El viaje en la galera, muy agradable y divertido en un principio, sobre
todo á la hora de almorzar, que adelantamos bastante para entretenernos
en algo, resultó á la larga interminable y molesto, aun para nosotros
que no íbamos estivados entre bolsas y paquetes, como los infelices
pasajeros del interior.
--¡Qué brutos hemos sido en no venirnos á caballo!--decía mi padre.
Él utilizaba muy poco la diligencia, prefiriendo los largos galopes
que lo dejaban tan fresco como una lechuga, y después de los cuales
afirmaba con naturalidad no exenta de satisfacción:
--Veinte leguas en un día no me hacen «ni la cola», con un buen
«montado» y otro de tiro.
Pero temía que la jornada fuese demasiado penosa para mí, y no
era hombre de hacer noche en mitad del camino, pues consideraría
menoscabada con ello su fama de eximio jinete, ó, más bien, de «buen
gaucho». En cuanto á mí, doce leguas era el maximum que había
alcanzado en mis excursiones, pero tampoco me asustaban las veinte, en
mi petulancia juvenil.
Nuestra única diversión era mirar el campo, que parecía ensancharse
inacabablemente delante de la galera, lanzada á todo galope de sus
doce caballos flacos y nerviosos, atados con sogas, ensillados con
cueros que ya no tenían ó nunca habían tenido la forma de un arnés, y
tres de ellos, á la izquierda, montados por otros tantos postillones
harapientos, de chiripá, bota de potro y vincha en la frente,
sujetando las negras y rudas crines de su cabellera. Los tres gritaban
alternativamente, haciendo girar sobre sus cabezas la larga trenza de
su arriador, que caía implacable, ora sobre las ancas, ora sobre la
cabeza de los pobres «mancarrones». Contreras, desde su alto pescante,
con cuatro riendas en la izquierda, blandía con la derecha el látigo
largo y sonoro, nunca quieto, azotando sin piedad los dos caballos de
la lanza y los dos cadeneros, y la diligencia, envuelta en una nube de
polvo, iba dando saltos en las asperezas del camino, como si quisiera
hacerse pedazos para acabar con aquella tortura que la hacía gemir por
todas sus tablas, por todos sus hierros, por todos sus vidrios á un
tiempo.
Terminaba el verano. Las entonces escasas cosechas de aquella parte
del país--hoy océano de trigo,--estaban levantadas ya, los rastrojos
tendían aquí y allí sus erizados felpudos, la hierba moría, reseca y
terrosa, y el campo árido nos envolvía en densas polvaredas, mientras
el sol nos achicharraba recalentando las agrietadas paredes del
vehículo. En el paisaje ondulado y monótono, el camino se desarrollaba
caprichosamente, más obscuro sobre el fondo amarillento del campo,
descendiendo á los bañados en línea casi recta, como un triángulo
isósceles de base inapreciable, ó subiendo á las lomas en curvas
serpentinas que desaparecían de pronto para reaparecer más lejos como
una cinta estrecha y ennegrecida por el roce de cien manos pringosas.
Pocos árboles, unos, verdes y melenudos, como bañistas que salieran
de zambullirse, otros, escasos de follaje, negros y retorcidos, como
muertos de sed, salpicaban la campiña, cortada á veces por la faja
caprichosa y fresca de la vegetación, siguiendo el curso de un arroyo,
pero sin interés, con una majestad vaga y difusa, indiferente, en
suma, para la mayoría, y mucho más para mí, que, medio adormecido,
pensaba confusamente en mis compañeros, en Teresa, un poco en mi madre,
desconsolada, y un mucho en la vida de desenfrenado holgorio que
llevara durante tantos años en Los Sunchos. ¿Se había acabado la fiesta
para siempre? ¿Me aguardaban otras mejores?
En las postas, mientras Contreras, los postillones y los peones
«ociosos», lentos y malhumorados, reunían los caballos, siempre
dispersos, aunque la galera tuviese días y horas fijos de «paso»,
los pasajeros todos bajábamos á estirar las piernas entumecidas en
la inmovilidad. Como estas postas eran, generalmente, una esquina ó
pulpería--pongamos mesón, para hablar castellano y francés al mismo
tiempo,--se explicará la inevitable ausencia del refresco hípico, con
la imperativa presencia del refresco alcohólico. Tatita pagaba la copa
á todo el mundo, y la caña con limonada, la ginebra ó el suisé,[2]
daban nuevas fuerzas á nuestros compañeros de viaje para seguir
desempeñando resignadamente el papel de sardinas. ¡Cómo lo adulaban,
exteriorizando familiaridades que parecerían excluir toda adulación!
¡Y cómo me sentía yo orgulloso de ser hijo de aquel dominador, tan
servilmente acatado!...
Llegamos, por fin, á la ciudad, anquilosados por tan largas horas
de traqueo. La galera rodó por las calles toscamente empedradas,
despertando ecos de las paredes taciturnas, y haciendo asomarse á las
puertas las comadres que nos seguían con la vista, curiosas, inmóviles
y calladas, ladrar furiosos los perros alborotadores, correr tras el
armatoste desvencijado la turba de chiquillos sucios y casi desnudos,
cuyo entusiasmo tiene manifestaciones de odio, en la torpe confusión de
los instintos y las sensaciones.
Y, al caer la tarde, entre resplandores rojizos, cálida y triste, la
galera nos depositó frente á la casa de don Claudio Zapata, «la casa
cristiana, donde no había malos ejemplos, perdición de los jóvenes»,
reclamada por mamita. Don Claudio y su mujer nos aguardaban á la puerta.
Ambos hicieron grandes agasajos á tatita, casi sin parar mientes en mí,
lo que me lastimó mucho, pensando que estaban llamados á constituir
provisionalmente toda mi familia. Con la indiferencia de mi padre y
el apasionamiento de mi madre se llegaba á un término medio mucho
más caluroso. Y esta primera impresión tuvo una fuerza incalculable:
de semihombre que era en Los Sunchos, me sentí, de pronto, rebajado
á niño, regresión que iba á seguir experimentando después, y que se
manifestó de nuevo, en otras proporciones, cuando me estrené de lleno
en la vida bonaerense, años más tarde...
La hembra de aquella pareja--¿era la hembra, aquel sargentón de
fornidos hombros, pecho como alforjas, porte militar, gran cabellera
castaña--postiza, claro,--bozo negro en el labio, mano de gañán, mirada
imperativa, voz agria y fuerte, nariz de loro, pie de gigante? ¿Era el
macho aquel pajarraco enclenque, delgado como una vaina de daga sobre
la que se hubiese puesto una pasa de higo con bigote y perilla blancos
(caricatura de tatita), con dos cuentas de azabache en vez de ojos?--La
hembra, digo, al verme inmóvil y cortado, dando vueltas al chambergo
al borde de la acera, creyó llegado el momento de representar su papel
femenino, mostrándose algo afectuosa, y se dirigió á mí, diciéndome las
palabras más agradables y maternales que se le podían ocurrir. Pero su
voz tenía inflexiones desapacibles, y pese á sus melosos aspavientos,
me produjo una sensación de antipatía, algo como una intuición de que
todo aquello era falso y de que por su parte me aguardaban muchas
desazones. Tan honda fué esta impresión que--vuelto á ser niño, como ya
dije,--los ojos se me llenaron de lágrimas que disimulé y me sorbí como
pude porque nadie advirtiera una emoción de que nadie se preocupaba
en realidad, pero que hubiera desconsolado á mamita, si la hubiese
supuesto y que la hubiera desesperado si la hubiese visto...
Algunos amigos de mi padre, noticiosos de su llegada, acudieron á
saludarlo, y poco á poco llenóse de gente la vasta sala desmantelada,
de la que recuerdo, como decoración y mueblaje, una docena de sillas
con asiento de paja--las de enea ó anea de los españoles--dos sillones
de hamaca, amarillos, montados sobre simples maderas encorvadas,
paredes blanqueadas con cal, de las que pendían algunas groseras
imágenes de vírgenes y santos, iluminadas con los colores primarios,
como las de Epinal, ó las aleluyas, una consola de jacarandá muy
lustroso y muy negro, sosteniendo un niño Jesús de cera envuelto en
oropeles y encajes de papel, el piso cubierto con una vieja estera
cuyas quebrajas dibujaban el damero de los toscos ladrillos que
pretendía disimular, y el techo de cilíndricos troncos de palma del
Paraguay, blanqueados también y medio descascarados por la humedad,
como si tuvieran lepra.
Dos chinitas descalzas y vestidas con una especie de bolsas de zaraza
floreada, atadas á la cintura formando buches irregulares y sin gracia,
con las trenzas de crin, azul á fuerza de ser negro, pendientes á la
espalda, la tez muy morena, las narices chatas, la mirada esquiva y
recelosa como de animal perseguido, los ademanes bruscos é indecisos,
como de semisalvajes, hacían circular entre las visitas el interminable
mate siruposo, endulzado con grandes cucharadas de azúcar rubia de
Tucumán, acaramelada con un hierro candente y perfumada con un poco de
cáscara de naranja. Eran el acabado reflejo de las chinas de casa--que
no he descrito,--pero menos resueltas, menos vivarachas, menos bonitas
y más desarrapadas también.
Yo me aburría solemnemente, fuera del ancho círculo regular que
formaban las visitas, sentado en un rincón obscuro, olvidado por todos,
muerto de hambre, de cansancio y hasta de sueño, porque después de
escuchar un rato la chismografía social y política á que se entregaban
aquellos ciudadanos, hablando á ratos cuatro y cinco á la vez, mi
atención se había relajado y me dejaba presa de un sonambulismo
que sólo me permitía oir palabras sueltas, que no me sugerían sino
imágenes borrosas é inconexas. Mi padre puso, por fin, término á esta
situación, proponiendo un paseo «para estirar las piernas», frase
cuyo significado interpreté al momento: irían hasta el café ó el club
á jugar al billar ó el truco, y á beber el vermouth de la tarde. Fuí
el primero que se puso en pie lanzando un suspiro de liberación. De
los visitantes, unos se excusaron, otros se dispusieron á acompañar á
tatita.
--¡No vuelvan tarde, que pronto va á estar la cena!--recomendó misia
Gertrudis con una sonrisa avinagrada, la más dulce, sin embargo, de su
corto repertorio.
Salimos, pues, y en el trayecto comencé á conocer la «maravillosa»
ciudad de calles angostas y rectilíneas formadas por caserones á la
antigua española, de un solo piso, algunas con portales anchos y bajos,
pretendidamente dibujados á lo Miguel Ángel, sobre cuyo dintel solía
verse, entre volutas, ya una imagen de bulto, ya el monograma I. H. S.,
flanqueados, algo más abajo, por series de ventanas con gruesas y
toscas rejas de hierro forjado. Á cada cien varas ó menos se veía la
fachada, el costado ó el ábside de alguna iglesia ó capilla, el largo
paredón de un convento, y de algunas tapias desbordaban sobre la calle
las ramas de las higueras, el follaje de las parras, el verdor grisáceo
de durazneros y perales polvorientos. Por las ventanas abiertas solían
entreverse, al pasar, las habitaciones interiores de las casas,
análogas á la sala de don Claudio, con escasos muebles, piso de
ladrillo ó de baldosa, tirantes visibles, paredes encaladas é ingenuos
adornos cuyo motivo principal eran las estampas de santos, las vírgenes
de yeso, y á veces un retrato de familia groseramente pintado al óleo.
Todo aquello era primitivo, casi rústico, de un mal gusto pronunciado
y de una inarmonía chocante, pero debo confesar que esta impresión es
muy posterior á mi primera visita, porque entonces, sin entusiasmarme
desmedidamente, la ciudad me causó un efecto de lujo, de grandeza y de
esplendor que nunca había experimentado en Los Sunchos. ¡Qué hacerle!
¡Nadie nace sabiendo!
Sin embargo, más que todo aquello, me gustó la plaza pública, muy vasta
y llena de árboles, con una gran calle circular de viejos paraísos
cuyas redondas copas verde obscuro se unían entre sí formando una
techumbre baja, una especie de claustro lleno de penumbra por el que se
paseaban, en fila, dándose el brazo, grupos de niñas cruzados por otros
de jóvenes que las devoraban con los ojos ó las requebraban al pasar,
mientras que los viejos--padres benévolos y madres ceñudas,--sentados
en los escaños de piedra ó de listones pintados de verde, mantenían con
su presencia la disciplina y el decoro.
Apenas mi padre entró en el Café de la Paz con sus amigos, me hice
perdiz y corrí á fumar un cigarrillo en el quiosco de madera que, para
la música de las «retretas», se elevaba en mitad de la plaza, olvidado
del hambre por el gusto de verme libre después de tan larga sujeción.
Allí, entre nubes de humo, contemplé admirado aquel, para mí enorme,
hormiguear de gente, y tras de los árboles, las casas y las pardas
torres de las iglesias, allá lejos, las colinas que circundan la ciudad
dejándola como en un pozo y que el sol poniente iluminaba con fulgores
morados y rojizos. Y, de repente, un hondo, un irresistible sentimiento
de tristeza se apoderó de mí: encontrábame solo, abandonado,--como si
aquel cinturón de colinas me separara del mundo,--en medio de tanta
gente y tantas cosas desconocidas, y me imaginé que así había de ser
siempre, siempre, porque no existía ni existiría vínculo alguno entre
aquella ciudad y yo. Ningún presentimiento profético me entreabrió el
porvenir; todas mis ideas iban directamente hacia el pasado. Volví á
experimentar, más aguda, la sensación de hambre, pero aquella congoja
del estómago, más que física, parecía producida por el miedo, por una
espectativa temerosa, como cuando, muy niño aún, los cuentos de la
costurera jorobada me sugerían la presencia virtual de algún espíritu
maléfico ó la aproximación de algún peligro desconocido. ¡Me sentí
tan pequeño, tan débil, tan incapaz hasta de defenderme!... El mismo
exceso de esta sensación hizo que la sacudiese, levantándome de pronto
y corriendo hacia el Café de la Paz.
Cuando entré, las luces de petróleo, el rumor de las conversaciones, el
chas-chas de las bolas en el inmenso billar, la presencia de mi padre
y sus amigos me devolvieron la calma. Como todavía recuerdo el aspecto
del cielo y de las cosas en aquella tarde memorable, creo que me había
perturbado--ayudándola el cansancio y el trasplante,--la intensa
melancolía del crepúsculo.