XIV

Acercábase Ibraim a la mesa, diciendo: «_Cabayeros_...», y al instante

empezaban todos a divertirse con su credulidad y falta de seso,

encajándole bolas terribles, que ningún estómago, como no fuera el del

proceroso castrense, habría podido digerir. Muestra de paparruchas:

Aquella misma tarde había junta de rabadanes de la Milicia para acordar

el momento preciso de echarse a la calle toda la fuerza popular,

proclamando la _Niña bonita_, o sea la Constitución del 12, _el mejor

de los códigos_... Ya estaban de acuerdo Quesada, Van Halen, Rodil,

el duque de Almodóvar, el de Ahumada y otros generales para secundar

el movimiento, fraternizando tropa y milicianos... Se le daría el

canuto a doña María Cristina, constituyendo, no Regencia triple, sino

Directorio, formado por don Evaristo San Miguel, Palafox y el divino

Argüelles. Luego sería nombrado Palafox _Primer Cónsul_... Del general

Córdova decíase que se había pasado a don Carlos con parte de su Estado

Mayor. Olózaga formaría el primer ministerio del Directorio, con don

Eduardo Oliván de ministro de Hacienda, y el infante don Francisco

de Marina... La Guardia Real se llamaría en lo sucesivo _la Guardia

amarilla_, uniformándose de este color... Y el rudo capellán tragaba,

tragaba, salvo en los casos de excesiva magnitud del notición que

se le quería ingerir. Después él, llevando la información a otros

círculos, lo trabucaba todo, y hacía unos pistos que corrían por Madrid

y llenaban de confusión a los ciudadanos pacíficos. En el fondo no era

mal hombre; a su amigo don Pedro no le guardaba rencor por la violenta

escena y acometida de marras. Siempre que iba a la _mesa de Solís_,

preguntaba a Iglesias con vivo interés por el señor de _Jiyo_.

Este no parecía ya por los cafés; pasaba el tiempo en casa, revisando

las cartas de la incógnita, y poniéndolas por orden de fechas en

paquetitos cruzados con balduque, o bien se iba despacio, solito,

por las afueras, meditando en su triste suerte. Sus noches eran casi

siempre malas, y las pasaba de claro en claro, sin poder conciliar

el sueño. Padecía de un mal que tiene su denominación retórica, como

achaque de poetas y de los héroes trágicos y épicos, y consiste en la

presencia de personajes imaginarios que hablan, sombras de entes que

han existido, y que vuelven a este mundo a manifestar algo de interés

para los vivos. A tal forma de personificación llaman los eruditos

_idolopeya_. Comúnmente, a don Pedro se le aparecía la incógnita en

forma cadavérica, que dejaba entrever su hermosura, y se ponía a

decirle cosas... «Me he muerto... ¿No ves que soy difunta?... ¡En

buena te he metido, pobre capellán de secano!... Bien hubiera querido

evitarlo; pero como me morí tan de repente..., ya ves... No puede una

dejar de morirse cuando Dios lo dispone... Hice un gran esfuerzo por

vivir un poco más, anhelando decirte lo que debía, y librar tu alma de

tan grande zozobra, pobre clérigo; pero no pude..., y me morí pensando

en ti y en él... ¡Pobre Fernando!, ¿qué hará?... Me maldice... Mi

alma no halla la paz; la muerte no me ha dado el descanso... Horrible

pena, ansiedad sin nombre me hacen insensible a las llamas del

purgatorio. No me duelen las quemaduras: me duele la conciencia...

Pedro Hillo, perdóname...». Recitado este parlamento u otro no menos

espeluznante, la sombra se iba por donde había venido, y don Pedro se

cubría la cabeza con la sábana, tratando de evitar la repetición de la

_idolopeya_.

Por fin, ¡alabado sea Dios!, cuando él menos lo pensaba, tuvieron

término feliz las angustias del bendito sacerdote, víctima de su

inmensa bondad. La misma tarde en que ocurría la escena de café que

poco antes se ha referido, quiso espaciar su ánimo don Pedro, y tiró

hacia el Campo de Guardias, en cuya aridez esteparia estuvo dando

vueltas y más vueltas como una media hora, deletreando los cardos

y yerbecillas petisecas del suelo, hasta que sintió un deseo, una

indefinible comezón de volverse a Madrid y a su casa. Ya caía la tarde

cuando entraba por la Puerta de Fuencarral. En la calle del mismo

nombre detúvose para comprar papel de cartas, pues tenía propósito de

reanudar la comunicación epistolar con los parientes que le quedaban

en Zamora; compró asimismo una cajita de obleas, y avivó después el

paso hacia su domicilio, pensando en que para distraerse y evitar las

_idolopeyas_ se pasaría la mayor parte de la noche escribiendo.

Pues, señor: llega mi hombre a la casa de Méndez, y al abrirle la

puerta, Delfinita le da el jicarazo:

—¡Vaya unas horas de venir! Aquí ha tenido usted una señora esperándole

toda la tarde.

El estupor de don Pedro fue tal, que se le atragantó la palabra. Creía

soñar. Añadió la chica nuevas explicaciones, conduciéndole a su cuarto,

pues el pobre clérigo no sabía por dónde andaba y se daba de hocicos

contra las paredes.

—¡Una señora!... ¿De qué clase?... ¿Gran señora..., mujer..., criada?

—Bien vestida..., muy decente. Madre dice que parece criada de personas

muy principales. Cansada de esperar se ha ido, dejando una carta.

Mañana volverá por la contestación.

—¡Una carta!... Delfinita de mi alma, no bromees... Por Dios, una

luz... ¿Dónde está esa carta?..., yo no la veo..., no veo...

Entró en el cuarto doña Cayetana, con el quinqué encendido. _Fiat lux_.

¡Dios poderoso! Cuando don Pedro cogió con mano trémula la carta y vio

en el sobrescrito la tan conocida y deseada letra de la incógnita, a

punto estuvo de perder el conocimiento. Se dejó caer en una silla. En

sus oídos zumbaba la campana gorda de Toledo.

—Hijo, no se asuste... —le dijo la patrona—. Le daré una tacita de

caldo.

Por señas, pues hablar no podía, díjoles don Pedro que no quería caldo,

sino que le dejaran solo con su carta, con su quinqué encendido, con su

sensación hondísima de terror, de júbilo, no sabía de qué... Salieron

las hembras, y lo primero que hizo el hombre, la carta sin abrir en

su mano fría, fue recoger su espíritu y dar gracias a Dios... Era su

letra, su letra, aunque un poco insegura; era ella misma, la divinidad,

que o no se había muerto, o resucitaba en forma epistolar... ¡Ay,

ay!..., ¿qué sería, qué diría..., qué...? Veámoslo.

«Señor don Pedro, mi grande y fiel amigo: No me he muerto, no... Pero

si así lo ha creído usted, ¡qué poco, ¡Jesús mío!, ha faltado para

que acierte!... He pisado el negro umbral; he visto la inmensidad

eterna... Dios no me dejó dar el último paso, y quiso que atrás me

volviera: me mandó vivir algo más, no sé cuanto..., presumo que

no será mucho... Me sacramentaron..., por muerta me tuvieron. No

duró menos de tres horas aquel simulacro de muerte. Sospecho que

me amortajaron... Volví a este mundo: me encontré de súbito en la

compañía de mis penas, por lo que conocí que vivía...

»Notará usted que mi pulso flaquea. Con gran esfuerzo puedo escribir

esta, que no será larga, no. Diré no más que lo muy preciso...

Manifestado el motivo de mi largo silencio, no necesitaría pedir a

usted perdón. No obstante, lo pido. Considero lo que habrá sufrido

usted, pobrecito capellán mío, y el sobresalto, la incertidumbre de

su alma generosa. Creo yo que me han vuelto a la vida mi ansiedad,

el deseo ardiente de hablar con usted, de hablar de Fernando, de

proseguir mirando por él y luchando por recobrarle. ¿Le recobraremos?

¡Ay, mi pena es muy honda!... Pienso que ya no le veré más, que

ha huido de nosotros para siempre, que se va, que se nos pierde

en el torbellino de sus pasiones exaltadas... Quizás tengo yo la

culpa, y esto me quita todo consuelo. Quizás mi intransigencia y

excesivo rigor le alejan de mí..., y no puedo, no puedo resignarme

a ello... Al borde del sepulcro, sintiéndome ligada a la vida por

un solo pensamiento, vi claramente mi error, y juré enmendarlo en

cuanto pudiera. Transijo..., cedo..., cedemos y transigimos, señor

capellán. ¡Deshonor, rebajamiento, palabras vanas! Lo que importa

es que Fernando viva; que esté, ya que no conmigo, cerca de mí;

que yo le sienta próximo; que pueda dirigirle; que yo alimente mi

cariño diciéndole lo que se me ocurra, aunque él no me haga caso.

Comprenderá usted, señor don Pedro, la formidable razón de este

anhelo mío. Nunca quise expresar mis sentimientos con explícita

frase: dejándolos velados, como mi persona, me parecía que eran _más

míos_..., no sé si me explico bien. Pero ya no, ya no más misterios

inútiles..., ya me estorba la discreción, la delicadeza me es

odiosa. Aunque la perspicacia de usted me ha cogido la delantera, yo

quiero decirle lo que ya sabe, y así mi pobre alma se descarga de un

insoportable peso. Fernando es mi hijo... Y esto que escribo quisiera

que él lo leyese, y a él mismo se lo escribiría gozosa, añadiendo:

“Hijo de mi alma, perdóname. Reconozco tu independencia; acato tu

libre albedrío. Tus amores no me gustan, pero los respeto. Acabemos

esta horrenda lucha. Dime tus condiciones, y nos entenderemos”.

»¿Qué le parece a usted, mi buen amigo? No estoy para más luchas.

Viviré corto tiempo. Depongo mi orgullo, ridiculeces, artificios de

clase y de nacimiento, cuyo valor es nulo ante la naturaleza, ante

los afectos elementales. Me resta poca vida. En esta poca vida quiero

tener un día, un solo día inefable: aquel en que yo pueda decir a

mi Fernando lo que soy para él. Su corazón es noble. Tiene a quien

salir. Confío que él hará muy dulce y bello ese día, ese gran día,

después del cual pocos han de quedarme.

»¿Y dónde está? ¿A dónde ha ido a parar esa criatura, arrastrada de

su vértigo y demencia? Mis noticias son vagas, incompletas; no me

fío: no me inspiran los informadores que ahora me sirven la confianza

de los que en otros días me comunicaban hasta el respirar de mi

querido Fernando... Lo que sí tengo por indudable es que partió de

Madrid el día 14 en la diligencia de Valladolid y Burgos. Antes

de salir de aquí escribió a su amigote Escosura, que ha vuelto al

servicio activo en el ejército de Córdova. Debo rectificar lo que

dije en nuestra anterior campaña respecto al oficialete de Artillería

y al apoyo y protección que daba a las locuras de Fernando. Un error

de información me hizo atribuir al don Patricio la culpa de otro

tarambana, amigo de los dos, y no menos desordenado en su vida.

Espronceda, el poeta de las pasiones violentas, de los ayes de

desesperación, cantor de piratas, corsarios y ladrones, fue quien

alentó a Fernando a la rebeldía, enseñándole la teoría y práctica

de los raptos de muchachas. El que de niño ya conspiraba, fundando

los _Numantinos_, sociedad de jacobinismo infantil; el que en unión

de otros chicuelos mal educados escandalizó a Madrid con la llamada

_Partida del Trueno_, que se divertía en apalear, romper cristales

y cometer mil desafueros, no podía inspirar cosa buena a ese ángel

echado a perder. ¡Con tal maestro, qué había de hacer Fernando!

»Me consta de un modo indudable que Espronceda le ha incitado a

correr tras de la chica de Negretti, calentándole los cascos con

la poética al uso, que es en aquellas cabezas destornilladas lo

que los libros de caballerías en la del pobre don Quijote. Esto de

romper todo vínculo social; esto de despreciar toda conveniencia

por satisfacer anhelos del alma soñadora; esto de querer traernos a

la vida presente los hechos de generaciones medio salvajes, falaz

armazón de dramas y poemas; esto de tomar en serio los delirios de

los poetas del día para quienes la vida no es más que una visión de

lo pasado, es muy del carácter de Espronceda, a quien yo metería de

buena gana en una casa de orates. Su simpatía por Fernando se funda

en la comunidad de errores, pues también Espronceda está enfermo

de pasión insana, y corre tras de una _Aura_ que conoció en Lisboa

cuando estuvo emigrado. Por último, mi señor don Pedro, el endiablado

cantor de aventureros, cosacos y otras gentes de mal vivir, ha

facilitado a Fernando su viaje al Norte, poniéndole en relaciones

con un sujeto de historia, que va también hacia allá con fines que

ignoro, aunque me da en la nariz que son políticos. Es el tal un

sujeto llamado Rapella, natural de Palermo, que hace años andaba por

Argel, ejerciendo la medicina; casó allá con una española; vino a

Madrid, donde se estableció como cambiante, logrando injerirse en

Palacio y ser honrado por Su Majestad con diferentes comisiones,

entre ellas la de traer y llevar recados a Nápoles. Él fue quien

acompañó a la princesa que vino a casarse con don Sebastián. Pero

en lo que más se ha lucido el hombre ha sido en tender hábilmente

los hilos de la intriga que ha dado en tierra con nuestro bonísimo

Mendizábal. El siciliano servía de correo de gabinete entre Istúriz

y la reina, y todas las noches iba al Pardo secretamente, no siempre

solo, pues el mismo Istúriz u otros le acompañaron más de una vez. El

viaje de este pájaro al Norte paréceme a mí que significa una nueva

y desesperada tentativa para el arreglo con don Carlos, mediante un

convenio de familia o pastel dinástico, que aún no ha sido puesto al

horno y ya huele a quemado. Allá veremos.

»Pues bien, mi querido y respetable Hillo: en compañía de ese

intrigante y correveidile salió Fernando de Madrid. Como Rapella

lleva salvoconducto, podrán penetrar en el campo faccioso, en el

campo cristino y donde quieran. ¡Qué cosas vemos en nuestra bendita

nación! Ignoro si ese descarriado hijo intimará verdaderamente con

su acompañante: me figuro que no, por más que cerca de él desempeña

las funciones de secretario, o quizás las de escudero. Esto me

enloquece... ¿Y aún no abrirá los ojos nuestro pobre Telémaco?

»Ya no puedo más. El esfuerzo que he tenido que hacer para escribir

esta, solo Dios lo sabe. Pero mi voluntad se sobrepone a mi extremada

languidez. Después de esta valentía, estoy más sosegada. No, ya

no le impulsaré a usted a nuevas aventuras, mi pobre Hillo; ya no

comprometeré más su buen nombre, su decoro. Han cambiado las cosas.

Transigimos, y ya no es ocasión de decir a nuestro Mentor que se

lance por senderos tenebrosos tras de su discípulo. Basta, basta de

locuras. Pero si no hemos de perseguirle, pensaremos en averiguar

su paradero, para que usted, con su dulce voz de amigo, le diga:

“Ven, hijo, ven: todo se te perdona y todo se te permite”. Y como

esto hemos de concertarlo juntos, se acabó el incógnito: me quito

la careta. La invisible, la escondida tutora se revela por fin. El

misterio es ya imposible. Mi revelación, eso sí, permanecerá como un

hecho absolutamente reservado, secreta inteligencia entre usted y

yo; no necesito de su juramento para saber que puedo contar con su

incondicional lealtad en este punto.

»La persona que lleva esta carta es de mi confianza. Me traerá

esta noche su respuesta; todo lo que usted quiera escribirme.

Presumo no serán pocas las cosillas que tiene que contarme. No haga

usted preguntas de ninguna clase a la intermediaria, porque es la

discreción misma, y ya sabe que su única misión es llevar y traer

los recados que se le confíen. Por ella sabrá usted el día y ocasión

en que ha de verme, para que hablemos y dispongamos todo lo que nos

dé la gana. Solo espero a reponerme un poco, dos o tres días no más.

Me siento muy fatigada; vivo de milagro... Que me escriba, señor

capellán; que me diga usted muchas cosas, muchas, aunque sea para

reñirme. Adiós, hasta luego».

Leyó de nuevo la carta don Pedro, más que gozoso, alborozado; y aunque

la carta no aclaraba por completo las dudas respecto a la condición

social de la mascarita, la promesa que esta le hacía de quitarse el

velo, que así ocultaba su rostro como su personalidad, motivo era de

satisfacción y júbilo. Sin acordarse de comer ni parar mientes en que

para este fin capital le había ya llamado dos veces Delfinita, no pensó

más que en escribir a la velada, pareciéndole poco el papel que al

volver a casa se le había ocurrido comprar.

«¡Vaya, que no ha sido esta mala corazonada! —se decía sonriente,

preparándose de tintero y pluma—. ¿Por qué me dio aquel súpito de

comprar papel?... ¿Por escribir a los primos? No, no, no era esto:

tres veces les he escrito, y no me han contestado esos tunantes...

Fue que yo barruntaba... Lo presentía dudándolo; lo creía temeroso de

equivocarme... ¿Qué voz secreta me dijo en la calle de Fuencarral que

esta noche necesitaría escribir?... ¿Qué travieso geniecillo...? ¡Oh,

no hablemos de geniecillos los que creemos en el Espíritu Santo!».

De Oñate a La Granja · 第 16 / 37 题