Aunque lo esperaba de un momento á otro, no supe sino algo más tarde
que el partido católico de la provincia apoyaría indirectamente mi
candidatura. Digo indirectamente, y voy á explicar por qué. Desde
mucho tiempo atrás, la oposición no se presentaba á las elecciones ó
salía afrentosamente derrotada apenas trataba de dar señales de vida.
Con las mesas totalmente gobiernistas, la policía nuestra, los jueces
nuestros, sin grandes gastos de movilización de gente, el triunfo nos
pertenecía sin disputa: bastaba con que los escrutadores copiaran los
registros durante un par de horas. Pero si la oposición propiamente
dicha no tenía ingerencia alguna en la elección, el partido católico
en particular era influyente, sobre todo antes de la elección, es
decir, en la designación de candidatos. En el partido del Gobierno, así
como en los demás, había muchos de sus miembros, gente por lo general
rica y conservadora, de elevada posición social, y cuyos consejos se
escuchaban siempre y se seguían á menudo. La opinión de éstos en cuanto
á hombres y cosas, se consideraba el exponente de lo que el pueblo
podía tolerar. Algo que provocara su violenta desaprobación, sería
necesariamente inaguantable para los demás. Podían, pues, hacer con
éxito la guerra á mi candidatura, antes de que saliera á luz, ya que no
en los comicios. Esto lo temí siempre hasta una conversación que tuve
con fray Pedro Arosa.
--¿Ha oído usted hablar--me preguntó una tarde,--de un proyecto de ley
de divorcio que va á presentarse al Congreso, y que completaría la
iniquidad de la ley de matrimonio civil? ¿Sabe usted si el Presidente
está dispuesto á apoyarlo?
--No lo creo--repliqué.--El Presidente debe tener en la actualidad
otras preocupaciones. En cuanto al proyecto, existe, pero lo considero
un simple tanteo de la opinión, un preparativo para más tarde...
--¡Pues, ni como tanteo!--gritó el padre Arosa.--Los «tanteos» preparan
las «realizaciones»... ¡Esos herejes, relapsos, merecerían un terrible
castigo! ¡Es necesario que su tentativa fracase ruidosa, totalmente!
Están minando el edificio de la Iglesia, el templo del Señor, que
aplastará al país con sus ruinas. ¡El día que se acabe la religión,
esta República habrá dejado de existir, será un pueblo muerto,
abandonado de la mano de Dios! ¡El divorcio! ¿sabe usted lo que es el
divorcio? ¡La disolución de la familia, la anarquía de la sociedad,
el olvido de todas las tradiciones, el ateísmo en auge! La mujer, sin
el freno del matrimonio, no irá á buscar consuelo y confortación en
la iglesia, arrastrada como se verá por el torrente de una vida de
aventuras, corriendo como irá tras de una felicidad terrena que se le
ofrecerá engañosamente, en sustitución de la dicha celestial que es,
hoy por hoy, la única que espera... ¡Hay que hacer que ese proyecto
caiga de tal modo bajo la condenación general, que nadie se atreva, en
muchos años, á volver á presentarlo!... ¡Vaya con el «tanteíto»!...
--Si llego á ir al Congreso, como espero, me dedicaré exclusivamente
al triunfo de la buena causa, y el divorcio no tendrá enemigo más
resuelto--dije con unción.
--¿Aunque el Presidente lo apoye?
--En cuestiones de conciencia, los partidos no tienen que entrometerse.
Yo encontraré el medio de hacer que el Presidente deje á sus
partidarios en plena libertad en esta cuestión.
--¡Es tan liberalote! ¡En su provincia se mostró siempre tan enemigo
nuestro!
--Eran otros tiempos. Y, además, padre, tenía que propiciarse el pueblo
bajo, en vista de la Presidencia... Ahora no querrá mezclar á la
cuestión política una especie de guerra de religión, ni enajenarse la
voluntad femenina, inclinada á él por el apogeo del lujo y la riqueza,
por el brillo de una vida de holgura y diversiones... amén de otras
cosas...
--Puede que eso sea verdad. En fin, ya que está usted animado de tan
buenas intenciones, es preciso que vaya al Congreso. Allí hacen falta
hombres como usted.
No oculté mi satisfacción. Fray Pedro, recobrando su bonhomía y
regocijo acostumbrados, agregó, sonriente:
--¿No le parecería bueno hacer un viajecito á Buenos Aires? Yo creo
muy útil que se vea con el Presidente y le hable de cómo recibiríamos
el proyecto de divorcio. ¡Oh! ¡como simple informe, sin meterse en
honduras! Tanto más cuanto que sería magnífico que el Presidente se
mostrara favorable á su elección.
¡Gran consejo! Ungido por el Presidente, ni Correa ni nadie sería capaz
de ponerse en mi camino.
--Iré esta misma semana--dije.--Cuente conmigo, padre.
--¡Dios te lo pagará!
Entretanto, María no había cambiado de actitud. Amable, afectuosa, me
recibía como á un buen amigo, y sólo de vez en cuando pasaba--pronto
reprimida,--una promesa por sus ojos. Y aquella misma tarde, cuando fuí
á verla como de costumbre, me dijo con cierta gravedad:
--Ayer, incidentalmente, habló papá de que está usted muy religioso,
¿es cierto?
--No tengo por qué ocultarlo: he vuelto al seno de la Iglesia, como
dicen los sacerdotes, María--contesté en tono de broma.
--¿No se enojará si le hago algunas preguntas, que han de parecerle
indiscretas?
--¡Qué esperanza!
--Dígame, pues: ¿Usted cree, de veras, en todo lo que enseña la
religión?
--Sí, creo--dije tanto más resueltamente cuanto que no quería dejarle
ver mi vacilación.--¿Por qué me lo pregunta?
--Porque me parece bastante extraño. Muchas veces le he oído hablar
con incredulidad y hasta con burla de más de un misterio, de más de un
dogma.
--Extravíos de la juventud... Las malas lecturas... Uno vuelve siembre
á sus primeras creencias, á lo que le enseñó la madre, cuando niño...
--¡Ah!
--Siempre queda, allá en el fondo, un resto de fe, que florece y
fructifica en determinadas circunstancias. Ya sabe usted que quiero
hacerme hombre serio, María.
--Sí, sí. Eso debe también ser un motivo... Pero ¿no se puede ser
serio sin ser religioso? Papá no cree, por lo menos él lo dice, y, sin
embargo, lo considero grave, bueno, honrado y puro... Me afligiría que
cambiara de modo de pensar, sin una causa evidente y convincente...
--Lo que quiere decir que le desagradan mis ideas actuales, María. ¿Lo
que quiere decir que usted tampoco cree?
--Yo creo... Yo creo... La verdad es que nunca, hasta hoy, me he puesto
á examinar esa cuestión. Tomé sin discusión lo que me enseñaron, y
todavía no estoy preparada para discutir. Los mandamientos de la Ley
de Dios son justos y santos, esto me basta. Los considero la regla de
conducirse bien en la vida, y me someto á ellos como á una disciplina
salvadora... Pero, si llegara á dudar de los artículos de la fe,
me parece tan difícil que volviera á creer en ellos de la noche á
la mañana... ¡En fin! Estas cuestiones no son muy entretenidas que
digamos. Dejémoslas, Herrera, que nada adelantamos con eso.
Mucho me sorprendió esta conversación, y la expresión de desgano y
tristeza que vi en la cara de María. ¿La habría mordido «el demonio
implacable de la duda»? ¿Desmerecía yo en su concepto con mi nueva
actitud? ¡Imposible! La mujer es creyente en nuestro país, y recuerdo
que cuando incidentalmente criticaba yo ó satirizaba la religión en su
presencia, María me llamaba al orden, diciendo que no debía hacer burla
de las «cosas respetables».
Pero ¿quién entiende á las mujeres? Cualquiera diría que aquella
muchacha sospechaba de mi sinceridad, vislumbraba un sentido oculto y
utilitario en mi conversión, y abrigaba temores respecto de mi carácter
y mi conducta futura para con ella. Quise poner esto en claro y
anunciándole mi próximo viaje á Buenos Aires, le dije que, según todas
las probabilidades, sería electo diputado al Congreso.
--Ya lo sabía, y lo felicito, Herrera. En el Congreso puede hacer mucho
por el país.
--Lo dice usted sin interés ni entusiasmo.
--¡Vaya! No es cosa tan del otro mundo. Ser diputado no significa
nada... Es un buen empleo, nada más... Eso si no se halla manera de
elevarlo hasta la altura de una misión, y de servirse de él como de una
herramienta poderosa para hacer el bien.
--Así lo haría yo, si tuviera quien me confortara é inspirara. ¿Quiere
usted ser mi apoyo y mi inspiradora?. ¿Quiere ser mi mujer en cuanto me
elijan, y entrar del brazo conmigo en Buenos Aires?
Me miró con fijeza tranquila y severa.
--Ya se lo he dicho, Mauricio. Le contestaré dentro de un año.
Quiero... quiero estar segura de mí misma... y de los demás.
--¡Me hace usted desesperar!--dije, tomando el sombrero.--¿Es su última
palabra?
--¡No, pues! La última se la diré dentro de un año.
--¿Y será que no?
--Creo, espero lo contrario, Herrera--contestó con blandura,
tendiéndome la mano.
¡Curiosa mujer! No me cabía duda de que me quisiera, pero diríase
que en ella más podía la reflexión que el sentimiento. Había
una lucha ardiente entre su corazón y su cabeza, y ésta era tan
encarnizada que repercutía en su físico, adelgazándola, y en su
moral, entristeciéndola. Nunca, en mi vida, he hallado otra mujer
como aquélla, ni en las que conocí íntimamente, ni en las que pude
observar en sus relaciones con los demás. ¡Qué diferencia con Teresa,
por ejemplo! Toda confianza, toda ingenuidad, algo tonta, muy
ignorante, la otra se daba entera, sin reticencia, sin reflexión,
sin condiciones, como un ser primitivo que se deja llevar por los
sentimientos, por las circunstancias. María, en cambio, pura y también
candorosa á su modo, tenía, sin embargo, la intuición de no dejarse
arrastrar por sus sensaciones é impresiones, estaba en guardia contra
peligros desconocidos, quizá imaginarios, y me resultaba una criatura
artificial, una especie de coqueta terrible, porque filosofaba y ponía
en práctica su filosofía.
Sabia coquetería, en caso de serlo. Su actitud me ligaba cada vez más
á ella, y mi voluntad iba violentamente á su conquista, por cualquier
medio.
Esta situación se complicó, se hizo más vidriosa y desagradable,
desde una visita de don Evaristo en mi despacho, análoga, pero, ¡qué
diferente! á la del viejo Rivas.
--Mi querido Mauricio--díjome Blanco, afectuosamente,--debo hablarle de
un asunto de importancia. Quizá le pueda molestar, pero le ruego que
no tome á mal mis palabras, y que se ponga en mi lugar de padre, con
imprescriptibles obligaciones.
--¡Hable usted con toda libertad, don Evaristo!--exclamé sin sospechar
aún lo que me diría, aunque sabiendo de quién se trataba.
La vida tiene ironías inesperadas, que resultarían cómicas, si uno
pudiese considerarlas desde afuera, con ánimo sereno. La escena con
Blanco era más que una ironía, un sarcasmo. Iba á decirme que, como mi
asiduidad en su casa se prolongaba demasiado y comprometía á su hija,
era necesario que explicara mis intenciones, pidiera la mano de la niña
ó me retirara, como cuadra á un caballero. Todo el mundo me consideraba
novio de María, y algunos pretendientes serios se habían retirado,
al verme en tal pie de intimidad. Él no tenía prisa en casar á María
¡muy al contrario! pero deseaba aclarar la situación y no verla en una
posición anómala sin que ni él ni ella tuvieran la menor culpa.
Le dejé hablar con su calma sentenciosa de siempre, sabiendo que no le
agradaba ser interrumpido. Puntualizó su discurso con esa minuciosidad
provinciana y ese acento oratorio que es todavía atributo de algunos
viejos chapados á la antigua y olvidados por la muerte. Cuando con
una larga pausa y una mirada invitadora señaló que había terminado,
repliqué, muy grave:
--Todo eso está muy bien, don Evaristo, tan bien que no vacilaría en
pedirle ahora mismo la mano de María, considerándome muy honrado en
obtenerla, pero... Pero es el caso que no puedo hacerlo, por ahora.
--¡Cómo así! ¿Por qué?--preguntó sobresaltado.
--Porque ella misma me lo impide. Le he pedido que nos casemos
inmediatamente, sin pérdida de tiempo, pero á todas mis súplicas
contesta que resolverá dentro de un año. Sin quitarme las esperanzas,
no me las quiere confirmar tampoco...
--¡Es posible!... Pues no me doy cuenta de qué locura...
Y se interrumpió en seco, al comprender que iba á hablar mal de su
hija, á penetrar con cierto impudor en su fuero interno de mujer,
cayendo luego en honda meditación como si el inesperado problema lo
dejara perplejo. Convencido, sin duda, de nuestro amor recíproco, no
había querido interrogar á María, con ese exceso de pudor de ciertos
padres criollos que, no dejando escapar ante sus hijas ni la menor
palabra referente al «galanteo», digámoslo así, son más incapaces aún
de someterlas á un interrogatorio siempre escabroso, por más tacto que
se tenga.
Había respetado, pues, hasta el extremo, su reserva pudorosa, su candor
que se imaginaría probablemente integral, cuando la nueva Rosina, lo
mismo que su antepasada, manejaba sus asuntos sentimentales como una
mujer hecha y derecha, experimentada en amorosas lides. ¡Que tanto
puede el misterio!
--En ese caso--dijo por fin el viejo, llegando á una crisis de su
meditación,--en ese caso doy por pedida la mano de María. Yo hablaré
con ella, haré que me diga sí ó no, ó, por lo menos, sabré qué piensa...
--Creo que su intervención, don Evaristo, será inútil... y perdone.
María me ha declarado que está resuelta á no acortar el plazo...
--¡Oh! estas muchachas... ¡Miren en qué situación me ha puesto!...
Pero las cosas no pueden seguir así, hay que definirlas de una vez...
En cuanto á usted, mi querido Mauricio, le ruego que no complique más
el problema con tan frecuentes visitas. Nada se pierde con ello; al
contrario, es posible que así se arreglen las cosas mucho más pronto...
Se fué el buen hombre, y yo me quedé riendo de rabia por la irónica
comunicación, y ardiendo en deseos de asistir al coloquio revelador que
iban á tener padre é hija. En la imposibilidad de escucharlo, traté de
encontrarme al día siguiente con Blanco, lo que no era muy difícil,
pues todas las tardes salía á caminar. Á mis preguntas, contestó
evasivamente, con aparente franqueza:
--Dice que los dos son muy jóvenes todavía. Que tienen tiempo de
casarse. Que quiere conocerlo más, para no lamentar después una
equivocación...
Hoy me alegro infinito de estas reticencias y dudas de María. La mujer
debe entregarse sin condiciones al marido, y no someterlo eternamente á
la crítica, porque de otro modo ni él ni ella podrán nunca ser felices.
Este debía ser el fondo del pensamiento de Vázquez, al decir que no
quería conquistar á una mujer «convenciéndola», sino «enamorándola».
Pero entonces, mis sentimientos llegaron á exagerar todos sus
caracteres apasionados ya, y me pareció imposible vivir sin María, no
vencer ese primer obstáculo opuesto á la realización de mi voluntad,
hasta entonces siempre vencedora.
Ajustándome, pues, á los deseos manifestados por don Evaristo, y
siguiendo una táctica que aún me parecía eficaz, pese á su fracaso
anterior, no fuí á ver á María, sino el día antes de marcharme á Buenos
Aires. Estuve pocos minutos y me despedí, diciendo:
--Espero que á mi vuelta de la capital habrá variado de idea; mi vida
está devorada por la impaciencia y resulta intolerable.
--¿Por qué impacientarse, Herrera, deseando iniciar una cosa que, si
empezara, tendría luego que durar toda la vida? Es usted muy arrebatado.
--Y usted demasiado indiferente. Adiós, María.