XXIV

Dispuso el jefe de la expedición dirigirse al barrio de Lamiátegui,

donde se procurarían medios para alejarse de la villa con más presteza

y comodidad. Continuaron su marcha silenciosos, y llegado que hubieron

cerca de las primeras casas de la anteiglesia, arrimáronse a un

humilladero que les pareció lugar muy apropiado para descansar y

orientarse. Puesto en pie don Alonso, sostenido por sus dos hijas,

mirábales a todos uno por uno con ojos de sorpresa y terror.

—¿Dónde está Oñate? —preguntó con ronca voz, y mayor espanto en su

mirada.

Los cuatro a un tiempo señalaron hacia donde se veían las mortecinas

luces de la villa entre montes y espesuras borrosas..., y le hicieron

notar el triste son de tambores que hacia aquella parte se oía.

Encarose don Alonso, erguido y fiero, con el espacio oscuro salpicado

de luces, y cual si estuviera delante de una persona, blandió su

bastón, exclamando:

—¡Ca... nallas, lad...!

No pudo concluir: su lengua era como un trapo, y sus esfuerzos por

hacerla funcionar no producían más que sordos mugidos. Volvió a gritar:

—¡Ca... nallas!

Y lo que no pudo decir con la boca, decíalo con el bastón, pues más

de cinco minutos estuvo apaleando la atmósfera, hasta que sus hijas,

haciéndole sentar en el sitio que escogieron como menos incómodo,

trataron de sosegarle con palabras cariñosas.

—Sí, sí —dijo Demetria mirando a la villa e increpándola con más

amargura que furor—: te hemos maldecido, Oñate; hemos llorado sobre ti

más de lo que pudieran llorar por sus pecados todas las generaciones

que en ti han vivido. Si logramos perderte de vista para siempre, solo

te decimos: «Oñate, quédate con Dios».

En tanto Calpena daba estas órdenes a Sancho, acompañadas del dinero

preciso:

—Necesitamos a todo trance víveres y un carro del país. Este pobre

señor no puede moverse; ya lo ves. En caballería, si alguna se

encontrara, tampoco podríamos llevarle. Busca por las casas de

Lamiátegui un carro de bueyes, y lo tratas sin reparar en precio. De

paso que haces esta diligencia, te traes la comida que encuentres, y

un par de botellas de vino, todo bien acondicionado en una cesta.

¡Figúrate qué noche nos espera si nos lanzamos por esos caminos

llevando a cuestas a don Alonso, con estas pobres niñas hambrientas

y nosotros desfallecidos! Si tuviéramos la suerte de que bajaran

tropas cristinas a ocupar a Oñate, menos mal. Pero me temo que no nos

caerá esa breva... Anda, hijo, no perdamos tiempo. Toma más dinero si

quieres, y tráeme lo que te digo.

—Un carro si lo hay, que no lo habrá..., y víveres si los encuentro,

que los encontraré..., pero no querrán dármelos. Bueno.

—Anda, y no seas agorero... Ya oíste que las señoritas quieren llegar

hasta Aránzazu. Tratas el carro; si te preguntan qué clase de pasajeros

han de ocuparlo, dices que peregrinos..., que un enfermo..., que un

monje..., en fin, di lo que quieras. A tu talento y agudeza lo fío...

Vete volando.

Partió el escudero con más diligencia que confianza, desesperanzado

de hallar lo que deseaban los fugitivos, y estos aguardaron su vuelta

sentados al abrigo del humilladero. Don Alonso, arropado por la vieja,

reclinó su cabeza sobre el hombro de Gracia, que le mimaba y arrullaba

como a un niño. A la izquierda de este grupo, Demetria y Fernando

permanecían en silencio, hasta que la joven lo rompió con estas o

parecidas expresiones:

—Aprovecho este descanso, señor mío, para dar a usted noticia de

las infelices personas a quienes concede hidalgamente su protección

sin conocerlas. Si en todo caso merecería usted nuestra gratitud,

amparándonos sin conocernos merece reconocimiento más grande, de esos

que nunca pueden extinguirse. Sabrá usted, ante todo, que somos de

Laguardia, villa de Álava, tan famosa por su antigüedad como por la

riqueza que le dan sus campos de viñedo y sembradura; sepa también

que mi padre, a quien ve usted en estado tan lastimoso, es uno de

los señores de más ilustre abolengo en el país, y que a su nobleza

corresponde un rico mayorazgo, que se extiende por las mejores tierras

de Páganos y Elciego. No estará de más decirle también que en nuestra

familia no solo es tradicional la nobleza, sino la virtud, y que

tuvimos y conservamos, y Dios quiera que siempre nos dure, el respeto

y el amor de nuestros deudos y convecinos. Perdió mi padre a su

esposa, nuestra querida madre, el año 33, y fue tan extremado nuestro

duelo que no creíamos que el tiempo nos pudiera consolar de aquella

desgracia, porque..., ¡ay!, no tiene usted idea de lo que valía mi

madre, en quien la virtud y la suma discreción se juntaban, persona

única, sin semejante, y tan hermosa además, para que nada le faltara,

que a nosotras nos parecía tener en casa a la Virgen Santísima, así

como veíamos en mi padre al primer caballero del mundo. Solo me falta

decirle, para darle a conocer la familia, que mis padres no tuvieron

hijos varones, y que su única descendencia son estas dos pobres niñas,

mujer y niña más bien, que hoy tiene usted bajo su amparo.

Fernando la oía con toda su alma, y ella, tomado aliento, prosiguió así:

—La ocupación constante de mi padre, desde los tiempos que yo puedo

recordar, fue siempre el gobierno de su casa y hacienda, la dirección

de la labranza, en que empleaba, y empleamos aún, muchos caseros y

servidores, el cuidado de los lagares y bodegas, de donde salen los

más afamados, los más ricos vinos de aquella tierra. Distracción única

o descanso de sus quehaceres era la caza, por la que tenía verdadero

delirio. Su colección de escopetas y otros arreos era la envidia de

todos los aficionados de la villa, y sus perros no conocían rivales.

Salía mi buen padre con sus amigos, y se pasaba días enteros en aquel

ejercicio saludable, del cual volvía siempre gozoso, pensando en

nuevas campañas contra los pobres conejos o contra las perdices que en

la Sonsierra tanto abundan. La vida, como usted ve, no podía ser más

placentera en mi casa; los días se sucedían felices, empleados unos

tras otros en el trabajo productivo y sin afanes, como de familia rica

a quien todo le sobra, en socorrer a los necesitados, y en los deberes

religiosos, que entre nosotros se han cumplido siempre con puntualidad

y hasta con rigidez. Toda esta paz la trastornó la muerte de mi madre,

ocurrida el 29 de septiembre del 33, de una enfermedad que empezó sin

inspirar cuidado, hasta que hubo de complicarse con un fuerte mal de

corazón; y acometida de síncopes, en uno de ellos se nos quedó, y la

perdimos, y Dios se llevó, ¡ay!, en un momento toda la felicidad de

mi casa. Fíjese usted, señor, en la coincidencia de que perdimos a mi

madre el día mismo del fallecimiento del rey don Fernando VII, a quien

tengo por causante de los males que nos ocurren, no solo a nosotras,

sino a toda España; hombre funesto, del cual no puedo decir, por estar

en el otro mundo, sino que le perdone Dios el mal que ha hecho... Si se

cansa usted de oírme, callaré, señor don Fernando.

—No, hija mía, no; estoy encantado. Siga usted. Ya noté la coincidencia

al oír la fecha. Con efecto: ese tiranuelo ha dejado a su patria una

herencia lamentable, la espantosa guerra, estas discordias que hacen y

harán de España por mucho tiempo un inmenso manicomio suelto. A ver:

dígame ahora cómo pudo influir la muerte del rey en las desventuras de

su familia.

—Pues como ha influido en las de toda la nación, no solo la muerte,

sino la vida de aquel rey que no supo gobernar en paz en sus estados,

teniendo, como tuvo, medios de sobra para hacerlo, solo con apoyarse en

el cariño que le tenían los pueblos cuando vino de Francia. ¿Es esto un

disparate?

—¿Qué ha de ser, Demetria? No es sino una observación muy atinada, que

revela su buen juicio y superior talento. Adelante. La muerte del rey

desató el infierno, y su padre de usted, que hasta entonces había sido

un señor muy pacífico, atento a sus intereses, se dejó tentar de uno de

los partidos, de una de las banderías en que se dividió la nación...

¿Es esto?

—Parece que me adivina usted. Es eso mismo, señor don Fernando. Mi

padre, que jamás había parado mientes en la política, pues ni aun

el año 20, según oí contar, tomó partido por nadie, en cuanto se

quedó viudo, por influencia quizás de la soledad y tristeza, varió

completamente de costumbres y aficiones, desviándose hasta de su placer

favorito, la caza. En aquellos días, Laguardia era un torbellino de

pasiones y entusiasmos por esta o la otra causa, por estos o los otros

derechos malditos, y mi padre fue arrastrado en aquellos oleajes,

alzando bandera por la reina niña con tanta fe, con tanto calor, que

nos puso en gran desasosiego a mi hermana y a mí... porque ha de saber

usted que en la villa andaban a tiros cada lunes y cada martes por un

_Quítame allá un Carlos_, o un _Ponme acá una Isabel_. No puede usted

figurarse qué alborotos, qué trapisondas, qué sustos... Siempre había

sido mi padre aficionado a las buenas lecturas, y por las noches, en

las veladas de invierno, se recreaba en su escogida biblioteca, y a mi

madre y a nosotras nos leía masajes entretenidos de viajes, novelas,

o de historias muy interesantes. Pero desde que le tocó la demencia

política, ¿usted sabe los libros y papeles que entraban en casa? Tres

veces por semana nos traía el bagajero de Vitoria un fajo así, de

folletos y periódicos, todos echando chispas, vomitando veneno. Y con

los papelotes chicos venían después carros cargados de enciclopedias,

de obras como misales, que trataban de libertad y cortes, de

revoluciones y demonios coronados. En fin, que mi padre se pasaba

los días y las noches devorando todo aquel fárrago, o discutiendo de

política con los amigos que iban a darle tertulia, y de tanto leer y de

tanto pensar en aquellos maldecidos negocios, se fue poniendo como don

Quijote con los libros de caballería, enteramente perdido de la cabeza,

sin hablar de cosa alguna que no fuera aquel cansado tema, y llegando

hasta creer que Dios le mandaba realizar no sé qué hazañas fabulosas,

por las cuales reinaría en España y en todo el mundo la Dulcinea que

adoraba... Advierta usted que la Dulcinea de mi buen padre era la

Libertad, esa señora hermosísima, según dicen, pero que a mí me parece

tan imaginaria como la del Toboso; vamos, que no existe más que en la

voluntad de los caballeros que la han tomado por divisa y bandera de

sus aventuras.

(Pausa. Fernando reía).

—Pero ¡qué!, ¿se ríe usted?

—Sí señora: tiene usted muchísima gracia. Adelante.

—Pues a tal extremo llegó su desatino, que abandonó por completo los

asuntos de su casa, y la labranza, y las bodegas, y tuve yo que entrar

a gobernarlo todo, lo que no me fue difícil, por los ejemplos que había

visto en mi madre y en él. Me puse al frente de la casa; me entendí

con los caseros, pastores y criados, y gracias a esto se pudo evitar

el trastorno grande que se nos venía encima. Mi padre, erre que erre

en su política, soñando despierto, inventando constituciones, leyes, y

echando discursos de cortes y embajadas. Mi hermana y yo, asistidas de

un tío de mi madre, cura párroco del pueblo, ideamos quemarle un día

todos los libros y papeles, y tapiarle la puerta de su librería; pero

no nos atrevimos, temiendo que con esto se entristeciera demasiado y

cayese en locuras más peligrosas. Estalló luego la guerra civil, y no

quiero decirle a usted cómo se ponía cuando le contaban las batallas

y encuentros de cristinos y facciosos... Nuestra pobre villa fue de

las primeras que sufrieron la calamidad de la guerra. Un día se nos

entraban allí los liberales, otro los carlistas. Tan pronto estábamos

bajo el poder de Córdova o Rodil como bajo el de Zumalacárregui, y en

uno y otro poder las bodegas y los graneros pagaban el gasto. ¡Qué

días, señor, qué meses angustiosos! Felizmente, llevamos algún tiempo

bajo la dominación cristina, y ojalá no tuviéramos allí más peripecias.

—Hasta ahora —dijo Fernando— no veo en el buen don Alonso más que un

entusiasmo platónico. Sin duda se lanzó después a empresas de acción...

—¡Ay, cómo lo acierta usted!... Pues sí, sin decirnos nada, antes bien,

llevando sus propósitos con gran reserva, organizó una partida volante

en la cual entraron algunos caseros de nuestras tierras, y dos o tres

cabezas ligeras de la villa, gente toda muy al caso para cualquier

barbaridad: valientes, cazadores que conocían palmo a palmo toda la

Sonsierra. Una mañana, callandito, salieron por la puerta del corral, y

ya tiene usted a mi padre dispuesto a romper una lanza por Isabel II, y

a comerse crudos a todos los malandrines del otro bando.

—Ya..., y le derrotaron, y...

—¡Quiá! espérese un poco... Ahora no ha sido usted muy buen adivino.

Lo que hizo fue dar un palizón tremendo a la partida de un guerrillero

que llaman Lucus, matándole seis hombres y cogiéndole no sé cuántos

prisioneros... A los dos días se batió con la vanguardia de no sé qué

tropa carlista, y también les dio un revolcón muy grande...

—¡Vamos!

—¡Como que Oráa le felicitó delante de las tropas, y Córdova le dio

una cruz! ¡Vaya! ¿Pues usted qué se creía? Siguió guerreando por esos

montes, sacudiendo de firme a las partidas que encontraba, hasta que

le hirieron en la cabeza y volvió a casa muy alicaído. Sus compañeros

de hazañas se dispersaron, no quedándole más que dos: un tal Polación

y José Díaz, que le llevaron a Laguardia. Desde entonces se nos volvió

taciturno, desconfiado, de genio regañón; y aunque curó de su herida,

quedó muy propenso a padecer desvaríos, a veces accesos de furor.

Tomamos cuantas precauciones puede usted imaginar para retenerle

y apartarle de aventuras tan peligrosas, hasta que llegó un día

funestísimo en que se alborotó la villa por una cuestión entre alojados

del general Oráa y algunos vecinos del pueblo. Hubo tiros, sustos,

carreras, un infernal barullo. En esta confusión, mi desgraciado padre

saltó por la ventana de la bodega; uniéronsele dos de su anterior

partida, el tal José Díaz y otro muy pendenciero a quien llaman

_Puche_, escaparon a la sierra los tres solitos, a caballo, y de allí

se fueron al cuartel general de Córdova. Sin duda esperaban encontrar

otros desalmados que se les agregaran; tal vez soñaban que el jefe

del ejército les daría soldados, para con ellos y el ardimiento que

los tres llevaban en su alma, conquistar medio mundo. Ante esta nueva

desdicha no pude contenerme; no vi más solución que correr yo misma

en busca de mi padre, y traérmele. Mi genio es vivo, mis resoluciones

prontas. Cuando se me ocurre una idea que creo salvadora, me persuado

de que Dios la inspira. Pensado y hecho. Mandé preparar un coche... Mi

hermana no quiso separarse de mí, y abrazándose a mi cuello, me pidió

llorando que fuésemos juntas; cedí..., salimos una tarde acompañadas

de dos criados de casa, de mi absoluta confianza, y a todo escape

nos dirigimos a Vitoria. Mi pensamiento era suplicar al general que

ordenase a mi padre la vuelta a Laguardia, negándole todo auxilio de

guerra... No creía yo difícil obtener esto. En Vitoria contábamos

con la ayuda de familias que nos aprecian... Todo lo vi fácil, todo

realizado prontamente, conforme a mi deseo... Iba, pues, alentada por

el amor filial, por el recuerdo de mi madre, por la satisfacción de

ver representados en mí los sentimientos de la familia, el honor y la

respetabilidad de nuestro nombre, y no bien llegamos a Vitoria...

Aquí fue interrumpida la historia por la llegada de Sancho.

De Oñate a La Granja · 第 26 / 37 题