VIII

En casa de Zapata nos aguardaba hacía rato la cena, gargantuesca como

toda comida de gala en provincia.

Alrededor de la mesa de mantel largo, muy blanca pero con tosca

vajilla de loza y gruesos vasos de vidrio, además de don Claudio,

misia Gertrudis, mi padre y yo, sentáronse varios convidados de

importancia: don Néstor Orozco, rector del Colegio Nacional, don

Quintiliano Paz, diputado al Congreso, el doctor Juan Argüello, abogado

y senador provincial, don Máximo Colodro, intendente de la ciudad,

y el doctor Vivaldo Orlandi, médico italiano, situacionista, que

acumulaba los cargos de director del hospital, médico de policía y de

la municipalidad, profesor del Colegio Nacional y no recuerdo qué otra

cosa, con gran ira y escándalo de sus colegas argentinos.

El que absorbió toda mi atención en los primeros momentos fué, con

justicia, el doctor Orlandi. Hombre de cincuenta y cinco á sesenta

años, alto, delgado, seco, de ojos negros pequeños y vivísimos, cutis

aceitunado y rugoso, nariz aguileña algo rojiza en el extremo, gran

cabellera que, como el bigote y la perilla que llevaba á lo Napoleón

III, era de un negro tan negro que resultaba sobrenatural, decía pocas

palabras, con rudo acento piamontés, en tono siempre sentencioso y

dogmático. Después me aseguraron que era un cirujano habilísimo, el

mejor de las provincias, y que en su mano hubiera estado conquistar,

como médico, la misma capital de la república. Esto no me admiró tanto

como su sombrero de copa, inmenso y brillante, que llevaba de medio

lado y hundido hasta las cejas cuando andaba por la calle y que, en la

circunstancia, había puesto cuidadosamente sobre una de las consolas

de jacarandá. También me ocupó don Néstor, anciano bajo y grueso,

blanco en canas, de cara de luna llena, muy risueño siempre, amable

conversador de ancha y roja boca, cuyos labios carnosos y sensuales

relucían húmedos como besando las palabras que modulaba no sin gracia

con una especie de cadenciosa melopea. Le gustaba hablar de «los

tiempos de antes», y al referirse á su juventud parecía buscar el

testimonio de misia Gertrudis con una sonrisa picarescamente expresiva.

Varias veces se insinuó en la mesa que «había sido muy diablo», cosa

que me hizo mucha gracia, sobre todo cuando replicó:

--Y no lo tienten al diablo... Porque todavía, todavía... Y acuérdense

que más sabe por viejo que por diablo... ¿No es así, misia Gertrudis?

--¿Qué quiere que yo sepa, don Néstor?--contestó evasivamente el

sargentón, con un tono de enfado que hizo sonreir á todos menos el

marido.

Cuando mi padre habló, por fin, de mí, al servirse los postres--arroz

con leche cubierto de canela en polvo, dulce de zapallo y de membrillo

y tabletas y confites de Córdoba--yo me estremecí en el extremo de la

mesa á que me habían relegado con la orden tradicional de «no meter mi

cuchara», vale decir de no despegar los labios, como si quisieran que

«aprendiese para estatua». Me estremecí porque tatita dijo:

--Aquí tienen ustedes un mocito que quiere hacerse hombre. Viene á

estudiar para «doctor» y cuenta, como yo cuento, con la ayuda de los

amigos. Es muy pollo todavía, pero tiene enjundia suficiente para no

quedarse aplastado á lo mejor. Va á entrar al Colegio Nacional, y

usted, don Néstor, bien puede darle una manito.

--Con mucho gusto--contestó el interpelado.--Hasta le pondremos

cuarta si es preciso--agregó mirándome con sonrisa entre burlona y

afectuosa.--¿Estás bien preparado para el examen de ingreso?

--¿Cómo dice?--balbuceé, no entendiendo la pregunta y con toda mi

indígena descortesía, como si fuera el más «chúcaro» de mis jóvenes

convecinos.

--Que si has terminado tus estudios en la escuela de Los Sunchos.

Comprendiendo á medias, contesté, no sin cierto orgullo:

--Era monitor.

--¡Ah!--exclamó don Néstor, divertidísimo.--¿Conque, monitor? ¡está

bueno! ¡está bueno! Ser monitor no es moco de pavo, pero...

Tatita corrió en mi auxilio diciendo socarronamente:

--La verdad... La verdad es que no sabe muy mucho; pero, hay que

considerar... hay que considerar lo brutos que son los maestros de

campaña... Y el tal don Lucas de Los Sunchos es tan mulita que no sirve

ni para «rejuntar» leña... ¡Vaya, don Néstor, no se haga el malo y no

me lo abatate al chico... ya sabe que en el camino se hacen bueyes...!

¡Y usted, doctor--dirigiéndose á Orlandi,--dé un «arrempujoncito», pues

hombre!

Esto fué dicho con tal jovialidad bonachona que todos se echaron á

reir; todos menos, naturalmente, doña Gertrudis, que no conseguía

llegar á mostrarse amable ni aun para adular á tatita.

--Tien l'aspetto mucho inteliguente--sentenció el doctor, examinándome

con sus ojillos escrutadores.--Y los cóvenes creollos aprenden muy

fáchile.

--Eso es verdad--asintió don Néstor.--Nuestra muchachada es viva como

la luz. En cuanto á éste, ya se despertará en el Colegio. Si para

admitir á los que vienen del campo exigiéramos que se presentaran

al examen de ingreso como unos Picos de la Mirándola, el Colegio

quedaría monopolizado por la ciudad. Por eso el examen es, á veces, una

mera formalidad, casi un simulacro... Podemos hacer esta concesión,

confiando en nuestro excelente plan de estudios y en el saber de

nuestros profesores. Sí, amiguito; el Colegio Nacional no es la

escuela primaria de Los Sunchos. ¡Aquí se hacen hombres!

Ya apareció aquello: «¡Se hacen hombres!» Este idiotismo había de

perseguirme toda la vida sin que hasta ahora sepa yo lo que quiere

decir.

--Preséntese el niño sin cuidado--continuó don Néstor, volviendo á su

húmeda sonrisa que había abandonado un instante.--Ahora lo tratarán

como si lo presentaran en bandeja. Pero, después, ¡cuidado con los

exámenes de fin de curso! ¡Entonces... entonces habrá que saber,

amiguito; hay que hamacarse!

Todo aquello de exámenes, colegio, profesores, plan de estudios,

me parecían á veces, pamplinas, palabras sin sentido, gracias á mi

profunda ignorancia; pero, inmediatamente después me intimidaban, como

algo cabalístico y misterioso, como un rito terrible y arcano que sólo

el poder de mi padre hacía accesible para mí,--tan accesible que todas

las primeras dificultades se desvanecían ante su conjuro.--¿Por qué no

habría de seguir siempre siendo así?... Y, ahito de comidas pesadas,

mareado por el vino fuerte y amargo de la tierra, definitivamente

rendido por la fatiga del viaje, comencé á dar cabezazos sobre la

mesa, «á pescar» como decía tatita, soñando ya, semidespierto, con las

pruebas de las sociedades secretas descritas en los novelones, como si

se impusieran á un ser que, ajeno á mí, fuese al propio tiempo yo mismo.

--¡Se le van los bueyes, amigo!--gritó mi padre al verme dar con la

frente en el mantel maculado de salsas y de vino.--Váyase á hacer nono.

Mísia Gertrudis, ¿dónde es el cuarto del chacho?

--Yo lo he de llevar--dijo la vieja, levantándose y haciendo terminar

para mí aquella comida que debió asumir colosales proporciones,

pues mucho más tarde parecióme oir, entre sueños, gran vocerío é

inextinguibles carcajadas.

Algo monótonos, pero agradables por la libertad que me procuraba mi

papel de cola de tatita, á quien seguía á todas partes, esquivándome

en todas para fumar ó corretear, pasaron los días que me separaban del

misterioso y vagamente temido examen de ingreso.

Entré en la vasta aula, abovedada y solemne, pese á su poca elevación

y merced á su aspecto alargado de catacumba, y me mezclé con otros

chicos, más azorados que yo, casi sin ver la mesa examinadora, allá, en

el extremo de la sala, destacándose con su tapete verde, su campanilla

de plata y el amenazante bombo de las bolillas, sobre la pared blanca

de cal, bajo un gran crucifijo negro, de madera, y tras de la cual

se sentaban, en el medio don Néstor con su sonrisa, á la derecha el

doctor Orlandi con el bigote y la perilla más negros que el betún, y á

la izquierda un hombrecillo pálido y enjuto como un haz de sarmientos,

quien, según después supe, era el doctor Prilidiano Méndez, profesor

de latín, idólatra de esta lengua que, muerta y todo, era para él el

Paladión del saber y la civilización humanos: quien ignorara el latín

«estaba dispensado de tener sentido común», y quien lo supiera podía, á

su juicio, ignorar todo lo demás y ser, sin embargo, una deslumbrante

lumbrera.

No entendí nada en los abracadabrantes interrogatorios sufridos por

los muchachos que me precedieron, y preguntas y respuestas eran para

mí un zumbido molesto de cosas informes, el rezongo de una liturgia

desconocida. Pero una desazón me oprimía el pecho, perdido ya

completamente mi aplomo de Los Sunchos, y cuando me llegó la vez, á

pesar de mi convicción de invulnerabilidad, tiritando me acerqué á la

silla que, en medio de un espacio vacío y frente al tapete verde, me

parecía el banquillo de un acusado si no de un reo de muerte...

¿Qué me preguntaron primero? ¿Qué contesté? ¡Imposible reconstituirlo!

Sólo recuerdo que don Prilidiano se inclinó al oído de don Néstor, y

murmuró, no tan bajo que yo no lo oyera, con los sentidos aguzados por

el temor:

--¡Pero si no sabe una palabra!

--¡Bah! Para eso viene, para aprender. Es el hijo de Gómez

Herrera--dijo don Néstor.

--¡Ah! entonces...

El doctor Orlandi cortó el aparte, preguntándome:

--¿Cuále é il gondinende más grande del mondo?

Un relámpago de inspiración me iluminó haciéndome recordar lo que

había oído de la grandeza de nuestro país, y contesté, resuelta,

categóricamente:

--¡La República Argentina!

Los tres se echaron á reir, Orlandi, alzando los bigotes de tinta,

don Néstor, estirando de oreja á oreja la gruesa boca húmeda, don

Prilidiano con un ¡je, je, je! seco y sonoro como el choque de dos

tablas. Me desconcerté y una ola de sangre me subió á la cara. Don

Néstor acudió en mi auxilio, diciendo entrecortadamente:

--No es del todo exacto... pero siempre es bueno ser patriota... ¿No

aprenden geografía en la escuela de Los Sunchos?... ¡Está bueno!...

Hice ademán de levantarme, considerando terminado el martirio con la

muerte moral; pero el latinista me detuvo, haciéndome esta pregunta

fulminante:

--¿Cuál es la función del verbo?

Medio de pie, con la mano derecha apoyada en el respaldar de la silla,

clavé en él los ojos espantados y balbucí:

--¡Yo... yo no la he visto nunca!

La ira de don Prilidiano quedó sofocada por las carcajadas homéricas de

los otros dos, entre cuyos estallidos oí que don Néstor repetía:

--¡Está bien, siéntese! ¡Está bien, siéntese!

Completamente cortado volví á sentarme en el banquillo, diciéndome que

aquella tortura no acabaría sino con mi muerte, material esta vez; pero

el rector acertó á contenerse y me dijo más claro, con burlona bondad:

--No, no. Vaya á su asiento. Vaya á su asiento.

Los oídos me zumbaban, pero, al pasar junto á los bancos, parecióme

oir: «Es un burro», y pensé en huir sin detenerme, hasta Los Sunchos,

pero no tuve fuerzas. Caí desplomado en mi asiento. ¡Cómo se habían

reído de mí profesores y alumnos! ¡de mí, de quien, en mi pueblo, no se

había atrevido nadie á reirse, de mí, de Mauricio Gómez Herrera!...

Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira · 第 15 / 53 题