Soplaba el pampero, picante y vivaz, y bajo mi sobretodo sentíame como
un hombre nuevo, más alegre y más resuelto que de costumbre, para quien
todas las empresas tenían que resultar fáciles y gratas. Por el cielo
azul cobalto, transparente como una vidriera de colores, cruzaban
rápidas nubes blancas y cenicientas, caprichosamente redondeadas,
mientras que el sol, velado por momentos, lanzaba en otros á la tierra
sus rayos cálidos aún, en una iluminación de apoteosis. Bajé á buen
paso por las calles que el domingo dejaba desiertas y vibrantes como
una caja de resonancia, hasta la vieja y miserable Estación Central,
donde iba á tomar el tren para Los Olivos. Don Estanislao Rozsahegy me
había invitado á una «garden-party»--la última de la estación,--en su
magnífica quinta.
Durante el viaje recapitulé, sacudido por el traqueo del vagón, los
preliminares de nuestra naciente amistad. Después de la presentación
en el vestíbulo de la Ópera, me había abierto su casa, y suplicado á
Ferrando que me llevara una noche, pues, de otro modo, yo sería «capaz
de no ir». Los había visitado una ó dos veces, y digo «los», porque
quien me atraía era Eulalia, que, indiscutiblemente, había quedado
prendada del orador y del hombre, y que no trataba de disimularlo. ¡Es
tan grato verse querido!... Aunque sea por la hija de don Estanislao
Rozsahegy, advenedizo enriquecido en el comercio y la especulación,
que comenzó su carrera triunfal ejerciendo los oficios más bajos, á
quien todo el mundo adulaba y de quien todo el mundo hablaba mal en su
ausencia. Nadie sabía, á ciencia cierta, cuál era el verdadero punto
de partida de su enorme fortuna, valorada en muchos millones: unos
decían que se había «sacado una grande» en la lotería; otros que Irma,
su mujer--eslava ó teutona zafia é ignorante que quién sabe qué habría
hecho en su primera juventud,--le llevó en dote unos pocos miles de
pesos; los menos afectaban sospechar una procedencia poco honesta,
si no criminal, á los fondos con que inició su brillante carrera de
agiotista. Hablillas sin fundamento quizá, y para cuya aclaración
hubieran sido necesarias las investigaciones más minuciosas, porque
en un cuarto de siglo de triunfos, los testigos de los comienzos
habrían desaparecido ú olvidado. Lo incontestable era su riqueza, su
habilidad de banquero, su adivinación de especulador, su acierto y su
suerte de bolsista, que le permitían aumentar sin tregua una fortuna
ingente ya. En cuanto á su físico y sus maneras, sólo diré que era
rechoncho sin ser obeso, moreno y velludo, con la cabeza como una bola,
los ojos pequeños y maliciosos, negros como el grueso bigote teñido
que dominaba una nariz chata y ancha, de grandes fosas bien abiertas,
como para olfatear mejor los negocios, brazos cortos y manos gordas,
enormes, peludas, de dedos enanos y deformes--atractivos todos estos
complementados con ademanes bruscos é irregulares, voz rotunda de bajo,
franqueza afectada hasta la vulgaridad si no la grosería, y lenguaje
incorrecto de hombre que nunca aprendió gramática alguna, ni la de su
país de origen ni la de aquél en que había clavado definitivamente
su tienda.--Irma, su mujer, debió ser hermosa cuando joven, pues aún
le quedaban algunos restos que la hacían parecer á la Isabel Bas de
Rembrandt, pero sin la extraordinaria nobleza de esta gran dama de la
burguesía flamenca. Era, también, tosca y familiar con todo el mundo,
hasta extremos chocantes, y hablaba en un inverosímil dialecto de su
exclusiva composición.
En cambio, Eulalia era tan bonita como distinguida, y lo parecía
más junto á sus padres, por contraste, como si éstos fueran zafios
y grotescos para que resaltara la delicadeza de su fina persona, su
frente clara y abovedada, sus ojos profundos rodeados de una aureola
obscura que les daban un encanto dulce y luminoso, la boca dibujada
como una caricia, la nariz algo larga, recta, la barbilla como la de
un niño. Y con esto unas manos de largos y admirables dedos, una
voz argentina, convincente y subyugadora, que subrayaba siempre su
linda, su graciosa sonrisa de buen humor, y un cutis terso, blanco,
sin mancilla, ligeramente matizado de rosa. Parecíame mucho más bonita
que María Blanco, sobre todo mucho más mujer y mucho más niña. La otra
iba rodeada de una aureola de severidad, que la hacía como lejana é
intangible, y sus trajes modestos, casi austeros, poco ó nada ceñidos
á la moda, añadían á la impresión de alejamiento que esto producía.
Eulalia, en cambio, siempre alegre, siempre riente, conversadora y
bromista, vestía trajes elegantes, quizá demasiado ricos y vistosos
para su edad y su estado--pero, por otra parte, ya se había perdido
en el país la costumbre de hacer que las jóvenes se vistieran
sencillamente y sin joyas hasta el día de su casamiento...--Puestas
ambas en parangón, y como mujeres, no como Egerias, no cabe duda que el
triunfo correspondía á Eulalia.
Me había encantado, pero no estaba enamorado de ella como podría
creerse: otras aventuras, muy recientes aún, y con todo el atractivo
de la novedad, me absorbían entonces, y mis relaciones con Laurentina
de la Selva, la viuda treintona codiciada por tantos y tan apetecible,
no eran un secreto para la parte de la sociedad que frecuentábamos...
ni para el resto tampoco. Esta vinculación--sobre la que no insistiré
porque es innecesario--bastaba para distraerme y hacerme rehuir ó
postergar todo otro devaneo, pues, en cuanto á la parte seria de la
vida, no abandonaba por estas consideraciones, galanteos y flirts, mis
proyectos matrimoniales con la buena María.
Llegué, en fin, á Olivos y á la quinta de Rozsahegy donde, pese al
fresco intempestivo del día, numerosas parejas paseaban por los
jardines y se divertían animadamente en diversos juegos, al son de una
música discreta. Eulalia debía estar atisbando, pues apenas llegué
salió alegremente á mi encuentro.
--¡Bien venido! ¡Bien venido!--me decía con una voz que parecía un
canto, un arrullo, un mimo.
Casi podría tomarse aquello por una declaración, si el infantil
regocijo que caracterizaba á Eulalia no explicase sus arrebatos, de
todas maneras inocentes.
Ella misma me tomó el brazo é hizo que la acompañara por el jardín,
que recorría como sus padres cuidando de que no faltara nada á los
invitados, y entretanto parloteaba como un pájaro, me miraba sonriente
con sus ojos grandes é ingenuos, movía el cuerpo flexible con gracia
serpentina, agitaba las manos finas--sin anillos que deslucieran su
belleza en el errado supuesto de llamar la atención--con ademanes
mesurados y curvilíneos que no eran seguramente fruto del estudio, sino
don natural. Hablamos de arte, de música, de pintura, de letras... Sin
decir nada nuevo ni profundo, no decía tampoco disparates; era educada,
relativamente instruída, había pasado algunos años en un colegio
de hermanas francesas, y luego el roce social acabó de barnizarla.
No criticaba á sus padres, pero se veía que, en el fondo, hacía
comparaciones, y que este mismo análisis contribuía á refinarla.
Pasé, en suma, una tarde deliciosa, sin ocuparme casi para nada del
centenar de personas más ó menos elegantes, ricas ó aristocráticas
que pululaban en el jardín y en los salones. Apenas si había cambiado
cuatro palabras con Rozsahegy y con Irma. Pero esta última iba á tratar
de desquitarse. Y en efecto, cuando un grupo numeroso pasó á tomar el
té en el comedor, la buena señora alzó de pronto la voz y, encarándose
conmigo, que estaba al otro extremo de la mesa:
--¡Herrera! ¿Por qué no nos repite el discurso?
Eulalia se puso roja, y apenas acertó á murmurar: «¡Mamá, por Dios!»
Yo, sonriendo, para no dar importancia al despropósito que ya provocaba
disimuladas pero irresistibles risas, repliqué:
--No es el momento, otra vez... Son ustedes de una amabilidad tan
exquisita y esta reunión es tan agradable, que no hay que turbarla sino
con palabras de agradecimiento. Brindemos, pues, por los dueños de casa.
Eulalia me agradeció con una sonrisa y una mirada en que se mezclaban
la emoción y la alegría. Creo que me consideró un héroe.
Ferrando, que volvió conmigo en el tren, me dijo en tono confidencial,
probablemente para quitarme las ganas:
--La muchacha es un coquito, pero lo que es el «gringo» no la larga á
dos tirones... El que la pretenda tiene que «hamacarse»... y ser muy
rico. ¡Es natural!... Un millonario como Rozsahegy...
--Sin embargo, creo que usted no pierde la esperanza--observé, riendo.
--Sí, pero la chica «no las va» por ahora... y los viejos tampoco...
Veremos después... Lo único que me da ánimo es que el «gringo» se
«pirra» por entrar de veras en la buena sociedad, donde apenas si lo
admiten de vez en cuando, como de lástima, y eso sólo en las kermesses
y en las fiestas de caridad, en que la entrada es libre para todo el
mundo... Con mi nombre y mi familia...
Y desarrolló largamente el tema de su nobleza, él, cuyo padre había
sido mercero en la calle Buen Orden, y cuyo abuelo fué remendón ó
sastre en la de Potosí, casi en el «barrio del alto, donde llueve y no
gotea»...
Pero el dato me llamó la atención y me hizo pensar: ¿Conque Rozsahegy y
todos sus millones, ambicionaban emparentar con una familia patricia,
para que sus nietos y su misma hija obtuvieran «patente limpia» y no
sufrieran más tarde los desaires disimulados que él debía olfatear
necesariamente, pese á su tosquedad? No era malo saberlo, y quién sabe
si...
Pero apenas bajamos del tren y nos fuímos á comer en el Café de París,
entonces en todo su apogeo, olvidé á Eulalia, á los Rozsahegy, y creo
que aquella noche sólo conté dos ó tres veces la salida de pie de banco
de Irma pidiéndome que repitiera mi discurso en su «garden-party».
En casa me esperaba una cartita muy lacónica de María Blanco,
diciéndome que todos estaban buenos y pidiendo noticias mías. «Hace
un siglo que no escribe, y eso no está bien.» ¡Eh! ya le escribiría
cuando tuviera tiempo y algo que decirle, algo referente á mis primeras
armas en Buenos Aires--no en sociedad, se entiende--y á mis primeros
triunfos. Me fastidió que no me dijera nada de mi éxito en la Ópera,
aunque le hubiera mandado varios diarios con sendos bombos y uno
que publicaba íntegra mi «magnífica pieza oratoria», como decía el
encabezamiento.
Tenía muchos amigos en la prensa de todos los colores, pues, desde el
primer momento, traté de propiciarme el «cuarto poder del Estado».
Pocos periodistas son venales entre nosotros, pero ninguno, si no es
un díscolo feroz, deja de mostrarse sensible á las atenciones y las
lisonjas; otros, los menos, suelen ser candorosamente parásitos, como
los escritores del siglo de oro, considerando su parasitismo como un
derecho. Y yo me esforzaba por estar bien con todos.
Los periodistas que me habían conquistado más completamente, ó mejor
dicho, que yo había conquistado con mis amabilidades é invitaciones, me
demostraban á veces su afecto, exigiéndome pretextos para hablar de mí
y renovar mis dos triunfos anteriores.
--Es preciso hacer algo--repetían.--Si usted no hace nada, nada se
puede decir. Usted es demasiado hombre para quedar empantanado en las
noticias sociales.
--Pero, ¿qué he de hacer?--preguntaba yo.
--Cualquier cosa. Escribir, hablar, dar conferencias.
--¿Como el padre Jordán? No. Por ahora no tengo nada que hacer, y me
basta con figurar en sociedad. Ya llegará el momento.
Pero no dejaba de comprender que para salir de la penumbra era
necesario un esfuerzo, y tanto es así que pensé en realizarlo. La época
estaba completamente entregada á las finanzas; nunca se ha estudiado
ni discutido más--en ninguna parte del mundo--la economía política,
y nunca--en ninguna parte del mundo, tampoco,--se han hecho más
disparates económicos. Juzgue, pues, que bien ó mal, para mi estreno
definitivo en la Cámara debía hablar de hacienda pública, cosa que
quizá facilitara mi progreso en la carrera política. Para hacerlo,
busqué algunos tratados especiales, sin detenerme mucho en ver si eran
antiguos ó modernos, y leí á salto de mata á algunos economistas, entre
otros á Paul Leroy-Beaulieu, á Juan Bautista Say, á Adam Smith. En esto
último encontré lo que buscaba, aunque fuera libre cambista rabioso.
Sus opiniones sobre la fuerza del trabajo y de la industria, me dieron
pie para demostrar que los argentinos debíamos ser proteccionistas á
todo trance, porque la industria es la base de la riqueza, pero, ¿cómo
tener industria si las cosas nos vienen hechas del extranjero y los
productos nacionales no pueden competir ni en calidad ni en precio?
Ahorro lo demás al lector, aunque con aquel discurso creyera, entonces,
que la crematística no tenía ya secretos para mí, opinión en que me
confirmaron varios amigos á quienes leí mis borradores, llenos de
frases rotundas y deslumbradoras.
--¡Eres el orador más brillante del país!
--¡Todo un poeta! ¡Ni el mismo Guido te iguala en la euritmia de las
frases!
--Sí, pero, ¿y el fondo? ¿qué me dicen ustedes del fondo?
--De eso yo no puedo hablar, pero... me parece que está muy bien.
--¡Ni Rivadavia, hermano, «créme»!
Llegó el momento de dar á luz aquella pieza histórica. Tratábase de
conceder entrada libre, sin derechos de aduana, á la maquinaria y el
alambre para una fábrica de clavos, así como la excepción de todo
impuesto nacional y municipal, y la concesión de pasajes subsidiarios
(gratuitos) á los obreros que debían venir de Europa á poner en
movimiento aquella «nueva industria argentina». Mis razones eran
elocuentes... Se me escuchó con agrado; algunos pasajes produjeron
efecto, hasta en la barra, que ya comenzaba á ser decididamente
opositora. El proyecto pasó como era lógico. Varios colegas me
felicitaron. Pero en antesalas sorprendí cuchicheos, en los que no
desdeñaban tomar parte algunos correligionarios de espíritu inquieto y
burlón. Y por todas partes me parecía oir como un estribillo, como un
zumbido persistente y cargoso:
--¿Qué ha dicho?
--¿Qué ha dicho?
--¡Habla muy bien!
--¡Lástima que no diga nada!
--Decididamente--pensé,--aquí no estamos en la Legislatura de mi
provincia... Es preciso no volver á meterse en... economías.
Y luego, profundamente sorprendido, me pregunté:
--¿Pero de dónde salen sabiendo, todos estos burros?... ¿Ó basta con
que sepan dos ó tres, para elevar el nivel científico de la Cámara?...
¡Eso ha de ser, pero es curioso!