Ya cargaba don Javier Istúriz, en medio de un gran barullo, la cruz
de la presidencia ministerial, llevando por cirineos a don Ángel de
Saavedra y a don Antonio Alcalá Galiano, cuando el gran Nicomedes
Iglesias, que ningún sendero veía para sus ambiciones fuera de la
travesura revolucionaria, extremaba la oposición al gobierno en la
prensa y en las logias, con la añadidura de su hablar malévolo en cafés
y tertulias, que era la peor y más terrible arma. Una tarde del florido
mayo le encontramos en _Solís_, perorando con todo el veneno del mundo,
en la mesa del rincón, al frente de una pandilla de desocupados, de
los que matan las horas arreglando el país entre terrones de azúcar y
copitas de aguardiente. Asistían al sacro colegio, entre otros puntos,
Eleuterio Fonsagrada, un amigote suyo sargento de la Guardia Real,
cuyo nombre no hace al caso, y el tísico Serrano, que amenazado de
cesantía, llamaba a Cachán con dos tejas. Menos pesimista en lo tocante
a su enfermedad, porque los aires primaverales le habían remendado el
destruido pecho, se forjaba la ilusión de seguir viviendo; pretendía
nada menos que ascender, tener dinero, darse buena vida; y si esto
no podía ser, vinieran pronto las catástrofes a hacer tabla rasa de
todo. Que su cadáver y el del país, su pobreza y la de la nación,
tuvieran una sola inmensísima tumba. Los tiros de aquel destacamento de
patriotas, después de hacer gran destrozo en las cabezas ministeriales,
apuntaban a más altas cabezas.
—Me parece —dijo Iglesias, medio ronco ya de tanto vociferar— que esa
buena señora tendrá que volverse pronto a su pueblo, a esa Parténope
con que nos han mareado los poetas.
—En ese caso —indicó Serrano, más ronco todavía que su compañero—,
¿conservaremos la Regencia una, o estableceremos la trina?
—Tan torcidas pueden venir las cosas —afirmó Iglesias dando a sus
palabras una intención profética y misteriosa— que ni Regencia
necesitemos. ¿Quién sabe lo que puede sobrevenir? Tales disparates
hacen en _Palacio_ y tan ciegos están _allí_, que los cálculos y
previsiones de los más expertos fallan... Esto es ya una casa de locos.
¿Adónde vamos? La honda no sabe a dónde irá a parar la piedra.
—Pues todavía falta lo mejor. Resueltamente deja el mando del Norte el
general Córdova —dijo Fonsagrada—. ¿A quién nombrarán?
—A cualquiera —indicó Iglesias—. Para lo que ha de nacer, lo mismo
da Pedro que Juan. Esta guerra no se acaba ya por los procedimientos
comunes. Puesto que no tenemos un Hoche...
El auditorio se quedó suspenso: ninguno de los presentes sabía quién
era Hoche...
—Mientras no se haga un escarmiento como el de la Vendée, nada se
conseguirá por las armas. Tendrán que partir a España en dos reinos,
quedando para los liberales, o sea para la _angélica_, los estados de
Getafe y Alcorcón.
—Madrid —dijo Serrano con humorismo catarral, echando luengas babas—
se constituirá en República de Capricornio, bajo la presidencia de mi
coronado jefe don Eduardo de Oliván e Iznardi...
—¿Y ese, no quedará cesante?
—¡Hombre! ¡Qué cosas tiene Iglesias! ¡Cesante el esposo putativo de
la de Oliván! Buena se armaba; sí señor, buena, buena, como dice
Miguelito. Esa, sin ser de Parténope, tiene más poder que la señora de
Muñoz, y como se le atufaran las narices, como le dejaran cesante a su
Eduardito, crujía el Estatuto y se tambaleaba el trono angélico... Ya
lo verán ustedes: no pasan tres días sin que el señor Aguirre Solarte
le dé un ascenso al primer manso de Madrid. Ya sabrá ella manejar el
tinglado. No hay cambio de situación sin que Eduardito dé un paso
adelante en su carrera. Tiene la historia contemporánea claramente
escrita en su cabeza, como los ciervos llevan la cifra de su edad en
cada rama.... pues...
Echose a reír la pandilla, y Nicomedes afirmó que los tiempos eran
desastrosos, que todo anunciaba próximos cataclismos.
—Lo que ocurre en todos los órdenes contradice la verdad y la lógica.
La realidad es más peregrina que las invenciones de los poetas.
Trocádose han las cosas de manera
que nos parece fábula la Historia.
—Pues espérense ustedes un poco —dijo el de la Guardia, no Fonsagrada,
sino el otro cuyo nombre no hace al caso—, que ahora va a venir lo más
gordo.
—¿Qué? —preguntaron todos ávidos de mayores desatinos, de mayores
calamidades públicas y privadas.
—Pues que se están preparando los datos para demostrar que la señora
doña Cristina..., chitón, que esto es muy delicado..., que la señora
doña Cristina, no contenta con los dinerales que le dejó _Narizotas_, y
queriendo meterse en mayores negocios de minas de carbón y saneamiento
de marismas, ha hecho pacotilla de todas las alhajas de la Corona, para
venderlas. Y que no era floja cantidad de pedrerías la que guardaban en
Palacio los reyes, desde el que rabió: cientos de miles de diamantes,
cientos de miles de esmeraldas, celemines de perlas, entre las cuales
había una grandísima, que Felipe IV llevaba en el sombrero, y había
costado una fortuna.
—Algo de eso oímos anoche en _Tepa_ —dijo otro, anónimo también, pues
el mismo Iglesias no sabía cómo se llamaba, exejecutor de apremios,
encausado tres veces—. Y a lo que parece, el señor Aguado, don
Alejandrón, no ha venido a otra cosa que al negocio ese de las alhajas.
—Se asegura que el tal Aguado viene a establecer, con dinero de la
reina, una línea de barcos de humo, digo, de vapor.
—Pues yo, francamente —declaró Iglesias, alardeando siempre de
autoridad—, sin defender a doña Cristina del cargo de allegadora,
sostengo que eso de las alhajas es paparrucha. ¡Si todo el tesoro de
Palacio se lo llevó Murat!
—Así lo han dicho para despistar a los incautos. Murat afanó lo que
pudo; pero se dejó lo mejor. En fin, ustedes lo verán.
—¿Y podrá probarse...?
—En ello andan. No están los palillos en malas manos.
Presentose en esto don José del Milagro con cara tan mustia que
daba lástima verle. Al llegar a la mesa, dejó sobre ella un fajo de
papelotes que bajo el brazo traía, y se limpió fatigado el sudor de la
calva.
—¿Que traes, Milagrito? —le dijo uno de los tertulios, que con él tenía
confianza—. ¿Por qué tan patibulario?
—No es preciso que nos lo cuente —indicó Nicomedes—, pues el pobre trae
escrita en su cara la sentencia fatal.
—¡Cesante! —exclamó Serrano, lívido, esputando.
—Hoy, señores, hoy —manifestó Milagro lúgubremente—, al llegar a mi
oficina..., ya me lo anunciaba el corazón..., me encontré el jicarazo.
Ese perro de Aguirre Solarte declara en este papelejo inmundo que el
Estado no necesita de mis servicios... ¿Saben ustedes a quién le dan el
triste hueso que yo roía? Pues al niño mayor de Oliván. ¡Válgame Dios,
qué familia esa!
—Si apenas le apunta el bozo.
—Pero le apuntan los botones en la frente —dijo Serrano.
—¡Luego se espantarán de que haya revoluciones!
—Y de que arda Madrid.
—Y de que reviente España como un polvorín, harta de estas vergüenzas y
de tanta injusticia.
—Pueden creerlo —agregó otro, que no bajaba el embozo de la capa,
muerto de frío en pleno mayo—, la Milicia está que trina.
—La desarmarán, hombre —dijo Iglesias con amargura pesimista—. Si ya
hemos visto para lo que sirve la Milicia: para formar en las _Minervas_
y hacer tonterías.
—¡Desarmarla!... ¿A que no se atreven?
—¡Pues no se han de atrever! Y el día en que toquen a desarmar, veremos
a los bravos milicianos escondiéndose en las carboneras de sus cocinas,
o entre las faldas de sus mujeres... Ya pasaron los tiempos de la
vergüenza miliciana. Ya no hay un don Benigno Cordero, comerciante de
encajes, que con un puñado de valientes sacuda el polvo a toda una
Guardia Real en el Arco de Boteros.
—Poco a poco —dijo el sargento incógnito—, no se permiten alusiones
_maquiavélicas_... La Guardia de hoy no es como la de ayer, _órgano_
del despotismo. Hoy la Guardia es o será _órgano_ del pueblo...
—De Móstoles querrá usted decir.
—Digo y repito que el Segundo Regimiento, por lo menos, no _rendirá
parias_ al absolutismo.
—¡Hombre, _parias_...!
—En el Segundo Regimiento, que es el más ilustrado, reina un espíritu...
—¿Cómo es ese espíritu? —dijo Serrano—. No será el _espíritu del
siglo_, que ese lo tienen cogido los moderados.
—Un espíritu..., muy bueno.
—Entonces será el de vino, que es el mejor que se conoce.
Como recayese otra vez la conversación en lo de las alhajas de la
Corona, tomó la palabra Milagro para expresar una opinión, según dijo,
de autoridad irrebatible. La _señora_ era inocente de la sustracción
y venta de pedrerías de Palacio, y las acusaciones que en tal sentido
se le hacían enteramente gratuitas y mentirosas. ¿Quién probaba esto?
Quien tenía medios sobrados de conocimiento para demostrar que el
verdadero y único afanador de aquellos tesoros fue el _señor don
Joaquín Murat_, general de mamelucos y después rey de Nápoles. Y por
de pronto no decía más, aunque algo más sabía: la discreción, la
confianza que en él habían puesto personas ilustres, le vedaban entrar
en pormenores de asunto tan delicado.
—¿Es cierto, Milagrito —le preguntó el que más familiarmente le
trataba—, que le estás ayudando a _don Juan y Medio_ a escribir la
defensa de los planes que no realizó?
—Yo no pico tan alto. El señor Mendizábal me ha encargado ciertos
trabajillos; pero yo no le escribo su _Defensa_: en todo caso, lo que
haré será ponerla en limpio... Y ya que hablamos de don Juan de Dios,
diré a usted que la mayor de las infamias es sostener y propalar, como
hacen por ahí más de cuatro deslenguados, que el señor exministro ha
movido este zafarrancho de las alhajas palatinas para vengarse de quien
tan sin razón le ha despedido del gobierno...
—Pues la cosa es muy lógica —apuntó Iglesias—: don Juan debe tomar el
desquite... Yo en su lugar...
—Usted en su lugar no lo haría, señor don Nicomedes —afirmó Milagro
con gran entereza, dando porrazos sobre el papelorio que tenía en la
mesa—, porque es usted caballero, ni más ni menos que don Juan Álvarez
Mendizábal, y aquí estoy yo para sostener, como lo sostengo, que
don Juan Álvarez no es el que ha levantado esta polvareda contra la
Gobernadora, sino el que se propone arrojar sobre el susodicho polvo
un gran jarro de agua. Sí, señores y amigos: ese grande hombre, esa
alma nobilísima, le dirá pronto a Su Majestad: «No te apures, hija, que
yo, yo, el caído, el despedido, me dispongo a demostrar al mundo que
no tienes arte ni parte en esa distracción de las piedras finas de tus
mayores. Estate descuidada, que yo pago de este modo los agravios que
recibo. Yo, Juan Álvarez y Méndez, caballero que tiene la verdad por
Dulcinea, yo, yo..., yo lo demostraré».
Decía esto Milagro con grande vehemencia, dándose un fuerte golpe en la
caja del pecho cada vez que pronunciaba un _yo_. Después le ofrecieron
un vaso de agua, y apagó, bebiéndolo sin respirar, el volcán de
indignación que en su seno ardía.
—No me parece inverosímil —dijo Iglesias— lo que Milagro nos cuenta.
Mendizábal será lo que se quiera: un loco, un arbitrista, un hombre de
triquiñuelas y de golpes de efecto..., pero le tengo por la persona
más decente que ha calentado una poltrona ministerial... Por lo que
usted nos dice, amigo don José, don Juan le amparará en su cesantía
encargándole trabajillos...
—Espero que Su Excelencia no me abandonará. Con eso y mis traducciones
daré de comer al ganado de casa. Vean lo que acaba de entregarme
el editor don Tomás Jordán para que se lo traduzca: _El último
Abencerraje_ y las _Cartas Persianas_. También llevo números de _El
almacén universal_, para traducir articulitos de relleno, que me toma
el amigo Mesonero para su _Semanario_, sin perjuicio de las leyendas
caballerescas que pienso escribir para el mismo, género que gusta
mucho. Ya tengo los _Infantes de Lara_ y _La peña de los Enamorados_...
Haré tres o cuatro docenas; todo de asunto español, romántico, pero con
buen fin.
—Sí —dijo Serrano—: todo torreones, reinas enamoradas, alguno que
otro moro, y luego el indispensable laúd, que lo lleva y lo tañe un
individuo que en los grabados nos pintan con medias muy ceñidas y unos
zapatos de larguísima punta... Señores, yo pregunto cómo se podía andar
por los caminos con semejante calzado...
En las convulsiones de la tos que le ahogaba, seguía diciendo:
—Me pongo furioso, furioso..., cuando me quieren hacer creer que hubo
hombres..., ¡qué barbaridad!..., hombres que andaban en tal facha por
los caminos... Mentira, mentira todo... Me ahogo... ¡y con laúd a
cuestas!...
—Pero, Serranito —le dijo Iglesias, zumbón—, ¿qué nos importa que en la
_Edad Media_ usaran, para andar de viaje, zapatillas puntiagudas? ¿O es
usted de los que no creen en los _siglos medios_? Pues mire, aquí viene
Ibraim, morisco auténtico, trasconejado...
—Es un caso de _metempsícosis_, como dice Juanito Donoso.
—Creo yo que este era uno de los que acarreaban ladrillo para la
construcción de la Giralda.
—Hombre, no: era la acémila que llevaba los trastos de san Fernando y
el cofre de doña Berenguela, cuando iban de viaje... Chitón, que ya le
tenemos encima.