XVII

Me pareció oportuno realizar el proyectado viaje á Buenos Aires, antes

de decidir lo que había de hacer. Pedí licencia á la Cámara y algunas

cartas de presentación de mis amigos del Gobierno para los «ases»

de la gran capital. Con esto, mi diploma de diputado, mi calidad de

periodista y mi apellido patricio, salí, seguro del éxito, en busca

de mis primeras aventuras bonaerenses. Las puertas del mundo oficial

y las de muchos salones provincianos, abriéronse de par en par ante

mí. Visité á varios miembros notables de mi familia, que ni siquiera

tenían noticia de mí, pero que me recibieron deferentemente, poniéndose

á mi disposición y dando por cumplidos todos sus deberes con esta

manifestación de cortesía.

Buenos Aires estaba, desgraciadamente, muy agitado. Respirábase allí

una atmósfera candente, nuncio de una tempestad. Los ciudadanos se

adiestraban en el uso de las armas y en el ejercicio militar, á vista

y paciencia del Gobierno de la nación, contra quien iban, impotente

para reprimirlos sino con una medida de fuerza que hubiera sido señal

de la revolución, quizá de la guerra civil. Las antiguas desavenencias

mezcladas de celos entre Buenos Aires y las provincias hacían crisis,

y esta crisis era amenazadora. En la doble capital no cabían los

dos grandes poderes, el nacional y el porteño, que se disputaban

la hegemonía, y el drama político empezado desde los albores de la

independencia, corría rápidamente á su desenlace. ¿Cuál sería éste?

¿Triunfaría la altiva Buenos Aires sobre todo el resto del país,

imponiéndose como la cabeza pensante á los demás miembros del cuerpo?

¿Lograríamos los provincianos abatir su orgullo y hacerla entrar en

razón? ¡Arduo problema cuya solución parecía exigir sangre!

Fuí á saludar, entretanto, al Presidente de la República, hombre

encantador, de maneras algo afectadas, muy fino, muy amable, tanto que,

á primera vista podría creérsele débil, femenil. Me parece estarlo

viendo, pequeñito, menudo, bien proporcionado, sin embargo, con la

frente ancha, coronada por cabellos largos, negros y ensortijados, ojos

llenos de inteligente viveza, bigote y perilla, negros también. Hablaba

con mesura, escogiendo las palabras, y sus frases tenían siempre

un ritmo cantante. Así, cuando hablaba en público, era una delicia

escucharle, porque se hubiera dicho que su oratoria era musical,

persuasiva y tranquilizadora como una caricia.

Me habló de mi provincia, de la suya, de la desgracia de nuestro país,

siempre agitado por disensiones intestinas y ofreciendo un espectáculo

de anarquía y violencia al mundo, que consideraba á las nuevas naciones

de la América del Sur, y, sobre todo, á la nuestra, como grupos de

chiquillos revoltosos, si no como tribus semiprimitivas, incapaces de

comprender la libertad, y, por lo tanto, de gozar de ella. Y, sin duda,

para no penetrar más en el fondo de las cosas y no hacer confidencias

intempestivas á un jovenzuelo que era, al fin y al cabo, desconocido,

se levantó, dando por terminada la audiencia. Nunca lo volví á ver,

pero conservo clara y viva la impresión que me produjo.

Poco duró mi permanencia en Buenos Aires, porque algunos dirigentes

del partido me aconsejaron que volviera á mi provincia, donde podía

hacer falta: la inminente rebelión de la capital porteña repercutiría,

quizás en alguna otra parte, y aunque mi provincia estuviera al abrigo

de todo temor y toda sospecha, como defensora decidida de la causa

nacional--eran sus palabras,--nunca es malo estar prevenido, y en

épocas de disturbios cada soldado debe ocupar su puesto. Me fuí, pues,

y véase cómo asocia uno egoísticamente á sus pequeñas necesidades,

los más grandes intereses colectivos: me fuí haciendo votos porque

estallara no una revolución, sino toda una guerra civil, convencido de

que en esta tragedia me sería más fácil desenlazar mi dramita íntimo,

de acuerdo con mis deseos, es decir, quedando libre de todo compromiso.

En la ciudad me esperaba una carta de don Higinio, todavía ignorante de

la desgracia que lo amenazaba. La abrí, no sin recelo. Se refería al

negocio de la chacra, que marchaba muy bien, gracias á su «muñequeo».

Había conseguido que la misma oposición clamara por la apertura de las

calles, creyendo hacerme daño al desmembrar «una posesión feudal, que,

como los castillos medioevales, dominaba al pueblo de Los Sunchos,

aunque sin protegerlo ni servirle, sino á modo de dique contra su

desarrollo natural». La Municipalidad fingía indignarse mucho contra

aquella pretensión; pero estaba, naturalmente, pronta á ceder en cuanto

él lo indicara. No era oportuno todavía, si se quería obtener una buena

indemnización.

Contingencia feliz é ingrata á la vez, que me dejó perplejo. Agregábase

un elemento más á mis vacilaciones que ya eran sobradas, aunque, en el

fondo, mi resolución fuera inmutable. Don Higinio, de cuya influencia

política necesitaba todavía, don Higinio, que, como buen criollo, era

muy capaz de vengarse sangrientamente de mí, preparando este brillante

negocio, me obligaba aún más á contemporizar con él. ¿Cómo salvarme

del compromiso, cómo ganar tiempo, al menos?... Á fuerza de buscar, se

me ocurrió una idea luminosa, y escribí á la muchacha, en una forma

ambigua, sólo clara para ella, diciéndole que más que nunca guardara su

secreto, y á don Higinio preguntándole si iría pronto á la ciudad, pues

me urgía hablarle de un asunto muy importante que no podía tratarse por

cartas, pero que tampoco era cuestión de días más ó menos. Un «se trata

de mi felicidad», debía sugerirle el tema probable de la entrevista.

Me precipitaba hacia el escándalo, precisamente para contrarrestarlo,

y elegía la ciudad, donde las cosas más graves, las que serían

catástrofes en una aldea, pueden pasar inadvertidas, y donde toda

defensa es más fácil. En aquel teatro se equilibraban mejor nuestro

poder y nuestras armas.

Como lo había supuesto, el viejo se precipitó á la cita. Creo que

estaba más contento que la misma Teresa, pues creía realizar un sueño

de muchos años y crear para sus nietos toda una aristocracia, dándoles

al propio tiempo gran fortuna, elevada posición y un nombre envidiable,

un apellido patricio.

--¡Don Higinio!--exclamé al verlo.--Mi asunto no corría tanta prisa.

--No--dijo ladinamente.--Si he venido por otras muchas cosas; y de paso

es natural que te pregunte lo que querés.

--Yo hubiera debido ir á Los Sunchos; pero ya comprende usted que mis

ocupaciones de la Cámara me lo impiden.

No había ido, temiendo, además de lo que ya he dicho, las escenas con

Teresa, y su posible indiscreción... ¡Oh! las mujeres saben callar,

pero de repente, cuando no hay peligro ó á ellas les parece que no lo

hay, se les va la lengua y arman un enredo, sin querer.

--Se trata de Teresa--agregué.--Usted bien sabe que nos queremos

desde hace mucho, desde que éramos muchachos. ¿Nos dará usted su

consentimiento para casarnos?

--¡Pero, hijito, cómo no! ¡Si es mi mayor deseo, y cuanto antes!

Me abrazó conmovido.

--Cuanto antes, me parece mucho decir. Yo creo que será mejor esperar

hasta el año que viene. Mis asuntos no están bien claros y los recursos

no son muchos, mientras no se arregle lo de la chacra.

--Se arreglará. Y, además, yo soy bastante rico para que no les falte

nada.

--Otra cosa: tengo que preocuparme de mi posición y no puedo descuidar

ni un momento la política, si he de hacer camino. Debo frecuentar

asiduamente la sociedad, los comités, el club, la casa de gobierno, la

Legislatura. Todo pinta muy bien; pero, con la desgraciada perspectiva

de una revolución en Buenos Aires, quizá de una guerra civil, si me

casara ahora, tendría que abandonar á mi mujercita ó no cumplir con los

deberes que me imponen mi puesto y mi partido...

--¿Y cuándo, entonces?

--¡Oh! el año que viene, á más tardar. El año que viene estará

completamente despejada la situación del país y la mía...

Un relámpago de recelo atravesó por los ojos de don Higinio. Le parecía

extraño--y me lo dijo,--que una vez resuelto á casarme, lo dejara

para más tarde, sin ardor juvenil de inmediata realización. Que antes

vacilara, sí, es comprensible; pero, decidido ya, la demora resultaba

menos natural. ¡En fin! que él no hubiera obrado así, y en su tiempo

la gente se casaba sin preocuparse de las revoluciones. ¡Pero, sobre

gustos no hay nada escrito!

--Será, pues, para el año que viene. Escríbele á Teresa. Yo mismo le

llevaré la carta para ver la cara que pone.

¡Escribirle! Siempre he tenido miedo de escribir cosas comprometedoras,

y la carta anterior me había costado prodigios de ingenio. Salí del

paso lo mejor que pude.

--Ella ya sabe--dije.--Lo sabe desde antes de venirme á la ciudad.

--¡Ah, picarones!... ¡y qué calladito lo tenían!

Se quedó todo el día conmigo, haciendo proyectos, castillos en el aire,

como si él fuera el novio. Seríamos reyes en Los Sunchos, y en la

ciudad, y en el mismo Buenos Aires, donde Teresa brillaría un día como

una reina.

Aquí se me escapó una réplica, que tuvo más tarde consecuencias

trascendentales.

--Déjese de eso, viejo--le dije.--Teresa es demasiado modesta para que

se pueda lucir en Buenos Aires. De allí vengo, y debo prevenirle que

las mujeres tienen una educación muy distinta, son grandes señoras, no

muchachas ignorantes, como las de nuestros pueblitos de provincia.

Se quedó mirándome, sin replicar palabra, como si mi frase le hubiera

producido la más honda impresión, y nuestra charla terminó con esto.

Cuatro días después, una carta de Teresa me daba noticia de lo ocurrido

en Los Sunchos, á la llegada de don Higinio. Éste, loco de alegría,

le había dicho que yo acababa de pedir su mano. Ella, cuando el viejo

agregó que el casamiento se celebraría el año siguiente, no pudo

reprimir un grito:

--¡Cómo el año que viene! ¡Es imposible, imposible! ¡Si mucho antes!...

El viejo, alarmado, aunque sin dar toda su significación á estas

palabras, preguntó, suplicó, amenazó, y al fin lo supo todo. Su cólera

fué indescriptible. Quería montar á caballo y correr á la ciudad á

llevarme «de una oreja» para hacerme casar inmediatamente ó matarme

como á un perro si me resistía. Y lo hubiera hecho como lo decía, si

no le hubiera dado un ataque á la cabeza, que lo dejó tendido en medio

del patio, mientras apretaba la cincha á su alazán. ¿No digo que las

mujeres, tan reservadas siempre, siempre son indiscretas cuando sufren

una gran emoción? Pero, en fin, el mal trago había que pasarlo, tarde ó

temprano. Por fortuna, el bendito ataque vino á cambiar completamente

el rumbo de las cosas, porque don Higinio me casa, como hay Dios que

me casa ó me mata, si no pierde el sentido y no tiene que guardar cama

después, muchos días, con ventosas, cáusticos, sangrías y toda la

terapéutica provinciana de aquel entonces.

Otras cartas de Teresa me tranquilizaron. Haciendo de enfermera del

viejo había logrado enternecerlo, impedirle que provocara un conflicto,

gracias á su debilidad momentánea, á su cariño de padre y á la

confianza que tenía en mi caballerosidad. Lo hecho, hecho estaba. Había

que ocultar la falta, lo mejor posible; cuando nos casáramos, que debía

ser inmediatamente, iríamos á hacer un largo viaje á Chile, á Europa,

al Paraguay, á cualquier parte, y volveríamos con nuestro hijo, sin que

nadie tuviera nada que decir. Pero el viejo «quería, tenía que hablar

conmigo, cantarme la cartilla, exigirme seguridades de que cumpliría mi

palabra, si no me obligaba á casarme en seguida. ¡Esto sería lo mejor!»

La idea de venganza, la de sangre, había pasado por el momento; pero

el peligro cambiaba de aspecto: el casamiento sería ineludible, si yo

no quería sentir la pesada mano de don Higinio, ó, por el contrario,

hacerle sentir la mía y provocar con ello un terrible escándalo que

haría fijarse todas las miradas en nosotros y que necesariamente sería

muy perjudicial para mi porvenir, porque, si bien las faltas y aun

los delitos pueden perdonarse y hasta olvidarse en provincias, si no

trascienden mucho y se ha sabido guardar las formas, la condenación

general, implacable, persigue á los que violentamente perturban el buen

orden social.

Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira · 第 23 / 53 题