VIII

Más me preocupaba María Blanco, á quien seguía cortejando con

asiduidad. Teresa había pasado á la categoría de los recuerdos

indiferentes, vale decir que no son ni gratos ni desagradables. No

me había contestado mi carta-ruptura, y supuse que daba todo por

terminado. ¿Comprendía la distancia que nos separaba y que se hacía

mayor cada vez? No sé si era éste ú otro el orden de sus pensamientos;

lo cierto es que no volví á oir hablar de ella en mucho tiempo, y

que no me escribió una línea. Era, pues, un capítulo terminado de mi

vida, y si insisto en él es sólo porque acontecimientos posteriores

me lo evocaron vívidamente en circunstancias que más tarde narraré.

Entonces--lo repito,--me acordaba de Teresa y el chicuelo como de seres

y cosas vinculadas á una travesura de la niñez, como de un paisaje

lleno de sol, visto al pasar, en un sitio donde era imposible clavar la

tienda en el tránsito de la vida.

Pero si María, conocedora en parte de mis antecedentes, pretendía

vengar al sexo, afectando, si no desdén--que esto yo nunca lo hubiera

admitido,--una especie de despego prometedor y cautivador, pero

engañoso, la verdad es que si pudo detenerme un tiempo no consiguió en

modo alguno su propósito de venganza, ó cualquier otro que tuviera. Yo

«me le fuí á los cañones», como vulgarmente se dice, y me esforcé en

aclarar la situación con entera franqueza.

Una tarde, que nos paseábamos en la huerta, á poca distancia de don

Evaristo, que hacía como que cuidaba las plantas para dejarnos cierta

libertad, la hablé resueltamente.

--Está muy esquiva conmigo, María. ¿He hecho algo que pueda enojarla?

--¿Á mí? No, que yo sepa. Pero, ¿á qué viene esa pregunta? ¿No somos

tan amigos como siempre?

--Hay una diferencia... Una diferencia imperceptible para los demás,

enorme para mí. Las cosas que usted me dice suenan ¿cómo diré?

desafinadas. Ya no tiene usted el adorable abandono de los primeros

días, que me cautivó tanto...

--¡Vamos! Yo soy siempre la misma. Pienso lo mismo, digo lo mismo. Será

usted el que ha cambiado.

Hablaba tranquilamente, con la voz sin inflexiones, algo más aguda que

de costumbre y, por lo tanto, hiriente para mí.

Estuve por decirla:

--Pero, ¿cómo es eso? ¿No me ha elegido, no me ha atraído usted, como

hacen las mujeres, únicas que tienen la elección? ¿No me ha dicho

usted, sin decírmelo, que debía festejarla, porque usted me había

designado para novio? ¿No la atraía esa misma aureola de calavera que

quizá en este momento la hace alejarse de mí?

No se lo dije. Sólo acerté á esto:

--Me trata de un modo que me da pena, María. Como á un amigo, sí; pero

no como á un amigo que puede aspirar á más, sino como á una simple

«relación», como á un «conocido» que pasa y se olvida.

--¡No soy de amistad tan fácil!--replicó sonriendo, siempre fría.

--¡María! ¡Alguien le ha hablado mal de mí!--exclamé, pensando en

Vázquez.

Me miró de hito en hito, seria, pero sin acritud.

--Todos--contestó.

--¿En estos días?--inquirí, casi colérico.

--No. Antes... mucho antes... Yo creía que no era verdad. Pero ahora

veo que no se puede contar con usted. ¡Tonta de mí! Supuse por un

momento, que, ocupándose de cosas más serias, más elevadas, se

olvidaría de hacer locuras... ¡Locuras! ¡Si no fuera más que eso!

No sé por qué me acordé de las escenas de la huerta de Rivas, en Los

Sunchos, tan ingenuas, en las que no se trataba de imponerme nada,

nada, ni aún de la manera más indirecta del mundo. Donde cabe el examen

¿cabe, al propio tiempo, el amor?

Me parece que no, me pareció especialmente entonces que no, y me sentí

desconcertado y molesto.

--No la entiendo, de veras--dije con displicencia.--Ya me ve usted,

sujeto á todas sus voluntades, visitándola día á día, no pensando sino

en usted.

--Sí, usted viene, me agasaja, me lisonjea; pero eso no tiene gran

significación para una muchacha como yo, Mauricio, acostumbrada á

pensar y á juzgar. Ninguno de esos actos le cuesta el menor esfuerzo,

como le costaría, por ejemplo, abandonar el café, el club, las... las

relaciones.

Esto era significativo. Se me imponía un sacrificio, sin ofrecerme nada

en cambio, categóricamente por lo menos. Era el momento de hablar de un

modo decisivo:

--¡Mire, María! Soy todavía muy joven y estoy lleno de defectos, es

verdad. Pero no tengo nada grave que echarme en cara...

Esto lo dije, tanteando el terreno, por ver si estaba al corriente de

lo ocurrido con Teresa. No se inmutó, no replicó: no sabía, entonces...

--Pero ¿cómo quiere--agregué, más seguro de mí mismo,--que de la noche

á la mañana me convierta en un viejo, ni que renuncie á mis pocas

diversiones--muy inocentes, por otra parte,--si no veo más ó menos

cercana la recompensa de ese pequeño sacrificio? Ofrézcame usted la

recompensa, y yo entonces, le aseguro...

--¿Y qué recompensa puedo ofrecerle yo?

--Decirme que me quiere.

--Hágase usted querer--dijo con seriedad y coquetería á un tiempo.

Don Evaristo, que se acercaba, puso fin al diálogo, y yo me quedé

pensando en las desmedidas ambiciones de la niña. ¿Conque, nada

menos, quería que yo renunciara á todo y que me quedara prosternado,

adorándola como á una imagen? ¡Qué pretensión! Estaba enamorada de mí,

y se hacía la desdeñosa. ¿Qué me costaba hacer lo mismo, renovando con

variantes «el desdén con el desdén»?

Yo, para mí, y por una fuerza, quizás ajena á mi voluntad, por un

instinto poderoso, he sido, soy y seré, lo digo así, brutalmente,

porque es la mejor, la más verdadera forma de decirlo, el centro

del mundo. Lo que más me interesa es el propio «yo», el resto debe

supeditarse á esta entidad. Pero hay una atenuante á esto, demasiado

absoluto quizá, atenuante que me ha permitido llegar á ser lo que soy:

cuando las cosas exteriores no pueden ó no quieren supeditarse, el «yo»

debe aprovechar las circunstancias para seguir siendo centro, á toda

costa. Y jugar conmigo es cosa seria.

Dejé á María y á su padre, que me invitaba á comer con ellos,

pretextando quehaceres y jurándome tener la última palabra en la

cuestión. Para ello, bastaba á mi juicio con cesar, durante un tiempo,

toda visita, y esquivar todo encuentro con la altiva moza, aspirante

á mi esclavitud, que ella soñaba probablemente redención. Cosa fácil,

porque en aquel momento me preocupaba mucho mi porvenir político, y

más aún porque mi puesto de jefe de policía me daba nociones de la

vida--exageradas por lo unilaterales,--que no ha escrito el más negro

de los pesimistas, que no se han expresado ni aun en la redacción de

los diarios más chismógrafos. El mejor informado de los repórteres

no sabe, en cuanto á la vida privada de los habitantes de una ciudad

grande ó pequeña, ni lo que sabe el más ínfimo de los policías, y si

quisiera novelas ó escándalos, no tendría más que pasar por ese cedazo,

ó, mejor dicho, tenerlo en la mano. Se echan pestes contra la policía,

pero si ella hablara se acabaría, sencillamente, la sociedad, minada

en sus cimientos, ó, por lo menos, en la parte convencional de sus

cimientos, que no es la menos importante. Pero, como educación moral,

esta escuela de la policía es, como ya dije, excesiva, porque sólo

pone de relieve la parte mala, baja y despreciable de la humanidad,

invitando á creer que toda ella es así, sin excepciones, ó casi... No

se extrañe, pues, que no pudiera tener confianza en una mujer, por pura

y altiva que pareciese.

Sin embargo, María había lastimado hondamente mi amor propio. Lo

comprendí al encontrarme aquella misma tarde de manos á boca con

Vázquez, quien se acercó á saludarme, afectuoso, aunque con el velo de

tristeza que ya no lo abandonaba nunca.

--¿Cómo te va?

--¡Mal!--le repliqué.

--¿Qué te pasa?

--Alguien me ha desconceptuado en la opinión de una persona que estimo

muy mucho...

--¿El Gobernador?

--¡No te hagas el tonto!

Encogióse de hombros, estuvo un momento callado, y luego murmuró:

--¡Mauricio! Temo que hagas desgraciadas á muchas personas y, lo que es

más curioso, que no te conquistes con ello la felicidad... Si aludes á

mí, y crees que yo me pongo en cualquiera de tus caminos para cerrarte

el paso, te equivocas... Mauricio. Tú has nacido de pie, como decían

nuestros abuelos. Yo no lucho contigo, ni abierta ni solapadamente,

porque sería inútil. Tú no emprenderás nunca nada en que no estés

seguro del éxito, é impulsado á ello por las circunstancias. ¡Oh, tú

harás siempre lo que quieras!...

--¿Por qué?

--Ya te lo he dicho: Sencillamente, porque nunca querrás sino lo que

esté al alcance de tu mano. Eres como un chico que va á la juguetería

con el bolsillo lleno, sin proyecto alguno, sin más que un deseo vivo é

indeterminado de «tener cosas», y que va tomando todo cuanto le gusta...

--¿Y tú?--dije, no sin ironía.

--Yo tengo, por desgracia, ambiciones determinadas y una línea de

conducta. Como sé lo que quiero, es muy probable que no lo consiga, y

los demás dirán siempre que me estrello contra las murallas en vez de

buscar el portillo que encontraría seguramente abierto...

¡Las ambiciones determinadas de Vázquez! ¡Su línea de conducta!...

Ahora las juzgo abstracciones morales y políticas, sin nada positivo,

sueños románticos y nada más. Pero entonces no paré mientes en ello,

y lo di por admitido, encarando de lleno y francamente el asunto

principal.

--¡Hablemos claro! ¿María Blanco?

--Es la muchacha más interesante de la ciudad. Pero está deslumbrada

por un espejismo. No trataré de desengañarla. Sí, Mauricio, es verdad,

la quiero; pero no desearía unirme á una mujer convenciéndola, sino

enamorándola. Convencida, siempre estaría viendo tras de mí, más grande

y más hermoso que yo, el príncipe de su cuento azul, por insignificante

que fuese en realidad... Y no es tu caso: con tu capital de buen mozo,

de inteligente, de elegante, de afortunado, de hombre de posición

política, y no sin bienes materiales, no eres un cualquiera. Tienes

todos los elementos necesarios para que te hagan un don Juan; porque

los don Juan no se hacen ellos mismos: los hacen los demás...

Hube de pegarle. Pero no se burlaba; por el contrario, hablaba amarga,

dolorosamente, aunque con entereza. Era ironía de buena ley. Le tendí

la mano, y le dije:

--«Sos» un misántropo. Así no irás á ninguna parte.

--¡Ni quiero!--contestó.

Cualquier otra cosa hubiera sido mejor para mí que este coloquio,

pues me dejó más nervioso que antes, aunque convencido de que Pedro

no influía para nada en la actitud de María Blanco. «Esperar que lo

quieran», así, resueltamente, es como decirse que uno es estatua,

monumento... ¡Qué animal! Pero ¿y si tenía conciencia de valer todo

eso? ¿Era feliz? ¿Feliz, renunciando á lo que quizá pudiera conquistar?

¿Ó es que consideraba que la felicidad sólo existe en el equilibrio

perfecto, no en la lucha? ¡Bah!...

Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira · 第 32 / 53 题