Este acontecimiento, que debió abrir un abismo entre Vázquez y yo,
provocando nuestra mutua enemistad, resultó luego, de manera lógica,
punto de partida de una unión, si no estrecha, bastante afectuosa, por
lo menos. Para esto fué, naturalmente, necesaria una crisis.
Sufrió el castigo con estoica serenidad, quedándose en la escuela,
durante dos días, hasta ya entrada la noche; pero, al tercero, antes
de la hora de clase, me esperó en un campito de alfalfa que yo cruzaba
siempre, y, en aquella soledad, me desafió á singular combate,
considerando que mis fueros desaparecían extraterritorialmente de los
dominios de don Lucas.
--¡Vení, si sos hombre! ¡Aquí te voy á enseñar á que les pegués á los
chicos!
Todo mi amor propio de varón, sublevándose entonces, me hizo renunciar
por el momento á las prerrogativas que él consideraba, erróneamente,
suspendidas en la calle, con ese desconocimiento de la autoridad que
caracteriza á nuestros compatriotas. Sentí necesaria, con romántica
tontería, la afirmación de mi superioridad hasta en el terreno de la
fuerza, y contesté:
--¡Aquí no! Soy monitor, y no quiero que los muchachos me vean
peleando; pero en cualquiera otra parte soy muy capaz de darte una
zurra, para que aprendás á meterte á sonso.
--¡Vamos donde querrás, maula!
Nos dimos de moquetes, no lejos de allí, en un galpón desocupado,
supletorio depósito de lanas, y debo confesar que saqué la peor parte
en la batalla. La excitación nerviosa dió á Vázquez una fuerza y una
tenacidad que nunca le hubiera sospechado. Ambos llegamos tarde á
la escuela, con la cara amoratada, pero él no habló ni yo me quejé,
aunque me hubiera sido muy fácil la venganza. Aquel era mi primer duelo
formal--toda proporción guardada,--y el duelo, aun entre muchachos,
ha sido siempre para mí, no una costumbre, sino una institución
respetabilísima, que contribuye eficazmente al sostenimiento de la
sociedad, un complemento imprescindible de las leyes, aleatorio á
veces, si se quiere, pero no más aleatorio y más arbitrario que muchas
de ellas. En el caso insignificante que refiero, sirvió para zanjar
entre Vázquez y yo, diferencias que con otros trámites hubieran podido
llegar al odio, y que, gracias á él, no dejaron huellas, pues mi
adversario no supo nunca cómo agradecer mi caballerosidad después del
combate, y hasta creo que se consideró vencido, para retribuir de algún
modo mi hidalguía. Los mismos tribunales, á quienes muchos querrían
confiar la solución de toda clase de cuestiones, aun en el orden moral,
dejan á menudo heridas más incurables y dolorosas que las de una
partida de armas... ó de puños.
Esta manera de considerar el duelo--confusa é instintiva entonces,
pero clara y lógica hoy--me había sido inspirada por algunas lecturas,
pues ya comenzaba á devorar libros,--novelas, naturalmente.--Y si
Don Quijote me aburría, porque ridiculizaba las más caballerescas
iniciativas, encantábanme las otras gestas, en que la acción tenía
un objeto real y arribaba á un triunfo previsto é inevitable. No me
preocupaban las tendencias buenas ó malas del héroe, su concepto
acertado ó erróneo de la moral, porque, como el obispo Nicolás de Osló,
«me hallaba en estado de inocencia é ignoraba la distinción entre el
bien y el mal», limbo del que, según creo, no he llegado á salir
nunca. Las hazañas de Diego Corrientes, de Rocambole, de José María, de
Men Rodríguez de Sanabria, de d'Artagnan, del Churiador, de don Juan
y de otros cientos, eran para mí motivo de envidia, y sus peregrinas
epopeyas formaban mi único bagaje histórico, sociológico y literario,
pues el Facundo quedaba fuera de mi alcance y la Historia del Deán
Funes me aburría como un libro de escuela. El universo, más allá de Los
Sunchos, era tal como aquellas obras me lo pintaban, y al que quisiera
hacer buena figura en el mundo, imponíase la imitación de alguno de
los admirables personajes, héroes de tan estupendas aventuras, siempre
coronadas por el éxito. Cambiábamos libros con Vázquez, desde que la
conciencia de nuestro propio valor nos hizo amigos; pero yo estimaba
poco lo que él me daba--narraciones de viaje y novelas de Julio Verne,
principalmente,--mientras que él desdeñaba un tanto mis divertidas
historias de capa y espada, considerándolas tejido de mentiras.
--Como si tus «Ingleses en el Polo Norte» no fueran una estúpida
farsa--le decía yo.--José María será un bandido, pero es, también,
un caballero valiente y generoso, y Rocambole era más «diablo» que
cualquiera...
Sólo estábamos de acuerdo en la admiración por las «Mil y una noches»,
pero nuestros conceptos eran distintos: él se encantaba con lo que
llamaré su «poesía» y yo con su acción, con la fuerza, la riqueza,
el poder que suelen desbordar de sus páginas. Este modo de ver,
esta tendencia, mejor dicho, pues era subconsciente aún, me llevó
á acaudillar, como Aladino, una pandilla de muchachos resueltos y
semisalvajes, que me proclamaron capitán, apenas reconocieron mi
espíritu de iniciativa, mi imaginación siempre llena de recursos,
mi temeridad innata y la egida invulnerable con que me revestía mi
apellido. Con esta cuadrilla, en la que en un principio figuró Vázquez,
hacíamos verdaderas incursiones, conquistando gallineros, melonares,
zarzos de parra, higuerales y montes de duraznos. Pedro, que en los
comienzos era uno de los más entusiastas, como si lo embriagara aquel
ambiente de desmedida libertad, desertó desde la noche en que bañamos
en petróleo á un gato y le prendimos fuego, para verlo correr en la
obscuridad como un ánima en pena. Yo también me arrepentí de semejante
atrocidad, pero nunca quise exteriorizarlo ante mis subalternos, para
no revelar flaqueza; por el contrario, recordando la hazaña, solía
decirles con sonrisa prometedora:
--Cuando cacemos un gato...
Pero no reincidimos nunca, y nadie reclamó la repetición de aquella
escena neroniana que había resultado tan terrible. No nos faltaban,
por fortuna, otros entretenimientos. ¡Qué vida aquélla! ¡Cuánto daría
por volver, siquiera un instante, á los dulces años de mi infancia!
¡Cuánto! ¡y sólo me resta el tibio consuelo de recordarlos y revivirlos
como en sueños al escribir estos garabatos!
¡Qué magnas empresas las de entonces! En invierno, predispuestos, sin
duda, por la displicencia de los días nublados y lluviosos, hacíamos
de salteadores, ahondando, por ejemplo, las huellas pantanosas en
el camino de la diligencia para tratar de que volcara el pesado
vehículo, atestado de carga y pasajeros,--proeza que realizamos una
vez.--Atravesábamos la calle con una cuerda, á una cuarta del suelo,
para que rodaran los caballos, ó quitábamos las chavetas de los carros
abandonados un instante á la puerta de los despachos de bebidas
para darnos el placer de verles perder una rueda. Poníamos, así, en
escena, episodios de Gil Blas ó de Paquillo Aliaga, que yo contaba
compendiosamente á «mis hombres», sugiriéndonos que éramos la banda de
Rolando ó de Juan Bautista Balseiro, y la imaginación se encargaba de
complementar lo que en nuestro acto quedaba de trunco y de estéril:
con el pensamiento despojábamos coche y pasajeros, jinete y montura,
carro y conductor, llevándonos á la madriguera á las personas de
fuste, para exigir luego por ellas magnífico rescate. Otras proezas
eran menos dramáticas: algunas noches muy frías, cuando todos dormían
en el pueblo, y en nuestras casas nos creían en cama, soltábamos
un gato previamente enfurecido, ó un perro asustado, con una lata
llena de piedras en la cola, para divertirnos viendo á los vecinos
alarmados asomarse en paños menores á puertas y ventanas bajo la lluvia
torrencial y el viento helado.
En primavera, gozábamos invadiendo los jardines de los pocos maniáticos
de las plantas, y podando éstas hasta el tronco ó despojándolas
simplemente de todos sus botones. ¡Qué cara la de los dueños al
encontrarse, por la mañana, con la desolación aquélla! ¡Ni la de un
candidato frustrado cuando creía más segura su elección!
En verano pescábamos valiéndonos de una especie de línea, las ropas
de los que dormían con la ventana abierta, y luego quemábamos ó
enterrábamos aquellos despojos, para no dejar rastros de nuestra
diablura, realizada sin idea de robar, por el gusto de hacer daño
y reirnos de la gente. Así, rara vez aprovechamos del poco dinero
que quedara en los bolsillos, por casualidad, pues en Los Sunchos,
como en todo pueblo chico, nadie tenía que pagar al contado lo que
compraba ó consumía, salvo, naturalmente, por necesaria antítesis, los
más menesterosos. Eran, en fin, cosas de muchachos, bromas sin más
trascendencia que la que debe atribuirse á una inocente travesura,
y justificadas, además, en cierto modo, pues sólo las sufrían las
personas antipáticas por su excesiva severidad, ó las que habían
merecido el desdén, el desprecio ó el odio de mi padre; los amigos
políticos, ó de la familia, gozaban de completa inmunidad, porque
siempre ha existido en mí el espíritu de cuerpo. Pero la gente es tan
necia que, en vez de dar á nuestros juegos su verdadero y limitado
alcance, considerándolos ingenuos remedos de las aventuras novelescas,
se imaginó que Los Sunchos había sido invadido por una horda de
rateros y se propuso perseguirlos hasta atraparlos ó ahuyentarlos.
¿Quiénes eran y dónde se ocultaban? Aunque las víctimas fuesen
siempre opositores ó indiferentes, la policía y la municipalidad se
preocuparon de defenderlas, cuando las cosas habían llegado ya muy
lejos, temiendo probablemente que la cuadrilla ensanchara su campo
de acción y cesara de respetar á los partidarios de la buena causa.
Cuando esto resolvieron las autoridades, hubiéramos sido descubiertos
inevitablemente, á no mediar una circunstancia salvadora: tatita,
siempre al corriente de los sucesos, dijo una tarde, en la mesa:
--Por fin, nos vamos á sacar de encima esa plaga de rateros. Esta noche
caerán, sin remedio, en la trampa. Se ha organizado una gran batida
con todos los vigilantes y algunos vecinos voluntarios, ¡y muy diablos
serán si consiguen escaparse!
Yo no eché la noticia en saco roto, corrí á prevenir á los camaradas, y
aquella noche y las siguientes nos quedamos más quietos que en misa.
Pero, ¡así fué, también, el desquite, en cuanto comenzó á relajarse
la vigilancia! Puede decirse que en Los Sunchos no quedó títere con
cabeza, y nuestras fechorías produjeron tan honda sensación que durante
mucho tiempo no se habló sino de «la semana del saqueo» como de una
calamidad pública. Y la imaginación popular creó toda una leyenda
al rededor de la desaparición de unas cuantas ropas, leyenda en que
figuraban el hombre-chancho, la viuda, el lobinsón y cuantos duendes ó
fantasmas enriquecen las supersticiones criollas.
En fin, para concluir con esta parte ingrata de mis recuerdos
infantiles: cierto verano surgió, en competencia con la mía, otra
banda, acaudillada por Pancho Guerra, hijo del presidente de la
Municipalidad; muchacho envidioso y grosero, enorgullecido por la
posición del padre, que se la debía al mío, trataba de disputarme
mi creciente influencia, sin ver que esto no lo toleraría yo jamás.
No había organizado todavía su gente, cuando les caímos encima.
Hubo--análogo á la batalla del Piojito,--un gran combate, al caer
la tarde, en las afueras del pueblo, junto al arroyo cuyas orillas
están cubiertas de pedregullo. Los cantos rodados nos sirvieron
de proyectiles. Quedaron varias cabezas rotas, varias narices
ensangrentadas, una pierna quebrada en la fuga, pero la victoria fué
nuestra, tan brillante que la mayoría de los guerristas se enroló en
mis huestes, y Pancho se quedó solo y desprestigiado para siempre.
Esta especie de pastoral de sabor tan genuino y rústico, duró hasta mis
quince años, y hoy no puedo recordar ninguna de sus ingenuas estrofas
sin una sonrisa enternecida, sin una nubecilla húmeda en los ojos...