—Eso fue lo convenido y lo cumplo lealmente —prosiguió el siciliano—.
¡Que si te ayudo! ¿Y si yo te dijera que ya no estoy tan ignorante como
tú de la presa que perseguimos?
—¿Sabe usted algo? Por Dios, dígamelo, dígamelo pronto.
—Calma, que estas cosas son delicadas... Déjalo, déjalo de mi cuenta...
¿Pero tú sabes con quién hablas? ¿Te has enterado de que tu amigo
Rapella es perro viejo en aventuras de amor? ¿Sabes que tiene sobre
su conciencia de galán empecatado media docena de duelos con maridos
celosos, burlas sin fin de padres severos o tutores ruines, y como
unos diez raptos, dos de los cuales han sido del género novelesco, con
escalamiento nocturno, incendio, pistoletazo y fuga a uña de caballo
con la hembra a la grupa?
—Eso habrá sido en Sicilia, donde la vida romántica es cosa corriente.
—Eso ha sido en Italia, en España, también en Argel, con la
circunstancia agravante del uso de cimitarra y del trato con eunucos
y demás gentuza de serrallo. El caso tuyo es una simpleza, una
comedia de principiante. Yo te respondo de que antes de tres días,
si andan por aquí el tío de su sobrina y la sobrina de su tío, les
encontramos, les sorprendemos y cargamos con la niña en pleno Estado
absolutista y patriarcal, burlando tíos, clérigos, monjas, alcaldes,
justicias, pues en ninguna parte son más fáciles las burlas que en
estas sociedades rigoristas, donde se alambica la moral y se extreman
las precauciones... ¿Me aseguras tú que la niña desea que la robes, que
preferirá escaparse contigo a permanecer bajo el poder de su guardián?
¿Estás seguro de eso?
—Como de mi propia vida.
—¿Es ella valiente, de estas que corren tras el amor, como la
mariposa tras de la luz, y que prefieren la quemadura y la muerte al
aburrimiento de una vida regular?
—Es animosa, corazón grande, imaginación viva.
—Conozco el género. Pierde cuidado, niño.
—Pero dígame si ha podido averiguar...
—Cállate ahora. Pon tu asunto en mis manos.
—No puedo traspasar mi iniciativa. Si no me dice usted pronto lo que
sepa, no le acompaño a la visita del Infante.
—Pues tú te lo pierdes, carísimo; porque si no me acompañas a la visita
no te diré nada, y tardarás sabe Dios cuanto tiempo en averiguar lo que
quizás sepamos dentro de media hora.
Calpena se paró en mitad de la calle para mirar fijamente la cara del
italiano, que resplandecía de malicia, de doblez; cara de intrigante
de oficio, curtido en enredos políticos de camarilla y en tramoyas
mujeriles y palaciegas. Su fino sonreír dejaba entrever a Fernando
un mundo de historias y una rutinaria destreza en artes que no se
practican a la luz del día. Por un momento sintió desprecio del
italiano, después miedo. Comprendiendo al fin la inconveniencia de huir
de su lado en tal ocasión y en circunstancias tales, determinó seguir
el impulso adquirido, hasta ver en qué paraban aquellos misterios.
—Pero yo quiero que me diga usted con sinceridad: ¿qué tengo yo que
pintar en el palacio de Su Alteza, ni en qué bodegón hemos comido
juntos ese señor y yo?
—Es sencillísimo. Su Alteza me preguntó: «Y ese joven que ha venido
contigo, ¿quién es?». Contesté la verdad: que eres un chico de gran
familia, instruidísimo, de una educación perfecta, así en lo moral como
en lo intelectual..., que posees el latín como Tito Livio y Cicerón, y
eres consumado humanista...
—Eh..., ¿qué bromas son esas? Me ha puesto usted en ridículo.
—Que sabes también el griego...
—Hombre, no.
—Algo de griego, le dije...; que posees vastísimos conocimientos en
Historia y Arqueología.
—¡Ya escampa!
—Hijo mío, la verdad es una diosa muy bonita, que reside en el cielo,
y como allá la obligan a estar siempre en cueros, nunca desciende
a nuestra pobre Tierra... Es muy vergonzosa. Adorámosla como ideal;
pero...
—Pero la realidad nos impone la idolatría del mentir, ¿no es eso?
—Sí, porque siendo mentiroso cuanto nos rodea, si blasonamos
de verdaderos, o nos encierran por locos o nos apalean a cada
triquitraque. Falso es todo lo que ves, carísimo, y en esta corte
diminuta no hallarás más verdad que en la grande de Madrid; farsa
es la religiosidad de la mayoría de estos cortesanos; hipócrita la
creencia en el derecho divino de este pobre rey de comedia; engañoso
el entusiasmo de los que mangonean en el ejército y en las oficinas.
Solo es verídico el pueblo en su ignorancia y candidez; por eso es el
burro de las cargas. Él lo hace todo; él pelea, él paga los gastos
de la campaña, él muere, él se pudre en la miseria, para que estos
fantasmones vivan y satisfagan sus apetitos de mando y riquezas.
No imitemos al pueblo, el gran inocente, el eterno bobo del mundo
civilizado, el polichinela sobre cuya joroba recaen todos los palos. Y
pues hemos de comer y de vivir y abrirnos paso en el tumulto de esta
mascarada, pongámonos la careta. Dime, simple, ¿piensas que la empresa
de arrebatar a la mujer que amas es realizable con los procederes de la
verdad?
—Eso no...
—Pues entonces déjate conducir. Silencio y entremos a saludar al
Infante.
A este punto llegaban ante el grandioso edificio de la Universidad,
fundación del oñatiense don Rodrigo de Mercado, obispo de Ávila.
Calpena se detuvo a contemplar la mole gallarda, la elegancia de
sus contrafuertes, exornados de exquisita labor plateresca. La
acción del tiempo y de la humedad, desgastando aquella hermosa pieza
arquitectónica, dábale una pátina musgosa, y espiritualizaba la
morbidez pagana de sus líneas. En el portalón había guardia, por estar
destinado el edificio, en aquel lastimoso imperio de Marte, a cuartel y
oficinas militares. Soldados, oficiales de diversa graduación sin más
distintivo que la espada, entraban y salían, y no faltaban los grupos
de mujeres y chicos que acuden al reclamo de la milicia activa. En dos
de las crujías del claustro bajo, divididas por endebles tabiques, se
habían instalado dependencias, designadas sobre las puertas con toscos
letreros.
En el claustro alto veíanse también rótulos indicadores de los
diferentes ramos del organismo militar, a excepción de la crujía de
poniente, separada de las demás por una cancela provisional, con
mampara. Por allí se entraba a la rectoral y biblioteca, y a la
residencia del príncipe. Un portero anciano, con casaca amarilla, les
introdujo al instante en la biblioteca, donde comúnmente recibía Su
Alteza las visitas. Era don Sebastián de estatura mediana, tirando a
corta, de pocas carnes, el rostro grave y desapacible, con un poco
de estrabismo en los ojos, bien afeitado, el cabello compuesto al
uso con un poquito de melena ahuecada sobre las orejas, y la raya
al lado izquierdo del cráneo. Si vulgarísimo era por su figura, no
así por sus modales, de exquisita distinción: digno sin altanería,
accesible, cariñoso, conservando siempre la superior postura. Sabía
ser infante de España; sabía sostener su papel de ilustrado, peregrino
papel en príncipes, y aun engalanarse con la flor de la modestia, que
tan difícilmente se cría en la seca atmósfera de la adulación. Muy
grata fue para Calpena la amabilidad con que don Sebastián Gabriel le
recibió. Aunque Su Alteza disponía de poco tiempo, les mandó sentarse
junto a una mesa atestada de mapas y librotes voluminosos.
—Ya me ha dicho Rapella lo mucho que usted vale. Siento que su venida
a esta ciudad haya sido en ocasión tan impropia para platicar de cosas
de arte, lenguas y literatura. También yo tengo mis aficiones; pero la
guerra, ¡ay!, y esta situación de continua inestabilidad me privan de
consagrarme a mis estudios favoritos. Confío en que vendrán tiempos
mejores; ya iremos a Madrid, y allí, con toda calma... ¿Verdad, amigo
Rapella, que iremos pronto a Madrid? ¿Qué piensa usted?
—Señor —dijo el siciliano inclinándose respetuoso—, puesto que Vuestra
Alteza anhela volver allá, solo debo manifestarle que Madrid echa
siempre de menos al mantenedor entusiasta de las artes y las letras.
—El señor Calpena —indicó el príncipe con gracia— no cree que vayamos
pronto a Madrid; estima en poco la _causa_ que aquí defendemos. Se lo
conozco en la cara. Naturalmente, tiene sus ideas, sus preocupaciones;
trae todo el barullo liberal metido en la cabeza.
—Señor —replicó Fernando con firmeza—, puedo asegurar a Su Alteza que
más de una vez, no solo aquí, sino en Madrid, he considerado posible
y probable que la _causa_, por una serie de victorias decisivas, vea
pronto expedito el camino de la capital de la nación.
—De eso se trata... —dijo el príncipe con orgullo, y variando al
instante de tema, por ser muy de personas reales el hacer grata la
conversación cambiándola oportunamente, prosiguió así—: Ya sé que es
usted un gran latino.
—Señor, Rapella me quiere tanto, que abulta espantosamente mis pobres
méritos.
—Yo también he tenido mis aficiones latinas, y cuando disponía de
tiempo y de tranquilidad, los clásicos eran mi delicia. No crea
usted, también me permití ciertos atrevimientos; traduje la elegía de
Propercio _Ad amicum_...
—Si, sí..., la conozco. Es una en que se queja de que le han robado a
su amada, y llora y se desespera. Si no recuerdo mal, empieza así:
_Eripitur nobis jam pridem cara puella._
—Justo; y luego dice:
_Et tu me lacrymas fundere, amice, vetas..._
—¡Ah, Propercio me encanta! También yo, con la presunción, con la
audacia que dan los quince años, me metí a traductor... Sí, señor:
traduje en verso libre la elegía _Hora mortis incerta_.
—¡Oh, sí! —exclamó don Sebastián con júbilo—. Es preciosísima. Comienza:
_At vos incertam mortales funeris horam_
_Quæritis, et qua sit mors aditura via..._
Aún repitió media docena más de versos, gozoso de mostrar su buena
memoria, y después, cambiando el tono entusiasta por el quejumbroso,
continuó:
—Ya ve usted si es triste abandonar los ocios dulcísimos de la buena
literatura por esta actividad ansiosa, a que obligan los asuntos de un
Estado incipiente, de un Estado en el cual tenemos que crearlo todo, y
por el estruendo de la guerra, que siempre es cruel y bárbara aunque
sea gloriosa... Desde que llegué a este país, no ne podido abrir un
libro de los que han sido, en épocas más bonancibles, mi mayor deleite.
Encargado por Su Majestad de organizar las Maestranzas de Artillería
y de Ingenieros, y de atender a las mil dificultades que ocurren a
cada paso por falta de utensilios, de material, de personal idóneo, me
paso la vida en un trabajo azaroso, no siempre coronado por el éxito.
Verdad que me ayudan hombres inteligentísimos; pero el entendimiento
nos da ideas, no la materia para traducirlas en hechos. Hemos podido, a
fuerza de tenacidad y de maña, establecer la fabricación de cureñas y
montajes; hemos fundido algunas piezas... En fin, no estoy quejoso, y
la historia dirá con qué pobres elementos hemos realizado trabajos tan
difíciles. Asombra el considerar lo que pueden la inteligencia y la fe,
¿por qué no decirlo?, la fe de estos dignísimos oficiales, ayudada por
la terquedad vizcaína. Con la fe hemos hecho algo que si no es mover
las montañas, se le parece mucho.
—Y entiendo —agregó Rapella con oficiosidad— que en los proyectiles de
obuses no tiene este ejército nada que envidiar al cristino.
—Algo hemos adelantado, gracias a las nuevas máquinas que nos ha traído
Negretti...
Lo que siguió no pudo oírlo Calpena; fue un murmullo, dominado por
la sonora y vibrante voz, que aun después de salir de los labios
del príncipe continuaba sonando con estruendo: ¡Negretti! Era como
un trueno... Tal fue la impresión recibida, que el joven no paró
mientes en que proseguían conversando el Infante y Rapella. ¿De qué
hablaban?... No lo sabía, ni se curaba más que de aquel Negretti que en
sus oídos retumbaba.
—¿Es usted aficionado a estas materias, a la balística, a la fundición
de metales?
—Sí, señor —replicó el joven impulsado de su gozo ardiente y del deseo
de seguir tratando aquel tema antes de que Su Alteza pasase a otro—.
Soy muy aficionado.
Turbose un instante. Comprendiendo al punto que un mentir descarado
podría infundir sospechas, se apresuró a _ponerse en la rectitud_, como
diría Hillo.
—Dispense Vuestra Alteza mi distracción... Quise decir: aficionado a
Propercio.
En efecto: nada más imprudente que mostrar interés y conocimiento en
las materias científicas de la Maestranza. Sobre que todo engaño de
esta naturaleza sería pronto descubierto, aconsejaba la más vulgar
discreción aparecer indiferente a tales trabajos, que sin duda se
hacían con cuidadosa reserva, recatándolos de la mirada de gentes
extrañas y forasteras.
—Soy enteramente lego, señor —repitió Fernando—, en cosas de milicia y
de ciencia militar.
Y Rapella con seguro instinto acudió a reforzar esta idea, diciendo:
—Tenemos aquí a un hombre que desde niño ha ejercitado sus facultades
en los estudios históricos y literarios, y fuera de ellos es un ángel
de inocencia. Me permitiré hacer una observación. Su carácter altivo y
la independencia de que goza son causa de que no haya ocupado aún en
la esfera escolástica del reino la posición que le corresponde... Sí,
sí, querido Calpena, hago traición a tu modestia, manifestando a Su
Alteza que acaricias la ilusión de desempeñar en este apartado pueblo,
tan propicio al estudio, el noble ministerio de la enseñanza... No te
atreves a decirlo; pero yo sé que esa es tu idea... Te encanta este
honrado país, te empujan hacia acá tus hábitos metódicos, tu carácter
apacible; te solicita desde aquí, ¿por qué no decirlo de una vez?, la
atracción que ejercen sobre tu espíritu las ideas de estos ilustres
señores y el régimen absoluto. Conocedor de tus pensamientos, porque
poseo tu confianza, quiero ser tu órgano de expresión; la facultad
de la franqueza que te falta, yo la suplo con mi atrevimiento... Sí,
sí, Serenísimo Señor, este joven sería feliz consagrando su vida y su
talento a las tareas de la enseñanza en cualquier localidad de la nueva
monarquía... Pues él no lo dice, lo digo yo, que le quiero como a un
hermano, y no deseo más que su bien.
Si a las primeras palabras del siciliano, Calpena vacilaba entre el
asombro y la ira, por tan audaz mentir, antes de que Rapella terminase,
ya pudo ver Fernando que aquel giro no era descabellado, y podía servir
a la buena terminación de su asunto. Con la mirada y una leve sonrisa,
prestó asentimiento a la declaración de su amigo, que obtuvo del
Infante esta velada respuesta:
—Mucho me congratulo de las felices disposiciones y de los deseos de
este joven, y por mi parte no he de oponerme a que los realice. Pero
le advierto que no soy yo quien ha de decidirlo, pues ello incumbe
al señor obispo de León, encargado de la Enseñanza. Para ejercer el
profesorado en esta Universidad, la ley exige condiciones que sin duda
podrá llenar cumplidamente el señor Calpena, aptitudes y conocimientos
bien probados, pruebas también de piedad y de pureza de costumbres.
Toda precaución es poca en las circunstancias de un Estado nuevo que
quiere ser de todo en todo contrario al Estado caduco y corrompido
que tenemos enfrente, y por eso se han establecido los ejercicios de
reválida.
Diciendo esto, Su Alteza se levantó, señal de haber terminado la visita.
—Dispénsenme —les dijo alargándoles la mano, que Rapella besó—. Hoy
es día de acontecimientos graves. Es seguro que han atacado nuestras
posiciones por San Adrián. Desde muy temprano se oye tiroteo muy vivo...
Y no acababa de decirlo cuando entraron presurosos dos señores, uno de
ellos Cerio, el otro un ayudante de González Moreno: traían noticias
que comunicaron a Su Alteza sin que Rapella y su amigo pudieran
enterarse. Las noticias no debían de ser muy buenas, a juzgar por la
cara que puso don Sebastián al oírles. Volviose luego a los visitantes,
con cierta premura, como queriendo significarles de una manera delicada
que tomaran la puerta.
—No debemos entretener más tiempo a Vuestra Alteza —dijo Rapella.
Y el príncipe:
—Nos veremos otra vez... Ya sabe el señor... Reválida para la
incorporación de grados, pruebas de piedad..., juramento de defender
el misterio de la Inmaculada Concepción, de condenar la impía doctrina
del regicidio, la absurda soberanía del pueblo, el filosofismo
anárquico..., juramento de no pertenecer ni haber pertenecido a ninguna
sociedad secreta..., en fin, vea la _Gaceta_, decreto del 9 de abril...
Adiós, señores...