Me pareció oportuno realizar el proyectado viaje á Buenos Aires, antes
de decidir lo que había de hacer. Pedí licencia á la Cámara y algunas
cartas de presentación de mis amigos del Gobierno para los «ases»
de la gran capital. Con esto, mi diploma de diputado, mi calidad de
periodista y mi apellido patricio, salí, seguro del éxito, en busca
de mis primeras aventuras bonaerenses. Las puertas del mundo oficial
y las de muchos salones provincianos, abriéronse de par en par ante
mí. Visité á varios miembros notables de mi familia, que ni siquiera
tenían noticia de mí, pero que me recibieron deferentemente, poniéndose
á mi disposición y dando por cumplidos todos sus deberes con esta
manifestación de cortesía.
Buenos Aires estaba, desgraciadamente, muy agitado. Respirábase allí
una atmósfera candente, nuncio de una tempestad. Los ciudadanos se
adiestraban en el uso de las armas y en el ejercicio militar, á vista
y paciencia del Gobierno de la nación, contra quien iban, impotente
para reprimirlos sino con una medida de fuerza que hubiera sido señal
de la revolución, quizá de la guerra civil. Las antiguas desavenencias
mezcladas de celos entre Buenos Aires y las provincias hacían crisis,
y esta crisis era amenazadora. En la doble capital no cabían los
dos grandes poderes, el nacional y el porteño, que se disputaban
la hegemonía, y el drama político empezado desde los albores de la
independencia, corría rápidamente á su desenlace. ¿Cuál sería éste?
¿Triunfaría la altiva Buenos Aires sobre todo el resto del país,
imponiéndose como la cabeza pensante á los demás miembros del cuerpo?
¿Lograríamos los provincianos abatir su orgullo y hacerla entrar en
razón? ¡Arduo problema cuya solución parecía exigir sangre!
Fuí á saludar, entretanto, al Presidente de la República, hombre
encantador, de maneras algo afectadas, muy fino, muy amable, tanto que,
á primera vista podría creérsele débil, femenil. Me parece estarlo
viendo, pequeñito, menudo, bien proporcionado, sin embargo, con la
frente ancha, coronada por cabellos largos, negros y ensortijados, ojos
llenos de inteligente viveza, bigote y perilla, negros también. Hablaba
con mesura, escogiendo las palabras, y sus frases tenían siempre
un ritmo cantante. Así, cuando hablaba en público, era una delicia
escucharle, porque se hubiera dicho que su oratoria era musical,
persuasiva y tranquilizadora como una caricia.
Me habló de mi provincia, de la suya, de la desgracia de nuestro país,
siempre agitado por disensiones intestinas y ofreciendo un espectáculo
de anarquía y violencia al mundo, que consideraba á las nuevas naciones
de la América del Sur, y, sobre todo, á la nuestra, como grupos de
chiquillos revoltosos, si no como tribus semiprimitivas, incapaces de
comprender la libertad, y, por lo tanto, de gozar de ella. Y, sin duda,
para no penetrar más en el fondo de las cosas y no hacer confidencias
intempestivas á un jovenzuelo que era, al fin y al cabo, desconocido,
se levantó, dando por terminada la audiencia. Nunca lo volví á ver,
pero conservo clara y viva la impresión que me produjo.
Poco duró mi permanencia en Buenos Aires, porque algunos dirigentes
del partido me aconsejaron que volviera á mi provincia, donde podía
hacer falta: la inminente rebelión de la capital porteña repercutiría,
quizás en alguna otra parte, y aunque mi provincia estuviera al abrigo
de todo temor y toda sospecha, como defensora decidida de la causa
nacional--eran sus palabras,--nunca es malo estar prevenido, y en
épocas de disturbios cada soldado debe ocupar su puesto. Me fuí, pues,
y véase cómo asocia uno egoísticamente á sus pequeñas necesidades,
los más grandes intereses colectivos: me fuí haciendo votos porque
estallara no una revolución, sino toda una guerra civil, convencido de
que en esta tragedia me sería más fácil desenlazar mi dramita íntimo,
de acuerdo con mis deseos, es decir, quedando libre de todo compromiso.
En la ciudad me esperaba una carta de don Higinio, todavía ignorante de
la desgracia que lo amenazaba. La abrí, no sin recelo. Se refería al
negocio de la chacra, que marchaba muy bien, gracias á su «muñequeo».
Había conseguido que la misma oposición clamara por la apertura de las
calles, creyendo hacerme daño al desmembrar «una posesión feudal, que,
como los castillos medioevales, dominaba al pueblo de Los Sunchos,
aunque sin protegerlo ni servirle, sino á modo de dique contra su
desarrollo natural». La Municipalidad fingía indignarse mucho contra
aquella pretensión; pero estaba, naturalmente, pronta á ceder en cuanto
él lo indicara. No era oportuno todavía, si se quería obtener una buena
indemnización.
Contingencia feliz é ingrata á la vez, que me dejó perplejo. Agregábase
un elemento más á mis vacilaciones que ya eran sobradas, aunque, en el
fondo, mi resolución fuera inmutable. Don Higinio, de cuya influencia
política necesitaba todavía, don Higinio, que, como buen criollo, era
muy capaz de vengarse sangrientamente de mí, preparando este brillante
negocio, me obligaba aún más á contemporizar con él. ¿Cómo salvarme
del compromiso, cómo ganar tiempo, al menos?... Á fuerza de buscar, se
me ocurrió una idea luminosa, y escribí á la muchacha, en una forma
ambigua, sólo clara para ella, diciéndole que más que nunca guardara su
secreto, y á don Higinio preguntándole si iría pronto á la ciudad, pues
me urgía hablarle de un asunto muy importante que no podía tratarse por
cartas, pero que tampoco era cuestión de días más ó menos. Un «se trata
de mi felicidad», debía sugerirle el tema probable de la entrevista.
Me precipitaba hacia el escándalo, precisamente para contrarrestarlo,
y elegía la ciudad, donde las cosas más graves, las que serían
catástrofes en una aldea, pueden pasar inadvertidas, y donde toda
defensa es más fácil. En aquel teatro se equilibraban mejor nuestro
poder y nuestras armas.
Como lo había supuesto, el viejo se precipitó á la cita. Creo que
estaba más contento que la misma Teresa, pues creía realizar un sueño
de muchos años y crear para sus nietos toda una aristocracia, dándoles
al propio tiempo gran fortuna, elevada posición y un nombre envidiable,
un apellido patricio.
--¡Don Higinio!--exclamé al verlo.--Mi asunto no corría tanta prisa.
--No--dijo ladinamente.--Si he venido por otras muchas cosas; y de paso
es natural que te pregunte lo que querés.
--Yo hubiera debido ir á Los Sunchos; pero ya comprende usted que mis
ocupaciones de la Cámara me lo impiden.
No había ido, temiendo, además de lo que ya he dicho, las escenas con
Teresa, y su posible indiscreción... ¡Oh! las mujeres saben callar,
pero de repente, cuando no hay peligro ó á ellas les parece que no lo
hay, se les va la lengua y arman un enredo, sin querer.
--Se trata de Teresa--agregué.--Usted bien sabe que nos queremos
desde hace mucho, desde que éramos muchachos. ¿Nos dará usted su
consentimiento para casarnos?
--¡Pero, hijito, cómo no! ¡Si es mi mayor deseo, y cuanto antes!
Me abrazó conmovido.
--Cuanto antes, me parece mucho decir. Yo creo que será mejor esperar
hasta el año que viene. Mis asuntos no están bien claros y los recursos
no son muchos, mientras no se arregle lo de la chacra.
--Se arreglará. Y, además, yo soy bastante rico para que no les falte
nada.
--Otra cosa: tengo que preocuparme de mi posición y no puedo descuidar
ni un momento la política, si he de hacer camino. Debo frecuentar
asiduamente la sociedad, los comités, el club, la casa de gobierno, la
Legislatura. Todo pinta muy bien; pero, con la desgraciada perspectiva
de una revolución en Buenos Aires, quizá de una guerra civil, si me
casara ahora, tendría que abandonar á mi mujercita ó no cumplir con los
deberes que me imponen mi puesto y mi partido...
--¿Y cuándo, entonces?
--¡Oh! el año que viene, á más tardar. El año que viene estará
completamente despejada la situación del país y la mía...
Un relámpago de recelo atravesó por los ojos de don Higinio. Le parecía
extraño--y me lo dijo,--que una vez resuelto á casarme, lo dejara
para más tarde, sin ardor juvenil de inmediata realización. Que antes
vacilara, sí, es comprensible; pero, decidido ya, la demora resultaba
menos natural. ¡En fin! que él no hubiera obrado así, y en su tiempo
la gente se casaba sin preocuparse de las revoluciones. ¡Pero, sobre
gustos no hay nada escrito!
--Será, pues, para el año que viene. Escríbele á Teresa. Yo mismo le
llevaré la carta para ver la cara que pone.
¡Escribirle! Siempre he tenido miedo de escribir cosas comprometedoras,
y la carta anterior me había costado prodigios de ingenio. Salí del
paso lo mejor que pude.
--Ella ya sabe--dije.--Lo sabe desde antes de venirme á la ciudad.
--¡Ah, picarones!... ¡y qué calladito lo tenían!
Se quedó todo el día conmigo, haciendo proyectos, castillos en el aire,
como si él fuera el novio. Seríamos reyes en Los Sunchos, y en la
ciudad, y en el mismo Buenos Aires, donde Teresa brillaría un día como
una reina.
Aquí se me escapó una réplica, que tuvo más tarde consecuencias
trascendentales.
--Déjese de eso, viejo--le dije.--Teresa es demasiado modesta para que
se pueda lucir en Buenos Aires. De allí vengo, y debo prevenirle que
las mujeres tienen una educación muy distinta, son grandes señoras, no
muchachas ignorantes, como las de nuestros pueblitos de provincia.
Se quedó mirándome, sin replicar palabra, como si mi frase le hubiera
producido la más honda impresión, y nuestra charla terminó con esto.
Cuatro días después, una carta de Teresa me daba noticia de lo ocurrido
en Los Sunchos, á la llegada de don Higinio. Éste, loco de alegría,
le había dicho que yo acababa de pedir su mano. Ella, cuando el viejo
agregó que el casamiento se celebraría el año siguiente, no pudo
reprimir un grito:
--¡Cómo el año que viene! ¡Es imposible, imposible! ¡Si mucho antes!...
El viejo, alarmado, aunque sin dar toda su significación á estas
palabras, preguntó, suplicó, amenazó, y al fin lo supo todo. Su cólera
fué indescriptible. Quería montar á caballo y correr á la ciudad á
llevarme «de una oreja» para hacerme casar inmediatamente ó matarme
como á un perro si me resistía. Y lo hubiera hecho como lo decía, si
no le hubiera dado un ataque á la cabeza, que lo dejó tendido en medio
del patio, mientras apretaba la cincha á su alazán. ¿No digo que las
mujeres, tan reservadas siempre, siempre son indiscretas cuando sufren
una gran emoción? Pero, en fin, el mal trago había que pasarlo, tarde ó
temprano. Por fortuna, el bendito ataque vino á cambiar completamente
el rumbo de las cosas, porque don Higinio me casa, como hay Dios que
me casa ó me mata, si no pierde el sentido y no tiene que guardar cama
después, muchos días, con ventosas, cáusticos, sangrías y toda la
terapéutica provinciana de aquel entonces.
Otras cartas de Teresa me tranquilizaron. Haciendo de enfermera del
viejo había logrado enternecerlo, impedirle que provocara un conflicto,
gracias á su debilidad momentánea, á su cariño de padre y á la
confianza que tenía en mi caballerosidad. Lo hecho, hecho estaba. Había
que ocultar la falta, lo mejor posible; cuando nos casáramos, que debía
ser inmediatamente, iríamos á hacer un largo viaje á Chile, á Europa,
al Paraguay, á cualquier parte, y volveríamos con nuestro hijo, sin que
nadie tuviera nada que decir. Pero el viejo «quería, tenía que hablar
conmigo, cantarme la cartilla, exigirme seguridades de que cumpliría mi
palabra, si no me obligaba á casarme en seguida. ¡Esto sería lo mejor!»
La idea de venganza, la de sangre, había pasado por el momento; pero
el peligro cambiaba de aspecto: el casamiento sería ineludible, si yo
no quería sentir la pesada mano de don Higinio, ó, por el contrario,
hacerle sentir la mía y provocar con ello un terrible escándalo que
haría fijarse todas las miradas en nosotros y que necesariamente sería
muy perjudicial para mi porvenir, porque, si bien las faltas y aun
los delitos pueden perdonarse y hasta olvidarse en provincias, si no
trascienden mucho y se ha sabido guardar las formas, la condenación
general, implacable, persigue á los que violentamente perturban el buen
orden social.