Teresa me contó aquella noche que la casa era una romería desde que
don Higinio se había encargado de arreglar aquel asunto. Sabiéndolo
con una diputación en la mano, chicos y grandes iban á pedírsela,
y lo colmaban de ofrecimientos, de promesas, de manifestaciones
entusiastas. El viejo no soltó prenda. Todos se marchaban creyendo
en la posibilidad de resultar agraciados, pero sin ninguna palabra
decisiva; enumeraba los méritos de cada uno, en su presencia, alababa
los servicios prestados á la causa, decía con aire protector «veremos
lo que piensan en la ciudad», y daba sendos apretones de mano. Los
pechos de todos los ambiciosos de Los Sunchos palpitaban como el de un
solo hombre en vísperas de un gran acontecimiento feliz, y algunos me
hicieron confidente de sus esperanzas, y hasta solicitaron mi apoyo,
suponiendo que tenía cierta influencia con don Higinio. Este período de
satisfacción, de beatitud, pasó pronto, sin embargo, dando lugar á otro
de irritabilidad é inquina. Despertáronse de pronto los recelos, y Los
Sunchos se convirtió en un semillero de intrigas. Medio pueblo habló
pestes del otro medio, porque cada cual quería despejar de competidores
el campo de la acción. Sólo yo resultaba indemne en aquella lucha á
dentellada limpia, porque nadie me creía con la menor probabilidad de
llevarme la presa.
«La Época», inspirada por don Higinio, dijo que los aspirantes, por
muy legítimas que fueran sus ambiciones, eran demasiado numerosos, que
la ardiente competencia iniciada ponía en peligro la disciplina del
partido, dando un pésimo ejemplo de discordia, y que se imponía á todos
los pretendientes en general, como una prueba de generosos sentimientos
y altas ideas, deponer sus pretensiones en el sagrado altar de la
patria. Agregaba que el nuevo candidato sería designado por los jefes
del partido, es decir, en la capital de la provincia, porque, dada la
disconformidad de las opiniones, algunas egoístas, fuerza es decirlo,
las circunstancias imponían una decisión completamente imparcial, que
sólo allí podría obtenerse. Y así, nadie tendría, luego, motivo de
queja.
En el número siguiente el editorial de de la Espada apareció
doctrinario, sin alusiones á persona alguna, según creyeron los
lectores. Era indudable que, en la perplejidad de la designación, el
diario oficial se daba un compás de espera. Sin embargo, el diario
decía, nada menos, que había llegado el instante histórico de dar paso
á las nuevas generaciones, de llevar al gobierno del país á los hombres
nuevos que habían demostrado amplitud de espíritu, respeto á las
instituciones, aptitudes de iniciativa, amor al progreso. Cuando los
altos puestos públicos, desde la presidencia abajo, estén refrescados
por sangre juvenil, será como si la nación entera recobrase una nueva y
vigorosa juventud. En épocas de revueltas y trastornos, la experiencia
de los ancianos es el mejor instrumento de Gobierno; en épocas de paz y
de prosperidad, el entusiasmo de los jóvenes es lo que conduce á mayor
felicidad y á más riqueza. Nadie supuso que aquel articulejo preparaba
el lanzamiento de mi candidatura, aunque en Los Sunchos se hilara muy
delgado, y fué porque estas generalizaciones no son para sintetizadas
por gente primitiva y en el fondo candorosa.
Don Higinio se había marchado á la ciudad y me escribía casi
diariamente, enviándome las cartas con el mayoral Contreras, su hombre
de confianza, como lo había sido de tatita. En sus cartas me señalaba,
punto por punto, lo que debía hacer para complementar sus propios
trabajos.
Por indicación suya, los miembros del comité local (vale decir
las autoridades del pueblo), organizaron un mitin para determinar
públicamente cuál iba á ser la actitud del partido. En él se rechazaría
sin apelación la candidatura de Cirilo Gómez, pero, para demostrar que
esto no era una rebelión, sino una desobediencia forzosa, que en nada
menoscababa la disciplina, se declararía solemnemente, bajo juramento,
si se consideraba necesario, que el partido votaría en masa, como un
solo hombre, el nuevo candidato--quienquiera que fuese,--designado por
el comité central. «Sólo así--escribía don Higinio,--se substituirá
fácilmente á Gómez y seguiremos gozando del favor del Gobierno.»
Aquella mañana, en el vasto corralón de Varela, se reunieron unos
cuantos centenares de personas--gente del campo y peones municipales,
en su mayoría,--capitaneadas por Casajuana, Guerra y Suárez, á quienes
servíamos de tenientes Miró, Valdez, Martirena, Antonio Casajuana, el
doctor Merino, de la Espada, yo y otros. Se había preparado un asado
con cuero--una vaquillona carneada probablemente en la estancia de
algún opositor,--y las damajuanas de vino y las «frasqueras» de ginebra
prometían un gran entusiasmo popular. En este animado escenario me
estrené como orador, repitiendo, palabra más, palabra menos, algunos
editoriales de de la Espada:
«Hay que sacrificarlo todo generosamente por el bien del país. Las
ambiciones desmedidas de algunos ciudadanos, suelen poner en peligro
la marcha de nuestro partido, el más noble, el más puro, el más
progresista, el único que se ha mostrado capaz de gobernar... Esas
ambiciones deben ser arrancadas de raíz, como la mala hierba. Si
los ambiciosos no renuncian voluntariamente á ellas, los verdaderos
patriotas _deben quebrar sus apetitos en sus propias manos como un
arma funesta_ (frase original, calurosísimamente aplaudida). Además,
ya es hora de que se abra paso á los hombres nuevos. En la política,
como en la milicia, hay una edad para el retiro, y el Gobierno, como el
Ejército, debe _completarse_ con sangre joven. Y, por último, á nada
aspiro personalmente, nada deseo, pero mi mismo desinterés me autoriza
á recomendar á mis correligionarios la más severa disciplina y la más
estricta obediencia á los mandatos de nuestros jefes. ¡Señores! ¡viva
el partido provincial! ¡Viva el Gobernador de la provincia!»
No insistiré en la ovación que se me hizo ni en las escenas que
siguieron, dignas del mismo Pago Chico, no ya de Los Sunchos. Pero
necesito decir que, al otro día, «La Época» proclamó que me había
revelado orador brillantísimo, pensador profundo, y uno de los cerebros
mejor dotados del país, que de mí debía esperar maravillas. Los demás
«discursantes», que los hubo en gran número y á cual más ardoroso,
se eclipsaron ante el astro nuevo, y en la «alta sociedad», así como
en los modestos corrillos, alguien comenzó á hablar de Mauricio
Gómez Herrera, como de un muchacho de gran porvenir, que se estaba
malgastando en aquel rincón. Como con esto se tiraba á matar á los
«prohombres» de que todo el mundo estaba harto, la apreciación cundió,
especialmente desde que los diarios de la ciudad, á instancias del
viejo Rivas, transcribieron los artículos y sueltos de «La Época»,
poniéndome por su cuenta en los cuernos de la luna.
Tomé con esto, involuntariamente, un aire misterioso, y de la noche
á la mañana me hice un hombre grave, más grave quizá de lo que
conviniese para no dejar traslucir mi secreto. Había adquirido enorme
importancia, y una de las manifestaciones exteriores de ello era que
las principales familias hallaban modo de invitarme á sus tertulias,
á almorzar, á comer, cosa que antes ocurría muy de vez en cuando. Yo
no paraba un momento en casa, con gran pena de mamita que, si hasta
entonces sólo me veía á las horas de comer, desde entonces ya no me vió
á ninguna hora, si no es por las mañanas, mientras dormía... Aprendí
con esto los rudimentos de la vida social (¡en Los Sunchos!) que tanto
debía cultivar más tarde. Había sido un oso; pero las mujeres son
tan amables, cuando quieren, que me sorprendí de no haber frecuentado
más la sociedad... No; aventuras no tuve. Me faltaba atrevimiento, y,
por otra parte, la bendita chismografía y el santo espionaje de los
pueblos pequeños, como una especie de cinturón de honestidad, hacen
á las mujeres recatadas y hasta virtuosas, mientras no interviene la
verdadera pasión.
En fin, cuando se lanzó mi candidatura, ungida por el mismo Gobierno,
pocos días antes de las elecciones, mi designación sorprendió á muy
poca gente: estaba en el aire, sembrada esporádicamente por don
Higinio, de la Espada y los demás amigos. La única persona que se
sorprendió y se asustó fué mamita. En cuanto supo mi proclamación,
aceptada sin objeciones, con la mayor disciplina, impulsada por su
misticismo iconólatra, empezó á encender velas ante una imagen de
Nuestra Señora de los Dolores, pero nunca quiso decirme si lo hacía
para que saliera ó no saliera diputado... Sospecho lo último.
La elección fué canónica, porque en Los Sunchos, como en todas partes,
las urnas estaban vedadas á los opositores que, desde tiempo inmemorial
se limitaban á protestar las elecciones ante escribano público, sin más
resultado que dejar un documento para la historia que probablemente no
lo utilizará jamás. Mauricio Gómez Herrera resultó diputado, como se
proclamó aquella misma noche, calurosa y clara, de un domingo de marzo,
entre los estampidos de las bombas de estruendo y los paso-dobles de
la charanga municipal. En el comité hubo fiesta que se continuó en el
club, donde se destaparon algunas botellas de champaña é innumerables
de cerveza. Yo tuve que brindar con todo el mundo y con todos los
líquidos.
Muy tarde, casi á la madrugada, me vi por fin libre de las amables
impertinencias del triunfo. Muchos me acompañaron hasta la puerta de la
casa, pero, adentro ya, no sé por qué se me ocurrió que Teresa estaría
en la huerta, pese á la hora intempestiva, como una esposa abnegada que
aguarda al marido calavera. Y, en la satisfacción de la victoria, que
ablanda los corazones, quise que, en tal caso, la tonta fuera feliz.
Esperé á que mis acompañantes, que cantaban entusiasmados, estuvieran
lejos, atravesé la calle y entré en la huerta, casi seguro de no
encontrar á nadie, aunque esto hubiera lastimado hondamente mi amor
propio... Pero allí estaba la muchacha, agitada y nerviosa.
--Ya creí que no vendríaz--me dijo con su voz cantante.--El zeñor
diputado ze hace decear... Tenéz razón... ¡Lo único que ziento ez que
ahora te me iraz!...
--Me iré... Me iré; pero volveré á cada rato. ¡Estamos tan cerca de la
ciudad!
Me había echado los brazos al cuello y se empinaba para, en medio de la
obscuridad, ver y hacerme ver, en mis ojos y en los suyos, el reflejo
de las estrellas que poblaban el cielo, titilantes é innumerables.
--¿Vendraz á menudo?--preguntó, mimosa.
--Cuantas veces pueda.
--¡Sí! Ez preciso que vengaz--y recalcó exageradamente el «es
preciso».--No zé todavía... Pero me parece que tengo que decirte... una
coza...
Me dió un calofrío, tanto temor y tanta alegría vibraban á la vez en
sus palabras. ¿Sería?...
Pero la insólita entrevista no se prolongó, ni era posible que se
prolongara, porque ya comenzaba á amanecer.
Como si se hubiera puesto de acuerdo con Teresa para darme mala espina,
de la Espada, en medio de las embriagadoras congratulaciones del día
siguiente, en un momento en que nos quedamos solos, me dijo con una
cómica solemnidad que era exclusivamente suya:
--Mira, chico, yo no quiero meterme en danza; pero debo decirte una
cosa. Se está hablando demasiado de tus relaciones con Teresita. Ya te
han visto entrar muchas veces en su casa, entre otras anoche mismo,
y el «comadreo» es tremendo y va á ser terrible. Yo no sé, tanto se
habla, cómo don Higinio no ha caído en cuenta todavía... será porque es
el más interesado. Pero no te fíes. Mira de quién se trata y ándate con
tiento, si es que no te propones lo mejor, que sería... santificar las
fiestas. Don Higinio no es de los que se llevan de las narices, y puede
darte qué sentir.
La misma perplejidad en que me hallaba me permitió contestar en broma
al «galleguito», negando toda importancia al problema que, sin embargo,
era trascendental y me preocupaba hondamente, hasta imponerme la
obsesión de esta pregunta: «¿Será?»...
Era. Noches después, Teresa me reveló el, para ella, terrible y
encantador secreto.
--Tenemos que casarnos pronto, muy pronto, queridito--me dijo,
acariciándome las mejillas con las palmas de las manos.--Ya no es
posible esperar más, de veras... Después, sería un bochorno... ¡Y
tatita! ¡Qué diría tatita! Sería capaz de matarme... Y yo... yo me
moriría de vergüenza...
Rehuí toda respuesta comprometedora, puse de relieve, como
dificultades, precisamente todas las facilidades del momento--tan
propicio,--pero sin mala intención, aunque nadie lo crea, sin segunda
intención ¡lo juro! sólo por instinto, como un ademán subconsciente
que me defendiera de un peligro imprevisto, atávicamente revelado á
no sé qué parte de mi ser. Y, dominada ó atontada por mi elocuencia,
Teresa se tranquilizó, me abrazó, me besó, me hizo mil caricias, y, en
la cesión completa de su cuerpo y de su alma, hasta prometió no decir
nada á don Higinio, mientras yo no se lo mandase.
Una vez á solas, me di cuenta del atolladero en que me había metido.
¡Qué á punto venían las insinuaciones de de la Espada! Si hubiera
hablado meses atrás... Pero, como dicen las comadres: «Después del niño
ahogado... ¡María, tapa el pozo!»... ¡Bah! Todavía nadie se ha muerto
de eso. En el peor de los casos, no tendré de qué quejarme. Pero...
La verdad, la verdad es que preferiría no casarme, porque aquella
muchacha carecía de atractivos, ó si los tenía eran menores cada
vez. Teresa no me interesaba, ó me interesaba poco, ya sin prestigio
ni misterio, con sus grandes ojos de ternera conmovida, su cutis de
magnolia, su ceceo infantil, su candor de paisanita.
Eso está bueno para pasar un rato ¡pero toda la vida!...