Arreglose Fernando a toda prisa, chapuzándose en agua fría, que el
mismo Rapella con todo su empaque le trajo en un cubo, y al cuarto
de hora ya corrían los dos por las calles del pueblo, inquiriendo y
tomando lenguas en busca de estos o los otros amigos. El don Leopoldo
recibió al italiano en medio de la calle con glacial cortesía, y
a las primeras de cambio, hubo de oponer a su pretensión reparos
y dificultades que equivalían a una cortante negativa. Así lo
comprendió el otro, y como hombre agudísimo, de larga vista social, no
insistió, absteniéndose al propio tiempo de preguntar cosa alguna que
transcendiese a movimientos de tropas. Con astuta diplomacia, no ocultó
al coronel que llevaba al cuartel de don Carlos una misión reservada
cerca del infante don Sebastián Gabriel:
—Arreglos de familia, ciertas negociaciones, ¿me entiende usted?, para
las cuales llevo poderes de Su Majestad el rey de las dos Sicilias, de
la princesa Carolina... y de otras elevadísimas personas..., asunto
que, si bien de carácter doméstico, podría influir grandemente en la
cosa pública, en la guerra, en la paz...
Oyó estas historias don Leopoldo con flemática atención, sin demostrar
un interés muy vivo en tales componendas. Era un chicarrón de alta
estatura y de cabellos de oro, bigote escaso, azules ojos de mirar
sereno y dulce; fisonomía impasible, estatuaria, a prueba de emociones;
para todos los casos, alegres o adversos, tenía la misma sonrisa tenue,
delicada, como de finísima burla a estilo anglosajón. Despidiose,
al fin, cortésmente del estirado Rapella, dejándole en extremo
descorazonado. ¡Ah, si estuviera allí Narváez, aquel temperamento
ardiente, imperioso, altanero, gran servidor de sus amigos! Para las
situaciones de grande apremio, había puesto Dios en el mundo a los
andaluces, con toda la vehemencia de sus afectos y todo el fuego de su
torera sangre.
Más suerte tuvo don Fernando, que, a fuerza de huronear, metiéndose en
los grupos de oficiales que a lo largo de la carretera encontraba, dio
al fin con Ros de Olano, que a caballo venía con Pepe Cotoner. Grande
y placentera fue la sorpresa de los simpáticos jóvenes al encontrarse
en el propio teatro de la guerra a un disperso amigo de Madrid, con
quien habían alternado _en los dorados salones_, como solía decirse.
Los interrogatorios fueron festivos y breves por una y otra parte, pues
no era ocasión de entretenerse en extensos relatos. Formuló Calpena la
pretensión suya y de su compañero Rapella, a quien de nombre conocían
los otros por la fama de su metimiento en Palacio, y no respondieron
dando esperanzas de una fácil solución. Cuando les notificó que iban
al cuartel de don Carlos, mostraron inquietud y asombro; pero Fernando
se apresuró a quitar por su parte todo matiz político a tan desatinado
viaje, diciéndoles:
—El objeto de mi compañero es un asunto de la Familia Real, cosas
del rey de Nápoles y del infante don Sebastián; el objeto mío es
apoderarme, por la fuerza o por la astucia, como pueda, de una mujer,
de mi novia, que me ha sido robada infamemente. Es huérfana, señores,
¡cuidado!; se la disputo a un tutor, como en las comedias que ya están
pasadas de moda.
Acogida fue tal revelación con grandes risotadas, y para predisponerles
más a su favor, encareció Calpena los peligros y el dramático misterio
de la aventura que emprendía sin auxilio de nadie, y en la cual,
puesta resueltamente toda su voluntad, no veía más que dos términos:
la victoria o la muerte. Imaginaciones lozanas, espíritus juveniles
y entusiastas, que adoraban el bien y la belleza, Ros y Cotoner
manifestaron a Fernando una simpatía ardorosa, y a este, que no a otro
resorte, debieron los expedicionarios la solución de la dificultad en
que les puso la ausencia del brigadier don Ramón Narváez.
A la hora y media de este coloquio de Calpena con sus amigos en medio
del camino, él a pie, los otros a caballo, recibieron los viajeros dos
magníficos jamelgos cojitrancos y un mulo lleno de mataduras, que les
parecieron bajados del cielo, y las más gallardas cabalgaduras que
habían visto en su vida. No quisieron entretenerse allí, temerosos de
que se las quitaran, y tomando a toda prisa un par de bocados y algunos
tragos de vino, picaron espuela por el camino de Villarreal; Rapella
y Fernando caballeros en los rocines, Sancho con las maletas en el
matalón.
Mientras estuvieron a la vista del pueblo no iban muy tranquilos, y
arrimaban espuela y látigo a las caballerías para ponerse pronto a la
mayor distancia; después aflojaron, porque harto les significaban las
pobres bestias que por su edad y achaques no estaban ellas para largos
trotes. En todo el día, nada les aconteció digno de referirse. A la
caída de la tarde, merendaron de los abastecimientos que el precavido
Sancho había cuidado de recoger en el parador, y a eso de las siete les
dieron el alto las avanzadas carlistas. Como iban con toda seguridad,
pues Rapella llevaba pasaportes y salvoconductos expedidos por quien
podía hacerlo, y además cartas para Villarreal, Guergué y otros a
quienes personalmente conocía, nadie les molestó, y siguiendo hacia el
interior del Estado faccioso, franquearon, con ayuda de un guía del
país, un alto monte hasta dar en un caserío próximo a Arechavaleta,
donde se aposentaron y durmieron unas tres horas. Al siguiente día
continuaron su marcha por laderas pobladas de bosque, hasta salvar la
divisoria entre los ríos Deva y Aránzazu por Beloña, y a media tarde
vieron bajo sus pies las torres y chapiteles de la noble Oñate, en la
cual hicieron su triunfal entrada a punto de las seis.
Como a tal hora volvían a sus viviendas innumerables paseantes, la
entrada de los tres viajeros en la capital del absolutismo por la
calle _Zarra_ fue objeto de gran curiosidad y sensación. Los grupos de
clérigos y señorones se paraban a contemplarles; los chiquillos corrían
tras ellos; en ventanas y balcones asomaban las mujeres sus lindas
caras. El tipo de caballero noble que a Rapella distinguía, la juvenil
elegancia de Calpena, motivo fueron de comentarios, que corrían de boca
en boca con la rápida transmisión propia del ambiente social de un
pueblo aislado en que moran la ambición y la ansiedad. Favorables a los
viajeros eran las opiniones que a su vista se formulaban aquí y allá,
y el que menos los tenía por aristócratas castellanos o andaluces que
venían a rendir pleito homenaje a la majestad del rey legítimo. Los más
avisados creyéronles extranjeros, plenipotenciarios de alguna de las
cortes del Norte, que llegaban con mensajes y quizás con dinero.
—Para mí —decía apoyándose en su bastón de puño de oro el señor don
Francisco Bruno Esteban, canónigo dignidad de Osma y Teniente Vicario
general castrense—, vienen de parte del rey de Prusia, y traerán un par
de millones cuando menos, que de este envío y de tal plenipotencia hubo
noticias no hace dos semanas.
—No hay nada de millones ni de prusianos —afirmó el Ordenador, jefe de
la Hacienda militar y civil, señor Labandero—. Si acaso, traerá buenas
palabras... Me da en la nariz que son de la familia del entusiasta,
del generoso conde Roberto de Custine. ¿No notan ustedes el tipo de
caballeros a la antigua?
—Ya lo hemos notado —dijo el orondo don Tiburcio Eguiluz,
Superintendente general de Vigilancia pública—. Para mí, no es otro que
el vizconde de la Rochefoucauld Jaquelin.
—Hombre, me parece que está usted soñando, señor don Tiburcio.
—Ya veremos quién sueña...
Por indicación de Sancho, que conocía la localidad, apeáronse junto al
Ayuntamiento, a la entrada de la calle _Barria_, frente a la iglesia de
San Miguel, la mayor y principal del pueblo. Allí les era fácil tomar
lenguas de la mejor posada para los señores y de un parador para las
caballerías. Viéronse al punto rodeados de diversa gente. Militares,
paisanos, viejos, chiquillos y algunos clerizontes se abalanzaban a
ellos deseosos de servirles, con la tradicional afabilidad vascongada.
Sin que lo preguntaran, se les indicó el palacio de Artazcos,
residencia de Su Majestad, quien aquel día se encontraba en Elorrio.
Al oír esto, mostrose Rapella muy contrariado; pero habiéndole dicho
los circunstantes que Su Alteza el infante don Sebastián permanecía en
la villa y que residía en la Universidad, exclamó gozoso y enfático el
siciliano:
—No podía Su Alteza, mi grande amigo, albergarse más que en el propio
templo de la sabiduría.
Resolvió entonces entrar en una tienda de licores y pasteles que vio en
el costado de la plaza, sin que le moviera otro propósito que librarse
del enjambre de curiosos impertinentes y de chiquillos pegajosos, y
allá se colaron también dos señores capellanes, extremando su cortesía.
—El mayor obsequio que pueden hacerme los que tan atentos se muestran,
es llevar al Serenísimo señor Infante un aviso de mi parte. Basta con
decirle que ha llegado su amigo Rapella y que desea pasar a ver a Su
Alteza en cuanto este se digne señalar hora para recibirle.
No habían transcurrido quince minutos cuando a sus oídos llegaba esta
grata respuesta:
—Su Alteza acaba de entrar de paseo, y dice que le espera a usted ahora
mismo.
—Ya sabía yo —dijo reventando de satisfacción el siciliano y dándose un
tono tremendo entre aquella gente—, ya sabía yo que me recibiría sin
pérdida de tiempo. Tú, Fernando, espérame aquí. Si Su Alteza me convida
a cenar, como espero, te mandaré recado. Entre tanto, busca por ahí, en
lugar céntrico, un buen alojamiento para los tres.
Y partió al instante con un capellán por cada lado y detrás un reguero
de gente diversa. En la puerta de la repostería dieron a Calpena razón
de un alojamiento próximo, añadiendo que tenían que resignarse a vivir
con alguna estrechez, por estar Oñate lleno de gente forastera, con
tanto empleado y tanto señor de oficina. Más que en la comodidad del
pupilaje, el pensamiento de Calpena se fijaba tenaz en el capital
asunto que embargaba su ánimo, y al punto empezó a formular preguntas:
—¿Conocen ustedes a un señor don Ildefonso Negretti, que ha venido a la
contrata de armas y municiones?
—¿Cómo dice usted...? ¿Negretti? El nombre no me suena. ¡Vienen tantos,
unos a proponer pólvoras, otros armas, otros provisiones de boca! ¿Es
por casualidad francés?
—No, pero quizás lo parezca. Ha venido con él una sobrina, hermosa
joven, morena.
—Ya sé quien es: bajito, la ceja corrida; mira un poco torcido. Trae
consigo una vieja y una señorita que parece tísica.
—¡Tísica! No puede ser, a menos que... —dijo Fernando en la mayor
confusión—. A ver, denme las señas de esa enferma. Puede una salud
robusta desmejorarse rápidamente con los malos tratos.
—Una damita flaca —dijéronle en vasco mal castellanizado—, con el pelo
de color de cola de buey.
—No, no es esa... En fin: llévenme, si gustan, al alojamiento que crean
mejor, y ya emprenderé mis indagaciones con toda calma.
Dos angelones como de doce a catorce años, guapines, rubios, cuyos
rostros infantiles mostraban ya la seriedad y aplomo de la raza, le
guiaron a la posada, de la cual era patrona la madre de uno de ellos,
el más tierno, de aficiones militares, según contó a Calpena. EL
otro, en quien ya la voz llueca manifestaba el paso de niño a hombre,
estudiaba para cura, y por de pronto, aprendía música con su padre,
organista de la iglesia mayor, y cantaba con él en las funciones.
Hallábase la hospedería en una calle estrecha que pone en comunicación
la _Barria_ con la de Santa María, y sale frente al torreón viejo del
palaciote de Artazcos, morada del rey absoluto. Buena era ciertamente
la tal casa; mas en días de tanta aglomeración resultaba estrecha,
incómoda, y los huéspedes vivían en ella como sardinas en banasta,
acomodándose cuatro en estancias donde tres no habrían tenido
suficiente holgura. A Calpena le metieron en una alcoba donde moraban
dos señores: un capellán nombrado Ibarburu, que del servicio castrense
pasó a desempeñar la secretaría del _Despacho de Gracia y Justicia_,
y un teniente coronel, impedido de una mano, que prestaba servicio
burocrático en la _Junta Provisional Consultiva de Guerra_; llamábase
Cerio, y era hombre muy vehemente, la pura pólvora, de un optimismo
delirante. Con ambos trabó conversación y amistad Calpena en cuanto
se instaló, y en la cena, servida a punto de las ocho, con lentitud y
apreturas, por ser corta la mesa para veinte que a ella se sentaban,
oyó mil noticiones y el animadísimo platicar de toda aquella gente.
Entre los comensales descollaba como número uno de los habladores el
tal don Ceferino Ibarburu, y metían bastante bulla don Teodoro Gelos,
médico de cámara, vocal de la _Junta Superior Gubernativa de Medicina
y Cirugía del Ejército_; don Juan Francisco de Ochoa, intendente, y el
señor Sureda, gentilhombre de Palacio.
—¡Menuda paliza se habrán llevado a estas horas! —dijo Cerio, el
incorregible soñador de triunfos—. Y si no se la han ganado todavía, se
la ganarán mañana.
—¡Vaya con las gracias que quiere hacer el señor de Córdova! —dijo
Ibarburu—. ¿Pues no se le ocurre al niño querer tomar las alturas de
Arlabán?
Una carcajada burlona corrió de boca en boca por toda la mesa, y el
señor Gelos, que se preciaba de táctico, aseguró que las alturas de
Arlabán no las tomarían los cristinos ni con doscientos mil hombres.
—La desgracia que tuvimos en enero en aquellas posiciones, cuando las
ocupó Narváez, fue por sorpresa...
—Como que entonces no nos cuidábamos de aquella posición —indicó el
intendente—, y ahora la hemos fortificado. Es un hueso muy duro, donde
se dejarán los dientes esos señores si intentan roerlo.
—Pero hablamos aquí sin conocimiento de causa —dijo Ibarburu
emprendiéndola con las habichuelas—. ¿Quién asegura que los cristinos
van contra Arlabán? Entiendo que el objeto de Cordovita es una simple
demostración militar hacia la Borunda. Este caballero (_señalando a
Calpena_), que acaba de llegar de Vitoria, nos dirá si las tropas
enemigas se dirigían hacia la Barranca o hacia las lomas de San Adrián.
Declaró Fernando que a su paso por Vitoria, él y sus compañeros
de viaje habían notado movimiento de tropas, sin poder precisar
qué posiciones tomaban los cristinos ni a qué lugares, para él
desconocidos, se dirigían.
—¿Pero el señor viene de Castilla? —dijo el gentilhombre Sureda
mirándole con su lente, pues era algo cegato, de formas corteses y
un tanto atildadas, calvo, muy limpio, prototipo de figura palatina
para desempeñar un papel decorativo junto a los candelabros y mesas
barrocas—. Yo entendí que estos señores diplomáticos venían de Francia,
y me dijeron que traían la estafeta de Viena y Berlín. Dispense usted.
No es que yo pretenda saber cuál es su misión. Ya sé que el otro señor
ha sido invitado por Su Alteza.
—Es, según oí —apuntó Ibarburu—, napolitano, persona ilustradísima, que
en Madrid ayudaba al señor Infante en sus investigaciones arqueológicas.
A todo asintió Calpena con medias palabras. De pronto, el médico Gelos,
con notoria grosería, se dejó decir:
—¿Y qué...? ¿Nos traen ustedes _conquibus_? Porque para palabras
bonitas, excusaban de venir... Dispense..., aquí somos muy francotes.
Hace tiempo nos están mareando con el empréstito de Turín, que hoy, que
mañana... Pero el tiempo pasa, y _la mosca_ no parece. Cuando vuelva
usted a las cortes de Europa, señor mío, bien puede decir a esos
caballeros que ya basta de protección platónica; que aquí luchamos por
la causa de todas las potencias, por los tronos legítimos, contra las
revoluciones y el jacobinismo, y que deben ayudar a nuestro excelso
rey, no con _metáforas_ floridas, sino con metálicas razones... _por
cuanto vos contribuisteis_... pues así venceremos más pronto... Digo
más pronto, porque de todos modos, tarde o temprano, la victoria es
segura. Está decretada por el Altísimo, y a donde no lleguen las
valientes tropas de Su Majestad, llegará la intercesión de nuestra
Generalísima invencible, la Virgen de los Dolores.