III

Este acontecimiento, que debió abrir un abismo entre Vázquez y yo,

provocando nuestra mutua enemistad, resultó luego, de manera lógica,

punto de partida de una unión, si no estrecha, bastante afectuosa, por

lo menos. Para esto fué, naturalmente, necesaria una crisis.

Sufrió el castigo con estoica serenidad, quedándose en la escuela,

durante dos días, hasta ya entrada la noche; pero, al tercero, antes

de la hora de clase, me esperó en un campito de alfalfa que yo cruzaba

siempre, y, en aquella soledad, me desafió á singular combate,

considerando que mis fueros desaparecían extraterritorialmente de los

dominios de don Lucas.

--¡Vení, si sos hombre! ¡Aquí te voy á enseñar á que les pegués á los

chicos!

Todo mi amor propio de varón, sublevándose entonces, me hizo renunciar

por el momento á las prerrogativas que él consideraba, erróneamente,

suspendidas en la calle, con ese desconocimiento de la autoridad que

caracteriza á nuestros compatriotas. Sentí necesaria, con romántica

tontería, la afirmación de mi superioridad hasta en el terreno de la

fuerza, y contesté:

--¡Aquí no! Soy monitor, y no quiero que los muchachos me vean

peleando; pero en cualquiera otra parte soy muy capaz de darte una

zurra, para que aprendás á meterte á sonso.

--¡Vamos donde querrás, maula!

Nos dimos de moquetes, no lejos de allí, en un galpón desocupado,

supletorio depósito de lanas, y debo confesar que saqué la peor parte

en la batalla. La excitación nerviosa dió á Vázquez una fuerza y una

tenacidad que nunca le hubiera sospechado. Ambos llegamos tarde á

la escuela, con la cara amoratada, pero él no habló ni yo me quejé,

aunque me hubiera sido muy fácil la venganza. Aquel era mi primer duelo

formal--toda proporción guardada,--y el duelo, aun entre muchachos,

ha sido siempre para mí, no una costumbre, sino una institución

respetabilísima, que contribuye eficazmente al sostenimiento de la

sociedad, un complemento imprescindible de las leyes, aleatorio á

veces, si se quiere, pero no más aleatorio y más arbitrario que muchas

de ellas. En el caso insignificante que refiero, sirvió para zanjar

entre Vázquez y yo, diferencias que con otros trámites hubieran podido

llegar al odio, y que, gracias á él, no dejaron huellas, pues mi

adversario no supo nunca cómo agradecer mi caballerosidad después del

combate, y hasta creo que se consideró vencido, para retribuir de algún

modo mi hidalguía. Los mismos tribunales, á quienes muchos querrían

confiar la solución de toda clase de cuestiones, aun en el orden moral,

dejan á menudo heridas más incurables y dolorosas que las de una

partida de armas... ó de puños.

Esta manera de considerar el duelo--confusa é instintiva entonces,

pero clara y lógica hoy--me había sido inspirada por algunas lecturas,

pues ya comenzaba á devorar libros,--novelas, naturalmente.--Y si

Don Quijote me aburría, porque ridiculizaba las más caballerescas

iniciativas, encantábanme las otras gestas, en que la acción tenía

un objeto real y arribaba á un triunfo previsto é inevitable. No me

preocupaban las tendencias buenas ó malas del héroe, su concepto

acertado ó erróneo de la moral, porque, como el obispo Nicolás de Osló,

«me hallaba en estado de inocencia é ignoraba la distinción entre el

bien y el mal», limbo del que, según creo, no he llegado á salir

nunca. Las hazañas de Diego Corrientes, de Rocambole, de José María, de

Men Rodríguez de Sanabria, de d'Artagnan, del Churiador, de don Juan

y de otros cientos, eran para mí motivo de envidia, y sus peregrinas

epopeyas formaban mi único bagaje histórico, sociológico y literario,

pues el Facundo quedaba fuera de mi alcance y la Historia del Deán

Funes me aburría como un libro de escuela. El universo, más allá de Los

Sunchos, era tal como aquellas obras me lo pintaban, y al que quisiera

hacer buena figura en el mundo, imponíase la imitación de alguno de

los admirables personajes, héroes de tan estupendas aventuras, siempre

coronadas por el éxito. Cambiábamos libros con Vázquez, desde que la

conciencia de nuestro propio valor nos hizo amigos; pero yo estimaba

poco lo que él me daba--narraciones de viaje y novelas de Julio Verne,

principalmente,--mientras que él desdeñaba un tanto mis divertidas

historias de capa y espada, considerándolas tejido de mentiras.

--Como si tus «Ingleses en el Polo Norte» no fueran una estúpida

farsa--le decía yo.--José María será un bandido, pero es, también,

un caballero valiente y generoso, y Rocambole era más «diablo» que

cualquiera...

Sólo estábamos de acuerdo en la admiración por las «Mil y una noches»,

pero nuestros conceptos eran distintos: él se encantaba con lo que

llamaré su «poesía» y yo con su acción, con la fuerza, la riqueza,

el poder que suelen desbordar de sus páginas. Este modo de ver,

esta tendencia, mejor dicho, pues era subconsciente aún, me llevó

á acaudillar, como Aladino, una pandilla de muchachos resueltos y

semisalvajes, que me proclamaron capitán, apenas reconocieron mi

espíritu de iniciativa, mi imaginación siempre llena de recursos,

mi temeridad innata y la egida invulnerable con que me revestía mi

apellido. Con esta cuadrilla, en la que en un principio figuró Vázquez,

hacíamos verdaderas incursiones, conquistando gallineros, melonares,

zarzos de parra, higuerales y montes de duraznos. Pedro, que en los

comienzos era uno de los más entusiastas, como si lo embriagara aquel

ambiente de desmedida libertad, desertó desde la noche en que bañamos

en petróleo á un gato y le prendimos fuego, para verlo correr en la

obscuridad como un ánima en pena. Yo también me arrepentí de semejante

atrocidad, pero nunca quise exteriorizarlo ante mis subalternos, para

no revelar flaqueza; por el contrario, recordando la hazaña, solía

decirles con sonrisa prometedora:

--Cuando cacemos un gato...

Pero no reincidimos nunca, y nadie reclamó la repetición de aquella

escena neroniana que había resultado tan terrible. No nos faltaban,

por fortuna, otros entretenimientos. ¡Qué vida aquélla! ¡Cuánto daría

por volver, siquiera un instante, á los dulces años de mi infancia!

¡Cuánto! ¡y sólo me resta el tibio consuelo de recordarlos y revivirlos

como en sueños al escribir estos garabatos!

¡Qué magnas empresas las de entonces! En invierno, predispuestos, sin

duda, por la displicencia de los días nublados y lluviosos, hacíamos

de salteadores, ahondando, por ejemplo, las huellas pantanosas en

el camino de la diligencia para tratar de que volcara el pesado

vehículo, atestado de carga y pasajeros,--proeza que realizamos una

vez.--Atravesábamos la calle con una cuerda, á una cuarta del suelo,

para que rodaran los caballos, ó quitábamos las chavetas de los carros

abandonados un instante á la puerta de los despachos de bebidas

para darnos el placer de verles perder una rueda. Poníamos, así, en

escena, episodios de Gil Blas ó de Paquillo Aliaga, que yo contaba

compendiosamente á «mis hombres», sugiriéndonos que éramos la banda de

Rolando ó de Juan Bautista Balseiro, y la imaginación se encargaba de

complementar lo que en nuestro acto quedaba de trunco y de estéril:

con el pensamiento despojábamos coche y pasajeros, jinete y montura,

carro y conductor, llevándonos á la madriguera á las personas de

fuste, para exigir luego por ellas magnífico rescate. Otras proezas

eran menos dramáticas: algunas noches muy frías, cuando todos dormían

en el pueblo, y en nuestras casas nos creían en cama, soltábamos

un gato previamente enfurecido, ó un perro asustado, con una lata

llena de piedras en la cola, para divertirnos viendo á los vecinos

alarmados asomarse en paños menores á puertas y ventanas bajo la lluvia

torrencial y el viento helado.

En primavera, gozábamos invadiendo los jardines de los pocos maniáticos

de las plantas, y podando éstas hasta el tronco ó despojándolas

simplemente de todos sus botones. ¡Qué cara la de los dueños al

encontrarse, por la mañana, con la desolación aquélla! ¡Ni la de un

candidato frustrado cuando creía más segura su elección!

En verano pescábamos valiéndonos de una especie de línea, las ropas

de los que dormían con la ventana abierta, y luego quemábamos ó

enterrábamos aquellos despojos, para no dejar rastros de nuestra

diablura, realizada sin idea de robar, por el gusto de hacer daño

y reirnos de la gente. Así, rara vez aprovechamos del poco dinero

que quedara en los bolsillos, por casualidad, pues en Los Sunchos,

como en todo pueblo chico, nadie tenía que pagar al contado lo que

compraba ó consumía, salvo, naturalmente, por necesaria antítesis, los

más menesterosos. Eran, en fin, cosas de muchachos, bromas sin más

trascendencia que la que debe atribuirse á una inocente travesura,

y justificadas, además, en cierto modo, pues sólo las sufrían las

personas antipáticas por su excesiva severidad, ó las que habían

merecido el desdén, el desprecio ó el odio de mi padre; los amigos

políticos, ó de la familia, gozaban de completa inmunidad, porque

siempre ha existido en mí el espíritu de cuerpo. Pero la gente es tan

necia que, en vez de dar á nuestros juegos su verdadero y limitado

alcance, considerándolos ingenuos remedos de las aventuras novelescas,

se imaginó que Los Sunchos había sido invadido por una horda de

rateros y se propuso perseguirlos hasta atraparlos ó ahuyentarlos.

¿Quiénes eran y dónde se ocultaban? Aunque las víctimas fuesen

siempre opositores ó indiferentes, la policía y la municipalidad se

preocuparon de defenderlas, cuando las cosas habían llegado ya muy

lejos, temiendo probablemente que la cuadrilla ensanchara su campo

de acción y cesara de respetar á los partidarios de la buena causa.

Cuando esto resolvieron las autoridades, hubiéramos sido descubiertos

inevitablemente, á no mediar una circunstancia salvadora: tatita,

siempre al corriente de los sucesos, dijo una tarde, en la mesa:

--Por fin, nos vamos á sacar de encima esa plaga de rateros. Esta noche

caerán, sin remedio, en la trampa. Se ha organizado una gran batida

con todos los vigilantes y algunos vecinos voluntarios, ¡y muy diablos

serán si consiguen escaparse!

Yo no eché la noticia en saco roto, corrí á prevenir á los camaradas, y

aquella noche y las siguientes nos quedamos más quietos que en misa.

Pero, ¡así fué, también, el desquite, en cuanto comenzó á relajarse

la vigilancia! Puede decirse que en Los Sunchos no quedó títere con

cabeza, y nuestras fechorías produjeron tan honda sensación que durante

mucho tiempo no se habló sino de «la semana del saqueo» como de una

calamidad pública. Y la imaginación popular creó toda una leyenda

al rededor de la desaparición de unas cuantas ropas, leyenda en que

figuraban el hombre-chancho, la viuda, el lobinsón y cuantos duendes ó

fantasmas enriquecen las supersticiones criollas.

En fin, para concluir con esta parte ingrata de mis recuerdos

infantiles: cierto verano surgió, en competencia con la mía, otra

banda, acaudillada por Pancho Guerra, hijo del presidente de la

Municipalidad; muchacho envidioso y grosero, enorgullecido por la

posición del padre, que se la debía al mío, trataba de disputarme

mi creciente influencia, sin ver que esto no lo toleraría yo jamás.

No había organizado todavía su gente, cuando les caímos encima.

Hubo--análogo á la batalla del Piojito,--un gran combate, al caer

la tarde, en las afueras del pueblo, junto al arroyo cuyas orillas

están cubiertas de pedregullo. Los cantos rodados nos sirvieron

de proyectiles. Quedaron varias cabezas rotas, varias narices

ensangrentadas, una pierna quebrada en la fuga, pero la victoria fué

nuestra, tan brillante que la mayoría de los guerristas se enroló en

mis huestes, y Pancho se quedó solo y desprestigiado para siempre.

Esta especie de pastoral de sabor tan genuino y rústico, duró hasta mis

quince años, y hoy no puedo recordar ninguna de sus ingenuas estrofas

sin una sonrisa enternecida, sin una nubecilla húmeda en los ojos...

Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira · 第 11 / 53 题