XII

Pocos años más tarde, una diversión de otro orden, que me atraía

muchísimo, fué el punto de arranque de una de las manifestaciones más

significativas de mi vida.

Solía yo visitar de noche la redacción de «La Época», periódico semi

oficial, sostenido por la Municipalidad y redactado por un joven

aventurero español, que respondía al sonoro nombre de Miguel de la

Espada, mozo capaz de escribir cuanto conviniese á los que le pagaban,

y tipo común de todos los pueblos y ciudades de la República. La

imprenta era una casucha de tres piezas, sucia y miserable, situada á

pocos pasos de la plaza pública, en una calle adyacente. En el primer

cuartujo estaba instalada la Redacción, con una mesa larga de pino

blanco, llena de diarios y papeles, un pupitre alto para los libros

de caja de la Administración, varias sillas de enea, una silla de

baqueta, de alto respaldo, piso de ladrillos hechos polvo, paredes

blanqueadas, llenas de telarañas y manchas de tinta y de mugre,

cieloraso empapelado, del que colgaban lamentablemente varias tiras

de papel, despegadas por las goteras... Aquello olía á humedad, á

aceite, á petróleo. En la segunda habitación, obscura y mal ventilada,

veíanse los burros y las cajas de componer, para los tres operarios;

en la tercera estaba la vieja prensa de mano y el catre del peón.

Allí reinaba de la Espada, y allí nos reuníamos algunas noches varios

jóvenes situacionistas, á comentar la vida doméstica, social y política

de Los Sunchos. Eran de oir las habladurías, chismes, críticas,

difamaciones y calumnias que formaban el fondo de aquellas amenas

charlas, análisis de la vida y milagros del pueblo entero, en que los

detalles faltantes eran substituídos con ventaja por otros, fruto de la

imaginación de los contertulios. La famosa botica de Paredes, llamada

el «mentidero», no aventajaba en nada á la redacción de «La Época».

Allí me inicié en todos los misterios de la aldea, conocí la historia

de todas las familias, supe las faltas de éstos, los errores de

aquéllos, los delitos de los otros, aquilaté la virtud exigida de las

mujeres y comencé á ver otro aspecto del mundo, quizás algo exagerado,

quizás un poco ennegrecido, pero, en resumen, muy aproximado á la

realidad.

De la Espada era hombre de unos treinta años, menudito y móvil, de

ojos pequeños, llorosos y casi sin pestañas, cetrino, con un bigotito

de cerdas, horrible, en fin, pero tan simpático merced á su gracia

madrileña, á su picaresco pesimismo... Solía resumir las conversaciones

por medio de sentencias que constituían todo un curso de enseñanza, la

síntesis de lo nuevo para mí, en aquel entonces, aunque flaquearan

bastante en cuanto á originalidad. Había sido en pocos meses, cuanto se

podía ser, desde acomodador de teatro en Buenos Aires, hasta director

de periódico en Los Sunchos, y decía (vaya un ejemplo):

--Todas las mujeres tienen su cuarto de hora, y el que acierte á

acercárseles en ese momento, puede estar seguro de obtenerlas.

Ó bien:

--Todos los hombres se venden; la cuestión es dar con el precio.

Ó bien:

--Para llamar honrado á un hombre es preciso ponerlo en la mayor

necesidad, y, al mismo tiempo, darle ocasión de que robe. Si no roba es

honrado. Pero en esas condiciones no hay quien no robe.

Igual cosa digo de la mujer honesta. No hay mujer que no haya engañado

á su marido, por lo menos en pensamiento, si ante su vista pasó alguien

á su juicio mejor que el marido. Ante su vista ó también ante su

imaginación...

Estas doctrinas me seducían, aunque hiciera de vez en cuando algunas

reservas, porque, entre otras cosas, no podía admitir que mi madre

hubiera faltado, ni aun soñando, á sus deberes. Pero esta excepción no

alcanzaba, generalmente, á la madre de los demás, y pecaba por exceso

de limitación. La sabiduría de de la Espada, se infiltraba, pues, en

mí, y no había de tardar en ensayarla en la práctica de la vida.

Otro entretenimiento que no debo pasar por alto, pues tuvo cierta

influencia en mi vida: iba á menudo á tomar mate con el viejo comisario

don Sandalio Suárez, en la misma comisaría, interesándome en la

organización de la vigilancia y otros servicios, y, sobre todo, en

los problemas policiales, aunque Sherlock Holmes no hubiese nacido

todavía, ni el genial Poe y el monótono Gaboriau hubiesen llegado á Los

Sunchos. Yo interrogaba al viejo paisano acerca de las maravillosas

facultades investigadoras de los Rastreadores, y la admirable

perspicacia de Facundo, que pinta Sarmiento.

--Todas esas son camamas--contestaba don Sandalio.--Nadie descubre

á los criminales, cuando no se entregan ellos mismos, y yo, que te

hablo, con todos mis años de policía, no he agarrado á ninguno, sino en

fragante, por casualidad, ó porque, de sonso, se me entregó él mismo.

Me contaba sus recuerdos, casi todos político-electorales, y varias

veces me invitó á acompañarle en sus pesquisas, en las que yo

colaboraba con entusiasmo. Recuerdo, entre otras cosas, el asesinato de

una mujer, cuyo autor busqué por el buen método, averiguando á quién

podría aprovechar su muerte. Di con el marido, enamorado de otra, joven

y bonita, y lo hice prender. Pero, pocas noches después, un borracho se

jactó en una trastienda de ser el asesino, y de que nadie sospecharía

de él. Detenido é interrogado, supimos que había asesinado á la mujer

por «gusto», sin razón ni objeto, sólo porque se le ocurrió, estando

muy ebrio, al verla asomada á la puerta de su casa... Este fracaso no

me desalentó, y hasta me propuse perseguir y descubrir á los cuatreros

que infestaban el departamento.

--¡Déjate de cuatreros!--exclamó don Sandalio, cuando le hablé de mi

intención.--Si te metés en eso te va á salir la torta un pan! ¡El

chasco que te darías si los descubrieses y supieses que eran don, y

don, y otros que tampoco te quiero nombrar!

Pero dejemos la policía para seguir el hilo de mi historia.

Celebrábanse entonces, como ahora, en Los Sunchos, al mediar la

primavera, fiestas populares introducidas por los vecinos españoles

y adoptadas con entusiasmo por la población criolla: las Romerías.

En un gran terreno cercano al pueblo alzábanse tinglados, tiendas de

lona, galpones de madera, enramadas, quioscos, improvisándose una

aldea volante, una especie de paradero de indios, que se adornaba

con banderas, follaje, gallardetes, guirnaldas de telas baratas y

churriguerescas, y que habitaban algunos comerciantes establecidos en

el pueblo, y muchos de ocasión, ofreciendo baratijas, géneros y ropas

ya invendibles, y sobre todo, cosas de comer y de beber, buñuelos,

cerveza, tortas fritas, vino carlón, chorizos asados... En la gran

«carpa» de la Sociedad Española se instalaba un bazar de caridad,

atendido por las niñas más conocidas del pueblo, y en el que se

vendían, se remataban ó se rifaban mil «clavos» generosamente regalados

por los comerciantes fuertes. La gente menuda tenía, como diversión,

palo-jabonado, rompecabezas, calesitas; el populacho, baile al aire

libre, al son de gaitas y tamboriles, rara vez substituídos por la

banda de música de Los Sunchos, que tocaba, sobre todo, en la «carpa»

de la Sociedad, punto de reunión de la gente distinguida. Una atmósfera

sensual, intensificada por todos los efluvios de la primavera, una loca

necesidad de divertirse, de gritar, de moverse, de rozarse, reinaba en

las romerías, y embriagaba á todos, comenzando por la masa popular,

para invadir poco á poco las capas superiores. Más capitosas que el

carnaval, porque reunían á todo el mundo en un solo sitio, el contagio

sexual era en ellas más rápido y avasallador; pero en la ingenuidad

de las costumbres, esto no lo advertían sino el cura, que predicaba

contra los excesos y pedía moderación, y alguno que otro viejo, cuyas

observaciones se tomaban generalmente como una demostración de envidia

de los que ya no pueden divertirse.

Aquel año fuí el asiduo cortejante de Teresa, un poco por iniciativa

propia, un poco porque ella halló manera de cautivarme con sus

monadas, acercándoseme á cada rato, en un principio, con el pretexto

de ofrecerme cedulillas de la rifa, ó artículos del bazar de Caridad.

Bailamos toda la noche, cuantas veces se organizó el baile para la

«gente decente», en un tablado hecho á propósito junto á la «carpa» de

la Sociedad; le di el brazo, acompañándola cuando ejercía sus funciones

de vendedora á través de la multitud acudida del pueblo y de las

aldeas y estancias vecinas, y no desperdicié la ocasión de decirla mil

ternezas que la conmovían y la enajenaban, hasta el extremo de sentirla

temblar, al apoyarse con abandono en mi brazo.

--¡Pero eres un malo, un perverso!--me decía.--¡No te puedo creer! ¡Si

me quisieras de veras no te pasarías los meses enteros sin ir á verme!

¿Era el cuarto de hora de de Espada _d'aprés_ Rabelais? Así lo creí,

pues le declaré que si no iba á verla era porque «me daba rabia» hablar

con ella, habiendo gente delante, ó con una reja de por medio.

--Si me esperaras en la huerta, donde podemos conversar á gusto, yo

iría á verte todas las noches.

--¡Pero eso está muy mal hecho!--exclamó.

¿Por qué? ¿Qué había de malo? ¿No tenía confianza en mí? ¿No estábamos

acostumbrados á andar juntos y solos, desde chicos? É insistí:

--No me digas que sí ni que no. Esta noche iré á la huerta. Si quieres,

me esperas; si no estás, lo sentiré mucho y me volveré á casa...

Lo dije con un acento de tristeza y terminé con un tono de vaga

amenaza, tales que, vencida, me estrechó el brazo y me miró á los ojos

con la vista turbia. Iría á la huerta, sin duda alguna.

Don Higinio, como es natural, había notado mis asiduidades y la actitud

de Teresa, pero no les dió importancia, ó, más bien dicho, se felicitó,

sin duda, de nuestro acuerdo, que debía conducirnos á la ejecución de

sus proyectos matrimoniales, de larga data planteados.

--¡Ah, pícaro!--me dijo, golpeándome el hombro.--Ya te he visto de

«temporada»... ¡Como ha de ser! Los muchachos se apuran á ocupar

nuestro sitio, y no tienen reparo en dejarnos á un lado...

Me reí, sin contestar, pensando en cuán distintos de los suyos eran

mis planes, y diciéndome: «Si éste piensa en casarme, ya está fresco.

¡Cualquier día renuncio yo á mi libertad por una cosa que puedo obtener

sin semejante sacrificio!» Sin embargo, me prometí, tanto si Teresa

acudía á la cita, cuanto si me dejaba plantado, conducirme de allí en

adelante con mayor cautela y ocultar en lo posible nuestros amores,

para no dar asidero á don Higinio y rehuir sus insinuaciones, que no

tardarían en ser exigencias.

Teresa me aguardó cuando, al volver de las romerías, todos se hubieron

acostado en su casa. Hablamos largo rato, ella con ternura, yo con

diplomacia, sentados bajo un enorme sauce que había en el fondo de la

huerta. Un momento creí que estaba completamente á mi discreción, pero

á la primera libertad que quise tomarme se levantó sin aspavientos, y

separándose un paso de mí, me dijo con serenidad y blandura:

--No, eso no, Mauricio. Me has prometido portarte bien, y por eso estoy

aquí. Conversemos cuanto quieras, pero con juicio. Mira que ya no somos

criaturas.

¡Sonsa! ¡Más que sonsa!

Había tanta tranquila resolución en su acento, que me quedé cortado,

sin acertar á decir palabra. La entrevista perdió para mí todo su

encanto. ¿Quién la hacía tan cauta? ¿Cómo, en su inocencia y en su

afecto, real y grande, hallaba, sin embargo, fuerzas para resistir? No

lo sé, aunque me parece efecto de la educación, no de las lecciones

paternas, sino de las charlas íntimas con las amigas que van

revelándose mutuamente la vida y sus peligros. Pensé que el «cuarto de

hora» no había sonado ó había pasado ya, pero, repuesto de la primera

impresión, logré decirla algunas nuevas ternezas, prometiéndola ser

más serio en adelante, no importunarla en otra cita que pedí para la

siguiente noche.

--Sí, vendré. Pero tienes que jurarme que estarás quietito.

Le estreché la mano, y me fuí, rabiando conmigo mismo. Debía haber

sido más audaz, debía... Y me puse á forjar para lo futuro planes de

seducción análogos á los leídos en las novelas, recordando al propio

tiempo el aforismo de de la Espada: «Para conquistar á una mujer

desinteresada, se necesita mucho tiempo y mucha paciencia. Á su tiempo

maduran las uvas, y el pobre porfiado saca mendrugo, mientras que el

exigente se queda afeitado y sin visita». Pero me parecía que nuestros

amores duraban ya tanto, tanto...

--¿Será que no me quiere? ¿Ó tiene la decidida voluntad de que me

case con ella, y sabe que para eso es necesario no ceder? ¡Diablo de

muchacha!... ¡Bah! consultaré á de la Espada, lo haré mi confidente...

¿Por qué no?... Él sí que tiene experiencia... y no dirá nada á nadie...

Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira · 第 18 / 53 题