Entretanto, el tiempo parecía haber comenzado á deslizarse más deprisa,
ó bien, ahora, al poner relativamente en orden mis recuerdos, confundo
algunas fechas ó salto por encima de algunos acontecimientos que se
han desvanecido en mi memoria. Esto no tiene importancia alguna y no
deja al presente relato menos verídico que otros escritos, pretendidos
históricos, donde se hace mangas y capirotes con la verdad.
El caso es que el período presidencial iniciado cuando mi estreno
de jefe de policía tocaba á su fin, y que mi amigo el Presidente
se preparaba á bajar del poder, en cuyo ejercicio había logrado
pacificar relativamente el país, fomentar la instrucción pública,
emprender algunas obras de importancia y sobre todo dejar que las
enormes fuerzas naturales de la nación comenzaran á desarrollarse por
su propio impulso, abriendo un período de bienestar que nos daba las
mayores esperanzas. Como en un principio tuvo que luchar en Buenos
Aires con una población hostil, como algunos actos de rigor de la
policía agitaron los ánimos, hasta entre el bello sexo, como, al fin,
la necesidad de la paz se impuso á todos, en provincia se decía con
entusiasmo que «había domado la soberbia porteña», y se le consideraba
como el jefe único, no sólo de su partido sino de la República entera.
Nadie discutía sus órdenes, ni siquiera sus insinuaciones, y hubiérase
jurado que el país quedaba en sus manos para siempre, aunque tuviera
que ceder su puesto ó otro presidente, no siendo él reelegible según
la Constitución. ¿Quién podría contrarrestar su fuerza? ¡Seguiría
gobernando desde su casa, tranquilamente, con cualquier personero,
para bien del país, que tanto había adelantado y tanto tenía que
agradecerle! Y, efectivamente, gracias á él, á sus consejos de
disciplina y de relativa tolerancia, en nuestra provincia, por ejemplo,
vivíamos en una paz octaviana, que nos permitía dejar un poco de lado
la política para ocuparnos de nuestros negocios y diversiones, sin que
por eso faltaran los chismes y las intrigas que daban sabor á nuestras
tertulias.
Yo salía á menudo á cazar en los alrededores, acompañado por varios
amigos de buen humor, con quienes teníamos grandes almuerzos
campestres, famosos entre todos, tanto que nos llovían las directas
ó indirectas solicitudes de invitación. Las largas partidas en el
Club del Progreso, ocupaban mis noches, con alternativas de pérdida y
ganancia que no comprometían ya mi presupuesto. Por las tardes salía de
paseo ó de visita--sobre todo á casa de Blanco,--y así dejaba correr
los días perezosos, esperando el maná que, sin duda alguna, caería del
cielo, más tarde ó más temprano, en exclusivo beneficio mío. Nada, ni
aun la ambición, turbaba en aquel entonces mi tranquilidad; la vida
amodorrada de provincia me iba enervando, conquistándome hasta el punto
de que ya casi no comprendía otra, y nuestras mismas reuniones en el
despacho de la policía, que en épocas de agitación llegaban á febriles
y bulliciosas, eran entonces monótonas y aburridas hasta el bostezo,
como si la invitación á la siesta entrara por puertas y ventanas, con
el aire y la luz, con el mate inacabable que nos servía un asistente.
El gobierno de Benavides no era ni sal ni agua, ni chicha ni limonada.
Él y sus ministros se limitaban, como quien está cayéndose de sueño,
á pasarse unos á otros, á largos intervalos, desganadamente, los
expedientes de asuntos en trámite que, con ese paso, nunca lograrían
una solución. Me recordaban á aquellos personajes de Swift, que llevan
siempre detrás á un criado con una vejiga para que los despierte de
cuando en cuando. ¡Bah! lo mejor era dejarlos dormir, pues así no
hacían daño á nadie, y ajustando mi acción á este pensamiento hice
cuanto estuvo de mi parte para no arrancarlos de su siesta, y creo que
hasta entraba en la casa de Gobierno en puntas de pies cuando allí me
llevaba alguna urgencia.
Entretanto, sigilosamente, de puntillas también, la oposición comenzó
á moverse, pensando que podría aprovecharse del letargo aquel para
dar un buen golpe en las próximas elecciones. Hablé al respecto con
los jefes del partido, que no encontraron actitud mejor que consultar
al Presidente. «Rodeen á Camino», contestó éste, sin más, y la frase,
conocida por una indiscreción, se hizo famosa.
Camino estaba en Buenos Aires, pero no dejamos de comprender que era
necesario darle la jefatura del partido y preparar su reelección. ¿Por
qué? No era en realidad porque la oposición fuera de temer en las
elecciones provinciales, y menos aún en las nacionales. La razón se me
presentaba más honda y trascendental: aquello era una hábil previsión
para el futuro, para cuando otro ocupara la presidencia. Entonces, el
ex presidente necesitaría apoyo en las provincias, y Camino era para
él un hombre de confianza. Si en los demás estados se hacía lo propio,
el nuevo gobernante se vería con el poder muy disminuído, y sería
necesariamente, el personero de su antecesor.
--¡No está mal! ¡no está mal!--me dije.--Pero hay que preparar la
combinación. Después veremos.
Nadie objetó palabra, sino Vázquez, cuyo don de errar es indiscutible.
Se opuso resueltamente á que proclamáramos la jefatura de Camino y
su candidatura para la próxima elección, diciendo que era un hombre
desconceptuado, un espíritu estrecho, y que los que votaran por él
serían, en el concepto de las familias honestas, unos pervertidos que
aprobaban, ó por lo menos, toleraban sus torpezas. No todo lo hacía
la política, también era necesario tener en cuenta á la sociedad.
Traté de disuadirlo, por fórmula, demostrándole la necesidad de que
el Presidente saliente tuviera gobernadores fieles que custodiaran
su autoridad, una vez fuera del poder, y recordándole que debía su
diputación al gobierno.
--Ni una ni otra cosa me obligan á nada--replicó.--El Presidente hace
mal en preparar un estado dentro del estado, una especie de presidencia
doble, en la que un poder anulará al otro. En cuanto á que el gobierno
me hiciera elegir, no es verdad: lo hiciste tú.
--Con su aprobación, y él era el que podía...
--Aunque haya sido así. Puede que fuera mi deber sostenerlo, y eso
mismo lo dudo; pero nadie me dirá que tengo el compromiso de hacer
reelegir á Camino. ¡Eso sería monstruoso! En esa forma, el país no
cambiaría jamás de gobernantes, como la Municipalidad de Los Sunchos.
--Te enajenarás la voluntad del futuro presidente, sea quien sea.
--Poco me importa. No he de vivir de la política. Sólo en estos países
la política resulta una profesión, cuando es una función general, casi
diría obligatoria, de todos los ciudadanos...
--¿Sólo en éstos? ¡No embromés!
La voz de Vázquez fué, como es natural, la «clamantis in deserto».
Nadie le hizo caso, y Camino tuvo sus dos proclamaciones en medio
de un entusiasmo popular que preparamos por todos los medios á
nuestro alcance. Pero el candidato á la reelección no tardó en saber
que Vázquez le había hecho fuego, cosa que no le perdonaría nunca.
No. No fuí yo quien se lo dijo, no fuí yo el indiscreto ni el mal
intencionado. Vázquez no me molestaba mucho en la Legislatura, y aunque
hubiera querido malquistarlo, no hubiera ido con el chisme, sabiendo
que otros lo harían, por adulonería, por espíritu de intriga ó por
maldad.
Casi al propio tiempo se proclamó en una provincia lejana y con el
apoyo gubernativo la candidatura presidencial, que desde allí fué
comunicándose á todas partes, siempre en las mismas condiciones, «como
un reguero de pólvora», según decían con admiración los diarios amigos,
que ensalzaban los méritos incomparables del candidato, «representante
de la juventud, y, por lo tanto, del progreso, ciudadano de iniciativa,
como lo había demostrado en el gobierno de su provincia, espíritu
liberal, enemigo de toda hipocresía y de toda bajeza, hombre tolerante,
que sería el vínculo de unión entre los estados, las sociedades, las
religiones, los partidos del país», y á quien acompañarían mañana, como
le acompañaban hoy, «las fuerzas más sanas y eficaces del mismo, los
jóvenes de corazón entero y altas aspiraciones patrióticas».
--¡Paso á los jóvenes!--comenzamos á gritar, como gritara de la Espada
en otro tiempo, en Los Sunchos.
Buenos Aires--la provincia,--celosa de su hegemonía política, aunque
ésta no fuese ya más que un hecho casi legendario, quiso oponernos
otras candidaturas, arrastrar la opinión del país, enarbolando como
bandera el nombre de preclaros patricios, y aun el de un político
eminente que podía considerar conquistado el interior, porque, en la
lucha decisiva, tomó, siendo porteño, partido á favor suyo y contra su
provincia, como muchos otros que no dejaban de tener razón según ha
podido verse después.
Pero si todos los jefes de policía, si todas las autoridades obraban
como yo, no había miedo de que nos arrebataran el poder, ni con
sutilezas, ni con esfuerzos. De ello quedé convencido cuando Camino
resultó electo gobernador, y Casiano Correa, antiguo amigo de tatita,
vice,--con casi todas las actas protestadas, es cierto,--casi sin
oposición, ó, como decíamos entonces, con «elecciones canónicas». ¿Qué
cómo se alcanzaba este resultado? Pues muy sencillamente. Preparándolo
todo con tiempo, el padrón y el registro cívico, sorteando las mesas
de modo que los escrutadores fueran nuestros, y contando con los
jueces provinciales ó federales para el posible caso de un juicio.
En aquella época no hubo sino un juez que se atreviera á desafiar al
poder, pero su derrota fué completa, por el momento, aunque hoy todos
lo consideremos como ejemplarísimo y muchos hayamos contribuído á
perpetuar en el mármol su memoria.
¿Diré, después de esto, que nuestro candidato á la presidencia resultó
triunfante?
No, ni he de contar, tampoco, el éxodo de sus conprovincianos que
invadieron la capital de la República, convencidos de haber triunfado
con él. Á mí mismo me dieron ganas de irme, y lo hubiera hecho, á
ser de su provincia y de sus allegados. «No hay cosa mejor que tener
buenas relaciones»--decía tatita. Pero era preciso esperar; estaba muy
lejos de él, y no hay que forzar la suerte, ni aun en el juego, sino
cuando llega la ocasión. Y á mí tenía que llegarme, como me llegaban
las épocas de trabajo--las electorales,--y las de descanso--la modorra
provinciana en las épocas de normalidad.
Por el momento, bueno era volver tranquilamente á la siesta. ¿No
habíamos pasado por un largo período de agitación tal, que ya ni
visitaba la casa de Blanco, ni me daba apenas tiempo para ver á mis
viejas amigas, y hasta tenía que interrumpir de vez en cuando mis
partidas en el Club del Progreso, postergar mis cacerías con almuerzo,
y suspender cien otras empresas agradables?... Sí. Volvamos á la vida
epicúrea, que es la mejor, mientras no llegue el momento oportuno de
lanzarse al asalto de la gran capital, de la verdadera, de la única.
Camino me preguntó un día, como si se le ocurriese de repente:
--¿Cuándo «acaba» Vázquez?
--Creo que dentro de cuatro meses.
--Hay que ir pensando en eso.
--¿En qué?
--En la elección. Hay que ver á quien se elige.
--¡Al mismo Vázquez, pues!
Me miró primero con enojo, después con serenidad, en seguida con sorna,
y dijo:
--No... No lo quieren en Los Sunchos.
V
Sólo la ingenuidad de Vázquez es comparable á la tontería de Camino;
desdeñando un efecto teatral, diré que Vázquez no siguió mucho tiempo
en su banca de diputado, ni Camino en su silla de gobernador, Vázquez
porque Camino no quería, y Camino por... lo que se sabrá en seguida.
El ex presidente había tomado sus medidas como hombre de vistas
claras y largas, buen conocedor del corazón humano, para mantener
todo el tiempo posible la mayor suma posible de influencia, pero no
con la candorosa ilusión que le atribuíamos de seguir gobernando
entre telones y haciendo del nuevo Presidente un simple personero.
Si así no fué, si tal no pensaba, desde los primeros tanteos pudo
advertir que el instrumento no le obedecía, y que, como se debe «cantar
bien ó no cantar», por el instante lo más práctico era llamarse á
silencio--como lo hizo. Pero algunos «pazguatos», más papistas que el
papa, deslumbrados con el poder que recibieran de él, creyeron que
éste era un atributo propio, que sólo podía reclamarles y retirarles
quien se lo había concedido, y comenzaron á «corcovearle» al nuevo
Presidente, y á no hacer sus gustos con la requerida sumisión, como si
no dependieran directa ni indirectamente de él, y como si no pudiera
«ponerlos patas arriba á las primeras de cambio». Uno de estos tontos
fué mi gobernador, el del célebre «¡Rodeen á Camino!»
Fué torpeza la suya. Nuestra provincia había ido pacificándose poco
á poco, y la oposición, bajo una mano de hierro, confesaba, al fin,
su impotencia, retirándose de toda lucha, y contentándose con la
lírica actitud de criticar acerbamente al «oficialismo», á todos los
«oficialismos», en la intimidad de sus reuniones privadas, y en la no
menos íntima escasez de circulación de sus diarios. También es cierto
que el Guardia de Cárceles, batallón de línea, creado años atrás--no sé
si por mi inspiración,--y el cuerpo de vigilantes y bomberos--éstos
sí, organizados y disciplinados por mí,--los criollos nacemos
militares,--constituían una fuerza decisiva y aseguraban la estabilidad
del Poder, invulnerable, pues un golpe de mano quizá lograría suprimir
ó substituir personas, nunca variar el régimen. ¡Y esta arma era mía,
casi exclusivamente mía!
Cuando me di cuenta de ello pasó por mi imaginación... Pero, ¿á qué
contar ensueños que mi juicio mismo desvanecía entonces, apenas
formulados? Vamos á los hechos, que es lo importante.
Molestó al Presidente el Gobernador de una provincia vecina, más
recalcitrante que Camino, y no faltaron voceros que llegaran hasta mí,
insinuándome cuánto agradaría mi ayuda para un cambio de situación.
Como podía pulsar el valimiento de los que esto me decían y la
auténtica procedencia de sus invitaciones, no vacilé un punto, y
organicé una partida de guardias de cárceles y vigilantes vestidos
de particular. Por desgracia, yo no podía mandarlos en persona, sin
comprometer gravemente la «autonomía de las provincias»; pero uno de
mis amigos, diputado y ex redactor de _Los Tiempos_, Ulises Cabral, mi
padrino en el duelo, se comprometió á representarme y obrar como si
fuera yo mismo. El cambio deseado se hizo con poco derramamiento de
sangre y mucha intervención nacional, y supe que el Presidente me tenía
muy en cuenta, agradeciendo mi colaboración sin mentarla.
Por el mismo conducto, bien confidencial, se me hizo saber poco
después que el gobernador Camino, mi propio gobernador, no era ya
«persona grata», y que en las altas esferas se le vería con placer
substituído por el vicegobernador Correa, hombre en quien se tenía la
mayor confianza, como entusiasta, patriota, fiel, capaz, y, sobre
todo, menos desconceptuado en sociedad. Debo confesar que Correa valía
probablemente menos que Camino, como hombre de pensamiento y de acción.
Pero no me convenía hacer oídos de mercader, y comprendí desde el
primer momento lo que de mí se esperaba: que pusiera fuego á la mecha,
que buscara el pretexto para poner al Gobernador de patitas en la
calle, alterando el orden lo menos posible, pero sin una revolución, si
tenía dedos para tanto. Una «agitación» era, por lo menos, inevitable,
porque Camino no abandonaría el puesto así como así.
Pero él mismo había de darme pie para romper las hostilidades, porque
bien dijo el latino que Júpiter ciega á los que quiere perder. He aquí
cómo ocurrió aquello: la inacción de los opositores y alguno que otro
desliz demasiado exagerado de lo que la mala prensa llamaba «guardia
pretoriana», hizo que el Gobernador creyera llegado el momento de
«entrar en la normalidad» y me exigiera el castigo de un comisario
cuyo delito consistía en haber hecho dar de planazos á una persona
conocida que le había criticado cierta travesura, creo que la fuga de
un cuatrero sorprendido infraganti.
--Si empezamos así, Gobernador, pronto no tendremos policía--le dije
con gravedad.
--Pero vea, amigo, cómo me ponen los diarios de Buenos Aires. Esto es
inicuo. Hasta los mismos amigos me «caen».
--No les haga caso. Hay que acostumbrarse á esas cosas cuando se es
gobernador. ¡Mire! si no fuera eso, ya le encontrarían otro pretexto, y
sería lo mismo.
--Sí. Pero yo no quiero que se apalee á la gente... sin necesidad.
--¡Bah! no se aflija, y dejemos en su puesto á ese comisario, ¡que es
un tigre! Nos haría falta en un momento dado.
--Por lo menos, cámbielo. Mándelo á la campaña hasta que se acabe esta
gritería.
Me encogí de hombros.
--Así no se hace patria. Déjelos que aguanten... Hoy empezaríamos por
dejar que la oposición echara á la calle á un comisario, y mañana no
podríamos evitar que echaran á un Gobernador. ¡No hay que ser tan flojo!
No replicó, no insistió en el castigo del presunto culpable; pero no me
perdonó, tampoco, más que mi desobediencia mi franqueza. ¡Así suelen
ser, en cuanto uno se descuida y por muy útil que les sea! Lo peor
para él, en este caso, es que hacía mi juego, iniciando la anarquía en
el poder, pretexto magnífico para hacerle la deseada zancadilla. Tan
ciego estaba, que cayó en la trampa como un inocente. Ciertos indicios,
algunas visitas, frases sueltas, un principio de despego de los más
allegados á su persona, me hicieron comprender que el gobernador Camino
me buscaba reemplazante.
--¿Esas tenemos? ¡Pues ya verás quien es Callejas!--me dije.
Me acerqué desde entonces, sin disimularlo, más bien con ostentación,
al vicegobernador, don Casiano Correa, viejo marrullero, abogado,
glotón, jugador y avaro, cuyo cuerpo pequeñito, endeble é
insignificante, ocultaba el espíritu más vicioso y ambicioso que
imaginarse pueda. Aunque no estuviera tan al corriente como yo de lo
que se tramaba, lisonjeé su ambición, insinuándole que las debilidades
de Camino comenzaban también, á mi juicio, á comprometer su Gobierno,
y que no sería difícil que el mismo Presidente de la República
interviniera para hacerle dejar el mando, en que hacía tan desairado
papel.
--Provoca una escisión del partido en la provincia, lo debilita, y lo
enerva; no es lo que conviene. En cuanto sepa esto el Presidente, le
pondrá remedio, no lo dude, Correa.
--¿Pero cómo?--preguntó Correa, para verme venir.
--Tan fácilmente como lo ha hecho en otras provincias: provocando una
revolución, si es preciso. ¿No hemos ido nosotros mismos á?...
--¡Es cierto!--interrumpió.--Ahora, la cuestión es que el Presidente lo
sepa.
--Usted puede hacérselo saber por medio de alguno de sus amigos. Si es
que ya no está al tanto de todo...
Lo conduje á que me preguntara si «en un caso dado» podía contar
conmigo.
--Incondicionalmente... Pero con una condición. El gobernador Camino me
promete hacerme diputado nacional en la próxima renovación del Congreso.
No era verdad, ni Correa lo creyó, pero me prometió solemnemente que
«si eso llegaba á depender de él», yo sería diputado nacional. Y
comenzó la intriga que condujo admirablemente, fuerza es confesarlo,
haciendo que el Presidente se convenciera del todo de la necesidad de
«pasar la mano» al vicegobernador, mediante mil informes más ó menos
antojadizos, según los cuales Camino «le ladeaba el caballo», como
dicen los paisanos, y estaba pronto á hacerle, en la oportunidad, la
más violenta oposición, en vista de que «volviera el otro». ¡Como
si eso fuera posible! Pero el Presidente era crédulo, temía á su
antecesor como á un fantasma, estaba rodeado de cortesanos venales, y
creía preciso quebrantar no sólo á todos sus enemigos, sino también á
cuantos pudieran llegar á serlo. Tenía la locura de la unanimidad, á
lo Napoleón III, con quien se le comparaba. Comenzó, pues, con gran
sorpresa de Camino, que hasta entonces no temía las represalias, á
demostrarle cierto encono, retardándole los arreglos financieros que
pedía, insinuando que el Banco Nacional restringiese los descuentos
á sus amigos personales, y á hacerle directa ó indirectamente otras
muchas manifestaciones de que había perdido la gracia presidencial y no
estaba ya en predicamento.
Como estos indicios no pasaban inadvertidos para nadie, muchos se
le fueron alejando, como se habían alejado de mí al verme romper
la primera lanza con el Gobernador, y comenzaron á rodearme, como
si yo fuera el árbitro de la situación. Don Casiano Correa, que ya
tenía, también, su corte, no cabía en sí de gozo y no veía la hora de
posesionarse del mando.
Camino, en tal atolladero, no encontró hombre con quien substituirme.
Sólo los muy desconceptuados, los inútiles, hubieran aceptado un puesto
en que quizá no duraran un par de meses, olfateada ya la voluntad
presidencial.
No hubo más que un hombre de valía que hubiera aceptado el puesto, bajo
ciertas condiciones: Pedro Vázquez. Lo oí mucho después, de sus propios
labios. El Gobernador le ofreció la jefatura.
--Yo la aceptaría si usted me nombrara, pero no me nombrará--le dijo
Vázquez.
--¡Vaya si lo nombraré! ¿Quién lo impide? Estoy harto de Gómez
Herrera, que me hace mal tercio con el Presidente, lo mismo que el
vicegobernador.
--Entonces, puede nombrarme, si me autoriza: Primero, á licenciar el
Guardia de Cárceles, que es inconstitucional é innecesario...
--¡Usted está loco!...--exclamó Camino.--¡Licenciar el Guardia de
Cárceles! Sería lo mismo pedirme la renuncia.
--Pues yo no lo veo así. Con la policía basta para mantener el orden
y la provincia no debe tener ejército. El orden no se mantiene con el
ejército, sino con la legalidad. Ese acto, por otra parte, levantaría
notablemente el prestigio del Gobierno. En cuanto á las otras
condiciones...
--¡Con esa basta!--interrumpió el Gobernador.--Prefiero la sospecha
de que el Gobierno Nacional me mande ó no me mande á mi casa, á la
seguridad de que la oposición me ponga de patitas en la calle. ¡Usted
está, decididamente, loco, amigo Vázquez!
Este agregaba, al contármelo:
--Yo sabía que su caída era inevitable. Lo más que podía conseguir
Camino era caer «en beauté», como dicen los franceses, «lindo», como
decimos nosotros. Pero ahora nadie se preocupa de la belleza, y «un día
de vida, es vida», proclaman los paisanos. Por veinticuatro horas más
de Gobierno hay muchos que arrostrarían el ridículo y la vergüenza,
sin ver que éstos los aguardan de todos modos, borrachos de mando como
están.
Palabras proféticas que luego pudieron aplicarse á más de un Presidente
de la República. Los niños y los locos dicen las verdades...