El asunto marchó viento en popa. El plano primitivo del pueblo
desapareció de los archivos de la Municipalidad. La indemnización
se votó, generosa y contante. Pocos meses después las nuevas calles
estaban abiertas al tráfico público, con gran contentamiento de la
población, y mientras los opositores, caídos por fin de su burro,
gritaban que aquello era una indignidad, un negocio leonino, de
la Espada halló manera de dar en _La Época_ un bombo colosal á la
progresista Municipalidad, y de alabar el patriótico desinterés
de Mauricio Gómez Herrera, hijo preclaro de Los Sunchos, por cuyo
engrandecimiento me sacrificaba, y eminente jefe de policía de la
provincia. Pero no todas eran rosas. El negocio, magníficamente
pensado, era á larga data, y por aquel entonces sólo en parte resultaba
realizable el plan de vender toda aquella tierra dividida en lotes,
y obtener por ella un alto precio, aunque estuviese en el mismo
«riñón» de Los Sunchos. No había llegado todavía la hora de las locas
especulaciones, y era necesario esperar. Con todo, confiando en el
porvenir, y á imitación de algunos atrevidos hombres de negocios, saqué
dinero del Banco y edifiqué algunas casas en los puntos más cercanos
á la plaza pública, cercando de adobes ó con cina-cina lo demás, á la
espera de época más propicia. Como me quedara algún dinero disponible,
poco á decir verdad, quise amortizar mi deuda con Vázquez, y fuí á
verle, llevándole un cheque de cinco mil pesos.
--¡No seas tonto!--me dijo.--Yo, por ahora, no necesito esa platita.
Ya le pagué á mi pariente, y no me hace falta para nada. Cuando la
necesite, te la pediré, y me la pagarás toda junta. Ahora, mientras
no arreglas tus negocios, á ti te hace más falta que á mí. Lo único
que te pido es que si me ves en un apuro y puedes hacerlo, no dejes
de devolverme esos cuatro reales, con tanto gusto como yo te los he
prestado.
--¡Oh, de eso podés estar seguro!--exclamé.--¡Aunque tuviera que
quitarme el pan de la boca!
Resueltas las cosas en forma tan halagüeña, no pensé sino en concederme
unas vacaciones, tanto más cuanto que el país estaba tranquilo,
tascando un freno que á las veces le parecía duro, pero sin poder
sacudirlo, ni siquiera «corcovear», como hubiera dicho don Higinio.
Y fuí á divertirme en Buenos Aires, á donde afluía entonces, más que
nunca, todo lo que las provincias tienen de brillante, como nombre,
como fortuna ó como posición política.
Como la primera vez, después de «despuntar el vicio», concurriendo
á teatros y otras diversiones menos inocentes, visité á mis amigos
y parentela, y, por último fuí á reanudar mis útiles relaciones
oficiales, y á anudar otras nuevas, sobre todo la del Presidente de la
República. Tratábase esta vez de un hombre joven aún, muy criollo y
socarrón epigramático, que guiñaba siempre imperceptiblemente un ojo,
y que, gran conocedor del corazón humano y sus flaquezas, no dejaba
ver nunca, en la intimidad, si hablaba en serio ó si estaba «gozando»
á su interlocutor. Nadie le hubiera reconocido diez ó veinte años más
tarde, pero entonces era, no sé si instintiva ó rebuscadamente, el tipo
del gaucho refinado hasta el extremo de ocultar casi completamente su
procedencia, que apenas se revelaba--pero se revelaba al fin,--entre
otras cosas, en su afán de contar y escuchar anécdotas, así como sus
antepasados se complacían en las interminables «payadas» y en los
cuentos del fogón. Ahora que lo pienso mejor, creo que lo hacía de
propósito, para demostrar más á los porteños su carácter genuino de
«hijo del país», y hasta sentiría ganas de agradecérselo. Me sorprendió
que me conociera de nombre--sin caer en la cuenta de que todos estos
personajes tienen quienes los informen momentos antes de recibir una
nueva pero anunciada visita,--de que supiera lo poco que había hecho yo
hasta entonces, y de que me hablara de tatita como de un viejo amigo
con quien había hecho no sé qué campaña, creo que la del Paraguay,
cuando él era simple teniente. Su acogida me llenó de satisfacción:
no me había recibido como á un cualquiera, sino demostrándome un
grande aprecio y una gran confianza en mi porvenir, casi prometiéndome
toda suerte de distinciones. Creí tener el mundo en la mano, pero no
tardaron en decirme que el presidente era igual con todo el mundo, y
que lo mismo hubiera tratado á su peor enemigo. No lo quise creer.
¿Cómo, entonces, tenía tantos amigos y tan decididos partidarios, en
un país que, si ha heredado mucha parte de la hidalguía española, ha
heredado ó ha aprendido también, de los indios, la sagrada fórmula de
«dando, hermano, dando», traducción bárbara del latino «do ut des»?
--¡En fin, señor Presidente!--pensé,--lo que sea, sonará. Y no he de
bailar al son que me toquen, lo que no significa que me niegue á seguir
detrás de la banda y á marcar el paso como cualquier hijo de vecino. Lo
primero que yo respeto es la autoridad. ¡Y más ahora, que soy, también,
autoridad!...
Al terminar la entrevista, que fué agradable y sin ceremonia, le pedí
que no me olvidara y me tuviera siempre por un resuelto servidor y
amigo.
--Venga á visitarme á menudo, Gómez Herrera--me contestó.--Yo tengo
siempre gusto en conversar con muchachos como usted, y en oir sus
opiniones.
Reiteré, en efecto, la visita, pero viendo que sólo muy á la larga
podría sacar provecho de ellas, y, á pesar de su evidente interés,--las
reuniones no podían ser más amenas,--resolví regresar, dejando, sin
embargo, detrás de mí la convicción de que era un «elemento» con el que
se podía contar en cualquier emergencia.
--¡Vaya sin cuidado! Yo lo conozco bien--fueron las últimas palabras
del Presidente, que no volvió á recordarme, sin duda porque me conocía
más que yo mismo, y sabía que no tenía nada que temer ni nada que
esperar de mí.
¡Hacer que teman, hacer que esperen!--sésamo del éxito en política.
Pero, ya lo he dicho, nadie nace sabiendo...
Con todo, este viaje, mi aparente intimidad con el Presidente--yo había
cuidado de dar publicidad á mis visitas,--y las evidentes vinculaciones
con entidades sociales y políticas de Buenos Aires, contribuyeron
no poco á aumentar mi prestigio, y, por ende, á fijar sobre mí las
miradas de la siempre envidiosa y díscola oposición. De vuelta en mi
capital, de nuevo al frente de la policía, y dando los últimos toques
al negocio de la chacra, reanudé mi vida de holgorio, jugando todas
las noches en el club, aprovechando las oportunidades amorosas que se
me ofrecían, no tanto en las altas esferas cuanto en los bajos fondos,
más accesibles y mucho menos comprometedores, y mis rumbosidades y mis
maneras de gran señor, molestaron á mucha gente. Así como me había
hecho una corte de aduladores á todo trance, así también me hice de
una falange de enemigos irreconciliables, hasta en las filas de mi
propio partido y entre los mismos que me «bailaban el agua delante»,
como vulgarmente se dice. Estos resultan los peores, porque son los
que están más al corriente de nuestra vida y milagros, conocen la
falla de nuestra armadura, y suelen atacarnos en la sombra, con plena
impunidad. Si no fuera por alguno de mis correligionarios envidiosos,
nadie hubiera recordado, quizá, que yo conservaba aún mi banca en
la Legislatura, y que éste era un hecho susceptible de ser probado,
más que cualquier otra de las acusaciones de mala administración, de
pésimas costumbres y lo demás que nunca falta en la foja de servicios
de un alto funcionario, sea porque es realmente culpable, sea porque
es «necesariamente» culpable para sus enemigos ó sus competidores. En
suma, yo era un hombre muy discutido; pero eso, ¿qué quiere decir, y
que querría significar ahora, si yo no hiciera aquí mis «Confesiones»?
Á no tener defectos, me los hubieran inventado, y cualquier costumbre,
hasta una virtud--por ejemplo, la discreción,--me la hubieran
convertido en vicio, llamándola disimulo ó hipocresía. Parece que
entre los hombres sólo hubiera un propósito: matar ó disminuir á los
vivientes, que incomodan ó pueden incomodar, y divinizar y eternizar
á los muertos, incapaces ya de molestar á nadie. Á los que parecen
á punto de triunfar se les opone, por añadidura, los que comienzan;
y éstos, á su vez, ya cerca del triunfo, se ven substituídos por
los que fueron y no serán ya, y por los que, como ellos, serían
posiblemente... si la serie no estuviera constituída en forma de
cadena sin fin... En mi caso, se sacó á luz mi «olvido» de renunciar á
la diputación, y el hecho inconcebible de que siguiera recibiendo la
dieta, mientras cobraba también mi sueldo de jefe de policía, y «otras
gangas». No tardé en darme cuenta del fondo de la intriga. Algunos
correligionarios, asustados de mi creciente influencia, de mi elevación
inusitada, habían buscado un competidor que ponerme delante, pero un
competidor á su juicio más fácil de dominar que yo, si acaso alcanzaba
el triunfo--error inevitable, alucinación en que caen los imbéciles que
resultan derrotados ó sujetos á una fuerza mayor,--y habían dado con
el flamante doctor, honra de su provincia, con mi amigo Pedro Vázquez.
Así, los enemigos, por dar un mal rato al Gobierno, y los amigos por
darme un mal rato á mí, recordaron en un momento dado que había una
representación virtualmente vacante.
Mis competidores veían en Pedrito, al universitario teórico, que
derramaría su elocuencia sin pedir nada en cambio, y que se dejaría
llevar en la práctica por las narices; considerábanle, pues, mucho más
conveniente que yo, que «no daba puntada sin nudo», y que utilizaba mis
puestos sacándoles bien «la chicha». El gobernador Benavides, traído y
llevado por los politiqueros, no tardó en convenir en que era necesario
quitarme la diputación y dársela á Vázquez, pero, aunque decidido á
hacerlo, buscaba la manera de no irritarme demasiado, de sacarme la
muela sin dolor... del sacamuelas... Tan evidente me pareció de pronto
la intriga, que quise precipitarla, haciéndola volverse en favor mío,
hasta donde fuera posible. Y apenas lo pensé, cuando lo puse en planta.
Aleccionado por mis viajes á la capital, y por la frecuentación de
los grandes «restoranes», preocupábame en la ciudad de refinar mis
comidas, así como refinaba el vestido y las maneras. No sólo tenía en
casa un cocinero que sabía preparar algunos pocos platos á la francesa,
sino que en el hotel, en el club, en la fonda, exigía siempre cosas
finamente hechas y bien condimentadas. Si ahora puedo reirme de mis
primeros candorosos menús, ó, mejor dicho, minutas, entonces había
muy pocos en provincia que supieran comer como yo, y que dieran á los
vinos su colocación adecuada en una comida ó un almuerzo. Vázquez,
cuyas tendencias fueron siempre aristocráticas, aunque él no lo quiera
confesar, y que ama la vida confortable, advirtió desde su vuelta á
la ciudad este refinamiento mío, y se propuso aprovecharlo, comiendo
conmigo cuantas veces pudiera, aunque sin idea de gula: simplemente
como un aprendiz de sibarita. Á la mesa, siempre lo mejor servida que
era posible, y con los vinos más auténticos que se ponían al alcance de
la mano, solíamos tener en menos, ¡cuán equivocadamente!, la sabrosa
cocina provinciana y los caldos generosos que, como el Cafayate, son
merecedores de toda una reivindicación. Pero también hablábamos de
otras cosas, sobre todo, de María Blanco.
--¿No se te ha ocurrido nunca ser diputado?--le pregunté una tarde,
mientras comíamos en el Club, solitario.
--¡Hombre! Creo haberte dicho una vez lo que pensaba al respecto... y
que lo tomaste bastante á mal.
--Sí, pero me parece que ahora habrás cambiado un poco de opinión...
Sobre todo tú, que eres doctor, que has estudiado, verás figurando en
las Cámaras á muchos que valen menos que tú, más, menos de lo que yo
valía cuando me hicieron diputado.
--Es verdad... Los hechos están ahí... No es posible negarlos...
--En ese caso, ¿aceptarías una diputación?
--¡Vaya una pregunta! Eso se piensa cuando viene el ofrecimiento.
--Y es el caso.
--¿Cómo?
--Sí. Yo te ofrezco la diputación. ¡Yo-te-la-o-frez-co!--repetí,
recalcando cada sílaba.
--¡Déjate de bromas!
--No son tales.
Le conté entonces cómo estaba, en cierto modo, vacante la diputación de
Los Sunchos, y cómo podía él resultar diputado sin tener que competir
con un tercero, amigo ó enemigo de la situación. No me quería creer. Y
en cuanto me quiso creer, asomaron los escrúpulos.
--En ese caso no me elegirían. ¡Me nombraría el Gobierno!...
--Resultarías elegido como todos los demás, y con esta enorme ventaja:
que no tendrías compromisos, porque, al fin y al cabo, tu Gran Elector
sería yo. ¡Vaya! Autorízame á obrar, y yo te aseguro que antes de tres
meses estás en la Legislatura haciendo maravillas.
Fingió creer que era broma, y esto le permitió darme plenos poderes.
Después, enterneciéndose un tanto, me hizo esta declaración:
--Si esos sueños se realizaran, sería una suerte para mí. No por la
política. No. Pero mi novia tiene unas ideas... ¡Á veces la creo
demasiado ambiciosa!
--¿Tu novia? ¿Es tu novia, por fin?
--No; pero lo será. Todo pinta muy bien.
--De modo que todavía se puede tantear... sin hacerte mal tercio--dije,
en broma.
Aquella noche, puesto en vena por mi inesperada proposición, y quizás,
también, por un vinillo muy capitoso que acababa de importar el gerente
del Club, habló con más locuacidad que nunca, y se permitió hacer un
examen de mi modesta individualidad. Antes de renovar en lo posible
sus palabras, trataré de decir lo que él me parecía y la impresión que
me produce todavía ahora. Algo taciturno é inclinado á la melancolía,
buscaba seguramente en mí un contraste que lo animara; se divertía
mucho con cualquiera de mis ocurrencias, hasta las más tontas, á causa,
sin duda, de ese mismo contraste, sin dejar, por eso, de discutir
lo que él llamaba mis «doctrinas» ó mis «paradojas». Desde antes de
salir de Los Sunchos, escribía versos--malos á decir verdad,--pero no
renunció á ellos, antes de doctorarse, por su indigencia presuntuosa,
sino--aseguraba él,--porque «el verso le obligaba á abandonar una parte
de su pensamiento, y á veces á escribir algo que no había pensado».
Esto me hacía recordar la famosa frase del negro bozal: «¡Corazón
ladino, lengua no ayuda!» Pero agregaba con sentido común, que, «para
escribir versos medianos, más vale escribir cartas á la familia».
Cuando yo le motejaba de teorizador, él sostenía que «estudiaba en
los hombres y en las cosas, prefiriéndolos á los libros, pero que
éstos no deben dejarse de lado, porque son la síntesis de los estudios
anteriores, y, sobre todo, el más grato de los entretenimientos.»
Alguna vez se me ocurrió que me había tomado como «anima vile» para
disecarme en sus estudios psicológicos, pero aunque esto fuera, en
realidad, se lo perdonaría con gusto, porque siempre se mostró muy
mi amigo. En fin, recuerdo que aquella noche me espetó este singular
discurso:
--Todos los caminos están abiertos para ti. Eres miembro--cómplice,
dirían otros, los de la oposición ciega, que no ve la marcha paulatina
de las cosas,--eres miembro de una oligarquía que prepara la gran
república democrática de mañana, así como Napoleón III preparó sin
comprenderlo, la todavía lejana verdadera República Francesa. Eres
audaz, valiente, flexible, despreocupado, amoral: Con esto se puede
llegar muy lejos, y lo que es más curioso, lo que es casi inverosímil,
hacer mucho bien al país, con el más perfecto egoísmo... Quizá yo
debiera ser tu enemigo. Pero, como eres un ejemplar característico
de la raza en formación, de la raza de los tiempos que vienen, soy
más bien tu amigo, tu admirador, y puedes contar con mi ayuda, como
puede contar con ella el partido á que pertenecemos, por muchos
errores que cometa, porque es un partido histórico, un partido de
transición marcada, y realiza por buenas ó por malas el papel que le
corresponde... Como los demás partidos, por otra parte, pero no en el
mismo escenario... Los otros quieren quedarse demasiado atrás ó ir
demasiado adelante, mientras que el nuestro evoluciona insensiblemente,
harto insensiblemente en ocasiones, para conservarse en el poder. Ya
ves que soy tolerante... Esta tolerancia que puede parecer exagerada,
es una tendencia más fuerte que yo, más fuerte que mi voluntad, porque
mi instinto me obliga á comprender, y comprender es más que perdonar,
es tolerar, es hasta colaborar, según vengan los tantos... Lo mismo
que del partido digo de ti... Si no hubiera muchos hombres como tú,
nuestro país sería otra cosa--quién sabe cuál,--pero dejaría de ser
lo que es y no llegaría á ser lo que será. ¡Perogrullada, dirás!
¡Pero perogrullada que pocos se dan el trabajo de comprender! Con
la gente estática no se va á ninguna parte, con la muy dinámica se
puede llegar á incurables desórdenes, á la anarquía que engendra la
tiranía compensadora. La útil es la acomodaticia que sabe andar y
detenerse, la oportunista, en fin, como tú. Tú, yo, nosotros, somos
tan necesarios como lo son los demás, los que siguen á los jefes de
la oposición, al que lo ha sido todo en nuestro país y al que no ha
sido nada--somos los reguladores,--y verás cómo, gracias á nosotros y
á ellos,--poco á poco van convergiendo los caminos y los esfuerzos,
aun en los momentos en que más alejados y más antagónicos parezcan. Y
es que el hombre quiere someter la Naturaleza á una armonía que nadie,
sino la caprichosa Naturaleza nos ha enseñado, que nadie, sino ella,
puede crear... Verás cómo, entre todos, á la larga, se establece un
equilibrio, sin imponerse como único y definitivo, porque es variable,
y cambia á cada hora, en un segundo para la historia, en muchos años
para nuestra nacionalidad, si tenemos en cuenta que no alcanza al siglo
todavía... Dicen que las virtudes de nuestros antepasados, sus luchas
para conquistar una patria, se han convertido en vicios en nosotros,
en lucha por conquistar un bienestar epicúreo, y que esto nos lleva al
desastre. ¡Mentira! Cada época tiene sus exigencias y sus héroes. Y si
los locos como tú no aspiraran á una vida de lujo y de molicie, éste
sería un pueblo de santos patriarcas, es decir, un pueblo estancado en
plena vida pastoril. Lo inerte es lo único que no cambia, lo único
sometido á la estabilidad que parece imponerse á los pueblos que
sueñan en ser dichosos, los pueblos que, según el dicho famoso «no
tienen historia». Y un pueblo inerte es un pueblo muerto. ¿Quieres que
brindemos, Mauricio, á tu soberbia, á tu insolente vitalidad?