Acabé por acostumbrarme un tanto á la escuela. Iba á ella á divertirme,
y mi diversión mayor consistía en hacer rabiar al pobre maestro, don
Lucas Arba, un infeliz español, cojo y ridículo, que, gracias á mí,
se sentó centenares de veces sobre una punta de pluma ó en medio de
un lago de pega-pega, y otras tantas recibió en el ojo ó la nariz,
bolitas de pan ó de papel, cuidadosamente masticadas. ¡Era de verle dar
el salto ó lanzar el chillido provocados por la pluma, ó levantarse
con la silla pegada á los fondillos, ó llevar la mano al órgano
acariciado por el húmedo proyectil, mientras la cara se le ponía como
un tomate! ¡Qué alboroto, y cómo se desternillaba de risa la escuela
entera! Mis tímidos condiscípulos, sin imaginación, ni iniciativa, ni
arrojo, como buenos campesinos, hijos de campesino, veían en mí un
ente extraordinario, casi sobrenatural, comprendiendo intuitivamente
que, para atreverse á tanto, era preciso haber nacido con privilegios
excepcionales de carácter y de posición.
Don Lucas tenía la costumbre de restregar las manos sobre el
pupitre--«cátedra» decía él,--mientras explicaba ó interrogaba;
después, en la hora de caligrafía ó de dictado, poníase de codos en
la mesa y apoyaba las mejillas en la palma de las manos, como si su
cerebro pedagógico le pesara en demasía. Observar esta peculiaridad,
procurarme pica-pica y espolvorear con ella la cátedra, fueron para
mí cosas tan lógicas como agradables. Y repetí á menudo la ingeniosa
operación, entusiasmado con el éxito, pues nada más cómico que ver á
don Lucas rascarse primero suavemente, después con cierto ardor, en
seguida rabioso, por último frenético hasta el estallido final:
--¡Todo el mundo se queda dos horas!
Iba á lavarse, á ponerse calmantes, sebo, aceite, qué sé yo, y la clase
abandonada se convertía en una casa de orates, obedeciendo entusiasta
á mi toque de zafarrancho; volaban los cuadernos, los libros, los
tinteros--quebrada la inercia de mis condiscípulos,--mientras los
instrumentos musicales más insólitos ejecutaban una sinfonía
infernal. Muchas veces he pensado, recapitulando estas escenas, que
mi verdadero temperamento es el revolucionario y que he necesitado un
prodigio de voluntad para ser toda mi vida un elemento de orden, un
hombre de gobierno... Volvía, al fin, don Lucas rojo y barnizado de
ungüentos, con las pupilas saltándosele de las órbitas--espectáculo
bufo si los hay,--y, exasperado por la intolerable picazón, comenzaba
á distribuir castigos suplementarios á diestro y siniestro, condenando
sin distinción á inocentes y culpables, á juiciosos y traviesos, á
todos, en fin... Á todos menos á mí. ¿No era yo, acaso, el hijo de don
Fernando Gómez Herrera? ¿No había nacido «con corona», según solían
decir mis camaradas?
¡Vaya con mi don Lucas! Si mucho me reí de ti, en aquellos tiempos,
ahora no compadezco siquiera tu memoria, aunque la evoque entre
sonrisas, y aunque aprecie debidamente á los que, como tú entonces,
saben acatar la autoridad política en todas sus formas, en cada
una de ellas y hasta en sus simples reflejos. Porque, si bien este
acatamiento es la única base posible de la felicidad de las naciones,
y en consecuencia de los ciudadanos, la verdad es que tú exagerabas
demasiado, olvidando que eras, también, «autoridad», aunque de ínfimo
orden. Y esta flaqueza es, para mí, irritante é inadmisible, sobre todo
cuando llega á extremos como éste.
Una tarde, á la hora de salir de la escuela y á raíz de un alboroto
colosal, don Lucas me llamó y me dijo gravemente que tenía que hablar
conmigo. Sospechando que el cielo iba á caérseme encima, me preparé á
rechazar los ataques del magíster hasta en forma viril y contundente,
si era preciso, de tal modo que, como consecuencia inevitable, ni
yo continuara bajo su férula ni él regentando la escuela, su único
medio de vida: un arañazo ó una equimosis no significaban nada para
mí--era y soy valiente,--y con una marca directa ó indirecta de don
Lucas, obtendría sin dificultad su destierro de Los Sunchos, después de
algunas otras pellejerías que le dieran que rascar. Considérese, pues,
mi pasmo, al oirle decir, apenas estuvimos solos, con su amanerado y
académico lenguaje, ó, mejor dicho, prosodia:
--Después de recapacitar muy seriamente, he arribado á una conclusión,
mi querido Mauricio... Usted (me trataba de usted, pero tuteaba á
todos los demás), usted es el más inteligente y el más fuerte de la
escuela, aunque no el más juicioso ni el más aplicado... No, no se
enfade todavía, permítame terminar, que no ha de pesarle... Pues
bien, usted que todo lo comprende y que sabe hacerse respetar por sus
condiscípulos, mis alumnos, puede ayudarme con verdadera eficacia, sí,
con la mayor eficacia, á conservar el orden y mantener la disciplina
en las clases, minadas por el espíritu rebelde y revoltoso que es la
carcoma de este país...
Aunque sorprendido por lo insólito de estas palabras, pronunciadas
con solemne gravedad, como en una tribuna, comencé á esperar más
serenamente los acontecimientos, sospechando, sin embargo, alguna
celada.
--Pero no he querido--continuó don Lucas, en el mismo tono,--adoptar
una resolución, cualquiera que ella sea, sin consultarle previamente.
El aula estaba solitaria y en la penumbra de la caída de la tarde.
Junto á la puerta, yo veía, al exterior, un vasto terreno baldío,
cubierto de gramíneas, rojizas ya, un pedazo de cielo con reflejos
anaranjados, y, al interior, la masa informe y azulada de los bancos y
las mesas, en la que parecía flotar aún el ruido y el movimiento de
los alumnos ausentes. Esta doble visión de luz y de sombra me absorbió,
sobre todo, durante una pausa trágica del maestro, para preparar esta
pregunta:
--¿Quiere usted ser monitor?
¡Monitor! ¡El segundo en la escuela, el jefe de los camaradas, la
autoridad más alta en ausencia de don Lucas, quizás en su misma
presencia, ya que él era tan débil de carácter!... ¡Y yo apenas sabía
leer de corrido, gracias á mamita! ¡Y en la escuela había veinte
muchachos más adelantados, más juiciosos, más aplicados y mayores que
yo! ¡Oh! estos aspavientos son cosa de ahora; entonces, aunque no
esperara semejante ganga, y aunque mucho me sonriera el inmerecido
honor, la proposición me pareció tan natural y tan ajustada á mis
merecimientos, que la acepté, diciendo sencillamente, sin emoción
alguna:
--Bueno, don Lucas.
Yo siempre he sido así, imperturbable, y aunque me nombraran papa,
mariscal ó almirante, no me sorprendería ni me consideraría inepto para
el cargo. Pero, deseando ser enteramente veraz, agregaré que el «don
Lucas» de la aceptación había sido, desde tiempo atrás, desterrado de
mis labios, en los que las contestaciones se limitaban á un sí ó un
no, «como Cristo nos enseña», sin aditamento alguno de señor ó don,
como nos enseña la cortesía. Y ésta fué una evidente demostración de
gratitud...
Después he pensado que, en la emergencia, don Lucas se condujo como
un filósofo ó como un canalla: como un filósofo, si quiso modificar
mi carácter y disciplinarme, haciéndome, precisamente, custodio de la
disciplina; como un canalla, si sólo trató de comprarme á costa de una
claudicación moral, mucho peor que la música de su pata coja. Pero,
meditándolo más, quizá no obrara ni como una ni como otra cosa, sino,
apenas, como un simple que se defiende con las armas que tiene, sin
mala ni buena intención, por espíritu de conservación propia, y utiliza
para ello los medios políticos á su alcance--medios poco sutiles á la
verdad, porque la sutileza política no es el dote de los simples.--Para
los demás muchachos, el ejemplo podía ser descorazonador, anárquico,
desastroso como disolvente, porque don Lucas no sabía contemporizar
con la cabra y con la col; pero ¡bah! yo tenía tanto prestigio entre
los camaradas, era tan fuerte, tan poderoso, tan resuelto y tan
autoritario, para decirlo todo de una vez, que el puesto gubernativo me
correspondía como por derecho divino, y muy rebelde y muy avieso había
de ser el que protestara de mi ascensión y desconociese mi regencia.
Comencé, pues, desde el día siguiente, á ejercer el mando, como si
no hubiera nacido para otra cosa, y seguí ejerciéndolo con grande
autoridad, sobre todo desde el famoso día en que presenté á don Lucas
mi renuncia indeclinable...
He aquí por qué:
Irritado contra uno de los condiscípulos más pequeños, que, corriendo
en el patio, á la hora del recreo, me llevó por delante, levanté la
mano, y sin ver lo que hacía le di una soberbia bofetada. Mientras el
chicuelo se echaba á llorar á moco tendido, uno de los más adelantados,
Pedro Vázquez, con quien estábamos en entredicho desde mi nombramiento
de monitor, me faltó audazmente al respeto, gritando:
--¡Grandulón! ¡Sinvergüenza!
Iba á precipitarme sobre él con los puños cerrados, cuando recordé mi
alta investidura, y, conteniéndome, le dije con severidad:
--¡Usted, Vázquez! ¡Dos horas de penitencia!
Me volvió las espaldas, rudamente, y se encogió de hombros,
refunfuñando no sé qué, vagas amenazas, sin duda, ó frases
despreciativas y airadas. Este muchacho, que iba á desempeñar un papel
bastante considerable en mi vida, era alto, flaco, muy pálido, de ojos
grandes, azul obscuro, verdosos á veces, cuando la luz les daba de
costado, frente muy alta, tupido cabello castaño, boca bondadosamente
risueña, largos brazos, largas piernas, torso endeble, inteligencia
clara, mucha aptitud para los trabajos imaginativos, intuición
científica y voluntad desigual, tan pronto enérgica, tan pronto muelle.
Aquel día, cuando volvimos á entrar en clase, Pedro, que estaba en
uno de sus períodos de firmeza, apeló del castigo ante don Lucas, que
revocó incontinenti la sentencia, quebrando de un golpe mi autoridad.
--¡Pues si es así, caramba!--grité,--no quiero seguir de monitor ni un
minuto más. ¡Métase el nombramiento en donde no le dé el sol!
Don Lucas recapacitó un instante, murmurando: «¡Calma! ¡calma!» y
tratando de apaciguarme con suaves movimientos sacerdotales de la
mano derecha. Sin duda evocaría el punzante recuerdo de las puntas de
pluma, el aglutinante de la pega-pega, el viscoso del papel mascado, el
urticante de la pica-pica, pues con voz melosa, preguntó, tuteándome
contra su costumbre:
--¿Es decir que renuncias?
--¡Sí! ¡Renuncio in-de-cli-na-ble-mente!--repliqué, recalcando cada
sílaba del adverbio, aprendido de tatita en sus disquisiciones
electorales.
La clase entera abrió tamaña boca, espantada, creyendo que la
palabrota era un terno formidable, nuncio de alguna colisión más
formidable aún; pero volvió á la serenidad, al ver que don Lucas se
levantaba conmovido, y, tuteándome de nuevo, me decía:
--Pues no te la acepto, no puedo aceptártela... Tú tienes mucha,
pero mucha dignidad, hijo mío. ¡Este niño irá lejos, hay que
imitarle!--agregó, señalándome con ademán ponderativo á la admiración
de mis estupefactos camaradas.--¡La dignidad es lo primero!... Mauricio
Gómez Herrera seguirá desempeñando sus funciones de monitor, y Pedro
Vázquez sufrirá el castigo que se le ha impuesto. He dicho... ¡Y
silencio!
La clase estaba muda, como alelada; pero aquel «¡silencio!» era una de
esas terminantes afirmaciones de autoridad que deben hacerse en los
momentos difíciles, cuando dicha autoridad peligra, para que no se
produzca ni siquiera un conato de rebelión; aquel «¡silencio!» era,
en suma, una declaración de estado de sitio, que yo me encargaría
de utilizar en servicio de la buena causa, desempeñando el papel de
ejército y policía al mismo tiempo.
Sólo Vázquez se atrevió á intentar una protesta, balbuciendo entre
indignado y lloroso un:
--¡Pero, señor!...
--¡Silencio he dicho!... Y dos horas más, por mi cuenta.
Acostumbrado á obedecer, Vázquez calló y se quedó quietecito en su
banco, mientras una oleada de triunfal orgullo me henchía el pecho y me
hacía subir los colores á la cara, la sonrisa á los labios, el fuego á
los ojos.