XI

Aunque lo esperaba de un momento á otro, no supe sino algo más tarde

que el partido católico de la provincia apoyaría indirectamente mi

candidatura. Digo indirectamente, y voy á explicar por qué. Desde

mucho tiempo atrás, la oposición no se presentaba á las elecciones ó

salía afrentosamente derrotada apenas trataba de dar señales de vida.

Con las mesas totalmente gobiernistas, la policía nuestra, los jueces

nuestros, sin grandes gastos de movilización de gente, el triunfo nos

pertenecía sin disputa: bastaba con que los escrutadores copiaran los

registros durante un par de horas. Pero si la oposición propiamente

dicha no tenía ingerencia alguna en la elección, el partido católico

en particular era influyente, sobre todo antes de la elección, es

decir, en la designación de candidatos. En el partido del Gobierno, así

como en los demás, había muchos de sus miembros, gente por lo general

rica y conservadora, de elevada posición social, y cuyos consejos se

escuchaban siempre y se seguían á menudo. La opinión de éstos en cuanto

á hombres y cosas, se consideraba el exponente de lo que el pueblo

podía tolerar. Algo que provocara su violenta desaprobación, sería

necesariamente inaguantable para los demás. Podían, pues, hacer con

éxito la guerra á mi candidatura, antes de que saliera á luz, ya que no

en los comicios. Esto lo temí siempre hasta una conversación que tuve

con fray Pedro Arosa.

--¿Ha oído usted hablar--me preguntó una tarde,--de un proyecto de ley

de divorcio que va á presentarse al Congreso, y que completaría la

iniquidad de la ley de matrimonio civil? ¿Sabe usted si el Presidente

está dispuesto á apoyarlo?

--No lo creo--repliqué.--El Presidente debe tener en la actualidad

otras preocupaciones. En cuanto al proyecto, existe, pero lo considero

un simple tanteo de la opinión, un preparativo para más tarde...

--¡Pues, ni como tanteo!--gritó el padre Arosa.--Los «tanteos» preparan

las «realizaciones»... ¡Esos herejes, relapsos, merecerían un terrible

castigo! ¡Es necesario que su tentativa fracase ruidosa, totalmente!

Están minando el edificio de la Iglesia, el templo del Señor, que

aplastará al país con sus ruinas. ¡El día que se acabe la religión,

esta República habrá dejado de existir, será un pueblo muerto,

abandonado de la mano de Dios! ¡El divorcio! ¿sabe usted lo que es el

divorcio? ¡La disolución de la familia, la anarquía de la sociedad,

el olvido de todas las tradiciones, el ateísmo en auge! La mujer, sin

el freno del matrimonio, no irá á buscar consuelo y confortación en

la iglesia, arrastrada como se verá por el torrente de una vida de

aventuras, corriendo como irá tras de una felicidad terrena que se le

ofrecerá engañosamente, en sustitución de la dicha celestial que es,

hoy por hoy, la única que espera... ¡Hay que hacer que ese proyecto

caiga de tal modo bajo la condenación general, que nadie se atreva, en

muchos años, á volver á presentarlo!... ¡Vaya con el «tanteíto»!...

--Si llego á ir al Congreso, como espero, me dedicaré exclusivamente

al triunfo de la buena causa, y el divorcio no tendrá enemigo más

resuelto--dije con unción.

--¿Aunque el Presidente lo apoye?

--En cuestiones de conciencia, los partidos no tienen que entrometerse.

Yo encontraré el medio de hacer que el Presidente deje á sus

partidarios en plena libertad en esta cuestión.

--¡Es tan liberalote! ¡En su provincia se mostró siempre tan enemigo

nuestro!

--Eran otros tiempos. Y, además, padre, tenía que propiciarse el pueblo

bajo, en vista de la Presidencia... Ahora no querrá mezclar á la

cuestión política una especie de guerra de religión, ni enajenarse la

voluntad femenina, inclinada á él por el apogeo del lujo y la riqueza,

por el brillo de una vida de holgura y diversiones... amén de otras

cosas...

--Puede que eso sea verdad. En fin, ya que está usted animado de tan

buenas intenciones, es preciso que vaya al Congreso. Allí hacen falta

hombres como usted.

No oculté mi satisfacción. Fray Pedro, recobrando su bonhomía y

regocijo acostumbrados, agregó, sonriente:

--¿No le parecería bueno hacer un viajecito á Buenos Aires? Yo creo

muy útil que se vea con el Presidente y le hable de cómo recibiríamos

el proyecto de divorcio. ¡Oh! ¡como simple informe, sin meterse en

honduras! Tanto más cuanto que sería magnífico que el Presidente se

mostrara favorable á su elección.

¡Gran consejo! Ungido por el Presidente, ni Correa ni nadie sería capaz

de ponerse en mi camino.

--Iré esta misma semana--dije.--Cuente conmigo, padre.

--¡Dios te lo pagará!

Entretanto, María no había cambiado de actitud. Amable, afectuosa, me

recibía como á un buen amigo, y sólo de vez en cuando pasaba--pronto

reprimida,--una promesa por sus ojos. Y aquella misma tarde, cuando fuí

á verla como de costumbre, me dijo con cierta gravedad:

--Ayer, incidentalmente, habló papá de que está usted muy religioso,

¿es cierto?

--No tengo por qué ocultarlo: he vuelto al seno de la Iglesia, como

dicen los sacerdotes, María--contesté en tono de broma.

--¿No se enojará si le hago algunas preguntas, que han de parecerle

indiscretas?

--¡Qué esperanza!

--Dígame, pues: ¿Usted cree, de veras, en todo lo que enseña la

religión?

--Sí, creo--dije tanto más resueltamente cuanto que no quería dejarle

ver mi vacilación.--¿Por qué me lo pregunta?

--Porque me parece bastante extraño. Muchas veces le he oído hablar

con incredulidad y hasta con burla de más de un misterio, de más de un

dogma.

--Extravíos de la juventud... Las malas lecturas... Uno vuelve siembre

á sus primeras creencias, á lo que le enseñó la madre, cuando niño...

--¡Ah!

--Siempre queda, allá en el fondo, un resto de fe, que florece y

fructifica en determinadas circunstancias. Ya sabe usted que quiero

hacerme hombre serio, María.

--Sí, sí. Eso debe también ser un motivo... Pero ¿no se puede ser

serio sin ser religioso? Papá no cree, por lo menos él lo dice, y, sin

embargo, lo considero grave, bueno, honrado y puro... Me afligiría que

cambiara de modo de pensar, sin una causa evidente y convincente...

--Lo que quiere decir que le desagradan mis ideas actuales, María. ¿Lo

que quiere decir que usted tampoco cree?

--Yo creo... Yo creo... La verdad es que nunca, hasta hoy, me he puesto

á examinar esa cuestión. Tomé sin discusión lo que me enseñaron, y

todavía no estoy preparada para discutir. Los mandamientos de la Ley

de Dios son justos y santos, esto me basta. Los considero la regla de

conducirse bien en la vida, y me someto á ellos como á una disciplina

salvadora... Pero, si llegara á dudar de los artículos de la fe,

me parece tan difícil que volviera á creer en ellos de la noche á

la mañana... ¡En fin! Estas cuestiones no son muy entretenidas que

digamos. Dejémoslas, Herrera, que nada adelantamos con eso.

Mucho me sorprendió esta conversación, y la expresión de desgano y

tristeza que vi en la cara de María. ¿La habría mordido «el demonio

implacable de la duda»? ¿Desmerecía yo en su concepto con mi nueva

actitud? ¡Imposible! La mujer es creyente en nuestro país, y recuerdo

que cuando incidentalmente criticaba yo ó satirizaba la religión en su

presencia, María me llamaba al orden, diciendo que no debía hacer burla

de las «cosas respetables».

Pero ¿quién entiende á las mujeres? Cualquiera diría que aquella

muchacha sospechaba de mi sinceridad, vislumbraba un sentido oculto y

utilitario en mi conversión, y abrigaba temores respecto de mi carácter

y mi conducta futura para con ella. Quise poner esto en claro y

anunciándole mi próximo viaje á Buenos Aires, le dije que, según todas

las probabilidades, sería electo diputado al Congreso.

--Ya lo sabía, y lo felicito, Herrera. En el Congreso puede hacer mucho

por el país.

--Lo dice usted sin interés ni entusiasmo.

--¡Vaya! No es cosa tan del otro mundo. Ser diputado no significa

nada... Es un buen empleo, nada más... Eso si no se halla manera de

elevarlo hasta la altura de una misión, y de servirse de él como de una

herramienta poderosa para hacer el bien.

--Así lo haría yo, si tuviera quien me confortara é inspirara. ¿Quiere

usted ser mi apoyo y mi inspiradora?. ¿Quiere ser mi mujer en cuanto me

elijan, y entrar del brazo conmigo en Buenos Aires?

Me miró con fijeza tranquila y severa.

--Ya se lo he dicho, Mauricio. Le contestaré dentro de un año.

Quiero... quiero estar segura de mí misma... y de los demás.

--¡Me hace usted desesperar!--dije, tomando el sombrero.--¿Es su última

palabra?

--¡No, pues! La última se la diré dentro de un año.

--¿Y será que no?

--Creo, espero lo contrario, Herrera--contestó con blandura,

tendiéndome la mano.

¡Curiosa mujer! No me cabía duda de que me quisiera, pero diríase

que en ella más podía la reflexión que el sentimiento. Había

una lucha ardiente entre su corazón y su cabeza, y ésta era tan

encarnizada que repercutía en su físico, adelgazándola, y en su

moral, entristeciéndola. Nunca, en mi vida, he hallado otra mujer

como aquélla, ni en las que conocí íntimamente, ni en las que pude

observar en sus relaciones con los demás. ¡Qué diferencia con Teresa,

por ejemplo! Toda confianza, toda ingenuidad, algo tonta, muy

ignorante, la otra se daba entera, sin reticencia, sin reflexión,

sin condiciones, como un ser primitivo que se deja llevar por los

sentimientos, por las circunstancias. María, en cambio, pura y también

candorosa á su modo, tenía, sin embargo, la intuición de no dejarse

arrastrar por sus sensaciones é impresiones, estaba en guardia contra

peligros desconocidos, quizá imaginarios, y me resultaba una criatura

artificial, una especie de coqueta terrible, porque filosofaba y ponía

en práctica su filosofía.

Sabia coquetería, en caso de serlo. Su actitud me ligaba cada vez más

á ella, y mi voluntad iba violentamente á su conquista, por cualquier

medio.

Esta situación se complicó, se hizo más vidriosa y desagradable,

desde una visita de don Evaristo en mi despacho, análoga, pero, ¡qué

diferente! á la del viejo Rivas.

--Mi querido Mauricio--díjome Blanco, afectuosamente,--debo hablarle de

un asunto de importancia. Quizá le pueda molestar, pero le ruego que

no tome á mal mis palabras, y que se ponga en mi lugar de padre, con

imprescriptibles obligaciones.

--¡Hable usted con toda libertad, don Evaristo!--exclamé sin sospechar

aún lo que me diría, aunque sabiendo de quién se trataba.

La vida tiene ironías inesperadas, que resultarían cómicas, si uno

pudiese considerarlas desde afuera, con ánimo sereno. La escena con

Blanco era más que una ironía, un sarcasmo. Iba á decirme que, como mi

asiduidad en su casa se prolongaba demasiado y comprometía á su hija,

era necesario que explicara mis intenciones, pidiera la mano de la niña

ó me retirara, como cuadra á un caballero. Todo el mundo me consideraba

novio de María, y algunos pretendientes serios se habían retirado,

al verme en tal pie de intimidad. Él no tenía prisa en casar á María

¡muy al contrario! pero deseaba aclarar la situación y no verla en una

posición anómala sin que ni él ni ella tuvieran la menor culpa.

Le dejé hablar con su calma sentenciosa de siempre, sabiendo que no le

agradaba ser interrumpido. Puntualizó su discurso con esa minuciosidad

provinciana y ese acento oratorio que es todavía atributo de algunos

viejos chapados á la antigua y olvidados por la muerte. Cuando con

una larga pausa y una mirada invitadora señaló que había terminado,

repliqué, muy grave:

--Todo eso está muy bien, don Evaristo, tan bien que no vacilaría en

pedirle ahora mismo la mano de María, considerándome muy honrado en

obtenerla, pero... Pero es el caso que no puedo hacerlo, por ahora.

--¡Cómo así! ¿Por qué?--preguntó sobresaltado.

--Porque ella misma me lo impide. Le he pedido que nos casemos

inmediatamente, sin pérdida de tiempo, pero á todas mis súplicas

contesta que resolverá dentro de un año. Sin quitarme las esperanzas,

no me las quiere confirmar tampoco...

--¡Es posible!... Pues no me doy cuenta de qué locura...

Y se interrumpió en seco, al comprender que iba á hablar mal de su

hija, á penetrar con cierto impudor en su fuero interno de mujer,

cayendo luego en honda meditación como si el inesperado problema lo

dejara perplejo. Convencido, sin duda, de nuestro amor recíproco, no

había querido interrogar á María, con ese exceso de pudor de ciertos

padres criollos que, no dejando escapar ante sus hijas ni la menor

palabra referente al «galanteo», digámoslo así, son más incapaces aún

de someterlas á un interrogatorio siempre escabroso, por más tacto que

se tenga.

Había respetado, pues, hasta el extremo, su reserva pudorosa, su candor

que se imaginaría probablemente integral, cuando la nueva Rosina, lo

mismo que su antepasada, manejaba sus asuntos sentimentales como una

mujer hecha y derecha, experimentada en amorosas lides. ¡Que tanto

puede el misterio!

--En ese caso--dijo por fin el viejo, llegando á una crisis de su

meditación,--en ese caso doy por pedida la mano de María. Yo hablaré

con ella, haré que me diga sí ó no, ó, por lo menos, sabré qué piensa...

--Creo que su intervención, don Evaristo, será inútil... y perdone.

María me ha declarado que está resuelta á no acortar el plazo...

--¡Oh! estas muchachas... ¡Miren en qué situación me ha puesto!...

Pero las cosas no pueden seguir así, hay que definirlas de una vez...

En cuanto á usted, mi querido Mauricio, le ruego que no complique más

el problema con tan frecuentes visitas. Nada se pierde con ello; al

contrario, es posible que así se arreglen las cosas mucho más pronto...

Se fué el buen hombre, y yo me quedé riendo de rabia por la irónica

comunicación, y ardiendo en deseos de asistir al coloquio revelador que

iban á tener padre é hija. En la imposibilidad de escucharlo, traté de

encontrarme al día siguiente con Blanco, lo que no era muy difícil,

pues todas las tardes salía á caminar. Á mis preguntas, contestó

evasivamente, con aparente franqueza:

--Dice que los dos son muy jóvenes todavía. Que tienen tiempo de

casarse. Que quiere conocerlo más, para no lamentar después una

equivocación...

Hoy me alegro infinito de estas reticencias y dudas de María. La mujer

debe entregarse sin condiciones al marido, y no someterlo eternamente á

la crítica, porque de otro modo ni él ni ella podrán nunca ser felices.

Este debía ser el fondo del pensamiento de Vázquez, al decir que no

quería conquistar á una mujer «convenciéndola», sino «enamorándola».

Pero entonces, mis sentimientos llegaron á exagerar todos sus

caracteres apasionados ya, y me pareció imposible vivir sin María, no

vencer ese primer obstáculo opuesto á la realización de mi voluntad,

hasta entonces siempre vencedora.

Ajustándome, pues, á los deseos manifestados por don Evaristo, y

siguiendo una táctica que aún me parecía eficaz, pese á su fracaso

anterior, no fuí á ver á María, sino el día antes de marcharme á Buenos

Aires. Estuve pocos minutos y me despedí, diciendo:

--Espero que á mi vuelta de la capital habrá variado de idea; mi vida

está devorada por la impaciencia y resulta intolerable.

--¿Por qué impacientarse, Herrera, deseando iniciar una cosa que, si

empezara, tendría luego que durar toda la vida? Es usted muy arrebatado.

--Y usted demasiado indiferente. Adiós, María.

Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira · 第 34 / 53 题