IV

Entretanto, el tiempo parecía haber comenzado á deslizarse más deprisa,

ó bien, ahora, al poner relativamente en orden mis recuerdos, confundo

algunas fechas ó salto por encima de algunos acontecimientos que se

han desvanecido en mi memoria. Esto no tiene importancia alguna y no

deja al presente relato menos verídico que otros escritos, pretendidos

históricos, donde se hace mangas y capirotes con la verdad.

El caso es que el período presidencial iniciado cuando mi estreno

de jefe de policía tocaba á su fin, y que mi amigo el Presidente

se preparaba á bajar del poder, en cuyo ejercicio había logrado

pacificar relativamente el país, fomentar la instrucción pública,

emprender algunas obras de importancia y sobre todo dejar que las

enormes fuerzas naturales de la nación comenzaran á desarrollarse por

su propio impulso, abriendo un período de bienestar que nos daba las

mayores esperanzas. Como en un principio tuvo que luchar en Buenos

Aires con una población hostil, como algunos actos de rigor de la

policía agitaron los ánimos, hasta entre el bello sexo, como, al fin,

la necesidad de la paz se impuso á todos, en provincia se decía con

entusiasmo que «había domado la soberbia porteña», y se le consideraba

como el jefe único, no sólo de su partido sino de la República entera.

Nadie discutía sus órdenes, ni siquiera sus insinuaciones, y hubiérase

jurado que el país quedaba en sus manos para siempre, aunque tuviera

que ceder su puesto ó otro presidente, no siendo él reelegible según

la Constitución. ¿Quién podría contrarrestar su fuerza? ¡Seguiría

gobernando desde su casa, tranquilamente, con cualquier personero,

para bien del país, que tanto había adelantado y tanto tenía que

agradecerle! Y, efectivamente, gracias á él, á sus consejos de

disciplina y de relativa tolerancia, en nuestra provincia, por ejemplo,

vivíamos en una paz octaviana, que nos permitía dejar un poco de lado

la política para ocuparnos de nuestros negocios y diversiones, sin que

por eso faltaran los chismes y las intrigas que daban sabor á nuestras

tertulias.

Yo salía á menudo á cazar en los alrededores, acompañado por varios

amigos de buen humor, con quienes teníamos grandes almuerzos

campestres, famosos entre todos, tanto que nos llovían las directas

ó indirectas solicitudes de invitación. Las largas partidas en el

Club del Progreso, ocupaban mis noches, con alternativas de pérdida y

ganancia que no comprometían ya mi presupuesto. Por las tardes salía de

paseo ó de visita--sobre todo á casa de Blanco,--y así dejaba correr

los días perezosos, esperando el maná que, sin duda alguna, caería del

cielo, más tarde ó más temprano, en exclusivo beneficio mío. Nada, ni

aun la ambición, turbaba en aquel entonces mi tranquilidad; la vida

amodorrada de provincia me iba enervando, conquistándome hasta el punto

de que ya casi no comprendía otra, y nuestras mismas reuniones en el

despacho de la policía, que en épocas de agitación llegaban á febriles

y bulliciosas, eran entonces monótonas y aburridas hasta el bostezo,

como si la invitación á la siesta entrara por puertas y ventanas, con

el aire y la luz, con el mate inacabable que nos servía un asistente.

El gobierno de Benavides no era ni sal ni agua, ni chicha ni limonada.

Él y sus ministros se limitaban, como quien está cayéndose de sueño,

á pasarse unos á otros, á largos intervalos, desganadamente, los

expedientes de asuntos en trámite que, con ese paso, nunca lograrían

una solución. Me recordaban á aquellos personajes de Swift, que llevan

siempre detrás á un criado con una vejiga para que los despierte de

cuando en cuando. ¡Bah! lo mejor era dejarlos dormir, pues así no

hacían daño á nadie, y ajustando mi acción á este pensamiento hice

cuanto estuvo de mi parte para no arrancarlos de su siesta, y creo que

hasta entraba en la casa de Gobierno en puntas de pies cuando allí me

llevaba alguna urgencia.

Entretanto, sigilosamente, de puntillas también, la oposición comenzó

á moverse, pensando que podría aprovecharse del letargo aquel para

dar un buen golpe en las próximas elecciones. Hablé al respecto con

los jefes del partido, que no encontraron actitud mejor que consultar

al Presidente. «Rodeen á Camino», contestó éste, sin más, y la frase,

conocida por una indiscreción, se hizo famosa.

Camino estaba en Buenos Aires, pero no dejamos de comprender que era

necesario darle la jefatura del partido y preparar su reelección. ¿Por

qué? No era en realidad porque la oposición fuera de temer en las

elecciones provinciales, y menos aún en las nacionales. La razón se me

presentaba más honda y trascendental: aquello era una hábil previsión

para el futuro, para cuando otro ocupara la presidencia. Entonces, el

ex presidente necesitaría apoyo en las provincias, y Camino era para

él un hombre de confianza. Si en los demás estados se hacía lo propio,

el nuevo gobernante se vería con el poder muy disminuído, y sería

necesariamente, el personero de su antecesor.

--¡No está mal! ¡no está mal!--me dije.--Pero hay que preparar la

combinación. Después veremos.

Nadie objetó palabra, sino Vázquez, cuyo don de errar es indiscutible.

Se opuso resueltamente á que proclamáramos la jefatura de Camino y

su candidatura para la próxima elección, diciendo que era un hombre

desconceptuado, un espíritu estrecho, y que los que votaran por él

serían, en el concepto de las familias honestas, unos pervertidos que

aprobaban, ó por lo menos, toleraban sus torpezas. No todo lo hacía

la política, también era necesario tener en cuenta á la sociedad.

Traté de disuadirlo, por fórmula, demostrándole la necesidad de que

el Presidente saliente tuviera gobernadores fieles que custodiaran

su autoridad, una vez fuera del poder, y recordándole que debía su

diputación al gobierno.

--Ni una ni otra cosa me obligan á nada--replicó.--El Presidente hace

mal en preparar un estado dentro del estado, una especie de presidencia

doble, en la que un poder anulará al otro. En cuanto á que el gobierno

me hiciera elegir, no es verdad: lo hiciste tú.

--Con su aprobación, y él era el que podía...

--Aunque haya sido así. Puede que fuera mi deber sostenerlo, y eso

mismo lo dudo; pero nadie me dirá que tengo el compromiso de hacer

reelegir á Camino. ¡Eso sería monstruoso! En esa forma, el país no

cambiaría jamás de gobernantes, como la Municipalidad de Los Sunchos.

--Te enajenarás la voluntad del futuro presidente, sea quien sea.

--Poco me importa. No he de vivir de la política. Sólo en estos países

la política resulta una profesión, cuando es una función general, casi

diría obligatoria, de todos los ciudadanos...

--¿Sólo en éstos? ¡No embromés!

La voz de Vázquez fué, como es natural, la «clamantis in deserto».

Nadie le hizo caso, y Camino tuvo sus dos proclamaciones en medio

de un entusiasmo popular que preparamos por todos los medios á

nuestro alcance. Pero el candidato á la reelección no tardó en saber

que Vázquez le había hecho fuego, cosa que no le perdonaría nunca.

No. No fuí yo quien se lo dijo, no fuí yo el indiscreto ni el mal

intencionado. Vázquez no me molestaba mucho en la Legislatura, y aunque

hubiera querido malquistarlo, no hubiera ido con el chisme, sabiendo

que otros lo harían, por adulonería, por espíritu de intriga ó por

maldad.

Casi al propio tiempo se proclamó en una provincia lejana y con el

apoyo gubernativo la candidatura presidencial, que desde allí fué

comunicándose á todas partes, siempre en las mismas condiciones, «como

un reguero de pólvora», según decían con admiración los diarios amigos,

que ensalzaban los méritos incomparables del candidato, «representante

de la juventud, y, por lo tanto, del progreso, ciudadano de iniciativa,

como lo había demostrado en el gobierno de su provincia, espíritu

liberal, enemigo de toda hipocresía y de toda bajeza, hombre tolerante,

que sería el vínculo de unión entre los estados, las sociedades, las

religiones, los partidos del país», y á quien acompañarían mañana, como

le acompañaban hoy, «las fuerzas más sanas y eficaces del mismo, los

jóvenes de corazón entero y altas aspiraciones patrióticas».

--¡Paso á los jóvenes!--comenzamos á gritar, como gritara de la Espada

en otro tiempo, en Los Sunchos.

Buenos Aires--la provincia,--celosa de su hegemonía política, aunque

ésta no fuese ya más que un hecho casi legendario, quiso oponernos

otras candidaturas, arrastrar la opinión del país, enarbolando como

bandera el nombre de preclaros patricios, y aun el de un político

eminente que podía considerar conquistado el interior, porque, en la

lucha decisiva, tomó, siendo porteño, partido á favor suyo y contra su

provincia, como muchos otros que no dejaban de tener razón según ha

podido verse después.

Pero si todos los jefes de policía, si todas las autoridades obraban

como yo, no había miedo de que nos arrebataran el poder, ni con

sutilezas, ni con esfuerzos. De ello quedé convencido cuando Camino

resultó electo gobernador, y Casiano Correa, antiguo amigo de tatita,

vice,--con casi todas las actas protestadas, es cierto,--casi sin

oposición, ó, como decíamos entonces, con «elecciones canónicas». ¿Qué

cómo se alcanzaba este resultado? Pues muy sencillamente. Preparándolo

todo con tiempo, el padrón y el registro cívico, sorteando las mesas

de modo que los escrutadores fueran nuestros, y contando con los

jueces provinciales ó federales para el posible caso de un juicio.

En aquella época no hubo sino un juez que se atreviera á desafiar al

poder, pero su derrota fué completa, por el momento, aunque hoy todos

lo consideremos como ejemplarísimo y muchos hayamos contribuído á

perpetuar en el mármol su memoria.

¿Diré, después de esto, que nuestro candidato á la presidencia resultó

triunfante?

No, ni he de contar, tampoco, el éxodo de sus conprovincianos que

invadieron la capital de la República, convencidos de haber triunfado

con él. Á mí mismo me dieron ganas de irme, y lo hubiera hecho, á

ser de su provincia y de sus allegados. «No hay cosa mejor que tener

buenas relaciones»--decía tatita. Pero era preciso esperar; estaba muy

lejos de él, y no hay que forzar la suerte, ni aun en el juego, sino

cuando llega la ocasión. Y á mí tenía que llegarme, como me llegaban

las épocas de trabajo--las electorales,--y las de descanso--la modorra

provinciana en las épocas de normalidad.

Por el momento, bueno era volver tranquilamente á la siesta. ¿No

habíamos pasado por un largo período de agitación tal, que ya ni

visitaba la casa de Blanco, ni me daba apenas tiempo para ver á mis

viejas amigas, y hasta tenía que interrumpir de vez en cuando mis

partidas en el Club del Progreso, postergar mis cacerías con almuerzo,

y suspender cien otras empresas agradables?... Sí. Volvamos á la vida

epicúrea, que es la mejor, mientras no llegue el momento oportuno de

lanzarse al asalto de la gran capital, de la verdadera, de la única.

Camino me preguntó un día, como si se le ocurriese de repente:

--¿Cuándo «acaba» Vázquez?

--Creo que dentro de cuatro meses.

--Hay que ir pensando en eso.

--¿En qué?

--En la elección. Hay que ver á quien se elige.

--¡Al mismo Vázquez, pues!

Me miró primero con enojo, después con serenidad, en seguida con sorna,

y dijo:

--No... No lo quieren en Los Sunchos.

V

Sólo la ingenuidad de Vázquez es comparable á la tontería de Camino;

desdeñando un efecto teatral, diré que Vázquez no siguió mucho tiempo

en su banca de diputado, ni Camino en su silla de gobernador, Vázquez

porque Camino no quería, y Camino por... lo que se sabrá en seguida.

El ex presidente había tomado sus medidas como hombre de vistas

claras y largas, buen conocedor del corazón humano, para mantener

todo el tiempo posible la mayor suma posible de influencia, pero no

con la candorosa ilusión que le atribuíamos de seguir gobernando

entre telones y haciendo del nuevo Presidente un simple personero.

Si así no fué, si tal no pensaba, desde los primeros tanteos pudo

advertir que el instrumento no le obedecía, y que, como se debe «cantar

bien ó no cantar», por el instante lo más práctico era llamarse á

silencio--como lo hizo. Pero algunos «pazguatos», más papistas que el

papa, deslumbrados con el poder que recibieran de él, creyeron que

éste era un atributo propio, que sólo podía reclamarles y retirarles

quien se lo había concedido, y comenzaron á «corcovearle» al nuevo

Presidente, y á no hacer sus gustos con la requerida sumisión, como si

no dependieran directa ni indirectamente de él, y como si no pudiera

«ponerlos patas arriba á las primeras de cambio». Uno de estos tontos

fué mi gobernador, el del célebre «¡Rodeen á Camino!»

Fué torpeza la suya. Nuestra provincia había ido pacificándose poco

á poco, y la oposición, bajo una mano de hierro, confesaba, al fin,

su impotencia, retirándose de toda lucha, y contentándose con la

lírica actitud de criticar acerbamente al «oficialismo», á todos los

«oficialismos», en la intimidad de sus reuniones privadas, y en la no

menos íntima escasez de circulación de sus diarios. También es cierto

que el Guardia de Cárceles, batallón de línea, creado años atrás--no sé

si por mi inspiración,--y el cuerpo de vigilantes y bomberos--éstos

sí, organizados y disciplinados por mí,--los criollos nacemos

militares,--constituían una fuerza decisiva y aseguraban la estabilidad

del Poder, invulnerable, pues un golpe de mano quizá lograría suprimir

ó substituir personas, nunca variar el régimen. ¡Y esta arma era mía,

casi exclusivamente mía!

Cuando me di cuenta de ello pasó por mi imaginación... Pero, ¿á qué

contar ensueños que mi juicio mismo desvanecía entonces, apenas

formulados? Vamos á los hechos, que es lo importante.

Molestó al Presidente el Gobernador de una provincia vecina, más

recalcitrante que Camino, y no faltaron voceros que llegaran hasta mí,

insinuándome cuánto agradaría mi ayuda para un cambio de situación.

Como podía pulsar el valimiento de los que esto me decían y la

auténtica procedencia de sus invitaciones, no vacilé un punto, y

organicé una partida de guardias de cárceles y vigilantes vestidos

de particular. Por desgracia, yo no podía mandarlos en persona, sin

comprometer gravemente la «autonomía de las provincias»; pero uno de

mis amigos, diputado y ex redactor de _Los Tiempos_, Ulises Cabral, mi

padrino en el duelo, se comprometió á representarme y obrar como si

fuera yo mismo. El cambio deseado se hizo con poco derramamiento de

sangre y mucha intervención nacional, y supe que el Presidente me tenía

muy en cuenta, agradeciendo mi colaboración sin mentarla.

Por el mismo conducto, bien confidencial, se me hizo saber poco

después que el gobernador Camino, mi propio gobernador, no era ya

«persona grata», y que en las altas esferas se le vería con placer

substituído por el vicegobernador Correa, hombre en quien se tenía la

mayor confianza, como entusiasta, patriota, fiel, capaz, y, sobre

todo, menos desconceptuado en sociedad. Debo confesar que Correa valía

probablemente menos que Camino, como hombre de pensamiento y de acción.

Pero no me convenía hacer oídos de mercader, y comprendí desde el

primer momento lo que de mí se esperaba: que pusiera fuego á la mecha,

que buscara el pretexto para poner al Gobernador de patitas en la

calle, alterando el orden lo menos posible, pero sin una revolución, si

tenía dedos para tanto. Una «agitación» era, por lo menos, inevitable,

porque Camino no abandonaría el puesto así como así.

Pero él mismo había de darme pie para romper las hostilidades, porque

bien dijo el latino que Júpiter ciega á los que quiere perder. He aquí

cómo ocurrió aquello: la inacción de los opositores y alguno que otro

desliz demasiado exagerado de lo que la mala prensa llamaba «guardia

pretoriana», hizo que el Gobernador creyera llegado el momento de

«entrar en la normalidad» y me exigiera el castigo de un comisario

cuyo delito consistía en haber hecho dar de planazos á una persona

conocida que le había criticado cierta travesura, creo que la fuga de

un cuatrero sorprendido infraganti.

--Si empezamos así, Gobernador, pronto no tendremos policía--le dije

con gravedad.

--Pero vea, amigo, cómo me ponen los diarios de Buenos Aires. Esto es

inicuo. Hasta los mismos amigos me «caen».

--No les haga caso. Hay que acostumbrarse á esas cosas cuando se es

gobernador. ¡Mire! si no fuera eso, ya le encontrarían otro pretexto, y

sería lo mismo.

--Sí. Pero yo no quiero que se apalee á la gente... sin necesidad.

--¡Bah! no se aflija, y dejemos en su puesto á ese comisario, ¡que es

un tigre! Nos haría falta en un momento dado.

--Por lo menos, cámbielo. Mándelo á la campaña hasta que se acabe esta

gritería.

Me encogí de hombros.

--Así no se hace patria. Déjelos que aguanten... Hoy empezaríamos por

dejar que la oposición echara á la calle á un comisario, y mañana no

podríamos evitar que echaran á un Gobernador. ¡No hay que ser tan flojo!

No replicó, no insistió en el castigo del presunto culpable; pero no me

perdonó, tampoco, más que mi desobediencia mi franqueza. ¡Así suelen

ser, en cuanto uno se descuida y por muy útil que les sea! Lo peor

para él, en este caso, es que hacía mi juego, iniciando la anarquía en

el poder, pretexto magnífico para hacerle la deseada zancadilla. Tan

ciego estaba, que cayó en la trampa como un inocente. Ciertos indicios,

algunas visitas, frases sueltas, un principio de despego de los más

allegados á su persona, me hicieron comprender que el gobernador Camino

me buscaba reemplazante.

--¿Esas tenemos? ¡Pues ya verás quien es Callejas!--me dije.

Me acerqué desde entonces, sin disimularlo, más bien con ostentación,

al vicegobernador, don Casiano Correa, viejo marrullero, abogado,

glotón, jugador y avaro, cuyo cuerpo pequeñito, endeble é

insignificante, ocultaba el espíritu más vicioso y ambicioso que

imaginarse pueda. Aunque no estuviera tan al corriente como yo de lo

que se tramaba, lisonjeé su ambición, insinuándole que las debilidades

de Camino comenzaban también, á mi juicio, á comprometer su Gobierno,

y que no sería difícil que el mismo Presidente de la República

interviniera para hacerle dejar el mando, en que hacía tan desairado

papel.

--Provoca una escisión del partido en la provincia, lo debilita, y lo

enerva; no es lo que conviene. En cuanto sepa esto el Presidente, le

pondrá remedio, no lo dude, Correa.

--¿Pero cómo?--preguntó Correa, para verme venir.

--Tan fácilmente como lo ha hecho en otras provincias: provocando una

revolución, si es preciso. ¿No hemos ido nosotros mismos á?...

--¡Es cierto!--interrumpió.--Ahora, la cuestión es que el Presidente lo

sepa.

--Usted puede hacérselo saber por medio de alguno de sus amigos. Si es

que ya no está al tanto de todo...

Lo conduje á que me preguntara si «en un caso dado» podía contar

conmigo.

--Incondicionalmente... Pero con una condición. El gobernador Camino me

promete hacerme diputado nacional en la próxima renovación del Congreso.

No era verdad, ni Correa lo creyó, pero me prometió solemnemente que

«si eso llegaba á depender de él», yo sería diputado nacional. Y

comenzó la intriga que condujo admirablemente, fuerza es confesarlo,

haciendo que el Presidente se convenciera del todo de la necesidad de

«pasar la mano» al vicegobernador, mediante mil informes más ó menos

antojadizos, según los cuales Camino «le ladeaba el caballo», como

dicen los paisanos, y estaba pronto á hacerle, en la oportunidad, la

más violenta oposición, en vista de que «volviera el otro». ¡Como

si eso fuera posible! Pero el Presidente era crédulo, temía á su

antecesor como á un fantasma, estaba rodeado de cortesanos venales, y

creía preciso quebrantar no sólo á todos sus enemigos, sino también á

cuantos pudieran llegar á serlo. Tenía la locura de la unanimidad, á

lo Napoleón III, con quien se le comparaba. Comenzó, pues, con gran

sorpresa de Camino, que hasta entonces no temía las represalias, á

demostrarle cierto encono, retardándole los arreglos financieros que

pedía, insinuando que el Banco Nacional restringiese los descuentos

á sus amigos personales, y á hacerle directa ó indirectamente otras

muchas manifestaciones de que había perdido la gracia presidencial y no

estaba ya en predicamento.

Como estos indicios no pasaban inadvertidos para nadie, muchos se

le fueron alejando, como se habían alejado de mí al verme romper

la primera lanza con el Gobernador, y comenzaron á rodearme, como

si yo fuera el árbitro de la situación. Don Casiano Correa, que ya

tenía, también, su corte, no cabía en sí de gozo y no veía la hora de

posesionarse del mando.

Camino, en tal atolladero, no encontró hombre con quien substituirme.

Sólo los muy desconceptuados, los inútiles, hubieran aceptado un puesto

en que quizá no duraran un par de meses, olfateada ya la voluntad

presidencial.

No hubo más que un hombre de valía que hubiera aceptado el puesto, bajo

ciertas condiciones: Pedro Vázquez. Lo oí mucho después, de sus propios

labios. El Gobernador le ofreció la jefatura.

--Yo la aceptaría si usted me nombrara, pero no me nombrará--le dijo

Vázquez.

--¡Vaya si lo nombraré! ¿Quién lo impide? Estoy harto de Gómez

Herrera, que me hace mal tercio con el Presidente, lo mismo que el

vicegobernador.

--Entonces, puede nombrarme, si me autoriza: Primero, á licenciar el

Guardia de Cárceles, que es inconstitucional é innecesario...

--¡Usted está loco!...--exclamó Camino.--¡Licenciar el Guardia de

Cárceles! Sería lo mismo pedirme la renuncia.

--Pues yo no lo veo así. Con la policía basta para mantener el orden

y la provincia no debe tener ejército. El orden no se mantiene con el

ejército, sino con la legalidad. Ese acto, por otra parte, levantaría

notablemente el prestigio del Gobierno. En cuanto á las otras

condiciones...

--¡Con esa basta!--interrumpió el Gobernador.--Prefiero la sospecha

de que el Gobierno Nacional me mande ó no me mande á mi casa, á la

seguridad de que la oposición me ponga de patitas en la calle. ¡Usted

está, decididamente, loco, amigo Vázquez!

Este agregaba, al contármelo:

--Yo sabía que su caída era inevitable. Lo más que podía conseguir

Camino era caer «en beauté», como dicen los franceses, «lindo», como

decimos nosotros. Pero ahora nadie se preocupa de la belleza, y «un día

de vida, es vida», proclaman los paisanos. Por veinticuatro horas más

de Gobierno hay muchos que arrostrarían el ridículo y la vergüenza,

sin ver que éstos los aguardan de todos modos, borrachos de mando como

están.

Palabras proféticas que luego pudieron aplicarse á más de un Presidente

de la República. Los niños y los locos dicen las verdades...

Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira · 第 29 / 53 题