—Y seguimos, sí... Pues ahora es cuando empiezan los grandes desastres.
Poco después de medio día, tuvimos un encuentro con soldados facciosos,
que nos dieron el alto. Afortunadamente, el teniente que les mandaba,
alto, delgadito, era todo un caballero; yo me arrodillé delante de él,
y le pedí por Dios que no nos mataran, contándole después lo mejor
que pude el objeto de nuestro viaje. El hombre se portó hidalgamente.
Siento no recordar su nombre, pues si al fin nos salvamos, quisiera
expresarle mi gratitud. Tratonos con miramiento; nos dio agua, pues ya
estábamos muertas de sed, y no contento con esto, nos acompañó un buen
trecho, diciéndonos palabras consoladoras... Pero, ¡ay!, algunas horas
después, ya cerrada la noche, que era de las más oscuras, nos salen
unos tíos, ¡ay, qué gente, señor don Fernando, qué modales, qué voces,
qué aspecto más de bandoleros que de tropa regular! A lo primero que
dije, tratando de interesarles en favor mío, contestaron con injurias
soeces. Uno de mis criados no supo contener su coraje; pero antes de
que pudiera hacer uso de las pistolas que llevaba, le dispararon un
tiro de fusil, que por fortuna no le ocasionó más que una herida leve
en el brazo. Nosotras nos pusimos a chillar pidiendo misericordia, y
el jefe, o más bien capitán de ladrones, ordenó que no se nos hiciera
daño alguno, siempre que los dos hombres entregaran sus armas y se
dieran prisioneros. Ofuscada yo, vacilante, aturdida, creí que las
mejores razones para convencer a aquellos cafres eran las onzas de
oro, y saqué una culebrina que llevaba en el pecho. Nunca tal hiciera,
pues sin aguardar a que yo les diese lo que me parecía sobrado para
comprar su benevolencia y el paso franco que deseábamos, me quitaron
todo el dinero, y nos llevaron presas... ¡Ay, qué paso, señor mío, qué
horas de angustia por aquellos senderos pavorosos, entre bayonetas y
trabucos, como criminales... las personas honradas y buenas conducidas
ignominiosamente por los salteadores de caminos!... Mi hermana y
yo, enlazaditas del brazo, obligadas a llevar el paso presuroso de
aquellas bestias con humana figura, rezábamos; todo el camino lo
pasamos rezando, hasta que al amanecer de Dios, amanecer más triste que
la más negra noche, entrábamos por la plaza de Oñate, y caíamos muertas
de cansancio en las baldosas de la casa de Ayuntamiento, en una cuadra
lóbrega, donde nos encerraron como a fieras dañinas... ¡Ay, no puedo
seguir contando, porque se me nubla la esperanza, la alegría de esta
escapatoria!... Luego seguiré... ¿En dónde estamos? ¿Hemos avanzado
mucho? ¿Traspasaremos la cordillera antes de rayar el día?... ¿No nos
saldrá otra partidita de realistas salteadores?...
Agotó Fernando los recursos de su palabra para darle alientos y
desvanecer sus inquietudes, demostrándole, hasta donde esto demostrarse
puede, que así como los males vienen siempre encadenados, tirando unos
de otros, al iniciarse el bien vienen asimismo de reata y en creciente
progresión los sucesos favorables. La ley de este fenómeno se esconde a
nuestra penetración; pero su existencia misteriosa revélase a todo el
que sabe vivir por duplicado, esto es: viviendo y observando la vida...
En esto la pobre Gracia, rindiendo al cansancio su endeble naturaleza,
se quedó dormidita, reclinada junto al cuerpo de su padre, que
reposaba en un tranquilo sueño. Manteníase Demetria muy despabilada,
insensible a la fatiga, atenta a los accidentes del país agreste, a
los ruidos próximos y luces lejanas, y por más que Fernando al descanso
la incitaba, no pudo obtener que se reclinara para descabezar un
sueñecillo. Transcurrido un rato sin que ninguno de los dos hablase,
dijo Demetria:
—Voy completamente entumecida, y no puedo entrar en calor. Si a usted
le parece, bajaré: necesito ejercicio.
Parado un momento el carro, se apeó de un brinco la viajera, y
siguieron ella y Fernando a pie larguísimo trecho, a ratos delante de
los bueyes, a ratos detrás.
—¿De modo que los cuatro quedaron presos en el Ayuntamiento? —preguntó
Calpena deseando conocer todas las desventuras de sus protegidas.
—No señor; a mi hermana y a mi nos llevaron en seguida a la Caridad,
por no haber en Oñate cárcel de mujeres, y nos pusieron en aquel
cuartito donde usted nos ha visto. Los dos criados quedaron allá. El
paso de nuestra separación fue por demás doloroso, como comprenderá
usted; al vernos apartadas de nuestros leales servidores, el cielo
se nos caía encima. Florencio y Sabas fueron conducidos al día
siguiente a Tolosa, donde los carlistas organizan un batallón con los
penados, prófugos y toda la gente advenediza que cae en su poder, así
extranjeros como castellanos, sin diferencias de edades ni talla. Eso
he podido averiguar, pues a mis dos servidores no les he vuelto a ver,
ni he sabido nada de ellos... ¿Ve usted cuánta desdicha? ¿No era esto
para desesperarse y desear la muerte? ¡Y con tantos golpes, nosotras
siempre confiadas en Dios, sacando de nuestra propia tribulación
energía para salvarnos y salvar a nuestro infeliz padre! Cualquiera
se habría rendido a la adversidad, viéndose como yo me veía, presa y
sin ningún amparo, en pueblo desconocido, donde todos eran enemigos,
y nos habían tomado por mujeres malas, de esas que merodean en los
ejércitos de uno y otro bando. ¿Cómo disipar esta mala idea? ¿Cómo
hacerles comprender quiénes eramos y quién era mi padre? ¿Creerá usted
que pasaron dos días sin tener conocimiento de la suerte del infeliz
prisionero, casi convencidas ya de que nos lo habían fusilado?
—Es verdaderamente horrible —dijo Fernando con inmensa compasión—.
¿Pero no contaba usted con algún conocimiento, con relaciones en ese
maldito pueblo?
—Verá usted: en aquel conflicto teníamos puesta toda nuestra esperanza
en un señor que sabíamos ocupaba en la corte de este rey una elevada
posición: don Fructuoso Arespacochaga... ¿Le conoce usted?
—No señora. Entre las personas que he visto aquí no recuerdo a ese
sujeto.
—¡Cómo le había de ver, si no está! Pues mis carceleros, gente mala
y suspicaz, después de un día de lucha, me permitieron escribir a
don Fructuoso. Es el tal de Vergara, si mal no recuerdo; solía pasar
temporadas en Laguardia, donde tenía intereses; mi padre y él se
hicieron muy amigos, y juntos iban de caza. Creía yo que con decirle
mi nombre y el de mi padre bastaba para que tuvieran término pronto y
feliz las calamidades que nos afligían. La ansiedad con que esperábamos
la vuelta del que llevó la carta ya puede usted figurársela. Cada vez
que sentíamos pasos en la escalera creíamos que subía don Fructuoso.
¡Ay, qué dolor, qué abatimiento cuando nos llevaron la noticia de
que le habían mandado a Viena o qué sé yo adónde, con una misión
diplomática!... ¿Le parece a usted?... ¡Misión diplomática! Hasta los
gatos quieren zapatos.
—Pero, por Dios, ¿no quedaba en Oñate alguien de la familia de ese don
Fructuoso?
—Sí, señor..., por lo cual verá usted que no estábamos enteramente
dejadas de la mano de Dios. Mi carta fue a parar a manos de un señor
Ibarburu...
—¿Clérigo...?
—Y empleado en lo que llaman aquí el ramo de... no sé qué.
—De Gracia y Justicia... Le conozco: hemos sido compañeros de vivienda.
Es un capellán joven, con gafas, hablador, bastante fatuo.
—El mismo, sí señor: muy redicho, de una amabilidad empalagosa, de
estos que se oyen y se felicitan cuando hablan... Pues fue el capellán
a vernos, y nos dijo que, encargado por don Fructuoso de todos los
asuntos de este, deseaba servirnos en lo que de él dependiera, siempre
que no le pidiésemos cosa alguna en detrimento de la santísima Causa
que defendía. Con todas estas rimbombancias y otras que no recuerdo
nos hablaba el señor aquel, más fino que cariñoso, dejando entrever su
egoísmo en sus actos de cortesía.
—No sé qué es peor, Demetria —dijo Fernando nervioso—, si tratar con
bandidos o con fatuos, intrigantes, como ese clérigo.
—¡Ay! no diga usted eso, no: que el señor capellán, con toda su vanidad
seca, nos sirvió. Gracias a él logramos ver a mi padre, tenerle a
nuestro lado. Pudo hacer más de lo que hizo; pero hizo bastante: por
mediación de él, Dios, si no puso fin a nuestras desgracias, las
alivió, quitándoles crudeza. ¡Ay, sí! Mucho tenemos que agradecer al
señor Ibarburu, por cuyo valimiento en la corte alcancé la altísima
honra, ¡pásmese usted!, de ser recibida en audiencia por Su Majestad
el rey don Carlos V... ¡Qué! ¿Se ríe usted?... ¡Pero si las cosas
que nos han pasado, todo en el breve término de dos semanas, pues
no ha transcurrido más tiempo desde que salimos de casa, son tales,
que con ellas se podría escribir un libro!... Sucesos tristes,
tristísimos, enlazados y contrapuestos con lances graciosos; horrores
y tragedias por un lado; mil ridiculeces por otro: todo esto ha sido
mi vida en tan breve tiempo. A usted le habrá pasado, leyendo libros
de entretenimiento, que todo le parece mentira, exageración de los
que escriben tales obras; y recreándose en aquellos lances tan bien
urdidos, no les da crédito... Yo he pensado lo mismo; pero ya no,
ya no; creeré cuanto lea, y aún me parecerá pálido todo el cúmulo
de desdichas y calamidades entretejidas que a veces nos ponen, para
cautivar nuestra atención y hacernos sufrir y gozar, los autores de
novelas. No, no: ya sé yo que la vida sabe más que los autores, y lo
inventa mejor, y más doloroso, más intrincado, y con más sorpresas y
novedades.
—Muy bien. La realidad tiene más talento que los poetas.
—Y más..., ¿cómo dicen?
—Más inspiración.
Oyeron voces, y la inquietud les cortó el sabroso diálogo. Pero los
que venían eran gente de paz: dos muchachos y una vieja que bajaban
con leña. Interrogados en vascuence por Gaínza acerca del avance
de las tropas de Córdova, respondieron los leñadores que no habían
visto sombra de cristinos en aquellas cañadas. Por referencia de unos
carboneros sabían que más arriba de Aránzazu, como a dos tiros de
fusil, la partida carlista de _Basurde_ se había tiroteado al anochecer
con las avanzadas de Espartero, teniendo la partida que correrse hacia
la sierra de Elguea. Y nada más. Buenas noches.
—Verá usted —dijo Demetria a Fernando— cómo no nos amanece sin algún
mal encuentro, que sería la segunda parte de aquel famoso que le he
contado a usted. Si Dios dispone que cuando creemos tocar la salvación,
perezcamos, cúmplase su santa voluntad.
Para despejar de temores aquel noble espíritu, Calpena se mostró
alegre, confiado, asegurando que el reciente triunfo de Córdova habría
limpiado de facciosos el país que recorrían. Como soplaba un airecillo
picante, y andado había ya más de un cuarto de legua a pie por suelo
tan desigual, Demetria volvió al carro, encontrando a su hermana como
un tronco, y a su padre despierto. Ocasión era, pues, de darle algún
alimento. Fernando mandó parar. Incorporaron al enfermo; diéronle
pedacitos de pan, queso y bizcocho, que comió con ansia, y encima
traguitos de vino. Dejábase manejar don Alonso sin oponer resistencia a
nada de lo que con él hacían, como hombre que ya hubiera entregado a la
muerte la mayor parte de su ser, y paladeando el vino que su hija en un
vaso le ponía en los labios, decía cada vez que tomaba resuello:
—¡A casa!
—Sí, padrecito querido, a casa... Me parece que ya es tiempo, ¡Ay, casa
querida! Ahora..., a dormir otro poquitín.
Y tendido nuevamente en su lecho de yerba, zarandeado por los
traqueteos del vehículo, siguió repitiendo:
—¡A casa!...
No decía más, ni sabía decir otra cosa, porque la parálisis le iba
quitando gradualmente, por zonas, sus energías y facultades, ideas,
memoria, palabras; de estas quedábanle ya muy pocas. Observando que a
cada instante ladeaba la cabeza a una parte y otra, y que se llevaba al
pecho la única mano de que disponía, su hija, inquieta, le preguntó si
sentía alguna molestia o dolor. El denegó con la cabeza, respondiendo
tan solo:
—A casa...
Luego pareció más sosegado; cerró los ojos.
—Duérmase, padrecito, descanse. Ya somos felices..., ya hemos salido de
aquel purgatorio.
Inmóvil, aletargado, aún dijo tres veces:
—¡A casa!