En casa de Zapata nos aguardaba hacía rato la cena, gargantuesca como
toda comida de gala en provincia.
Alrededor de la mesa de mantel largo, muy blanca pero con tosca
vajilla de loza y gruesos vasos de vidrio, además de don Claudio,
misia Gertrudis, mi padre y yo, sentáronse varios convidados de
importancia: don Néstor Orozco, rector del Colegio Nacional, don
Quintiliano Paz, diputado al Congreso, el doctor Juan Argüello, abogado
y senador provincial, don Máximo Colodro, intendente de la ciudad,
y el doctor Vivaldo Orlandi, médico italiano, situacionista, que
acumulaba los cargos de director del hospital, médico de policía y de
la municipalidad, profesor del Colegio Nacional y no recuerdo qué otra
cosa, con gran ira y escándalo de sus colegas argentinos.
El que absorbió toda mi atención en los primeros momentos fué, con
justicia, el doctor Orlandi. Hombre de cincuenta y cinco á sesenta
años, alto, delgado, seco, de ojos negros pequeños y vivísimos, cutis
aceitunado y rugoso, nariz aguileña algo rojiza en el extremo, gran
cabellera que, como el bigote y la perilla que llevaba á lo Napoleón
III, era de un negro tan negro que resultaba sobrenatural, decía pocas
palabras, con rudo acento piamontés, en tono siempre sentencioso y
dogmático. Después me aseguraron que era un cirujano habilísimo, el
mejor de las provincias, y que en su mano hubiera estado conquistar,
como médico, la misma capital de la república. Esto no me admiró tanto
como su sombrero de copa, inmenso y brillante, que llevaba de medio
lado y hundido hasta las cejas cuando andaba por la calle y que, en la
circunstancia, había puesto cuidadosamente sobre una de las consolas
de jacarandá. También me ocupó don Néstor, anciano bajo y grueso,
blanco en canas, de cara de luna llena, muy risueño siempre, amable
conversador de ancha y roja boca, cuyos labios carnosos y sensuales
relucían húmedos como besando las palabras que modulaba no sin gracia
con una especie de cadenciosa melopea. Le gustaba hablar de «los
tiempos de antes», y al referirse á su juventud parecía buscar el
testimonio de misia Gertrudis con una sonrisa picarescamente expresiva.
Varias veces se insinuó en la mesa que «había sido muy diablo», cosa
que me hizo mucha gracia, sobre todo cuando replicó:
--Y no lo tienten al diablo... Porque todavía, todavía... Y acuérdense
que más sabe por viejo que por diablo... ¿No es así, misia Gertrudis?
--¿Qué quiere que yo sepa, don Néstor?--contestó evasivamente el
sargentón, con un tono de enfado que hizo sonreir á todos menos el
marido.
Cuando mi padre habló, por fin, de mí, al servirse los postres--arroz
con leche cubierto de canela en polvo, dulce de zapallo y de membrillo
y tabletas y confites de Córdoba--yo me estremecí en el extremo de la
mesa á que me habían relegado con la orden tradicional de «no meter mi
cuchara», vale decir de no despegar los labios, como si quisieran que
«aprendiese para estatua». Me estremecí porque tatita dijo:
--Aquí tienen ustedes un mocito que quiere hacerse hombre. Viene á
estudiar para «doctor» y cuenta, como yo cuento, con la ayuda de los
amigos. Es muy pollo todavía, pero tiene enjundia suficiente para no
quedarse aplastado á lo mejor. Va á entrar al Colegio Nacional, y
usted, don Néstor, bien puede darle una manito.
--Con mucho gusto--contestó el interpelado.--Hasta le pondremos
cuarta si es preciso--agregó mirándome con sonrisa entre burlona y
afectuosa.--¿Estás bien preparado para el examen de ingreso?
--¿Cómo dice?--balbuceé, no entendiendo la pregunta y con toda mi
indígena descortesía, como si fuera el más «chúcaro» de mis jóvenes
convecinos.
--Que si has terminado tus estudios en la escuela de Los Sunchos.
Comprendiendo á medias, contesté, no sin cierto orgullo:
--Era monitor.
--¡Ah!--exclamó don Néstor, divertidísimo.--¿Conque, monitor? ¡está
bueno! ¡está bueno! Ser monitor no es moco de pavo, pero...
Tatita corrió en mi auxilio diciendo socarronamente:
--La verdad... La verdad es que no sabe muy mucho; pero, hay que
considerar... hay que considerar lo brutos que son los maestros de
campaña... Y el tal don Lucas de Los Sunchos es tan mulita que no sirve
ni para «rejuntar» leña... ¡Vaya, don Néstor, no se haga el malo y no
me lo abatate al chico... ya sabe que en el camino se hacen bueyes...!
¡Y usted, doctor--dirigiéndose á Orlandi,--dé un «arrempujoncito», pues
hombre!
Esto fué dicho con tal jovialidad bonachona que todos se echaron á
reir; todos menos, naturalmente, doña Gertrudis, que no conseguía
llegar á mostrarse amable ni aun para adular á tatita.
--Tien l'aspetto mucho inteliguente--sentenció el doctor, examinándome
con sus ojillos escrutadores.--Y los cóvenes creollos aprenden muy
fáchile.
--Eso es verdad--asintió don Néstor.--Nuestra muchachada es viva como
la luz. En cuanto á éste, ya se despertará en el Colegio. Si para
admitir á los que vienen del campo exigiéramos que se presentaran
al examen de ingreso como unos Picos de la Mirándola, el Colegio
quedaría monopolizado por la ciudad. Por eso el examen es, á veces, una
mera formalidad, casi un simulacro... Podemos hacer esta concesión,
confiando en nuestro excelente plan de estudios y en el saber de
nuestros profesores. Sí, amiguito; el Colegio Nacional no es la
escuela primaria de Los Sunchos. ¡Aquí se hacen hombres!
Ya apareció aquello: «¡Se hacen hombres!» Este idiotismo había de
perseguirme toda la vida sin que hasta ahora sepa yo lo que quiere
decir.
--Preséntese el niño sin cuidado--continuó don Néstor, volviendo á su
húmeda sonrisa que había abandonado un instante.--Ahora lo tratarán
como si lo presentaran en bandeja. Pero, después, ¡cuidado con los
exámenes de fin de curso! ¡Entonces... entonces habrá que saber,
amiguito; hay que hamacarse!
Todo aquello de exámenes, colegio, profesores, plan de estudios,
me parecían á veces, pamplinas, palabras sin sentido, gracias á mi
profunda ignorancia; pero, inmediatamente después me intimidaban, como
algo cabalístico y misterioso, como un rito terrible y arcano que sólo
el poder de mi padre hacía accesible para mí,--tan accesible que todas
las primeras dificultades se desvanecían ante su conjuro.--¿Por qué no
habría de seguir siempre siendo así?... Y, ahito de comidas pesadas,
mareado por el vino fuerte y amargo de la tierra, definitivamente
rendido por la fatiga del viaje, comencé á dar cabezazos sobre la
mesa, «á pescar» como decía tatita, soñando ya, semidespierto, con las
pruebas de las sociedades secretas descritas en los novelones, como si
se impusieran á un ser que, ajeno á mí, fuese al propio tiempo yo mismo.
--¡Se le van los bueyes, amigo!--gritó mi padre al verme dar con la
frente en el mantel maculado de salsas y de vino.--Váyase á hacer nono.
Mísia Gertrudis, ¿dónde es el cuarto del chacho?
--Yo lo he de llevar--dijo la vieja, levantándose y haciendo terminar
para mí aquella comida que debió asumir colosales proporciones,
pues mucho más tarde parecióme oir, entre sueños, gran vocerío é
inextinguibles carcajadas.
Algo monótonos, pero agradables por la libertad que me procuraba mi
papel de cola de tatita, á quien seguía á todas partes, esquivándome
en todas para fumar ó corretear, pasaron los días que me separaban del
misterioso y vagamente temido examen de ingreso.
Entré en la vasta aula, abovedada y solemne, pese á su poca elevación
y merced á su aspecto alargado de catacumba, y me mezclé con otros
chicos, más azorados que yo, casi sin ver la mesa examinadora, allá, en
el extremo de la sala, destacándose con su tapete verde, su campanilla
de plata y el amenazante bombo de las bolillas, sobre la pared blanca
de cal, bajo un gran crucifijo negro, de madera, y tras de la cual
se sentaban, en el medio don Néstor con su sonrisa, á la derecha el
doctor Orlandi con el bigote y la perilla más negros que el betún, y á
la izquierda un hombrecillo pálido y enjuto como un haz de sarmientos,
quien, según después supe, era el doctor Prilidiano Méndez, profesor
de latín, idólatra de esta lengua que, muerta y todo, era para él el
Paladión del saber y la civilización humanos: quien ignorara el latín
«estaba dispensado de tener sentido común», y quien lo supiera podía, á
su juicio, ignorar todo lo demás y ser, sin embargo, una deslumbrante
lumbrera.
No entendí nada en los abracadabrantes interrogatorios sufridos por
los muchachos que me precedieron, y preguntas y respuestas eran para
mí un zumbido molesto de cosas informes, el rezongo de una liturgia
desconocida. Pero una desazón me oprimía el pecho, perdido ya
completamente mi aplomo de Los Sunchos, y cuando me llegó la vez, á
pesar de mi convicción de invulnerabilidad, tiritando me acerqué á la
silla que, en medio de un espacio vacío y frente al tapete verde, me
parecía el banquillo de un acusado si no de un reo de muerte...
¿Qué me preguntaron primero? ¿Qué contesté? ¡Imposible reconstituirlo!
Sólo recuerdo que don Prilidiano se inclinó al oído de don Néstor, y
murmuró, no tan bajo que yo no lo oyera, con los sentidos aguzados por
el temor:
--¡Pero si no sabe una palabra!
--¡Bah! Para eso viene, para aprender. Es el hijo de Gómez
Herrera--dijo don Néstor.
--¡Ah! entonces...
El doctor Orlandi cortó el aparte, preguntándome:
--¿Cuále é il gondinende más grande del mondo?
Un relámpago de inspiración me iluminó haciéndome recordar lo que
había oído de la grandeza de nuestro país, y contesté, resuelta,
categóricamente:
--¡La República Argentina!
Los tres se echaron á reir, Orlandi, alzando los bigotes de tinta,
don Néstor, estirando de oreja á oreja la gruesa boca húmeda, don
Prilidiano con un ¡je, je, je! seco y sonoro como el choque de dos
tablas. Me desconcerté y una ola de sangre me subió á la cara. Don
Néstor acudió en mi auxilio, diciendo entrecortadamente:
--No es del todo exacto... pero siempre es bueno ser patriota... ¿No
aprenden geografía en la escuela de Los Sunchos?... ¡Está bueno!...
Hice ademán de levantarme, considerando terminado el martirio con la
muerte moral; pero el latinista me detuvo, haciéndome esta pregunta
fulminante:
--¿Cuál es la función del verbo?
Medio de pie, con la mano derecha apoyada en el respaldar de la silla,
clavé en él los ojos espantados y balbucí:
--¡Yo... yo no la he visto nunca!
La ira de don Prilidiano quedó sofocada por las carcajadas homéricas de
los otros dos, entre cuyos estallidos oí que don Néstor repetía:
--¡Está bien, siéntese! ¡Está bien, siéntese!
Completamente cortado volví á sentarme en el banquillo, diciéndome que
aquella tortura no acabaría sino con mi muerte, material esta vez; pero
el rector acertó á contenerse y me dijo más claro, con burlona bondad:
--No, no. Vaya á su asiento. Vaya á su asiento.
Los oídos me zumbaban, pero, al pasar junto á los bancos, parecióme
oir: «Es un burro», y pensé en huir sin detenerme, hasta Los Sunchos,
pero no tuve fuerzas. Caí desplomado en mi asiento. ¡Cómo se habían
reído de mí profesores y alumnos! ¡de mí, de quien, en mi pueblo, no se
había atrevido nadie á reirse, de mí, de Mauricio Gómez Herrera!...