XVI

En la ciudad, alcancé un éxito que no me esperaba. Muchos de los

antiguos condiscípulos que me perseguían en el Colegio, y que todavía

no habían logrado hacerse una posición, ni terminar una carrera, fueron

á visitarme en el Hotel de la Paz, y me colmaron de felicitaciones,

lisonjas y bajezas, tras de las cuales solía transparentarse la

envidia, una envidia rayana en odio. Éste fué el prefacio de una larga

serie de otras visitas y de invitaciones á fiestas, comidas, tertulias,

bailes, en que siempre era yo el niño mimado por excelencia. Todo el

mundo veía despuntar en mí un astro nuevo, un hombre predestinado por

la fortuna para ocupar las más elevadas posiciones, porque nadie quería

creer en mi mérito excepcional ni en los servicios que pudiera haber

prestado al país, considerándome, sólo, como una criatura nacida de

pie. Y una tarde, ¿á quién se dirá que me veo aparecer en el cuarto que

me servía de sala de recibo? ¡Pues, á don Claudio Zapata, en cuerpo

y alma! Pero esto sería bien poco, si tras él no hubiera asomado la

soldadesca figura de misia Gertrudis, con sus alforjas al pecho, y su

enorme masa de cabellos castaños que parecía aplastarle y derretirle la

cara, llena de grandes arrugas reunidas en la antigua papada, que ya no

era sino una especie de vejiga vacía.

--¡Oh! ¡don Claudio! ¡Oh! ¡misia Gertrudis!--exclamé sin poder contener

la risa.--¡Cuánto bueno por acá!

--Hemos venido--dijo ceremoniosamente don Claudio, interpretando mi

hilaridad como manifestación de cariño,--hemos venido, seguros de

que no habrás olvidado á los que te sirvieron de padres, á los que,

educándote, algo severamente, es cierto, te prepararon por eso mismo

para la posición que hoy ocupas.

--¡Oh, don Claudio! ¡y cómo me he de olvidar!

--Eras un muchacho travieso, muy travieso, pero se veía claro que

harías camino--agregó misia Gertrudis.--Siempre se lo he dicho á

Claudio y á tu tata, que esté en gloria. ¡Pobre don Fernando! ¡Quién

había de decir! Todavía tengo su última carta, y la guardo como oro en

paño. ¡Nos afligió tanto su muerte!... Aquí le hemos hecho decir unas

misas...

Á pesar de los recuerdos que evocaban estas frases, la risa me

retozaba pensando en las trenzas y en la cara que habría puesto al no

encontrarlas. Pero, dominándome, dije:

--¡Pues me siento muy honrado con la visita de ustedes! ¡Qué recuerdos,

eh!... ¡Vaya con don Claudio! ¡Vaya con misia Gertrudis! ¡Y qué bien

están los dos! Pero háganme el favor de sentarse y digan si en algo

puedo servirlos... Y ante todo, tomarán un matecito.

El mate comenzó á circular. Yo estaba seguro de que llevaban un

propósito interesado, y entre sorbo y sorbo, vencida al parecer por mis

reiteradas instancias, doña Gertrudis consintió, al fin, en decirme

cómo podía pagarles el honor de aquella visita y la refinada educación

que me habían dado: Los tiempos estaban malos; sin sufrir miseria, lo

que se llama miseria, no estaban, tampoco, en la abundancia ni mucho

menos. Don Claudio había prestado, en diversas ocasiones, grandes

servicios al Gobierno, y muchos personajes, entre ellos tatita, le

habían prometido hacer algo por él; promesas que se había llevado

el viento y que sólo mi padre hubiera cumplido, á no morir de tan

trágica manera... Muerto él, á mí, su hijo y el hijo adoptivo, ó poco

menos, de los Zapata, me tocaba esa herencia. Don Claudio era muy

modesto--¡demasiado modesto, por eso lo dejaban en un rincón!--y se

contentaría con una insignificancia cualquiera. Bastaría, por ejemplo,

con que yo, diputado influyente á quien el Gobierno no podía negar

nada, lo hiciera nombrar juez de paz de su parroquia. El puesto estaba

vacante.

--¡Pero, señora!--objeté por hacerla hablar,--en primer lugar,

todavía no soy diputado, porque las elecciones no han sido aprobadas.

--¡Oh! ¡eso es una simple formalidad!

--No tan simple... En segundo, no sé si tengo ó no tengo influencia con

el Gobierno, porque todavía no lo he tanteado...

--¡Bah! ¡Eso está visto! ¡Un Gómez Herrera!

--Y en tercero, don Claudio no remediaría nada, pero absolutamente

nada, con el puesto. Las funciones de juez de paz son gratuitas.

Mísia Gertrudis me miró como si quisiera devorarme, y lentamente,

meditando para no decir las atrocidades que pensaba, replicó:

--¡No le hace!... Claro que el puesto en sí no ha de darle un real...

Claudio no es de ésos que aprovechan, ¿no es verdad, Claudio? y son

capaces de quitarles hasta la camisa á los pobres que tienen una

demanda... Pero, como juez de paz tendrá otra espectabilidad, podrá

hacer muchos servicios, y esto le facilitará alguno que otro negocio

que nos saque de apuros.

La escena me divirtió tanto que prometí darles lo que me pedían en

cuanto me fuera posible, si llegaba á tener influencia en el Gobierno.

Y, como quien hace una diablura, meses después di á don Claudio el

nombramiento de juez de paz para gozar con sus sentencias salomónicas

ó sanchescas, y con sus coimas inverosímiles. Adelantaré aquí,

aprovechando la oportunidad, que se hacía pagar por todo el mundo, por

el demandante y el demandado, por el condenado y por el absuelto, y

esta igualdad ante la ley es la mejor prueba posible de su ecuánime

imparcialidad.

No fué tan grato mi primer encuentro con Pedro Vázquez, estudiante

entonces de derecho en la Facultad de una provincia vecina, y que

había ido á la ciudad de paseo. Como todos los demás, me felicitó por

mi rápida carrera, pero con cierto aire burlón, que yo tomé por crítica

ó protesta muda.

--¿Quisieras verte en mi lugar, eh?--le dije, enfadado, con tono de

superioridad hiriente, significándole que debía tener su poco de

envidia.

--¿Yo? No creas. ¡Te va á costar tanto trabajo mantenerte á la altura

de tu puesto!... Yo no aceptaría por nada, á nuestra edad, un cargo

tan lleno de responsabilidades... ¡Hacer buenas leyes y gobernar bien

al pueblo! No; es una tarea inmensa, un sacrificio enorme. Solón ha

dicho...

--¡No me importa lo que diga Solón, señor estudiante!--interrumpí,

rabiando por la solapada y sangrienta ironía que creí ver en sus

palabras.--¿Acaso los demás diputados se preocupan de semejantes

tonterías? ¡«Sos» un pavo que nunca sabrás vivir, y no te das cuenta de

nada! No todos han de proyectar las leyes desde el primer momento, y

cualquiera, con un poco de sentido común, puede saber si son buenas ó

malas las que se le presenten...

--¡Oh! Ese papel está bueno para los burros que no tienen decoro ni

aspiraciones, no para un muchacho como tú, inteligente y de corazón,

que puedes ser más tarde muy útil á tu tierra. No, Mauricio, no te

envidio, por ahora. Hay que prepararse mucho para tareas así, y yo no

estoy preparado; apenas si empiezo á aprender... Dentro de algunos años

no digo que no. Pero, ahora, lo principal es estudiar.

--Sí, las cosas viejas de los libros viejos, las antiguallas del tiempo

de Mari-Castaña. ¡Vaya una sabiduría!

--De lo viejo ha salido lo nuevo. Lee el Espíritu de las leyes de

Montesquieu y verás.

--En fin, Vázquez, no estamos de acuerdo.

Esto lo dije con blandura, convencido de que no llevaba mala intención,

esforzándome por ser afectuoso, pero con ganas de darle unos sacudones

por burlón si se reía de mí, por tonto si hablaba en serio. Cuando

nos separamos me fuí, sin embargo, rumiando lo que había dicho,

prometiéndome leer á Montesquieu, y confesándome que sabía muy poco

para legislador, aunque no mucho menos que la mayoría de mis colegas.

La ciudad se me presentaba completamente distinta de la otra vez, y

mi individualidad no había sufrido las antiguas torturas al verse

empequeñecida, suprimida casi. Muy al contrario, mi yo se agigantaba,

pues ocupando, relativamente, el mismo lugar que en mi pueblo, el

escenario más complejo y vasto me daba mucha mayor significación,

para mí mismo y para los demás. El trasplante me favorecía esta vez,

enriqueciéndome y vigorizándome. Había ganado en todo, hasta en lo que

á sensualismo y diversiones se refiere. Las costumbres eran allí más

fáciles que en Los Sunchos--hablo de la gente de cierta posición,--y

no dejé de aprovechar esta circunstancia. El éxito es una aureola que

deslumbra á muchas mujeres, y mi brillante aparición en la escena

política, á una edad en que otros no se han puesto, casi puede decirse,

los primeros pantalones largos, me hizo el niño mimado de las damas.

Algunas me concedieron amables entrevistas matinales ó á la hora de

la siesta, momentos propicios si los hay, porque generalmente los

maridos sólo temen la infidelidad nocturna... ¡Cuánto gracioso impudor

en algunas que, para el cónyuge serían, sin duda, de una desesperante

mojigatería!... Pero no se exagere el alcance de estos párrafos. Más

que inmoralidad, más que licencia en las costumbres, debe verse en

todo aquello una simple exteriorización de primitiva ingenuidad, una

especie de regresión al estado natural, coadyuvada, si no fomentada,

por la completa remisión de los pecados, en la que nadie dejaba de

creer. Y si lo cuento es, sólo, porque estas aventuras pasajeras

ahuyentaban cada día más de mi cerebro la idea del matrimonio, mientras

me alejaban, también, de Teresa, un poco por temor, un mucho por desdén

que las comparaciones me inspiraban. Sin una pasión que ciegue, el

matrimonio es un disparate, sobre todo en la primera juventud; con la

pasión que ciega, es una locura en todo tiempo. Se me dirá que los

hijos imponen el matrimonio, pero esto, en la actualidad, es un craso

error, aunque antiguamente pudiera resultar exacto. Los hijos toman la

vida como viene, y suelen tener mejores ejemplos en una unión libre,

desligable á la primera falta, que en un hogar legítimo donde, al cabo

de algunos años, marido y mujer no pueden aguantarse y tienen que

aguantarse aunque se desprecien y se odien, cosa que disimularán á los

extraños, á los mismos amigos, pero que resultará siempre evidente para

los hijos... Pero no era mi intención meterme en estas honduras, sino

sencillamente, decir que cada día me afirmaba más en el propósito de

no casarme con Teresa--sobre todo con Teresa,--porque, ¿cómo arrostrar

á sabiendas los peligros que veía ejemplarizados á mi alrededor,

el infortunio, el ridículo, quizás ambos á la vez, sin una gran

compensación?

Entretanto me preocupaba y me urgía la aprobación de mi diploma, pues

no creería en mi buena suerte mientras no me viera en mi banca de

diputado. É interrogaba á todo el mundo, con aire indiferente, si á su

juicio se presentarían ó no dificultades.

--¡Qué se han de presentar! Su diploma es como una carta en un buzón.

No decían en el Correo, porque el correo era entonces una verdadera

calamidad.

Asistía como interesado espectador á las sesiones preparatorias de la

Legislatura, mucho más divertidas que el resto de la monótona vida

provinciana--salvo los amoríos, los bailes y las francachelas,--y

me paseaba en antesalas, trabando relación con mis colegas futuros.

Allí se tomaba mate interminablemente, y se hablaba de política, de

chismografía social, mezclado esto con las viejas anécdotas de que

somos tan golosos los provincianos.

El «recinto» de la Cámara era, en una casa vieja de pretencioso

frontispicio Renacimiento, un salón cuadrado, disfrazado de anfiteatro

mediante unas barandillas de madera que dejaban á disposición de la

barra el fondo y los rincones, llenos de largos escaños. Las «bancas»

ó asientos de los padres conscriptos eran una especie de pupitres de

escuela, colocados en tres filas semicirculares y decrecientes, las

mayores á lo largo de la barandilla, las menores, naturalmente, en el

centro, dejando en medio un espacio vacío. En el testero del salón,

sobre la larga mesa de la presidencia, el gran retrato al óleo de un

prócer de la provincia. ¡Qué majestuosa me pareció aquella sala la

primera vez que entré en ella, con el pecho algo oprimido, como quien

penetra en un antro misterioso! ¡Y con qué religiosa atención escuché

lo que se decía, pagando la chapetonada y conquistando así el derecho

de no hacerlo más tarde!

Los diputados decían sucesiva y enfáticamente una docena de sandeces,

que entonces me parecían rasgos de elocuencia, tal es el prestigio

del poder. Eligieron la mesa y comenzaron á discutir las actas de las

elecciones, por mera fórmula, según me dijera misia Gertrudis: bien se

veía que todos se habían puesto de acuerdo antes de entrar en sesión.

Mi diploma era uno de los pocos que parecían peligrar, porque las

elecciones de Los Sunchos habían sido, como de costumbre, protestadas

por la oposición abstinente. Cuando me tocó el turno fuí invitado á

entrar en el recinto para defenderlo. Como todos mis eminentes colegas

habían sido electos más ó menos en la misma forma que yo, y habían

pasado sobre iguales protestas, no les fué difícil convencerse de la

legalidad de mi mandato, y de que:

«La impotencia hipocondríaca y perversa de cuatro ciudadanos egoístas

y malos patriotas, hez de la sociedad, alejados de la opinión pública

y desdeñados y aborrecidos por ella, como se hace con una víbora

venenosa, los obliga á adoptar el único medio de fingirse vivientes,

firmes y numerosos, de mostrarse engañosamente al pueblo como una

fuerza respetable: la cínica protesta de una elección legal, en que se

ha respetado la inmaculada pureza del sufragio, protesta que lleva al

pie el nombre de cuatro individuos insignificantes, que quizá no sean

ni siquiera electores, y la falsa afirmación de «siguen las firmas»,

testimoniada por un escribano sin fe, sin carácter, sin probidad. ¡No

hay firmas, no hay hombres, no hay ciudadanos, señor Presidente!...

--¡Las firmas están!--gritó una voz desde la barra.

--«Habrá... habrá nombres inventados, nombres supuestos que no

figuran en el padrón. ¡No, no hay ciudadanos, señor Presidente! Sólo

hay ambiciones inconfesables, y, como ya dije, la rabia feroz de la

impotencia. (Muy bien en las bancas). Vengo á apoyar decididamente

al Gobierno que nos rige con general aplauso. Esto es sabido, y esto

despierta contra mí el odio de los que quisieran substituirse á él.

Esos cuatro fomentadores de anarquía son, pues, mis enemigos naturales.

Entretanto, el Gobierno actual cuenta con la inmensa mayoría del

pueblo, y ésa es la que me ha elegido por mis opiniones. No declarar

legítimo mi mandato sería sospechar de impopularidad al mismo poder

ejecutivo que aclaman las muchedumbres entusiastas y del que quiero ser

modesto, pero abnegado colaborador.»

Esto lo copio de la versión taquigráfica, corrigiendo apenas el estilo,

no por presunción, sino porque me gustan las buenas formas, lo que

podría llamarse el aseo en la ropita oratoria. El fondo era así, vago,

indeterminado é insultante para los adversarios. De más está decir

que, como en mi célebre examen de ingreso, allí también pasé por

unanimidad. Presté juramento y me senté por fin en «mi banca». Era,

definitivamente, un personaje.

Escuché desde entonces los discursos con menos respeto, y comencé á

comprender como por vaga intuición, que aquello no valía nada, que

yo podría hacerlo mejor sin mucho esfuerzo, sin todo ese trabajo de

años á que Vázquez se refería. Y resolví ponerme á leer discursos

parlamentarios. La indigente biblioteca de la Legislatura, compuesta

de unos pocos centenares de volúmenes, me proporcionó los diarios

de sesiones del Congreso: devoré á Sarmiento, Avellaneda, Rawson,

Mitre, Vélez Sarsfield; leí docenas y docenas de discursos, reteniendo

más las frases que la doctrina y creándome un repertorio de lugares

comunes que pudieran no parecer tales. Compré también algunos libros

de Castelar, una traducción de Cicerón, otra de Mirabeau, y me puse á

leer la Historia de la Revolución Francesa, que entonces me entretenía

como antes las novelas de aventuras. Los discursos de la Convención me

enriquecieron notablemente, y traté de imitar su vehemente entusiasmo,

su heroica entereza, en la forma de los míos. Siempre que hablaba en la

Cámara era como si la patria estuviese en peligro; los otros «buenos

oradores», escasos entre mis colegas, hacían, por otra parte lo mismo,

de modo que, á propósito de la construcción de un camino ó de cualquier

otro detalle, las sesiones de nuestra humilde Legislatura, alcanzaban

el diapasón de las más vibrantes y memorables de la historia.

Un discurso que pronuncié sobre el estado de las escuelas primarias en

la provincia, mereció que algunos corresponsales escribieran á Buenos

Aires, y dos ó tres diarios me dedicaran palabras elogiosas en los

sueltos. Éste fué el mayor espolazo que haya recibido mi ambición,

desde entonces pronta á desbocarse. Me propuse conocer la capital, los

hombres de gobierno, el presidente de la República, ciudadano de gran

talento, elocuentísimo orador él también, y ¡quién sabe! quizás abrir

una brecha que me permitiese lanzarme á la conquista de aquel emporio,

y triunfar, y ser allí lo que había sido en Los Sunchos, lo que era en

mi ciudad provinciana, si no el primero, uno de los primeros, con un

porvenir de gloria y de grandeza.

Vivía exclusivamente para la política; sólo en ella pensaba, estuviese

donde estuviese, trabajando ó divirtiéndome, amando ó durmiendo,

porque hasta mis sueños eran políticos, y mis amoríos buscaban mayor

influencia y más poder para mí. Ningún detalle me parecía nimio, y

todo, hombres, cosas, hechos iban almacenándose en mi memoria, que

tengo magnífica. Ahora mismo podría contar la vida y milagros de

centenares de personas, tanto altamente colocadas cuanto modestas y

aun insignificantes. Formaba mi arsenal, con avidez y con paciencia, y

comenzaba á utilizarlo para avezarme á su manejo.

Como aprendizaje del uso de mis armas, escribía en «Los Tiempos»,

diario que era una reproducción agrandada de «La Época» de Los Sunchos,

y mis sueltos incisivos, mordaces, casi siempre animados con una

anécdota verdadera ó imaginada, se destacaban del resto de aquella

prosa indigesta y burda, lana de colchón con que se rellenaban las

columnas del periodicucho. Mi fama comenzó á cundir, y ya muchos me

consideraban como una personalidad naciente, mientras que otros me

tenían como á un muchacho mal educado é insolente, capaz de las mayores

desvergüenzas.

Entretanto, mamita, Teresa, don Higinio, Los Sunchos quedaban muy

lejos, allá atrás, allá abajo, como perdidos en la bruma para siempre.

Sólo, de tiempo en tiempo, una carta de Teresa venía á sobresaltarme,

á turbarme un momento: su secreto, nuestro secreto, iba á dejar de

serlo; la verdad se impondría dentro de muy poco, y, desesperada, me

suplicaba que fuera, que arreglara las cosas, que la salvara de toda

una inminente tragedia...

¿Para qué me habría yo metido en semejante atolladero?

Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira · 第 22 / 53 题