Condolíase Demetria de que su caballero salvador tuviese que echarse
a pechos, a pie, los empinados y ásperos vericuetos por donde iban,
sin tomarse ningún descanso ni dormir siquiera un par de horas; pero
Fernando le aseguró estar muy acostumbrado a pasar malos días y peores
noches, encareciendo la urgencia de ganar tiempo y zafarse pronto de
la peligrosa divisoria entre la España de don Carlos y la de Isabel.
Reanudó entonces Demetria la historia de sus _dos semanas_, refiriendo
que la causa de que el señor Ibarburu no pudiese resolver el conflicto
de la familia de Castro fue una inesperada complicación, que parecía
obra del mismo demonio. Por aquellos días fue descubierto un complot
para matar a don Carlos. Un desalmado catalán que había pertenecido a
la Compañía de Jesús, de la cual le expulsaron en 1819, que después
sirvió en el ejército carlista, y fue condenado a muerte por intento
de vender al enemigo una compañía, logrando salvar la pelleja con una
audaz escapatoria, entró en Guipúzcoa por Alsasua, con dos mujeres
jóvenes que vendían baratijas. Proponíase quitar de en medio a don
Carlos. Delatado y cogido cerca de Oñate, le llevaron codo con codo
a la cárcel de Vergara, y se empezó a formar una causa en que los
señores del Consejo de Guerra quisieron sin duda lucirse, complicando
en ella a toda persona desconocida que a la sazón aportara por allí.
La coincidencia diabólica de que el presunto asesino se llamase Juan
Díaz, y José Díaz el compañero de don Alonso; la también endiablada
circunstancia de que este, en su triste locura, no hablase más que
de resolver la cuestión dinástica, cuerpo a cuerpo, entre él y don
Carlos, en el campo del honor, fue parte a que metieran al pobre don
Alonso y al cuitado de Díaz en aquel embrollo, no pudiendo eximirse
de culpabilidad las pobres niñas, como hijas del Castro, _según
declaración propia_, y sobrinas, _según indicios_, del Díaz. Gracias
que el señor Ibarburu, única persona que las amparaba, no creía en tal
complicidad, y cediendo a los ruegos de la valerosa joven, gestionó que
don Carlos la concediese el honor de recibirla en audiencia.
Dos días fueron empleados en este negocio, desplegando Ibarburu toda
la solicitud que su egoísmo le permitía. Aconsejó a Demetria que tanto
ella como su hermana confesasen y comulgasen en la capilla de la
Caridad, pues les convenía dar público testimonio de su catolicismo
y devoción, encomendándose además a la Virgen de los Dolores, abogada
de los que sufren persecución de la justicia, patrona santísima de la
Causa y Generala de sus ejércitos. Insistía Ibarburu en recomendar
esta demostración religiosa, porque Su Majestad, monarca muy atento a
las conciencias de sus vasallos, se enteraba de quién cumplía y quién
no cumplía con Dios en el naciente reino. Gozosas se apresuraron las
dos niñas a seguir el consejo del capellán, en lo cual satisfacían
un deseo vivísimo de sus piadosos corazones, y al día siguiente fue
Demetria a la audiencia, el alma llena de zozobra, avergonzada del
deterioro en que se hallaba su traje, sin recursos para vestirse como
le correspondía por su posición. A pesar de esto, rechazó la oferta que
le hizo una señora presa de facilitarle un vestido de merino azul, pues
prefería ir mal a ponerse ropa prestada.
—¡Ay, qué cosas, qué incidentes, señor don Fernando! La pobre señora se
empeñó en peinarme a la moda y en ponerme sus peinetas, y no sabe usted
el trabajo que me costó evitarlo sin que se ofendiera.
Recibió don Carlos a Demetria momentos antes de salir para Elorrio.
Hallábanse junto a él en la Real Cámara (una sala destartalada, muy
fea, con cortinas amarillas y unos cuadros grandes de pasajes de la
Biblia), dos señores muy estirados, uno de los cuales entendió Demetria
que era el señor Erro; el otro, eclesiástico rudo y agreste, como un
tronco sin descortezar, debía de ser el señor Echevarría; mal gesto,
ojos suspicaces. Más que su turbación pudo en el ánimo de Demetria el
grave anhelo que llevaba a _las gradas del trono_, el martirio de su
padre inocente, y arrodillándose delante de la pretendida Realeza,
expuso con claridad y modestia su cuita. Don Carlos, en pie, la
mandó levantarse, dándole a besar su real mano, y se mostró benigno,
sin abandonar la tiesura y frialdad de rostro estatuario que le
caracterizaban. Hombre de buenos sentimientos en lo que no tocara a
sus derechos y pretensiones, los manifestaba con austeridad, parco en
palabras cariñosas:
—Ya se dispuso —dijo— la suspensión de la sentencia, y hoy he mandado
que el preso sea trasladado de la cárcel a la Caridad, donde podrán
cuidarle sus hijas. Su estado mental exige asistencia médica... Pero
no estará libre de responsabilidad hasta que informen los facultativos
acerca de si es o no fingida su locura, que todo puede ser...
Atreviose la joven a exponer tímidamente una opinión respecto al
carácter de su padre, refractario a la mentira. Pero Carlos V, oyéndola
con benevolencia, agregó que no insistiera sobre aquel punto, pues
harto había conseguido, y, ante todo, él tenía que cuidar de que se
cumplieran las leyes. En esto de cumplir las leyes puso un acento de
convicción honrada, candorosa, señal de que estaba el buen señor con
las leyes como chiquillo con zapatos nuevos, cosa muy natural en estos
reinados de creación repentina. Y no hubo más: salió Demetria, si no
enteramente satisfecha, consolada en su grande aflicción. Aquella misma
tarde tuvieron las niñas de Castro el inmenso gozo de abrazar a su
padre.
—Pero, ¡ay!, señor don Fernando: nuestro gozo fue muy incompleto,
muy amargado por la realidad, pues aquel hombre que estrechábamos en
nuestros brazos, que besábamos con delirio, no era ya más que una
sombra de nuestro padre. Un ataque de perlesía que en la prisión le
dio, no sabemos en qué fecha, le tenía como usted le ve, sin vida más
que en la mitad de su cuerpo, y esa tan débil y mermada, que tememos
llegue a extinguirse cuando menos se piense: la inteligencia limitada a
un corto espacio de ideas; estas muy apagadas; la palabra balbuciente,
reducida a unos cuantos términos que repite sin cesar. ¡Dios mío, qué
lastimoso cuadro! ¿Y será posible que Dios nos conceda, siquiera como
compensación de tan atroz martirio, que logremos con nuestros cuidados,
ya que no volverle la salud y la vida, al menos mejorarle, conservarle
algún tiempo para nosotras, para su familia y para sus amigos?
—Sí, Demetria —afirmó Fernando sin creer lo que decía—: el hogar
propio, el ambiente doméstico, hacen prodigios en estas dolencias.
Tenga usted esperanza, convénzase de que Dios le ha de conceder al fin
muchos bienes en desquite de tantos males..., que parecen injustos,
arrojados sobre estas cabezas inocentes... Dígame usted otra cosa: ¿y
Díaz?
—A ese infeliz no le han soltado. En la cárcel está, según dicen, _a
las resultas_, y sabe Dios hasta cuándo durará su martirio.
—Con tiempo y buenas relaciones, créalo usted, gestionaremos para que
le den libertad... Supongo, Demetria, que con el último pasaje de su
historia ha puesto usted punto final a sus desdichas...
—¡Oh, no, todavía hay más, mucho más! No sigo por no cansarle, que
esto ha de agobiar el espíritu del que lo oye, como agobia el de quien
lo recuerda. No me pida usted más tristezas... Procuremos confortar
nuestras almas con la esperanza; olvidemos..., miremos al mañana,
pensando que el mañana será hermoso... ¿Qué hora es?
—La una.
—¡Oh!, pronto será de día... En esta temporada tristísima, he
aprendido, con ayuda de los insomnios, a leer en el cielo la hora en
que principia el día. A las tres y media ya clarea el horizonte; a las
dos cantarán los gallitos, y luego de tres a cuatro. Por aquí no hay
gallitos que le digan a una la hora.
—Más adelante los oíremos; descuide usted. Paréceme, Demetria, que
tiene usted un sueño que no se lo merece. Recline la cabeza en el
toldo, y duerma un poquito. Yo voy al cuidado de todo.
—Sí que intentaré descabezar un sueñecito; pero si canta algún gallo,
despiérteme: quiero oírlo.
—Bueno, bueno; a dormir hasta que cante el gallo.
Durmiose Demetria profundamente, y a la media hora despertó Gracia
sobresaltada. Creyó Fernando que la oía llorar, que la oía quejarse.
Acercose.
—Gracia, ¿qué ocurre, qué le pasa a usted?
—¿Dónde está mi hermana? —dijo la pequeña con gran azoramiento y
aflicción—. Padre está muy malo... ¿En dónde está mi padre?
—Pero si ahí le tiene usted dormidito, y tan sosegado.
—No..., le toco y no le siento... Yo he visto a mi padre muy malo, yo
le he sentido decirnos adiós.
—Vamos, un mal sueño, Gracia, una pesadilla. Dormía usted con una
postura muy molesta.
Despertó a las voces la otra hermana, y con aquel terror que la
costumbre de sus desventuras solía dar a su acento en ocasiones
críticas, preguntó qué ocurría: ¿Venían ladrones, partida volante,
carceleros del rey?
—Padre está muy malo —dijo Gracia llorando—. He visto que está muy
malo... Yo me creía dormida; yo no sé si estaba despierta..., pero
padre no puede mirarnos ya...
—¿Cómo habías de ver en esta oscuridad? Por Dios, me pones en zozobra
—dijo Demetria, acudiendo a examinar al enfermo y acariciándole el
rostro.
En esto don Alonso movió ligeramente la cabeza, y sin abrir los ojos
pronunció bien claro y distinto su invariable tema:
—¡A casa!
—¿Ves, Gracia, cómo no hay ninguna novedad? Pero no estoy tranquila,
no sé por qué... Paréceme que se enfría un poco. Arropémosle mejor.
Quítate de ahí, Gracia, pásate a este lado... ¡Ay!, con estos balances,
no podemos. Fernando, hágame el favor de mandar parar un momento... Yo
me paso ahí, me siento en la delantera de modo que pueda poner sobre mí
la cabeza de padre... Pásate tú aquí... ¡Ay, canta un gallito!... Don
Fernando, ¿lo ha oído usted?... ¡Que me gusta!... Son las dos.