Oyeron todos los presentes con emoción muy viva las sentidas
demostraciones de la infeliz doncella, y don Fernando se cuidó de
rodear a las que llamaba sus amas de las comodidades posibles en la
morada de los _Peciñas_, que este era el nombre de los carboneros
dueños de aquel escondrijo. Confinándolas dentro de él, sin permitirles
salir, para obligarlas más al reposo, se ocupó en disponer, de acuerdo
con los habitantes de las ruinas, el sepelio de don Alonso, el cual
se efectuó por la tarde en la cripta que bajo la iglesia servía de
enterramiento a los franciscanos. En espíritu asistieron Demetria y
Gracia a estos actos, tan penetradas de ellos como si los vieran con
sus ojos, y tan confiadas en don Fernando para tan tristes diligencias
como en persona de la familia. Por la noche les fue servida una pobre
cena; tratando de la continuación del viaje, manifestó Demetria que
por su gusto se detendría un día más en las ruinas, como un tributo de
presencia a las caras cenizas de don Alonso, y el caballero lo aprobó
sin reparo, pues así era mayor el descanso de las huérfanas. Dos días
pasaron allí, y a la segunda noche se dispuso todo para continuar
de madrugada. Gaínza recibió de Calpena aumento de lo estipulado,
comprometiéndose a llevarles hasta el primer puesto de tropas
cristinas. La despedida fue tiernísima, y los pobres habitantes de los
tugurios les vieron partir con duelo y emoción. A Gracia la venció
la pena; a Demetria no, porque los repetidos sufrimientos habíanla
enseñado a soportar con cristiana entereza los males que humanamente no
tenían remedio.
Despejose el cielo a poco de amanecer, anunciándoles un buen día
de viaje. Instaba Demetria a su caballero libertador a que entrase
también en el carro; pero él no quiso, por ser más propio y galante
ir fuera, y por no mermar el espacio que las niñas necesitaban para
su comodidad. Suponiendo que toda la cordillera estaría ocupada por
soldados de Isabel II, deliberaron acerca del camino más corto para
ponerse en salvo, y como opinase el boyero que debían picar hacia la
venta de Arrida, se acordó tomar aquella dirección, aunque el nombre de
la maldita venta fue un mal presagio para las huérfanas, que no podían
olvidar las tristísimas ocurrencias de su viaje de ida. Transcurrió
toda la mañana sin ninguna novedad. Admiraban los grandiosos
espectáculos que a una parte y otra les ofrecía la ingente cordillera,
los inaccesibles picachos, los abismos insondables. El sendero se
escurría tímidamente al pie de las eminencias y al borde de las simas,
evitando el caer en estas, deslizándose como reptil por las angosturas.
Gracias al conocimiento de Gaínza y a la pausa cautelosa con que
andaban los bueyes, pudieron franquear los peligros de la montaña sin
perecer en ellos.
Hacia el mediodía hicieron alto en un abrigo para comer del repuesto
que les habían dado los pobres, y emprendida la marcha charlaron de
diferentes cosas. No queriendo Demetria volver sobre las desdichas
pasadas, por no entristecer su espíritu más de lo que estaba, dijo a su
libertador:
—Cuando nos hallemos completamente tranquilas contaré a usted la última
parte de nuestro cautiverio, que es la peor y más dolorosa. Bástele
ahora saber que, cuando mi padre fue conducido desde su prisión a la
Caridad, quisieron matarle en medio de la calle. Pueblo y soldadesca
le acosaban maldiciéndole... Y después, en la Caridad, ¡ay!... Los dos
últimos días fueron terribles. En la propia sala de los enfermos, un
herido gravísimo, delirante, saltó furioso de su lecho para lanzarse
sobre mi padre... No teniendo armas para herirle, le mordió... ¡Dios
mío, qué terrible escena!... Un señor Corpas, guardián o administrador
de la casa, nos trataba con grosería y crueldad. Decíanos a cada
instante que a mi padre no le valdría su fingida locura para librarse
de un tremendo castigo por desafiar al rey, y qué sé yo... No, no
quiero recordarlo. Hay penas que con gozo conservamos en nuestra
memoria; otras piden olvido, olvido.
En estas y otras conversaciones llegaron a un punto desde donde
divisaban inmenso horizonte. Comenzaba el descenso, y a las plantas de
los viajeros se desarrollaban en inmenso paisaje los rápidos declives,
las corrientes y barranqueras que caían hacia el sur en busca del cauce
del Zadorra. De pronto paró el carro, y Gaínza dijo a Calpena:
—Señor, por aquella loma..., mire, por aquí, enfilando estas
encinas..., vienen hombres armados.
—¿Distingue usted desde aquí si son cristinos o facciosos?
Mientras las dos niñas, muertas de miedo, se encomendaban a la
misericordia divina, Fernando y el boyero se apartaron un poco para
explorar el peligro, y, en efecto, vieron unos seis hombres, con
escopetas, que avanzaban subiendo, como a distancia de tiro de fusil.
—Parécenme facciosos —dijo Calpena—. Sean lo que fueren, adelante, y no
entiendan que les tenemos miedo.
Tranquilizó como pudo a las damas, y siguieron. En las revueltas del
camino, los escopeteros desaparecían y volvían a presentarse, cada
vez más cerca. Por último, cuando estuvieron al habla se adelantó
Fernando, viendo que también del grupo se destacaba uno, al modo de
parlamentario.
Las primeras palabras fueron:
—¡Alto! ¡Viva Carlos V!
Y Fernando respondió:
—Viva quien usted quiera; pero no nos estorbe el paso, que nosotros
somos gente de paz... Vean ustedes: dos señoras y yo que las acompaño.
Vamos a Salvatierra para asuntos de familia. Si cobra usted peaje,
porque así se lo ordenan, estoy dispuesto a pagarlo. Pero no me pida
que detenga mi viaje, porque esto no puede ser.
—Ya, ya veo las mujeres —dijo el escopetero, un mocetón guapo, de
marcial apostura, que por el habla parecía vasco—. No estorbo el viaje,
no molestaré a las señoras, ni tampoco al caballero. Pero necesitamos
los bueyes. Vengan pronto los bueyes.
Puso el grito en el cielo el dueño de los pacíficos animales, soltando
una retahíla en vascuence, colérico y fuera de sí, y el otro le
contestó lo mismo. El _gurri gurri_ llegó a tomar tonos tan violentos,
que poco faltó para que vinieran a las manos. Y mientras, Gracia y
Demetria chillaban:
—Sí, sí, que se lleven los bueyes..., seguiremos a pie; don Fernando,
diga usted que sí.
Calpena contestó a la intimación que no podía dar la pareja porque no
era suya; que daría, en todo caso, una cantidad por peaje, siempre
que no se les molestara más, y se retirara la _fuerza_ que a corta
distancia permanecía arma al brazo, en actitud no muy tranquilizadora.
Y el bárbaro insistía:
—Los bueyes, vengan pronto los bueyes —haciendo ademán de desuncirlos
para llevárselos.
En esto se oyeron disparos a la parte de una profunda encañada que
desde allí no se veía, por interponerse formidables peñas, y lo
mismo fue oírlos, que se demudó el que parecía capitán de aquellos
desalmados. Miró hacia donde estaban los suyos; les gritó en vascuence;
los de abajo, antes de contestarle, apretaron a correr, no sin dirigir
miradas de zozobra hacia la encañada por donde sonaron los tiros. Uno
de ellos, más valeroso que sus compañeros, les abandonó en la veloz
fuga y subió como en ayuda del jefe. Este vociferaba, incitándole a
correr más ligero, y luego se volvía para repetir nervioso y hostil su
intimación:
—¡Los bueyes, pronto los bueyes!
Ciego de coraje ya, Calpena requirió su pistola y le soltó un tiro
a boca de jarro, sin darle tiempo a hacer uso del fusil; vaciló el
escopetero, braceando y echando maldiciones por aquella boca, y Gaínza,
más pronto que el rayo, le quitó el arma, y empuñándola vigorosamente
por el cañón le estampó la culata sobre el cráneo con tan rápido
acierto, que el hombre cayó como tronco al borde del camino. Y mientras
el boyero con ferocidad trataba de rematarle, Fernando gritaba al otro:
—Ven, ven pronto tú también, canalla; aquí te espero.
Debió el segundo escopetero comprender con seguro instinto que venían
mal dadas, y que estaba expuesto a caer en peores peligros si no
escurría el bulto, porque apretó a correr como un gamo en demanda
de sus compañeros. Estos se detuvieron en un cerro frontero al
camino, separado de este por profundo barranco, y al amparo de las
peñas hicieron una descarga cerrada, último escarceo de su frustrada
escaramuza. El boyero seguía machacando al otro con la escopeta y con
piedras de gran calibre. Hasta que corrió don Fernando a comunicar
su victoria a las dos niñas, que de rodillas en el carro llamaban en
su ayuda a todas las vírgenes y santos de la corte celestial, no se
hizo cargo de que estaba herido. En la descarga que hicieron aquellos
tunantes, le habían metido una bala en la pierna derecha.
—Ya no hay miedo; nos hemos salvado... Gracias a Dios y a que está
próximo un destacamento de tropas, hemos puesto en fuga a esos
bribones. Si nos cogen solos, nos quedamos sin bueyes... Gaínza,
adelante..., vámonos. Por aquí, a la revuelta, vienen cristinos...
¡Viva Isabel II!... Avancemos un poco para encontrarles pronto... ¡Ay!,
me han herido esos perros...
—¡Herido! ¡Jesús me valga! —exclamó Gracia.
—¡Herido! ¡Santo Dios, qué desdicha!...
Y las dos quisieron echarse del carro.
—¡Si no ha sido nada!... ¿A ver?... Aquí, más abajo de la rodilla. Me
duele y no me duele... No, no bajen ustedes que seguimos... No es nada;
ya ven, puedo andar...
Y antes de que el armatoste anduviera veinte varas, cojeaba Fernando
horriblemente.
—No puedo, no puedo andar —dijo—. Pero no es nada, nada; no hay que
asustarse, niñas... Para, para, que voy a subir.