IX

La lucha, en cambio, me conviene á mí, es mi elemento. Sé, como el

cazador primitivo, estudiar las costumbres de la presa futura, las

circunstancias, la atmósfera, los accidentes del terreno, todo cuanto

puede contribuir á la satisfacción de mis deseos ó ambiciones. Este

estudio es, en la práctica, una verdadera lucha, al contrario del que

se hace en los bufetes ó en las escuelas, puramente especulativo ó

contemplativo: exige acción continua, atención infatigable, decisión

rápida, lo mismo que el de la caza, porque nadie se hace cazador, sino

cazando.

Ya en aquel entonces, en esos lejanos años juveniles, tenía todas

estas cualidades, como habrá podido verse, é iba adquiriendo gran

conocimiento del mundo un tanto especial en que actuaba, inspirador

de una filosofía sui generis, empíricamente materialista--pese á mi

confesión cuando el duelo,--y en cierto modo antisténica, lo que me

permitía pasar por algunos detalles que á otros quizás les hubieran

parecido molestos, si no indecorosos. Pero no se exagere el alcance de

esta otra confesión. Me refiero, sencillamente, á casos como el que,

por ejemplo, me presentó el gobernador Correa... Nadie imaginará lo

que le ocurrió á este buen señor, embriagado, sin duda, por el mando.

Lo daría en mil. Pues, simplemente, seguir las huellas de su digno

antecesor, sin arredrarse ante los resultados, sin escarmentar en

cabeza ajena, y quiso profundizar sus vagas ideas pasionales, él, que,

desde los veintidós años, edad en que se casó, conocía únicamente al

sexo femenino por intermedio de misia Carmen, su honesta esposa. ¿Y

á quién había de dirigirse, con su inexperiencia de cincuentón, sus

temores de dar que hablar, su terror pánico á los celos póstumos de

su mujer? Una tarde que fuí á su despacho, me dijo sonriendo, entre

desenvuelto y cortado:

--Corren las mentas de que se divierte, Herrera.

--¡Eh! Se hace lo que se puede, Gobernador.

--¡Qué diablo de muchacho! Hace bien de aprovechar, mientras es mozo...

Yo también, si pudiese... Pero ya se me pasó el tiempo... Solamente...

Solamente me gustaría acompañarlo alguna vez... ¡Oh! por curiosear,

como mosquetero, no más, porque ya no sirvo para nada... Pero, en fin,

un rato de vida es vida...

--¿Y á dónde me querría acompañar, Gobernador?--le pregunté, por

tirarle de la lengua.

--¡Bah! Usted bien sabe... No ha de ser á misa, está claro... Usted

tiene tantas buenas relaciones, y ha de ser tan divertido... ¿No me

convida, entonces?

--¡Cómo no! Cuando usted quiera...

Abrevio. Lo más difícil de decir es esto: el gobernador Correa, como

novel aspirante, adoptó las modas después de abandonarlas yo. Y nadie

tuvo de qué quejarse, ni yo, ni las modas, ni el Gobernador. Sólo misia

Carmen, quizá.

Ésta era una de tantas entre todas mis funciones policiales. Y,

á propósito, apenas he hablado de mi acción en cuanto al orden y

la seguridad. Esto se explica: se ha abusado del género en estos

últimos tiempos y no quiero plagiar involuntariamente á Gaboriau, á

Conan-Doyle, á Leblanc ó á Eduardo Gutiérrez. Á ellos envío á los que

me quieran ver realizando hazañas de pesquisante, pues siempre saldré

ganando; quizás, en efecto, no haya hecho nada notable como detective,

pero agregaré en mi defensa que nadie me lo exigía. Muy al contrario,

á veces se me aconsejaron procedimientos análogos á los del comisario

Barraba de Pago Chico, especialmente en asuntos de abigeato. Pero

adopté siempre sistemas menos primitivos...

Entretanto, la actitud de Vázquez había producido una especie de rebote

en mi espíritu. En vano pensaba yo que aquellos dos espíritus, serios y

ponderados, estaban probablemente hechos para unirse, y que una mujer

como María, llena de principios y de escrúpulos, no era lo que me

cuadraba. Había una circunstancia favorable, y mi amor propio de «gallo

único»--recuerdo á Ibsen,--me obligaba á aprovecharla. Así es que fingí

desdén durante una, dos semanas, pero, esforzándome por fingirlo, me

iba convenciendo cada vez más--por autosugestión,--de que era falso. Y

un desdén fingido es, simplemente, un deseo verdadero. Me puse á desear

ardientemente á María, y esto me obcecó hasta extremos incomprensibles,

tratándose de un sentimiento que hoy juzgo artificial.

Como un chiquillo romántico, fuí á verla arrebatado, después de dos

semanas de ausencia, y aprovechando la soledad en que nos encontramos,

comencé á echarle violentamente en cara su frialdad, su inconsecuencia,

todo cuanto se me vino á la boca.

Se puso muy colorada, tembló toda, dejando caer los brazos é inclinando

la cabeza, bajo aquel alud de pasión superficial. Me dejó hablar, decir

cuando quise, y un rato después de que callé, alzó los ojos, me miró

tiernamente y me dijo:

--¿Está tan enojado... de veras?

Creí ver un relámpago de duda en sus pupilas, y me tranquilicé de

pronto.

--No estoy enojado--contesté con calma relativa.--Es mi modo de hablar.

--¡Ah!

Se irguió, se puso pálida, y continuó, después de un momento:

--Usted tiene siempre modos de hablar, de portarse, de hacer... Pero

anda demasiado aprisa y me trata mal.

--¿Mal, María? ¿No sabe usted que mi mayor deseo es que sea usted la

compañera de mi vida? ¡Diga! ¿quiere ser mi mujer?

--¿Su mujer?

Y después de otra pausa, contestó:

--Pensémoslo más... Hablemos de eso dentro de unos meses... Déjeme la

ridiculez de ser algo romántica, repitiéndole los versos de Campoamor:

La tierra está cansada de dar flores; necesita algún año de reposo.

--¿Tantas ha dado?

--Alg...unas...

--¿Con Vázquez?

Se separó violentamente, como si la hubiese herido en lo hondo.

--Las flores son la condición de la primavera. ¿Qué importa dónde,

cuándo, ni cómo, ni por qué?--dijo amargamente.

--¿Se ha enojado, María? ¡Mire! Y yo que le iba á pedir...

--¿Qué?

--Que nos casáramos... cuando usted quisiera.

--¿Dentro de un año?--preguntó, sonriendo como entre nublados.

--¿Dentro de un año? ¡Tanto! Pero si usted quiere... ¿Por qué dentro de

un año?

--Porque... no tengo... con-fi-an-za... Mi amigo es muy veleta.

--¡Yo!

--Muy veleta y muy... ¡Ah, Mauricio! ¿quiere que volvamos á hablar de

esto el año que viene? ¿Quiere? ¡Sea buenito!

--Pero María, usted duda de mí, usted piensa que yo...

--No, Mauricio--interrumpió.--Éstas son cuestiones más serias de lo

que nosotros creemos. Ahora le diría «sí», pero quizás me arrepintiera

más tarde. Dejemos que las cosas lleguen á su punto. ¿Qué importa

esperar, si luego no hay que discutir?...

Y he aquí toda la declaración de un temible donjuán. ¿No significa esto

que cuando la mujer no quiere?... Resultado: la frecuenté aún más y

seguí creyendo haberme enamorado de ella como un loco.

De todos modos, modifiqué notablemente mi conducta, guardando mejor las

apariencias y afectando una reserva que no me sentaba mal y que llamó

bastante la atención en el círculo de mis relaciones. Durante algunos

meses, sólo frecuenté los círculos políticos, la casa de Gobierno,

mi despacho de la jefatura, sin aparecer por el Club sino breves

instantes. También, por entonces me absorbía enormemente la cuestión de

mi candidatura, que si en un principio pudo parecerme cosa hecha, de

pronto comenzó á presentarme dificultades. Había muchos aspirantes y el

gobernador Correa se sentía traído y llevado por ellos. Era de buena

fe conmigo, pero los que deseaban suplantarme le llenaban la cabeza

de objeciones, de chismes y de intrigas. Demasiado muchacho, no tenía

antecedentes políticos de valor; mi vida era un semillero de locuras;

hacerme elegir sería desconceptuar el Gobierno, ya harto malparado,

tanto más cuanto que yo ocupaba la jefatura de policía, cosa que haría

demasiado evidente la intromisión del Gobierno en las elecciones. Algo

de todo esto me dijo Correa, pero yo le rebatí victoriosamente todas

sus objeciones, y muchas otras que podría presentarme.

--Soy joven, es cierto, pero eso no es un obstáculo, ni seré el primer

diputado nacional de mi edad. En nuestro país todos los hombres

públicos, casi sin excepción, han empezado muy temprano su carrera. Y

lo mejor que han hecho lo hicieron cuando jóvenes, cuando tenían más

iniciativa y más empuje. En cuanto á mis pretendidas «calaveradas», no

son, Gobernador, ni más ni menos graves que las que hace todo el mundo,

y á usted menos que á nadie pueden sorprenderle, conociendo como conoce

la vida privada de tanta gente... Además, pienso casarme pronto con una

muchacha virtuosa, inteligente, instruída y de una familia notable.

--Sí, sí; ya sé: la de Blanco.

--¿No le parece esto suficiente garantía de seriedad? ¿No entraré así,

en Buenos Aires, en las mejores condiciones sociales y políticas?

--Sí; eso cambia...

--Ahora, ¿que soy jefe de policía de la provincia? Puedo renunciar, si

usted quiere, pero esto le traería algún trastorno si no tiene ya bajo

la mano un hombre de confianza, que yo le encontraré apenas me elijan.

Además, la Constitución no dice que un jefe político no pueda ser

electo diputado--agregué, repitiendo un viejo argumento.

--Pero hay que tener muy en cuenta á la oposición...

--¡Bah! ¿Prefiere usted que grite ó que mande? Si le hacemos caso,

ella será la que gobierne, no nosotros... ¡Vaya! ¡No hablemos más,

Gobernador! Tengo su palabra, y ha de cumplirla, ¿no es verdad?

Dije esto sonriendo y levantándome para dar por terminada la

entrevista, como si yo fuera el amo, y con un acento tal que Correa

sólo podía interpretar la frase de este modo:

--Me ha dado su palabra, y yo sabré hacérsela cumplir, de grado ó por

fuerza. ¡Para algo tengo la provincia en la mano!...

--Váyase tranquilo--murmuró el Gobernador, vencido, prometiendo...

X

Una sola cosa perjudicaba realmente á mi candidatura. Por falta de

reflexión, por insuficiente clarividencia del porvenir, tanto en Los

Sunchos como en los primeros tiempos de mi vida ciudadana, habíame

mostrado de un liberalismo quizá excesivo. Cualquiera hubiese dicho

entonces que me desayunaba comiéndome un fraile y que cenaba devorando

un cura ó poco menos. En realidad, no me importaban un ardite,

pero creía que esta actitud me daba cierto carácter batallador é

independiente que modificaba en mi favor todo cuanto de antipático

pudiera haber en mi sumisión á los poderes constituídos y en mi

partidismo incondicional. Además, el escepticismo estaba de moda.

Pero, desde mi elevado puesto, que me obligaba á la observación

de los hechos con documentos reales y positivos, sospeché en un

principio--cuando el duelo con Vinuesca,--y pude convencerme después

de que estaba equivocado. ¿Qué había hecho posible, por ejemplo, la

abortada intentona revolucionaria contra el difunto gobernador Camino?

Simplemente, la inclinación del clero hacia las filas opositoras, unos

cuantos sermones contra los «infieles» que, amenazando la religión,

conducían el país á la ruina. La palabra de los agitadores políticos

era sospechosa en las campañas; pero las mismas ideas vertidas desde el

púlpito, ó difundidas de casa en casa por el señor cura, adquirían una

resonancia y una eficacia extremas. Así ha ocurrido siempre en nuestra

tierra. El hombre sencillo, sin ser practicante, tiene supersticiosa

veneración por cuanto sale de la iglesia, y el escepticismo bonaerense

es más superficial y «de moda» que real y profundo, ¡qué decir entonces

de las provincias, que han conservado mucho más el carácter español,

y donde en aquel tiempo no había una casa que no estuviese llena de

crucifijos, santos de talla y vírgenes de bulto! ¡Qué torpe y qué tonto

había sido yo, descuidando y aun enajenándome tan poderosas voluntades!

Era preciso corregir aquello, á todo trance, pero con la suficiente

habilidad para que mi actitud, si fuera criticada, me sirviese aún más

que si pasara inadvertida.

Doña Gertrudis Zapata había ido entregándose cada vez más á la

religión, hasta llegar á un feroz fanatismo. Vestía el hábito del

Carmen, comíase á todos los santos, no salía de las iglesias, llevaba

de casa en casa el Niño-Dios en bandeja, pidiendo limosna para la

fábrica de tal ó cual templo, adornaba altares, visitaba á las monjas,

hacía escapularios. Las malas lenguas decían que los viernes ponía

calzones al gallo de su corral y que durante la semana santa lo

tenía enjaulado en el jardín. La casa de don Claudio, quien seguía

desempeñando las funciones de juez de paz, estaba siempre llena de

curas y frailecitos, y los domingos había en ella gran almuerzo, de

cazuela, chanfaina y empanadas, al que asistían dos ó tres sacerdotes

de significación, el padre predicador más sonado, el curita de mayor

influencia, las autoridades eclesiásticas, en fin, pues el mismo obispo

se había dignado aceptar una ó dos veces la humilde invitación de misia

Gertrudis, que en esas ocasiones echó la casa por la ventana haciendo

un menú sardanapalesco. Equilibrábanse así la zorrería de don Claudio

con la santidad de su mujer, y todo marchaba á las mil maravillas.

Yo los había visitado de vez en cuando para oir, como se sabe, de boca

del mismo autor, la narración de alguna de las sentencias notables de

Zapata, de modo que, cuando me mostré más asiduo, no llamé la atención

de nadie. De este modo estreché relaciones que más tarde habían de

serme utilísimas, con el buen padre fray Pedro Arosa, mi antiguo

conocido, franciscano regordete y jovial que era entonces el «pico de

oro» de la provincia, con el cura Ferreira, largo, flaco, triste y

silencioso, y con otros sacerdotes de mayor ó menor cuantía. Reservado

en un principio, demostréles el mayor respeto, no exento de dignidad,

escuché sus opiniones, se las pedí á veces, y me permití discutirlas

con la mayor reverencia, cuidando de darme por vencido y convencido

al fin. Esta táctica me conquistó del todo sus voluntades, tanto más

cuanto que no veían, ó aparentaban no ver, dónde iba yo á parar. Mi

plan era tan sencillo, tan instintivo, que yo mismo no hubiera acertado

á explicarlo, sino como una simple tontería. Había visto una fuerza que

podía serme útil y me colocaba en situación tal que pudiera servirme

en un momento dado. Otros correligionarios no lo pensaron, ¡tanto peor

para ellos!

En el curso de mi vida me han llamado «aprovechador de circunstancias».

Lo cierto es, por una parte--ya lo saben ustedes,--que no las he

desdeñado nunca, y por otra que á veces he solido verlas venir desde

muy lejos, y nunca he reñido con ellas antes de tiempo. ¡Aprovechar las

circunstancias! ¡Pero si eso es, sólo, saber vivir la vida! ¡Vislumbrar

las que han de producirse! ¡Pero si eso es tener talento político!

¿Qué han hecho los «reformadores», los «creadores de circunstancias»,

en nuestro país y en todas partes, sino ir á la inmolación ó ponerse

sencillamente en ridículo?...

Fray Pedro Arosa, el más inteligente de la tertulia, quiso saber

á qué atenerse respecto de mí, y un día me sometió á un amable

interrogatorio, como si hablara de cosas indiferentes.

--Muchos hay--me dijo,--que no creen ciegamente en los sagrados

misterios de nuestra religión, pero que tampoco se atreven á negarlos

y les tributan el más profundo respeto. Esperan el «estado de gracia»

que, dada su situación, no puede tardar en llegarles. Entretanto, se

sienten _desgraciados_--así debe decirse,--porque les falta la inefable

satisfacción de todos los momentos que sólo puede darles la fe.

Pisé el palito, contestando distraído que yo me hallaba precisamente

en esa situación, que quería creer, pero que no podía librarme de toda

duda. Veneraba la iglesia--había dado pruebas de ello,--pero se me

hacía difícil admitir todo su credo, probablemente porque no me hallaba

en el susodicho «estado de gracia».

¿Por qué no frecuenta más los sacramentos?--preguntó campechanamente el

padre Arosa.

--¿Cómo dice, padre?

--¿Por qué no se confiesa y comulga más á menudo? Cuando se está con

un pie dentro y otro fuera de nuestra santa religión, hay que hacer un

esfuerzo. El estado de gracia viene de lo alto, repentinamente, como

á San Pablo en el camino de Damasco, pero también puede obtenerse,

mediante la oración y las prácticas religiosas. La fe, la convicción,

se logra con la voluntad de la evidencia, y trae consigo innumerables

satisfacciones, morales y materiales. ¿Qué gana usted con su

indiferentismo? No servir ni para Dios ni para el diablo, como dicen

los paisanos, con este aditamento: que el que no está con Dios está

contra él.

--¡Santas palabras!--exclamó misia Gertrudis.--¡Con razón le dicen

«pico de oro», padre! Ni fray Marcolino hubiera hablado mejor. Pero

este Mauricio ha sido siempre algo hereje, y no se dejará convencer

hasta que no vea cerca su última hora.

--¿Por qué dice eso, misia Gertrudis? He hecho como todo el mundo, pero

eso no quiere decir que sea un hereje.

--No. No es el caso--repuso fray Pedro.--La herejía es otra cosa muy

distinta, como es distinta la incredulidad. Aquí estamos frente á un

acabado ejemplo de indiferentismo. Frecuente los sacramentos y ese

estado enfermizo de su alma irá cediendo poco á poco ó rápidamente,

¡quién lo sabe! á la celestial medicina.

--Lo haré, padre, y quiero creer que esa medicina, como usted la llama,

me traerá la paz y la felicidad.

--Así en la tierra como en el cielo; no lo dude usted, hijo mío. Dios

premia á sus servidores, sin contar, como padre generoso y amante.

Pocas noches después fuí á visitarlo al convento, y me confesé con él.

París vale bien una misa. Por otra parte, la confesión no me repugnaba,

desde que el padre Arosa estaba ya muy al corriente de mi vida. En

efecto, nada de lo nuevo que le conté le sorprendió, quizá porque ya lo

sabía, quizá porque en su carrera de confesor había oído cosas mucho

más gordas que mis travesuras. Temí un momento, como en mi primera

confesión, que me ordenara casarme con Teresa, pero no lo hizo, sin

duda convencido de que un matrimonio sin amor no sería más que un

semillero de pecados mortales. Lo único que me recomendó fué que huyera

de las tentaciones, pues la ocasión es el arma por excelencia del

demonio...

--Debes frecuentar la iglesia, tener piadosas conversaciones, dedicarte

á la oración, leer libros que eleven tu espíritu. No quiero decirte

que te hagas un anacoreta, ni un místico, no. También ha habido santos

en la sociedad, y la alegría y los placeres lícitos no dañan al buen

cristiano. La religión necesita servidores en el mundo, no sólo en la

iglesia. Reza el Confiteor y ve en paz. _Ego te absolvo, in nómine_...

La noticia de mi definitiva conversión se divulgó rápidamente de

sacristía en sacristía y de convento en convento, y no tardó en

trascender hasta el público. Muchos liberales la creyeron cuento, y no

le atribuyeron importancia alguna. Y cuando el hecho se confirmó, ya

todo el mundo estaba acostumbrado á él.

Mi temible enemigo era, pues, mi aliado. El camino á la diputación

nacional quedaba abierto y sin obstáculos.

Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira · 第 33 / 53 题