XI

Como mi fiebre de acción no me permitía quedarme allí, platónicamente,

observé á Teresa que podrían sorprendernos y que no quería enojar

más á tatita, para quien estaba en cama desde hacía mucho. Minutos

después entraba en el Café de la Esperanza, buscando á mis amigos, y la

casualidad quiso que papá estuviera allí, jugando á la treinta y una

ciega. Hizo como que no me veía, y siguió su partida tranquilamente.

Este síntoma me pareció mucho más favorable y decisivo que todos los

anteriores. ¡Adiós los Zapata!

Salí con mi pandilla, buscando un sitio más libre para reanudar

nuestras diversiones. Los camaradas me habían recibido con grandes

muestras de alegría y entusiasmo, y como llevaba en el bolsillo los

bolivianos que Contreras no quiso recibir, hicimos aquella noche, en el

trinquete de la Zorrita, la más memorable de las fiestas, continuada en

el mismo diapasón hasta formar una como cuaresma de vida maravillosa,

que me parecía un sueño encantado después de mis prisiones en la ciudad.

Pero, ni aun embriagado por estas delicias, descuidé completamente la

parte seria de las cosas, y mal seguro todavía de mi elocuencia que

podía fallar por causas exteriores y transitorias, escribí á mi padre

una larga carta, modelo de diplomacia juvenil, y de la que destilaban

las indirectas lecciones zapatiles. Decíale que, dado mi carácter,

tan análogo al suyo--cosa de que me enorgullecía,--la corrección de

mi conducta dependía precisamente de la mayor ó menor amplitud de

mi libertad, pues nunca haría yo lo de otros que, desconociendo su

valor, abusan de ella hasta perderla. Á mí, como á él, sin duda, la

sujeción me enloquecía. Su afectuosa vigilancia (tan distinta del

malévolo espionaje de gente incapaz de interpretar acciones y menos

aún pensamientos), había sido hasta entonces más que suficiente para

hacerme cumplir con mi deber, y no valía la pena--antes bien era un

error,--cambiarla por un despotismo de extraños que me impulsaba

necesariamente á la rebelión... Todo esto salvo su mejor parecer...

Ni la sintaxis era clara ni la analogía exacta, pero el fondo resultó

así. Además, las cartas de los hijos, por vulgares que sean, resultan

para los padres una revelación y un encanto, si no están corroídos por

el cáncer de la crítica. Y notable efecto produjo la mía en tatita.

Inmediatamente escribió á los Zapata, diciéndoles que «por razones de

salud» yo no volvería á la ciudad, que me perdonaran si «acaso» les

había faltado en algo, y que me enviaran la ropa y los libros... Pero

antes me había arrancado la promesa de estudiar seriamente en casa para

presentarme á fin de año como «libre» en los exámenes.

--Tienes los programas, los libros, y con lo que has aprendido ya,

podrás pasar fácilmente. Si pasas, el año que viene te mandaré á la

ciudad en otras condiciones, sin tutores que te majaderéen, «como un

hombre». Pero para eso hay que prometerme que te portarás bien.

--¡Sí, tatita! «¡como un hombre!»--juré, pensando para mis adentros que

los hombres suelen no portarse bien.

Llegada la época de los exámenes fuí á alojarme en la casa de huéspedes

de la viuda de Calleja, donde vivían varios estudiantes del campo y

de otras provincias. Era el prototipo de esas posadas vergonzantes,

sin respetabilidad y al propio tiempo sin descaro, en que se explota

un nombre de familia á veces venerable, por mercantilismo ó por

necesidad--á falta de otro medio de subsistencia,--y que abundan en

provincia. No la describiré, pero no olvidaré nunca, tampoco, aquellos

manteles inmundos y aquel infernal desorden, en que la patrona, las

chinitas, los huéspedes y los visitantes nos burlábamos como á porfía

de las reglas más elementales del buen vivir. ¡Qué casa de Tócame-Roque

ni qué Auberge du Libre Échange! Para divertirse, allí, en la

respetable pensión de la distinguida viuda del señor Calleja, sobrina

de un obispo y tía de un diputado. Si yo no hubiera tenido Los Sunchos,

me quedo en aquella Capua sórdida si se quiere, pero, en cambio, tan

libre, precisamente lo que más había envidiado desde casa de Zapata...

¡Viva la libertad! y pasemos á otra cosa.

¿Á qué decir que me dejaron suspenso en varias materias--creo que

cuatro de seis--y que en otras pasé por suerte ó por benevolencia de

la mesa examinadora? ¿Para qué contar que el latinista don Prilidiano

Méndez, después de otras preguntas, me invitó con alevosía y

ensañamiento á que declinara el «quis vel qui», del que yo sólo sabía

la aleluya de «todos los burros se quedan aquí»? Todo aquello no me

importaba un ardite. Intuitivamente comprendía que ni en colegios ni en

facultades se aprende nada, y hoy mismo, si quisiera ser completamente

franco... En fin, no lo diré, pero es el caso que en nuestro país, los

hombres realmente superiores se han ilustrado casi siempre solos, han

sido autodidactas, «self made men», mientras que los rutinarios, los

mediocres, han tenido casi siempre un diploma universitario como un

pasaporte de complacencia...

Para desquitarme de los malos ratos que me había procurado el

examen, ocurrióseme darle uno á misia Gertrudis, antes de volver á

la aldea. No tenía que quebrarme mucho la cabeza para inventar una

buena broma: abrigaba la seguridad de que mi presencia bastaría para

darle un soponcio, y con algunos requiebros como «¡Bicho feo! ¡Vieja

mamarracho!» ú otros, estaba seguro de mi venganza, pues rabiaría

quince días por lo menos. Pasé por su casa sin verla, dos, tres veces,

á la cuarta estaba precisamente en el umbral, con su acostumbrado

aspecto de sargentón que llevase la mochila sobre el pecho, y con una

nueva cabellera castaña más abundante y más juvenil que nunca.

--¡Bicho feo!--silbé.

Volvió los ojos hacia mí con tal expresión al reconocerme, que el

«¡Vieja mamarracho!» no pudo salir de mi boca. ¡Tuve miedo, como hay

Dios! ¡Tuve miedo y eché á correr! Es la primera y última vez que he

sentido el pánico en mi vida, como Facundo acosado por el tigre...

Volví á Los Sunchos con la santa intención de no poner de nuevo

los pies en la ciudad, y ni siquiera fingí prepararme para los

misericordiosos exámenes de marzo. No quería, no podía renunciar otra

vez, ni por un momento, á mi individualidad, tan señalada en el pueblo

y tan desvanecida é insignificante en aquel escenario. «Más vale cabeza

de ratón que cola de león», como decía tatita.

Mamá se encargó de arreglar las cosas á medida de mis deseos, para

tenerme definitivamente á su lado. Yo «quería trabajar, empezar á

ganarme la vida». Era lo más fácil procurarme una ocupación, tarea ó

empleo que me preparara prácticamente á la lucha por la existencia, ya

que la teoría no era de mi agrado ni «me entraba en la cabeza», como

afirmaba yo. Habló varias veces con tatita al respecto, y como me valí

de Teresa para conquistar á don Higinio que, decididamente, ejercía

gran influencia sobre mi destino, papá accedió sin muchas dificultades

y diciéndose quizás que, como me dedicaría á la política que no exige

sino «fuerza en los dedos y resolvencia», cualquier camino era bueno,

con tal que me permitiera meterme en danza lo más pronto posible. Y el

intendente municipal, don Sócrates Casajuana, á la primera insinuación

me concedió un empleíto rentado que iría preparándome á más altas

funciones.

Pocos días después, á principios de año, tomé posesión de mi empleo,

y aquí comenzó mi vida de «aprendiz de hombre...» Como todavía era

muy muchacho y poco inclinado á la observación, las oficinas de

la Municipalidad, cerebro y corazón del pueblo, sin embargo, me

fastidiaban profundamente. Á la media hora de estar en mi puesto,

sentado á una mesa llena de papeles inútiles, me moría de hastío y

escapaba á divertirme en otra parte. Sin embargo, á la larga, conocí el

personal superior y subalterno: don Sócrates, el intendente, paisano

astuto y retobado, gordo y de piernas torcidas, por andar á caballo

desde niño de teta, gran mercachifle, gran especulador, gran rata del

presupuesto; el presidente de la Municipalidad, don Temístocles Guerra,

no sé si menos tosco ó más presuntuoso, gran comerciante también; el

tesorero, don Ubaldo Miró, que, con un sueldo miserable alcanzaba, sin

embargo, á llevar una vida casi suntuosa, gracias á su habilidad para

el escamoteo y á la bondad benévola con que adelantaba los sueldos á

los empleados y peones, mediante un módico interés; los secretarios,

uno de la intendencia--Joaquín Valdez--otro del Concejo--Rodolfo

Martirena--que andaban siempre á caza de propinas, y que las provocaban

deteniendo los expedientes todo el tiempo que podían y prolongando

indefinidamente la tramitación de cualquier asunto que no interesara á

los partidarios más caracterizados de la «situación».

Yo estaba adscripto á la Oficina de Guías, como escribiente; pero mi

jefe, Antonio Casajuana, hermano de don Sócrates, no me observaba

nunca por mis ausencias, antes bien parecía invitarme á continuar

aquella nueva especie de «rabona». Después, comprendí el por qué de su

conducta: no quería testigos molestos, y yo le estorbaba tanto que se

había quejado amargamente á su hermano de mi nombramiento intempestivo.

Y es que cobraba de más á los ganaderos que enviaban animales, cueros

ó lanas á otros departamentos, se robaba las estampillas que debían

quedar obliteradas en el libro de guías, y hasta daba certificados

falsos á los encubridores de los cuatreros, ganándose así buena parte

de los abigeatos, moneda corriente entonces... Es natural, era hermano

del intendente, su otro socio era el tesorero, ni la comuna, ni la

misma provincia, tenían fuerzas bastantes para reprimir el cuatrerismo,

y es máxima de buen gobierno encauzar todo mal irremediable. Cuando

supe esto, más por indiscreciones malévolas de gente envidiosa que por

observación personal, no dejé de utilizar el secreto, modestamente,

para mis gastos menudos, sin intención de hacer fortuna, como los

otros. Siempre he sido imprevisor, y no lo lamento.

En cuanto escapaba de la oficina, divertíame corriendo el pueblo y

los alrededores, á pie unas veces, pero, generalmente, á caballo, con

algunos camaradas mayores, pero tan zánganos como yo, y persiguiendo

á las muchachas de los ranchos y las casuchas de las afueras, con una

especie de odio, primera manifestación, todavía desviada, de mi futura

inclinación irresistible al bello sexo.

Ya iniciado en las aventuras domésticas, era aún incapaz de cortejar

en regla y con perseverancia, pero Marto Contreras, hijo de mi amigo

el mayoral, paisanito de diez y siete á diez y ocho años, diablo y

atrevido como él sólo, con quien me había ligado estrechamente, me

aleccionó, haciéndome adoptar para mis amores un término medio rústico

y brutal, cuya fórmula es ésta: «Hay que pastoriarlas».

Estos amores eran, pues, simplistas, sin preparativo alguno, casi

animales: un momento de vértigo, una violencia y se acabó. Á veces,

continuaban algún tiempo, había hecho una conquista; pero, en la

mayoría de los casos, se me huía después como á un enemigo. Teresa

quedó relegada al fondo obscuro de la memoria, aunque la viese casi

todos los días, al pasar.

Las otras ingenuas diversiones con los camaradas--excepción hecha de

Marto,--comenzaron á parecerme, poco después, insulsas, parangonadas

con la compañía de los empleados de la Municipalidad, mucho más

entretenidos porque, siendo «más hombres», se pasaban el día en peso

conversando de carreras, de riñas, de partidos de pelota, diciendo

compadradas, contando duelos y otras atrocidades, chismorreando amoríos

más ó menos escabrosos, después de lo cual, como intervalo, salían á

tomar el vermouth (mermú) á horas de almuerzo, y como final, al caer la

tarde, hablando entonces magistralmente de política, y combinando el

programa nocturno. Comencé á frecuentarlos, más interesado cada día.

Jugábamos al billar, hasta que entraba la noche; comíamos en casa ó

en el restaurant, á la disparada, y después nos reuníamos, ora aquí,

ora allí, en la «timba» del Manco, en el establecimiento de Ilka, la

polaca, donde solía haber descomunales bochinches, y en el que nadie

entraba sin que un agente de policía lo registrase para quitarle las

armas, ó en algún otro sitio del mismo género. Me sorprendió encontrar,

alrededor de un tapete criollo ó bajo un emparrado polaco, no sólo á

los camaradas, á los demás contemporáneos, sino también á toda la

flor y nata de Los Sunchos, con el mismo don Sócrates á la cabeza. ¡Y

dicen que la Grecia antigua no renace en nuestro «páis», con Sócrates

y todo!... En fin, á la madrugada nos íbamos á acostar, y yo gozaba

de esa hora admirable en que todo lo viviente calla un momento,

reconcentrándose, reconstituyéndose en el sueño, para despertar, poco

después, más fresco, más ardiente, más vigoroso. Siempre he tenido un

flaco por los grandes espectáculos de la Naturaleza, y creo que si la

política no me hubiese absorbido por completo, hoy sería el descriptor

más notable de las bellezas y la grandiosidad del paisaje argentino.

Pero no es posible repicar y andar en la procesión.

Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira · 第 17 / 53 题