No sé si bien ó mal inspirado, don Evaristo me convidó á comer antes
de mi partida para Buenos Aires. La reunión, muy íntima--estábamos
únicamente los tres,--fué, sin embargo, casi tan ceremoniosa como
nuestros primeros encuentros con María en su casa. Sólo Blanco
demostraba ó afectaba buen humor, y me invitó á que le escribiera
dándole noticia de mis primeros actos é impresiones, cosa que le
prometí.
--Y usted, María, ¿me escribirá?--le pregunté.
--Yo no sé escribir, Mauricio, pero siempre acertaré á decirle si
estamos buenos ó no. Cualquier cosa que añadiera, podría hacerlo enojar.
Esta alusión al final de nuestra última entrevista me supo mal, pero
sólo repliqué, tratando de ser afectuoso:
--Aunque sea una línea suya, me hará muy feliz. Me permitirá esperar
con calma que se cumpla el plazo.
--¡Ah!... ¡Falta tanto aún!... Ya pensará en otra cosa...
Ciego, no veía ó no quería ver que la niña me estaba despidiendo, que
desde mucho antes había renunciado á su capricho de un minuto, que yo
no significaba nada para ella, y que todos mis esfuerzos, todo mi
amor propio, toda mi pasión, se estrellarían contra su indiferencia.
Pero, también, que mantendría su palabra, y que no se avenía á que se
pisoteara su orgullo con un desdén.
--Y usted ¿pensará en «otra cosa»?--pregunté.
--No, Mauricio, yo no tengo más que una palabra... Lo dicho, dicho
está. Y, escuche, ¿quiere? Deseo de veras, deseo con toda el alma, que
cuando el plazo se cumpla, podamos darnos la mano... para toda la vida.
--¡Ah! Esto me consuela de muchos malos ratos... ¿Es decir que me
quiere un poquito, María?
--Sí...
La despedida fué más tierna de lo que yo esperaba. Ambos nos conmovimos
y quedamos largo rato con las manos enlazadas. Llegué á creer que la
había vencido, conquistado para siempre, y sentí honda satisfacción.
Pero esto duró poco. Á un saludo que le dirigí al llegar á Buenos
Aires, contestó con una fórmula corriente de cortesía, y con esto quedó
cortada casi radicalmente nuestra correspondencia. Así se explica que
pensara poco en mi cuasi-novia, en medio de las febriles disipaciones
de la capital, que, aun sin tener que concurrir á la Cámara, no me
hubieran dejado en aquel tiempo ni un minuto para la meditación.
Bailes, tertulias, comidas, teatros, carreras, paseos, no me permitían
ni siquiera seguir mi vieja costumbre de leer algunas horas, por la
noche, en cama, buscando la tranquilidad de los nervios antes de
dormirme. La noche me la consumían, después del teatro, las partidas,
las largas partidas en el círculo, con los prohombres de la situación.
No sé por qué se niega que el juego de naipes tenga otro interés que
el del dinero y se diga que los que «cambian cartas es porque no saben
cambiar ideas». Yo le encuentro, entretanto, mucho interés «moral» y
hasta una grande importancia, no por sus combinaciones y azares en sí,
sino por lo que desarrolla la facultad de conocer á primera vista el
carácter de los hombres, y hasta adivinar sus pensamientos. Más que
cualquier otro, un jugador sabrá cuándo una persona le miente y hasta
qué punto llega su mentira, y estoy cierto de que Facundo Quiroga veía
más esto por jugador que por gaucho. Á mi juicio, todo político debe
ser jugador--con tal que no se dedique á juegos de simple azar ni de
pura destreza,--pues la práctica de los naipes le dará dominio sobre sí
mismo, facilidad para improvisar ardides y subterfugios, ojo clínico
para descifrar caracteres, habilidad para descubrir las tretas del
adversario, y esa serenidad que permite perder hasta la camisa sin que
nadie se entere, serenidad que en el público versátil hace sobrevivir
el prestigio á las mayores derrotas, facilitando así el, de otro modo,
imposible desquite.
¡Ay del político si el pueblo advierte que está totalmente arruinado!
Ése no volverá á brillar, porque no le ha quedado ni un albur, como al
jugador sin plata y sin crédito, que no puede apostar sobre palabra.
Por otra parte, aquellas largas partidas eran mucho más interesantes
que las de mi club provinciano, y no porque parecieran más animadas.
Por el contrario, eran correctas, casi frías, sin las exclamaciones y
los ternos que solían salpicar las nuestras; pero en los intervalos
se cambiaban algunas ideas útiles, algunos datos importantes, entre
todos iba formándose una especie de solidaridad, de complicidad, y
no faltaban, tampoco, las notas amenas. Una noche, por ejemplo,
extrañábamos la ausencia del secretario de policía, gran punto que nos
tenía locos por su apasionada manera de jugar, cuando lo vimos entrar
como una tromba y sentarse en su sitio acostumbrado, exclamando:
--¡Llego tarde, porque vengo de sorprender á unos jugadores!...
Ni faltaba su poco de psicología, más ó menos trasnochada. Uno de mis
colegas de la Cámara, sin darse ó dándose cuenta de que escupía al
cielo, me dijo cierta noche:
--Mire, Herrera. Uno se sienta caballero junto á un tapete verde; pero
si permanece mucho tiempo aquí, seguro que se levanta siendo un pillo...
--Ó un sonso--completé.
Sin embargo, los «griegos» eran escasos en nuestras reuniones, en las
que no se hacían «más trampas que las necesarias», como dicen los
prestidigitadores espirituales según la receta. Varios hubo... Pero
esto es tan general en el mundo civilizado que no hay para qué entrar
en detalles.
Algunas veces, al dejar la partida y salir á la calle, la hora del
alba sumergía el empedrado, las aceras, las fachadas, en un baño de
azul tan intenso, que yo me quedaba absorto ante aquella maravilla
monocroma, mucho más sorprendente al dejar la iluminación anaranjada de
los salones. Pero sólo un espectáculo excesivo como éste podía llamarme
la atención en el enervamiento de la partida; las medias tintas, los
matices me dejan indiferente.
Así también la vida de la ciudad, que sólo podía detenerme en
sus grandes manifestaciones, y cuyos matices me escapaban, en la
preocupación de la importante partida que estaba dispuesto á jugar,
pero que no veía «armada» en ninguna parte: la partida de mi porvenir.
La iniciación era muy dura. Muchas veces me eché á muerto, renunciando
á abrirme camino de las últimas á las primeras filas. ¡Era tanta la
competencia en todos los terrenos accesibles para mí! Aun en el del
servilismo. Recuerdo el caso de aquellos dos personajes, hombres
de reconocido valer, que se precipitaron á abrir la portezuela del
carruaje, para el Presidente que salía del Congreso. El que quedó
atrás, dijo al otro, irritado:
--¡Adulón!
Y su competidor triunfante, todavía doblado en una gran reverencia,
replicó:
--¡Envidioso!
Mi incipiente reputación oratoria no me bastaba, faltándome las
ocasiones de hablar sin peligro y con brillo. Se debatían cuestiones
demasiado complejas, demasiado técnicas para que pudieran lucir las
lindas y sonoras frases huecas de mi repertorio, y no me encontraba con
valor suficiente, por el momento, para emprender el estudio á fondo de
un asunto determinado, tanto más cuanto que, desde nuestras filas, los
argumentos debían ser muy especiosos y singularmente hábiles para que
resultaran admisibles. Toda la elocuencia parecía haberse vuelto del
lado de la oposición...
Debatíame, pues, en la obscuridad, y más que entonces, mucho más que
entonces lo comprendo ahora cuando, como fondo á mi individualidad,
trato de poner aquella decoración de ciudad-emporio, y aquella época
de delirio de las grandezas. Desaparezco, no resulto yo, «pigmeizado»,
y lo peor es que tampoco acierto á dar la impresión de aquel
pandemonium, de aquel desenfreno de ambiciones y lujurias, sólo regido
por el egoísmo más feroz, y en el que la gente solía entredevorarse
acariciándose. Así los «amigos» del Club, indiferentes en cuanto se
levantaban de la mesa...
Pugnaba yo por abrirme paso en la alta política, pero el destino, mi
protector incomprendido entonces, no lo permitió. Me guardaba para
después, no quería que me comprometiera. ¡Sabio destino! Él veía en el
futuro que toda aquella grandeza iba á caer derribada de un soplo, y
que sólo subsistirían, no los árboles erguidos, sino el cepellón que
crece mejor cuando el bosque se aclara. Bien es cierto que, después,
si yo he crecido, muchos de aquellos árboles tronchados han vuelto á
retoñar. No hay que quejarse. Sólo los muertos no vuelven.
Perdóneseme esta digresión: es la última ó una de las últimas, porque
comprendo que, después de tan larga caminata como hemos hecho juntos,
el lector, viendo ó creyendo ver próxima la etapa final, me incita á
no detenerme á coger flores y contemplar el paisaje, sino á seguir
andando «derecho viejo», hasta el apetecido descanso. Dejaré, pues,
que los hechos se expliquen por sí solos, tanto más cuanto que pienso
en la posible excelencia de unas memorias escritas de ese modo desde
la primera página. Resultarían admirables quizá, pero no serían «mis»
memorias, pues tengo cierta cavilosidad característica que me lleva á
los análisis minuciosos. Mas lo prometido es deuda. Vamos á los hechos
descarnados.
Luis Ferrando, uno de mis camaradas del Club, joven insignificante pero
muy difundido en los salones de la alta sociedad, me abordó cierta
noche diciéndome:
--Usted, que es un verdadero orador, ¿no sería capaz de hablar en una
velada de caridad que organizan las Amigas de los Pobres, una sociedad
formada por las señoras más distinguidas?...
--Si ellas creen que puedo servirles...--contesté, pensando que aquello
me era conveniente.
--Me han encargado, justamente, de que se lo pida.
--Entonces, no hay más que decir... Cuando esas damas quieran.
La fiesta resultó magnífica y en ella pronuncié el más florido de mis
discursos, como podrá verse por el siguiente párrafo, que no era, ni
con mucho, el más deslumbrador:
«Como la cascada que, saltando desde la altura, deshecha en lluvia de
colores, en avalancha de piedras preciosas, fecunda todo el alto monte
y toda la campiña, desde la planta aromática de la cumbre hasta la
flor de la falda, hasta la espiga del llano, hasta el árbol corpulento
y añoso que crece entre las grietas del peñasco, así el sentimiento
desbordante, así la irisada caridad de la mujer argentina, baja desde
la cima excelsa en que es soberana, hasta la hondonada obscura en que
hormiguea la humanidad doliente; y lo que arriba se llama Gracia, abajo
se llama Beneficencia. ¡Oh! ¡dadme, dadme vuestra limosna admirable
como único premio de mi vida! ¡Si soy un mendigo, tendré por vosotras
el pan cuotidiano; si soy un luchador, tendré por vosotras dónde
recuperar los alientos perdidos; si soy un triunfador, encontraré en
vuestras manos la corona de laurel; si soy un poeta, tendré en vuestros
ojos, cuando entone un sublime canto, la gota diamantina de rocío,
la gema incomparable que no puede pagarse con todos los tesoros de
la tierra, de vuestros tiernos, de vuestros abnegados, de vuestros
preciosos sentimientos, emanación única de Dios!»
Esto parecerá rebuscado, enfático, y á los más exigentes hueco, ¡pero
había que oirmelo decir con mi voz sonora y musical, y mi ademán, al
propio tiempo, amplio, rítmico y dominador! Un calofrío corrió por toda
la sala, como una ráfaga de viento en un trigal; las mujeres lloraban,
los hombres aplaudían á despellejarse las manos. ¡Qué triunfo aquél!
Al salir del teatro, en medio de los agasajos, los apretones de manos,
las felicitaciones entusiastas que exteriorizaban mi triunfo, Ferrando
se me acercó en el vestíbulo, donde las damas aguardaban sus carruajes
mal cubriendo con los abrigos todavía innecesarios dada la estación,
sus riquísimos trajes de soirée.
--Un caballero y una señorita muy distinguida acaban de pedirme que lo
presente. Allí están aguardando el coche, ¿quiere venir?
--¿Quiénes son?
--Don Estanislao Rozsahegy (pronunció Rosahegui) y su hija Eulalia, una
muchacha preciosa...
Y mientras yo le decía «Vamos allá», él agregaba aún:
--La más rica heredera de Buenos Aires...