II

No sé si bien ó mal inspirado, don Evaristo me convidó á comer antes

de mi partida para Buenos Aires. La reunión, muy íntima--estábamos

únicamente los tres,--fué, sin embargo, casi tan ceremoniosa como

nuestros primeros encuentros con María en su casa. Sólo Blanco

demostraba ó afectaba buen humor, y me invitó á que le escribiera

dándole noticia de mis primeros actos é impresiones, cosa que le

prometí.

--Y usted, María, ¿me escribirá?--le pregunté.

--Yo no sé escribir, Mauricio, pero siempre acertaré á decirle si

estamos buenos ó no. Cualquier cosa que añadiera, podría hacerlo enojar.

Esta alusión al final de nuestra última entrevista me supo mal, pero

sólo repliqué, tratando de ser afectuoso:

--Aunque sea una línea suya, me hará muy feliz. Me permitirá esperar

con calma que se cumpla el plazo.

--¡Ah!... ¡Falta tanto aún!... Ya pensará en otra cosa...

Ciego, no veía ó no quería ver que la niña me estaba despidiendo, que

desde mucho antes había renunciado á su capricho de un minuto, que yo

no significaba nada para ella, y que todos mis esfuerzos, todo mi

amor propio, toda mi pasión, se estrellarían contra su indiferencia.

Pero, también, que mantendría su palabra, y que no se avenía á que se

pisoteara su orgullo con un desdén.

--Y usted ¿pensará en «otra cosa»?--pregunté.

--No, Mauricio, yo no tengo más que una palabra... Lo dicho, dicho

está. Y, escuche, ¿quiere? Deseo de veras, deseo con toda el alma, que

cuando el plazo se cumpla, podamos darnos la mano... para toda la vida.

--¡Ah! Esto me consuela de muchos malos ratos... ¿Es decir que me

quiere un poquito, María?

--Sí...

La despedida fué más tierna de lo que yo esperaba. Ambos nos conmovimos

y quedamos largo rato con las manos enlazadas. Llegué á creer que la

había vencido, conquistado para siempre, y sentí honda satisfacción.

Pero esto duró poco. Á un saludo que le dirigí al llegar á Buenos

Aires, contestó con una fórmula corriente de cortesía, y con esto quedó

cortada casi radicalmente nuestra correspondencia. Así se explica que

pensara poco en mi cuasi-novia, en medio de las febriles disipaciones

de la capital, que, aun sin tener que concurrir á la Cámara, no me

hubieran dejado en aquel tiempo ni un minuto para la meditación.

Bailes, tertulias, comidas, teatros, carreras, paseos, no me permitían

ni siquiera seguir mi vieja costumbre de leer algunas horas, por la

noche, en cama, buscando la tranquilidad de los nervios antes de

dormirme. La noche me la consumían, después del teatro, las partidas,

las largas partidas en el círculo, con los prohombres de la situación.

No sé por qué se niega que el juego de naipes tenga otro interés que

el del dinero y se diga que los que «cambian cartas es porque no saben

cambiar ideas». Yo le encuentro, entretanto, mucho interés «moral» y

hasta una grande importancia, no por sus combinaciones y azares en sí,

sino por lo que desarrolla la facultad de conocer á primera vista el

carácter de los hombres, y hasta adivinar sus pensamientos. Más que

cualquier otro, un jugador sabrá cuándo una persona le miente y hasta

qué punto llega su mentira, y estoy cierto de que Facundo Quiroga veía

más esto por jugador que por gaucho. Á mi juicio, todo político debe

ser jugador--con tal que no se dedique á juegos de simple azar ni de

pura destreza,--pues la práctica de los naipes le dará dominio sobre sí

mismo, facilidad para improvisar ardides y subterfugios, ojo clínico

para descifrar caracteres, habilidad para descubrir las tretas del

adversario, y esa serenidad que permite perder hasta la camisa sin que

nadie se entere, serenidad que en el público versátil hace sobrevivir

el prestigio á las mayores derrotas, facilitando así el, de otro modo,

imposible desquite.

¡Ay del político si el pueblo advierte que está totalmente arruinado!

Ése no volverá á brillar, porque no le ha quedado ni un albur, como al

jugador sin plata y sin crédito, que no puede apostar sobre palabra.

Por otra parte, aquellas largas partidas eran mucho más interesantes

que las de mi club provinciano, y no porque parecieran más animadas.

Por el contrario, eran correctas, casi frías, sin las exclamaciones y

los ternos que solían salpicar las nuestras; pero en los intervalos

se cambiaban algunas ideas útiles, algunos datos importantes, entre

todos iba formándose una especie de solidaridad, de complicidad, y

no faltaban, tampoco, las notas amenas. Una noche, por ejemplo,

extrañábamos la ausencia del secretario de policía, gran punto que nos

tenía locos por su apasionada manera de jugar, cuando lo vimos entrar

como una tromba y sentarse en su sitio acostumbrado, exclamando:

--¡Llego tarde, porque vengo de sorprender á unos jugadores!...

Ni faltaba su poco de psicología, más ó menos trasnochada. Uno de mis

colegas de la Cámara, sin darse ó dándose cuenta de que escupía al

cielo, me dijo cierta noche:

--Mire, Herrera. Uno se sienta caballero junto á un tapete verde; pero

si permanece mucho tiempo aquí, seguro que se levanta siendo un pillo...

--Ó un sonso--completé.

Sin embargo, los «griegos» eran escasos en nuestras reuniones, en las

que no se hacían «más trampas que las necesarias», como dicen los

prestidigitadores espirituales según la receta. Varios hubo... Pero

esto es tan general en el mundo civilizado que no hay para qué entrar

en detalles.

Algunas veces, al dejar la partida y salir á la calle, la hora del

alba sumergía el empedrado, las aceras, las fachadas, en un baño de

azul tan intenso, que yo me quedaba absorto ante aquella maravilla

monocroma, mucho más sorprendente al dejar la iluminación anaranjada de

los salones. Pero sólo un espectáculo excesivo como éste podía llamarme

la atención en el enervamiento de la partida; las medias tintas, los

matices me dejan indiferente.

Así también la vida de la ciudad, que sólo podía detenerme en

sus grandes manifestaciones, y cuyos matices me escapaban, en la

preocupación de la importante partida que estaba dispuesto á jugar,

pero que no veía «armada» en ninguna parte: la partida de mi porvenir.

La iniciación era muy dura. Muchas veces me eché á muerto, renunciando

á abrirme camino de las últimas á las primeras filas. ¡Era tanta la

competencia en todos los terrenos accesibles para mí! Aun en el del

servilismo. Recuerdo el caso de aquellos dos personajes, hombres

de reconocido valer, que se precipitaron á abrir la portezuela del

carruaje, para el Presidente que salía del Congreso. El que quedó

atrás, dijo al otro, irritado:

--¡Adulón!

Y su competidor triunfante, todavía doblado en una gran reverencia,

replicó:

--¡Envidioso!

Mi incipiente reputación oratoria no me bastaba, faltándome las

ocasiones de hablar sin peligro y con brillo. Se debatían cuestiones

demasiado complejas, demasiado técnicas para que pudieran lucir las

lindas y sonoras frases huecas de mi repertorio, y no me encontraba con

valor suficiente, por el momento, para emprender el estudio á fondo de

un asunto determinado, tanto más cuanto que, desde nuestras filas, los

argumentos debían ser muy especiosos y singularmente hábiles para que

resultaran admisibles. Toda la elocuencia parecía haberse vuelto del

lado de la oposición...

Debatíame, pues, en la obscuridad, y más que entonces, mucho más que

entonces lo comprendo ahora cuando, como fondo á mi individualidad,

trato de poner aquella decoración de ciudad-emporio, y aquella época

de delirio de las grandezas. Desaparezco, no resulto yo, «pigmeizado»,

y lo peor es que tampoco acierto á dar la impresión de aquel

pandemonium, de aquel desenfreno de ambiciones y lujurias, sólo regido

por el egoísmo más feroz, y en el que la gente solía entredevorarse

acariciándose. Así los «amigos» del Club, indiferentes en cuanto se

levantaban de la mesa...

Pugnaba yo por abrirme paso en la alta política, pero el destino, mi

protector incomprendido entonces, no lo permitió. Me guardaba para

después, no quería que me comprometiera. ¡Sabio destino! Él veía en el

futuro que toda aquella grandeza iba á caer derribada de un soplo, y

que sólo subsistirían, no los árboles erguidos, sino el cepellón que

crece mejor cuando el bosque se aclara. Bien es cierto que, después,

si yo he crecido, muchos de aquellos árboles tronchados han vuelto á

retoñar. No hay que quejarse. Sólo los muertos no vuelven.

Perdóneseme esta digresión: es la última ó una de las últimas, porque

comprendo que, después de tan larga caminata como hemos hecho juntos,

el lector, viendo ó creyendo ver próxima la etapa final, me incita á

no detenerme á coger flores y contemplar el paisaje, sino á seguir

andando «derecho viejo», hasta el apetecido descanso. Dejaré, pues,

que los hechos se expliquen por sí solos, tanto más cuanto que pienso

en la posible excelencia de unas memorias escritas de ese modo desde

la primera página. Resultarían admirables quizá, pero no serían «mis»

memorias, pues tengo cierta cavilosidad característica que me lleva á

los análisis minuciosos. Mas lo prometido es deuda. Vamos á los hechos

descarnados.

Luis Ferrando, uno de mis camaradas del Club, joven insignificante pero

muy difundido en los salones de la alta sociedad, me abordó cierta

noche diciéndome:

--Usted, que es un verdadero orador, ¿no sería capaz de hablar en una

velada de caridad que organizan las Amigas de los Pobres, una sociedad

formada por las señoras más distinguidas?...

--Si ellas creen que puedo servirles...--contesté, pensando que aquello

me era conveniente.

--Me han encargado, justamente, de que se lo pida.

--Entonces, no hay más que decir... Cuando esas damas quieran.

La fiesta resultó magnífica y en ella pronuncié el más florido de mis

discursos, como podrá verse por el siguiente párrafo, que no era, ni

con mucho, el más deslumbrador:

«Como la cascada que, saltando desde la altura, deshecha en lluvia de

colores, en avalancha de piedras preciosas, fecunda todo el alto monte

y toda la campiña, desde la planta aromática de la cumbre hasta la

flor de la falda, hasta la espiga del llano, hasta el árbol corpulento

y añoso que crece entre las grietas del peñasco, así el sentimiento

desbordante, así la irisada caridad de la mujer argentina, baja desde

la cima excelsa en que es soberana, hasta la hondonada obscura en que

hormiguea la humanidad doliente; y lo que arriba se llama Gracia, abajo

se llama Beneficencia. ¡Oh! ¡dadme, dadme vuestra limosna admirable

como único premio de mi vida! ¡Si soy un mendigo, tendré por vosotras

el pan cuotidiano; si soy un luchador, tendré por vosotras dónde

recuperar los alientos perdidos; si soy un triunfador, encontraré en

vuestras manos la corona de laurel; si soy un poeta, tendré en vuestros

ojos, cuando entone un sublime canto, la gota diamantina de rocío,

la gema incomparable que no puede pagarse con todos los tesoros de

la tierra, de vuestros tiernos, de vuestros abnegados, de vuestros

preciosos sentimientos, emanación única de Dios!»

Esto parecerá rebuscado, enfático, y á los más exigentes hueco, ¡pero

había que oirmelo decir con mi voz sonora y musical, y mi ademán, al

propio tiempo, amplio, rítmico y dominador! Un calofrío corrió por toda

la sala, como una ráfaga de viento en un trigal; las mujeres lloraban,

los hombres aplaudían á despellejarse las manos. ¡Qué triunfo aquél!

Al salir del teatro, en medio de los agasajos, los apretones de manos,

las felicitaciones entusiastas que exteriorizaban mi triunfo, Ferrando

se me acercó en el vestíbulo, donde las damas aguardaban sus carruajes

mal cubriendo con los abrigos todavía innecesarios dada la estación,

sus riquísimos trajes de soirée.

--Un caballero y una señorita muy distinguida acaban de pedirme que lo

presente. Allí están aguardando el coche, ¿quiere venir?

--¿Quiénes son?

--Don Estanislao Rozsahegy (pronunció Rosahegui) y su hija Eulalia, una

muchacha preciosa...

Y mientras yo le decía «Vamos allá», él agregaba aún:

--La más rica heredera de Buenos Aires...

Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira · 第 40 / 53 题