VII

Al día siguiente, me llamó Correa á su despacho de gobernador.

--Mirá--me dijo.--He pensado mucho en la situación, y he resuelto

cambiar el ministerio. ¿Querés ser ministro de Gobierno?

--¡No friegue, don!--exclamé.--Usted me ha prometido otra cosa.

--Sí. Pero, hijito, ¡ministro!...

--¿Y qué hay con eso? Á usted no le quedan más que dos años de

gobierno; y yo quiero ir á Buenos Aires. Esto es muy chico para

mí. Mire, no cambie los ministros: son buenos muchachos y ya están

acostumbrados á hacer lo que quiere el gobernador.

--Eran hombres de Camino.

--Se equivoca. Eran y son hombres del gobernador. Tanto les da Juan

como Pedro, con tal de que ellos figuren.

--Es que quisiera cambiar un poco el Gobierno, darle al pueblo alguna

satisfacción.

--Llame á Vázquez, entonces.

--Puede que no sea mala idea.

--Pero, le advierto: Vázquez es un contemporizador y una especie de

puritano: como contemporizador no satisfará á la oposición, y como

puritano hará enfurecerse á los nuestros. Además, Camino lo ha puesto

mal con el Presidente... Conque...

--Conque... se puede ir al diablo.

Sonreí, y le di el último golpe:

--Y, al concluir su período, con Vázquez tendría usted que renunciar á

ir al Senado, porque la Legislatura, nacionalista y presidencial, no le

perdonaría sus lirismos.

Correa no era difícil de convencer en cosas evidentes y de utilidad,

y todo quedó como estaba. Los ministros no me hacían sombra, porque

eran completamente ineptos y yo sabía la manera de manejarlos. Siempre

me habían temido, y desde que Correa subió al poder, comenzaron

á temblar ante mí aunque yo les hubiera prometido hacer todo lo

posible para mantenerlos en su puesto. Una amarguísima incidencia

que debió costarnos caro, vino á darme un terrible poder, aumentando

inopinadamente mi prestigio.

La muerte de Camino, ocurrida en circunstancias tan misteriosas,

precisamente cuando comenzaban á trascender nuestras intrigas

tendientes á derrocarlo, pareció de pronto al público menos clara de lo

que la presentábamos. Nuestras idas y venidas en aquella noche aciaga,

y aunque fuera ya tan tarde, no habían pasado inadvertidas, porque la

gente provinciana parece dormir con un solo ojo cuando se trata de algo

que puede alimentar la chismografía. Además, aunque el cuento estuviera

urdido magistralmente, había demasiados testigos de la verdad: si

se podía contar con mi reserva, la de Orlandi, la del Comisario de

órdenes, la del zorro de Cruz, no sucedía lo mismo con las mujeres, los

dos vigilantes, el cochero. Los secretos de almohada por la almohada

suelen trascender. Uniendo á esto la malevolencia de la oposición, no

es raro que comenzara de pronto á correr este rumor siniestro:

«El gobernador Camino ha muerto envenenado.»

Y, con este rumor, el gobernador Camino, que era execrado por cuantos

no recibían sus favores, que las familias excomulgaban por sus notorias

costumbres, que nunca había hecho nada notable ni siquiera bueno, ni

aun regular, resultó un defensor de los intereses del pueblo, que el

Presidente de la República quería suprimir, una víctima del sistema,

un cordero pascual, y nosotros, el doctor Orlandi, yo, Correa, ¡quién

sabe cuántos más! unos envenenadores, unos Borgia de nuevo cuño. En

vano traté, trató Orlandi, de poner las cosas en su lugar, de presentar

la verdad tal cual era; en vano dijimos que el Gobernador estaba caído

y no podía estorbarnos ya. ¡Todo el mundo creyó, ó fingió creer, que

lo habíamos suprimido con el Aqua Tofana, y que Orlandi--italiano al

fin,--era la mano, mientras Correa y yo éramos la voluntad!... ¡Ah,

canalla, canalla, canalla! ¡Cómo es la canalla, y cómo maldije entonces

la libertad de la calumnia que pasa de boca á oído y resulta más

notoria que la insertada en los diarios! Yo había mentido á sabiendas

y públicamente, para destruir al contrario, muchas veces, pero nunca

había llegado á tal extremo, ¡nunca había inventado una calumnia que,

como aquella monstruosidad, estuviese tan fuera, tan lejos de las

costumbres políticas de nuestro país!

Y, ¡vean ustedes lo que son las cosas!... No me creerán, pero aquello

nos hizo mucho bien, si no moral, materialmente. El temor que nos

rodeaba y que comenzaba á ser lo más claro de nuestro prestigio entre

el pueblo bajo, se intensificó hasta un grado increíble. Nunca, como

entonces, fuímos dueños de la situación, aunque nos execraran. Entre la

gente de buena posición, nadie creía aquella horrible calumnia, aunque

algunos energúmenos la aprovecharan para denigrarnos. Entre éstos,

que afirmaban la verdad del envenenamiento y los otros que la ponían

caballerosamente en duda, el pueblo decía:

--Los que los acusan dicen la verdad; los otros se callan de miedo.

Y si gente tan bien colocada temía, ¿qué no había de temer el pobre

pueblo? De tan vil, de tan inexistente causa, nunca he visto salir

tales efectos. Como si estuviésemos en tiempos de Rosas, la provincia

calló, y no hay gobernante que haya gobernado tan pacíficamente como

Correa.

Una persona, sin embargo, tuvo una sombra de duda que me afligió en

extremo: María.

La visitaba frecuentemente, y estaba entonces enamorado de ella, de

su hermosura, de su ingenio, de su delicadeza, de su instrucción

artística. Era toda una señora con los candores deliciosos de una niña.

Hacía tiempo que la notaba más fría y reservada que antes, sin poder

darme cuenta del motivo, cuando una noche, como se aludiera, no sé á

qué cuento, al difunto Gobernador, dejó escapar esta frase:

--¡Cuándo se aclarará ese misterio, tan doloroso!

Comprendí entonces todas sus reservas, y le dije la verdad, comenzando

por revelarle la vida íntima de Camino, sus extravíos, sus malas

costumbres, para terminar con el cuadro de su muerte, sin detalles

ociosos y escandalosos, tal, en fin, como lo he hecho en estas páginas.

Y terminé diciendo:

--Para que no tenga usted la menor duda, voy á mandar que venga Cruz, y

él le contará las cosas tal como pasaron.

Comenzaba á escribir una tarjeta cuando María, levantándose y poniendo

su mano sobre la mía, me interrumpió así:

--Nadie sino usted podía contarme semejantes atrocidades. Le creo, pero

no quiero que nadie me repita cosas que yo no debo saber. Perdone mi...

No dijo sospecha, no dijo duda porque cualquiera de estas palabras le

hubiese parecido excesiva.

¡Oh, el pudor de nuestras antiguas mujeres! ¡Decir que todavía

quedan algunos ejemplares, contrastando con la inmensa muchedumbre

de «libertadas», de emancipadas, aspirantes á hombre, que hoy nos

rodea! Conquistar una mujer era todavía entonces (y de vez en cuando)

robarse un fruto saltando una tapia coronada de vidrios de botella;

conquistarla hoy, suele ser robarla del escaparate en que las ofrecen.

María se mostró aquella noche afectuosísima, y comprendí que la había

convencido. En cuanto á Blanco, ya hacía mucho que estaba al corriente

de todo lo ocurrido.

Pocos días después tuve una noticia que me sorprendió. La gente se

marcha mucho más pronto de lo que uno supone, y el camino va quedando

sembrado de cadáveres. Hoy pienso que si se llevara una nomenclatura

de todos los parientes, amigos y allegados que se mueren, al cumplir

los cuarenta años uno estaría siempre con los pelos de punta, en cuanto

viera la enorme, la interminable lista de los que hemos dejado atrás.

La noticia era la de la muerte de don Higinio Rivas, ocurrida una

semana antes en Buenos Aires. Esto constituía, apenas, un incidente en

mi vida, y sin embargo, me conmovió, removiendo todos los recuerdos

de la infancia y la adolescencia. ¡Don Higinio! ¡Los Sunchos, en que

aún vivía mi madre, hecha una pasita! ¡Teresa, de quien nada sabía!

¡Qué lejos estaba todo aquello! ¡Y qué jugoso y qué sabroso era,

con su candor, un poco perverso á veces!... Pensé que un día, como

á Sarmiento, me sería dado revivir toda aquella conmovedora comedia

primitiva, tan sentimental, componiendo mis «Recuerdos de provincia»...

Pero mientras llegaba esta obra maestra, futura como tantas, me

contenté con escribir un largo artículo necrológico para _Los Tiempos_

que, gracias á mis buenos oficios, seguía dirigiendo y redactando mi

amigo el galleguito Miguel de la Espada.

¿Qué dije de don Higinio? Nadie se preocupe de ello. Precisamente aquel

artículo necrológico que conservo pegado en un cuaderno de recortes,

es el que me ha servido páginas atrás para esbozar su retrato, su cara

leonina, su ingenio astuto y quizás quizás su carácter débil de gritón.

Pero le hice justicia y disimulé sus defectos.

De la Espada, después de leer las cuartillas que le había llevado, me

dijo, como quien quiere decir algo y no acierta, en el tono que los

autores dramáticos acotan «con intención»:

--Bien se lo ha ganado, el pobre.

Cumplido este deber, el único de mi incumbencia, según creía,

preparábame á dar por definitivamente cerrado aquel capitulito de mi

vida, cuando recibí esta carta:

«Mi muy querido Mauricio: Sólo quince días después de la muerte

de tatita, de la que debes tener noticia, me siento con valor

suficiente para escribirte. Todo el luto que orla este papel no

es nada comparado con el que pesa sobre mi alma y mi corazón.

¡Pobre, pobre tatita! Murió abrazando á tu hijito, que tanto

se te parece y que todavía no puede comprender todo lo que ha

perdido. No habló de ti, no aludió á ti, como si ya no tuviera

esperanza de remedio al daño que hiciste. Á mí me dijo--y son

sus últimas palabras:--Cuídalo bien.--¿Para qué te escribo esta

carta, Mauricio? Sólo para una cosa, sólo para decirte: Ya no me

queda en el mundo nada más que mi hijito, y quizás tú. ¡No te pido

nada, nada, nada! Sólo quisiera estar á tu lado, vivir con tu

vida, ser como una guachita mansa de esas que siguen al dueño por

todas partes... ¡Estoy tan triste, Mauricio!... ¡Quieres que vaya,

ó vendrás tú, por fin, á conocer á tu hijo que ya va siendo un

hombrecito!»...

Puedo transcribir (como transcribo en parte) esta carta, porque la

guardé, contra mi costumbre, tanta fué la sorpresa que me causó su

forma. ¿La había escrito Teresa? ¿Se la había dictado alguien?... ¿De

dónde salía todo ese atildado romanticismo, ó sentimentalismo, si

hay quien lo prefiera? Hace poco, revolviendo papeles viejos, volví

á encontrar esta carta, amarillenta ya, la releí, y debo confesar

que me conmovió. ¡Era bien de Teresa! Lo probaban mil detalles, mil

tiernos recuerdos que omito. ¡Si la hubiera comprendido entonces como

la comprendo ahora! ¿Qué me pedía Teresa? Nada. ¿Qué me ofrecía?

Todo. Sinceramente, me lo ofrecía todo, pero entonces sospeché de

ella y me reí de la gauchesca figura de la «guachita» y de sus

ofrecimientos, cebo, á mi juicio, que debía arrastrarme al matrimonio,

al reconocimiento del chico, á empeñar mi vida, en fin, como en el

Monte de Piedad. No, no. En mi opinión, su cálculo era éste: vivir

conmigo y esperar la ocasión propicia para hacerse dueña de mí, gracias

al vínculo del muchacho, del «hombrecito». Era una infeliz; es la

única mujer á quien quizás haya hecho desgraciada. Pero, ¿quién iba á

decirme entonces que tanta candidez puede existir en el mundo?

Y en aquel tiempo, pensando de otro modo, después de leer la carta me

dije que podía optar por dos temperamentos, á saber: contestarla ó no

contestarla.

Me acordé de Vázquez, á quien hubiera comparado entonces con el doctor

Relling de Ibsen, si lo hubiese conocido, y tomé el camino del medio.

No obré, es cierto, ni como Vázquez ni como Relling, pero... tomé el

camino del medio: Escribí sin contestar.

Y el borrador de mi carta, muy estudiada, muy medida, estaba el otro

día, cuando revolví mis papeles viejos, al alcance de mi mano, prendida

con un alfiler á la extraña misiva de Teresa. Decía así:

«Señorita: He lamentado infinito el fallecimiento de don Higinio,

á quien siempre quise mucho, como viejo amigo de mi padre, y á

quien siempre admiré y respeté como á uno de los hombres más

representativos de nuestra provincia, y sobre todo de nuestro amado

pueblo de Los Sunchos.

«Ha dejado un vacío que nadie podrá llenar en las filas de nuestro

partido, en el círculo de sus amigos y camaradas, y más aún en el

corazón de su hija, la estimable compañera de mis años infantiles á

quien nunca olvidaré y para quien son mis mejores sentimientos.

«Acompaño á la triste huérfana en su hondo pesar, como un hermano

que sufre y llora al par de ella, y lamento más que nunca la

impotencia del hombre á quien el misterio de la muerte dice:--No

pasarás de aquí.

«¡Teresa! si en algo puedo ser útil á la hija del gran caudillo, no

tiene más que mandar.

«Ordene al compañero de los primeros años de la vida, al que

confundió con usted sus pensamientos y sus aspiraciones con todo

su candor de niño, antes de que ambos entráramos en la lucha por

la existencia; al que hoy pide á Dios que traiga á su espíritu la

conformidad en tan duro, pero también en tan inevitable trance.»

Esto parecerá á algunos un poco... ¿qué diré?... ¿canalla?... Pero, he

aquí la verdad: Estaban en juego mis sentimientos más íntimos--entonces

creía que comenzaba á amar á María Blanco,--estaban en juego mi afecto

y mi respeto hacia don Higinio, hacia Teresa, estaba en juego, también,

todo mi porvenir. ¡Mi porvenir! Un vago é inútil sentimentalismo ¿debía

apartarme del camino recto que se abría ante mi vista? Eso, nunca. Los

mismos Evangelios lo han dicho: «Rompe con tu padre, con tu madre, con

tu amigo, y sígueme.»

Lo sentí mucho: como la oveja, evangélica también, tenía que ir

dejando vellones de mi lana en las zarzas del camino. ¡Teresa!...

¡oh recuerdos!... Pero, desgraciadamente, no he nacido con todas

las felicidades y todas las preeminencias, no he podido dejar de

hacer sacrificios para llegar á donde he llegado. ¡He ahí! yo tenía,

fatalmente, que recorrer mi órbita y tanto peor para los que encontraba

en mi trayecto. Una desviación de un milímetro en mis comienzos, me

hubiera hecho otro hombre, me hubiera lanzado á lo ignoto. Por otra

parte, ¿qué debía preocuparme? ¿El hijo de mis amores? ¡Bah! leve

escrúpulo.

Mauricio Rivas había nacido rico.

Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira · 第 31 / 53 题