La lucha, en cambio, me conviene á mí, es mi elemento. Sé, como el
cazador primitivo, estudiar las costumbres de la presa futura, las
circunstancias, la atmósfera, los accidentes del terreno, todo cuanto
puede contribuir á la satisfacción de mis deseos ó ambiciones. Este
estudio es, en la práctica, una verdadera lucha, al contrario del que
se hace en los bufetes ó en las escuelas, puramente especulativo ó
contemplativo: exige acción continua, atención infatigable, decisión
rápida, lo mismo que el de la caza, porque nadie se hace cazador, sino
cazando.
Ya en aquel entonces, en esos lejanos años juveniles, tenía todas
estas cualidades, como habrá podido verse, é iba adquiriendo gran
conocimiento del mundo un tanto especial en que actuaba, inspirador
de una filosofía sui generis, empíricamente materialista--pese á mi
confesión cuando el duelo,--y en cierto modo antisténica, lo que me
permitía pasar por algunos detalles que á otros quizás les hubieran
parecido molestos, si no indecorosos. Pero no se exagere el alcance de
esta otra confesión. Me refiero, sencillamente, á casos como el que,
por ejemplo, me presentó el gobernador Correa... Nadie imaginará lo
que le ocurrió á este buen señor, embriagado, sin duda, por el mando.
Lo daría en mil. Pues, simplemente, seguir las huellas de su digno
antecesor, sin arredrarse ante los resultados, sin escarmentar en
cabeza ajena, y quiso profundizar sus vagas ideas pasionales, él, que,
desde los veintidós años, edad en que se casó, conocía únicamente al
sexo femenino por intermedio de misia Carmen, su honesta esposa. ¿Y
á quién había de dirigirse, con su inexperiencia de cincuentón, sus
temores de dar que hablar, su terror pánico á los celos póstumos de
su mujer? Una tarde que fuí á su despacho, me dijo sonriendo, entre
desenvuelto y cortado:
--Corren las mentas de que se divierte, Herrera.
--¡Eh! Se hace lo que se puede, Gobernador.
--¡Qué diablo de muchacho! Hace bien de aprovechar, mientras es mozo...
Yo también, si pudiese... Pero ya se me pasó el tiempo... Solamente...
Solamente me gustaría acompañarlo alguna vez... ¡Oh! por curiosear,
como mosquetero, no más, porque ya no sirvo para nada... Pero, en fin,
un rato de vida es vida...
--¿Y á dónde me querría acompañar, Gobernador?--le pregunté, por
tirarle de la lengua.
--¡Bah! Usted bien sabe... No ha de ser á misa, está claro... Usted
tiene tantas buenas relaciones, y ha de ser tan divertido... ¿No me
convida, entonces?
--¡Cómo no! Cuando usted quiera...
Abrevio. Lo más difícil de decir es esto: el gobernador Correa, como
novel aspirante, adoptó las modas después de abandonarlas yo. Y nadie
tuvo de qué quejarse, ni yo, ni las modas, ni el Gobernador. Sólo misia
Carmen, quizá.
Ésta era una de tantas entre todas mis funciones policiales. Y,
á propósito, apenas he hablado de mi acción en cuanto al orden y
la seguridad. Esto se explica: se ha abusado del género en estos
últimos tiempos y no quiero plagiar involuntariamente á Gaboriau, á
Conan-Doyle, á Leblanc ó á Eduardo Gutiérrez. Á ellos envío á los que
me quieran ver realizando hazañas de pesquisante, pues siempre saldré
ganando; quizás, en efecto, no haya hecho nada notable como detective,
pero agregaré en mi defensa que nadie me lo exigía. Muy al contrario,
á veces se me aconsejaron procedimientos análogos á los del comisario
Barraba de Pago Chico, especialmente en asuntos de abigeato. Pero
adopté siempre sistemas menos primitivos...
Entretanto, la actitud de Vázquez había producido una especie de rebote
en mi espíritu. En vano pensaba yo que aquellos dos espíritus, serios y
ponderados, estaban probablemente hechos para unirse, y que una mujer
como María, llena de principios y de escrúpulos, no era lo que me
cuadraba. Había una circunstancia favorable, y mi amor propio de «gallo
único»--recuerdo á Ibsen,--me obligaba á aprovecharla. Así es que fingí
desdén durante una, dos semanas, pero, esforzándome por fingirlo, me
iba convenciendo cada vez más--por autosugestión,--de que era falso. Y
un desdén fingido es, simplemente, un deseo verdadero. Me puse á desear
ardientemente á María, y esto me obcecó hasta extremos incomprensibles,
tratándose de un sentimiento que hoy juzgo artificial.
Como un chiquillo romántico, fuí á verla arrebatado, después de dos
semanas de ausencia, y aprovechando la soledad en que nos encontramos,
comencé á echarle violentamente en cara su frialdad, su inconsecuencia,
todo cuanto se me vino á la boca.
Se puso muy colorada, tembló toda, dejando caer los brazos é inclinando
la cabeza, bajo aquel alud de pasión superficial. Me dejó hablar, decir
cuando quise, y un rato después de que callé, alzó los ojos, me miró
tiernamente y me dijo:
--¿Está tan enojado... de veras?
Creí ver un relámpago de duda en sus pupilas, y me tranquilicé de
pronto.
--No estoy enojado--contesté con calma relativa.--Es mi modo de hablar.
--¡Ah!
Se irguió, se puso pálida, y continuó, después de un momento:
--Usted tiene siempre modos de hablar, de portarse, de hacer... Pero
anda demasiado aprisa y me trata mal.
--¿Mal, María? ¿No sabe usted que mi mayor deseo es que sea usted la
compañera de mi vida? ¡Diga! ¿quiere ser mi mujer?
--¿Su mujer?
Y después de otra pausa, contestó:
--Pensémoslo más... Hablemos de eso dentro de unos meses... Déjeme la
ridiculez de ser algo romántica, repitiéndole los versos de Campoamor:
La tierra está cansada de dar flores; necesita algún año de reposo.
--¿Tantas ha dado?
--Alg...unas...
--¿Con Vázquez?
Se separó violentamente, como si la hubiese herido en lo hondo.
--Las flores son la condición de la primavera. ¿Qué importa dónde,
cuándo, ni cómo, ni por qué?--dijo amargamente.
--¿Se ha enojado, María? ¡Mire! Y yo que le iba á pedir...
--¿Qué?
--Que nos casáramos... cuando usted quisiera.
--¿Dentro de un año?--preguntó, sonriendo como entre nublados.
--¿Dentro de un año? ¡Tanto! Pero si usted quiere... ¿Por qué dentro de
un año?
--Porque... no tengo... con-fi-an-za... Mi amigo es muy veleta.
--¡Yo!
--Muy veleta y muy... ¡Ah, Mauricio! ¿quiere que volvamos á hablar de
esto el año que viene? ¿Quiere? ¡Sea buenito!
--Pero María, usted duda de mí, usted piensa que yo...
--No, Mauricio--interrumpió.--Éstas son cuestiones más serias de lo
que nosotros creemos. Ahora le diría «sí», pero quizás me arrepintiera
más tarde. Dejemos que las cosas lleguen á su punto. ¿Qué importa
esperar, si luego no hay que discutir?...
Y he aquí toda la declaración de un temible donjuán. ¿No significa esto
que cuando la mujer no quiere?... Resultado: la frecuenté aún más y
seguí creyendo haberme enamorado de ella como un loco.
De todos modos, modifiqué notablemente mi conducta, guardando mejor las
apariencias y afectando una reserva que no me sentaba mal y que llamó
bastante la atención en el círculo de mis relaciones. Durante algunos
meses, sólo frecuenté los círculos políticos, la casa de Gobierno,
mi despacho de la jefatura, sin aparecer por el Club sino breves
instantes. También, por entonces me absorbía enormemente la cuestión de
mi candidatura, que si en un principio pudo parecerme cosa hecha, de
pronto comenzó á presentarme dificultades. Había muchos aspirantes y el
gobernador Correa se sentía traído y llevado por ellos. Era de buena
fe conmigo, pero los que deseaban suplantarme le llenaban la cabeza
de objeciones, de chismes y de intrigas. Demasiado muchacho, no tenía
antecedentes políticos de valor; mi vida era un semillero de locuras;
hacerme elegir sería desconceptuar el Gobierno, ya harto malparado,
tanto más cuanto que yo ocupaba la jefatura de policía, cosa que haría
demasiado evidente la intromisión del Gobierno en las elecciones. Algo
de todo esto me dijo Correa, pero yo le rebatí victoriosamente todas
sus objeciones, y muchas otras que podría presentarme.
--Soy joven, es cierto, pero eso no es un obstáculo, ni seré el primer
diputado nacional de mi edad. En nuestro país todos los hombres
públicos, casi sin excepción, han empezado muy temprano su carrera. Y
lo mejor que han hecho lo hicieron cuando jóvenes, cuando tenían más
iniciativa y más empuje. En cuanto á mis pretendidas «calaveradas», no
son, Gobernador, ni más ni menos graves que las que hace todo el mundo,
y á usted menos que á nadie pueden sorprenderle, conociendo como conoce
la vida privada de tanta gente... Además, pienso casarme pronto con una
muchacha virtuosa, inteligente, instruída y de una familia notable.
--Sí, sí; ya sé: la de Blanco.
--¿No le parece esto suficiente garantía de seriedad? ¿No entraré así,
en Buenos Aires, en las mejores condiciones sociales y políticas?
--Sí; eso cambia...
--Ahora, ¿que soy jefe de policía de la provincia? Puedo renunciar, si
usted quiere, pero esto le traería algún trastorno si no tiene ya bajo
la mano un hombre de confianza, que yo le encontraré apenas me elijan.
Además, la Constitución no dice que un jefe político no pueda ser
electo diputado--agregué, repitiendo un viejo argumento.
--Pero hay que tener muy en cuenta á la oposición...
--¡Bah! ¿Prefiere usted que grite ó que mande? Si le hacemos caso,
ella será la que gobierne, no nosotros... ¡Vaya! ¡No hablemos más,
Gobernador! Tengo su palabra, y ha de cumplirla, ¿no es verdad?
Dije esto sonriendo y levantándome para dar por terminada la
entrevista, como si yo fuera el amo, y con un acento tal que Correa
sólo podía interpretar la frase de este modo:
--Me ha dado su palabra, y yo sabré hacérsela cumplir, de grado ó por
fuerza. ¡Para algo tengo la provincia en la mano!...
--Váyase tranquilo--murmuró el Gobernador, vencido, prometiendo...
X
Una sola cosa perjudicaba realmente á mi candidatura. Por falta de
reflexión, por insuficiente clarividencia del porvenir, tanto en Los
Sunchos como en los primeros tiempos de mi vida ciudadana, habíame
mostrado de un liberalismo quizá excesivo. Cualquiera hubiese dicho
entonces que me desayunaba comiéndome un fraile y que cenaba devorando
un cura ó poco menos. En realidad, no me importaban un ardite,
pero creía que esta actitud me daba cierto carácter batallador é
independiente que modificaba en mi favor todo cuanto de antipático
pudiera haber en mi sumisión á los poderes constituídos y en mi
partidismo incondicional. Además, el escepticismo estaba de moda.
Pero, desde mi elevado puesto, que me obligaba á la observación
de los hechos con documentos reales y positivos, sospeché en un
principio--cuando el duelo con Vinuesca,--y pude convencerme después
de que estaba equivocado. ¿Qué había hecho posible, por ejemplo, la
abortada intentona revolucionaria contra el difunto gobernador Camino?
Simplemente, la inclinación del clero hacia las filas opositoras, unos
cuantos sermones contra los «infieles» que, amenazando la religión,
conducían el país á la ruina. La palabra de los agitadores políticos
era sospechosa en las campañas; pero las mismas ideas vertidas desde el
púlpito, ó difundidas de casa en casa por el señor cura, adquirían una
resonancia y una eficacia extremas. Así ha ocurrido siempre en nuestra
tierra. El hombre sencillo, sin ser practicante, tiene supersticiosa
veneración por cuanto sale de la iglesia, y el escepticismo bonaerense
es más superficial y «de moda» que real y profundo, ¡qué decir entonces
de las provincias, que han conservado mucho más el carácter español,
y donde en aquel tiempo no había una casa que no estuviese llena de
crucifijos, santos de talla y vírgenes de bulto! ¡Qué torpe y qué tonto
había sido yo, descuidando y aun enajenándome tan poderosas voluntades!
Era preciso corregir aquello, á todo trance, pero con la suficiente
habilidad para que mi actitud, si fuera criticada, me sirviese aún más
que si pasara inadvertida.
Doña Gertrudis Zapata había ido entregándose cada vez más á la
religión, hasta llegar á un feroz fanatismo. Vestía el hábito del
Carmen, comíase á todos los santos, no salía de las iglesias, llevaba
de casa en casa el Niño-Dios en bandeja, pidiendo limosna para la
fábrica de tal ó cual templo, adornaba altares, visitaba á las monjas,
hacía escapularios. Las malas lenguas decían que los viernes ponía
calzones al gallo de su corral y que durante la semana santa lo
tenía enjaulado en el jardín. La casa de don Claudio, quien seguía
desempeñando las funciones de juez de paz, estaba siempre llena de
curas y frailecitos, y los domingos había en ella gran almuerzo, de
cazuela, chanfaina y empanadas, al que asistían dos ó tres sacerdotes
de significación, el padre predicador más sonado, el curita de mayor
influencia, las autoridades eclesiásticas, en fin, pues el mismo obispo
se había dignado aceptar una ó dos veces la humilde invitación de misia
Gertrudis, que en esas ocasiones echó la casa por la ventana haciendo
un menú sardanapalesco. Equilibrábanse así la zorrería de don Claudio
con la santidad de su mujer, y todo marchaba á las mil maravillas.
Yo los había visitado de vez en cuando para oir, como se sabe, de boca
del mismo autor, la narración de alguna de las sentencias notables de
Zapata, de modo que, cuando me mostré más asiduo, no llamé la atención
de nadie. De este modo estreché relaciones que más tarde habían de
serme utilísimas, con el buen padre fray Pedro Arosa, mi antiguo
conocido, franciscano regordete y jovial que era entonces el «pico de
oro» de la provincia, con el cura Ferreira, largo, flaco, triste y
silencioso, y con otros sacerdotes de mayor ó menor cuantía. Reservado
en un principio, demostréles el mayor respeto, no exento de dignidad,
escuché sus opiniones, se las pedí á veces, y me permití discutirlas
con la mayor reverencia, cuidando de darme por vencido y convencido
al fin. Esta táctica me conquistó del todo sus voluntades, tanto más
cuanto que no veían, ó aparentaban no ver, dónde iba yo á parar. Mi
plan era tan sencillo, tan instintivo, que yo mismo no hubiera acertado
á explicarlo, sino como una simple tontería. Había visto una fuerza que
podía serme útil y me colocaba en situación tal que pudiera servirme
en un momento dado. Otros correligionarios no lo pensaron, ¡tanto peor
para ellos!
En el curso de mi vida me han llamado «aprovechador de circunstancias».
Lo cierto es, por una parte--ya lo saben ustedes,--que no las he
desdeñado nunca, y por otra que á veces he solido verlas venir desde
muy lejos, y nunca he reñido con ellas antes de tiempo. ¡Aprovechar las
circunstancias! ¡Pero si eso es, sólo, saber vivir la vida! ¡Vislumbrar
las que han de producirse! ¡Pero si eso es tener talento político!
¿Qué han hecho los «reformadores», los «creadores de circunstancias»,
en nuestro país y en todas partes, sino ir á la inmolación ó ponerse
sencillamente en ridículo?...
Fray Pedro Arosa, el más inteligente de la tertulia, quiso saber
á qué atenerse respecto de mí, y un día me sometió á un amable
interrogatorio, como si hablara de cosas indiferentes.
--Muchos hay--me dijo,--que no creen ciegamente en los sagrados
misterios de nuestra religión, pero que tampoco se atreven á negarlos
y les tributan el más profundo respeto. Esperan el «estado de gracia»
que, dada su situación, no puede tardar en llegarles. Entretanto, se
sienten _desgraciados_--así debe decirse,--porque les falta la inefable
satisfacción de todos los momentos que sólo puede darles la fe.
Pisé el palito, contestando distraído que yo me hallaba precisamente
en esa situación, que quería creer, pero que no podía librarme de toda
duda. Veneraba la iglesia--había dado pruebas de ello,--pero se me
hacía difícil admitir todo su credo, probablemente porque no me hallaba
en el susodicho «estado de gracia».
¿Por qué no frecuenta más los sacramentos?--preguntó campechanamente el
padre Arosa.
--¿Cómo dice, padre?
--¿Por qué no se confiesa y comulga más á menudo? Cuando se está con
un pie dentro y otro fuera de nuestra santa religión, hay que hacer un
esfuerzo. El estado de gracia viene de lo alto, repentinamente, como
á San Pablo en el camino de Damasco, pero también puede obtenerse,
mediante la oración y las prácticas religiosas. La fe, la convicción,
se logra con la voluntad de la evidencia, y trae consigo innumerables
satisfacciones, morales y materiales. ¿Qué gana usted con su
indiferentismo? No servir ni para Dios ni para el diablo, como dicen
los paisanos, con este aditamento: que el que no está con Dios está
contra él.
--¡Santas palabras!--exclamó misia Gertrudis.--¡Con razón le dicen
«pico de oro», padre! Ni fray Marcolino hubiera hablado mejor. Pero
este Mauricio ha sido siempre algo hereje, y no se dejará convencer
hasta que no vea cerca su última hora.
--¿Por qué dice eso, misia Gertrudis? He hecho como todo el mundo, pero
eso no quiere decir que sea un hereje.
--No. No es el caso--repuso fray Pedro.--La herejía es otra cosa muy
distinta, como es distinta la incredulidad. Aquí estamos frente á un
acabado ejemplo de indiferentismo. Frecuente los sacramentos y ese
estado enfermizo de su alma irá cediendo poco á poco ó rápidamente,
¡quién lo sabe! á la celestial medicina.
--Lo haré, padre, y quiero creer que esa medicina, como usted la llama,
me traerá la paz y la felicidad.
--Así en la tierra como en el cielo; no lo dude usted, hijo mío. Dios
premia á sus servidores, sin contar, como padre generoso y amante.
Pocas noches después fuí á visitarlo al convento, y me confesé con él.
París vale bien una misa. Por otra parte, la confesión no me repugnaba,
desde que el padre Arosa estaba ya muy al corriente de mi vida. En
efecto, nada de lo nuevo que le conté le sorprendió, quizá porque ya lo
sabía, quizá porque en su carrera de confesor había oído cosas mucho
más gordas que mis travesuras. Temí un momento, como en mi primera
confesión, que me ordenara casarme con Teresa, pero no lo hizo, sin
duda convencido de que un matrimonio sin amor no sería más que un
semillero de pecados mortales. Lo único que me recomendó fué que huyera
de las tentaciones, pues la ocasión es el arma por excelencia del
demonio...
--Debes frecuentar la iglesia, tener piadosas conversaciones, dedicarte
á la oración, leer libros que eleven tu espíritu. No quiero decirte
que te hagas un anacoreta, ni un místico, no. También ha habido santos
en la sociedad, y la alegría y los placeres lícitos no dañan al buen
cristiano. La religión necesita servidores en el mundo, no sólo en la
iglesia. Reza el Confiteor y ve en paz. _Ego te absolvo, in nómine_...
La noticia de mi definitiva conversión se divulgó rápidamente de
sacristía en sacristía y de convento en convento, y no tardó en
trascender hasta el público. Muchos liberales la creyeron cuento, y no
le atribuyeron importancia alguna. Y cuando el hecho se confirmó, ya
todo el mundo estaba acostumbrado á él.
Mi temible enemigo era, pues, mi aliado. El camino á la diputación
nacional quedaba abierto y sin obstáculos.