Iglesias se reía, ocultando con el humorismo su tristeza.
—¿No nos vendría bien a los dos —prosiguió el presbítero— volver a
nuestra jurisdicción, yo a mi clerecía y al humilde magisterio de
retórica, usted a la paz de su Daimiel? Diría usted con el gran poeta:
¡Oh campo, oh monte, oh río,
oh secreto seguro deleitoso!
Roto casi el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso.
Y a mí me tocaría decir con el mismo poeta, volviendo la espalda al
tráfago social:
No condeno del mundo
la máquina, pues es de Dios hechura:
en sus abusos fundo
la presente escritura,
cuya verdad el campo me asegura.
Interrumpió esta grata y al propio tiempo triste conferencia, la
llegada de una esquela para don Pedro, la cual bruscamente llevó
la atención de entrambos a negocio de mayor interés. La letra del
sobrescrito revelaba la mano de Calpena. Hillo se puso de veinticinco
colores previendo una nueva desdicha que llorar, y rogó a Nicomedes que
leyese, pues él sentía gran debilidad de vista y de cerebro. Iglesias
leyó:
«Amado clérigo, mi dulce amigo, perdóname si me ausento sin
despedirme. La despedida sería harto penosa, y en ella, si mi locura
se viera combatida por tu razón, todos los esfuerzos de esta serían
inútiles, y prefiero que mi desobediencia no vaya precedida de una
discusión inútil. Me voy. ¿Adónde? Ya te lo diré. He averiguado
dónde está el único fin de mi vida, y tras ese fin sin fin corre mi
destino ciego... Nunca te olvida tu — _Fernando_».
—Y con su poquito de culteranismo —dijo Iglesias dejando la carta sobre
la mesa—. Ese chico está más trastornado que nosotros.
—¡El romanticismo, el gran monstruo, es la tromba que a todos nos
arrastra! —exclamó don Pedro dando un gran suspiro—. Bien, hijo, bien;
la noticia no me coge de nuevas. Me lo temía. El destino sobre todo...
Arrojémonos a los profundos abismos, pues así lo quiere Dios... Dios,
sí, que obra suya es el romanticismo, como lo es la vida clásica...
Bien, hijo, bien; vete en busca de tu ídolo, y que Dios te ampare y te
guíe por ese despeñadero. Y bien mirado, si eres nacido de _esa_, vale
más que huyas y desaparezcas... Deshonra por deshonra, no sé con cuál
me quede... Pero si me engañó el maldito gitano, si no es _esa_, sino
_aquella_... Dios decidirá de su suerte y de la mía. Venga la luz, y
cualquier forma que traiga la verdad, admitámosla y acatémosla.
Poco después manifestó deseos de vestirse y echarse a la calle: sentía
vivas ganas de dar un paseo. No se brindó Nicomedes a acompañarle,
porque tenía que acudir al trajín político, ver a _Salustiano_,
recorrer tres o cuatro redacciones, los dos Estamentos y otros lugares
donde hervía la actualidad, y había que comerla calentita. Era hombre
que cuando estaba dos horas sin politiquear no vivía, le faltaba el
aire respirable: tan profundamente metido en el alma tenía el nefando
vicio. Se fue, mientras el otro se vestía presuroso, ávido de rodar por
esos mundos en busca de la puerta de su porvenir, que ni cerrada ni
abierta encontraba ya. Ocurrió en aquellos días la caída de Mendizábal,
suceso que no se efectuó sin estruendo. Aunque en Palacio le tenían
sentenciado desde marzo, y estaba hecha ya la cama para Istúriz, se
esperó una coyuntura decorosa, la propuesta de nombramientos militares
para las Inspecciones de Milicias, Infantería y Artillería. Desconforme
Su Majestad con los ministros, puso a estos en el caso ineludible de
presentar sus dimisiones. Mendizábal soltó la caña del timón, que había
tenido en su mano durante siete meses, y empuñola Istúriz, cuya vida
ministerial había de ser aún más corta.
Así hemos venido todo el siglo, navegando con sinnúmero de patrones,
y así ha corrido el barco por un mar siempre proceloso, a punto de
estrellarse más de una vez; anegado siempre, rara vez con bonanzas, y
corriendo iguales peligros con tiempo duro y en las calmas chichas. Es
una nave esta que por su mala construcción no va nunca a donde debe ir:
los remiendos de velamen y de toda la obra muerta y viva de costados no
mejoran sus condiciones marineras, pues el defecto capital está en la
quilla, y mientras no se emprenda la reforma por lo hondo, construyendo
de nuevo todo el casco, no hay esperanzas de próspera navegación. Las
cuadrillas de tripulantes que en ella entran y salen se ocupan más
del repuesto de víveres que del buen orden y acierto en las maniobras.
Muchos pasan el viaje tumbados a la bartola, y otros se cuidan, más
que del aparejo, de quitar y poner lindas banderas. Son, digan lo que
quieran, inexpertos marinos: valiera más que se emborracharan, como los
ingleses, y que borrachos perdidos supieran dirigir la embarcación. Los
más se marean, y la horrorosa molestia del mar la combaten comiendo;
algunos, desde la borda, se entretienen en pescar. Todos hablan sin
término, en la falsa creencia de que la palabra es viento que hace
andar la nave. Esta obedece tan mal, que a las veces el timonel quiere
hacerla virar a babor y la condenada se va sobre estribor. De donde
resulta, ¡ay!, que la dejan ir a donde las olas, el viento y los
discursos quieren llevarla.
Aquella noche hubo en los clubs grande algarada. En el Estamento mismo
no faltó quien propusiera _destronar a la reina_ sin pérdida de tiempo,
y _crear una regencia de otro sexo_. Las logias ardían; los círculos
de la Milicia Nacional eran verdaderos volcanes; el nuevo gobierno,
apoyado en la guarnición, tomó sus medidas para reprimir cualquier
algarada, y preparaba el decreto para disolver las Cortes, elegidas el
mes anterior. ¡Y hasta otra!
En casa de Seoane, a donde fue Nicomedes por la noche, vio este a
Mendizábal, que recibía parabienes por su caída. La adulación de unos,
la cariñosa amistad de otros, quería pintarle su muerte como su mejor
vida, su batacazo político como un éxito evidente. Iglesias no vaciló
en felicitarle también, augurándole una resurrección como la del Fénix;
pero el despedido ministro no daba gran valor a estos consuelos, y se
aferraba más a la idea de abandonar un terreno en el cual no sabía
moverse con desembarazo. Entre otras cosas dijo estas palabras, que
como textuales se copian aquí:
—Yo no soy hombre de partido; la prueba es que el que se decía mi
partido me ha abandonado: ¿y por qué? Porque he sido y soy y seré
independiente: esta es mi gloria.
Y en un grupo que se formó después, agregándose varias señoras, repitió
el grande hombre lo de los _ochocientos reales_ que le bastaban para
vivir con su familia en el _cottage_ que poseía a noventa millas de
Londres. También dijo esto, que es histórico y consta como en escritura:
—Si tuve ambición de ser ministro, ya lo fui; y si hacemos el
inventario, me parece que estamos mejor que lo estábamos cuando me hice
cargo, en septiembre. Conmigo traje mucho; conmigo no llevaré nada
más que ojos para llorar la desgracia de mi inocente familia, a quien
por la cuarta vez he arrebatado cuanto le pertenecía. Mis enemigos me
llaman honrado y patriota, y esto no es flojo consuelo. Conserve yo
tales motes, y todo lo demás nada me importa.
Hablando con el propio Nicomedes y con Olózaga, que vaticinaban una
trifulca próxima, y con ella la segura rehabilitación del partido
de Mendizábal y su nuevo llamamiento al poder, se mostró escéptico,
desilusionado, sin entusiasmo por los pronunciamientos y sediciones,
y sin malditas ganas de volver a empuñar el timón de bajel tan
desconcertado y peligroso.
—Siempre que mi patria me llamó —dijo, y esto es también textual—, me
encontró. Nada quise, nada recibí, nada recibiré. Tengo parientes aptos
para los empleos públicos: no los han obtenido; y para que no me llamen
descastado, les formé un capital de mi pensión por lo que me pedían. En
mi retiro, en mi rincón seré siempre feliz, y podré decir: _Hice lo que
pude, lo que debí; nada le he costado a mi patria_.
A la una próximamente se retiró a su casa, cuya escalera subió
meditabundo, triste. Su amor propio se resentía de la conmoción del
porrazo. Creíase capaz aún de grandes cosas, y el no poder realizarlas,
ni siquiera emprenderlas, le inspiraba coraje de sí mismo y lástima
de la nación que tal hombre se perdía. Reconociendo sus errores, sus
inexperiencias, de unos y otras se lamentaba en el sombrío examen
de su caída. ¡Oh, si se pudiera empezar de nuevo!... Pensando en su
fama, en la gloria que ambicionaba, no vio muy claro su nombre en las
doradas páginas de la Historia. Pensó también en las calumnias con que
le había obsequiado el vano vulgo antes de su fracaso, y se dijo: «A
estas horas no habrá un solo español que crea que entro en mi casa
con las manos absolutamente limpias... Por Dios que tan limpias las
habrá, pero más no». Al verle salir de casa de Seoane, Joaquín María
López había hecho con cuatro palabras el exacto retrato del ministro de
la Desamortización: «_Alma candorosa y apasionada, cabeza fecunda en
recursos, corazón a la vez de héroe y de niño_».
Traspasada la puerta de su morada, recibió, como una onda salutífera,
el embate de calor doméstico. Niños, mujeres, salían a su encuentro,
personas queridas, deudos y parientes. Entre la turbamulta distinguió
una modesta figura, un anciano, que en último término permanecía,
medroso de avanzar a saludarle: Era Milagro. Al reconocerle, no sin
dificultad, pues no había exceso de luz en el recibimiento, don Juan de
Dios expresó contrariedad y lástima...
—¡Por Dios, Milagro, usted aquí todavía! Cuando le dije que se pasara
por mi casa esta noche y me aguardase en ella, no contaba con esta
inesperada cena en casa de Seoane. Dispénseme, amigo mío. Le he dado a
usted un plantón horroroso.
—No importa, señor —dijo Milagro humilde y atento—. Mucho gusto en
servirle.
—¿Desde qué hora está usted aquí?
—Desde las ocho, señor.
—¡Y es la una! Carambo... Dispénseme.
—No importa, señor...
—Carambo, es usted el empleado _no importa_.
—Dice bien vuecencia: ese es mi lema... Las infinitas cesantías que he
padecido me han obligado a adoptar esa fórmula de resignación.
—Pues ahora... Cuando las barbas de tu vecino veas arder...
—Sí, señor: ya..., ya he puesto las mías de remojo.
—Será ministro de mi ramo el señor Aguirre Solarte, buena persona...
Agárrese usted como pueda... Bueno, pues no quiero detenerle más. Un
momento, señor Milagro.
Hízole pasar a su despacho, y en pie los dos, el caído ministro dijo al
vacilante funcionario:
—Pues le he mandado venir a usted porque pienso utilizar sus servicios
en trabajos que preparo para la defensa de mi gestión ministerial, si,
como presumo, soy atacado y acusado con mala fe... Y por de pronto,
antes de encargarle las copias de estados y documentos que tengo ya en
casa, me hará usted un favor de otra índole.
—Vuecencia me tiene a su disposición para todo.
—¿Conoce usted a ese Maturana, diamantista que fue de Palacio?...
—Es grande amigo mío.
—Perito en alhajas, tasador, comerciante...
—Y hombre de gran conocimiento en todo lo concerniente a pedrería
y metales preciosos..., muy relacionado con la grandeza, con los
marchantes extranjeros... Trabajó treinta y tantos años para la Casa
Real.
—Y le despidieron el año 14 por afrancesado, por amigo de Godoy...,
no sé por qué ni me importa. Vamos al caso. Puesto que es tan amigo
de usted, búsquele mañana mismo. Le dice usted que Mendizábal desea
hablarle..., tener con él una conferencia...
Dicho esto, el exministro permaneció un momento taciturno, fija la
mirada en el suelo, oprimiéndose con dos dedos el labio inferior...
—Conferencia, sí..., que hablemos detenidamente de un asunto...
—Bien, señor. Mañana, de nueve a diez, estaré en su casa.
—Y si accede, como creo, me le trae usted... No saldré de aquí hasta
las doce.
Con esto quedó despachado el buen don José. Al despedirle, don Juan
Álvarez Mendizábal le vio con pena salir... Era el ministerio, la
poltrona, la oficina, el diario trajín político que cesaban, se perdían
en una triste lontananza absorbidos por el pasado. Suspiró don Juan...
¡Carambo, qué importaba! Mejor: salía del país, y entraba en la familia.