XVIII

La situación política se hacía más tirante cada vez, el interior

estaba agitado y receloso, Buenos Aires con las armas en la mano,

dispuesta á romper las hostilidades contra el Gobierno nacional,

contando con la ayuda más ó menos ilusoria de dos ó tres provincias.

Nosotros, en realidad, no teníamos nada grave que temer, pues nuestro

pueblo es tradicionalmente adversario del porteño; pero en épocas tan

revueltas, nunca faltan ambiciosos que aprovechan las circunstancias,

y la oposición local era muy capaz de servirse de ellas para provocar

un cambio de Gobierno que la llevara al poder. Así lo comprendíamos

los que pulsábamos la situación con alguna perspicacia. Era fácil

ver que los opositores se movían disimuladamente, preparando algo,

un golpe de mano ó una revolucioncita de las que tanto abundaban por

aquellos tiempos. No tenían, sin duda alguna, la menor intención de

ayudar á Buenos Aires, pero desde hacía mucho soñaban con derribar al

Gobernador, don Carlos Camino, de quien hablaban pestes, quitándole al

diablo para ponerle á él. No administraba Camino peor que otros, pero

no podían perdonársele sus costumbres disolutas, y, especialmente, su

afición al bello sexo de baja estofa, que lo lanzaba á inconfesables

aventuras en las que sólo le seguía su asistente, Gaspar Cruz, paisano

retobado, valiente como las armas, fiel como un perro, para quien

el mundo estaba exclusivamente cifrado en el Gobernador, persona

excepcional, casi divina, según su cerebro obtuso y fetichista. Marido

de una matrona ejemplar, casta y piadosa, padre de dos lindas muchachas

candorosas é inteligentes, Camino era considerado realmente como un

criminal, en los círculos austeros, y aparente y utilitariamente en los

que no lo eran tanto, pero podían aprovecharse de su desprestigio. En

suma, muchos le tenían por una especie de tirano corrompido, y, si no

contribuían á derrocarlo, no harían nada por sostenerlo, tampoco.

Vi muy claras las ventajas que me ofrecía aquella situación, y no

tardé en utilizarlas. Una noche que, con otros personajes, estaba de

visita en casa del Gobernador, llevé la conversación á las agitaciones

populares, declarando que, á mi juicio, eran mucho más graves de lo que

se creía. Varias personas, con ese espíritu de torpe adulación que hace

negar hasta la evidencia, si ésta puede ser desagradable al que quieren

lisonjear, y aunque con ello le expongan á los mayores peligros, me

replicaron entre risas que estaba viendo visiones, y que me asustaba de

fantasmas.

--¡No! ¡no hablo á tontas y á locas!--exclamé.--Tengo datos, y si el

Gobernador quiere escucharme y seguir mi consejo, no durmiéndose en

las pajas, podrá evitarse un mal rato. Más tarde, ya no sería tiempo.

Camino quedó un tanto preocupado, pero supo disimular, y, al cabo de

un momento, me llamó aparte para que le contara lo que sabía. Exageré

un poco, creyéndolo necesario para mis fines. La oposición se armaba

secretamente--lo que era cierto,--tenía en la ciudad verdaderos

arsenales, mucha gente comprometida, paisanos que entrarían en campaña

á la primera señal, una especie de logia revolucionaria que funcionaba

todas las noches, y hasta inteligencias en la misma policía, muchos de

cuyos agentes estaban complotados.

--¡Pero qué hace don Mariano!--exclamó el Gobernador, alarmado,

refiriéndose al viejo Villoldo, jefe de policía.

--Don Mariano no ve más allá de sus narices, está medio chocho y

toda la vida ha sido débil--contesté.--Y en estos momentos lo que se

necesita es un hombre resuelto, que no se preocupe de «legalidades» ni

se ande con paños calientes...

--¿Dónde encontrar ese hombre?

--¡Vamos, Gobernador! ¿No lo tiene delante?

--¿Usted? ¿Usted se considera capaz?...

--¿De sofocar ó de impedir una revolución? ¡Sí, Gobernador, muy capaz!

Si usted me da la jefatura de policía y me deja completa libertad de

acción, le aseguro que antes de quince días todo estará más tranquilo

que nunca. Pero, ¡eso sí! ¡nada de escrúpulos tontos y carta blanca

para mí! Habrá que meter bastante gente en la cárcel.

--Pero, la opinión...

--¡Bah! En las circunstancias actuales hay que hacer la pata ancha;

además, no pueden ser más favorables, porque con la agitación completa

del país, un detalle más uno menos, viene á ser la misma cosa. ¡Déjeme

hacer, Gobernador, y verá como todo sale bien!

--¡Bueno... lo pensaré!--murmuró, perplejo.

--No. No es cuestión de perder tiempo. Hay que decidirse. Nómbreme ó

no me nombre á mí, don Mariano Villoldo no puede quedar en su puesto

si usted quiere seguir en el gobierno. Es cuestión de días, quizá de

horas, y puede que en este mismo momento se esté preparando la ratonera.

--¡Bien! ¡Está dicho!... Voy á llamar á don Mariano, y mañana será

usted jefe de policía.

--Entendido que conservaré mi banca en la Legislatura...

--¿Cómo? ¿Y la Constitución?

--Es un librito, decía el viejo Vélez. La Constitución no dice que

un diputado no puede ser jefe de policía. Y aunque lo dijera, en

circunstancias tan excepcionales... Me interesa conservar el puesto por

si algún día dejo la policía... ó á usted se le antoja quitármela...

--En fin, la Cámara decidirá.

--No. Si ahora mismo voy á pedir licencia por tiempo indeterminado. ¡Y

carta blanca, eh! ¡Necesito poder obrar resueltamente, como un rayo, en

el momento oportuno!...

Don Mariano Villoldo renunció aquella noche, á pedido del Gobernador,

y al día siguiente comencé á ejercer mis nuevas funciones de jefe

político de la provincia, con gran sorpresa de todo el mundo, porque

nadie se explicaba tan enorme salto. Abundaron las críticas, porque «un

mocozuelo» al frente de la policía no podía hacer más que barrabasadas.

Pero dejé hablar y me dediqué á reorganizar mi gente, valiéndome de

los comisarios y oficiales en quienes se podía tener confianza. La

tarea era ardua, tanto más cuanto que debía llevar de frente al propio

tiempo, las averiguaciones de lo que tramaba la oposición, y hallar

ó inventar una buena oportunidad para poner presos á los cabecillas,

secuestrarles las armas y quitarles las ganas, por un tiempo, de

meterse á revoltosos. Día y noche pasaba en el despacho, dando órdenes,

escuchando partes y confidencias, recibiendo espías, amonestando á

subalternos dudosos, pero de quienes todavía se podía esperar algo.

Hasta dormía en mi despacho, para estar «al pie del cañón». Los

opositores se reunían unas veces en una parte, otras en otra, nunca

dos días en el mismo sitio, pero no me sería difícil sorprenderlos en

cuanto quisiera, pues no me faltaban indicaciones oportunas del local

elegido. Sin embargo, no precipité las cosas, para no dar golpe en vago

ni provocar demasiada crítica.

En esto, sobrevino el rompimiento entre el Gobierno Nacional y el de

Buenos Aires, como si quisieran servirme exclusivamente á mí, tanto en

los asuntos privados cuanto en los políticos. Llegóme, aun antes que al

Gobernador, noticia de los sucesos: el Presidente de la República, sus

ministros y gran parte del Congreso habían abandonado la ciudad rebelde

que se fortificaba, y á la que ponía sitio el ejército de línea. La

lucha iba á ser terrible, pues los porteños parecían dispuestos á no

cejar y tenían numerosas fuerzas de guardias nacionales, de voluntarios

criollos y extranjeros, y algunas tropas veteranas. La ciudad estaba

rodeada de fosos y trincheras y los puestos avanzados defendidos

estratégicamente. Era una revolución en regla, como no la había habido

desde muchos años atrás, y como era de temerlo, dados los largos y

ostensibles preparativos... El país entero se hallaba bajo el estado de

sitio.

En cuanto supe esto y antes de que pudiera hacerse público, renuncié

á esperar otra oportunidad, y ya no traté de tomar reunidos á los

presuntos revolucionarios. Usando de los plenos poderes que tenía,

impartí mis órdenes, y corrí á casa de Camino, para darle cuenta de lo

que acababa de hacer.

--En estos momentos--le dije,--sacan de sus casas á todos los jefes

de la oposición, y por mi orden los llevan á la policía. Puede V. E.

estar tranquilo. Aunque no tema el más ligero disturbio, le mandaré un

piquete para su custodia, bajo las órdenes de un hombre de confianza.

¡Todo va bien!

Quiso pedirme mayores datos, pero dejé los detalles para más tarde,

limitándome á decir que Buenos Aires acababa de sublevarse, como se

temía, y agregando:

--Ya comprende, Gobernador, que con los sucesos de Buenos Aires todo

está justificado y nadie tendrá nada que decir. En cuanto secuestre las

armas, y después de tenerlos un tiempo á la sombra, para que aprendan

á no meterse á sonsos, los pondremos en libertad y ya no volverán á

alborotar en muchos años.

--Sí, pero, ¿y los ministros?

--¡Valiente preocupación! Reúnalos y dígales... Están acostumbrados á

callarse y aprobar.

Cuando volví á mi despacho comenzaban á llegar á la policía los

primeros detenidos, unos protestando enérgicamente contra el

«atropello», el allanamiento de su casa sin orden de juez, la violencia

contra sus personas, otros asustados y temblando, como criminales, los

menos serenos y dignos, diciéndose que desde un principio sabían á

lo que se exponían, algunos, por fin, suplicando que los pusieran en

libertad, porque ellos «no habían hecho nada», como los muchachos de

la escuela. En casos así, los gobiernos de provincia solían no ser muy

blandos que digamos, y vejaban á los opositores presos, encerrándolos

en calabozos inmundos, maltratándolos, obligándolos á hacer las tareas

más viles, como limpiar los excusados ó barrer las aceras y la plaza

pública. Esto se explica. Las autoridades, y especialmente la policial,

estaban siempre en manos de hombres rudos y toscos que habían ido, á

veces desde años enteros, amontonando rencores, y deseaban vengarse

de desaires y desprecios no por lo disimulados menos hirientes y

sangrientos. Yo no tenía nada que vengar y quise ser buen príncipe.

Ordené que se tratara á mis prisioneros con toda consideración, que se

les alojara lo mejor posible en las oficinas, que se les permitiera

hacerse llevar cama, ropa y comida, todo esto manteniéndolos, sin

embargo, incomunicados con el exterior, y hasta me digné hacer que uno

de mis subalternos les diera noticia de la revolución bonaerense, y

les explicara que el Gobierno se veía obligado á tomar precauciones

excepcionales, para la seguridad del país.

Entretanto, valiéndome de lo que habían descubierto mis espías y, sobre

todo, de lo que me revelaron algunos conspiradores débiles de carácter,

por librarse del castigo, y otros venales, por obtener recompensas,

supe dónde estaban ocultas las armas--casi todas,--y las hice recoger.

La conspiración quedaba sofocada: teníamos quince ó veinte opositores

de significación detenidos, y habíamos secuestrado un centenar de

fusiles viejos, casi inservibles, y otras tantas lanzas hechas con

cañas tacuaras y tijeras de esquilar.

En medio de toda esta agitación, tuve una sorpresa que en un principio

me fué ingratísima, pero que me llegaba, precisamente, en el momento

más favorable para mí, como no tardé en comprenderlo. Mi despacho

estaba lleno de gente, cuando un ordenanza me anunció que don Higinio

Rivas deseaba hablar conmigo. Había sonado la hora trágica. Un momento

estuve por retardarla, no recibiendo al viejo, pero me pareció

demasiada cobardía, y mirando al destino cara á cara, le hice entrar,

sin despedir á mis subalternos.

Casi no reconocí á don Higinio. La enfermedad lo había adelgazado y

debilitado mucho, y las preocupaciones, los sinsabores, el amor propio

herido, después de provocar un paroxismo de rabia, lo habían dejado

como inquieto y vacilante. Su cara de león manso, alargada y arrugada,

expresaba más bien melancolía que fiereza, y sus ojillos negros,

bajo las cejas blancas é hirsutas, no se fijaban ya ni resueltos ni

investigadores, sino que vagaban indecisos, de una á otra persona, de

uno á otro objeto.

--Quiero que hablemos solos--me dijo después de saludarme

desabridamente.

--Un momento, don Higinio, y estoy á su disposición. Tengo que dar

algunas órdenes... Pero siéntese... Las circunstancias son tan

graves... Afortunadamente, no tengo secretos para usted...

Di, entonces, con exagerada prosopopeya mis últimas instrucciones á

comisarios y oficiales, y me pareció conveniente--más por don Higinio

que por otra cosa,--extremar las disposiciones guerreras ofensivas y

defensivas: dispuse el acuartelamiento de los vigilantes con las armas

en la mano, la instalación de cantones en los puntos estratégicos para

defender la casa de Gobierno, la Municipalidad, la policía, el Banco,

los domicilios del Gobernador y los Ministros. Con esto, entraban y

salían empleados, presurosos, con aire importante, y don Higinio,

sorprendido, escuchaba con creciente atención, tanto que su rostro

comenzó á animarse y á tomar la astuta y resuelta expresión de antes.

El «politiquero», el caudillo despertaba en él. No me había equivocado

al esperarlo.

--Pero, ¿de qué se trata?--preguntó por fin, sin poderse contener.

--¿Cómo? ¿No sabe?

--Acabo de llegar de un galope de Los Sunchos. He dejado el caballo á

la puerta; no he visto á nadie, sino á tu sirviente que me dijo que

estabas aquí.

--Pues estamos en momentos muy difíciles. Ha estallado la revolución,

terrible, en Buenos Aires, y aquí se iban á sublevar también si no los

sorprendemos á tiempo. ¡Por eso me ve usted nada menos que de jefe de

policía, don Higinio!

--Jefe de policía... Revolución... ¡Y yo sin saber nada!...

Olvidando por un momento lo que lo llevaba, obedeciendo á sus

instintos, quiso saber cuanto ocurría, me pidió datos, aclaraciones,

detalles... El primer encuentro, que me hacía temblar, estaba atenuado

como por un para-golpes, por la oportunísima revolución, que Dios

bendiga. Y aun me era posible atenuarlo más, dificultando para después

cualquier choque violento.

--Usted llega como llovido del cielo--le dije en voz baja.--El piquete

que hace la guardia en casa del Gobernador, está mandado por un oficial

que no me inspira confianza. Usted podría ponerse al frente de él. ¡Es

necesario!

--Si crees que puedo servir...

--Voy á redactar la orden de que el piquete se ponga á su disposición.

Usted es amigo de Camino, y él estará más tranquilo á su lado.

Juzgué que había llegado el momento de hablar del asunto principal,

y mientras escribía, pedí que nos dejaran solos, indicando

reservadamente que alguien volviera al poco rato para interrumpir la

entrevista.

Al entregarle el pliego, me atreví á tomar al toro por las astas.

--¿Quiere decir que no ha venido por la revolución?

Se levantó, hosco y turbado, dió algunos pasos, como buscando la manera

de empezar, y estalló:

--¡No! ¡No vengo por eso! ¡Vengo por una cosa muy grave y muy triste,

por una cosa tremenda, Mauricio!... ¡Nunca lo hubiera creído!

Se interrumpió para dominarse, y con voz lenta y sorda, agregó luego:

--Tenés que casarte... inmediatamente.

--Inmediatamente, ¿por qué?

--¡Sí, inmediatamente! Teresa me lo ha confesado todo... No quiero

echarte en cara tu conducta, ni decirte lo que pienso de tu decencia.

Pero, eso sí, te lo repito: ¡Tenés que casarte inmediatamente!...

¡Estas son vergüenzas que no admiten los Rivas!

Con acento que busqué conmovido y firme al par:

--¡Bien sabe, don Higinio--repliqué,--bien sabe que quiero casarme y

que ya lo habría hecho si no fuera por la situación! Quiero á Teresa, y

ya que usted está al corriente de lo que pasa, le juro que no la dejaré

en mal lugar... ni á ella, ni á usted, que ha sido siempre como mi

segundo padre...

Noté en él cierta emoción. Temía, probablemente, encontrarse con la

negativa, con el drama, y la falta de resistencia lo hacía vacilar,

como después de un golpe en vago, y deslizarse hacia la comedia

sentimental.

--¿Te casarás inmediatamente?

--En cuanto sea posible.

--¿Me das tu palabra?

--Sí.

--¡Bueno!--y me estrechó la mano, con lágrimas en los ojos.--Entonces

mañana mismo nos iremos á Los Sunchos.

--¡Eso no puede ser, don Higinio! ¿En qué piensa? ¡Sería más que

una locura, una verdadera traición! En este puesto y en estas

circunstancias, soy militar, soy soldado, y no puedo desertar...

--Sí, pero, ¿y el honor de Teresa, y el mío? Te repito que la cosa

urge, que el escándalo va á venir, ¡y que yo eso no lo tolero!

Se había puesto rojo, reconquistando su cabeza de león... Yo acababa

de tocar disimuladamente la campanilla eléctrica... El comisario

de órdenes entró en el despacho. Le hice seña de que esperase, y

dirigiéndome á Rivas:

--Vaya tranquilo, viejo--le dije afectuosamente.--Todo se arreglará á

medida de sus deseos; todo. Ahora, á cumplir cada cual con su deber.

El Gobernador lo necesita. Defiéndalo, tome todas las medidas que le

parezca y téngame al corriente.

Quiso insistir, pero la presencia del comisario lo contuvo. Hizo un

ademán de descontento y salió.

Aquella misma noche hice que Camino lo nombrara comandante militar

extraordinario de Los Sunchos, con plenos poderes, encomendándole

la misión de impedir el paso, por el departamento, de partidas

revolucionarias procedentes de otras provincias, para lo cual se le dió

un piquete del guardia de cárceles, refuerzo necesario de la escasa

policía local. Debía prepararse, también, á movilizar la guardia

nacional en cuanto le llegara la orden.

Con esto ganaba tiempo. ¡Tiempo! No me era necesaria otra cosa, porque

sabía y sé cuánta es la fuerza de los hechos consumados. En cuanto

pasara el momento fisiológico que temíamos, en cuanto se impusiera lo

irremediable, en cuanto se comenzara á pensar «peor es meneallo», yo me

encontraría fuera ó casi fuera del atolladero. Con un poco de habilidad

y un poco de suerte, aquel cuasi drama sería, sólo, historia antigua...

Días después supe que don Higinio había enviado á Teresa á la chacra

de unas parientas pobres en quienes tenía plena confianza y que vivían

muy lejos de Los Sunchos, entre el pueblo y la ciudad. Comenzaba la

complicidad, provocada por el mismo «honor». Un esfuerzo más y me vería

libre para siempre. El esfuerzo necesario era toda una hazaña, pero

lo realicé. Fuí á ver á Teresa. Entre halagos y ternuras, le pinté mi

situación, mi porvenir, el grande ascenso obtenido y los que se me

ofrecían aún. Pero era preciso no ponerme piedras en el camino, era

preciso no comprometerme con un escándalo, era preciso llegar hasta el

sacrificio para ser felices después, como recompensa.

--¿Qué sacrificio?--me preguntó con su candor pronto ya á todas las

abnegaciones.

Se imponía retardar nuestro casamiento hasta que yo hubiera consolidado

mi posición. Y tuve la crueldad--de que ahora me arrepiento por sus

consecuencias,--de decirla que ella no estaba preparada ni por su

educación, ni por su saber, ni por su modo de vestir, para ser la digna

esposa de todo un personaje. Tenía que modificarse, que estudiar, que

ponerse á mi altura, y entonces...

--¿Pero qué pretexto darle á tatita?

--Dile que no tienes confianza en mí, que soy demasiado calavera, que

te haría desgraciada, que te mataría á disgustos y ¡que no quieres, en

fin!

La dejé llorando como una Magdalena, sin haber querido decirme si

accedía ó no á mis pretensiones. Pero me fuí tranquilo. ¡Conozco tanto

el corazón humano!

La revolución acabó pacíficamente en mi provincia, no sin sangre y

padecimientos en Buenos Aires, sitiada y, al fin, vencida--esta vez

para siempre,--por las fuerzas de la nación.

Al propio tiempo, nacía el nieto de don Higinio, sin que lo supiera en

un principio demasiada gente, así como después lo supo todo el mundo.

El viejo no volvió á verme, á causa, sin duda, de la actitud de Teresa,

y, avergonzado, meses más tarde, se fué á Buenos Aires con ella y el

niño. Al marcharse, la pobre me escribió recordándome mis «sagradas

promesas, más sagradas ahora que tenemos un hijo», y prometiéndome

esforzarse por ser toda una señora que me hiciera honor en cualquier

parte... ¡Oh, esperanza! ¡oh, candor! ¡oh, ilusiones!

Yo, entretanto, me limitaba á observar la realidad, á utilizarla, con

la vía libre, al fin.

Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira · 第 24 / 53 题