Colocáronse las dos señoritas en la disposición ordenada por Demetria,
y emprendida de nuevo la marcha, no recobró la valerosa doncella
su tranquilidad. Oía la respiración de su padre más bronca que de
ordinario, como si sufriera presión muy fuerte o cerramiento de la
garganta.
—¡A casa, sí, a casita! —le dijo para animarle.
Y no obteniendo contestación, añadió:
—Padrecito, le vamos a dar una sopita en vino; mandaré parar para que
la tome con descanso... ¿Quiere que le incorporemos? Se aburre, ¿no
es verdad?, de tanto tiempo tendido a lo largo. ¿Se atrevería mi
padrecito a fumarse un cigarro, que le encendería este caballero que
nos acompaña, que nos guía, que nos ha sacado de la cautividad de Oñate?
Don Alonso no se movía ni daba acuerdo de sí. Esperó Demetria un ratito
más, y de pronto se oyó como un gran suspiro, que al salir a los labios
permitió la articulación tenue del invariable «a casa».
En los breves ratos en que la atención de Calpena quedaba libre del
cuidado de las simpáticas niñas y de su infeliz padre, se abstraía,
metiéndose en la contemplación de sus propias tristezas. Veía la
gallarda figura de Negretti; oía su palabra severa y franca; las calles
y casas de Bermeo tomaban apariencias de realidad en su mente, y allá,
en los cantiles batidos por el oleaje cantábrico, se le representaba
de continuo la persona de Aura, melancólica, como imagen de la poesía
osiánica, que une sus lamentos al mugido de las tempestades. Guardada
en su alma, como en el sagrario la custodia, la pasión de Aura, le
tributaba culto respetuoso y mudo, anhelando acercarse pronto al objeto
de su devoción, y verlo y adorarlo, aunque se interpusieran cristales
tan opacos como el señor Negretti y su esposa doña Prudencia. En
esto pensaba, cuando sintió rebullicio en el carro. Gracia chillaba,
Demetria dijo con voz angustiosa:
—Don Fernando, por Dios, venga usted...
Parados los bueyes, Calpena subió; mas en la oscuridad no pudo hacerse
cargo de nada. Demetria decía que el enfermo había perdido el habla
en absoluto, pues notó en él esfuerzos inútiles para articular alguna
palabra. Gracia, besando el frío rostro de don Alonso, decía:
—Yo te aseguro que así, puestas cara con cara, le oí decir: «a casa»;
pero tan bajito lo dijo, que nadie más que yo pudo oírlo.
—Mi padre está muy malo, mi padre se muere —dijo Demetria con la
entereza que le daba el hábito del infortunio—. Don Fernando, haga
usted el favor, tómele el pulso; yo no se lo encuentro. ¡Dios mío, esta
oscuridad! ¿En dónde estamos? ¿Hay cerca de aquí alguna casa donde
puedan prestarnos socorro?
Buscó Fernando inútilmente señales de vida en las dos manos del señor
de Castro, y no las encontró. En sus sienes no percibió ni un vago
latido.
—¿Y el corazón? —dijo ansiosa la hija mayor.
Pensó el joven engañarla; pero ¿a qué tales supercherías en situación
como aquella, excepcional, de las que reclaman verdad y valor? Los
consuelos caritativos habían de ser tan poco duraderos, que valía más
afrontar la dolorosa certidumbre.
—Pues... el corazón..., la verdad, no lo siento... ¡Carretero! ¿Dónde
estamos? ¿Hemos pasado de Aránzazu?
Dijo el guipuzcoano que el monasterio quedaba allá, a la izquierda,
pues había tomado por un atajo para cortar camino y evitar el paso por
lugares poblados...
—¿No hay allí monjes?
—¡Qué ha de haber, señor! No hay más que ruinas. Hace dos años, el
general Rodil, cuando vino a Oñate con tantos miles de hombres, cogió
presos a los frailes y mandó pegar fuego al convento. Yo le vi arder
por los cuatro costados.
Diciendo esto, oyose el canto de un gallo hacia la parte donde el
carretero señalaba las ruinas.
—Pero ahí vive gente... Oiga usted..., canta un gallo..., y otro.
—Sí señor, gente hay: pastores y carboneros miserables de estos montes,
que en las ruinas han hecho sus albergues al amparo de los muros que
quedan, y aprovechando las bóvedas que no se han caído.
Como añadiese que en un par de leguas a la redonda no había pueblo, ni
aldea, ni más viviendas que las de los infelices que se aposentaban en
Aránzazu, mandó Calpena guiar hacia el destruido convento. La noche
cerrada, el húmedo frío, la aflictiva situación de los viajeros, con la
inmensidad oscura delante de sí y la muerte entre sus brazos, eran para
humillar los ánimos más valerosos. Acertado fue dirigirse en busca de
seres humanos, aunque estos fueran los más pobres y humildes: alguna
puerta hospitalaria se les abriría; verían rostros compasivos... En
aquel trayecto, más que ninguno lento y fatigante, pues el carro no
pudo descender sino dando un largo rodeo por sendas inverosímiles,
las niñas lloraban silenciosas, encalmadas en la hondura de su pena
con resignación sublime. Si Gracia manifestó esperanzas, Demetria
no, afirmándose en la seguridad de que Dios les mandaba apurar hasta
el fin las amargas heces del cáliz. Fernando no les decía nada. ¡Ni
qué había de decirles! Aseguró Gaínza, cuando ya estaban cerca, que
los habitantes de las ruinas abandonaban sus madrigueras antes del
día, para ir al trabajo. Por fin detúvose el carro ante la masa negra
del incendiado monasterio: no se sentía ruido alguno que anunciase
la proximidad de seres vivos, como no fuese el cantar de gallo, que
resonaba dentro de los muros. El único consuelo que Calpena pudo dar a
las pobres niñas fue anunciarles el día, y como si quisiera apresurar
el amanecer con su deseo, aseguro que se iniciaba por oriente la dulce
claridad del alba.
Gaínza y don Fernando dieron fuertísimos golpes en el portalón que
delante tenían, sin que nadie respondiera, ni se oyese rumor alguno.
La parada junto a las ruinas en espera de alma cristiana a quien pedir
socorro fue un siglo para el caballero y las dos damitas. Estas rezaban
atribuladas, y con más dolor que miedo contemplaban el misterio inmenso
de la muerte, explorando con los ojos del espíritu los espacios que
tras de ese misterio señala la convicción... Por fin, al apremiante
llamar de los viajeros, respondió una voz cascada y lúgubre. Poco
después se abrió la puerta. Dirigiose Calpena al que abría, anciano
de alta estatura, venerable hermoso, vestido con pobreza, pero sin
andrajos, y en pocas palabras elocuentes le informó del doloroso caso
que motivaba la petición de auxilio tan a deshora. El viejo entendía
el castellano, pero no lo hablaba. Ayudado por el carretero, logró
que se enterara Fernando de estas sinceras manifestaciones: él era
muy pobre, y no podía ofrecer a los viajeros más que un rincón del
claustro en que con vigas medio quemadas y pedazos de cascote se había
compuesto un humildísimo albergue donde vivía con su mujer. Pero en el
mismo claustro había viviendas mejores, y hasta cómodas, habitadas por
familias menos pobres que el que hablaba, y allí seguramente podrían
encontrar los señores su remedio. En esto apareció una mujer con un
farol, que no fue poca suerte para Calpena, pues no sabía por dónde
andaba en aquella lobreguez, y tras la mujer presentose un hombre, no
tan viejo como el anterior, con un capote por la cabeza, figura que
al pronto imponía miedo. Lo mismo que había dicho antes, repitiolo el
joven con mayor vehemencia, y no tardó en oír palabras de consuelo.
Ofreciéronle aquellos desdichados cuanto tenían, y le mostraron su
casita, hábilmente construida en el coro bajo de la iglesia, la única
parte del edificio totalmente respetada por la catástrofe. Al punto
salió Fernando a comunicar a las pobres viajeras su hallazgo y el plan
que imaginó rápidamente ante los apuros de aquel caso inaudito.
—Demetria, lo más urgente es que ustedes entren, y descansen, y
se repongan de tanta ansiedad y pena tan grande. Hay aquí gentes
bondadosas, caritativas, que no desean más que amparar a los
desgraciados. Adentro pues, y mientras ustedes se tranquilizan, estos
buenos amigos y yo veremos qué remedios debemos aplicar a don Alonso.
Oyó esto Demetria con el respeto que su favorecedor le merecía; mas no
hizo ademán de moverse del lado de don Alonso, pues aunque tenía el
convencimiento de que era cadáver, hay lazos que ni en las ocasiones de
necesidad suma pueden romperse fácilmente.
—No quisiéramos separarnos de nuestro pobre padre; pero pues usted
lo cree preciso, y así nos lo manda, obedecemos, que aquí no hay más
voluntad que la de nuestro salvador.
A pesar de esta demostración, costó trabajo sacarlas del carro.
Abrazadas al inanimado cuerpo, no se hartaban de besarle.
—Vamos. Yo acompaño a ustedes, y luego me vuelvo aquí —dijo Fernando
por decir algo, que en tal situación no hay frase que sea oportuna, ni
consuelo que no resulte una tontería.
Gracia se desmayó al bajar, y en brazos hubo de llevarla Gaínza;
Demetria, agarrándose con mano convulsa al abrigo de su libertador,
y apretándose el pañuelo contra la boca, le seguía con paso lento.
De este modo entraron en el claustro, y precedidos de la mujer que
alumbraba, llegaron a la vivienda labrada en el coro, la cual en su
pobreza no carecía de acomodo. Los vetustos muebles revelaban en sus
remiendos y composturas una mano habilidosa.
Lo primero que hizo Demetria al entrar en aquel tugurio, fue ponerse
a rezar de rodillas sobre un ruedo de estera, y lo mismo hizo Gracia,
cuando volvió de su desvanecimiento.
—Sí, sí —les dijo Calpena—, recen un ratito. Aunque no lo parece, aquí
están en la iglesia. Vean estos machones de sillería gótica. Por allí
aparecen los pies de un santo, y en aquella otra parte asoma una cabeza
con nimbo.
En esto salieron de un cuchitril próximo dos preciosas chicuelas
que se brindaron a servir a las señoritas en todo lo que se les
mandase. Llegaron luego otros vecinos, un matrimonio joven, dos viejas
muy despabiladas, y todos se mostraron sinceramente caritativos,
misericordiosos.
Cuando ya aclaraba el día, salió Fernando acompañado del dueño de la
covacha, hombre obsequioso, alavés fronterizo de Burgos, que hablaba
perfectamente el castellano, y mostraba conocimiento práctico de mil
cosas diversas. Examinaron el cuerpo del infeliz don Alonso; reuniose
allí todo el vecindario con el propio objeto; de la inspección de unos
y otros resultó la tristísima verdad de que el señor estaba muerto,
y la opinión de que el fallecimiento había ocurrido dos o tres horas
antes. Sin ninguna duda respecto a la muerte, lo primero en que pensó
Fernando fue en disponer que se diese a las niñas algún alimento, y
ofreciendo recompensar con largueza los servicios que en tan crítica
situación se les prestaran, mandó a sus aposentadores encender lumbre
y preparar lo que tuviesen, con la mayor prontitud posible. Entró de
nuevo en la casucha, donde pensaba que era indispensable su presencia.
Aunque Demetria, perdida toda esperanza, se abrazaba a la resignación,
le miró a la cara, atenta a las impresiones de él para modificar o
sostener las suyas. Pero el rostro del caballero solo expresaba un
dolor calmoso.
—No necesita usted decirnos que somos huérfanas... Ya lo sabemos...
Pero aunque lo sepamos y usted nos lo diga, yo lo dudo..., no puedo
creerlo..., no, no es verdad: mi padre vive.
Y se lanzó como una loca fuera del cuarto, antes que pudieran
sujetarla. Juzgó Calpena inconveniente que por sí misma se cerciorase
de la tremenda verdad, y corrió tras ella; no quería llevarla, y la
llevó, sintiéndose sin autoridad para impedir escena tan aflictiva.
Tuvo ánimo Demetria para examinar el rostro del que fue don Alonso,
para besarle una y mil veces cara y manos, y no perdió el conocimiento
ni la firmeza de su alma, hecha sin duda para los grandes empeños de
la vida. Con dificultad apartáronla del carro, que había venido a ser
lecho fúnebre, y volvió por su pie al mísero albergue donde había
dejado a su hermana vencida del dolor...
—Somos huérfanas —le dijo, abrazándose las dos estrechamente—; somos
huérfanas, Dios no ha querido que entremos en casa con nuestro padre.
Ninguno de los presentes dejó de poner de su parte cuanto le inspiraba
la compasión para calmar tanta pena. Palabras tiernas, ofrecimientos de
proporcionar a las señoritas descanso, comodidad, alguna distracción,
todo lo agotaron aquellos infelices. Reunido lo mejor de cada casa,
arreglaron dos camas bastante bien apañaditas para que las huérfanas
descansasen.
—Al entrar aquí —le dijo Fernando a Demetria—, aseguró usted que me
obedecería. ¿No fue así? Pues bien, empiezo a usar la autoridad que se
ha dignado darme, y con ella dispongo que no se ocupen ustedes más que
de reparar sus fuerzas en la medida que sea posible. Yo me encargo de
todo, y sabré cumplir cuanto me ordenan la ley de Dios y la conciencia
de mi deber.
—Sé que mejor que nosotras mismas sabrá usted disponer lo que aún
falta. No es fácil que descansemos; sí lo es que tengamos confianza
plena en la disposición, en la inagotable caridad de nuestro salvador.
—No merezco ese nombre. Soy su criado: en esta ocasión me glorío de
serlo, y en ello tengo mucha honra.
—Criado, nunca. Mirándole como amigo, como protector de mi familia
en tan terrible ocasión, estas pobres huérfanas ruegan a usted que
se sirva dar cumplimiento a las resoluciones que voy a manifestarle.
Dios ha querido afligirnos hasta el extremo de arrebatarnos la vida de
nuestro padre en lugar tan desamparado. Ni hemos podido disponer de
un médico que le asistiera moribundo, ni, muerto, podemos tributar
a sus pobres restos la asistencia religiosa. No hay aquí, ni en los
contornos, sacerdote alguno, y mi buen padre ha de ser sepultado sin
las oraciones de la Iglesia, que no faltan al último de los mendigos.
Imposible también llevarle con nosotras, por la larga distancia y
por dificultades materiales superiores a nuestro deseo. Por tanto,
es nuestra voluntad que se dé tierra a mi padre a la hora que usted
disponga y en el lugar que designe, que bien podrá ser la cripta o
panteón de los frailes de este monasterio. Bien señalado por usted el
lugar de la sepultura, nosotras nos cuidaremos, en el plazo consentido
por las leyes, de trasladar estos queridos restos al enterramiento de
la familia en Laguardia. Asimismo hacemos voto solemne de socorrer a
las humildes personas que nos han dado asilo y amparo en trance tan
horrible. Dios ha querido que nuestro padre, en vida poderoso y rico,
haya terminado sus días en medio de los seres más pobres, entre los
pequeños, entre los desgraciados; que en su muerte no reciba honores
mundanos ni religiosos; que su sepultura sea la misma humildad, la
suma pobreza. Así acaban las grandezas humanas, y con estas lecciones
nos dice el Señor que no somos nada. Pues bien: no por vanidad, sino
por efusión de nuestras almas, mi hermana y yo ofrecemos que si
llegamos a Laguardia con vida y salud, estos pobres, a cuya cristiandad
confiamos el cuerpo de nuestro padre, serán socorridos en lo que les
reste de vida. El que hoy viva de limosna, no tendrá que pedirla
más. Nosotras les agregamos a nuestra familia, y cuidaremos de que
tengan pan y vivienda segura. Estos son los honores fúnebres que las
pobres huérfanas tributan al noble caballero cristiano don Alonso de
Castro-Amézaga.