III

Aquellas antiguas aficiones despertadas en _La Época_ de Los Sunchos,

y cultivadas después, mientras hacía mis primeras armas en la ciudad,

revivieron vigorosamente desde el punto en que, cumpliendo una promesa

hecha en hora de debilidad, conseguí que se encomendase al galleguito

la dirección y redacción de _Los Tiempos_, el diario oficial, siempre

necesitado de quien lo llenara de mala tinta á precio vil. De la Espada

conservaba aún, para mí, cierto vago, cierto humorístico prestigio,

y más que todo por hablarle y renovar con él, en cierta manera, las

antiguas «diabluras» sunchalenses, frecuentaba la imprenta, y recomencé

á escribir en el periódico, hazaña que no consignaría aquí, pues más

lejos debo reincidir en ello, si no estuviera tan íntimamente ligada

con lo que vengo contando. Y, á propósito, antes terminaré con lo

atinente á la diputación de Vázquez.

Poco después de dejarlo, fuí á ver al gobernador Benavides, y le

propuse de buenas á primeras lo que él estaba deseando imponerme.

--Mi banca en la Legislatura puede darse por vacante; ¿no sería bueno

elegir á Vázquez en mi lugar?

--¡Hombre! ¡mire usted qué casualidad! En eso mismo he pensado estos

días; sería una magnífica combinación, en la que usted, al fin y al

cabo no perdería nada, mientras que nosotros ganaríamos, quitándonos

de encima un posible enemigo. Vázquez, con sus lirismos, puede ser

peligroso, si no nos lo conquistamos.

Y con esto quedó resuelta su elección, pues la forma republicana de

gobierno no es tan complicada como algunos aparentan creerlo todavía.

Volviendo á mis artículos de _Los Tiempos_, agregaré á lo ya dicho

que mi colaboración era bastante asidua, pues siempre me ha divertido

mucho hacer rabiar á la gente. Además, algunos correligionarios habían

descubierto en mí un espíritu satírico de primer orden, y hablaban de

mi estilo como del más gallardo y desenvuelto que conocieran. Era, para

ellos, según me decían, otro Sarmiento, con la particularidad en mi

favor de que yo defendía la buena causa, sin sembrar el desorden bajo

pretexto alguno, mientras que al autor de «Civilización y barbarie»

solía írsele la mano, arrastrado por su espíritu analítico, capaz de no

dejar títere con cabeza, en un instante de acaloramiento.

En lo que entonces escribí puse á los hombres de la oposición como

chupa de dómine, no sólo ridiculizándolos, sino sacándoles, también,

con más ó menos disimulo y contemplaciones, todos los trapitos al sol.

Mis informes del mundo eran tan completos, que no se me escapaban ni

las andanzas políticas ni los traspiés privados de la gente. Así, el

hecho graciosísimo de un joven que había tenido que pasarse una noche

encaramado en un árbol, para no ser apaleado por un padre feroz, me

tentó un día, y lo escribí con alusiones desgraciadamente tan claras,

que uno de los interesados en el asunto, don Sofanor Vinuesca, opositor

de primera fila y hombre de malas pulgas, se puso en campaña para

saber quién era el indiscreto escritor, y pedirle cuenta y razón del

suelto que había hecho reir á toda la ciudad á su costa y á la de otros

miembros de su familia. Supo que era yo y me mandó los padrinos, á

pedirme una retractación en regla, ó una satisfacción por las armas.

Conflicto. Yo, jefe de policía, no debía batirme, porque el duelo

estaba severamente prohibido en aquel centro católico, donde no era

sólo una infracción á las leyes, sino también un abominable «pecado

mortal». Pero si me negaba, mi actitud menoscabaría la reputación de

valiente que tanto bien me había hecho hasta entonces, y á la que

no quería renunciar por nada. Encargué, pues, á mis padrinos, Pedro

Vázquez y Ulises Cabral, ex redactor de _Los Tiempos_, que concertaran

el encuentro fuera de la provincia--de retractación no quise ni oir

hablar,--y me fuí á ver al Gobernador para exponerle el caso y tratar

de conciliar todo lo que más me importaba: si no quería renunciar á

mi fama de valiente, tampoco quería renunciar á mi puesto de jefe de

policía.

--Yo creo que debe evitarse á todo trance ese duelo--me dijo Benavides:

--¡Imposible! He ido demasiado lejos, y para evitarlo tendría que hacer

un papelón.

--Entonces, no veo otro camino que la renuncia.

--¡Gobernador!--exclamé;--usted me necesita, usted me necesita más que

á nadie, dado su carácter bondadoso, porque no tiene otro hombre en

quien confiar de veras, aunque tantos parezcan sus amigos. Yo deseo

seguir sirviéndole como hasta ahora.

--Yo también lo deseo; pero no encuentro la manera.

Recapacité un momento, y luego dije:

--Hagamos una cosa, ¿quiere?... Yo le presento ahora mismo mi renuncia,

y usted la hace publicar, sin resolver sobre ella, antes de que se

realice el duelo... Después, si la opinión digna de tenerse en cuenta

no se satisface con la simple noticia, y quiere que se acepte la

renuncia, siempre hay tiempo de hacerla efectiva. Si el asunto no se

toma demasiado á mal, vuelvo á mi puesto y se acabó. ¿No le parece?

Hizo algunas objeciones, pero aceptó, por fin, el arreglo. No

arriesgaba nada, y así quizá le fuera posible seguir utilizando mis

servicios.

El duelo se realizó fuera del territorio de la provincia

(aparentemente; en realidad, nos batimos en una chacra cercana), y sus

resultados fueron lo más halagüeños que pudieran darse. Contra lo que

yo esperaba, y muy afortunadamente, resulté herido en una pierna.

Allí mismo me reconcilié caballerosamente con mi adversario, retirando

cuanto hubiera podido lastimarlo en su persona, pero «en modo alguno

mis convicciones de ciudadano».

Era yo, pues, un mártir de nuestro credo partidista, porque desde

el primer momento habíamos cuidado de dar á la cuestión un alcance

altamente político, y mi reconciliación lo demostraba, en realidad.

Además, el pueblo, entusiasta, como todos los criollos, por los actos

de valor, aumentó mi prestigio, y los mismos opositores me respetaron

por el culto al coraje que existe en nuestra tierra. Sólo había, pues,

que temer á los clericales, pero justamente en aquel tiempo estaban

de capa caída, por las malas relaciones del país con el Vaticano, y,

además, cuidé de llamar al padre Pedro Arosa, el franciscano amigo de

los Zapata, para confesarme con él y reconciliarme con la iglesia.

--Aunque no estoy en peligro de muerte, lo he hecho venir, padrecito,

porque he cometido un pecado muy grande.

Aquella confesión me valió elogios de la prensa clerical, porque Fray

Pedro tenía grande influencia en su partido...

Nadie criticó, pues, que el gobernador no aceptara mi renuncia y me

dejara en el puesto que tan brillantemente desempeñaba--como decía de

la Espada cada vez que mi nombre le caía bajo las puntas de la pluma.

Mi herida era ligera, y no tardé en estar bueno, acontecimiento que

se festejó muchísimo en la ciudad. Hasta una tertulia del Club del

Progreso vino á resultar en mi honor. Tratando de igualarse á Buenos

Aires, orgullosa entonces del suyo, no había en el país ciudad, pueblo

ni aldea que no tuviese ó pensase tener su Club del Progreso, siquiera

en el nombre, y todos estos clubs eran, casi sin excepción, patrimonio

del partido del Gobierno, con abstención generalmente voluntaria, á

veces forzosa, de los opositores.

En la tertulia, que era una de tantas, pero de la que fuí héroe único,

gracias á mi renuevo de gloria, bailé varias veces con María Blanco,

la novia de Vázquez. Éste que, á fuer de padrino primerizo estaba

encantado con el duelo, como con la realización de algo novelesco

que sólo puede verse en los libros ó en el teatro, había contado

ponderativamente á la joven mi valerosa y tranquila actitud antes

del combate, en el encuentro mismo, cuando caí herido y cuando pedí

noblemente excusas á mi adversario. María estaba encantada de bailar y

de conversar conmigo, y no trató de ocultármelo.

Yo la conocía mucho de vista aunque nunca hubiera hablado con ella.

Salíamos, con Vázquez, ó con otros camaradas, muchas tardes en

victoria descubierta, á correr las calles empedradas, exhibiéndonos

á la admiración de las muchachas, que se exhibían á su vez en

ventanas, balcones y puertas, haciendo una especie de feria de

noviazgos, usual en muchas ciudades de provincia, y famosa en la época

romántico-gauchesca de Buenos Aires, cuando los mozos «bien» que se

iban á la «estancia», paseaban á caballo días enteros, para ver y

hacerse ver. Las negociaciones preliminares entre novios y novias

han sido siempre ridículas para quien las mira de afuera, ¡pero cuán

interesantes para actores y actrices, ya queden en la forma salvaje

de la cacería de la mujer, ya lleguen al refinamiento del baile, la

tertulia ó la visita, en la alta sociedad civilizada! Amor, eterno

amor, genio de la colmena, como diría Maeterlinck, ¡instinto invencible

que embriaga al adolescente, impulsa al joven y suele enloquecer al

viejo!

En estas andanzas conocí de vista á María Blanco, que desde un

principio me pareció una muchacha muy interesante y muy honesta, aunque

siguiera la costumbre de la exhibición, que nadie tomaba á mal, por

otra parte, incorporada como estaba á nuestra vida. Era una joven alta,

rubia, muy blanca, de ademán severo, y sus ojos azules tenían pestañas

y cejas negras, lo que les daba un brillo particular de agua clara y

profunda y los hacía, á veces, parecer negros también. Su conversación,

según observé en la tertulia, era agradable, al propio tiempo mesurada

y entusiasta, y daba la impresión de un alma ardiente regida por un

carácter firme y resuelto. Por lo menos, estas fueron mis sensaciones

de aquella noche, y muchas de ellas han tenido que reproducirse más

tarde, con igual ó mayor intensidad.

--¿Si será ésta la mujer que me está destinada?--llegué á preguntarme

entonces, casi instintivamente.

Me deslumbraba el prestigio de su belleza, de su ingenio, de su

amabilidad--su bondad, sin duda,--y de su nombre, uno de los más

preclaros de la provincia, donde su familia desempeñaba gran papel,

pese á cierta escasez de fortuna; y me deslumbraba hasta el punto de

hacerme dejar de lado, por un momento, mis tendencias, resueltamente

antimatrimoniales. ¡Sí! con una mujer así, bien podía casarme,

porque, aun sin el dinero, su aporte á la sociedad conyugal sería

importantísimo. Una alianza con los Blanco podría resultarme altamente

provechosa, porque tenían positiva influencia en la provincia y eran

de lo que puede llamarse la más elevada aristocracia. Nuestros dos

apellidos, vinculándonos á lo más granado de la República entera--ella

con el contingente del interior, yo con el de Buenos Aires,--crearían

todo un nuevo título á la consideración social y política. Me detuve

un poco en estas ideas, viendo que Vázquez perdía terreno aquella

noche, más que todo por su culpa, pues, ¿quién le mandó entonar mis

alabanzas ante una niña de espíritu algo romántico, prendada de lo

caballeresco?... Y como el padre de María, don Evaristo, me ofreciera

su casa, agradecí calurosamente, prometiendo cultivar tan honrosa

relación. La veleidad matrimonial había pasado, sin embargo, como un

relámpago; puede que su semilla quedara en algún rincón de mi cerebro.

Ya veríamos más tarde... Pero desde entonces visité á los Blanco con

asiduidad, en ocasiones hasta dos veces por semana.

Entretanto, Vázquez, lleno de gratitud hacia mí, su padrino, su Gran

Elector, llegó á ser diputado por Los Sunchos.

La elección pasó sin tropiezo, porque yo mismo fuí á arreglar las

cosas, con autorización del gobernador Benavides, dejando así bien

demarcada mi acción en este asunto, que Vázquez creyó siempre debido

á mi iniciativa. Pero en la Legislatura no lo aguardaba el papel que

él se había soñado gracias á mis sugestiones. Lejos de ser el «leader»

de la Cámara, nadie le hacía caso ó poco menos. No estaba la provincia

para principismos, doctrinarismos ni teorías sacadas de los librotes.

Allí se debía gobernar y legislar «á lo que te criaste», sin meterse

en novedades ni en honduras. Sus proyectos pasaban, pues, á comisión,

para dormir el sueño de los justos, pese á sus reclamaciones, y en

cuanto pronunciaba un discurso algo avanzado, poco faltaba para que

lo acusaran de traidor al partido, y por consiguiente, á la patria,

y para que le hicieran una zancadilla que lo echara á rodar fuera de

la Legislatura. Hasta le enrostraron su elección, hecha entre gallos

y media noche, ellos que también eran representantes del pueblo por

arte de encantamento, diciéndole, no sin razón, que aquello no estaba

muy de acuerdo con su principismo. Pero intervine yo, y á ruego mío,

el gobernador, considerando ambos que es más prudente dejar tranquilo

al león que duerme, y que Vázquez, en defensa propia, podía causarnos

mucho daño, aunque cayera al fin. No hice esto, debo decirlo, por

generosidad de alma, sino porque realmente lo creía de buena política.

Aunque me convenía que conservara un puesto que yo podía considerar

feudo mío, y reclamarle en un momento dado--sin temor de que se negase

á restituírmelo,--no me preocupaba mucho, sin embargo, de sostener

á Vázquez; por el contrario, desde que conocí á María Blanco, sentí

contra él y como por instinto, una especie de inquina, que me obligaba

á hablar desdeñosamente de sus méritos, de su inteligencia y de su

utilidad, diciendo, por ejemplo, que era buen muchacho, pero un loco,

un soñador, un hombre que nunca haría nada práctico ni serio, y que,

cuando mucho, si su manía se agravaba, se convertiría en agitador

lírico, en revolucionario de «ñanga-pichanga».

Cuando llegaban á sus oídos estas mis apreciaciones, ó no las creía ó

no le importaban. Se encogía de hombros y no hacía comentario alguno.

Lo que le importaba era cierta visible distinción, casi predilección,

que María Blanco me demostraba cuando la visitábamos juntos, pero era

demasiado orgulloso para dejar ver á las claras su despecho. Cuando

nos encontrábamos solos, por casualidad, pues yo no lo buscaba nunca y

él no parecía muy interesado en frecuentarme y reanudar los antiguos

paseos y comidas selectas, conversábamos un rato, pero jamás hizo

alusión á María, como si aquella competencia iniciada entre ambos, no

existiese en realidad. Pero se le veía más reconcentrado y melancólico

que antes, y pasó por una crisis de inercia en la Legislatura, á cuyas

sesiones asistía apenas, y siempre en silencio, como medio dormido. Su

despecho sólo se manifestó una vez, y eso indirectamente.

--Contigo--me dijo,--soy como el perro danés que se crió con un

cachorro de tigre. Eran amigos, hermanos, pero un día de hambre ó de

fiebre, el tigre devoró al danés. Tú me devorarás, también, si llega el

caso... Y puede que llegue...

Bien sabe Dios que esta profecía pesimista no se ha realizado nunca.

Dar una dentellada ó un zarpazo, para abrirse camino, será ofender, si

se quiere, pero no devorar.

Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira · 第 28 / 53 题