Pocos años más tarde, una diversión de otro orden, que me atraía
muchísimo, fué el punto de arranque de una de las manifestaciones más
significativas de mi vida.
Solía yo visitar de noche la redacción de «La Época», periódico semi
oficial, sostenido por la Municipalidad y redactado por un joven
aventurero español, que respondía al sonoro nombre de Miguel de la
Espada, mozo capaz de escribir cuanto conviniese á los que le pagaban,
y tipo común de todos los pueblos y ciudades de la República. La
imprenta era una casucha de tres piezas, sucia y miserable, situada á
pocos pasos de la plaza pública, en una calle adyacente. En el primer
cuartujo estaba instalada la Redacción, con una mesa larga de pino
blanco, llena de diarios y papeles, un pupitre alto para los libros
de caja de la Administración, varias sillas de enea, una silla de
baqueta, de alto respaldo, piso de ladrillos hechos polvo, paredes
blanqueadas, llenas de telarañas y manchas de tinta y de mugre,
cieloraso empapelado, del que colgaban lamentablemente varias tiras
de papel, despegadas por las goteras... Aquello olía á humedad, á
aceite, á petróleo. En la segunda habitación, obscura y mal ventilada,
veíanse los burros y las cajas de componer, para los tres operarios;
en la tercera estaba la vieja prensa de mano y el catre del peón.
Allí reinaba de la Espada, y allí nos reuníamos algunas noches varios
jóvenes situacionistas, á comentar la vida doméstica, social y política
de Los Sunchos. Eran de oir las habladurías, chismes, críticas,
difamaciones y calumnias que formaban el fondo de aquellas amenas
charlas, análisis de la vida y milagros del pueblo entero, en que los
detalles faltantes eran substituídos con ventaja por otros, fruto de la
imaginación de los contertulios. La famosa botica de Paredes, llamada
el «mentidero», no aventajaba en nada á la redacción de «La Época».
Allí me inicié en todos los misterios de la aldea, conocí la historia
de todas las familias, supe las faltas de éstos, los errores de
aquéllos, los delitos de los otros, aquilaté la virtud exigida de las
mujeres y comencé á ver otro aspecto del mundo, quizás algo exagerado,
quizás un poco ennegrecido, pero, en resumen, muy aproximado á la
realidad.
De la Espada era hombre de unos treinta años, menudito y móvil, de
ojos pequeños, llorosos y casi sin pestañas, cetrino, con un bigotito
de cerdas, horrible, en fin, pero tan simpático merced á su gracia
madrileña, á su picaresco pesimismo... Solía resumir las conversaciones
por medio de sentencias que constituían todo un curso de enseñanza, la
síntesis de lo nuevo para mí, en aquel entonces, aunque flaquearan
bastante en cuanto á originalidad. Había sido en pocos meses, cuanto se
podía ser, desde acomodador de teatro en Buenos Aires, hasta director
de periódico en Los Sunchos, y decía (vaya un ejemplo):
--Todas las mujeres tienen su cuarto de hora, y el que acierte á
acercárseles en ese momento, puede estar seguro de obtenerlas.
Ó bien:
--Todos los hombres se venden; la cuestión es dar con el precio.
Ó bien:
--Para llamar honrado á un hombre es preciso ponerlo en la mayor
necesidad, y, al mismo tiempo, darle ocasión de que robe. Si no roba es
honrado. Pero en esas condiciones no hay quien no robe.
Igual cosa digo de la mujer honesta. No hay mujer que no haya engañado
á su marido, por lo menos en pensamiento, si ante su vista pasó alguien
á su juicio mejor que el marido. Ante su vista ó también ante su
imaginación...
Estas doctrinas me seducían, aunque hiciera de vez en cuando algunas
reservas, porque, entre otras cosas, no podía admitir que mi madre
hubiera faltado, ni aun soñando, á sus deberes. Pero esta excepción no
alcanzaba, generalmente, á la madre de los demás, y pecaba por exceso
de limitación. La sabiduría de de la Espada, se infiltraba, pues, en
mí, y no había de tardar en ensayarla en la práctica de la vida.
Otro entretenimiento que no debo pasar por alto, pues tuvo cierta
influencia en mi vida: iba á menudo á tomar mate con el viejo comisario
don Sandalio Suárez, en la misma comisaría, interesándome en la
organización de la vigilancia y otros servicios, y, sobre todo, en
los problemas policiales, aunque Sherlock Holmes no hubiese nacido
todavía, ni el genial Poe y el monótono Gaboriau hubiesen llegado á Los
Sunchos. Yo interrogaba al viejo paisano acerca de las maravillosas
facultades investigadoras de los Rastreadores, y la admirable
perspicacia de Facundo, que pinta Sarmiento.
--Todas esas son camamas--contestaba don Sandalio.--Nadie descubre
á los criminales, cuando no se entregan ellos mismos, y yo, que te
hablo, con todos mis años de policía, no he agarrado á ninguno, sino en
fragante, por casualidad, ó porque, de sonso, se me entregó él mismo.
Me contaba sus recuerdos, casi todos político-electorales, y varias
veces me invitó á acompañarle en sus pesquisas, en las que yo
colaboraba con entusiasmo. Recuerdo, entre otras cosas, el asesinato de
una mujer, cuyo autor busqué por el buen método, averiguando á quién
podría aprovechar su muerte. Di con el marido, enamorado de otra, joven
y bonita, y lo hice prender. Pero, pocas noches después, un borracho se
jactó en una trastienda de ser el asesino, y de que nadie sospecharía
de él. Detenido é interrogado, supimos que había asesinado á la mujer
por «gusto», sin razón ni objeto, sólo porque se le ocurrió, estando
muy ebrio, al verla asomada á la puerta de su casa... Este fracaso no
me desalentó, y hasta me propuse perseguir y descubrir á los cuatreros
que infestaban el departamento.
--¡Déjate de cuatreros!--exclamó don Sandalio, cuando le hablé de mi
intención.--Si te metés en eso te va á salir la torta un pan! ¡El
chasco que te darías si los descubrieses y supieses que eran don, y
don, y otros que tampoco te quiero nombrar!
Pero dejemos la policía para seguir el hilo de mi historia.
Celebrábanse entonces, como ahora, en Los Sunchos, al mediar la
primavera, fiestas populares introducidas por los vecinos españoles
y adoptadas con entusiasmo por la población criolla: las Romerías.
En un gran terreno cercano al pueblo alzábanse tinglados, tiendas de
lona, galpones de madera, enramadas, quioscos, improvisándose una
aldea volante, una especie de paradero de indios, que se adornaba
con banderas, follaje, gallardetes, guirnaldas de telas baratas y
churriguerescas, y que habitaban algunos comerciantes establecidos en
el pueblo, y muchos de ocasión, ofreciendo baratijas, géneros y ropas
ya invendibles, y sobre todo, cosas de comer y de beber, buñuelos,
cerveza, tortas fritas, vino carlón, chorizos asados... En la gran
«carpa» de la Sociedad Española se instalaba un bazar de caridad,
atendido por las niñas más conocidas del pueblo, y en el que se
vendían, se remataban ó se rifaban mil «clavos» generosamente regalados
por los comerciantes fuertes. La gente menuda tenía, como diversión,
palo-jabonado, rompecabezas, calesitas; el populacho, baile al aire
libre, al son de gaitas y tamboriles, rara vez substituídos por la
banda de música de Los Sunchos, que tocaba, sobre todo, en la «carpa»
de la Sociedad, punto de reunión de la gente distinguida. Una atmósfera
sensual, intensificada por todos los efluvios de la primavera, una loca
necesidad de divertirse, de gritar, de moverse, de rozarse, reinaba en
las romerías, y embriagaba á todos, comenzando por la masa popular,
para invadir poco á poco las capas superiores. Más capitosas que el
carnaval, porque reunían á todo el mundo en un solo sitio, el contagio
sexual era en ellas más rápido y avasallador; pero en la ingenuidad
de las costumbres, esto no lo advertían sino el cura, que predicaba
contra los excesos y pedía moderación, y alguno que otro viejo, cuyas
observaciones se tomaban generalmente como una demostración de envidia
de los que ya no pueden divertirse.
Aquel año fuí el asiduo cortejante de Teresa, un poco por iniciativa
propia, un poco porque ella halló manera de cautivarme con sus
monadas, acercándoseme á cada rato, en un principio, con el pretexto
de ofrecerme cedulillas de la rifa, ó artículos del bazar de Caridad.
Bailamos toda la noche, cuantas veces se organizó el baile para la
«gente decente», en un tablado hecho á propósito junto á la «carpa» de
la Sociedad; le di el brazo, acompañándola cuando ejercía sus funciones
de vendedora á través de la multitud acudida del pueblo y de las
aldeas y estancias vecinas, y no desperdicié la ocasión de decirla mil
ternezas que la conmovían y la enajenaban, hasta el extremo de sentirla
temblar, al apoyarse con abandono en mi brazo.
--¡Pero eres un malo, un perverso!--me decía.--¡No te puedo creer! ¡Si
me quisieras de veras no te pasarías los meses enteros sin ir á verme!
¿Era el cuarto de hora de de Espada _d'aprés_ Rabelais? Así lo creí,
pues le declaré que si no iba á verla era porque «me daba rabia» hablar
con ella, habiendo gente delante, ó con una reja de por medio.
--Si me esperaras en la huerta, donde podemos conversar á gusto, yo
iría á verte todas las noches.
--¡Pero eso está muy mal hecho!--exclamó.
¿Por qué? ¿Qué había de malo? ¿No tenía confianza en mí? ¿No estábamos
acostumbrados á andar juntos y solos, desde chicos? É insistí:
--No me digas que sí ni que no. Esta noche iré á la huerta. Si quieres,
me esperas; si no estás, lo sentiré mucho y me volveré á casa...
Lo dije con un acento de tristeza y terminé con un tono de vaga
amenaza, tales que, vencida, me estrechó el brazo y me miró á los ojos
con la vista turbia. Iría á la huerta, sin duda alguna.
Don Higinio, como es natural, había notado mis asiduidades y la actitud
de Teresa, pero no les dió importancia, ó, más bien dicho, se felicitó,
sin duda, de nuestro acuerdo, que debía conducirnos á la ejecución de
sus proyectos matrimoniales, de larga data planteados.
--¡Ah, pícaro!--me dijo, golpeándome el hombro.--Ya te he visto de
«temporada»... ¡Como ha de ser! Los muchachos se apuran á ocupar
nuestro sitio, y no tienen reparo en dejarnos á un lado...
Me reí, sin contestar, pensando en cuán distintos de los suyos eran
mis planes, y diciéndome: «Si éste piensa en casarme, ya está fresco.
¡Cualquier día renuncio yo á mi libertad por una cosa que puedo obtener
sin semejante sacrificio!» Sin embargo, me prometí, tanto si Teresa
acudía á la cita, cuanto si me dejaba plantado, conducirme de allí en
adelante con mayor cautela y ocultar en lo posible nuestros amores,
para no dar asidero á don Higinio y rehuir sus insinuaciones, que no
tardarían en ser exigencias.
Teresa me aguardó cuando, al volver de las romerías, todos se hubieron
acostado en su casa. Hablamos largo rato, ella con ternura, yo con
diplomacia, sentados bajo un enorme sauce que había en el fondo de la
huerta. Un momento creí que estaba completamente á mi discreción, pero
á la primera libertad que quise tomarme se levantó sin aspavientos, y
separándose un paso de mí, me dijo con serenidad y blandura:
--No, eso no, Mauricio. Me has prometido portarte bien, y por eso estoy
aquí. Conversemos cuanto quieras, pero con juicio. Mira que ya no somos
criaturas.
¡Sonsa! ¡Más que sonsa!
Había tanta tranquila resolución en su acento, que me quedé cortado,
sin acertar á decir palabra. La entrevista perdió para mí todo su
encanto. ¿Quién la hacía tan cauta? ¿Cómo, en su inocencia y en su
afecto, real y grande, hallaba, sin embargo, fuerzas para resistir? No
lo sé, aunque me parece efecto de la educación, no de las lecciones
paternas, sino de las charlas íntimas con las amigas que van
revelándose mutuamente la vida y sus peligros. Pensé que el «cuarto de
hora» no había sonado ó había pasado ya, pero, repuesto de la primera
impresión, logré decirla algunas nuevas ternezas, prometiéndola ser
más serio en adelante, no importunarla en otra cita que pedí para la
siguiente noche.
--Sí, vendré. Pero tienes que jurarme que estarás quietito.
Le estreché la mano, y me fuí, rabiando conmigo mismo. Debía haber
sido más audaz, debía... Y me puse á forjar para lo futuro planes de
seducción análogos á los leídos en las novelas, recordando al propio
tiempo el aforismo de de la Espada: «Para conquistar á una mujer
desinteresada, se necesita mucho tiempo y mucha paciencia. Á su tiempo
maduran las uvas, y el pobre porfiado saca mendrugo, mientras que el
exigente se queda afeitado y sin visita». Pero me parecía que nuestros
amores duraban ya tanto, tanto...
--¿Será que no me quiere? ¿Ó tiene la decidida voluntad de que me
case con ella, y sabe que para eso es necesario no ceder? ¡Diablo de
muchacha!... ¡Bah! consultaré á de la Espada, lo haré mi confidente...
¿Por qué no?... Él sí que tiene experiencia... y no dirá nada á nadie...