IX

Como era lógico--aunque ahora quizá no lo parezca,--entré á cursar el

primer año del Colegio Nacional, y con este favor empezó el primer

calvario de mi vida, quizás el único hasta hoy.

En cuanto supo que «había pasado», tatita se volvió á Los Sunchos,

dejándome en poder de los Zapata, cuyos procedimientos resultaron ¡ay!

muy otros que los de mis padres, y cuyo seco rigor era la antítesis

de la tolerancia cariñosa ó servil á que estaba acostumbrado. En un

principio, traté de rebelarme contra esta tiranía sobre todo contra la

de misia Gertrudis; pero mis esfuerzos se estrellaron en su carácter

inflexible, que pocas veces trataba de disimular bajo una apariencia

dulzona.

--¡Es por tu bien!--me decía, después de arrancarme á las más inocentes

diversiones.--¿Qué diría tu padre, si te dejáramos hacer lo que

quisieras, y perder el tiempo á tu antojo?

--Tatita--replicaba yo airado,--no me ha tenido nunca encerrado como un

preso, y no me perseguía como usted.

--¡Es por tu bien, te repito! Y, además, seguimos las instrucciones del

mismo don Fernando. Acuérdate de que, cuando don Néstor le dijo que, si

no estudiaba mucho, te quedarías en primer año, tu padre me recomendó:

«Átemelo á soga corta, misia Gertrudis. ¡Téngamelo en un puño!» ¡Ni más

ni menos! ¡Y... basta de discusión!

Se marchaba y yo me quedaba temblando de cólera y de impotencia.

¿Qué se había hecho de mi indomable voluntad? ¡Ay! desterrado, en el

aislamiento, en un mundo desconocido y hostil, sin los sólidos puntos

de apoyo de mamita, de los sirvientes, de todos cuantos me adulaban

para adular á mi padre, sentíame deprimido, incapaz de iniciativa y

de rebelión, desde que mis primeros esfuerzos revolucionarios sólo

arribaron á hacer mayor la severidad de mis carceleros. Porque los

Zapata lo eran: no me dejaban ni á sol ni á sombra, no me permitían

salir solo; inspirado por su mujer, don Claudio me llevaba todos los

días al Colegio, para hacerme imposible el dulce vagar de la «rabona».

Los domingos y fiestas tenía que ir con ellos á misa, al sermón, á la

doctrina, y, en los intervalos, me hacían acompañarles á recorrer las

calles como un bobo, cuando no á hacer visitas que me daban un tedio

mortal y acababan con mi resto de energía. La vigilancia de misia

Gertrudis no se adormecía un momento. Me había dado un cuarto contiguo

al suyo, para tenerme siempre á la vista ó al alcance de la mano y de

la voz; limitaba mis relaciones con las chinitas á lo más estrictamente

necesario para mi servicio, sin dejarme charlar ni jugar con ellas;

registraba todas las noches mi habitación y mis bolsillos para

confiscarme los cigarros y cuanto libro de entretenimiento me procurara

á hurtadillas; á media noche se levantaba para hacer una ronda por la

casa, ver si las criadas dormían y si todo estaba en orden, celosa,

hasta la manía, de una moral que, según las malas lenguas, no había

sido su culto cuando moza, ni aun en los umbrales de la vejez. «Era

de las que daban vuelta los santos cara á la pared--contábanme sus

contemporáneos, años más tarde,--y don Néstor Orozco no fué ni el

primero ni el último de sus amigo», y añadían nombres y detalles que

no hacen al caso, riéndose unos de don Claudio, denigrándolo otros por

su tolerancia según ellos interesada. En mi tiempo, misia Gertrudis

trataba probablemente de redimir sus antiguos pecados con la monástica

austeridad de los últimos años, ya fríos, sin sol ni flores. ¡Dios la

haya perdonado en mérito de lo que hizo gozar y luego sufrir á los

demás, si no en gracia de los interminables rosarios que nos hacía

rezar todas las noches, de rodillas sobre el rudo enladrillado de la

sala semi á obscuras!

Con todo, mi ingenio me permitía burlar de cuando en cuando su

espionaje, especialmente para fumar y leer novelas que encuadernaba

con las tapas de los libros de texto. Pero aquel sistema depresivo

daba aparentemente sus frutos que cualquier observador superficial

como misia Gertrudis y don Claudio, podía haber juzgado benéficos

y duraderos, sin que fueran, en realidad, ni una ni otra cosa: del

Mauricio arrebatado, alegre y franco de Los Sunchos, había hecho un

muchachón disimulado, avieso y triste, una criatura aislada y arisca,

como un perro perseguido. Ocultamente también escribí varias veces

á mi madre, quejándome de la horrible sujeción y pidiendo que le

pusiese remedio; me contestaba, afligida, diciendo que nada podía

contra la voluntad de mi padre, que éste estaba resuelto á «hacerme

hombre», y mandándome dulces, tabletas y un poco de dinero, muy poco,

porque tatita se lo había prohibido por consejo y exigencia de los

Zapata. De vez en cuando, agregaba noticias de Teresa Rivas, que

siempre le preguntaba con mucho interés por mí... Estas cartas, lejos

de consolarme un tanto, hacían mayor mi desaliento y mi depresión,

privándome de mis últimas esperanzas.

Acababa de quitarme toda energía mi situación en el Colegio, donde

los condiscípulos me demostraban la mayor antipatía, un poco por mi

culpa, sea dicho de paso, y sin que la provocara el favoritismo de

mi admisión, ni la estupenda ridiculez de mi examen, aunque á veces

recordaran, burlándose, el famoso «Yo no la he visto nunca». Y es que,

en un principio, falto de experiencia é iniciando una política inhábil

y contraproducente, quise imponerles el mismo respeto y el mismo

acatamiento de que gozaba en Los Sunchos, donde «era monitor». Esta

pretensión, mezclada quizás á un poco de envidia por mi buena figura, y

de celos por cierta condescendencia de algunos profesores, desencadenó

la enemistad de los muchachos, y el «monitor-pajuerano», como me

decían, fué la víctima de sus camaradas, que no vislumbraban siquiera,

tras él, la sombra omnipotente y amenazadora del papá. Esta enemistad,

que se traducía en agresiones colectivas, manteos, «ronga-catonga»

bailadas en torno mío, no sin puñetazos, puntapiés, escupidas y otras

amenidades escolares, de que nunca me quejé á los superiores por

caballeresco puntillo, cedió un tanto, casi por completo, después de

varios combates con «los más guapos», en los que, por fortuna, resulté

casi siempre vencedor. Pero la sorda hostilidad no cesó nunca, porque,

envalentonado con mi triunfo, me mostré altivo en demasía, y porque mi

forzoso aislamiento, fuera de las horas de clase y de los recreos en

los claustros sombríos ó en el gran patio del Colegio, no me permitía

cultivar amistad alguna, ni aun la del mismo Pedro Vázquez, alumno de

segundo año ya. ¿Cómo hacerme de camaradas íntimos, si don Claudio

ahuyentaba en la calle á mis condiscípulos, que de otro modo quizás se

hubieran unido á mí?

El estudio me interesaba muy poco; antes que aprender las largas

lecciones de memoria, el musa musae, el bonus, bona, bonum, la

nomenclatura interminable de los departamentos de provincia, los

cuentos insípidos del Compendio de Historia Sagrada, prefería quedarme

horas enteras mirando al aire, evocando las risueñas imágenes de Los

Sunchos, ó rehaciendo las complicadas intrigas de las novelas. Era el

más «burro» de la clase, pero mi insuficiencia no me molestaba en lo

más mínimo, ni por mis condiscípulos ni por los profesores, olfateando

instintivamente en estos últimos, quizás, una insuficiencia si no

mayor, más perniciosa aún. Salvo raras excepciones eran ignorantes, se

limitaban á tomar las lecciones con el texto en la mano, «docti cum

libro», y contestaban rara vez á las preguntas que se les hacía para

aclarar una duda, maestros improvisados, en fin, en una época en que

las «cátedras» eran el refugio de los amigos del Gobierno que no tenían

profesión ni aptitudes para ganarse el pan.

Mi vida, pues, no era vida. Moríame de hastío en casa de Zapata, que

apenas recibía á dos ó tres personas, además del cura Ferreira y de

fray Pedro Arosa, franciscano, y que no dió fiesta alguna después de

la comida en honor de tatita; sufría y rabiaba en el Colegio, donde

lo que aprendí fué de oirlo repetir á los demás; cada día me era más

difícil procurarme novelas, porque el dinero escaseaba mucho, pues,

como repetía misia Gertrudis:

--Aquí tienes todo cuanto necesitas, y la plata es la perdición de los

muchachos, sobre todo en una ciudad como ésta--considerando que la

dormida capital provinciana era una Babilonia, si no un París.

¿Qué hacer, entonces? ¡Volverme á Los Sunchos! Esta idea llegó á

convertirse en obsesión. Pero, ¿cómo realizarla, sin medios, sin

recursos? En último extremo, cansado de quejarme inútilmente á mi

madre, había escrito á tatita, pintándole mis padecimientos con los más

negros colores, y pidiéndole que me llamara á su lado, ó, por lo menos,

me hiciera tratar de un modo más humano; pero él, convencido de que yo

exageraba, alentado por los consejos de don Higinio, engañado por las

cartas de don Claudio, me contestó diciéndome que aguantara, porque en

la vida todo no eran rosas, y que mayores pellejerías había pasado él

cuando muchacho para «hacerse hombre». Todavía no me doy cuenta de lo

que se proponían doña Gertrudis y su marido tratándome así, y, á lo

más que puedo llegar, es á decirme que daban libre curso á su carácter

con los que estaban bajo su dependencia--las chinas y yo,--y que era

más sabroso para ellos dominarme, engañando á tatita, so color de

rigidez de principios. No cejé, sin embargo, y volví al asalto por

la parte más débil, escribiendo una y otra carta á mamá, con tantas

jeremiadas, revueltas entre repeticiones y faltas de ortografía, que la

buena señora se resolvió, por fin, á desobedecer de lleno, y quizá, por

primera vez, á su marido, enviándome algunos pesos bolivianos que yo

le pedía con el pretexto de suavizar un tanto mis amarguras y comprar

libros y otras cosas necesarias.

Una vez dueño de este capital maduré mi proyecto de fuga, no tan

fácil como á primera vista podría creerse: me costó días enteros de

meditación, pero el plan resultó de una pieza.

La galera para Los Sunchos salía los lunes, miércoles y viernes muy

temprano, de una posada céntrica, el Hotel de la Bola de Oro, y después

de atravesar la ciudad, se detenía en una pulpería de las afueras--la

Esquina del Poste Blanco,--especie de sub-agencia para encomiendas

y pasajeros, antes de emprender seriamente el galope, camino real

adelante. Allí había que tomarla, no cabe duda, pues atravesando la

ciudad alguien entre los acostumbrados espectadores del paso de la

galera, había de verme, necesariamente.

Los hábitos recién adquiridos de disimulo me sirvieron en la

circunstancia como si sólo para ella me los hubieran inculcado; después

tuve ocasión de utilizarlos muchas veces con éxito, probando que los

frutos de la buena educación no se pierden nunca. Bueno, pues; con gran

sorpresa y mucho gusto de misia Gertrudis, que hasta entonces tenía

que despertarme tres y cuatro veces cada mañana, comencé á madrugar

por iniciativa propia, y á dar cortos paseos, con el libro en la mano,

como quien estudia, primero en la huerta, después en la acera de la

calle, casi siempre á la vista de la vigilante centinela, pero cuidando

de desaparecer á veces un momento, para que fueran adormeciéndose

sus sospechas. Cuidé también de hablar mucho por aquellos días, de

un paraje pintoresco, á una legua ó poco más de la ciudad, al otro

extremo del Poste Blanco, que habíamos visitado en una excursión con

los Zapata, y donde el río, que más cerca era apenas un hilo de agua

tendido sobre un inmenso lecho de cantos rodados, ofrecía entonces,

gracias á una especie de dique natural, un buen bañadero y un excelente

sitio para pescar bagres y dientudos. El «Mojarral» con sus sauces,

sus peces y su bañadero no se me caía de la boca, y cualquiera hubiese

jurado que yo no pensaba en otro paraíso.

--¡Así me gusta! ¡Estás muy estudioso!--decía misia Gertrudis, no sin

sorna, al verme salir de mi cuarto, con el libro en la mano, casi

de madrugada.--Si seguís así, un día de estos te vamos á llevar al

«Mojarral».

--¡Sí! Pero que sea pronto... ¡Tengo tantísimas ganas!

En fin, un martes por la noche deposité una maletita con parte de mi

ropa en el fondo de la huerta, que daba á una calle excusada, y en un

rincón de donde podría sacarla fácilmente sin ser visto. Me acosté,

en seguida, pero no me fué posible dormir: la fiebre me devoraba,

considerábame libre ya, y renacía en mí el muchacho inventivo y

resuelto de Los Sunchos, aparentemente domado por el freno terrible de

los Zapata, hasta el punto de buscar en mi imaginación cómo vengarme

de misia Gertrudis. No encontré, por el momento, castigo alguno digno

de su perversidad, y dejé que la ocasión me ofreciera la venganza,

jurándome, sin embargo, no abandonar jamás este santo propósito. Como,

apenas me amodorraba, despertaba sobresaltado, soñando que me habían

descubierto, resolví levantarme, de noche aún. Debí hacer ruido, porque

misia Gertrudis gritó de pronto:

--¿Quién anda ahí?

Volví á meterme en cama, medio vestido, y oí que la vieja se levantaba

á su vez precipitadamente, encendía luz, se asomaba á mi cuarto y luego

salía al patio á hacer una ronda extraordinaria.

--¡Esta es la mía!--me dije, sin reflexionar, inspirado por mi grande

amiga, la oportunidad.

Y precipitándome al dormitorio de misia Gertrudis--don Claudio tenía

cuarto aparte,--tomé de sobre la cómoda, donde las ponía siempre, sus

magníficas trenzas castañas, que sólo se ataba á la cabeza una vez

terminadas las faenas matinales. ¿Qué iba á hacer con ellas? No lo

sabía ni me importaba por el momento.

Amaneció poco después, sin que misia Gertrudis volviera de su

inspección, y yo salí, como de costumbre, con el libro en la mano. La

vieja estaba haciendo fuego en la cocina. Corrí á la huerta, tiré en

el lodo infecto del comedero de los cerdos las hermosas trenzas que

los «cuchis» se encargarían de devorar ó destrozar, por lo menos, como

un plato exquisito, saqué la maleta de su escondite, y, por las calles

solitarias aún, envueltas en húmeda neblina, me fuí al boliche del

Poste Blanco, á esperar la galera de Los Sunchos que ya estaría por

llegar. En efecto, la aguardaba hacía dos minutos, cuando se detuvo

en la puerta, con gran ruido de hierros y de maderas entrechocados.

El mayoral, Isabel Contreras, y los postillones, entraron á tomar

su segunda «mañanita», de caña pura, caña con limonada ó ginebra,

sorbida ya la primera en la Bola de Oro, y á recoger encomiendas,

correspondencia y pasajeros, si los había. Y había uno: yo.

Contreras, que como miembro conspicuo de la población flotante de Los

Sunchos, me conocía como á sus manos, y respetaba á tatita, á quien,

según ya dije, servía de correo especial y de informante celoso, me

hizo la mejor acogida, no se metió en indiscretas averiguaciones á

propósito de mi presencia allí, y me dispensó el señalado honor de

invitarme á que lo acompañara en el pescante, mientras ponía él mismo

mi valija en la imperial. Cuando hice mención de pagar el pasaje,

rechazó el dinero.

--Ya me pagará don Fernando.

¡Si yo hubiese sabido! ¡Cuántas semanas antes hubiera desertado de la

zapatil mazmorra!

Charlando durante el viaje, y animado por alguna libación en las

postas, con la falta de reserva que caracteriza á la petulancia

infantil, y que no había corregido del todo, todavía, pese á la

inquisitorial fiscalización de misia Gertrudis, conté por lo largo

á Contreras mis padecimientos y mi escapatoria, cuando «ya no podía

aguantar más». Sobresaltóse el buen paisano en un principio, pensando

en sus responsabilidades, y ya iba á arrepentirme de mi desmedida

confianza, cuando reaccionó, echóse á reir á carcajadas, y, haciendo

restallar su largo látigo, exclamó:

--¡Hijo é tigre, overo has de ser! ¡Éste no desmiente la casta!

Se rió mucho más de la jugarreta del pelo postizo, diciendo que bien se

la merecía la «perra vieja» aquella, y después, como hombre ducho, me

aconsejó que no me dejase ver por tatita antes de hablar con mi madre,

porque las madres son siempre las «mejores tapaderas» para los hijos,

y porque «hay que tener mucho ojo con el mal genio de don Fernando».

Y, para hacerlo mejor, detuvo la galera en una callecita solitaria, á

corta distancia de casa, guardó la maleta para enviármela más tarde, y

me estrechó campechanamente la mano con la suya, como papel de lija,

diciéndome:

--Y ahora, compadre, bajesé y vaya corriendo á su mamá, que es la

única que tendrá lástima de sus penurias... Dígale que aquí, como en

cualquiera otra parte puede «hacerse hombre».

¡Hacerse hombre!... Rodó la galera, siguiendo su camino, y yo me quedé

inmóvil, alelado, entre alegre y temeroso. Allá, muy lejos, quedaban la

ciudad, el Colegio, doña Gertrudis, don Claudio, el latín, el infierno,

como una horrible pesadilla. Estaba en Los Sunchos, en «mi» pueblo, en

mi teatro, y aunque receloso de lo que iba á ocurrir, me sentía con más

valor, con más fuerzas, dueño de mí mismo, en fin!

X

Mi madre me recibió con transportes de alegría, extraordinarios en

ella, y después de abrazarme y besarme mil veces, como loca, se echó

á llorar de pronto, sin preguntarme nada, mezclando sus besos, sus

abrazos, sus risas y sus lágrimas con exclamaciones entrecortadas y

frases de cariño. Era un alma amante la de mamita, un alma apasionada

que, sin embargo, no pudo tener en la vida más pasión que yo, olvidada

como estaba por los hombres y las cosas, y que sólo se desahogaba

en una religión muy alta y muy pura, aunque bastante velada por

la superstición, ó mejor dicho, por una especie de iconolatría

quietista. Sólo después de largo rato me interrogó sobre los motivos

de mi regreso--que adivinaba perfectamente,--y se condolió de mis

padecimientos hasta las lágrimas. También es verdad que yo los describí

con calurosa elocuencia, y que hubiera podido conmover á otra que mi

madre, siempre que fuese crédula y blanda de corazón.

--¡Has hecho bien! ¡Has hecho bien, mi hijito, en escaparte! ¡Pobre

mi hijo!--exclamaba.--Yo hablaré con tu padre y lo convenceré de que

tienes razón.

Y en un rapto de santo egoísmo, reveló el fondo de su pensamiento:

--¡Me hacías tanta falta!

Cuando, á la hora de comer, tatita volvió de sus quehaceres ó

diversiones acostumbrados, mamá, que me había hecho quedar en mi

cuarto, le habló largo rato á solas. De tiempo en tiempo, llegaban

hasta mí la voz irritada de mi padre y la suplicante de mamita. Por

fin, hubo un prolongado silencio, que interrumpió una china diciéndome

desde la puerta:

--¡Niño! ¡Don Fernando que vaya al comedor!

Mi temerosa incertidumbre desapareció como por encanto: iba á verme

frente de los hechos, con la firme voluntad de no doblegarme. Además,

auguraba mucho bueno de la forma en que se presentaba aquel choque:

si tatita no estuviera pronto á ceder y quisiera castigarme, se

precipitaría furioso á mi cuarto, no me llamaría al comedor.

Sin embargo, me recibió con una piedra en cada mano, colérico en

apariencia, llenándome de improperios y amenazándome con «darme de

lazazos hasta que me corriera la sangre». Me afirmé en mi opinión de

que era una tormenta de verano y que ya comenzaba á aclarar, pero no

dejé de sobresaltarme un poco cuando me dijo:

--Has hecho mal, pero muy mal, y mereces un buen castigo. Te has

portado como un bellaco, y si no fuera por tu madre, verías lo que te

pasaba. Porque ella me lo pide y por ser la primera vez, me contento

con que te vayas inmediatamente á casa de Zapata, le pidas perdón y no

vuelvas á hacer de las tuyas. ¡Mañana sale la galera!...

Yo me encabrité, y con el pecho oprimido, casi á punto de romper á

llorar, hice un esfuerzo y dije desgarradoramente:

--¡Pero, tatita!... ¡Si son unos tiranos, unos verdaderos verdugos!

¡Yo no he hecho nada para que me tengan preso!... ¡No, tatita! puede

matarme, pero yo no iré... ¡Prefiero que me mate!

--¿Que no irás?--estalló mi padre indignado, esta vez de veras, porque

no toleraba la abierta oposición.--¡Eso será lo que tase un sastre!

¡Habráse visto! ¡Cuando yo mando se obedece y se calla la boca! ¡Irás á

la ciudad y les pedirás perdón, canejo!

--¡Fernando, por Dios!--clamó mi madre.

--No tengas miedo. No le voy á hacer nada. Pero, en cuanto á lo otro,

¡no hay tu tía! ¡Irá á la ciudad, y más pronto que ligero!

--No iré, no iré. ¡Me tiraré de la galera si es preciso, pero no iré!

Esto no lo dije. No. Hubiera sido demasiado. Lo pensé, tan sólo, y me

lo juré á mí mismo. Á decirlo, mi padre me da sin más trámite una zurra

de no te muevas, en el arrebato de su impulsividad.

Hubo un largo silencio.

--¡Bueno! ¡Ahora, á comer!--ordenó tatita, por fin, calmado ya.

La comida comenzó lúgubremente. Todos callábamos, y las mismas

chinitas que servían la mesa se deslizaban sin ruido, como sombras,

asustadas por la tormenta. Hasta la lámpara de petróleo me parecía

lanzar una luz trágica sobre el mantel. Por último, al servirse el

asado de tira con ensalada de lechuga--aún me parece verlo en la

fuente, con las angostas costillas en forma de escalera, cubiertas de

morena película, y la gordura dorada chorreando jugos y chirriando

todavía,--mi padre me preguntó con tono natural:

--¿Y cómo ha sido eso?

Repetí el relato, primero tímidamente, después con cierta entereza, al

final entusiasmado por mis propias palabras, acumulando cargos contra

don Claudio, contra misia Gertrudis, descubriéndolos con repentina

clarividencia, inventándolos á veces. Y, por último, indignado de

veras, exclamé:

--Se vengan en mí de que son unos pelagatos, y me hacen pagar los

desaires que les hace todo el mundo. ¡Se alegran de tener como un

sirviente, como un esclavo, nada menos que al hijo de Gómez Herrera!...

¿Quién dijo que la lisonja es la mercancía más barata y más productiva?

Sea quien sea, dijo una gran verdad.

Tatita se sintió herido en su amor propio ó encontró aquella coyuntura

favorable para hacer una diversión y encaminarse á sus verdaderos

propósitos. El caso es que vi pasar un relámpago por sus ojos, y juzgué

que había tomado el buen rumbo.

--¡No respetan á nadie!--agregué.--Para ellos todo es cuestión de

suerte y de favoritismo, y los más ricos y los que pueden más, no son

más que unos busca vidas.

--¡Hum, hum!--hizo tatita, receloso.--¿Han hablado de mí?

--¡Dios los hubiera librado! Lo que es estando yo, no han dicho nada.

Pero, como hablan pestes de todos los amigos...

--¡Está bien! ¡Está bien! ¡Ésas son suposiciones y nada

más!--interrumpió, mal engestado.

--¿No te parece, Fernando--dijo mamita después de una pausa,--que

este muchacho debería irse á acostar? Con el viaje de hoy, y las

aflicciones, si tiene que salir mañana temprano, se nos va á enfermar...

--Es posible.

Mamá insistió?. La enfermedad era inevitable. En aquel mismo instante

ya tenía fiebre. Y si caía en cama en la ciudad, ¿cómo me cuidarían?

¿No sería mejor dejarme descansar unos días, muy pocos, hasta la vuelta

de la galera, por ejemplo?

--Bueno--contestó, por fin, tatita, como quien hace un sacrificio.--Irá

en el otro viaje, ¡pero eso, sin remisión!

--¡No iré nunca!--pensé.

--Voy á escribir á don Claudio dándole una satisfacción y pidiendo

disculpas á misia Gertrudis de tu parte, para que te perdone.

--¡No me ha de perdonar!--murmuré.

--¿Por qué? Al fin y al cabo, no has hecho más que una muchachada.

No pude menos que sonreirme.

--¿Ó has hecho algo más, que no sabemos todavía?

Conociendo el carácter de tatita, no vacilé en contarle la travesura de

las trenzas, pero traté de hacerlo con habilidad y gracia, comenzando

por describir las dos figuras de la vieja sin y con sus postizos,

la pretensión ridícula de su coquetería senil, tan contraria á la

beatería, la rabia que me daba verla presumir de muchacha... Cuando

agregué que los cerdos se habían precipitado, en el chiquero, á

devorar aquel amasijo de crines engrasadas, como si fuera un plato

delicado, y pinté la cara que pondría misia Gertrudis buscando su

cabellera, tatita rompió á reir á carcajadas, echándose hacia atrás en

su sillón, como si estuviera asistiendo á la escena más cómica de su

vida. Estaba derrotado...

Poco rato después, me fuí, en apariencia, á dormir, pero en realidad

me quedé atisbando para ver si tatita escribía á los Zapata, con esa

incertidumbre de los muchachos que no saben decirse: «esto sucederá

y no otra cosa». No escribió, naturalmente, porque no era hombre de

pedir disculpas á nadie, por nada de este mundo; en cambio, adiviné

que comentaba risueño mis aventuras de la ciudad, primero con mamita,

después con don Inginio que, sabedor de mi escapatoria, fué á casa en

procura de mayores datos. Al oir entrar al viejo Rivas, me acerqué al

comedor para sorprender algo de lo que dijeran. El juicio era, más

bien, favorable para mí. Don Higinio estaba pronto á creer que los

Zapata habían ido demasiado lejos, tanto más cuanto que los muchachos

criollos son amigos de la libertad y no «hijos del rigor», y á mí se me

había transplantado violentamente de la independencia casi total á una

especie de encarcelamiento.

--Pero, así y todo--terminó,--es preciso que se haga hombre, ¿no es

cierto, misia María?...

Sostenido nerviosamente por las mismas emociones, en cuanto los viejos

se fueron al club, consideré que cualquier cosa era mejor que meterme

como un tonto en cama, y sin pedir permiso á nadie, me escabullí en

busca de mis camaradas. La visita de don Higinio me había hecho pensar

en Teresa, pero esta evocación quedó muy en segundo término, siendo

lo dominante la tentadora «farra» con los amigotes. Sin embargo, al

salir muy recatadamente, para evitar las posibles inútiles objeciones

de mamita, oí un siseo que partía de su ventana, allí, en la casa de

enfrente.

Sabiendo mi llegada, Teresa me aguardaba á la reja, segura de que iría

á conversar con ella ó temerosa de que no la recordara--caben ambas

interpretaciones en el determinismo femenil.

Al sentirla allí, súbitamente despertados mis instintos novelescos,

vuelto á la vida de antes, corrí á la ventana á saludar en ella toda la

poesía erótico-sentimental que encarnaba para mí. Á mis transportes,

al propio tiempo ingenuos y perversos, respondió la niña con una

emoción intensa y contagiosa. Su pobre alma se enajenaba más con

los sentimientos que con las pasiones, mientras yo, como un actor,

me entusiasmaba con el papel que las circunstancias me distribuían,

pronto á ser Otelo ó Marco-Antonio, Don Juan ó Marsilla. La dije--y

en aquel momento yo mismo lo creía,--que había vuelto á Los Sunchos,

despreciando los esplendores de la ciudad, sólo porque no podía vivir

lejos de ella.

Y tanto efecto le produjo este eterno y tonto estribillo, que asomando

la carita morena entre dos barrotes de hierro, me tendió como una flor

los labios frescos y rojos, para darme el primer beso.

Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira · 第 16 / 53 题