I
Aunque ya estuviese bastante acostumbrado á la vida intensa de la gran
metrópoli, Buenos Aires me mareó en un principio, y este fenómeno se
explica: hasta entonces sólo había ido allí por paseo, sin nada bien
determinado que hacer, el tiempo completamente mío, contando siempre
con el refugio hospitalario de mi ciudad, como con un baluarte que me
defendería en caso necesario, pudiendo elegir mis relaciones, retraerme
ó prodigarme, según me conviniera, simple visitante, en fin, á quien
hasta los enemigos reciben corteses, como en un alto del combate;
mientras que esta vez, iba á radicarme allí, con un plan de conducta
establecido en sus grandes líneas, y obligaciones políticas y sociales,
deberes de orden diverso, necesidades urgentes como la de ponerme al
diapasón del gran centro, para no hacer un papel ridículo, sin contar
ya con tirios y troyanos, como que entraba decisivamente en la arena,
ni poder pensar en el modesto abrigo de la provincia, pues retirarme
sería equivalente al más estruendoso fracaso. Al mareo contribuía,
también, la embriaguez de mi triunfo, la satisfacción arrebatadora de
verme con un pie en los últimos peldaños de la inmensa escala, pudiendo
considerar que todo me era accesible, que todo estaba al alcance de mi
mano. Y otra cosa más: quise, apenas llegado, reconstruir mis antiguos
ensueños de cuando vagaba desocupado en la gran ciudad, aquel vasto
proyecto de aparecer, y deslumbrar, trabajando activa y brillantemente
por la unión estrecha de Buenos Aires y las provincias, por la
extinción total de los viejos antagonismos; pero, apenas me puse á
pensar en esta «misión» me pareció trivial, infantil, ya realizada ó en
vías de realizarse, y temí dar pasos en falso, exponerme á las burlas
de los hombres experimentados y escépticos, hablar como una criatura...
No, si no es tan fácil la iniciación como parece.
--¡Bah!--me dije.--Lo que debo hacer es, por una parte, ocultar que
estoy algo «boleado», que me azoro como un advenedizo, y, por otra,
no darme por ahora aires de grande hombre, ni esforzarme por llegar
á serlo, mientras no se me ofrezca una oportunidad verdaderamente
favorable... Seamos modestos, Mauricio, hasta la hora de ser soberbios.
Gracias á un dominio de mí mismo que me permitía parecer tranquilo é
indiferente en las mayores pellejerías, conseguí que nadie advirtiera
mi azoramiento. En cuanto al otro auto-consejo, lo modifiqué, pensando
que, sin aparentes pretensiones, podía y debía presentarme en plena
vida político-social, irreprochablemente y aun con atildada elegancia
en cuanto á mi exterior se refería. Renové, pues, mi guardarropa,
abandonando los trajes que en provincia podían dar el tono, pero que
en Buenos Aires resultaban lugareños por no sé qué detalles de corte,
de color, creo que hasta de olor, comencé á frecuentar los grandes
«restaurants» á la moda, los teatros, los clubs, los círculos que
ya conocía, con el rumbo discreto que siempre acostumbré, y esto me
hizo creer un instante que comenzaba á ser popular. Veíame siempre,
en efecto, rodeado por un círculo de amigos y conocidos que se
ensanchaba cada día, y del que era ó del que creía ser eje principal,
pues todos me demostraban no sólo deferencia, sino también hasta
admiración. Señuelo de este rebaño habían sido algunos camaradas, que
en mis visitas anteriores se sentaban á mi mesa y me iniciaban en el
conocimiento de los más amables rincones de la capital; pero antes no
eran tan numerosos ni tan permanentes--no me parecieron así, al menos,
gracias á lo transitorio de mi estadía,--mientras que, en este nuevo
período, llegué á considerarlos innumerables y pesados en demasía,
sobre todo cuando saqué cuentas al cabo del segundo mes: me había
gastado lo que creía suficiente para medio año, por lo menos. Mis
recursos, grandes en provincia, resultaban escasísimos en la capital,
llena de declives, cloacas y alcantarillas por donde se va el dinero
como agua en día de lluvia, sin que, para quedarse sin un céntimo, sea
preciso caer en la exageración de prestar á cuantos piden. Resolví,
pues, substraerme un poco á la admiración de mis contemporáneos, y
recordé mis buenos propósitos de modestia, jurándome cumplirlos esta
vez.
Con todo, y aunque hubiera podido descontar desde luego mis dietas de
diputado, el dinero no me alcanzaba, en medio de aquel «maelström»
devorador, sobre todo, si quería mantener íntegra mi pequeña fortuna,
como era mi intención. Puede que se me considere ávido y hasta mezquino
por esto, pero era, sólo, previsor, y sabía gastarme las rentas sin
pestañear. ¡Y qué hubiera sido de mí á no proceder de esta manera,
cuando tantos más ricos que yo, arrastrados por la corriente, fueron
luego á rodar al abismo de la miseria, ó poco menos!
Era urgente, pues, arbitrar recursos, y para ello escribí á Correa,
pidiéndole un auxilio, en forma de comisión gubernativa, ú otra
cualquiera. Había observado que los funcionarios y empleados mejor
retribuídos eran generalmente ricos ó de mediana posición, como si los
poderes públicos se empeñaran en conservar y aumentar las fortunas, y
mantener un patriciado seguramente necesario para la buena marcha del
país. Esto es más lógico de lo que parece. Los hombres, por muchos
méritos que tengan, acostumbrados á vivir con poco, no necesitan de
grandes recursos, especialmente si trabajan de veras, y darles más que
el bienestar en sus comienzos suele ser pervertirlos; mientras que los
nacidos en la abundancia deben ver protegida y conservada su posición,
pues de otro modo fácil sería que hicieran disparates, perdieran la
riqueza y se hundieran, comprometiendo luego á buena parte de la
sociedad, en su insuficiencia para resurgir por propio esfuerzo. Esta
acción conservadora de los poderes y de la colectividad acomodada, es
evidente y es plausible. ¿Quién no encontrará bien que, en el caso
de Faustino Estébanez, perdido por deudas de juego, todo el mundo le
ayudara pecuniariamente á salvarse, aunque fuera un inútil, mientras
que á Renato Pietranera, el físico, que buscaba la solución de no sé
qué problema, y se moría de hambre, nadie le facilitó recursos y tuvo
que desistir, buscándose la vida como dependiente de comercio? En el
primer caso, la vergüenza de Faustino recaía sobre todos los Estébanez,
emparentados con la alta sociedad, y no era posible dejarlo en el
pantano, por lo cual, después de pagadas sus deudas, se le envió con
una misión al extranjero; en el segundo, nadie, ni el mismo Pietranera
quedaba comprometido, y si sus trabajos eran realmente de valor, no se
han de evaporar por eso. Hombres más grandes que lo que él pueda ser,
han vivido en la miseria, pero la humanidad no ha perdido sus obras.
En suma, harta mezcolanza social hay en nuestro país, para que nos
ocupemos en aumentarla.
Don Casiano, buen gaucho, considerando, sin duda, que yo podía serle
muy útil en Buenos Aires, me procuró inmediatamente una prebenda,
una representación innecesaria pero bien pagada, ante diversas
oficinas públicas que tenían asuntos con la provincia. Con esto podía
manejarme, pues ya he dicho que tenía prudencia, y no cometería
locuras irremediables, ni siquiera peligrosas, aunque fuera capaz de
despilfarrar las entradas y beneficios extraordinarios con la mayor
impavidez, como lo hiciera hasta entonces. En las luchas anteriores á
mi elección, la prensa opositora me acusó más ó menos injustamente,
de malversaciones, de «coimas» exigidas á los proveedores de la
policía, de sobresueldos secretos recibidos del Gobierno, de cientos
de vigilantes «comidos», como se los comía don Sandalio Suárez, el
comisario de Los Sunchos; cierto es--no tengo reparo en confesarlo,
porque en aquella época todo el mundo hizo lo mismo,--cierto es que
acepté cuanto se me ofreció, pero también es verdad que no lo hice
por aumentar mis capitales, sino con entero desprendimiento, por
darme mejor vida: todo aquello, como vino se fué, y á no ser por la
especulación de mi chacra y otras emprendidas con platita de los
bancos, mi fortuna sería muy modesta. Amo el dinero, pero no por el
dinero mismo, sino por la libertad que procura y complementa--porque
la libertad, sin medios de acción, no es libertad, ni es nada,
tanto, que se ha llegado á hablar de la «libertad de morirse de
hambre».--Desgraciadamente, las gangas á que más arriba me refiero,
habían cesado, y en Buenos Aires no podía conquistarme otras nuevas
mientras no estuviese en el ejercicio de mis funciones. Ya me
desquitaría más tarde, y, entretanto, el sueldito de Correa me venía
como anillo al dedo.
Para modificar mi vida, dejé, pues, el hotel suntuoso y caro en que me
había hospedado y alquilé una casita antigua en una calle central--tres
ó cuatro habitaciones y las dependencias, no muy primitivas,--la hice
empapelar, pintar, amueblar con cierto gusto--con ese gusto innato de
la familia, que permite á uno de mis tíos hacer viajes á Europa con el
beneficio de los muebles que compra allí y usa y revende aquí,--y me
instalé como quien está dispuesto á llevar una vida seria y arreglada.
Llamé á Marto Contreras para que fuese mi hombre de confianza, y
completé el servicio con un cocinero y un sirviente que salía de una
casa aristocrática, y que halló modo de robarme como á un pazguato. Y,
ya en mi casa, en vez de correr cafés y «restaurants» y «rotisseries»,
me limité á mis clubs y círculos, y frecuenté mis relaciones, previo
estudio de sus características, y fuí espiritual y escéptico en unas
partes, bonachón y creyente en otras, austero aquí, liberal allá,
tolerante acullá, sectario unas veces, despreocupado las más. Y así
logré que se me recibiera con gusto, pero sin entusiasmo, porque mi
figura permanecía indecisa y enigmática, é inspiraba, cuando mucho, una
especie de tibia curiosidad.
En esto, pasóseme el tiempo y llegaron los primeros días de mayo, el
mes de la apertura del Congreso en que iba á estrenarme. Ahorro la
crónica de las sesiones preliminares, de las largas guardias en los
salones y los pasillos de la vieja casa que parecía un reñidero de
gallos en el recinto, y una carnicería para gigantes desde afuera, y
llego á la defensa de mi diploma, que fué en un día desagradable, de
humedad y viento norte, enervante y hosco, tal como sólo se ven en
Buenos Aires. Los días húmedos de la capital, cuando reina el norte
pegajoso y hasta mal oliente, me molestan de un modo indecible. Los
ruidos me son más discordantes, más ensordecedores, los movimientos
más difíciles, como dolorosos, las ideas más escasas, como ausentes,
los olores más intensos é ingratos, hasta nauseabundos, la luz
falsa, engañosa, mareadora, las aceras son lodazales, las paredes
chorrean agua, los vidrios sudan, los hombres se muestran irritables,
provocativos, impertinentes, las mujeres andan como sonámbulas y todas
parecen viejas; cualquier frase, insignificante en otros momentos, se
convierte en insulto; los nervios, exasperados, nos hacen momentáneos
pero acérrimos enemigos de seres y de cosas, y creo que en un momento
así, no nos sería muy difícil acabar con el mundo, si ello dependiera
de nuestra voluntad. En tales condiciones, tuve que mantener la validez
de mi diploma.
Comencé vacilante, con la palabra floja y cansada, en medio de la
indiferencia ambiente; pero el mismo desgano de mi auditorio me
excitó, me irritó poco á poco, lanzándome en mi oratoria acostumbrada.
Soy verboso y brillante. No importa que no sepa lo que voy á decir:
substituyo fácilmente las ideas con figuras, con frases retumbantes y
efectistas, con imágenes á veces pintorescas, que subrayan muy bien
mis actitudes y ademanes de actor. Como no me detengo, pese á las
frecuentes interrupciones, ni doy tiempo al examen, llego sin esfuerzo
á cautivar á los oyentes y aun á arrancarles el aplauso. Aquella tarde
memorable, á las acusaciones de coacción, contesté entre otras cosas,
cuando ya estaba en vena:
«¡Se me acusa de la antítesis de mi acción! ¡Precisamente! He
garantizado la libertad del sufragio, me he desvivido por ella en
las altas funciones que me incumbían; no he movido un dedo para que
se proclamara mi candidatura... Estaba demasiado ocupado en mantener
la paz y el orden en nuestra provincia; estaba demasiado ocupado
en arrancar, más por la persuasión que por la violencia, de manos
de los agitadores, las armas con que querían imponernos un estado
anárquico... Y si mi candidatura surgió en el último instante, una vez
pacificada la provincia, gracias á mi humilde esfuerzo, cuando ya no
era jefe político, sino comisionado eventual para mantener el orden,
fué porque la parte honesta, la parte patriota, la parte bien pensante
de la opinión--que es, afortunadamente, la mayoría en mi provincia
y en el país entero,--quiso afirmar, exteriorizar, materializar sus
nobles aspiraciones, eligiendo por su representante al más modesto
de los ciudadanos, al más insignificante de todos, sólo porque había
realizado desinteresados y generosos--¡sí, generosos!--sacrificios
en pro de la verdadera libertad, que no es la licencia ergotista, ni
menos la incendiaria anarquía... Al oleaje desbordado de las pasiones
inconfesables y de las ambiciones malvadas, se ha opuesto en mi
persona sin relieve ni méritos, la playa de arena, mansa, que aplaca
sus furores, siendo como es, apenas, un lazo de unión entre la ola
devastadora y la tranquila paz de los campos fecundos.»
Ya con Pegaso desbocado agregué que á estas consideraciones de hecho
se sumaban otras simplemente morales, intelectuales y étnicas, que,
haciéndome un prototipo de la nacionalidad (gracias, Vázquez),
demostraban hasta la evidencia la bondad de mi elección:
«El hombre que lleva en todo su ser el sello de la familia--de una
familia que ha dado héroes y mártires á la patria,--dondequiera que
vaya es reconocido como miembro de esa familia, como genuino, como
su más genuino representante; y yo me encuentro aquí, en el seno
de mi verdadera familia patricia, como un hijo pródigo quizá, pero
afectuoso y sin mancha, que se enorgullece de reincorporarse á los
suyos... ¡Sí, señor Presidente! ¡Sí, señores diputados! ¿Sabéis cómo me
llama la gentil Buenos Aires? ¿Sabéis cómo se me indica en todos los
centros políticos y sociales que tengo el honor de frecuentar?... ¡El
provinciano!... ¡El provinciano![3] adjetivo que me enorgullece, porque
demuestra la legitimidad de mi representación... Aunque sin merecerlo,
puedo afirmar que dondequiera que yo esté está mi provincia... ¿Y qué,
si no es esto, manda la Constitución al estatuir que todas las regiones
del país estén sintéticamente reunidas en este recinto? ¿Y cuál de
mis honorables colegas--no vacilo en llamarlos así, adelantándome á
su justa sanción--puede invalidar este doble reconocimiento de mis
comprovincianos y del resto de los argentinos reunidos en la capital,
síntesis del país?»
Alguien replicó que todo esto era literatura y que yo sólo había
demostrado mi carácter de... provinciano; y como la barra había
aplaudido, y como mi diploma estaba aprobado de antemano, se votó y
pasé á prestar juramento.
Grandes felicitaciones en antesalas, comentarios, lisonjas:
--¡Nos ha nacido un gran orador!
--No desmiente la casta.
--¡Está bien, amiguito, así me gusta!
Un opositor, echándoselas de inglés, murmuró el título de una comedia
de Shakespeare:
--_Much ado about nothing._
Y otro le replicó:
--Esperemos á que vengan las ideas.
Raza envidiosa, raza de víboras. ¡Como si ellos tuvieran tantas!