I
Nací á la política, al amor y al éxito, en un pueblo remoto de
provincia, muy considerable según el padrón electoral, aunque tuviera
escasos vecinos, pobre comercio, indigente sociabilidad, nada de
industria y lo demás en proporción. El clima benigno, el cielo siempre
azul, el sol radiante, la tierra fertilísima, no habían bastado, como
se comprenderá, para conquistarle aquella preeminencia. Era menester
otra cosa. Y los «dirigentes» de Los Sunchos, al levantarse el último
censo, por arte de birlibirloque habían dotado al departamento con una
importante masa de sufragios--mayor que el natural,--para procurarle
decisiva representación en la Legislatura de la provincia, directa
participación en el gobierno autónomo, voz y voto delegados en el
Congreso Nacional y, por ende, influencia eficaz en la dirección del
país. Escrutando las causas y los efectos, no me cabe duda de que los
sunchalenses confiaban más en sus propias luces y patriotismo, que en
el patriotismo y las luces del resto de nuestros compatriotas, y de que
se esforzaban por gobernar con espíritu puramente altruista. El hecho
es que, siendo cuatro gatos, como suele decirse, alcanzaban tácita
ó manifiesta ingerencia en el manejo de la res pública. Pero esto,
que puede parecer una de tantas incongruencias de nuestra democracia
incipiente, no es divertido y no hace, tampoco, al caso. Lo que sí hace
y quizá resulte divertido, es que mi padre fuera uno de los susodichos
dirigentes, quizá el de ascendiente mayor en el departamento, y que mi
aristocrática cuna me diera--como en realidad me dió,--vara alta en
aquel pueblo manso y feliz, holgazán bajo el sol de fuego, soñador bajo
el cielo sin nubes, cebado en medio de la pródiga naturaleza. Hoy me
parece que hasta el aire de Los Sunchos era alimenticio, y que bastaba
masticarlo al respirar para mantener y aun acrecentar las fuerzas:
milagro de mi país, donde, virtualmente, todavía se encuentran pepitas
de oro en medio de la calle.
Desde chicuelo era yo, Mauricio Gómez Herrera, el niño mimado de
vigilantes, peones, gente del pueblo y empleados públicos de menor
cuantía, quienes me enseñaron pacientemente á montar á caballo,
vistear, tirar la taba, fumar y beber. Mi capricho era ley para
todos aquellos buenos paisanos, en especial para el populacho, los
subalternos y los humildes amigos ó paniaguados de las autoridades; y
cuando algún opositor, víctima de mis bromas, que solían ser pesadas,
se quejaba á mis padres, nunca me faltó defensa ó excusa, y si bien
ambos prometían á veces reprenderme ó castigarme, la verdad es
que--especialmente el «viejo»--no hacían sino reirse de mis gracias.
Y aquí debo confesar que yo era, en efecto, un niño gracioso si se me
consideraba en lo físico. Tengo por ahí arrumbada cierta fotografía
amarillenta y borrosa que me sacó un fotógrafo trashumante al cumplir
mis cinco años, y aparte la ridícula vestimenta de lugareño y el aire
cortado y temeroso, la verdad es que mi efigie puede considerarse la
de un lindísimo muchacho, de grandes ojos claros y serenos, frente
espaciosa, cabello rubio naturalmente rizado, boca bien dibujada,
en forma de arco de Cupido, y barbilla redonda y modelada, con su
hoyuelo en el medio, como la de un Apolo infante. En la adolescencia
y en la juventud fuí lo que mi niñez prometía, todo un buen mozo, de
belleza un tanto femenil, pese á mi poblado bigote, mi porte altivo, mi
clara mirada, tan resuelta y firme; y estos dotes de la Naturaleza me
procuraron siempre, hasta en épocas de madurez... Pero, no adelantemos
los acontecimientos...
Tenía yo por aquel entonces un carácter de todos los demonios que,
según me parece, la edad y la experiencia han modificado y mejorado
mucho, especialmente en las exteriorizaciones. Nada podía torcer mi
voluntad, nadie lograba imponérseme, y todos los medios me eran buenos
para satisfacer mis caprichos. Gran cualidad. Recomiendo á los padres
de familia deseosos de ver el triunfo de su prole, que la fomenten en
sus hijos, renunciando, como á cosa inútil y perjudicial, á la tan
preconizada disciplina de la educación, que sólo servirá para crearles
luego graves y quizás insuperables dificultades en la vida. Estudien mi
ejemplo, sobre el que nunca insistiré bastante: desde niño he logrado,
detalle más, detalle menos, todo cuanto soñaba ó quería, porque nunca
me detuvo ningún falso escrúpulo, ninguna regla arbitraria de moral,
como ninguna preocupación melindrosa, ningún juicio ajeno. Así, cuando
una criada ó un peón me eran molestos ó antipáticos, espiaba todos sus
pasos, acciones, palabras y aun pensamientos, hasta encontrarlos en
falta y poder acusarlos ante el tribunal casero; ó--no hallando hechos
reales,--imaginaba y revelaba hechos verosímiles, valiéndome de las
circunstancias y las apariencias paciente y sutilmente estudiadas. ¡Y
cuántas veces habrá sido profunda é ignorada verdad lo que yo mismo
creía dudoso por falta de otras pruebas que la inducción y la deducción
instintivas!
Pero esto era, sólo, una complicación poco evidente--para descubrirla
he debido forzar el análisis,--de mi carácter que, si bien obstinado
y astuto, era, sobre todo--extraña antinomia aparente,--exaltado y
violento, como irreflexivo y de primer impulso, lo que me permitía
tomar por asalto cuanto con un golpe de mano podía conseguirse. Y como
en el arrebato de mi cólera llegaba fácilmente á usar de los puños,
los pies, las uñas y los dientes, natural era que en el ataque ó en
la batalla con el criado ú otro adversario eventual, resultara yo con
alguna marca, contusión ó rasguño que ellos no me habían inferido
quizá, pero que, dándome el triunfo en la misma derrota, bastaba y
aun sobraba como prueba de la ajena barbarie, y hacía recaer sobre el
enemigo todas las iras paternas:
--¡Pobre muchacho! ¡Miren cómo me lo han puesto! ¡Es una verdadera
atrocidad!...
Y tras de mis arañones, puntapiés, cachetadas y mordiscos, llovían
sobre el antagonista los puñetazos de mi padre, hombre de malas pulgas,
extraordinario vigor, destreza envidiable y amén de esto grande
autoridad. ¿Quién se atrevía con el árbitro de Los Sunchos? ¿Quién no
cejaba ante el brillo de sus ojos de acero, que relampagueaban en la
sombra de sus espesas cejas, como intensificados por su gran nariz
ganchuda, por su grueso bigote cano, por su perilla que en ocasiones
parecía adelantarse como la punta de un arma?
Vivíamos con grandeza--naturalmente en la relatividad aldeana, que no
da pretexto á los lujos desmedidos,--y «tatita» gastaba cuanto ganaba
ó un poco más, pues á su muerte sólo heredé la chacra paterna, gravada
con una crecida hipoteca que hacían más molesta algunas otras deudas
menores. Sí; sólo teníamos una chacra, pero hay que explicarse: era una
vasta posesión de cuatrocientas varas de frente por otras tantas de
fondo, y estaba enclavada casi en el mismo centro del pueblo. Su cerco,
en parte de adobe, en parte de pita, cina-cina y talas, interceptaba
las calles de Libertad, Tunes y Cadillal, que corrían de norte á sud, y
las de Santo Domingo, Avellaneda y Pampa, de Este á Oeste. Los cuatro
grandes frentes daban sobre San Martín, Constitución, Blandengues y
Monteagudo. Nuestra casa ocupaba la esquina de las calles San Martín y
Constitución, la más próxima á la plaza y los edificios públicos, y era
una amplia construcción de un solo piso, á lo largo de la cual corría
una columnata de pilares delgados, sosteniendo un ancho alero. En ella
habitábamos nosotros solos, pues las cocinas, cocheras, dependencias
y cuartos de la servidumbre, formaban cuerpo aparte, cuadrando una
especie de patio en que mamita cultivaba algunas flores y tatita
criaba sus gallos. En el resto de la chacra había algunos montecillos
de árboles frutales, un poco de alfalfa, un chiquero, un gallinero,
y varios potreros para los caballos y las dos vacas lecheras. Tengo
idea de que alguna vez se plantaron hortalizas en un rincón de la
chacra, pero en todo caso no fué siempre, ni siquiera con frecuencia,
sin duda para no desdecir mucho del indolente carácter criollo que en
aquel tiempo consideraba «cosa de gringos» ordeñar las vacas y comer
legumbres. Con todo, nuestra casa era un palacio y nuestra chacra un
vergel, comparadas con las demás mansiones señoriales de Los Sunchos,
y nuestras costumbres de familia tenían un sello aristocrático que
más de una vez envenenó las malas lenguas del pueblo, que zumbaban
como avispas irritadas, aunque á respetable distancia de los oídos de
tatita. Esta especie de refinamiento, cada vez más borroso, se explica
naturalmente: mi padre pertenecía á una de las familias más viejas del
país, una familia patricia radicada en Buenos Aires desde la guerra
de la Independencia, vinculada á la alta sociedad y dueña de una
respetable fortuna que varias ramas conservan todavía. Menos previsor ó
más atrevido que sus parientes, mi padre se arruinó--ignoro cómo y no
me importa saberlo,--salió á correr tierras en busca de mejor suerte, y
fué á varar en Los Sunchos, llevando hasta allí algunos de sus antiguos
hábitos y aficiones.
No se ocupaba más que de la política activa, y de la tramitación
de toda clase de asuntos ante las autoridades municipales y
provinciales. Intendente y presidente de la Municipalidad, en varias
administraciones, había acabado por negarse á ocupar puesto oficial
alguno, conservando, sin embargo, meticulosamente, su influencia y
su prestigio: desde afuera, manejaba mejor sus negocios, sin dar que
hablar, y siempre era él quien decidía en las contiendas electorales, y
otras, como supremo caudillo del pueblo. Cuando no se iba á la capital
de la provincia, llevado por asuntos propios ó ajenos--en calidad de
intermediario,--pasaba el día entero en el café, en la «cancha» de
carreras ó de pelota, en el billar ó la sala de juego del Club del
Progreso, ó de visita en casa de alguna comadre. Tenía muchas comadres,
y mamá hablaba siempre de ellas con cierto retintín y á veces hasta
colérica, cosa extraña en una mujer tan buena, que era la mansedumbre
en persona. Tatita solía mostrarse emprendedor. Á él se debe, entre
otros grandes adelantos de Los Sunchos, la fundación del Hipódromo
que acabó con las canchas derechas y de andarivel, é hizo, también,
para las riñas de gallos, un verdadero circo en miniatura. Leía los
periódicos de la capital de la provincia, que le llegaban tres veces
por semana, y gracias á esto, á su copiosa correspondencia epistolar y
á las noticias de los pocos viajeros y de Isabel Contreras, el mayoral
de la galera de Los Sunchos, estaba siempre al corriente de lo que
sucedía y de lo que iba á suceder, sirviéndole para prever esto último
su peculiar olfato y su larga experiencia política, acopiada en años
enteros de intrigas y de revueltas. La inmensa utilidad práctica de
esta clase de información fué, sin duda, lo que le hizo mandarme á la
escuela, no con la mira de hacer de mí un sabio, sino con la plausible
intención de proveerme de una herramienta preciosa para después.
Esto ocurrió pasados ya mis nueve años, puede también que los diez.
Mi ingreso en la escuela fué como una catástrofe que abriera un
paréntesis en mi vida de vagancia y holgazanería, y luego como una
tortura, momentánea sí, pero muy dolorosa, tanto más cuanto que, si
aprendí á leer, fué gracias á mi santa madre, cuya inagotable paciencia
supo aprovechar todos mis fugitivos instantes de docilidad, y cuya
bondad tímida y enfermiza, premiaba cada pequeño esfuerzo mío tan
espléndidamente como si fuera una acción heroica. Me parece verla
todavía, siempre de negro, oprimida en un vestido muy liso, pálida
bajo sus bandós castaño obscuro, hablando con voz lenta y suave y
sonriendo casi dolorosamente, á fuerza de ternura. Mucho le costaron
las primeras lecciones, como le costó hacerme ir á misa é inculcarme
inciertas doctrinas de un vago catolicismo, algo supersticioso, por
mi inquietud indómita; pero á poco cedí y me plegué, más que todo,
interesado con los cuentos de las viejas sirvientas y los, aún más
maravillosos, de una costurerita española, jorobada, que decía á cada
paso «interín», que estaba siempre en los rincones obscuros, y en quien
creía yo ver la encarnación de un diablillo entretenido y amistoso ó de
una bruja momentáneamente inofensiva. «Interín» me contaban las unas
las hazañas de Pedro Urdemalas (Rimales, decían ellas), y la otra los
amores de Beldad y la Bestia, ó las terribles aventuras del Gato, el
Ujier y el Esqueleto, leídas en un tomo trunco de Alejandro Dumas, mi
naciente raciocinio me decía que mucho más interesante sería contarme
aquello á mí mismo, todas las veces que quisiera y en cuanto se me
antojara, ampliado y embellecido con los detalles en que sin duda
abundaría la letra menudita y cabalística de los libros. Y aprendí
á leer, rápidamente, en suma, buscando la emancipación, tratando de
conquistar la independencia.