De aquel inoportuno y desconsiderado Gelos se contaba que había sido
barbero, luego maestro de cirugía menor, pasando a titularse doctor
en Medicina por una serie de transiciones lentas. No carecía de
habilidad empírica; teníale el rey por un sabio, y puso en sus manos
la asistencia de los heridos de su ejército: fue de los enviados desde
Durango a la cura de Zumalacárregui, que resultó indocta, tardía,
funesta. Distinguíase Gelos en el real de don Carlos por sus opiniones
intransigentes; militaba con rabioso entusiasmo en el partido zaguero,
arrimado a las violencias absolutistas, a la cacería y exterminio de
liberales, partido en quien la barbarie no era inferior a la candidez.
Llamábanse los tales _netos_, _puros_, y su ridículo y brutal fanatismo
ocasionó el _menoscabo y vuelco_ de la Causa, como diría el historiador
Mor de Fuentes. Entre los netos y las principales figuras del ejército
real latía una guerra honda, que se manifestaba en la superficie con
el tiroteo continuo de acusaciones solapadas. Los valientes jefes de
división, sucesores de Zumalacárregui, detestaban a la camarilla,
haciéndola responsable de todas las desdichas. En cambio, los puros,
en cuyo negro enjambre descollaba la frailuna personalidad de don Juan
Echevarría, tenían por traidores a Villarreal, Gómez, Zaratiegui,
soldados valientes que habían ganado palmo a palmo el terreno donde
Carlos V pretendía establecer un ridículo simulacro de organización
política y administrativa. Era un Estado de papel, compuesto de
denominaciones enfáticas, burocracia sin materia administrable,
palaciegos sin palacio, intendencias sin dinero, ministros con las
carteras y las cabezas totalmente vacías.
En la _posada de Iriarte_, que así llamaban al hospedaje de Calpena,
marcábanse claramente los dos partidos, pues si Gelos y Ochoa se
preciaban de facciosos a machamartillo, Sureda, Cerio, el mismo
Ibarburu y la mayoría de los demás huéspedes no veían con buenos ojos
la insolente preponderancia clerical; reconocían la lealtad y bravura
de los militares, y mostrándose devotos de la Virgen, y asistiendo
con edificación a todas las funciones de iglesia a que les llevaba la
santurrona piedad del rey, fiaban, más que en los rezos y letanías, en
el poder de las armas, en el eficaz aprovisionamiento de las tropas,
en la política seria, dirigida con templanza y arte mundano. A menudo,
en las conversaciones de la mesa salían a relucir estas diferencias,
atemperándose los disputadores al tono forzosamente grave y al matiz
opaco de aquella sociedad, donde eran mal mirados los que hablaban
demasiado fuerte, y tachados de masones los que proferían palabrotas
picantes.
—Si el señor Gelos me lo permite —dijo con exquisita finura el
palaciego Sureda, echando vinagre en su plato de judías verdes—,
indicaré que de los empréstitos y de levantar fondos en el extranjero
se cuidará nuestro gran ministro don Juan Bautista Erro, que para algo
le ha traído de Londres Su Majestad.
—Me aseguró ayer el señor obispo de León —manifestó Ibarburu,
impaciente ya por meter su cucharada— que el ministro trae planes
sublimes. Su Ilustrísima y don Juan vinieron juntos hasta la
frontera... Es indudable que al salir de Londres dejó el señor Erro
ultimado un empréstito de algunos milloncitos de libras esterlinas,
_vulgo_ monedas de oro de a cinco pesos. No nos saldrá este grilla,
como les salió a los cristinos el tal don Juan Mendizábal, que se vino
también de Londres con mucho viento en la cabeza, y luego... ¿qué?
Miseria, el inicuo despojo del clero regular, que es un robo, señores;
es como sacarle a uno el reloj del bolsillo...
—Yo me alegro, sí señor, me alegro —dijo el señor Gelos, congestionado
de tanto comer, y aflojándose el dogal que la servilleta le hacía en
el cuello—. Ese escandaloso robo será la mecha que ponga fuego a la
mina. Los cristinos, en su satánica demencia, desafían a Dios..., ¡le
meten la mano en el bolsillo a Dios, señores, para quitarle lo que
pertenece a la santa Iglesia!... Me alegro, sí, me alegro, para que
vean, para que aprendan los que aún no están convencidos... Hablando
de esto, decíame esta tarde el señor Echevarría: «Es lo único que
faltaba para que Dios y la Virgen Santísima estuviesen de nuestra
parte...». Pues qué, todos esos caudales, ¿de quién son sino de nuestra
Generala? La piedad se los dio, el infierno se los quita. Bien, bien:
esto nos favorece. ¡Imagínense ustedes la cólera de Dios cuando haya
visto...! ¡Están locos, locos!..., y nosotros más locos todavía, si no
nos aprovechamos de estos desaciertos del masonismo, abandonando los
enjuagues y paños calientes para marchar decididos al exterminio de la
impiedad, de la revolución.
—Muy bien: así habla un devoto fiel de la religión y el trono —dijo,
al extremo de la mesa, uno que se ocupaba en partir nueces para sí
y los inmediatos, y era un antiguo guerrillero cojo, empleado en la
_Superintendencia de Vigilancia pública_.
—Yo no me meto en dibujos —declaró Cerio, comiendo también nueces,
único postre que había— ni entiendo de si se deben llevar las cosas por
lo blando o por lo duro. No pienso más que en el pie de paliza que a
estas horas habrá dado Villarreal a Cordovita.
—¿Pero se ha roto el fuego ya? No hemos oído tiros.
—Yo, sí. Esta tarde, viniendo de paseo por el camino de Aránzazu,
oíamos un espantoso tiroteo. Y unos viejos que bajaban del monte nos
dijeron que ayer rompió el fuego la división de Espartero contra el
castillo de Guevara, y que a la primera embestida quedaron patas arriba
como unos dos mil cristinos; que uno de los muertos es O’Donnell,
coronel del regimiento de _Gerona_, del cual solo han quedado doce
hombres.
—Me parece, señor don Matías, que no está usted bueno.
—Hombre, quién sabe, quién sabe... ¿Y dice usted que unos viejos que
venían...?
—De San Adrián, a donde fueron a retirar cuatro vacas. Pues sí: Ribero,
con su división, atacó por Zuazo de Salvatierra, y toda la caballería
que llevaba se precipitó en un barranco, donde ya pueden ustedes
figurarse cómo quedaría. Desde aquí estoy viendo yo el montón de huesos
de hombres y caballos.
—¡Bonito montón! También nosotros lo vemos, amigo Urra.
—No reírse, señores, no reírse —dijo con gravedad el intendente señor
Ochoa—, que bien puede ser verdad lo que nos cuenta el amigo Urra.
—Y aún se ha dicho más —prosiguió don Matías—. Unas mujeres que venían
de Ulibarri Gamboa contaron que reventó un cañón y mató a Córdova,
entrándole un casco por semejante parte, con perdón...
—También cae dentro de la jurisdicción de lo posible —dijo don Teodoro
Gelos—; pero hasta que no venga el parte, pongamos en cuarentena
rigurosa todos esos barrancos llenos de caballería muerta, y esos
cañones que se hacen añicos tan oportunamente... Como yo soy de los que
creen en la Providencia..., ¡y lo digo muy alto!..., en la justicia
divina..., no me río de esas noticias..., las oigo y espero.
El tal don Matías Urra, infeliz veterano del absolutismo, había
comenzado su carrera gloriosa en la Regencia de Urgel y en el servicio
privado del barón de Eroles. Emigrado a Francia, volvió a su tierra
en calidad de ayuda de cámara del conde Penne de Villemur, el cual le
tomó grande afición por su lealtad y esmero en el servicio. Deseando
asegurarle un porvenir decoroso, le colocó, siendo ministro de la
Guerra de don Carlos, en una humilde posición de Provisiones Militares.
Poco después, el señor Arias Teijeiro, prendado de su fidelidad, se lo
llevó a Gracia y Justicia como auxiliar de Secretaría, cargo puramente
nominal, pues le ocupaban en diversos menesteres; tan pronto se le
veía en _Correos_, como en la Comisaría de Vigilancia, siempre leal,
atento a lo que se le ordenaba, celosísimo por la causa del rey y
la religión. Queríalo todo el mundo en la llamada corte, y no por
humildes eran menos apreciados sus servicios. Hombre sencillísimo,
sin pretensiones, con tanta fe en la Causa como en Dios, distinguíase
por su actividad en la transmisión de todas las gratas mentiras que
eran el consuelo de la _ojalatería_ facciosa. No tenía familia, ni
más amor que el rey, por quien habría dado cien veces su inútil vida.
A más de poner en circulación mañana y tarde las nuevas fresquecitas
de descalabros cristinos, del pánico que reinaba en Madrid, de la
fuga de la Gobernadora, se había constituido en _avisador_ de todos
los triduos, novenas, funciones mayores, rosarios y demás religiosos
actos que en las iglesias y oratorios de Oñate se celebraban, para
edificación de las almas y alimento de las esperanzas políticas. El
bueno de Urra informaba puntualmente, preguntáranle o no; y dotado de
actividad prodigiosa, iba de casa en casa anunciando:
—Esta noche desagravios en San Miguel; mañana trisagio en las
Franciscanas; en Santa Marina completas y salve, y en Bidaurreta
manifiesto y sermón del padre prepósito de San Agustín...
Continuó picando la conversación en el candente asunto de la embestida
de los cristinos a las posiciones de Arlabán, que unos tenían por
cierto y otros no, y al fin, hartos de judías, huevos cocidos, pescado
en salmuera y nueces, empezaron a desfilar: los más impacientes y
activos resolvieron no acostarse sin ver confirmadas o desmentidas las
noticias guerreras que corrían, y para esto no había cosa mejor que
dirigirse a los _centros_, donde seguramente habrían llegado partes.
—Yo me voy a _Guerra_ —dijo uno—, que algo sabrán allí.
—Y yo a Palacio —declaró Sureda—; entro de guardia esta noche.
—Pues yo —manifestó Ibarburu con retintín— me voy a _Gracia y
Justicia_, donde tenemos multitud de asuntos al despacho, y
francamente, ni el señor Arias Teijeiro ni yo gustamos de que se
aglomeren los negocios.
Gelos se fue a la tertulia del señor Echevarría, al extremo de calle
_Barria_, y Matías Urra no se acostaba sin meter sus narices en la
botica, primero, y después en casa del señor vicario, su grande amigo.
Retirose Calpena contento a su dormitorio, porque el trato de aquellos
señores, en general afables y comunicativos, dábale esperanzas del
pronto esclarecimiento de su magno asunto, y fijándose especialmente
en Urra, en quien vio un eficaz correveidile, sabedor de cuanto en el
pueblo ocurría, se propuso utilizar con maña su oficiosa complacencia.
Rendido de sueño, se acostó pensando que tal vez estaba muy cerca de
Aura. Bien podía ser que la enamorada doncella se encontrase a la otra
parte de aquel tabique o pared a que su lecho tocaba... Bien podía
ser, Señor; y si no era tanta la proximidad, en otro cualquier sitio
de la población o de los caseríos del valle se encontraría. Ya la
estaba viendo; la sentía respirar, la alcanzaba con su mano... Quedose
dormido con esta idea, y toda la noche se la pasó en un sueño, del cual
lo sacó Rapella muy de mañana tirándole de una oreja.
—Levántate —le dijo— que es tarde y tenemos que hablar. Su Alteza me
hizo el honor de invitarme a su mesa. Llegué muy tarde a la posada.
Quisieron acomodarme aquí, en catre de tijera; pero yo, por estar
solo, he preferido un camaranchón alto donde guardan las ristras de
cebollas... Para poder uno arreglarse y hacerse la _toilette_, es
indispensable una habitación independiente, por pequeña y mala que sea.
Notó Fernando, incorporándose para vestirse, que su amigo y jefe
estaba ya perfectamente revocado en rostro, cabellera y bigotes, bien
cepillado de ropa, limpio y oloroso. Se había sentado a los pies de
la cama, por no hallar silla disponible. Ibarburu, en planta desde
el amanecer, tomaba su chocolate en el comedor próximo. Cerio dormía
entapujado con la sábana, y roncaba.
—¿Y qué tal? —le preguntó Calpena saltando del lecho—. ¿Cómo andamos de
negociaciones?
—Chitón. Vístete, arréglate, y en la calle hablaremos. Yo me bajo, que
tengo que dar órdenes a Sancho. Te espero en el pórtico de la iglesia.
Ponte tu mejor ropa: vas a venir conmigo a ver al Infante, que desea
conocerte.
Antes de veinte minutos se reunían Rapella y Fernando en el pórtico de
San Miguel y lo primero que hicieron fue entrar a oír misa.
—Aquí, amigo mío —dijo el siciliano—, hay que atemperarse a las
costumbres y a la atmósfera levítica del pueblo. Oigamos misa
devotamente, y si cuadra oír dos, no será malo.
¡Miren qué casualidad! Por entrar en la iglesia, se les apareció
Urra ofreciéndoles el agua bendita. Calpena se alegró de verle, y
afectuosamente le preguntó:
—¿Se alcanza esta, amigo don Matías?
—Ya no... —respondió el vejete, deshaciéndose en amabilidad—. Pero
entren los señores en la capilla del Sagrario y aguarden un poquito,
que va a salir la del señor padre prepósito.
Oyeron su misa con gran recogimiento, y a la salida volvieron a
encontrarse a Urra, que les embistió amabilísimo:
—¿No se quedan los señores a misa mayor?
—Hoy no podemos —dijo Rapella—. Nos aguarda el Infante, y quizás
tengamos que ir antes de mediodía a Elorrio a presentarnos a Su
Majestad.
—Su Majestad viene esta tarde. Por si no lo sabían, lo advierto a los
señores. También les digo que para confesar, la mejor hora es entre
nueve y diez. Ahora, ya ven los señores cómo están estos confesonarios.
Hoy se nos ha venido junta toda la oficialidad de Artillería, que
comulgará después en la tercera misa del Sagrario... Hasta más ver. Al
señor Infante le hallarán ahora en misa.
Salieron, y por hacer tiempo hasta la hora de visitar al Infante
y poder charlar a gusto, fuéronse a recorrer el pueblo, que en su
pequeñez ofrece bastante interés, por la grandeza y hermosura de sus
edificios públicos y particulares. Pasaron por delante de _Palacio_,
subieron por la calle de Santa María hasta el camino de Legaspia,
donde echaron un vistazo al convento de Bidaurreta, contemporáneo de
doña Juana la Loca; bajáronse luego hacia San Antón, y cortando las
calles _Zarra_ y su paralela _Ikasola Kalea_, fueron a parar junto al
río, no lejos del gallardísimo edificio de la Universidad. En el curso
de este largo paseo, sin que nadie pudiera oírle, Rapella expresó a
su compañero la pena que sentía por el resultado escaso, más bien
nulo, que en la primera entrevista con el Infante habían tenido sus
negociaciones.
—Has de saber, y esto es reservadísimo, Fernando, que el tal
don Sebastián no se da a partido. Creían allá que con ofrecerle
dignidades y honores se le ganaba, y todos nos hemos equivocado de
medio a medio. Y no son flojas prebendas las que desprecia o afecta
despreciar: Capitán general del ejército español, reposición en el
Priorato de San Juan de Jerusalén, categoría de Infante de España
con renta fija de medio millón de reales, cesión del Real Sitio de
Aranjuez para su residencia y acomodo de museos y colecciones, con
la Flamenca y demás... Ya se ve: ha jurado odio eterno a la reina
Gobernadora, y estos rencores personales son difíciles de reducir.
Los que tratábamos al Infante en Madrid por los años del 31 al 33,
le teníamos por inclinado al liberalismo templado. Yo frecuentaba
su cuarto, con Martínez de la Rosa, con el matemático Vallejo y el
humanista Tordera. Veíamos que la ilustración y el trato de los sabios
podían en el príncipe más que la tradicional intransigencia borbónica.
Créelo, resplandecía _el espíritu del siglo_ en derredor suyo, y
poco adelantaba su madre, la Princesa de Beira, queriendo rodearle
de tinieblas... Juró a Isabel, como sabes; todos le teníamos por un
decidido campeón de la _angélica_ reina, cuando de la noche a la
mañana, por piques o disensiones que permanecen veladas en el arcano
de la intimidad doméstica, se nos tuerce el buen Infante, prendándose
locamente de las ideas absolutistas... Para mí, y esto es reservado,
Fernando, reservadísimo, para mí el cambiazo de este caballero ilustre
data de los días que precedieron al casamiento secreto de la reina con
Muñoz. No vio don Sebastián en los preliminares de este suceso toda la
dignidad, todo el decoro que debe acompañar a los actos, a las pasiones
mismas de las testas coronadas, y...
—Oí contar..., estas son hablillas de logias y clubs, que quizás no
tengan fundamento..., pues oí decir que el Serenísimo don Sebastián,
príncipe ilustrado, artista, matemático, políglota, reúne a estas
prendas una mediana ambición..., lo que no tiene nada de particular,
pues quien mucho vale, mucho alienta..., y debemos presumir que su
ambición no se limitaría a los honores del Infantazgo..., soñaba con la
Regencia.
—¡Qué disparate! Nunca le pasó a don Sebastián por la cabeza tal
pensamiento.
—Perdone usted..., debieron pasarle ese y otros, si no cuando la muerte
del rey, algún tiempo después..., ¿me entiende usted?... Al tener
noticia del noviazgo, llamémoslo así, de la reina con Muñoz...
—El Infante se puso furioso...
—O se alegró..., lo humano es que se alegrara, porque el matrimonio
morganático, en rigor de ley, debía inutilizar a doña Cristina para la
Regencia.
—Patraña...
—O realidad. Yo me agarro a la filosofía de la historia, y reconstruyo
con elementos humanos un personaje oscuro. El príncipe se alegró,
diciendo para su sayo: reina casada, regenta eliminada. Pero la
Gobernadora fue más lista; no declaró oficialmente sus nupcias; se
entendió con Roma..., manda sus hijos a criar al campo. Ni siquiera
figuran sus alumbramientos en el registro de la Facultad de Palacio. En
la _Gaceta_, y dentro de las leyes del reino, es tan viuda de Fernando
VII como lo era el 30 de septiembre de 1833, a las veinticuatro horas
de expirar el padre de Isabel II. De modo que su amigo de usted se
vio totalmente chasqueado, y es cosa muy natural y muy humana, que cae
también dentro de la filosofía de la historia, que un príncipe, en tal
situación de amargura y desengaño, se encariñe con el absolutismo y se
lance a pelear por él.
—No conoces a Su Alteza, carísimo, como le conozco yo, ni estás al
tanto de los acontecimientos. Déjame que te explique...
—¿Para qué? Doy por verídico lo que usted piensa y quiere contarme, y
retiro mi hipótesis, querido Rapella... no es más que una hipótesis.
¿Qué nos importa, ni qué le importa a nadie que don Sebastián
ambicionara la Regencia? ¡Si no se la han de dar, ni a nosotros han
de darnos nada tampoco por averiguarlo!... Y a propósito, me ha dicho
usted que me lleva a presencia de ese señor Serenísimo, y a eso,
ilustre Rapella, tengo que oponer una resistencia heroica, porque yo no
he venido aquí a ver príncipes más o menos serenos, ni a ocuparme de
nada que no sea el interés grande, para mí inmenso, que me ha traído a
estas tierras. ¿Qué trato hicimos en Madrid cuando nos reunimos para
emprender este viaje? Pues se convino en que yo no le estorbaría a
usted en sus negociaciones, y que usted me ayudaría en las mías todo lo
que pudiese. ¿Fue eso lo tratado?