El cual con cara gozosa dio cuenta de haber reunido algunas vituallas,
que fue sacando ordenadamente de una cesta:
—Cuatro quesitos, dos botellas de vino, tres panes de a dos libras,
docena y media de sardinas saladas, que, si a usted le parece, las
tiraremos, pues esta no es buena comida para señores, y menos en
viaje..., cuatro bizcochos de Oñate más viejos que mi abuelo..., pero,
en fin, valen, y nueces. Ya ve usted cuántas. Las he probado, y más
de la mitad salen fallidas. Del carro le diré que al fin encontré uno
pequeño; pero quieren, por la subida hasta Aránzazu, onza y media, y
además que el señor responda de la pareja, abonando su valor, si la
secuestran carlistas o isabelinos. Esto es un abuso...
—Mayor abuso es que nos quedemos aquí toda la noche, o que tengamos que
subir a pie, llevando en brazos al señor don Alonso. Anda y cierra
trato en seguida, por lo que quieran, y venga pronto... Cuídate de
que le unten bien los ejes para que no chille, pues no tiene gracia
ir cantando por esos valles..., y haces que pongan un buen fondo de
yerba seca, para que podamos llevar al enfermo acostado. Supongo que el
carro tendrá toldo. Si no, que se lo pongan, y si no quieren ponérselo,
no por eso deje de venir, que a mal tiempo buena cara... Si de paso
encuentras algo más de bucólica, venga, cueste lo que cueste. Deja
aquí la cesta, y llévate las sardinas para tirarlas, si no quieres
comértelas. No te entretengas, que es tarde.
En el tiempo que duró la segunda ausencia del buen Sancho, siguió la
damisela su interesante relación. En Vitoria no hallaron a su padre;
el general en jefe, a quien se presentó Demetria, le dijo que el señor
de Castro campaba por sus respetos sin sujeción a ninguna disciplina,
y que le mandaría preso y bien custodiado a su pueblo si se lo traían.
De las familias que en la ciudad conocía solo encontró a dos señoras de
Armendáriz, viejas, y a otro vejestorio incapaz, el conde de Samaniego,
arqueólogo y numismático, por el cual supo que don Alonso había ido
hacia Salvatierra, ganoso de gloria. Corrieron allá las dos muchachas,
a quienes el cariño filial daba extraordinario valor y alientos. En
Salvatierra les dijo persona bien informada que el incansable paladín
cristino, con sus dos compañeros y otros tres que se le agregaron,
había partido hacia Galarreta, lugar que se halla en la falda de una
sierra muy áspera, y a la cual no podía subir el coche, por la ruindad
de aquellos pedregosos caminos. Viéronse allí abandonadas de Dios y
de los hombres; mas ni en tan terrible desamparo se abatió el corazón
de la animosa doncella, que resolvió seguir adelante en su empresa
nobilísima, desafiando todas las inclemencias y obstáculos que la
naturaleza y la humanidad le ofrecían. Gracia, agobiada de cansancio,
no hacía más que llorar; Demetria, ya que no acobardada, afligida de la
tribulación de su hermanita, llegó a sentir vacilación y dudas: uno de
los criados aconsejó la retirada, el otro, seguir adelante. Hallábanse
en estas angustiosas deliberaciones, cuando unos soldados trajeron
la noticia de que el señor don Alonso y su gente habían tenido un
desgraciado encuentro con facciosos en el puerto de Arrida, con pérdida
de los dos tercios de su cuadrilla, o sea cuatro hombres, quedando el
jefe desmontado y gravemente herido sobre el campo, mas no prisionero,
porque pudo ir por su pie a una venta próxima, donde le ampararon,
y allí le habían dejado ellos, tendido en un pajar, con la cabeza
vendada, y hecho todo una lástima.
No necesitó saber más la temeraria joven para decidirse, y allá se
fueron los cuatro monte arriba, encomendándose a Dios y a la Virgen,
único amparo que podían esperar en aquellas soledades. Ni los temores
de encontrar facciosos arredraban a Demetria, pues creía, juzgando
la voluntad de los demás por la suya generosa, que con exponerles el
objeto de su peregrinación, no solo no recibiría de ellos ningún daño,
sino que quizás la favorecerían. Después de un fatigoso caminar toda la
noche y parte de la mañana, llegaron a la venta de Arrida, donde les
esperaban nuevo desengaño y tribulaciones mayores que las pasadas. A
media noche había pasado por allí una avanzada carlista, y descubierto
don Alonso, por los gritos que daba en su desbordada locura, se lo
llevaron prisionero a Oñate: de sus dos conmilitones, el uno logró
escapar saliéndose al tejado; el otro, prisionero iba también con su
señor.
Ya en este punto las cosas, y presentando tan mal cariz la continuación
del viaje, que exigía penetrar resueltamente en el terreno de la
facción, los dos criados votaron por el retroceso. Gracia lloraba,
asegurando que no se separaría de su hermanita, y esta declaró que
aunque supiera que en ello se jugaba la vida, había de intentar
rescatar a su padre de las autoridades facciosas, presentándose a
cabecillas o generales, al rey mismo si necesario fuese. Dijo a
sus criados que se volvieran si tenían miedo, y ellos ¿qué habían
de hacer más que seguirlas hasta el fin del mundo? Adelante, pues.
No habían andado media legua, cuando encontraron al compañero de
don Alonso que había logrado escapar de la venta, el cual venía
tan azorado y temeroso que daba compasión verle; además, herido,
con un brazo atravesado por bala de fusil, desangrándose. Contó el
infeliz peripecias que partían el corazón: el señor don Alonso estaba
completamente ido del cerebro. Su tema no era ya combatir en el campo,
donde creía haber alcanzado tantas victorias. Precisamente, cuando le
sorprendió la avanzada que le deshizo, dejándole tendido en un zarzal,
iba con una idea desatinada, que sus amigos no podían quitarle de
la cabeza. Se proponía presentarse a don Carlos y retarle a desafío
para decidir en juicio de Dios, peleando con toda lealtad, la grave
cuestión que motivaba la guerra. De este modo, según él discurría con
su trastornado entendimiento, se pondrían en claro los disputados
derechos al trono de España. El duelo había de ser a muerte, en campo
abierto, a caballo los dos paladines, delante de los testigos que una
y otra parte designaran. Todo esto lo decía con gritos desaforados,
y cuando se hallaba en el pajar, los facciosos que entraron en la
venta no le habrían descubierto, a no ser por las tremendas voces
que daba proponiendo a don Carlos, como si delante le tuviera, el
singular combate en que había de decidirse la suerte de España.
Terminó su relato _Puche_, que este era su nombre, diciendo que ya no
podía resistir ni el dolor de sus heridas ni el hambre y sed que le
devoraban, por lo cual no podía volverse en compañía de las señoritas.
Buscaba una cabaña de pastores en que guarecerse, para sanar o
morirse. Don Alonso con José Díaz, que también iba prisionero, debía de
estar ya más abajo de Aránzazu, camino de Oñate. Demetria socorrió al
desgraciado _Puche_ con dinero, y siguieron adelante, siempre con la
idea consoladora de que Dios en trance tan terrible no les abandonaría.
En este punto de la historia, llegó Sancho con cuatro bizcochones
más y unas ciruelas pasas, y tras él vino el carro, que Fernando y
Demetria vieron con grande alegría, como si les mandara el cielo un
barco encantado, o el mágico clavileño de don Quijote. Sin perder
tiempo acomodaron a don Alonso sobre la yerba olorosa y le cubrieron
con el capote de Rapella, poniéndole por almohada el lío de ropa: el
pobre señor dejábase tratar como cuerpo muerto; les miraba atónito y
no profería una palabra. Tratose luego de si Sancho les acompañaba o
no, y las razones que dio este a Fernando le convencieron de que debía
volverse a Oñate y partir en pos de su amo. Urgía dar al siciliano
alguna explicación de aquellos inesperados sucesos, y del secuestro
de su gabán. Seguramente lo aprobaría, pues era hombre que se pirraba
por las aventuras, por todo lo que fuera intervención de lo inesperado
y sorprendente en las cosas de la vida. Entregó Fernando al escudero
un bolsillo con onzas, propiedad de don Aníbal, cogiendo algunas para
agregarlas a lo suyo, por si le hacían falta en aquella empresa, y le
despidió con estas razones:
—Le dices que yo, de hoy a mañana, en cuanto deje a esta desgraciada
familia en lugar seguro, de donde pueda volver a su casa, no pararé
hasta reunirme con él y con la corte y séquito del señor Pretendiente.
Saludó Sancho a las señoritas, deseándoles un buen viaje y el feliz
cumplimiento de sus deseos, y despidiose también la vieja con
expresiones de cariño; Demetria y Gracia subieron al carro, y este
emprendió su marcha lenta y sin chillidos por las cuestas de Aloña.
Lo primero que hizo Calpena fue invitar a las niñas a una frugal
cena, y ellas, que con las esperanzas se veían ya menos agobiadas de
su tristeza, no se hicieron de rogar; partido el pan, dieron a su
libertador una rebanada y medio quesito, pues a él tampoco le venía
mal hacer por la vida. Comiendo se arrimó al boyero para trabar
conversación con él y sondearle, pues de su lealtad y buena disposición
dependía el éxito del viaje. Era un vejete forzudo y de pocas palabras,
que hablaba medianamente el castellano; llamábase Gaínza y no parecía
mal hombre; comentando la guerra, expresó la idea de que el país estaba
ya harto de tanta trapisonda, esquilmado por las sacas continuas de
mozos, forrajes, pan y contribuciones. Lo que el país ansiaba era: o
que don Carlos se sentase en el _trono de todo el reino_, o que se
entendiese con su cuñada para reinar los dos _apareados_. No desagradó
a Fernando esta actitud, y sin mostrarse amigo ni enemigo de la Causa,
le recomendó que llevase su carro por los caminos que creyera menos
frecuentados de tropas, así facciosas como cristinas, añadiendo que
le recompensaría con toda largueza si lograba llevar salvas hasta la
sierra a las dos niñas y a su padre enfermo, el cual era un señor muy
pudiente que había venido a Oñate enviado por el rey de Francia para
tratar con don Carlos de asuntos _católicos_, y habiendo cogido un
aire de perlesía, iba en busca de unos afamados médicos de Vitoria
que curaban este mal con aguas frías y calientes. A esto dijo Gaínza,
picando sus bueyes, que él había oído algo de curar el _paralís_ con
_chorros físicos y destemplados_.
—¿Querrá usted creer, don Fernando —dijo Demetria a su caballero de
a pie, cuando este acomodó su paso al del carro, apoyando la mano en
el tablón zaguero—, querrá usted creer que esto poquito que hemos
cenado nos ha sabido a gloria? Hacía tiempo que no conocíamos lo que
era apetito, sustancia ni sabor de nada. Comíamos amargura y bebíamos
nuestras lágrimas.
—Los quesitos son muy buenos, ¿verdad, don Fernando? —dijo Gracia—. Y
los bizcochos, aunque saben a viejo, no están mal... Lo peor es que las
hormigas se me suben por la cara y quieren comerme a mí.
—Ahora que están ustedes tranquilas, todo les sabe bien...
—¡Ay! ¿Ya cree usted que no debemos temer nada? Muy pronto lo dice,
don Fernando. Yo no estoy tranquila. Lo dice usted por animarnos, y
nosotros se lo agradecemos mucho... Mi hermana y yo, mientras usted
hablaba con el viejo del carro, decíamos que si no es por usted no
salimos nunca de aquel infierno... Verdaderamente, señor, no vale con
decirle que nuestra gratitud será eterna, pues ni con eternidades se
paga este inmenso beneficio.
—¡Oh, por Dios, no dé usted valor a un acto tan sencillo, tan
elemental!... El cumplimiento de un deber no merece alabanzas.
—Ahora se hace usted el chiquito... No, no, que bien grande se nos ha
mostrado. ¡Sabe Dios lo que significa para usted el sacrificio de su
tiempo; sabe Dios los perjuicios que le traerá su buena obra! ¿Y quién
me asegura que no le llamaban a usted a otra parte, esta noche misma,
afecciones, compromisos sagrados, qué sé yo...?
—¡Oh, para todo hay tiempo! Lo principal, que era sacarlas a ustedes
de su cautiverio, ya está hecho. Pero aún falta un poquito, Demetria.
Veremos si de aquí al día...
—No me asuste usted. ¿Nos abandonará Dios después de habernos amparado?
No, no lo creo. El corazón me dice que triunfaremos, gracias a usted, a
su firme voluntad y corazón valiente.
—¡Ay! —dijo Gracia temerosa, sacando la cabeza fuera del toldo para
observar el país que atravesaban—. Me parece que fue aquí...
—No, mujer, fue más arriba, mucho más arriba... No me lo recuerdes,
que pierdo otra vez los ánimos y se me renueva el terror de aquella
noche...
—¡Qué...! ¿Les pasó algo en estas soledades cuando bajaban hacia Oñate?
—¡Ay, si aún no le he contado todo! ¡Si nos han pasado cosas terribles,
señor don Fernando! Aún no sabe usted lo mejor, digo, lo peor de aquel
tristísimo caminar en busca de mi padre... No, no fue por aquí, Gracia;
fue en un lugar muy feo y desolado, donde hay cavernas y abismos
espantosos... ¿En qué quedamos de mi relación?
—Cuando se encontraron con _Puche_, y lo socorrió usted...