Antes de los quince años había comenzado ya mi historia pasional--que
así debe llamarse, libre como estaba de todo sentimentalismo.--Bajo
la influencia del clima y las costumbres--ardiente el uno, libres las
otras por su mismo carácter patriarcal,--en los pueblos de provincia
y hasta en las capitales populosas, el hombre despertaba en el cuerpo
del niño cuando en otros países apenas si apuntarían las primeras
vislumbres de la adolescencia. La iniciación de los muchachos era
siempre ancilar: las inmensas casas bonaerenses, y más aún las
provincianas y campesinas, con tres grandes patios y, á veces, huerta,
llenas de vericuetos, escondrijos y rincones no frecuentados por la
gente mayor, hacían ineficaz la vigilancia paterna despertada por
algún síntoma ó indicio que aconsejara la represión, tanto más cuanto
que los criados eran por lo común cómplices y encubridores, á cambio
de reciprocidad[1]. Poco á poco, este defecto de nuestra organización
doméstica, tan contrario á los principios entonces imperantes, ha
venido modificándose, no tanto por mayor disciplina moral, cuanto por
la fuerza de las circunstancias que, dando enorme valor á la tierra,
han empequeñecido las casas, facilitando la observación y agrupando
más la familia. Véase cómo causas al parecer muy lejanas en la
materialidad de las cosas, producen en la conducta de los hombres los
más inesperados efectos. En este caso, los instintos en libertad se han
visto paulatinamente coartados por las exigencias de la vida, es decir,
por las manifestaciones de ellos mismos, bajo otra forma.
Yo, por mi parte, en aquel tiempo, no podía estar menos vigilado
ni gozar de mayores libertades; era dueño de mí mismo, y en esta
independencia total realicé actos que no son para contarlos y á
los que sólo me refiero por la influencia que tuvieron después
sobre mi carácter. Mamita pasaba los días taciturna y casi inmóvil,
cosiendo, tomando mate ó rezando, presa de incurable melancolía, que
sólo ahuyentaba un momento para abrazarme y besarme con transporte
enfermizo. Tatita, siempre ocupado ó entretenido fuera de casa, no
tenía tiempo ni quizás interés de imponerme una moral medianamente
rígida. No los critico ni hay para qué. Sin duda, ella, en su candor
de mujer siempre aislada, no llegó nunca á sospechar que mi inocencia
corriera peligro, y mi padre pensaba, probablemente, que no tenía
por qué preocuparse de cosas que habían de suceder más tarde ó más
temprano, tratándose de un muchacho robusto, de salud de hierro,
alegre, decidido, apasionado, que sólo se enfermaba, ó mejor, enervaba
con la oposición á sus antojos y la restricción á su autonomía. ¿Qué
quiere un padre, si no es que sus hijos resulten bien aptos para la
vida y sepan manejarse por sí solos, en lo sentimental como en lo
material, en lo intelectual como en lo físico?
Á un buen padre, como yo lo entiendo, le basta, en suma, con que sus
hijos sean inteligentes y no le falten al respeto. Era nuestro caso.
Yo daba pruebas de no ser tonto y estaba muy lejos de no respetar á mi
padre. Por el contrario, le admiraba y veneraba, porque era el caudillo
indiscutible del pueblo, y todos le rendían pleito homenaje; porque
siempre fué «muy hombre», es decir, capaz de ponérsele delante al más
pintado y de arrostrar cualquier peligro, por grave que fuese; porque
tenía una libertad de palabra demostrativa de la más plena confianza
en sí mismo; porque montaba á caballo como un centauro y realizaba sin
aparente esfuerzo los ejercicios camperos más difíciles, las hazañas
gauchescas más brillantes, sea trabajando con el ganado en alguna
estancia amiga, sea en las boleadas de avestruces, ó en las carreras,
en el juego del pato, en las domadas; porque se distinguía en la taba,
el truco, la carambola, el casín, el choclón y la treinta y una, amén
de otros juegos de azar y de destreza, y porque criaba los mejores
gallos de riña del departamento en una serie de cajones puestos en
fila, en el patio de casa, frente á mi cuarto; porque, gracias á él,
con quien nadie se atrevió nunca, yo podía atreverme impunemente con
cualquiera. En suma, era para mí un dechado de perfecciones, y yo me
sentía demasiado orgulloso de él, demasiado satisfecho de su protección
directa é indirecta para que este orgullo y esta satisfacción no se
tradujeran en un gran cariño y en una veneración sui generis, semejante
al afecto admirativo hacia el camarada más fuerte, más apto y más
poderoso, que accede, sin embargo, bondadosamente á todos nuestros
caprichos.
Como más de una vez, siendo yo muy niño aún, me llevó á las carreras,
las riñas y otras diversiones públicas, y como nunca tomaba á mal
mi presencia en aquellos sitios--ni á bien tampoco, porque siempre
hizo como que no me veía,--pronto me aficioné y acostumbré á correr
también, la caravana, y no tardé en conocer todos los rincones más
ó menos misteriosos de Los Sunchos, trinquetes, casas de baile y
demás. En cambio, me faltaba tiempo para frecuentar la escuela, pese
á mi cargo inamovible de monitor, pero esto no era un mal, porque,
sabiendo ya leer, creo que don Lucas hubiera podido enseñarme bien
poca cosa más--quizá la ortografía, que he ido aprendiendo luego, en
el camino.--Pedro Vázquez no faltaba, y nunca quiso acompañarme en mis
correrías á la hora de clase.
--¡Sos un sonso! ¡Para lo que se aprende en la escuela!
--Papá dice que eso es bueno, porque uno se acostumbra á la disciplina
y el trabajo, y como me va á mandar á estudiar en la ciudad...--me
contestaba Pedro, gravemente, muy cómico con su gran «chapona»
crecedera, los pantalones por los tobillos y el chambergo de anchas
alas.
--¡Se necesita ser pavo!--reía yo, encogiéndome de hombros y corriendo
á mis diversiones con un gran desprecio en el alma hacia la parte tonta
de la humanidad.
Entretanto mi educación se completaba en otros sentidos: iniciábame
rápidamente en la vida bajo dos formas, al parecer antagónicas, pero
que luego me han servido por igual: la fantástica, que me ofrecían los
libros de imaginación, y la real, que aprendía en plena comedia humana.
Esta última forma me parecía trivial y circunscrita, pero consideraba
que su mezquino aspecto era una simple peculiaridad de nuestra aldea,
y que su campo de acción estrecho, embrionario, se ensancharía y
agigantaría en las ciudades, hasta adquirir la maravillosa amplitud
que me sugerían las novelas de aventuras. Pero aun no sentía el deseo
de vivir la vida, para mí extraordinaria, de los grandes centros, y
el mismo proyectado viaje de Vázquez no me causó la menor envidia;
bastábame imaginarla y soñar con ella, porque estaba entonces harto
absorbido por las personas y las cosas de mi ambiente, y me decía por
instinto, sin reminiscencia histórica alguna: «Más vale ser el primero
aquí, que el segundo en Roma». Es que, en realidad, me divertía,
satisfaciendo todos mis apetitos, en la forma que más arriba dejo
anotada. Para no ser demasiado explícito, agregaré, tan sólo, que me
había hecho asiduo lector de Paul de Koch, de Pigault Lebrun, del abate
Prevost, traducidos al castellano, pero que si bien estos autores me
divertían, no me contaban nada nuevo, aparte algunas inverosímiles
intrigas. Me hacían, sí, soñar, en ocasiones, con aventuras imposibles
ó difíciles, más altas y envanecedoras que la resignada pasividad del
estropajo ó su servil provocación. Con las vulgares realizaciones de
los libros humorísticos, luchaba en mi imaginación el idealismo sensual
de algunas novelas románticas, y estas dos fases de la sensación,
conviviendo en mi cerebro, me hacían pensar ora en la mujer tal cual la
conocía, con el simple atractivo del sexo, ora en esa entidad superior
de la «gran dama», golosina exquisita y complicada.
Estos sueños, no me cabía duda, eran realizables y se realizarían
después, mucho después, cuando hubiera conquistado brillante posición,
cuando hubiera hecho... ¿Hecho, qué? Lo ignoraba, pero debía ser
alguna hazaña notable, algo dentro del género guerrero ó político,
una victoria decisiva sobre el enemigo--¿qué enemigo?--que me hiciera
un nuevo Napoleón; ó un triunfo colosal sobre mis adversarios--¿qué
adversarios?--llave que me abriese de par en par las puertas del poder;
ó la adquisición de una fortuna inmensa--¿por qué herencia, lotería
ó hallazgo?--que me convirtiera en un Montecristo criollo. Todo esto
era, naturalmente, nebuloso y variable, y mi ambiciosa voluntad estaba
indecisa y como ciega, sin acertar á trazarse un camino, una norma de
conducta que la llevara á las grandes realizaciones. Las circunstancias
no eran propicias, y largo tiempo esperé en vano una oportunidad que me
iluminara, invitándome á la acción.
Sin embargo, la princesa ó su sucedáneo, estaba muy cerca y en forma
tangible: vivía frente á casa, en un bosque durmiente, aguardando que
yo fuera á despertarla...
Era la hija única de don Higinio Rivas (don Inginio para el pueblo),
personaje que compartía con mi padre, muy secundariamente, la dirección
política del departamento. Se llamaba Teresa y, según la ve ahora mi
experiencia, no pasaba en aquel tiempo de ser una muchacha casi tan
vulgar como su nombre (¿ó es que el nombre me parece vulgar porque lo
llevaba ella?). Sin embargo, resultaba entonces para mí la flor de la
maravilla, porque tenía el divino prestigio de la juventud, y porque
en nuestra democracia campesina ocupaba en realidad un puesto análogo
al de una princesa, así como yo podía parecer un príncipe sin corona.
Morena, de cabellos y ojos negros, cara oval, nariz fina y recta, boca
grande y roja, barbilla un tanto avanzada, sin rasgo alguno notable,
tenía, no obstante, una tez aterciopelada de morocha, sonrosada en las
redondas mejillas, que era un verdadero encanto é invitaba á besarla,
ó á morderla como un fruto maduro. De estatura mediana, gruesa por
falta de ejercicio y exceso de golosinas y mate dulce, parecía bajita y
esto le afeaba un tanto el cuerpo que, más esbelto, hubiera resultado
gracioso. En cambio, tenía el don de atraer con su mirada bondadosa y
suave, como lejana ó dormida, y con su palabra lenta y melosa á causa
de un ligero ceceo y de las inflexiones largas y cantantes de la voz.
Era, en suma, una criollita poco excepcional, pero en Los Sunchos
hubiera obtenido el primer premio, á estilarse allí los concursos
de belleza. Siempre á una ventana del viejo caserón que, rodeado de
árboles, daba frente á casa en la calle de la Constitución, Teresa, que
fué mi compañera en la primera infancia, me seguía infatigablemente con
los ojos en mis continuas idas y venidas, sin que yo parara mientes
en aquel interés, ni tratara de investigar sus causas. Pero cuando
sentí las iniciales aspiraciones amorosas y comencé á soñar en la
mujer ideal, el instinto me llevó á fijar la vista en ella, como en
la posible realización de mi deseo poético de conquistar el primer
perfume de una flor de invernáculo, ó por lo menos de jardín cultivado
y custodiado. Aquel «hortus conclusus» llegó, en fin, á detener mi
atención y á despertar en mí un sentimiento exteriormente parecido al
amor; amor cerebral, apenas, primer despertamiento de la imaginación en
consorcio con los sentidos, como lo prueba la forma en que me di cuenta
de que lo experimentaba...
Era una noche, tarde ya, y mientras todos dormían en casa, yo leía
con entusiasmo la _Mademoiselle de Maupin_, de Teófilo Gautier; como
á Paolo y Francesca los amores de Lancelotto, aquel libro sensual
me produjo extraordinario y repentino vértigo. La sugestión surgió,
imperativa, y, como si se iluminara de golpe mi cerebro, vi rodeada de
un nimbo la imagen de Teresa, tal como nunca se había presentado á mis
ojos ni á mi imaginación, hermosa, provocativa, con un encanto nuevo
y fascinador. Tan poderoso fué este choque recibido por mi espíritu,
que--cual si se tratara de una cita convenida de antemano,--salté de
la cama con arrebato infantil, me vestí á toda prisa, y sin pensar en
la ridiculez y la inutilidad de mi acción, salí á la calle y, envuelto
en la sombra de la noche, sola ánima viviente en el pueblo amodorrado,
comencé á tirar piedrecitas á los vidrios de la que, improvisamente
llamaba ya «mi novia», con la esperanza de verla asomarse y de trabar
con ella el primer coloquio sentimental, vibrante de pasión... Como
ni ella ni nadie se movió en la casa, al cabo de una hora de salvas
inútiles me volví desalentado, como quien acaba de sufrir un desengaño
terrible, creándome toda una tragedia de indiferencia, infidelidades
y perfidias, en la que no faltaban ni el rival, ni el perjurio, ni el
arma homicida con sus consiguientes lagos de sangre.
¡Oh, imaginación desenfrenada! ¿Quién podrá admitir que, sin otra causa
que el propio demente arrebato, aquella noche pensé en el suicidio,
lloré, mordí las almohadas y representé para mí solo toda una larga
escena de violencias románticas?... Hoy quizá me explique aquel estado
de ánimo. De mí podía decirse, seguramente, que por la edad y el
temperamento, amén de las lecturas especiadas, me hallaba en el punto
en que no se ama una mujer, ni la mujer en general, sino sencillamente
en que se comienza á amar el amor; situación difícil y peligrosa, á
poco que falten los derivativos.
Pero, con toda mi desesperación, después de divagar, algo febril, acabé
por dormirme tan tranquilo, como si nada hubiese pasado. La pesadilla
en vigilia cedió su lugar al sueño sin ensueños de la adolescencia que
se fatiga hasta caer rendida con el esfuerzo físico de largas horas.
V
Al día siguiente, bien temprano, cuando desperté, como si el sueño
hubiese sido sólo un paréntesis, y aunque me sintiera fresco, dispuesto
y con la cabeza despejada, reanudóse la pesadilla y la imaginación
recobró sobre mí su imperio tiránico. Menos nervioso, sin embargo, me
vestí con un esmero que no acostumbraba, y me dirigí á casa de Teresa,
resuelto á aclarar la situación, absolver posiciones, y, si á mano
venía, enrostrarle su desvío y acusarla de traición. Y, en pleno drama,
me sentía alegre.
Ya he hablado de la vehemencia de mi carácter y de mi empuje para
realizar mi voluntad; no extrañará, pues, que en aquella época estas
peculiaridades llegaran á la ridiculez, y menos si se tiene en cuenta,
por una parte, que dada la inexperiencia de la muchacha mi tontería no
resultaría para ella ridícula, sino dramática, y por otra, que aquella
mañana primaveral hacía un calor bochornoso y enervante, soplaba el
viento norte, enloquecedor, el sol, á pesar de la hora temprana, echaba
chispas, y la tierra húmeda con las lluvias recientes, desprendía un
vaho capitoso, creando una atmósfera de invernáculo.
Don Inginio acababa de salir á caballo, y Teresa tomaba mate,
paseándose lentamente en el primer patio, cuando yo llegué. Al
atravesar nuestro jardín asoleado y la calle, cuyo suelo de tierra
abrasaba bajo el sol, sentí como un zumbido en el cerebro, y toda mi
tranquila frescura desapareció. No vi á Teresa, no vi más que una
imagen confusa, morena y sonrosada, con largas trenzas cadentes sobre
el suelto vestido de muselina, y olvidando toda la escena combinada
en mi cuarto, corrí hacia ella, la así de la cintura y exclamé con
arrebato, como si la niña estuviera ya al corriente de cuanto había
pasado ó yo imaginara.
--¿Por qué sos así?
Este ex abrupto, casi demente, produjo su efecto natural, cuya lógica
comprendí, aunque no estuviese acostumbrado á tales repulsas. No se
trataba de una de mis siervas, y aquel arranque la sobrecogió, la
espantó, la indignó. Con violento ademán, se libertó de mi brazo, y
en su movimiento medroso y brusco dejó caer y rodar por las baldosas
el mate que se rompió con sordo ruido, mientras la bombilla de plata
saltaba repicando con notas argentinas.
La reacción se produjo bruscamente en mí. Al acto impulsivo y brutal
siguió una timidez extrema. Quise decir algo y sólo acerté á iniciar la
frase con un risible «pero... pero...» varias veces repetido. Traté,
nuevo Quijote, de recordar alguna circunstancia análoga, leída en los
libros, pero no evoqué sino hechos vagos y caricaturescos, enteramente
fuera de situación, y, con el amor propio herido por la vergüenza,
allí hubiese puesto fin á las cosas, si la muchacha, magnífica é
instintivamente femenina, no me hubiera tendido un puente y quitado
toda importancia á la escena, diciéndome con su ligero ceceo, mientras
recogía la bombilla y los restos del mate:
--¡Qué zuzto me haz dado! Eztaba diztraída.
No agregó más. Era innecesario y no le hubiera sido fácil. Pero
aquellas pocas palabras bastaron para devolverme el aplomo, y me
permitieron buscar un nuevo plan, otro punto de partida para el ataque.
Y, sin mucho cavilar, comprendiendo instintivamente que en el presunto
enemigo podía ver un secreto aliado, comencé por donde primero se me
ocurrió, es decir, por la más tonta de las trivialidades.
--¿Has visto--pregunté con acento indiferente,--la cantidad de
macachines que hay en el campo?
Como si aquello la interesara de veras, sonrió, dió un paso hacia mí, é
inquirió, clavándome los ojos, negros y francos:
--¿Hay muchoz?
--¡Muchísimos! ¿Querés que te traiga?
--¿Con ezte zolazo? ¡No, no! Te podría dar un ataque á la cabeza.
--¡Bah! El sol no me hace nada. Siempre ando al sol y nunca me hace
nada.
--Ademáz, no me guztan.
Lo dijo con mucha coquetería, ruborizada, encantadora por el ceceo, la
sonrisa tierna, el brillo feliz de los ojos. Yo busqué otro obsequio.
--¿Y los huevos de gallo?
--¡Oh! Ezo zí; pero no para comerloz: los pongo en los floreros, con
los penachos de cortadera, y resultan máz bonitoz...
--¡Pues ya verás! ¡Ya verás el montón que te traigo!--exclamé con
resolución, como si prometiera realizar una hazaña, tanto que,
alarmada, tratando de detenerme dulcemente, porque yo salía ya á toda
prisa:
--¡No vayas á hacer ningún dizparate, Mauricio!--suplicó.
--¡Dejá, dejá no más!
Y salí corriendo, sí. Por tres razones: porque la situación, mucho
menos tirante que en un principio, no dejaba, todavía, de serme
embarazosa; porque aquel pretexto, aunque traído de los cabellos, me
servía á maravilla para retirarme con dignidad, dejando pendiente
la escena, y porque acababa de ocurrírseme un acto romántico que,
trasnochado y todo, era de los que siempre producirán gran efecto en
el corazón femenino. Huevos de gallo, no había, por el momento, sino
en una barranca á pico, junto al arroyo, y las matas de la plantita
silvestre, cuyos frutos aovados y nacarinos son la delicia de los
muchachos, colgaban sobre lo que podía llamarse un abismo, apenas más
arriba de las cuevas de los loros barranqueros, expertos descubridores
de sitios inaccesibles para instalar su nido.
Los que arriesgan la vida por realizar el capricho de una mujer amada,
sea en las traidoras neveras, buscando la flor de los hielos, sea en el
cubil para recoger un guante perfumado entre las fauces de las fieras,
tenían toda mi admiración, no sólo por su heroísmo, sino también porque
su voluntad les llevaba á la realización de sus apasionados deseos.
¡Ésos son hombres! Quieren un triunfo, un placer, y se lo pagan sin
fijarse en el precio, más grandes que quien tira su fortuna por un
capricho, aunque éste sea muy grande también, pese al ridículo de
que suelen rodearlo los que no comprenden su acción heroica. Yo me
sentía capaz de hacer lo mismo que los primeros, y agregaré que aun me
sentiría con disposiciones análogas, si el motivo determinante fuera
de mayor cuantía. Así como en la adolescencia fuí capaz de exponerme
por ofrecer huevos de gallo á una chiquilla, así también, ahora que
peino canas, me siento apto para intentar cualquier esfuerzo, heroico
ó no, loable ó vituperable, si de él depende el logro de un fin que
me importe mucho. Qué fin no hace el caso. Bástame con afirmar mi
capacidad de acción.
Una hora después de mi brusca partida, volvía yo á casa de Teresa con
el pañuelo lleno de grandes perlas verdosas, semitransparentes, que se
destacaban sobre el verde más obscuro y sucio de las hojas. La niña
recibió el regalo con regocijo y se empeñó en que le contara dónde y
cómo había hecho la hermosa cosecha. En el lenguaje tosco é impreciso
que era entonces mi único medio de expresión, relaté la aventura, el
descenso hasta la mitad de la Barranca de los Loros, valiéndome de una
cuerda atada á un árbol al borde del abismo, los chillidos alborotados
y furiosos de los loros al creerse atacados, las oscilaciones de la
cuerda en el vacío, mientras arrancaba la fruta y la metía en los
bolsillos, el dolor de las manos quemadas por el roce violento, la
dificultad de la ascensión final, cuando hubiera sido tan fácil, si la
cuerda alcanzara, bajar hasta el arroyo que corría á diez metros de
mis pies... Teresa, maravillada, me acosaba á preguntas, obligándome á
completar el relato con minuciosos detalles, muchos de ellos inventados
ó evocados de mis lecturas, para dar más realce á la proeza. Los ojos
le brillaban de entusiasmo. Sus labios, algo gruesos y tan rojos,
sonreían con expresión admirativa, y, al propio tiempo, angustiada,
y sus mejillas se coloraban y empalidecían alternativamente. Cuando
terminé:
--¡Muchaz graciaz!--murmuró.--¡Zos muy valiente!
Y se puso encarnada como una flor de seibo, mientras bajaba la vista
para mirar las frutitas que sostenía con ambas manos en el delantal.
Pensé que la situación había cambiado radicalmente; pero no me atreví
á utilizar sus ventajas, ó no encontré el medio de aprovecharlas.
Limitéme á decir que aquello no tenía importancia, que cualquiera
hubiese hecho lo mismo, que estaba pronto á todo por complacerla...
Me dió, en premio, un ramito de jazmines del país, que ella misma
cultivaba, y me dijo sonriente, al despedirme:
--Y no hagáz como antez, no seaz tan «chúcaro». Vení á vernos de cuando
en cuando.
--¡Ya lo creo que vendré!
Y fuí todos los días, á veces mañana y tarde, preferentemente cuando
don Inginio no estaba en casa. Renació así la intimidad de la niñez,
pero en otra forma. Aunque evidentemente enamorada de mí, aunque
cándida y confiada, Teresa se mantenía en una reserva que, en otra
mujer, hubiera parecido calculada y hábil. Sin tomar demasiado á mal
mis avances, sabía tenerme á distancia y rechazar sin acrimonia toda
libertad de acción, permitiéndome, en cambio, todas las que de palabra
me tomaba. Éstas no eran muchas, á decir verdad, porque los abstrusos
ó almibarados requiebros que me proporcionaban algunas novelas, me
parecían incomprensibles para ella, é inadecuados por añadidura,
mientras que las fórmulas oídas en mi mundo rústico é ignorante, las
burdas alusiones, los equívocos rebuscados y brutales, la frase cruda,
grosera, primitivamente sensual, asomaban, sí, á mis labios, pero no
salían de ellos, por una especie de pudor instintivo que era, más bien,
buen gusto innato comenzando á desarrollarse. Jugábamos, en suma, como
chiquillos, corriendo y saltando, nos contábamos cuentos y ensueños, y
había en ella una mezcla de toda la coquetería de la mujer y todo el
candor de la niña, que irritaba y, al propio tiempo, tranquilizaba mis
pasiones...