I
Pasó tiempo, no sé cuánto, aunque á mí me pareciera bien largo en
aquella edad privilegiada en que no se toman en cuenta las horas,
ni los días, pero en que los años parecen tener el privilegio de no
acabarse jamás. Y aunque, terminado el período de Camino, tuviéramos
entonces otro gobernador--don Lucas Benavides,--éste se mostraba mi
amigo y yo seguía desempeñando mis puestos, no diré con brillo, pero
sí con cierta discreción que hizo acallar muchas de las malevolencias
suscitadas en un principio por mi inesperado encumbramiento. Se
me agradecía, sin decirlo, la cortesía y la blandura que había
demostrado para con los presos políticos, en la hora tragi-cómica
de la revolución, contra todas las tradiciones y los precedentes
provincianos. Aunque lo comprendiera muy bien, quien me confirmó en
este pensamiento fué Vázquez, al volver con su título de doctor, recién
conquistado en la Facultad de la provincia vecina. Alabó mi conducta,
demostrándome que yo había dado un paso hacia las mejores costumbres
políticas y sociales que los buenos ciudadanos soñaban para nuestro
país.
--Empiezas bien--me dijo,--y no esperaba tanto de ti. Esas
demostraciones de cultura son más eficaces que las barrabasadas de
antaño, y elevan el nivel moral del país.
--¡Bah! ¡No seas exagerado!--repliqué.--He hecho lo que cualquiera.
--No. Has hecho más que otros: has dado un buen ejemplo.
Contribuía, sin duda, á su juicio benévolo, que á mí, en realidad, me
importaba bien poco, el estado beatífico en que se hallaba, con un
título respetable para la mayoría, recursos suficientes que su padre
le proporcionaba, y una novia bonita y de alta posición social--María
Blanco.--Pero, al decir novia, no me sirvo de la palabra exacta, porque
María Blanco, la patricia por antonomasia, no hacía, en realidad, más
que «distinguirlo», dejando suponer estas distinciones que llegaría
probablemente á ser su novia. No estaban «comprometidos» en forma
alguna, según él mismo me lo confió en un momento de expansión. Con
todo, la posición social, sentimental y pecuniaria de Pedro, era
brillante.
Yo, en cambio, atravesaba un momento algo difícil: había jugado mucho
en todo aquel tiempo, pues, aparte las intrigas amorosas, y según
creo haberlo dicho ya, no se me ofrecía otra diversión en aquella
ciudad amodorrada y taciturna. Y así como había jugado había perdido,
casi hasta agotar mi crédito. Tampoco me era posible, por el momento,
echar mano de mi fortuna, grande ó pequeña, porque estaba indivisa con
mamita, y liquidarla entonces hubiera sido una locura que nos dejara en
la calle.
Para remachar el clavo, en una larga partida con varios personajes
venidos de Buenos Aires, perdí cierta noche unos diez mil pesos (no
eran diez mil pesos, en realidad, sino su equivalente, no adoptado aún
el actual sistema monetario), y para pagar me vi en las más graves
dificultades. Ya desesperaba de conseguir un préstamo tan crecido,
cuando me acordé de Vázquez, y acudí á él, como último recurso,
pensando que sería de buena política ocultarle la verdadera causa de
mis apuros.
--Quiero instalarme bien--le dije,--poner una casa decorosamente
amueblada, y me acosan al propio tiempo algunas deudas apremiantes. Tú
sabes que tengo con qué responder y que no estoy en el caso de trampear
á nadie; pero te agradeceré como un señaladísimo servicio que me
prestes veinte mil pesos, lo más pronto posible. ¿Los tienes? Porque no
dudo que, á tenerlos, me los prestarás inmediatamente...
--Haces bien en no dudar; pero, por el momento, no los tengo--me
contestó.--Habría que esperar...
--¡Es que el caso es urgente, muy urgente!
--Entonces, no se trata sólo de instalarte.
--Ya te dije que tenía algunas deudas de honor.
--¡Vaya! ¡sé franco! ¿has jugado y has perdido?
No vacilé, entonces, en decirle la verdad.
--Es cierto--exclamé.--Por eso hablaba de una deuda de honor. Tienes
buen olfato. ¿Podrás, aunque sea haciendo un sacrificio, procurarme
esos pesos dentro de las veinticuatro horas? ¿de las doce, mejor dicho,
porque ya llevo otras doce perdidas?
--Sí. Acompáñame, y los tendrás.
Fué á ver á uno de sus parientes, que no vaciló en prestarle la
suma, sobre sólidas garantías probablemente, porque los viejos de mi
provincia no soltaban el dinero así como así, ni aunque se tratara de
su padre. Abreviando: aquella misma tarde pude pagar á mis ganadores,
quedándome con una cantidad importante, que me permitiría comenzar á
poner casa, como era, en realidad, mi deseo, y, buscando el desquite,
hacer una que otra partidita. Vázquez no quiso aceptar pagarés, ni
siquiera un recibo...
Yo había vivido hasta entonces en el hotel, bastante bien instalado,
pero esto me traía más de una seria dificultad, pues no me hallaba
«en mi casa», y todos mis actos se veían continua y necesariamente
fiscalizados, no sólo por la servidumbre, más ó menos fiel y discreta,
al fin y al cabo, sino también por los extraños que iban á hospedarse
allí. Aunque mi departamento estuviera relativamente aislado, sin
otros aposentos vecinos, al fondo de uno de los grandes patios de la
vetusta casa de familia, transformada en hotel de la noche á la mañana,
era imposible impedir que los huéspedes pasaran á menudo por mis
dominios, y, más que todo, que vieran quién entraba y quién salía de
mis habitaciones. Tomé, pues, una casita en una calle poco frecuentada
pero muy céntrica, y la amueblé, aunque modestamente, con las mayores
comodidades que entonces podían conseguirse en provincia. Hice,
también, arreglar el pequeño jardín que, con sus cuatro higueras, sus
seis perales y su grupo de «albarillos», extendiéndose detrás de las
habitaciones, iba á dar á otra calle, más solitaria aún que la primera.
Tenía así casa y garçonnière al propio tiempo, y como jefe dirigente
de todo aquello, puse á mi antiguo compinche Marto Contreras, el hijo
de mi amigo el mayoral de la diligencia de Los Sunchos, que--aspirando
á la dignidad de «vigilante», como á un bastón de mariscal,--me había
pedido muchas veces que lo llevara á la ciudad, y hombre en quien podía
confiar tan ciegamente como Camino en su asistente Cruz.
Hecho esto, sintiendo de nuevo la escasez de fondos, resolví pensar
seriamente en mis asuntos de interés, y darme cuenta exacta del estado
de nuestra fortuna.
Don Higinio había preparado muy hábilmente el negocio de la chacra,
obligado punto de partida de nuestro posible enriquecimiento, pero en
los últimos tiempos lo dejó completamente de mano, como es natural,
aunque--debo decirlo en honor suyo,--sin destruir, la obra con
vindicativo espíritu, quizá por ingénita caballerosidad, quizá porque
abrigara aún la esperanza de verme yerno suyo, quizá también porque
yo era ya demasiado fuerte para hacerme la guerra con armas pequeñas
y miserables. Había que herirme de muerte ó no tocarme, sin término
medio. Entretanto, como nadie se ocuparía del negocio si no me ocupaba
yo, resolví ir á Los Sunchos, á darle la última mano, aprovechando la
noticia de que la oposición, lanzada años atrás en ese camino por la
habilidad de Rivas, reclamaba á gritos la apertura de las calles que mi
chacra interceptaba, sin darse cuenta de que así hacía precisamente el
juego de uno de sus enemigos. En mi carrera política, muchas veces he
tenido oportunidad de ver producirse este fenómeno, más común de lo que
se creerá. No hay mejor colaborador que el adversario, cuando uno sabe
servirse de él.
Un día, pues, salí para Los Sunchos, con toda la pompa que exigía mi
alta posición de diputado y jefe político, aunque con la aparente
modestia que cuadra á un demócrata criollo. Fuí á caballo, vestido de
bombacha, poncho, chambergo y botas, pero llevando conmigo una pequeña
escolta, como que iba «en misión oficial» á realizar una visita de
inspección á las policías de los departamentos, y especialmente del
mío. Era bueno no dejar que aquellos «tigres» supieran exactamente
mis propósitos, porque eran capaces de «coimear» á la misma
madre, y aunque yo estuviese resuelto á darles algo, no llegaba mi
desprendimiento hasta dejarles «mañas libres», como suele decirse
alrededor del tapete verde.
Noticiosas de mi llegada, las autoridades locales me aguardaban con
una gran recepción. Algunos funcionarios salieron á caballo hasta
las afueras del pueblo, como se hacía con los antiguos señores, y
me acompañaron hasta la Municipalidad, donde se había preparado
un «refresco», y donde estaban reunidos numerosos vecinos, con la
infaltable banda de música.
Allí hubo abrazos, apretones de manos, aclamaciones, brindis, marchas
triunfales, Himno Nacional y un largo discurso encomendado de antemano
á mi amigo, el galleguito de la Espada, quien me llamó «orgullo de Los
Sunchos, hijo predilecto de la provincia y ahijado de la fortuna y de
la gloria», provocando los aplausos entusiastas del partido oficial
reunido para honrarme. Traté de escapar á estos agasajos, demasiado
rústicos ya para mi incipiente refinamiento de funcionario de ciudad,
pero no lo conseguí antes de sostener este corto diálogo con el
director de _La Época_.
--¡Eres un ingrato!
--¿Por qué?--inquirí, sorprendido.
--Yo esperaba que me llevarías á la ciudad. ¡Esto no es vida! ¡Aquí me
estoy malgastando!
--Pero, ¿qué harías allí?
--¡Toma! Dirigir, ó siquiera redactar algún diario. ¡Ya sabes que tengo
dedos para organista! Allí te puedo ser muy útil, y aquí no te sirvo
á ti, ni me sirvo á mí, ni sirvo á nadie. ¡Ea! ¡un buen movimiento, y
búscame algo por allá!
--¡Pero hijo! ¡No me puedo llevar al pueblo entero, y ya sabes á
cuántos he tenido que colocar... sin tener dónde! ¡Los Sunchos en masa
se me cae encima!...
--¡Razón de más! Nadie te ha servido como yo. ¡Y eso es ingratitud,
Mauricio!
Me lo decía con tal mezcla de seriedad y de jarana, que no pude menos
que reirme y prometerle trabajar para que se fuera á la ciudad en
buenas condiciones. Y escapé con el pretexto de abrazar á mamita, que
estaría aguardándome ansiosa.
Lo estaba, efectivamente, y se arrojó en mis brazos llorando y riendo
á la vez, sin atinar á decir otra cosa que «¡Mi hijito! ¡Mi hijito!»
como si yo acabara de resucitar. Mucho me costó conseguir que calmara
sus transportes y se sentara en aquel comedor desmantelado y pobre, tan
lleno de recuerdos como vacío de muebles. Entonces pude verla. En la
soledad había envejecido con una rapidez increíble. Diríase que era más
baja, mucho más delgada, con la columna vertebral como un arco, y así,
tan menuda, tan llena de arrugas, con sus bandós blancoceniciento, mi
pobre vieja estaba «hecha una pasita». Sonreía, sin embargo, entre las
lágrimas que seguían corriéndole por las mejillas descarnadas.
--¿Te quedarás ahora?--me preguntó.
--Sí. Unos cuantos días...
--¡Otra vez separarnos!
--Es preciso, mamita, si usted no quiere venirse conmigo á la ciudad...
Yo no tengo nada que hacer en Los Sunchos...
--¿Nada?--y había como un reproche en su voz, al decirlo.--¡Es
cierto!... Los muchachos de hoy... Pero yo sí, tengo que hacer... Yo no
me puedo ir á la ciudad... Esperaré que vengas á verme... Pero, «vení»
más á menudo... Yo no puedo ir...
Después supe la razón de esta insistencia en quedarse: rendía á la
memoria de tatita un culto exagerado, casi enfermizo, llevada por sus
antiguas tendencias místicas, visitando todos los días el sepulcro que
había convertido en un jardín, y que llenaba, sin embargo, de flores
cortadas. No me hizo confidencia alguna, con la reserva característica
de algunas antiguas damas criollas, pero creo que desde que murió
tatita lo consideraba más suyo, más exclusivamente suyo, y renovaba
con su sombra la breve luna de miel. Si no, ¿cómo explicar la especie
de tibieza para conmigo, fenómeno extraordinario que le permitía vivir
voluntariamente separada de mí? ¿Por amor á Los Sunchos? ¿Por temor á
otro abandono, análogo al de su marido viviente? ¿Por amor póstumo que
sentía correspondido desde la tumba?...
Cumplidos estos deberes y llenadas otras formalidades, me ocupé
de estudiar en sus detalles la situación de Los Sunchos. Habíanse
producido algunos cambios, profundos á primera vista: Don Sócrates
Casajuana no era ya intendente municipal ni don Temístocles Guerra
presidente de la Municipalidad. Pero, ¡no haya miedo! El trastorno no
había sido tan radical, porque don Temístocles ejercía la intendencia
y don Sócrates la presidencia, gracias á una serie de hábiles permutas
iniciada años atrás. No siendo reelegible el intendente, habían hallado
este medio de monopolizar el poder en bien de los sunchalenses, sin
tener ya, siquiera, la amable fiscalización de don Higinio. Y jugaban á
las «dos esquinas». Hallábame, pues, en terreno amigo, y podía tentar
la realización del negocio.
--¡La cosa puede hacerse, pero esa maldita oposición!--exclamó
Casajuana, cuando los llamé á conferenciar.
--¡Ahora no lo dejan á uno dar ni siquiera un paso, esos
indinos!--exclamó Guerra.
--¡Vaya, don Temístocles! ¡Vaya, don Sócrates!--dije, riendo
irónicamente.--¡Si la oposición pide á gritos la apertura de las
calles! ¿Ó es que me quieren tomar de ahijado?
Casajuana, el más ladino, se apresuró á contestar, teniendo ya, sin
duda, preparada la objeción... y un rosario de objeciones más, si no
veía claro su provecho:
--¡Ah! pero los opositores alegan que el terreno de las calles es de
propiedad municipal, y que debe volver gratuitamente al municipio.
--¿Cómo así? ¡Qué disparate!--protesté.
--No dejan de tener en qué fundarse. En el plano primitivo del pueblo,
que existe en los archivos, las calles aparecen abiertas en toda su
extensión.
--Ni aunque así fuera--objeté.--Siempre faltaría saber si el derecho de
propiedad no es anterior á ese plano.
--La escritura es posterior--dijo don Sócrates.--Yo mismo he comparado
las fechas. Y lo que «embarra» más las cosas, es que se trata de
terrenos vendidos por la misma Municipalidad.
--¿Con obligación de abrir las calles?
--Eso cae de su peso. Además, ahí está el plano.
--Habría que ver la escritura, que seguramente no habla de las
calles... Y, en último caso, no sé á qué viene ese plano en los
archivos... Allí no hace falta.
Y buscando los eufemismos más hábiles, las «agachadas» criollas, toda
la dialéctica de que era capaz, les insinué que les daría una amplia
participación en el negocio, si eran bastante «gauchos» para allanar
esas dificultades y otras que pudieran presentarse. Como riéndose de
mis melindres, y antes de que me hubiera atrevido á hablarles claro,
comenzaron á debatir la cuestión á cartas vistas, con tanta libertad
como si se tratara de la más lícita de las compraventas. En suma, que
me sacaron un buen pedazo de terreno, y unos cuantos «lotecitos» para
Miró, tesorero municipal, Antonio Casajuana, hermano del presidente
de la Municipalidad, mi antiguo jefe, y varios miembros del Concejo,
cuyos votos había que conquistar. Accedí á todo, que no era mucho, en
la relatividad de las cosas, si se tiene en cuenta que yo les daba
terrenos casi sin valor, que ellos me retribuían con dinero, ajeno si
se quiere, pero contante y sonante. En efecto, la Municipalidad iba á
pagarme á elevado precio la superficie de las calles que duplicarían,
precisamente, el valor de mis solares.
Tuve que vencer otra resistencia más grande: la de mamita, que no
quería por nada ni que se dividiera la propiedad, ni mucho menos que
se sacara á la venta una parte de ella, como era mi proyecto. Quería
conservar la chacra tal y como era en vida de su marido, y toda
modificación le parecía un crimen.
--¡Pero si todo es tuyo!--exclamaba.--Espérate á que me muera, y lo
tendrás, como lo tienes desde ahora, pero no para fraccionarlo ni para
tirarlo á la calle. ¡Fernando no hubiera vendido ni dividido jamás la
chacra!...
--¡Si le convenía, sí, mamita; no lo dude!
Sólo después de discusiones interminables, conseguí que consintiera en
pedir la división judicial de condominio. De otra manera, siempre me
hubiera sido imposible realizar el negocio tan hábilmente planteado.
El sentimiento es mal consejero en países así, como el nuestro, donde
los grandes patrimonios no pueden pasar íntegros de generación en
generación como en Inglaterra y algunas partes de Alemania. Ni tampoco
hay para qué, porque los medios de hacer fortuna suelen ser muy otros.
En fin, terminada mi campaña, me marché de Los Sunchos no sin tener
que soportar antes media docena de banquetes y tertulias con que
mis convecinos me agasajaron, convencidos ya de que yo les hacía
efectivamente honor, y olvidados de mis antiguas hazañas de pillete
imitador de mosqueteros, contrabandistas y bandidos. Pero, como
había salido de la ciudad en viaje de inspección á las policías de
los departamentos, no podía dejar de visitar, siquiera por fórmula,
la Comisaría de Los Sunchos, que seguía rigiendo mi viejo amigo
don Sandalio Suárez, el más asiduo de los concurrentes á todas las
manifestaciones de simpatía que se me habían hecho.
Á la primera ojeada, comprendí que don Sandalio se «comía» veinte
vigilantes, es decir, que sólo tenía la mitad del personal señalado en
el presupuesto, y que el sueldo de la otra mitad servía para aumentar
decorosamente sus modestos emolumentos. Y, cuando pasé revista, me
divertí mucho viendo la cara que ponía al escuchar estas observaciones:
--¡Pero, don Sandalio! Ésta es demasiado poca gente para un
departamento tan grande como Los Sunchos. Habrá que aumentar el
personal. ¿Cuántos hombres tiene?
--Oh, no es necesario aumentarlos--contestó apresuradamente, rehuyendo
la cifra acusadora.--Estos son bastantes.
--Pero, ¿usted me «garante» la situación de Los Sunchos con estos
cuatro gatos, don Sandalio?--insistí.--¡Mire que ésta es una de las
policías más pobres!...
--¿Que si la garanto? ¡Ya lo creo! Dejá no más. Te podés ir tranquilo.
Aquí no se ha de mover una mosca. ¡No faltaba más! ¡Antes que eso
resucitaría el «contingente»!...
--¡Qué don Sandalio éste! ¡No se me asuste! ¡Si todavía hay otros más
comilones!...--dije, por fin, para tranquilizarlo sin pasar por sonso.
Me miró como á un Dios, y desde aquel punto creí en su fidelidad...
mientras continuara de jefe de policía.