Al día siguiente, me llamó Correa á su despacho de gobernador.
--Mirá--me dijo.--He pensado mucho en la situación, y he resuelto
cambiar el ministerio. ¿Querés ser ministro de Gobierno?
--¡No friegue, don!--exclamé.--Usted me ha prometido otra cosa.
--Sí. Pero, hijito, ¡ministro!...
--¿Y qué hay con eso? Á usted no le quedan más que dos años de
gobierno; y yo quiero ir á Buenos Aires. Esto es muy chico para
mí. Mire, no cambie los ministros: son buenos muchachos y ya están
acostumbrados á hacer lo que quiere el gobernador.
--Eran hombres de Camino.
--Se equivoca. Eran y son hombres del gobernador. Tanto les da Juan
como Pedro, con tal de que ellos figuren.
--Es que quisiera cambiar un poco el Gobierno, darle al pueblo alguna
satisfacción.
--Llame á Vázquez, entonces.
--Puede que no sea mala idea.
--Pero, le advierto: Vázquez es un contemporizador y una especie de
puritano: como contemporizador no satisfará á la oposición, y como
puritano hará enfurecerse á los nuestros. Además, Camino lo ha puesto
mal con el Presidente... Conque...
--Conque... se puede ir al diablo.
Sonreí, y le di el último golpe:
--Y, al concluir su período, con Vázquez tendría usted que renunciar á
ir al Senado, porque la Legislatura, nacionalista y presidencial, no le
perdonaría sus lirismos.
Correa no era difícil de convencer en cosas evidentes y de utilidad,
y todo quedó como estaba. Los ministros no me hacían sombra, porque
eran completamente ineptos y yo sabía la manera de manejarlos. Siempre
me habían temido, y desde que Correa subió al poder, comenzaron
á temblar ante mí aunque yo les hubiera prometido hacer todo lo
posible para mantenerlos en su puesto. Una amarguísima incidencia
que debió costarnos caro, vino á darme un terrible poder, aumentando
inopinadamente mi prestigio.
La muerte de Camino, ocurrida en circunstancias tan misteriosas,
precisamente cuando comenzaban á trascender nuestras intrigas
tendientes á derrocarlo, pareció de pronto al público menos clara de lo
que la presentábamos. Nuestras idas y venidas en aquella noche aciaga,
y aunque fuera ya tan tarde, no habían pasado inadvertidas, porque la
gente provinciana parece dormir con un solo ojo cuando se trata de algo
que puede alimentar la chismografía. Además, aunque el cuento estuviera
urdido magistralmente, había demasiados testigos de la verdad: si
se podía contar con mi reserva, la de Orlandi, la del Comisario de
órdenes, la del zorro de Cruz, no sucedía lo mismo con las mujeres, los
dos vigilantes, el cochero. Los secretos de almohada por la almohada
suelen trascender. Uniendo á esto la malevolencia de la oposición, no
es raro que comenzara de pronto á correr este rumor siniestro:
«El gobernador Camino ha muerto envenenado.»
Y, con este rumor, el gobernador Camino, que era execrado por cuantos
no recibían sus favores, que las familias excomulgaban por sus notorias
costumbres, que nunca había hecho nada notable ni siquiera bueno, ni
aun regular, resultó un defensor de los intereses del pueblo, que el
Presidente de la República quería suprimir, una víctima del sistema,
un cordero pascual, y nosotros, el doctor Orlandi, yo, Correa, ¡quién
sabe cuántos más! unos envenenadores, unos Borgia de nuevo cuño. En
vano traté, trató Orlandi, de poner las cosas en su lugar, de presentar
la verdad tal cual era; en vano dijimos que el Gobernador estaba caído
y no podía estorbarnos ya. ¡Todo el mundo creyó, ó fingió creer, que
lo habíamos suprimido con el Aqua Tofana, y que Orlandi--italiano al
fin,--era la mano, mientras Correa y yo éramos la voluntad!... ¡Ah,
canalla, canalla, canalla! ¡Cómo es la canalla, y cómo maldije entonces
la libertad de la calumnia que pasa de boca á oído y resulta más
notoria que la insertada en los diarios! Yo había mentido á sabiendas
y públicamente, para destruir al contrario, muchas veces, pero nunca
había llegado á tal extremo, ¡nunca había inventado una calumnia que,
como aquella monstruosidad, estuviese tan fuera, tan lejos de las
costumbres políticas de nuestro país!
Y, ¡vean ustedes lo que son las cosas!... No me creerán, pero aquello
nos hizo mucho bien, si no moral, materialmente. El temor que nos
rodeaba y que comenzaba á ser lo más claro de nuestro prestigio entre
el pueblo bajo, se intensificó hasta un grado increíble. Nunca, como
entonces, fuímos dueños de la situación, aunque nos execraran. Entre la
gente de buena posición, nadie creía aquella horrible calumnia, aunque
algunos energúmenos la aprovecharan para denigrarnos. Entre éstos,
que afirmaban la verdad del envenenamiento y los otros que la ponían
caballerosamente en duda, el pueblo decía:
--Los que los acusan dicen la verdad; los otros se callan de miedo.
Y si gente tan bien colocada temía, ¿qué no había de temer el pobre
pueblo? De tan vil, de tan inexistente causa, nunca he visto salir
tales efectos. Como si estuviésemos en tiempos de Rosas, la provincia
calló, y no hay gobernante que haya gobernado tan pacíficamente como
Correa.
Una persona, sin embargo, tuvo una sombra de duda que me afligió en
extremo: María.
La visitaba frecuentemente, y estaba entonces enamorado de ella, de
su hermosura, de su ingenio, de su delicadeza, de su instrucción
artística. Era toda una señora con los candores deliciosos de una niña.
Hacía tiempo que la notaba más fría y reservada que antes, sin poder
darme cuenta del motivo, cuando una noche, como se aludiera, no sé á
qué cuento, al difunto Gobernador, dejó escapar esta frase:
--¡Cuándo se aclarará ese misterio, tan doloroso!
Comprendí entonces todas sus reservas, y le dije la verdad, comenzando
por revelarle la vida íntima de Camino, sus extravíos, sus malas
costumbres, para terminar con el cuadro de su muerte, sin detalles
ociosos y escandalosos, tal, en fin, como lo he hecho en estas páginas.
Y terminé diciendo:
--Para que no tenga usted la menor duda, voy á mandar que venga Cruz, y
él le contará las cosas tal como pasaron.
Comenzaba á escribir una tarjeta cuando María, levantándose y poniendo
su mano sobre la mía, me interrumpió así:
--Nadie sino usted podía contarme semejantes atrocidades. Le creo, pero
no quiero que nadie me repita cosas que yo no debo saber. Perdone mi...
No dijo sospecha, no dijo duda porque cualquiera de estas palabras le
hubiese parecido excesiva.
¡Oh, el pudor de nuestras antiguas mujeres! ¡Decir que todavía
quedan algunos ejemplares, contrastando con la inmensa muchedumbre
de «libertadas», de emancipadas, aspirantes á hombre, que hoy nos
rodea! Conquistar una mujer era todavía entonces (y de vez en cuando)
robarse un fruto saltando una tapia coronada de vidrios de botella;
conquistarla hoy, suele ser robarla del escaparate en que las ofrecen.
María se mostró aquella noche afectuosísima, y comprendí que la había
convencido. En cuanto á Blanco, ya hacía mucho que estaba al corriente
de todo lo ocurrido.
Pocos días después tuve una noticia que me sorprendió. La gente se
marcha mucho más pronto de lo que uno supone, y el camino va quedando
sembrado de cadáveres. Hoy pienso que si se llevara una nomenclatura
de todos los parientes, amigos y allegados que se mueren, al cumplir
los cuarenta años uno estaría siempre con los pelos de punta, en cuanto
viera la enorme, la interminable lista de los que hemos dejado atrás.
La noticia era la de la muerte de don Higinio Rivas, ocurrida una
semana antes en Buenos Aires. Esto constituía, apenas, un incidente en
mi vida, y sin embargo, me conmovió, removiendo todos los recuerdos
de la infancia y la adolescencia. ¡Don Higinio! ¡Los Sunchos, en que
aún vivía mi madre, hecha una pasita! ¡Teresa, de quien nada sabía!
¡Qué lejos estaba todo aquello! ¡Y qué jugoso y qué sabroso era,
con su candor, un poco perverso á veces!... Pensé que un día, como
á Sarmiento, me sería dado revivir toda aquella conmovedora comedia
primitiva, tan sentimental, componiendo mis «Recuerdos de provincia»...
Pero mientras llegaba esta obra maestra, futura como tantas, me
contenté con escribir un largo artículo necrológico para _Los Tiempos_
que, gracias á mis buenos oficios, seguía dirigiendo y redactando mi
amigo el galleguito Miguel de la Espada.
¿Qué dije de don Higinio? Nadie se preocupe de ello. Precisamente aquel
artículo necrológico que conservo pegado en un cuaderno de recortes,
es el que me ha servido páginas atrás para esbozar su retrato, su cara
leonina, su ingenio astuto y quizás quizás su carácter débil de gritón.
Pero le hice justicia y disimulé sus defectos.
De la Espada, después de leer las cuartillas que le había llevado, me
dijo, como quien quiere decir algo y no acierta, en el tono que los
autores dramáticos acotan «con intención»:
--Bien se lo ha ganado, el pobre.
Cumplido este deber, el único de mi incumbencia, según creía,
preparábame á dar por definitivamente cerrado aquel capitulito de mi
vida, cuando recibí esta carta:
«Mi muy querido Mauricio: Sólo quince días después de la muerte
de tatita, de la que debes tener noticia, me siento con valor
suficiente para escribirte. Todo el luto que orla este papel no
es nada comparado con el que pesa sobre mi alma y mi corazón.
¡Pobre, pobre tatita! Murió abrazando á tu hijito, que tanto
se te parece y que todavía no puede comprender todo lo que ha
perdido. No habló de ti, no aludió á ti, como si ya no tuviera
esperanza de remedio al daño que hiciste. Á mí me dijo--y son
sus últimas palabras:--Cuídalo bien.--¿Para qué te escribo esta
carta, Mauricio? Sólo para una cosa, sólo para decirte: Ya no me
queda en el mundo nada más que mi hijito, y quizás tú. ¡No te pido
nada, nada, nada! Sólo quisiera estar á tu lado, vivir con tu
vida, ser como una guachita mansa de esas que siguen al dueño por
todas partes... ¡Estoy tan triste, Mauricio!... ¡Quieres que vaya,
ó vendrás tú, por fin, á conocer á tu hijo que ya va siendo un
hombrecito!»...
Puedo transcribir (como transcribo en parte) esta carta, porque la
guardé, contra mi costumbre, tanta fué la sorpresa que me causó su
forma. ¿La había escrito Teresa? ¿Se la había dictado alguien?... ¿De
dónde salía todo ese atildado romanticismo, ó sentimentalismo, si
hay quien lo prefiera? Hace poco, revolviendo papeles viejos, volví
á encontrar esta carta, amarillenta ya, la releí, y debo confesar
que me conmovió. ¡Era bien de Teresa! Lo probaban mil detalles, mil
tiernos recuerdos que omito. ¡Si la hubiera comprendido entonces como
la comprendo ahora! ¿Qué me pedía Teresa? Nada. ¿Qué me ofrecía?
Todo. Sinceramente, me lo ofrecía todo, pero entonces sospeché de
ella y me reí de la gauchesca figura de la «guachita» y de sus
ofrecimientos, cebo, á mi juicio, que debía arrastrarme al matrimonio,
al reconocimiento del chico, á empeñar mi vida, en fin, como en el
Monte de Piedad. No, no. En mi opinión, su cálculo era éste: vivir
conmigo y esperar la ocasión propicia para hacerse dueña de mí, gracias
al vínculo del muchacho, del «hombrecito». Era una infeliz; es la
única mujer á quien quizás haya hecho desgraciada. Pero, ¿quién iba á
decirme entonces que tanta candidez puede existir en el mundo?
Y en aquel tiempo, pensando de otro modo, después de leer la carta me
dije que podía optar por dos temperamentos, á saber: contestarla ó no
contestarla.
Me acordé de Vázquez, á quien hubiera comparado entonces con el doctor
Relling de Ibsen, si lo hubiese conocido, y tomé el camino del medio.
No obré, es cierto, ni como Vázquez ni como Relling, pero... tomé el
camino del medio: Escribí sin contestar.
Y el borrador de mi carta, muy estudiada, muy medida, estaba el otro
día, cuando revolví mis papeles viejos, al alcance de mi mano, prendida
con un alfiler á la extraña misiva de Teresa. Decía así:
«Señorita: He lamentado infinito el fallecimiento de don Higinio,
á quien siempre quise mucho, como viejo amigo de mi padre, y á
quien siempre admiré y respeté como á uno de los hombres más
representativos de nuestra provincia, y sobre todo de nuestro amado
pueblo de Los Sunchos.
«Ha dejado un vacío que nadie podrá llenar en las filas de nuestro
partido, en el círculo de sus amigos y camaradas, y más aún en el
corazón de su hija, la estimable compañera de mis años infantiles á
quien nunca olvidaré y para quien son mis mejores sentimientos.
«Acompaño á la triste huérfana en su hondo pesar, como un hermano
que sufre y llora al par de ella, y lamento más que nunca la
impotencia del hombre á quien el misterio de la muerte dice:--No
pasarás de aquí.
«¡Teresa! si en algo puedo ser útil á la hija del gran caudillo, no
tiene más que mandar.
«Ordene al compañero de los primeros años de la vida, al que
confundió con usted sus pensamientos y sus aspiraciones con todo
su candor de niño, antes de que ambos entráramos en la lucha por
la existencia; al que hoy pide á Dios que traiga á su espíritu la
conformidad en tan duro, pero también en tan inevitable trance.»
Esto parecerá á algunos un poco... ¿qué diré?... ¿canalla?... Pero, he
aquí la verdad: Estaban en juego mis sentimientos más íntimos--entonces
creía que comenzaba á amar á María Blanco,--estaban en juego mi afecto
y mi respeto hacia don Higinio, hacia Teresa, estaba en juego, también,
todo mi porvenir. ¡Mi porvenir! Un vago é inútil sentimentalismo ¿debía
apartarme del camino recto que se abría ante mi vista? Eso, nunca. Los
mismos Evangelios lo han dicho: «Rompe con tu padre, con tu madre, con
tu amigo, y sígueme.»
Lo sentí mucho: como la oveja, evangélica también, tenía que ir
dejando vellones de mi lana en las zarzas del camino. ¡Teresa!...
¡oh recuerdos!... Pero, desgraciadamente, no he nacido con todas
las felicidades y todas las preeminencias, no he podido dejar de
hacer sacrificios para llegar á donde he llegado. ¡He ahí! yo tenía,
fatalmente, que recorrer mi órbita y tanto peor para los que encontraba
en mi trayecto. Una desviación de un milímetro en mis comienzos, me
hubiera hecho otro hombre, me hubiera lanzado á lo ignoto. Por otra
parte, ¿qué debía preocuparme? ¿El hijo de mis amores? ¡Bah! leve
escrúpulo.
Mauricio Rivas había nacido rico.