IV

Esto me dió mucho que pensar, confirmándome en mis primitivos temores

de ver mi personalidad anulada en Buenos Aires. Y la naciente

experiencia me planteaba este dilema de hierro:

Ó eres un hombre de verdadero valor, tienes que conducirte como

tal, y entonces verte probablemente condenado al desdén si no á la

persecución, pues renunciarías á tus amigos actuales sin conquistarte

antes otros que te defendieran, ó eres un hombre mediano que debe

contentarse con la medianía y aprovechar las migajas sin provocar los

grandes golpes de fortuna, aguardándolos, por si llegan un día, y

conservando, entretanto, todos sus puntos de apoyo.

Tengo de lo uno y de lo otro, y caben en mi cabeza las grandes ideas,

aunque no me dé por los grandes sacrificios, y soy, como el héroe de

Stendhal, capaz de disimular mi superioridad en beneficio propio.

Opté por esto último.

Un gran orador, secundado por algunos opositores de pelo en pecho,

comenzó por aquel entonces una terrible campaña contra el Gobierno,

tratando de demostrar que éste procedía ilegalmente en no quiero

recordar qué combinaciones financieras importantes, sobre todo para las

provincias. Al propio tiempo, como movimiento convergente, formábase un

gran partido con todos los elementos heterogéneos que no comulgaban con

la política oficial. Vi el abismo abierto á nuestros pies, cuando todo

el mundo quería negarlo, pero me dije que el lado de los dirigentes era

y sería siempre... el lado de los dirigentes. Los hombres de gobierno

pueden verse alejados pero no suprimidos de la escena--porque forman

una verdadera casta, una institución,--y los Gobiernos se renuevan

con hombres que han gobernado ya, nunca, sino en muy pequeña dosis,

con hombres nuevos, que no saben el mecanismo del poder. Comprendí,

pues, que para no caer definitivamente, sin remedio, debía caer con

los míos, y me aferré á la defensa del Presidente y su política. Grité

contra aquel orador de cara de Nazareno, que hablaba con voz aflautada

de mujer, armoniosa á veces, retumbante otras, y creo que, parodiando

á misia Gertrudis, hasta insinué que era mulato y mal nacido... Esto

no lo hacía en discursos--voluntaria y radicalmente suprimidos,--sino

en simples interrupciones. Los correligionarios me estimulaban, me

agasajaban para sacar las castañas del fuego con la mano del gato,

pero yo sentía el gran vacío de una posición falsa, y de pronto cesé

hasta en mis invectivas, buscando también el silencio y el olvido. Poco

antes, algunos diarios me atacaban, tomándome como pretexto para mesar

las barbas del Presidente en persona, y presentándome como su vocero,

como su alma condenada. Esto me afligía y me torturaba, aunque en las

calles, en los clubs, en el Congreso y en el teatro, me diera aires de

Matamoros, y... al buen callar llaman Sancho. El grande hombre de Los

Sunchos, el árbitro de la capital provinciana, era, cada vez más, uno

de tantos en la capital de la República...

Coen, el banquero, cuya mujer me hacía ojitos en casa de Rozsahegy, y

con quien había hecho varias jugadas de Bolsa, me dijo un día:

--Yo le aconsejaría, don Mauricio, que realizara. Usted tiene algunos

negocios, como el de sus tierras, que pueden darle todavía magnífico

resultado. Si espera un tiempo más, es muy posible que se vaya «al

bombo». Realice y compre oro para dentro de tres meses; pero compre

oro efectivo, no se contente con las diferencias, porque si no se

embromará. Esté cierto de que va á quebrar medio mundo el día menos

pensado.

--¡No embrome!--le dije, sonriendo.--Ésos son cuentos para asustar á

las viejas.

Sin embargo, fuí á ver al Presidente y le hice comprender en forma

velada lo que había en la atmósfera.

--¡Bah! ésos son excesos de la oposición--me dijo.--Y usted, ¿qué

piensa hacer?

--¿Yo? No mover un dedo. Sabiendo lo vinculado que estoy á

la situación, y por más insignificante que sea, una maniobra

temerosa mía podría acelerar un pánico que nuestros adversarios se

esfuerzan en producir. Yo soy muy amigo de mis amigos... y de mis

protectores--agregué, al ver que arrugaba el vanidoso entrecejo.

--Haga lo que se le antoje. Y no se crea que puede comprometer todavía

la marcha del país--dijo con sorna.

--La oposición sabe exagerar, cuando le conviene. Estoy seguro de que

se fija en todo... hasta en mí... Yo estoy á la baja...

--Sí, es lo mejor. Pero no se preocupe. Son «alaracas» de los

opositores, nada más.

Pepe Serna, el secretario particular del Presidente, me dijo más tarde

en el Club, que mi actitud había complacido mucho al Presidente.

--¡Poco me importa!--contesté.--Lo único que quiero es demostrar

carácter. Podría comprar oro, realizar ahora mi fortunita y ser muy

rico; pero prefiero mirar al futuro y no hacer pavadas que lo echen á

perder. ¿Y «vos»?

--Yo--contestó Pepe,--se lo debo todo al «doctor»; soy consecuente, y

tengo miedo de dejar de serlo, porque entonces dejaría de estimarme á

mí mismo. ¡Como que si me estima un poco todavía es sólo por eso!...

Nos fuímos á comer juntos sin hablar más de la cuestión, aunque ambos

siguiéramos pensando en ella. Alguien que comía en el mismo Café de

París, con otros amigos, un comprovinciano muy al corriente de todos

los chismes de nuestra ciudad, me mandó con el «maitre d'hotel» un

diario de mi provincia, al margen del cual había escrito con lápiz:

«Hay noticias interesantes para usted.»

Busqué la noticia interesante, y fuera de la habitual palabrería

política no encontré nada. Miré al comprovinciano, mostrándole el

periódico y encogiéndome de hombros, para indicarle que aquello me

importaba un bledo. Él sonrió, me hizo con la mano señas de que

esperase y escribió en una tarjeta: «En la Crónica Social». La noticia

era ésta:

«El doctor Pedro Vázquez ha pedido la mano de la distinguida señorita

María Blanco, hija de don Evaristo Blanco, uno de los hombres que en

nuestra provincia, etc., etc...»

¿Me puse pálido? Creo que sí, aunque no puedo afirmarlo. Sé solamente

que aquello, tan previsto, sin embargo, me produjo una honda sacudida,

un profundo desgarramiento de mi amor propio. El plazo no había

vencido, María no me había dicho nada, yo no había retirado mi palabra,

antes bien insistía aparentemente en mi solicitud...

--¿Qué tienes?--me preguntó Pepe Serna, advirtiendo mi turbación.

--¡Nada! Me acabo de acordar de que esta misma noche debo ir á casa de

Rozsahegy, y me fastidia pensar que he estado á punto de cometer una

gran grosería. No puedo dejar de...

--¿De ver á Eulalita, no?

--¡Como lo dices! Precisamente, de ver á Eulalia.

Una vez más era juguete de las circunstancias que, en lugar de

perjudicarme, han sido siempre mis abnegadas servidoras. Algunos,

á quienes suelo estorbar todavía, dicen que soy un «oportunista».

¡Bah! Ése es un rótulo como cualquier otro. La verdad es que siempre

he sabido amoldarme á la vida, aunque en mi interior ardan todas las

pasiones, convencido de que la pasión sólo sirve para hacer disparates.

Y siempre he sido el hombre de las resoluciones rápidas.

--Pero algo te pasa--insistió Pepe.--El simple propósito de hacer una

visita no puede turbarte así...

--Mañana... ó pasado, lo sabrás... Tengo un proyecto que ha de influir

en todo el resto de mi vida...

--¿Ésas tenemos?--murmuró, adivinando.

--Sí.

Pagué la cuenta y salimos.

Eran las diez cuando entré en el palacio de Rozsahegy, la casa

solariega de una vieja familia de próceres, que el advenedizo había

comprado á fuerza de dinero para darse cierto barniz «ladrillezco» de

aristocracia.

Había en el salón unas diez personas de clase muy mezclada: dos jóvenes

«conocidos»--Ferrando y otro,--un político secundario, muy mercachifle,

con ínfulas de influyente; el banquero Coen, con su mujer, rubia, miope

y tierna, figulina de Sajonia medio resquebrajada ya pero siempre de

colores chillones y como infantiles, que me hacía una corte asidua

é incondicional; una señorita extranjera, con aires de «demoiselle

de compagnie» en reemplazo de su señora; un sabio europeo venido á

estudiar no sé qué epizootia y á llevarse no sé cuántos pesos; el dueño

de casa, don Estanislao Rozsahegy, su esposa Irma, con su idioma tan

semejante al alemán como al castellano, y la linda Eulalia, que reunía

en torno suyo á los dos elegantes, la muñequita de porcelana barnizada

y la «demoiselle de compagnie», mientras que el gran Rozsahegy

acaparaba al político, al banquero y á la germano-criolla, es decir la

parte seria de la sociedad.

--¡Por fin sale usted del bosque!--exclamó Eulalia con la libertad de

ideas de las niñas «de sociedad», acudiendo presurosa á recibirme, con

gran disgusto de los dos gomosos.

--¿Del bosque, Eulalia, en pleno Buenos Aires?

--¿No dicen que los osos, insociables, viven en los bosques? Y usted es

un poquito oso, ¿no es verdad? ¡Vaya! Deje á los viejos que hablan de

negocios y especulaciones sin ocuparse de los muchachos, y véngase con

nosotros...

La alusión á la señora de la Selva había sido clara, pero ni me di por

entendido, ni ella insistió, por buen gusto innato, aunque criada en

un medio que no era cultivador de semejantes matices.

En el grupo juvenil, bullicioso, superficial y entrometido, me encontré

molesto, porque no iba á mantener conversaciones generales: iba en

busca de algo decisivo, y necesitaba hablar aparte con Eulalia.

Buscaba el medio de alejarla del grupo, cuando Rozsahegy me hizo muy

indirectamente el juego, llamándome.

--La situación sólida, ¿usted cree?--preguntó con aire de inocencia y

de perplejidad, aunque fuera un zorro viejo.

--Sí, don Estanislao. Todo va bien. No hay que hacer caso de la

oposición. Su misma fiebre lo demuestra. Son perros que ladran á la

luna...

--Muchos perros... Ese metin del Frontón...

--¿Ha viajado por el campo? En las estancias, en cuanto ladra un cuzco,

todos los perros desocupados se ponen á ladrar también, sin saber por

qué, y no muerden, porque no tienen qué morder...

--¡Oh!--dijo Coen, con aire misterioso.--La Bolsa está intranquila...

--¡Bah! contra los que juegan al alza están los que juegan á la baja.

Es una partida reñida, pero jugarreta al fin.

--La apuesta es la fortuna del país, no unos cuantos pesos de los

jugadores...

--El país es demasiado rico para que eso pueda comprometer su fortuna.

--¡Hum! usted está muy confiado, muy confiado, lo mismo que el

Gobierno. ¿Qué hace el Gobierno?

--¡Pues, nada! ¡Provocar la baja! Y lo conseguirá. ¿Quién lucha, don

Estanislao, contra el poder y el dinero, el poder total, el dinero

inagotable?...

--Sí, eso es muy importante--murmuró Rozsahegy, sin convicción.

--Papelitos impresos--murmuró Coen.

--¡Oro! ¡El oro caerá en la Bolsa como el maná en el desierto! El

ministro lo ha prometido. ¡Será el maná, y los israelitas no se morirán

de hambre!...

--Eso no dudo--insinuó Coen, burlón.

--Y... eso, ¿usted tiene confianza, entonces?--preguntó Rozsahegy con

aire extremadamente candoroso.

--¡Absoluta!

--Yo también--apoyó don Estanislao, entre sonrisas indescifrables.--Yo

también... por ahora.

Y llamó á Eulalia para decirla que hiciera servir el té, poniéndola así

á mi alcance fuera de oídos indiscretos.

Me acerqué á ella y entablé el coloquio proyectado.

--¿Conque, soy un oso, no?

--«Silvestre», sí, según se dice.

--¡Vamos, Eulalia! Dejemos los árboles, y yo le demostraré que soy,

por el contrario, una fiera domesticada. ¿No me cree usted capaz de

abandonar la arboricultora para dedicarme al cultivo de las flores?

--¿De qué flores?

--De las más hermosas, las más gallardas, las más perfumadas... Usted,

por ejemplo.

--¡Oh!--y el rubor le invadió las mejillas, mientras que un ligero

calofrío le corría de los pies á la cabeza.

--Ni el momento ni el sitio parecen oportunos, Eulalia: pero, sin

embargo, son favorables para quien no puede aguardar más. Hace mucho

que tengo que decírselo: La quiero... Y usted, ¿me quiere?

Le clavé los ojos; ella no desvió los suyos, humedecidos y vagos.

Buscó el botón de la campanilla, tras de su espalda, con la mano

izquierda, como para disimular su turbación, y no pudo menos que

tenderme la derecha, que sentí trémula de emoción en la mía, seca y

febril.

--¿Está dicho?

--Sí.

Un lacayo apareció.

--El té--dijo Eulalia, con voz temblorosa.--El té en el comedor.

--¿Por qué en el comedor?--preguntó Rozsahegy.--Aquí estamos muy bien.

--En el comedor, papá...--insistió Eulalia, con ese acento

profundamente persuasivo que sólo saben encontrar las mujeres, y sobre

todo las muy jóvenes, mezcla de orden y de súplica.

Rozsahegy no insistió, ni hubiera insistido aun tratándose de cosas de

mayor importancia; en el trato social se dejaba guiar ciegamente por su

hija, confiando en su discreción y en su cultura, él que no tenía el

menor roce, y que sólo sabía tratar con los hombres de negocios, y sus

empleados y peones.

Entretanto, los dos grupos, interesados por nuestro aparte, hacían

converger sus miradas hacia nosotros, lo que me demostró que nuestra

actitud no había sido tan disimulada como lo esperábamos. Supongo que

Eulalia haría la misma observación, pero siguió á mi lado sin dar

importancia á la curiosidad que nos rodeaba.

--¿Es cierto, Herrera? ¿Es cierto... Mauricio?...

--¡Sí, Eulalia!

--¡Oh! Si usted supiera cómo temía...

--¡Y yo, Eulalia! ¡Cuánto desearía que estuviéramos solos para

decirle!...

--Ahora... cuando entren á tomar el té.

Mentira; no deseaba que estuviéramos solos. Me sonreía, por el

contrario, aquella declaración en plena sociedad; ésta justificaba

la falta de arrebatos románticos y me permitía no buscar frases y

actitudes artificiales y dramáticas. Me gustaba Eulalia, me había

prendado desde el primer momento, pero me era imposible encontrar para

ella frases arrebatadoras, explosiones de pasión. Tras de la princesa

de cuento de hadas, veía los dos ogros que entibiaban mi ardor, como

una amenaza.

Cuando los invitados pasaron al comedor, nos quedamos un momento en

la sala, desierta y rutilante de luz. Muy ruborizada, con las manos

caídas, torturando el abanico de nácar, la niña esperó.

--¡Está usted deslumbradora esta noche!

--No quisiera...

--¿Por qué, mi Eulalia?

--Porque lo deslumbrante no se ve.

--¡Ah, coqueta! Y usted quiere ser vista...

--Sí. Con todos mis defectos y todas mis fealdades... para que después

no venga el arrepentimiento.

--Usted no tiene ni defectos ni fealdades...

--Quizá sea que no se ven ahora...

--Para mí no existen... No existirán nunca, Eulalia.

--¿De veras?--murmuró, casi burlona.

--¡No se ría!... ¡La quiero con el alma!

Se puso seria, muy seria, de una gravedad insólita para decirme:

--Yo también á usted... Pero me aflige pensar... en la arboricultura y

otras cosas.

--¿Y usted puede creer?... Habladurías, malevolencias.

Me miró sonriente esta vez, tranquila, vencedora, y preguntó con

intención:

--No, pero... ¿Qué cree usted que pensaría la mujer de César?

--No colijo...

--Pues... que César no debería ser sospechado, él tampoco.

La miré como haciéndola un montón de promesas y juramentos, y, por fin,

murmuré, decisivo:

--Es preciso que me autorice...

--¿Á qué, Mauricio?

--Á pedirla á sus padres.

Fijó en mí los ojos, tan vagos, tan empañados que temí verla desmayarse.

--Sí, Mauricio--murmuró apenas.

Y el «Mauricio» sonaba en su boca como una caricia de sus labios,

porque ese nombre, mi nombre, debía haber sido besado mil veces al

pasar por sus labios, aunque su estructura parezca no prestarse al beso

tanto como otras, Pepe, por ejemplo, que son dos besos seguidos.

--¡Pues, esta misma noche!--dije.--Mañana... á más tardar...

El grupo de los jóvenes, viendo que la montaña no se acercaba á ellos,

se acercó á la montaña, saliendo del comedor. Fuí buen príncipe,

ayudando á formar la rueda y reanudando la conversación general, de

modo que Eulalia pudo recobrar su sangre fría. La señora de Coen me

lanzó una indirecta como un mazazo:

--¡No hay como la soledad para los idilios!

--Oh, señora, cuando yo tenga un idilio, le aseguro que estaré más y

menos solo que hoy.

--No entiendo...

--¡Eh! así son los idilios... nadie los entiende, sino el que los hace

ó el que goza de ellos... Los demás, cuando mucho, aciertan á echarlos

á perder, por indiscreción ó por... competencia.

Se mordió los labios, y oí que se juraba en silencio, vengarse de mi

impertinencia.

Al despedirme, pedí á Rozsahegy una entrevista para el día siguiente.

--Vaya á mi escritorio, á cualquiera hora.

--No es cosa de negocios.

--Entonces, aquí, de nueve á diez de la noche. ¿Le conviene?

--¡Muchas gracias! Hasta mañana, don Estanislao.

V

Á la noche siguiente, y no sin haber vacilado todo el día, me presenté

en casa de Rozsahegy para pedir la mano de Eulalia. Era un paso

comprometedor, al que me impulsaban el deseo de vengarme de María ó

más bien de demostrarle que su indiferencia y su traición eran, por

lo menos, simultáneas con las mías, y al propio tiempo los atractivos

indiscutiblemente seductores de la niña. Pero me fastidiaba enajenar

tan prematuramente la libertad, y á no ser porque una gran fortuna

facilitaría mi rápida ascensión, convirtiéndome en un hombre de

verdadera importancia, mis cavilaciones de aquel día me hubieran hecho

volverme atrás, y renunciar al casamiento, ó dejar, por lo menos, las

cosas pendientes.

Rozsahegy me recibió sonriente y curioso en el soberbio bufete lleno

de libros vírgenes que tenía en su palacio. Algo sospechaba de la

naturaleza de la entrevista, pues no le podía haber pasado inadvertida

nuestra intimidad con Eulalia, pero no estaba seguro, porque ésta no

había querido hacerle confidencia alguna. Mostróse benévolo, casi

servil, como lo era con todos los hombres de la situación que podía

utilizar como instrumentos. Yo, por mi parte, no me anduve por las

ramas.

--Usted es todo un hombre--comencé,--y no le gustan los rodeos.

--Está claro. Al vino, vino. Es lo mecor.

--Y cuando yo resuelvo algo, necesito realizarlo inmediatamente.

--Yo también. Es lo mecor.

--Todos los hombres de acción somos así... Ahora, lo que me trae,

don Estanislao, no puede ser más sencillo: Quiero á Eulalia, ella me

quiere, y vengo á pedirle su mano... Me parece...

--¡Eh!--exclamó, interrumpiéndome.

Abrió enormemente los ojos; un deslumbramiento pasó por ellos... Lo

había soñado, lo había pensado, lo esperaba, pero aún le parecía

imposible. Me echó las enormes y velludas manos sobre los hombros, me

atrajo hacia sí como si intentara besarme en la boca, y tartamudeó,

olvidado del castellano por la emoción:

--_Donner! Donner!_ ¡Qué bueno! Yo á mi mujier diciendo... ¡Irma!

¡Irma!... _¡Kommen Sie!_

Se había asomado á la puerta que da al vestíbulo, y gritaba. La voz de

la dama que acudía corriendo, contestó desde el salón:

--_Was ist d'los?_

No había acabado de entrar en el bufete, cuando ya don Estanislao casi

la alzaba en sus cortos y forzudos brazos, gritando:

--¡Todo hecho! Herera quiere casar con Eulalia.

--¿Y «echa» qui dice?--murmuró la pobre mujer, como alelada.

--Hay que preguntárselo, señora--dije, sonriendo, á pesar de la

gravedad interna de la situación.

Y nuevos gritos:

--¡Eulalia! ¡Eulalia! ¡Schnel! ¡Schnel!--apresúrate, como si se tratara

de un sueño que pudiera desvanecerse de un momento á otro.

Eulalia apareció, muy colorada, sabiendo lo que se le iba á preguntar.

Pero no vaciló y dió su respuesta en firme:

--¡Sí!

Con un movimiento lleno de gracia tomó entonces con la izquierda dos

dedos de la mano de su padre, y me tendió la diestra á mí, mientras

miraba mimosa y conmovida la redonda cara plácida de Irma, á punto

de llorar. Después, desprendiéndose de ambos, corrió á colgarse del

cuello de la madre, y le cubrió las mejillas de besos, que en parte me

dedicaba, sin duda.

¡Qué contraste! De aquellos rudos y espinosos troncos importados de qué

sé yo qué comarcas extranjeras, había brotado como por milagro aquella

suave y delicada flor criolla, como de los torturados espinillos brotan

en primavera las aromas de oro, más sutiles, más finas y más perfumadas

que cualquier florescencia de invernáculo.

Irma, un instante después, me sometió, como á una prueba masónica, á un

concienzudo abrazo, y me besó en ambas mejillas con verdadero furor.

Mi solicitud había sido aceptada, pues, no sólo con benevolencia,

sino con entusiasmo y sin ninguna aparatosa formalidad. Eulalia y yo

nos acercamos, mientras «los viejos» se hablaban aparte, y comenzamos

una de esas gentiles conversaciones que pueden compararse al arrullo,

porque las palabras no dicen nada, mientras que la expresión lo dice

todo... y muchas otras cosas más.

Nos interrumpió Rozsahegy, para decirnos que, con Irma, habían resuelto

dar una comida á sus amigos más íntimos, para comunicarles á los

postres nuestro próximo casamiento. La comida se celebraría dos días

después.

--Dentro de dos días, sin falta, don Estanislao--observé.--Tengo que ir

á mi provincia lo más pronto posible.

Dos días después, los salones de Rozsahegy se hallaban llenos de gente.

Á las ocho en punto, un lacayo abrió de par en par las puertas del

comedor, donde estaba la mesa tendida, con gran lujo de flores, de

cristales y de vajilla de plata. Entramos, dando el brazo á nuestras

parejas. La mía, en la circunstancia, era, naturalmente, Irma. Sólo

Rozsahegy se quedó atrás, como haciéndonos la guardia, y fuímos

desfilando ante sus ojos relampagueantes de orgullo, que parecían

decirnos:

--Miren ustedes cómo se hacen las cosas, y digan después que soy un

patán enriquecido... Sí, yo, el antiguo peón, el «changador» miserable,

soy ahora un gran señor con mucho estilo, y esos muebles principescos,

y ese mantel con encajes, y esa vajilla de plata--de plata legítima

y maciza,--y esas orquídeas maravillosas, y esos cristales tallados,

que parecen diamantes, y esas porcelanas que son como pétalos de

flores, y esos frascos tallados en que los licores y los vinos brillan

como piedras preciosas, como una cascada de piedras preciosas que se

derramara sobre el mantel, tan deslumbradoramente blanco... todo eso

y mucho más es mío... Y mucho más; porque, si mi mano, un poco torpe

aún, volcara sobre la mesa el Oporto de cincuenta años, como antes el

chacolí ó el espeso vino negro griego de las tabernas, llamaría á mis

lacayos y haría cambiar en un momento la decoración, con más encajes, y

más plata, y más cristales, y más porcelanas, y flores más hermosas, y

todavía podría exclamar con mi gruesa voz alegre:--«¡Rompa, rompa, que

está pago!»

¡Y ningún orgullo semejante á aquél!

Yo había dado, pues, el brazo á Irma, conduciéndola á su asiento en

una de las cabeceras de la mesa, y fuí, menos Rozsahegy, el último en

ocupar su sitio. No habían puesto tarjetas indicando la colocación de

los convidados, y Ferrando, no sé si distraído ó presuntuoso, quiso

sentarse junto á Eulalia. Irma, que vió esto, corrió hacia él, le

golpeó amistosamente el hombro, y le dijo:

--Permite, permite...

Y cuando el otro se apartó, desconcertado, me llamó á mí, indicándome

la silla y diciendo:

--Sienta... sienta aquí... Al lado novia.

Tal fué el parte oficial de nuestro compromiso, que aguó el probable

discursito de Rozsahegy.

Eulalia se moría de vergüenza... y yo también, porque jamás me he visto

en una situación más ridícula, situación que hubiera sido intolerable,

sin el desconcierto del infeliz Ferrando, que no sabía lo que le pasaba

ni cómo debía tomar semejante salida. Lo miré, y unas atroces ganas de

reir me asaltaron de pronto, haciéndome olvidar mi propia desventura.

Ferrando, ciego, buscaba dónde sentarse, tropezaba con muebles y

personas, sin comprender que nadie le observaba sino yo y la señora de

Coen, y pensaba evidentemente en marcharse á la francesa, como gato

escaldado, cuando ésta última, compadecida ó resuelta á consolarse

con él de mi indiferencia, lo llamó junto á su redonda persona, á sus

ojillos miopes y parpadeantes, á su traje de colores deslumbradores, á

sus manos regordetas anquilosadas por los anillos, á su descote en que

los brillantes parecían agua de manantial en la sima de un profundo

barranco.

Y, á los postres, la voz de Rozsahegy retumbó como un trueno, haciendo

retemblar hasta aquellos mismos peñascos de carne:

--¡Traiga champaña! ¡Ahora tenemos que brindar por los novios: mi hica

Eulalia y don Mauricio Comes Herera!

¡Oh, manes de mis antepasados! ¡Qué satisfechos debisteis sentiros en

aquel momento! Y, al fin y al cabo, ¿por qué no? Si no entonces, lo

habréis estado más tarde, al ver unida á la fuerza del conquistador

que ante nada se detiene, esa otra fuerza más pura y distinguida que

proviene de vosotros...

No hay que buscar tres pies al gato en nuestra plebeya aristocracia,

donde, salvo algunos, todos tenemos abuelos mercaderes ó artesanos. Y

nuestros antepasados más nobles no se quejan. Ellos mismos lo han dicho

en sus declaraciones doctrinarias: todos somos iguales, y un detalle

de educación no es cosa que pueda conmover sus huesos en la gloriosa

tumba... Además, Eulalia hubiera podido ser en sus tiempos, como lo es

hoy, una gran señora, porque como vosotros, ¡oh, abuelos míos!, hijos

de europeos también, nació en esta tierra de belleza y de intuición...

En suma, cuando brindamos, eran ya las doce de la noche, porque el

«menú» había sido desbordante. Una taza de café ó de té, enormes

cigarros habanos, licores, más champaña para los que lo deseaban--Coen,

el político influyente, Ferrando, el otro «high-life», varios

jovenzuelos;--bombones para las niñas; monadas de madama Coen,

dirigidas ya abiertamente á Ferrando, con abandono de mi humilde

persona; una ó dos frases pseudo amables, pero bien perversas, de

la «demoiselle de compagnie», sobre la demoníaca maldad de los

hombres y lo inane de las riquezas; lagrimitas de mamá Irma; rubores

y balbuceos de Eulalia; risotadas jubilosas de Rozsahegy; cálculos

tele-futuros de Coen--vidente de lo que yo podría ser con mi nombre y

con «nuestra» fortuna al cabo de diez años,--sonrisas entendidas de los

mundanos, comentando el chisme sensacional que yo les proporcionaba

inesperadamente para el club y las tertulias medianochescas de Matilde

y la Calandraca, puntos de reunión en aquel tiempo de lo más granado

de la sociedad oficial, militares y paisanos; continuos paseos de los

sirvientes de librea, ofreciendo vinos, refrescos, helados, sandwichs

y bombones á los comensales de un patrón que fué quizá su camarada; un

poco de música, unas vueltas de vals...

Se marcharon, al fin, todos aparentemente contentos, excepto la

«demoiselle de compagnie», más que nunca deseosa de ser actriz y no

espectadora; los elegantes que hacían el inventario de la fortuna de

Rozsahegy; el político sin prestigio que hubiera dado generosamente

esta negación á cambio de los millones rozsaheguianos; la mujer de

Coen, que había debido cambiar el programa y postergar la data de sus

deseados estudios psicológicos; algunos otros... y nadie más, porque

ya el resto era de la «familia», salvo Coen, quien, al fin y al cabo,

«sabía» que «sabía» sacar provecho de todas las circunstancias.

El «tête à tête» con Eulalia que siguió á la fiesta fué encantador,

pero corto. Aquella virgen de Andrea del Sarto me arrebataba, y hasta

me hacía olvidar, en esos minutos, que al pedir su mano sólo había

obedecido á un rapto de despecho, á un impulso de orgullo satánico.

Estaba enamorada de mí, y nada embriaga tanto á un hombre como verse

querido incondicionalmente. Es como si tomara á grandes copas el más

capitoso de los licores. ¡Ah, si María!...

--¿Cuándo piensa usted casarse?--me preguntó Rozsahegy, acercándoseme.

--Lo más pronto posible, don Estanislao.

--También á mí me gusta. Eulalia es rica, más rica que usted (no lo

digo por mal), porque... Venga un poco aquí y le diré.

Me tomó aparte, y continuó:

--Porque usted tiene...

Y me dejó boquiabierto, presentándome de memoria un inventario de mi

fortuna, que yo mismo hubiera sido incapaz de hacer, ni aun tomándome

dos meses de tiempo para buscar los datos y ordenar los papeles. Total,

realizando en aquel momento, mi capital ascendería, por lo menos, á un

millón seiscientos ó setecientos mil nacionales. Ahora bien, habría

que rebajar la deuda á los bancos (pero ésta no era de preocuparse),

y considerar que yo no tenía renta alguna, sino el simple aumento por

la especulación. Pero eso no importaba. Eulalia tenía rentas de sobra,

y yo, con «dejar dormir» mis propiedades, me despertaría una mañana

poderoso.

--«¡Déquese estar! ¡déquese estar!»--me repetía Rozsahegy, sonriendo

con su ancha cara rojiza y bigotuda de mozo de cordel.--En este país,

para ganar plata, lo mejor es no hacer nada, nada, nada, sino esperar

las gangas. Para hacerse rico «trabacando», hay que ser muy vivo y no

tener «sonserías».

Divertido, y, al propio tiempo, vejado por esto, quise poner término á

los desarrollos económicos de mi suegro futuro, diciéndole:

--¡Pero don Estanislao! Si me caso con Eulalia es sencillamente porque

la quiero, no por otra cosa. Es la niña más bonita y más espiritual de

Buenos Aires.

--Eulalia Cómez Herera--exclamó sentenciosamente el viejo,--es una

cosa. Pero si Eulalia Cómez Herera no tuviera más que lo que tiene el

marido, sería otra cosa. Eulalia Cómez Herera, hija de Rozsahegy, es

una gran persona, y el marido también, y el padre también.

--¡Oh, sí!--exclamó Irma, corriendo otra vez á abrazarme.

Eulalia se moría de vergüenza y de amor. Yo tenía unas ganas locas de

echarme á reir. Pero besé á Eulalia en la frente, abracé á la suegra,

estreché la ancha y velluda pata sudorosa de Rozsahegy y me despedí,

diciendo:

--Mañana salgo para mi provincia. Allí estaré dos ó tres días, nada

más. Entretanto, comenzarán á hacerse todos los preparativos para el

casamiento.

--¡Se va!--exclamó Eulalia, como si obscureciera de repente.

--Pero escribiré, querida--le dije al oído.--Si me voy, es precisamente

para que seamos felices más pronto...

Cuando me marché, parecióme que aquel palacio olía á grosera felicidad,

como un local dudoso, donde se hubiera desarrollado una fiesta rayana

en orgía. Eulalia era allí como una flor olvidada que se agotaba en la

atmósfera caliginosa.

Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira · 第 42 / 53 题