Dispuso el jefe de la expedición dirigirse al barrio de Lamiátegui,
donde se procurarían medios para alejarse de la villa con más presteza
y comodidad. Continuaron su marcha silenciosos, y llegado que hubieron
cerca de las primeras casas de la anteiglesia, arrimáronse a un
humilladero que les pareció lugar muy apropiado para descansar y
orientarse. Puesto en pie don Alonso, sostenido por sus dos hijas,
mirábales a todos uno por uno con ojos de sorpresa y terror.
—¿Dónde está Oñate? —preguntó con ronca voz, y mayor espanto en su
mirada.
Los cuatro a un tiempo señalaron hacia donde se veían las mortecinas
luces de la villa entre montes y espesuras borrosas..., y le hicieron
notar el triste son de tambores que hacia aquella parte se oía.
Encarose don Alonso, erguido y fiero, con el espacio oscuro salpicado
de luces, y cual si estuviera delante de una persona, blandió su
bastón, exclamando:
—¡Ca... nallas, lad...!
No pudo concluir: su lengua era como un trapo, y sus esfuerzos por
hacerla funcionar no producían más que sordos mugidos. Volvió a gritar:
—¡Ca... nallas!
Y lo que no pudo decir con la boca, decíalo con el bastón, pues más
de cinco minutos estuvo apaleando la atmósfera, hasta que sus hijas,
haciéndole sentar en el sitio que escogieron como menos incómodo,
trataron de sosegarle con palabras cariñosas.
—Sí, sí —dijo Demetria mirando a la villa e increpándola con más
amargura que furor—: te hemos maldecido, Oñate; hemos llorado sobre ti
más de lo que pudieran llorar por sus pecados todas las generaciones
que en ti han vivido. Si logramos perderte de vista para siempre, solo
te decimos: «Oñate, quédate con Dios».
En tanto Calpena daba estas órdenes a Sancho, acompañadas del dinero
preciso:
—Necesitamos a todo trance víveres y un carro del país. Este pobre
señor no puede moverse; ya lo ves. En caballería, si alguna se
encontrara, tampoco podríamos llevarle. Busca por las casas de
Lamiátegui un carro de bueyes, y lo tratas sin reparar en precio. De
paso que haces esta diligencia, te traes la comida que encuentres, y
un par de botellas de vino, todo bien acondicionado en una cesta.
¡Figúrate qué noche nos espera si nos lanzamos por esos caminos
llevando a cuestas a don Alonso, con estas pobres niñas hambrientas
y nosotros desfallecidos! Si tuviéramos la suerte de que bajaran
tropas cristinas a ocupar a Oñate, menos mal. Pero me temo que no nos
caerá esa breva... Anda, hijo, no perdamos tiempo. Toma más dinero si
quieres, y tráeme lo que te digo.
—Un carro si lo hay, que no lo habrá..., y víveres si los encuentro,
que los encontraré..., pero no querrán dármelos. Bueno.
—Anda, y no seas agorero... Ya oíste que las señoritas quieren llegar
hasta Aránzazu. Tratas el carro; si te preguntan qué clase de pasajeros
han de ocuparlo, dices que peregrinos..., que un enfermo..., que un
monje..., en fin, di lo que quieras. A tu talento y agudeza lo fío...
Vete volando.
Partió el escudero con más diligencia que confianza, desesperanzado
de hallar lo que deseaban los fugitivos, y estos aguardaron su vuelta
sentados al abrigo del humilladero. Don Alonso, arropado por la vieja,
reclinó su cabeza sobre el hombro de Gracia, que le mimaba y arrullaba
como a un niño. A la izquierda de este grupo, Demetria y Fernando
permanecían en silencio, hasta que la joven lo rompió con estas o
parecidas expresiones:
—Aprovecho este descanso, señor mío, para dar a usted noticia de
las infelices personas a quienes concede hidalgamente su protección
sin conocerlas. Si en todo caso merecería usted nuestra gratitud,
amparándonos sin conocernos merece reconocimiento más grande, de esos
que nunca pueden extinguirse. Sabrá usted, ante todo, que somos de
Laguardia, villa de Álava, tan famosa por su antigüedad como por la
riqueza que le dan sus campos de viñedo y sembradura; sepa también
que mi padre, a quien ve usted en estado tan lastimoso, es uno de
los señores de más ilustre abolengo en el país, y que a su nobleza
corresponde un rico mayorazgo, que se extiende por las mejores tierras
de Páganos y Elciego. No estará de más decirle también que en nuestra
familia no solo es tradicional la nobleza, sino la virtud, y que
tuvimos y conservamos, y Dios quiera que siempre nos dure, el respeto
y el amor de nuestros deudos y convecinos. Perdió mi padre a su
esposa, nuestra querida madre, el año 33, y fue tan extremado nuestro
duelo que no creíamos que el tiempo nos pudiera consolar de aquella
desgracia, porque..., ¡ay!, no tiene usted idea de lo que valía mi
madre, en quien la virtud y la suma discreción se juntaban, persona
única, sin semejante, y tan hermosa además, para que nada le faltara,
que a nosotras nos parecía tener en casa a la Virgen Santísima, así
como veíamos en mi padre al primer caballero del mundo. Solo me falta
decirle, para darle a conocer la familia, que mis padres no tuvieron
hijos varones, y que su única descendencia son estas dos pobres niñas,
mujer y niña más bien, que hoy tiene usted bajo su amparo.
Fernando la oía con toda su alma, y ella, tomado aliento, prosiguió así:
—La ocupación constante de mi padre, desde los tiempos que yo puedo
recordar, fue siempre el gobierno de su casa y hacienda, la dirección
de la labranza, en que empleaba, y empleamos aún, muchos caseros y
servidores, el cuidado de los lagares y bodegas, de donde salen los
más afamados, los más ricos vinos de aquella tierra. Distracción única
o descanso de sus quehaceres era la caza, por la que tenía verdadero
delirio. Su colección de escopetas y otros arreos era la envidia de
todos los aficionados de la villa, y sus perros no conocían rivales.
Salía mi buen padre con sus amigos, y se pasaba días enteros en aquel
ejercicio saludable, del cual volvía siempre gozoso, pensando en
nuevas campañas contra los pobres conejos o contra las perdices que en
la Sonsierra tanto abundan. La vida, como usted ve, no podía ser más
placentera en mi casa; los días se sucedían felices, empleados unos
tras otros en el trabajo productivo y sin afanes, como de familia rica
a quien todo le sobra, en socorrer a los necesitados, y en los deberes
religiosos, que entre nosotros se han cumplido siempre con puntualidad
y hasta con rigidez. Toda esta paz la trastornó la muerte de mi madre,
ocurrida el 29 de septiembre del 33, de una enfermedad que empezó sin
inspirar cuidado, hasta que hubo de complicarse con un fuerte mal de
corazón; y acometida de síncopes, en uno de ellos se nos quedó, y la
perdimos, y Dios se llevó, ¡ay!, en un momento toda la felicidad de
mi casa. Fíjese usted, señor, en la coincidencia de que perdimos a mi
madre el día mismo del fallecimiento del rey don Fernando VII, a quien
tengo por causante de los males que nos ocurren, no solo a nosotras,
sino a toda España; hombre funesto, del cual no puedo decir, por estar
en el otro mundo, sino que le perdone Dios el mal que ha hecho... Si se
cansa usted de oírme, callaré, señor don Fernando.
—No, hija mía, no; estoy encantado. Siga usted. Ya noté la coincidencia
al oír la fecha. Con efecto: ese tiranuelo ha dejado a su patria una
herencia lamentable, la espantosa guerra, estas discordias que hacen y
harán de España por mucho tiempo un inmenso manicomio suelto. A ver:
dígame ahora cómo pudo influir la muerte del rey en las desventuras de
su familia.
—Pues como ha influido en las de toda la nación, no solo la muerte,
sino la vida de aquel rey que no supo gobernar en paz en sus estados,
teniendo, como tuvo, medios de sobra para hacerlo, solo con apoyarse en
el cariño que le tenían los pueblos cuando vino de Francia. ¿Es esto un
disparate?
—¿Qué ha de ser, Demetria? No es sino una observación muy atinada, que
revela su buen juicio y superior talento. Adelante. La muerte del rey
desató el infierno, y su padre de usted, que hasta entonces había sido
un señor muy pacífico, atento a sus intereses, se dejó tentar de uno de
los partidos, de una de las banderías en que se dividió la nación...
¿Es esto?
—Parece que me adivina usted. Es eso mismo, señor don Fernando. Mi
padre, que jamás había parado mientes en la política, pues ni aun
el año 20, según oí contar, tomó partido por nadie, en cuanto se
quedó viudo, por influencia quizás de la soledad y tristeza, varió
completamente de costumbres y aficiones, desviándose hasta de su placer
favorito, la caza. En aquellos días, Laguardia era un torbellino de
pasiones y entusiasmos por esta o la otra causa, por estos o los otros
derechos malditos, y mi padre fue arrastrado en aquellos oleajes,
alzando bandera por la reina niña con tanta fe, con tanto calor, que
nos puso en gran desasosiego a mi hermana y a mí... porque ha de saber
usted que en la villa andaban a tiros cada lunes y cada martes por un
_Quítame allá un Carlos_, o un _Ponme acá una Isabel_. No puede usted
figurarse qué alborotos, qué trapisondas, qué sustos... Siempre había
sido mi padre aficionado a las buenas lecturas, y por las noches, en
las veladas de invierno, se recreaba en su escogida biblioteca, y a mi
madre y a nosotras nos leía masajes entretenidos de viajes, novelas,
o de historias muy interesantes. Pero desde que le tocó la demencia
política, ¿usted sabe los libros y papeles que entraban en casa? Tres
veces por semana nos traía el bagajero de Vitoria un fajo así, de
folletos y periódicos, todos echando chispas, vomitando veneno. Y con
los papelotes chicos venían después carros cargados de enciclopedias,
de obras como misales, que trataban de libertad y cortes, de
revoluciones y demonios coronados. En fin, que mi padre se pasaba
los días y las noches devorando todo aquel fárrago, o discutiendo de
política con los amigos que iban a darle tertulia, y de tanto leer y de
tanto pensar en aquellos maldecidos negocios, se fue poniendo como don
Quijote con los libros de caballería, enteramente perdido de la cabeza,
sin hablar de cosa alguna que no fuera aquel cansado tema, y llegando
hasta creer que Dios le mandaba realizar no sé qué hazañas fabulosas,
por las cuales reinaría en España y en todo el mundo la Dulcinea que
adoraba... Advierta usted que la Dulcinea de mi buen padre era la
Libertad, esa señora hermosísima, según dicen, pero que a mí me parece
tan imaginaria como la del Toboso; vamos, que no existe más que en la
voluntad de los caballeros que la han tomado por divisa y bandera de
sus aventuras.
(Pausa. Fernando reía).
—Pero ¡qué!, ¿se ríe usted?
—Sí señora: tiene usted muchísima gracia. Adelante.
—Pues a tal extremo llegó su desatino, que abandonó por completo los
asuntos de su casa, y la labranza, y las bodegas, y tuve yo que entrar
a gobernarlo todo, lo que no me fue difícil, por los ejemplos que había
visto en mi madre y en él. Me puse al frente de la casa; me entendí
con los caseros, pastores y criados, y gracias a esto se pudo evitar
el trastorno grande que se nos venía encima. Mi padre, erre que erre
en su política, soñando despierto, inventando constituciones, leyes, y
echando discursos de cortes y embajadas. Mi hermana y yo, asistidas de
un tío de mi madre, cura párroco del pueblo, ideamos quemarle un día
todos los libros y papeles, y tapiarle la puerta de su librería; pero
no nos atrevimos, temiendo que con esto se entristeciera demasiado y
cayese en locuras más peligrosas. Estalló luego la guerra civil, y no
quiero decirle a usted cómo se ponía cuando le contaban las batallas
y encuentros de cristinos y facciosos... Nuestra pobre villa fue de
las primeras que sufrieron la calamidad de la guerra. Un día se nos
entraban allí los liberales, otro los carlistas. Tan pronto estábamos
bajo el poder de Córdova o Rodil como bajo el de Zumalacárregui, y en
uno y otro poder las bodegas y los graneros pagaban el gasto. ¡Qué
días, señor, qué meses angustiosos! Felizmente, llevamos algún tiempo
bajo la dominación cristina, y ojalá no tuviéramos allí más peripecias.
—Hasta ahora —dijo Fernando— no veo en el buen don Alonso más que un
entusiasmo platónico. Sin duda se lanzó después a empresas de acción...
—¡Ay, cómo lo acierta usted!... Pues sí, sin decirnos nada, antes bien,
llevando sus propósitos con gran reserva, organizó una partida volante
en la cual entraron algunos caseros de nuestras tierras, y dos o tres
cabezas ligeras de la villa, gente toda muy al caso para cualquier
barbaridad: valientes, cazadores que conocían palmo a palmo toda la
Sonsierra. Una mañana, callandito, salieron por la puerta del corral, y
ya tiene usted a mi padre dispuesto a romper una lanza por Isabel II, y
a comerse crudos a todos los malandrines del otro bando.
—Ya..., y le derrotaron, y...
—¡Quiá! espérese un poco... Ahora no ha sido usted muy buen adivino.
Lo que hizo fue dar un palizón tremendo a la partida de un guerrillero
que llaman Lucus, matándole seis hombres y cogiéndole no sé cuántos
prisioneros... A los dos días se batió con la vanguardia de no sé qué
tropa carlista, y también les dio un revolcón muy grande...
—¡Vamos!
—¡Como que Oráa le felicitó delante de las tropas, y Córdova le dio
una cruz! ¡Vaya! ¿Pues usted qué se creía? Siguió guerreando por esos
montes, sacudiendo de firme a las partidas que encontraba, hasta que
le hirieron en la cabeza y volvió a casa muy alicaído. Sus compañeros
de hazañas se dispersaron, no quedándole más que dos: un tal Polación
y José Díaz, que le llevaron a Laguardia. Desde entonces se nos volvió
taciturno, desconfiado, de genio regañón; y aunque curó de su herida,
quedó muy propenso a padecer desvaríos, a veces accesos de furor.
Tomamos cuantas precauciones puede usted imaginar para retenerle
y apartarle de aventuras tan peligrosas, hasta que llegó un día
funestísimo en que se alborotó la villa por una cuestión entre alojados
del general Oráa y algunos vecinos del pueblo. Hubo tiros, sustos,
carreras, un infernal barullo. En esta confusión, mi desgraciado padre
saltó por la ventana de la bodega; uniéronsele dos de su anterior
partida, el tal José Díaz y otro muy pendenciero a quien llaman
_Puche_, escaparon a la sierra los tres solitos, a caballo, y de allí
se fueron al cuartel general de Córdova. Sin duda esperaban encontrar
otros desalmados que se les agregaran; tal vez soñaban que el jefe
del ejército les daría soldados, para con ellos y el ardimiento que
los tres llevaban en su alma, conquistar medio mundo. Ante esta nueva
desdicha no pude contenerme; no vi más solución que correr yo misma
en busca de mi padre, y traérmele. Mi genio es vivo, mis resoluciones
prontas. Cuando se me ocurre una idea que creo salvadora, me persuado
de que Dios la inspira. Pensado y hecho. Mandé preparar un coche... Mi
hermana no quiso separarse de mí, y abrazándose a mi cuello, me pidió
llorando que fuésemos juntas; cedí..., salimos una tarde acompañadas
de dos criados de casa, de mi absoluta confianza, y a todo escape
nos dirigimos a Vitoria. Mi pensamiento era suplicar al general que
ordenase a mi padre la vuelta a Laguardia, negándole todo auxilio de
guerra... No creía yo difícil obtener esto. En Vitoria contábamos
con la ayuda de familias que nos aprecian... Todo lo vi fácil, todo
realizado prontamente, conforme a mi deseo... Iba, pues, alentada por
el amor filial, por el recuerdo de mi madre, por la satisfacción de
ver representados en mí los sentimientos de la familia, el honor y la
respetabilidad de nuestro nombre, y no bien llegamos a Vitoria...
Aquí fue interrumpida la historia por la llegada de Sancho.