exquisita deferencia, me aguardaban para el sepelio y los

funerales, que habían preparado magníficos. Allí me hice contar los

últimos momentos de mi viejita.

Se había ido apagando poco á poco. Ya no andaba, sino arrastrando los

pies, como quien patina, para llegar penosamente hasta el sepulcro

de mi padre. No hablaba, pero sonreía á todo, con esa sonrisa entre

compasiva y alegre que suelen tener muchos ancianos, y que algunos

consideran atontada, casi idiota, aunque otros la crean excesiva

benevolencia, total perdón... Por fin, no pudo salir, y guardó cama,

siempre sonriente y en silencio, hasta que una tarde, echando las

enjutas piernas fuera, y sentada en la orilla, dijo:

--Quiero vestirme. Voy al cementerio.

Pero, incapaz de sostenerse, cayó hacia un lado; murmuró: «Fernando», y

se quedó dormida para siempre.

«Fernando» dijo y no «Mauricio»; entre las dos indiferencias olvidaba

mejor la del esposo, que nunca parece tan total como la de los hijos,

porque nunca se le ha dado tanto... Pero, ¿quién me asegura que no

nos confundiera á ambos en un solo nombre, no pronunciado para los

demás sino para ella misma?... ¡Pobre mamita!; la lloré de veras, no

acertando, sin embargo, á darle determinados relieves, como si sólo

fuera una sombra vaga que hubiese fluctuado sin rumor en el fondo

de mi vida. Y su recuerdo es, hoy mismo, borroso y tierno, sin que

provoque ni grandes alegrías ni grandes penas. ¡Pobre mamita!... Cuando

la evoco, no tengo más que una sensación de penumbra y de silencio,

de renunciamiento á la vida. Mi padre, don Fernando Gómez Herrera la

modeló así, y yo, su hijo, no hice sino continuar su obra. No había ni

siquiera asistido á mi casamiento; yo no le escribía desde años atrás,

pero estoy seguro de que siempre estuvo ocupada de mí, y al recordarla

ahora, siento que he hecho un mal negocio, ¡y que las caricias locas

con que pudo regalarme, no serán renovadas por nadie en el mundo!... Y

tanto me conmovió la evocación de su gran figura resignada, que pensé

en edificar en Los Sunchos un sepulcro de familia, donde yo dormiría

también, llegada mi hora. «Esto consolará á la pobre viejita», me

decía, embriagado por el licor demencial de la muerte, del misterio...

Casi un cuarto de siglo después, todavía no he realizado el proyecto...

Pero no podía yo pasar por mi aldea, ni aun en momentos de luto, sin

tener que amoldarme á mi papel. Para distraerme, amigos y aduladores me

mostraron el pueblo, que crecía á ojos vistas y al que hubiera llegado

meses después el ferrocarril... El villorrio iba transformándose,

materialmente, en pueblo con visos de ciudad, y Los Sunchos, teatro

de mis primeras correrías y mis primeros triunfos, perdía su carácter

con los pretenciosas imitaciones de la arquitectura de las capitales.

Iba á poseer aguas corrientes, cloacas, luz eléctrica, tenía algunos

empedrados, gas, teatro, y sus cabezas más fuertes pensaban en

hacerla... capital de una nueva provincia, formada con parte pequeña de

la nuestra y parte de un territorio nacional contiguo.

--¿Y para qué provincia?--pregunté.

--¡Para que Los Sunchos tenga toda la importancia que merece!--me

contestaron.

No era una respuesta. Aquellos buenos burgueses querían ser

gobernadores, diputados, senadores, etc.; fundar una pequeña

aristocracia, en fin, y no ser el departamento más alejado pero más

influyente, «el bourg pourri», sino una gran entidad. ¡Bah! ¡Si ellos

supieran dónde van á parar las grandezas de Los Sunchos, y pudieran

leer en mi alma cómo calculo yo mi posición en Buenos Aires!... Pero

tienen razón. Yo en Los Sunchos, dominando patanes, era más feliz

que en la capital tratando de contemporizar con todo el mundo, y sin

más éxito que el obtenido con las mujeres, que no _cuantifican_ el

mérito y que magnifican sus caprichos hasta la sublimidad. Sí; lo diré

aunque parezca no venir á pelo: La mujer, en nuestro país, como en

todas partes, es el mejor vocero, el único propagador de la fama. No

se la tiene, muchas veces, en cuenta, pero en mi larga experiencia de

la vida sé que quien la ha descuidado, ha caído necesariamente en el

olvido, y que quien la cultivó, por ínfimo que fuese, ha llegado á las

alturas, porque más tira un pelo de mujer que una yunta de bueyes--como

dicen que dijo Rosas,--y porque, como no envidian á los hombres, ni

los desdeñan, tienen para la mercancía de su agrado recomendaciones

entusiastas que no pueden nunca tener los hombres para sus rivales...

Cuando volví á Buenos Aires, cumplidas las fúnebres ceremonias, reanudé

mi vida de agitación.

Eulalia me hizo algunas observaciones: la descuidaba demasiado. Era

cierto, pero no me inquietó. Me consideraba fuera de todo peligro,

gracias á mis méritos físicos é intelectuales, pese á todos los

ejemplos que en contrario me presentaban la historia, la tradición

y la crónica escandalosa de nuestra época... Eulalia, tan fina, tan

discreta, podría y debería ser una gran señora en el momento oportuno,

que no había llegado todavía. ¿Cómo exhibirla con sus toscos padres?

¿Cómo fundar ó refundar una aristocracia con los Rozsahegy á la rastra?

Yo tenía fuerzas suficientes para imponer á Eulalia, pero no á Irma y á

don Estanislao. Puede que pudiera; pero, en fin, ni yo mismo lo quería.

Eulalia, á veces, parecía comprenderlo; otras, su ambición rompía todo

lazo: pero era una ambición hacia mí, no hacia la sociedad, y esto me

hacía desgraciado.

--María haría lo mismo, pero con todo derecho y toda probabilidad de

triunfo--me decía yo.--Teresa podría intentarlo con éxito, porque, al

fin, es de una vieja y respetable familia del país. Pero, justamente,

Eulalia, que tiene la bondad de Teresa y la individualidad de María,

es la única que no puede exigirme que la imponga á esta sociedad, por

mezclada que esté, porque no he de llevarla á los «bailes de la Bolsa»

ú otros «peringundines», sino precisamente á los salones tradicionales

que hoy están semicerrados, y donde sería muy posible que nos

recibieran mal.

Mi tía Mónica, aquella excelente dama que había quedado soltera porque

un médico, allá en su juventud, le cortó un músculo del cuello y la

dejó para siempre con la cabeza bamboleante, como una perlática, mi

madrina de casamiento, en fin, me ilustró el punto casi con tanta

crueldad inhábil como la del cirujano que la mutilara agostando su

juventud, su gracia y su talento de mujer.

--Tenemos, sí--me dijo,--la aristocracia del dinero; pero es

superficial, mientras no desaparecen los que lo han ganado

directamente. Recuerda, Mauricio, el dicho de aquel extranjero en

Colón, al ver cuajada de diamantes nuestra más alta sociedad: «¡Muy

hermoso, pero huele á bosta!» Todos somos descendientes de negociantes

ó estancieros; eso lo sabemos muy bien. Pero todo el mundo se esfuerza

para hacerlo olvidar, y en tal caso, el que está más lejos de su abuelo

pulpero, tendero, zapatero ó criador, es el más aristócrata. Tú, con

tu casamiento, has perdido dos ó tres peldaños, porque el patán de tu

suegro vive, y se muestra demasiado... Es un «carcamán», y eso no se te

perdona.

Mauricio Gómez Herrera, sin el «carcamán», sería como algunos de sus

primos ó sobrinos, que, sin dinero, y aunque puedan, por excepción,

tener talento, no son sino pobres aspirantes ó infelices descontentos,

socialistas, anarquistas ó cosa por el estilo...

¡Qué mi tía Mónica!

Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira · 第 46 / 53 题