TERCERA PARTE

I

Aunque ya estuviese bastante acostumbrado á la vida intensa de la gran

metrópoli, Buenos Aires me mareó en un principio, y este fenómeno se

explica: hasta entonces sólo había ido allí por paseo, sin nada bien

determinado que hacer, el tiempo completamente mío, contando siempre

con el refugio hospitalario de mi ciudad, como con un baluarte que me

defendería en caso necesario, pudiendo elegir mis relaciones, retraerme

ó prodigarme, según me conviniera, simple visitante, en fin, á quien

hasta los enemigos reciben corteses, como en un alto del combate;

mientras que esta vez, iba á radicarme allí, con un plan de conducta

establecido en sus grandes líneas, y obligaciones políticas y sociales,

deberes de orden diverso, necesidades urgentes como la de ponerme al

diapasón del gran centro, para no hacer un papel ridículo, sin contar

ya con tirios y troyanos, como que entraba decisivamente en la arena,

ni poder pensar en el modesto abrigo de la provincia, pues retirarme

sería equivalente al más estruendoso fracaso. Al mareo contribuía,

también, la embriaguez de mi triunfo, la satisfacción arrebatadora de

verme con un pie en los últimos peldaños de la inmensa escala, pudiendo

considerar que todo me era accesible, que todo estaba al alcance de mi

mano. Y otra cosa más: quise, apenas llegado, reconstruir mis antiguos

ensueños de cuando vagaba desocupado en la gran ciudad, aquel vasto

proyecto de aparecer, y deslumbrar, trabajando activa y brillantemente

por la unión estrecha de Buenos Aires y las provincias, por la

extinción total de los viejos antagonismos; pero, apenas me puse á

pensar en esta «misión» me pareció trivial, infantil, ya realizada ó en

vías de realizarse, y temí dar pasos en falso, exponerme á las burlas

de los hombres experimentados y escépticos, hablar como una criatura...

No, si no es tan fácil la iniciación como parece.

--¡Bah!--me dije.--Lo que debo hacer es, por una parte, ocultar que

estoy algo «boleado», que me azoro como un advenedizo, y, por otra,

no darme por ahora aires de grande hombre, ni esforzarme por llegar

á serlo, mientras no se me ofrezca una oportunidad verdaderamente

favorable... Seamos modestos, Mauricio, hasta la hora de ser soberbios.

Gracias á un dominio de mí mismo que me permitía parecer tranquilo é

indiferente en las mayores pellejerías, conseguí que nadie advirtiera

mi azoramiento. En cuanto al otro auto-consejo, lo modifiqué, pensando

que, sin aparentes pretensiones, podía y debía presentarme en plena

vida político-social, irreprochablemente y aun con atildada elegancia

en cuanto á mi exterior se refería. Renové, pues, mi guardarropa,

abandonando los trajes que en provincia podían dar el tono, pero que

en Buenos Aires resultaban lugareños por no sé qué detalles de corte,

de color, creo que hasta de olor, comencé á frecuentar los grandes

«restaurants» á la moda, los teatros, los clubs, los círculos que

ya conocía, con el rumbo discreto que siempre acostumbré, y esto me

hizo creer un instante que comenzaba á ser popular. Veíame siempre,

en efecto, rodeado por un círculo de amigos y conocidos que se

ensanchaba cada día, y del que era ó del que creía ser eje principal,

pues todos me demostraban no sólo deferencia, sino también hasta

admiración. Señuelo de este rebaño habían sido algunos camaradas, que

en mis visitas anteriores se sentaban á mi mesa y me iniciaban en el

conocimiento de los más amables rincones de la capital; pero antes no

eran tan numerosos ni tan permanentes--no me parecieron así, al menos,

gracias á lo transitorio de mi estadía,--mientras que, en este nuevo

período, llegué á considerarlos innumerables y pesados en demasía,

sobre todo cuando saqué cuentas al cabo del segundo mes: me había

gastado lo que creía suficiente para medio año, por lo menos. Mis

recursos, grandes en provincia, resultaban escasísimos en la capital,

llena de declives, cloacas y alcantarillas por donde se va el dinero

como agua en día de lluvia, sin que, para quedarse sin un céntimo, sea

preciso caer en la exageración de prestar á cuantos piden. Resolví,

pues, substraerme un poco á la admiración de mis contemporáneos, y

recordé mis buenos propósitos de modestia, jurándome cumplirlos esta

vez.

Con todo, y aunque hubiera podido descontar desde luego mis dietas de

diputado, el dinero no me alcanzaba, en medio de aquel «maelström»

devorador, sobre todo, si quería mantener íntegra mi pequeña fortuna,

como era mi intención. Puede que se me considere ávido y hasta mezquino

por esto, pero era, sólo, previsor, y sabía gastarme las rentas sin

pestañear. ¡Y qué hubiera sido de mí á no proceder de esta manera,

cuando tantos más ricos que yo, arrastrados por la corriente, fueron

luego á rodar al abismo de la miseria, ó poco menos!

Era urgente, pues, arbitrar recursos, y para ello escribí á Correa,

pidiéndole un auxilio, en forma de comisión gubernativa, ú otra

cualquiera. Había observado que los funcionarios y empleados mejor

retribuídos eran generalmente ricos ó de mediana posición, como si los

poderes públicos se empeñaran en conservar y aumentar las fortunas, y

mantener un patriciado seguramente necesario para la buena marcha del

país. Esto es más lógico de lo que parece. Los hombres, por muchos

méritos que tengan, acostumbrados á vivir con poco, no necesitan de

grandes recursos, especialmente si trabajan de veras, y darles más que

el bienestar en sus comienzos suele ser pervertirlos; mientras que los

nacidos en la abundancia deben ver protegida y conservada su posición,

pues de otro modo fácil sería que hicieran disparates, perdieran la

riqueza y se hundieran, comprometiendo luego á buena parte de la

sociedad, en su insuficiencia para resurgir por propio esfuerzo. Esta

acción conservadora de los poderes y de la colectividad acomodada, es

evidente y es plausible. ¿Quién no encontrará bien que, en el caso

de Faustino Estébanez, perdido por deudas de juego, todo el mundo le

ayudara pecuniariamente á salvarse, aunque fuera un inútil, mientras

que á Renato Pietranera, el físico, que buscaba la solución de no sé

qué problema, y se moría de hambre, nadie le facilitó recursos y tuvo

que desistir, buscándose la vida como dependiente de comercio? En el

primer caso, la vergüenza de Faustino recaía sobre todos los Estébanez,

emparentados con la alta sociedad, y no era posible dejarlo en el

pantano, por lo cual, después de pagadas sus deudas, se le envió con

una misión al extranjero; en el segundo, nadie, ni el mismo Pietranera

quedaba comprometido, y si sus trabajos eran realmente de valor, no se

han de evaporar por eso. Hombres más grandes que lo que él pueda ser,

han vivido en la miseria, pero la humanidad no ha perdido sus obras.

En suma, harta mezcolanza social hay en nuestro país, para que nos

ocupemos en aumentarla.

Don Casiano, buen gaucho, considerando, sin duda, que yo podía serle

muy útil en Buenos Aires, me procuró inmediatamente una prebenda,

una representación innecesaria pero bien pagada, ante diversas

oficinas públicas que tenían asuntos con la provincia. Con esto podía

manejarme, pues ya he dicho que tenía prudencia, y no cometería

locuras irremediables, ni siquiera peligrosas, aunque fuera capaz de

despilfarrar las entradas y beneficios extraordinarios con la mayor

impavidez, como lo hiciera hasta entonces. En las luchas anteriores á

mi elección, la prensa opositora me acusó más ó menos injustamente,

de malversaciones, de «coimas» exigidas á los proveedores de la

policía, de sobresueldos secretos recibidos del Gobierno, de cientos

de vigilantes «comidos», como se los comía don Sandalio Suárez, el

comisario de Los Sunchos; cierto es--no tengo reparo en confesarlo,

porque en aquella época todo el mundo hizo lo mismo,--cierto es que

acepté cuanto se me ofreció, pero también es verdad que no lo hice

por aumentar mis capitales, sino con entero desprendimiento, por

darme mejor vida: todo aquello, como vino se fué, y á no ser por la

especulación de mi chacra y otras emprendidas con platita de los

bancos, mi fortuna sería muy modesta. Amo el dinero, pero no por el

dinero mismo, sino por la libertad que procura y complementa--porque

la libertad, sin medios de acción, no es libertad, ni es nada,

tanto, que se ha llegado á hablar de la «libertad de morirse de

hambre».--Desgraciadamente, las gangas á que más arriba me refiero,

habían cesado, y en Buenos Aires no podía conquistarme otras nuevas

mientras no estuviese en el ejercicio de mis funciones. Ya me

desquitaría más tarde, y, entretanto, el sueldito de Correa me venía

como anillo al dedo.

Para modificar mi vida, dejé, pues, el hotel suntuoso y caro en que me

había hospedado y alquilé una casita antigua en una calle central--tres

ó cuatro habitaciones y las dependencias, no muy primitivas,--la hice

empapelar, pintar, amueblar con cierto gusto--con ese gusto innato de

la familia, que permite á uno de mis tíos hacer viajes á Europa con el

beneficio de los muebles que compra allí y usa y revende aquí,--y me

instalé como quien está dispuesto á llevar una vida seria y arreglada.

Llamé á Marto Contreras para que fuese mi hombre de confianza, y

completé el servicio con un cocinero y un sirviente que salía de una

casa aristocrática, y que halló modo de robarme como á un pazguato. Y,

ya en mi casa, en vez de correr cafés y «restaurants» y «rotisseries»,

me limité á mis clubs y círculos, y frecuenté mis relaciones, previo

estudio de sus características, y fuí espiritual y escéptico en unas

partes, bonachón y creyente en otras, austero aquí, liberal allá,

tolerante acullá, sectario unas veces, despreocupado las más. Y así

logré que se me recibiera con gusto, pero sin entusiasmo, porque mi

figura permanecía indecisa y enigmática, é inspiraba, cuando mucho, una

especie de tibia curiosidad.

En esto, pasóseme el tiempo y llegaron los primeros días de mayo, el

mes de la apertura del Congreso en que iba á estrenarme. Ahorro la

crónica de las sesiones preliminares, de las largas guardias en los

salones y los pasillos de la vieja casa que parecía un reñidero de

gallos en el recinto, y una carnicería para gigantes desde afuera, y

llego á la defensa de mi diploma, que fué en un día desagradable, de

humedad y viento norte, enervante y hosco, tal como sólo se ven en

Buenos Aires. Los días húmedos de la capital, cuando reina el norte

pegajoso y hasta mal oliente, me molestan de un modo indecible. Los

ruidos me son más discordantes, más ensordecedores, los movimientos

más difíciles, como dolorosos, las ideas más escasas, como ausentes,

los olores más intensos é ingratos, hasta nauseabundos, la luz

falsa, engañosa, mareadora, las aceras son lodazales, las paredes

chorrean agua, los vidrios sudan, los hombres se muestran irritables,

provocativos, impertinentes, las mujeres andan como sonámbulas y todas

parecen viejas; cualquier frase, insignificante en otros momentos, se

convierte en insulto; los nervios, exasperados, nos hacen momentáneos

pero acérrimos enemigos de seres y de cosas, y creo que en un momento

así, no nos sería muy difícil acabar con el mundo, si ello dependiera

de nuestra voluntad. En tales condiciones, tuve que mantener la validez

de mi diploma.

Comencé vacilante, con la palabra floja y cansada, en medio de la

indiferencia ambiente; pero el mismo desgano de mi auditorio me

excitó, me irritó poco á poco, lanzándome en mi oratoria acostumbrada.

Soy verboso y brillante. No importa que no sepa lo que voy á decir:

substituyo fácilmente las ideas con figuras, con frases retumbantes y

efectistas, con imágenes á veces pintorescas, que subrayan muy bien

mis actitudes y ademanes de actor. Como no me detengo, pese á las

frecuentes interrupciones, ni doy tiempo al examen, llego sin esfuerzo

á cautivar á los oyentes y aun á arrancarles el aplauso. Aquella tarde

memorable, á las acusaciones de coacción, contesté entre otras cosas,

cuando ya estaba en vena:

«¡Se me acusa de la antítesis de mi acción! ¡Precisamente! He

garantizado la libertad del sufragio, me he desvivido por ella en

las altas funciones que me incumbían; no he movido un dedo para que

se proclamara mi candidatura... Estaba demasiado ocupado en mantener

la paz y el orden en nuestra provincia; estaba demasiado ocupado

en arrancar, más por la persuasión que por la violencia, de manos

de los agitadores, las armas con que querían imponernos un estado

anárquico... Y si mi candidatura surgió en el último instante, una vez

pacificada la provincia, gracias á mi humilde esfuerzo, cuando ya no

era jefe político, sino comisionado eventual para mantener el orden,

fué porque la parte honesta, la parte patriota, la parte bien pensante

de la opinión--que es, afortunadamente, la mayoría en mi provincia

y en el país entero,--quiso afirmar, exteriorizar, materializar sus

nobles aspiraciones, eligiendo por su representante al más modesto

de los ciudadanos, al más insignificante de todos, sólo porque había

realizado desinteresados y generosos--¡sí, generosos!--sacrificios

en pro de la verdadera libertad, que no es la licencia ergotista, ni

menos la incendiaria anarquía... Al oleaje desbordado de las pasiones

inconfesables y de las ambiciones malvadas, se ha opuesto en mi

persona sin relieve ni méritos, la playa de arena, mansa, que aplaca

sus furores, siendo como es, apenas, un lazo de unión entre la ola

devastadora y la tranquila paz de los campos fecundos.»

Ya con Pegaso desbocado agregué que á estas consideraciones de hecho

se sumaban otras simplemente morales, intelectuales y étnicas, que,

haciéndome un prototipo de la nacionalidad (gracias, Vázquez),

demostraban hasta la evidencia la bondad de mi elección:

«El hombre que lleva en todo su ser el sello de la familia--de una

familia que ha dado héroes y mártires á la patria,--dondequiera que

vaya es reconocido como miembro de esa familia, como genuino, como

su más genuino representante; y yo me encuentro aquí, en el seno

de mi verdadera familia patricia, como un hijo pródigo quizá, pero

afectuoso y sin mancha, que se enorgullece de reincorporarse á los

suyos... ¡Sí, señor Presidente! ¡Sí, señores diputados! ¿Sabéis cómo me

llama la gentil Buenos Aires? ¿Sabéis cómo se me indica en todos los

centros políticos y sociales que tengo el honor de frecuentar?... ¡El

provinciano!... ¡El provinciano![3] adjetivo que me enorgullece, porque

demuestra la legitimidad de mi representación... Aunque sin merecerlo,

puedo afirmar que dondequiera que yo esté está mi provincia... ¿Y qué,

si no es esto, manda la Constitución al estatuir que todas las regiones

del país estén sintéticamente reunidas en este recinto? ¿Y cuál de

mis honorables colegas--no vacilo en llamarlos así, adelantándome á

su justa sanción--puede invalidar este doble reconocimiento de mis

comprovincianos y del resto de los argentinos reunidos en la capital,

síntesis del país?»

Alguien replicó que todo esto era literatura y que yo sólo había

demostrado mi carácter de... provinciano; y como la barra había

aplaudido, y como mi diploma estaba aprobado de antemano, se votó y

pasé á prestar juramento.

Grandes felicitaciones en antesalas, comentarios, lisonjas:

--¡Nos ha nacido un gran orador!

--No desmiente la casta.

--¡Está bien, amiguito, así me gusta!

Un opositor, echándoselas de inglés, murmuró el título de una comedia

de Shakespeare:

--_Much ado about nothing._

Y otro le replicó:

--Esperemos á que vengan las ideas.

Raza envidiosa, raza de víboras. ¡Como si ellos tuvieran tantas!

Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira · 第 39 / 53 题